Capítulo 8

Detrás de la Leyenda 2a parte

Aioria despertó con un intenso dolor en el lado derecho del cuello.

Alrededor de las nueve de la noche (una hora después de que Aioros hubiera regresado de su masaje), los resultados que faltaban de los estudios que le habían realizado ya estaban listos, y armado con toda la evidencia, el Doctor Sato dio la orden de que el joven griego fuera trasladado de Terapia Intermedia a una habitación.

Aioria lo escoltó, y el de Sagitario no se enteró en lo absoluto del movimiento pues dormía profunda y plácidamente.

En la nueva habitación estaba instalado un sofá reclinable, y en cuanto estuvieron solos, Aioria acomodó el mueble para que quedara justo junto a la cabecera de su amado hermano y se tendió en el.

Eran tantas su adrenalina y su felicidad, que al principio no sintió cansancio en lo absoluto así que vio televisión un rato, y cuando después de un par de horas el sueño al fin empezó a invadirlo, en su duermevela lo asaltó el terrible pensamiento de que quizás aquello podía ser uno de esos sueños increíblemente reales que tenía de vez en cuando. Asustado por ese pensamiento, se puso en pie, fue al baño, se lavó la cara, y cuando volvió se tendió de nuevo mirándolo, obligándose a recordar que estaba vivo, que había oído su voz, que había sentido la fuerza de los latidos de su corazón y que había hallado cicatrices palpables e inconfundibles en su piel.

Se pasó probablemente una hora más sólo observándolo, maravillándose con cosas tan simples como oír el aire entrando y saliendo de sus pulmones en forma de un leve pero audible ronquido, viendo sus costillas abriéndose y cerrándose, observando los caprichosos remolinos que formaban sus largos y ondulados cabellos castaños, y el espesor de sus pestañas largas.

Y cuando el sueño al fin comenzó a vencerlo, de todos modos mantuvo su cabeza girada hacia él. Quería que el rostro de su hermano fuera lo primero que pudiera ver al abrir los ojos.

Y así fue: cuando abrió los ojos a las ocho de la mañana, pudo ver a su hermano, que ya estaba despierto.

Una gran sonrisa le partió el rostro mientras recordaba que en su infancia, Aioros siempre, siempre había despertado antes que él. Al menos eso No había cambiado...


Aioros no notó que su hermanito había despertado pues estaba muy absorto en observar sus manos. El día anterior había transcurrido para él a una velocidad inaudita, y apenas ahora muchas cosas comenzaban a acomodarse en su mente y su corazón.

Después de tantos años muerto, le sorprendía sentir, y que su cuerpo respondiera a su voluntad, de modo que, como un bebé, Aioros se entretuvo un buen rato observando las flexiones que podían ejecutar sus dedos, la piel que recubría sus huesos, y las cicatrices que había dejado en su palma la daga dorada...

- ¿Qué haces?

- Rori, buenos días - dijo sonriendo a su vez al ver que su hermanito al fin había despertado

- Buenos días, Coros... - dijo Aioria sintiendo que lágrimas de felicidad lo embargaban. Algo tan simple como oír la voz de su hermano diciéndole buenos días era suficiente para traspasarle el corazón.. - Te pregunté que qué hacías.

- Nada. Observándome. Todavía me parece irreal, la sensación de... estar, ¿sabes?

- No, en realidad no - dijo Aioria con toda sinceridad - ¿Por qué no me despertaste? - y se estiró felinamente para descubrir la tensión acumulada en sus hombros y cuello.

- Dormías profundamente. Hasta roncabas.

- No ronco.

- Sí lo haces.

- Tú eres el que ronca.

- No te creo - repuso Aioros, divertido al ver que a su hermanito no se le había quitado lo terco - Pero como decía, lucías tan sereno que no quise interrumpir tu sueño. Además, no estamos en el Santuario. No tienes que entrenar, ¿o sí?

¡Seika! – pensó Aioria incorporándose bruscamente mientras recordaba que el día anterior había dejado plantada a la pelirroja... Seguramente alguien le había avisado de la razón de su descortesía, pero de todos modos se sintió culpable.

- ¿Pasa algo, Rori?

- Nada grave. Es sólo que sí estoy entrenando a alguien - dijo Aioria ya repuesto.

Los hermosos ojos azules de Aioros mostraron su sorpresa.

- ¿Eres maestro de un Caballero?

- No exactamente.

Aioria calló por unos instantes, poniendo a consideración si sería prudente hablarle de Seika, y decidió que Saori ya tendría bastantes cosas que explicarle.

- Sucede que el Santuario se quedó sin sanadores y…

- ¿De qué estás hablando? Tú eres uno.

- Me refiero a otros

- ¿Qué pasó con los que trabajaban en la Fuente?

- Desaparecieron todos, poco después de ti. Y nadie les reemplazó, así que soy el único que queda - dijo Aioria, no queriendo darle tiempo a su hermano para hacer más preguntas - O bueno, eso pensábamos, hasta que hace unas semanas descubrimos que la hermana de un Caballero de Bronce posee esa clase de cosmos, así que empecé a instruirla.

- Aioria, eso es... ¡Auch!

- ¿Aioros, qué tienes? ¿Qué te pasa?

- Nada, no es nada - dijo Aioros, que de tanta emoción al oír que su hermano estaba instruyendo a alguien, había realizado un pequeño movimiento que lo llevó a descubrir que le dolía bastante el cuerpo - Es sólo que me duele.

- ¿Qué te duele? Llamaré a alguien para que venga.

- No es necesario. Sólo estoy...

- ¿Qué?

- Siento el cuerpo como si Saga me hubiera metido una paliza.

Aioros, que estaba muy ocupado tratando de buscar cierto alivio acomodándose de un modo distinto en la cama, no percibió como Aioria se tensaba al oírlo mencionar a Saga con tanta naturalidad.

- Pensé que el masaje que te habían dado ayer había sido suficiente.

- Yo también... Supongo que sin las amable atenciones de esa señorita, me sentiría aún peor - dijo él, procurando sonreír pese a la incomodidad - Oye, ¿crees que tarde mucho en venir el desayuno?

Aioria estalló en carcajadas. Había pensado que su hermano hallaría espantosa la comida del hospital, como le había sucedido a absolutamente todos los demás, pero aparentemente, su estómago que no había recibido alimentos en dieciséis años se hallaba dispuesto a aceptar cualquier cosa que se le ofreciera (eso, o su sentido del gusto se había atrofiado), pues prácticamente había devorado todo lo que le habían dado.

Y vaya que habría tenido razones para protestar, pues aunque los estudios habían arrojado resultados espectaculares, su estómago tenía que hacer la transición de la nutrición parenteral a una normal, y por eso le habían dado solamente comidas blandas y líquidos cada cuatro o cinco horas, de modo que lo habían estado alimentando básicamente como si fuera un bebé...

- Buenos días - dijo una enfermera entrando a la habitación con una charola en la que llevaba una especie de papilla de frutas, licuado, jugo, agua, una gelatina y una sopa, cuyo olor hizo que el de Sagitario pusiera cara de emoción mientras Aioria luchaba para no estallar nuevamente en risas - Soy Georgia y estaré vigilándote el día de hoy.

- ¿Vigilándome?

- Se refiere a cuidarte, Coros - aclaró Aioria de inmediato.

- Oh, gracias - dijo Aioros ruborizándose.

La canadiense colocó la bandeja de comida en una mesita y comenzó a anotar en su historial médico los datos de sus signos vitales.

- En cuanto acabes, llamaré al Dr. Sato para que venga a verte.

- También me gustaría darme un baño - dijo él, recordando como lo había relajado el agua el día anterior - ¿Cree que sería posible?

- Claro que sí - respondió ella con una sonrisa mientras trataba de no pensar en baños de esponja y en cierto brasileño…

- ¿Por qué no aprovechas para ir a desayunar algo? – le preguntó Aioros a su hermanito.

- No tengo hambre.

Como si fuera una película, el estómago de Aioria intervino, clamando sonoramente que se hallaba vacío justo tres segundos después de que él hiciera su aseveración.

Georgia hizo su mejor esfuerzo por disimular la risa, y Aioros miró a su hermanito con cariño (aunque él también intentaba disimular una sonrisa)

- Tu cuerpo parece opinar distinto.

- Puedo comer aquí - dijo Aioria no muy convencido pues su paladar, que funcionaba a la perfección, recordaba bien los desabridos sandwiches que había comido y cenado el día anterior.

- ¿De nuevo? Que yo esté aquí no significa que tú debas de comer lo mismo - dijo Aioros, que podía haber estado mareado, pero no había perdido sus dotes de observación, y había notado que la comida no parecía haber sido muy buena para el Leoncito.

- El de ayer fue el mejor sandwich de mi vida - dijo Aioria sintiendo que la emoción lo embargaba al recordar lo que había sentido al compartir alimentos junto a su hermano nuevamente.

- Rori, no voy a irme a ningún lado. Puedes ir, comer y regresar.

- Oí que hoy habrá crepas en la cafetería - dijo Georgia disimuladamente mientras modificaba el goteo del suero de Aioros.

- Está bien – suspiró - Vendré al rato.

- Estaré esperando - dijo Aioros con toda sinceridad.

Aioria salió de la habitación, dispuesto a dirigirse a la cafetería. Estaba esperando el elevador cuando las puertas se abrieron, y al ver una cabellera roja, se introdujo con gran decisión al espacio, impidiendo que Marin saliera.

- ¡Aioria! - dijo ella, tan sorprendida por coincidir con el rubio en el metálico espacio, como por su aspecto, porque el Aioria que estaba frente a ella, era completamente distinto al que ella había conocido.

El cambio era evidente. Marin jamás lo había visto tan despeinado (ni siquiera cuando habían pasado la noche en vela cuidando a Seiya enfermo); tenía los ojos enrojecidos e hinchados, y la camisa que llevaba puesta estaba desfajada y hecha una completa arruga, cosa rarísima en él. Sin embargo, el mayor cambio estaba en su rostro, y si Marin no hubiera sido entrenada para soportar cualquier clase de adversidades, habría podido ponerse a llorar de dicha con sólo verle la sonrisa y el brillo en los ojos verdes, uno que probablemente no había visto jamás.

- Marin, ¡viniste! - dijo él abrazándola de inmediato, acunándola como si fuera una muñequita de porcelana - Perdóname, ayer fui un imbécil... cuando él se desmayó me asusté tanto…

Él la soltó para sujetarla por los hombros y poder mirarla…

- Ni siquiera pensé en que tú...

Marin, que no había dejado de observarlo atentamente, pensó que aunque físicamente se veía más cansado y adulto que nunca, su interior parecía haber rejuvenecido, pues sonaba y hablaba como un muchachito feliz y excitado por todo. Entonces hizo lo único que se le ocurrió para frenarlo, que fue ponerle suavemente el dedo índice sobre los labios.

El cambio en su actitud fue de inmediato. Él calló, su cuerpo entero pareció relajarse, y una sonrisa pacífica le adornó el rostro.

- Estoy muy acelerado, ¿no?

Ella asintió sonriendo tras la máscara.

- Aioria…

- ¿Sí?

- Tenemos que ir a algún lado, ¿no? - dijo ella dirigiendo su rostro hacia la esquina para hacerle entender que estaban dentro del elevador, y sin embargo no habían apretado ningún botón.

- Cierto - dijo él suspirando mientras reía ligeramente y se sonrojaba por su distracción - Iba hacia la cafetería ¿Ya desayunaste?

- No - dijo ella, que sólo había tomado un té para no perder tiempo y poder ir a verlo cuanto antes...

- Acompáñame entonces - dijo él tocando el botón que los llevaría a la planta baja.

Aioria estaba por decir algo cuando puso atención a la indumentaria de la amazona, que aquel día llevaba puesto unos jeans azules, y una blusa color crema, de algodón delgado y ligeramente transparente, cuello redondo y mangas amplias que aunque le quedaba bastante holgada, la hacía lucir deliciosamente femenina. Unas sandalias adornaban los adorables pies de la pelirroja, cuyos deditos Aioria jamás había tenido la oportunidad de ver, pero su detalle favorito de la indumentaria que ella lucía aquel día, el que lo dejó sin aliento, fue el de la mascada roja y jaspeada que llevaba puesta al cuello.

Marin se sometió de buen grado a la silenciosa inspección, mientras sus uñas jugueteaban inconscientemente con la suave tela roja, lo que provocó que todo lo que él iba a decir se le olvidara. Olvidó el hambre, el cansancio y su cuello adolorido al comenzar a acariciar el borde de la máscara, dejando que sus dedos poco a poco se deslizaran hacia abajo.

Ella reaccionó a la sutil caricia llevando sus manos hacia el borde de su escote y estirando su cuello.

Él la miró fijamente. Había una pregunta clara en sus ojos verdes, y ella la contestó moviendo su cabeza afirmativamente. Al entender que ella estaba dispuesta, sus dedos volaron a deshacer el nudo que mantenía el pedazo de tela sujeto, y en cuanto lo hubo retirado, lo apretó en su puño derecho mientras su brazo izquierdo volaba a sujetar a la joven por las costillas para hundir su rostro contra su cuello y mordisquearlo suavemente.

Marin suspiró profundamente, arrobada por la inesperada caricia que le cerró los ojos en deleite, pero se vio forzada a abrirlos cuando oyó un carraspeo. Habían llegado a su destino y las puertas se habían abierto sin que ninguno de los dos lo notara.

Ella se puso tan roja como su cabello, la máscara ocultando su vergüenza, mientras que él se enderezó con rapidez, tomó a Marin de la mano y le sonrió al grupito de enfermeras que pretendían subir al elevador, y que observaron entre risitas y suspiros cómo la parejita avanzaba por el pasillo hacia la cafetería.

La amazona pensó que se sentarían de una vez en alguna de las mesas, pero el de Leo la sorprendió atravesando la enorme habitación sin detenerse hasta hacerla cruzar por una puerta a la que ella jamás le había puesto mucha atención, y que los condujo a una especie de jardincillo que tenía una fuente y algunas bancas.

El no paró su enérgico paso hasta que hubieron atravesado el jardincillo y llegado a la parte posterior del edificio. Una vez que hubieron arribado a un lugar donde él consideró que tendrían privacia suficiente, extendió la mascada que había llevado en el puño, y la anudó sobre su rostro para que le cubriera los ojos. Luego, extendió su mano izquierda...

Marin volteó rápidamente para observar los alrededores y asegurarse de que no hubiera nadie más cerca, y cuando estuvo convencida, se quitó la máscara y acercó su rostro a la mano de él, que enseguida comenzó a acariciar su mejilla, su lóbulo, y luego, sus labios. Y su mano derecha se le unió de inmediato para sujetar su craneo con la mayor dulzura y poder atraerla hacia él y así poder ahogarse en el sabor embriagante de sus labios.

- Soy tan feliz - fue lo único que pudo decir él cuando finalizó su beso, que ella había encontrado sublime, y volvió a abrazarla, balanceando sus cuerpos - Soy tan feliz...

Ella acarició sus cabellos, maravillándose en su sedosa textura, sintiéndose flotar entre el calor que le transmitía su cuerpo, su aroma y ese vaivén seductor y arrullante a la vez.

- Perdóname de verdad, fui un desconsiderado

- No tienes que pedir perdón. Fue el día que tanto anhelabas y merecías.

- ¿Entonces, no estás enojada porque ni siquiera me despedí?

- Claro que no. Estabas angustiado por su desmayo. Pensé en pasar a despedirme pero no quise molestar o interrumpir. Tú y él tienen todo por vivir y descubrir; no me enojaré si decides dedicar días enteros a estar a su lado.

- Hay miles de cosas que quiero hacer con él, pero ya no sé estar sin ti - dijo él, llenando su sien de besos cortos y húmedos, justo al borde del nacimiento de sus cabellos, gesto en el que él incurría siempre que le era posible y que ella encontraba terrible e inexplicablemente erótico - Por Athena, hueles tan bien. Tu rostro es tan suave - dijo él, frotando su barbilla contra la mejilla de ella del modo más felino posible.

Las manos de él se acomodaron nuevamente en su cuello, sus pulgares trazando circulos en su nuca mientras volvía a besarla inundado por la pasión más dulce, pero también más demandante que él se hubiera permitido.

Y Marin se asustó un poco. Jamás lo había sentido besarla con tanto esmero, con tanta vehemencia y vigor, parecía que todo su ser estaba inflamado y rebosante de una energía increíble. Y lo que la asustaba era la facilidad con que ese fuego estaba propagándose por sus propias venas, y estaban en un lugar muy poco apropiado para comportarse de ese modo.

- Odio... decir... lo... per... pero debes... comer algo... - dijo ella entrecortadamente, intercalando las sílabas en los momentos en los que él alejaba sus labios de los de ella para cambiar el ángulo de la inclinación de su rostro y volver a acometerlos con mayor fuerza aún.

- Está bien - dijo él recargando la parte superior de su cabeza en la pared de la construcción mientras exhibía una sonrisa grande y saciada - No quiero parar de besarte, pero...

- Quieres volver a su lado, ¿no?

- Sí, y quiero que vengas conmigo. Quiero que te conozca.

Marin lo miró extrañada unos instantes, preguntándose si habría escuchado bien.

- Quiero presentártelo.

La amazona quedó atónita. Sabía que un momento así podía suceder, pero no tan pronto, y la honraba que su adorado, al que hallaba tan imposiblemente atractivo, quisiera presentarle a su hermano, el heróico Aioros de Sagitario, así que fue ella quien loca de alegría, le puso en esa ocasión las manos en el rostro. Su beso no fue tan osado ni decidido, pero Aioria lo encontró delicioso por el simple hecho de que la iniciativa había sido suya.

Con un suspiro, Aioria se retiró la mascada de los ojos, y cuando parpadeó y sus ojos enfocaron, Marin ya llevaba puesta de nuevo la horrorosa máscara (Aioria ya no podía pensar en el objeto de otra manera), y la pelirroja, con una sonrisita nerviosa, le pasó las manos por los cabellos, tratando de peinarlo un poco y disimular…


- Buenos días, doctora - contestaron casi a coro Saga y Shun al ver que se abría la puerta de la habitación que compartían

- Buenos días. ¿Cómo pasaron la noche?

- Bien - fue la vaga respuesta, nuevamente, de ambos.

- Tengo noticias - dijo la doctora, su tono relajado pero serio - Aioros despertó ayer.

Shun se mostró muy sorprendido, pero Saga, aunque palideció un poco, se conservó sereno, sobre todo, porque de algún modo, le pareció haberlo percibido...

- ¿Cómo está? - preguntó Shun, adivinando que Saga no se atrevía a preguntar.

- Bastante bien. Me fue de gran ayuda todo lo que me contaste sobre él, Saga, aunque creo que se te pasó recalcarme lo obstinado que es. Apenas despertó se puso en pie para buscar a Saori, y aunque le aseguré que estaba bien no se tranquilizó hasta verla por sí mismo.

- ¡Vaya! - señaló Shun, asombrado ante lo que no podía considerar sino una hazaña pues recordaba con claridad haber sentído las piernas como hechas de gelatina después de haber pasado quince días inconsciente. Y si tomaban en cuenta que lo de Aioros había sido cosa de años...

- Despertó temprano, y el día marchó bastante bien en general, aunque comenzó a hacer preguntas de inmediato, en particular, respecto a Shion.

La pequeña sonrisa que Saga había esbozado al saber que él estaba bien, se le borró de inmediato.

- Quisiera comentarte a detalle lo que sucedió, si te sientes preparado para ello.

Saga asintió con los labios apretados y blanquecinos.

- Vayamos a mi consultorio, entonces.

- ¿Tenemos que irnos? – preguntó Saga mirando de reojo al jovencito con el que ahora sentía una conexión tan especial, y que le había brindado su apoyo y comprensión desde que le había confiado lo sucedido con su gemelo.

- Por supuesto que no. Si te sientes cómodo, lo hablaremos aquí.

La doctora tomó una silla y se acomodó entre las dos camas.

- Aioros ya presentía que algo malo le había sucedido: dijo que estaba casi seguro de que Shion había muerto pues de otro modo, habría detenido el ataque hacia Saori. La señorita Kido procuró convencerlo de que no era el momento para conversar al respecto, pero Afrodita ya se había visto en la necesidad de...

- ¿Afrodita?

- Hubo una confusión y Afrodita fue el primero en conversar con él, y aunque fue bastante prudente y diplomático, Aioros no le dejó más remedio que admitir que Shion había fallecido... Y no cesó de insistir hasta que Saori le dió el nombre del responsable.

- ¿Cómo? ¿Me está diciendo que él no sabía que fui yo? - preguntó Saga sintiendo como si una mano helada le cortara el paso del aire.

- Él pensaba que el responsable había sido tu hermano - dijo ella con la mayor tranquilidad posible para no alterarlo más.

- ¡No! ¿¡Por qué!? Hay que...

- Cálmate. Saori aclaró las cosas de inmediato.

- Entonces ya sabe que fui yo - dijo Saga, sintiendo a la vez calma y profundo pesar.

- Saori le explicó que a quien vió esa noche fue a ti, pero le dijo también que la responsabilidad es de Ares.

- ¿Y cómo reaccionó ante eso? - preguntó Shun, pues Saga no lograba articular palabra.

- La noticia resultó impactante, claro, pero lo tomó bastante bien, consideraciones aparte. Aún así, insistí en que no se ahondara en detalles, y entre el personal y yo lo convencimos para que comiera y descansara. Aioria pasó la noche a su lado y por el reporte que me dieron hace unos minutos, pasó la noche durmiendo y sin ningún inconveniente. Pero después de lo que vi de él ayer, imagino que en cualquier momento comenzará a preguntar de nuevo. No va a aceptar rodeos por demasiado tiempo, y quiero preguntarte si, cuando llegue el momento, deseas hablar con él, o si preferirías que fuera yo quien le explicara.

- Debo hacerlo yo - dijo él sin dudar.

- Entiendo. Le propuse a Saori que le presentemos a ciertos miembros de la Orden que no intervinieron directamente en el conflicto, o a los que no tuvo oportunidad de conocer. Podríamos hacerlo hoy; eso mantendría su mente ocupada, y les daría tiempo a ambos.

Saga asintió ausentemente, y aunque parecía muy sereno, su mano izquierda apretaba el borde de su camisa con gran fuerza.

- Sé que va a sonar contradictorio, Saga, pero procura no estresarte. Imagino que será muy difícil para ti pensar en otra cosa hasta que ustedes dos logren hablar, pero no quiero que pases todo este tiempo consumido por la ansiedad.

- ¿Y de cuanto tiempo estamos hablando, exactamente?

- No lo sé, Shun. Depende de él.

- ¿Cómo puede Saga estar tranquilo si no sabe cuándo...?

- Está bien, Shun- dijo Saga, conmovido por la genuina preocupación que el adolescente profesaba por él - Lo menos que puedo hacer es esperar el momento más indicado para él. Y estaré tranquilo…o al menos lo intentaré - dijo Saga con un suspiro

- ¿Hay algo que quieras discutir?

- No ahora.

- Iré a verlo entonces. Nos veremos luego – dijo ella regalándoles una sonrisa a ambos antes de marcharse elegantemente de la habitación

- ¿Cómo te sientes con todo esto? - preguntó Shun una vez que se quedaron solos.

- Aliviado, creo. Me hubiera gustado poder tener más sesiones con la doctora, sentirme un poco más seguro, pero a la vez se que ha pasado demasiado tiempo… supongo que será lo que tenga que ser.

- Suceda lo que suceda, quiero que sepas que puedes contar conmigo.

- Gracias, Shun. De todo corazón…


Después de un delicioso y abundante desayuno, Aioria y Marin regresaron a la habitación, él caminando a gran velocidad y ella siguiéndolo algo nerviosa.

Aioria tocó la puerta antes de entrar, pues las persianas estaban cerradas. Quizás se estaba bañando...

- Adelante - dijo Aioros, que estaba terminando de abrocharse la blanca camisa de la piyama que recién se había puesto.

Un parpadeo después, Marin se encontraba frente a Aioros, y aunque ya lo había visto en un par de ocasiones, ahora que tenía la oportunidad de verlos despiertos y juntos, no pudo parar de notar las similitudes…. Y las diferencias, claro, como el color de piel, ligeramente más claro en Aioros y acentuado por el contraste que creaba su obscuro cabello. Y donde los ojos de Aioria eran verdes, los de Aioros eran de un azul muy intenso, casi marino.

Pero aparte de eso, sus facciones eran casi idénticas (aunque claro, Marin encontraba a Aioria más apuesto...)

- Aioros, quiero que conozcas a Marin de Águila - dijo Aioria, que se situó a espaldas de Marin, tomándola por los hombros y llevando a la joven que había permanecido inmóvil, hasta los pies de la cama de su hermano

- Mucho gusto, señorita Marin - dijo Aioros brindándole una sonrisa deslumbrante y cálida.

- El gusto es mío. Soy…

- Todos saben quién eres, Coros… y no hay necesidad de que se pongan tan formales - dijo Aioria, interrumpiendo a su hermano con el mayor desparpajo del mundo - Quería platicarte sobre ella desde ayer, pero te quedaste dormido. Aioros, ella es mi...

En medio de su entusiasmo, Aioria no se había detenido a pensar que, en realidad, no sabía muy bien qué eran exactamente la pelirroja y él. Ya habían tenido un par de citas, y cada una de ellas había incluido una sesión de besos que progresivamente, ocupaban cada vez más tiempo dentro de la cita, proporcionalmente hablando, pero no había habido ningún pronunciamiento oficial…

Después de escasos cinco segundos, su naturaleza pronta y franca, lo hizo decidirse por la llana verdad.

- Le pedí permiso a la Princesa para cortejarla - dijo él tomándola de la mano para sostener su diestra entre las suyas

- ¿Qué? - fue la respuesta tanto de Aioros como de Marin, aunque él se las arregló para disimular un poco mejor su sorpresa. Y es seguía en el proceso de asimilar que su hermanito ya no era un niño, y saber que cortejaba a una mujer (a una amazona, ni más ni menos), era una gran confirmación del hecho.

Y Marin simplemente no tenía idea de que Aioria había hablado con Ella…

- ¿Que hiciste qué? - preguntó la pelirroja con voz estrangulada

- Por eso te dije que no estoy jugando – le aclaró Aioria mirándolo con los ojos rebozantes de emoción - Antes de invitarte por primera vez, hablé con Saori, y ella no puso inconveniente alguno.

Marin se puso tan roja como sus cabellos al oír semejante noticia, que hubiera bastado para desconcertarla en cualquier situación, y que encima de todo, recibía justo frente a su "cuñado"

- Si hablaste con la Princesa, es porque estás convencido - acotó el castaño

- Coros, no sabes: estoy loco por ella.

Marin no supo qué decir o hacer mas que agachar un poco la cabeza.

- Espero que tus sentimientos plenamente correspondidos - dijo Aioros, y Marin sintió que el rostro le explotaría y la máscara saldría proyectada a la pared, porque en las citas que habían sostenido, no habían vuelto a hablar del tema, pero no podía ni quería mentir, y quizás no habría mejor momento para decirlo que con semejante testigo.

- Lo son – dijo ella mirando al castaño, aunque su corazón estaba con el rubio - Desde siempre.

Fue el turno de Aioria de ruborizarse mientras ponía una expresión de asombro inenarrable, sus ojos verdes mostrándose enormes y relumbrantes de dicha.

- Me alegra muchísimo por los dos - dijo Aioros, desplegando a su vez una enorme sonrisa mientras veía como Aioria pasaba del asombro, a desbordar felicidad, con sus ojos verdes refulgentes y su expresión estática.

- Marin es una amazona formidable. - empezó a decir a toda velocidad cuando salió de su estupor - Entrenó a un Caballero de Bronce excepcional, y estuvo prácticamente encargada de mantener todo bajo control después de la Guerra.

- ¡Oh! Nunca había oído de una amazona asumiendo semejante compromiso. Debe de ser usted muy especial, señorita Marin.

- Sólo llámeme Marin, por favor.

- Lo haré si me tuteas… Pero siéntate por favor - dijo él con una sonrisa encantadora, mientras ella aceptaba ambos ofrecimientos con un gesto - Hay tanto que quiero saber. Cuéntame sobre ti, Marin. Hace cuánto ganaste tu armadura, cuándo llegaste al Santuario, cómo conociste a mi hermanito, hace cuánto están juntos...

Marin lo miró estupefacta. Su sorpresa era grande al escucharlo y ver ciertos gestos que hacía con las manos que la hicieron comprender que Aioria había tenido razón cuando le había dicho que Seiya le recordaba a su hermano. Ambos compartían esa chispa de vorágine juvenil, y un desparpajo que podía llegar a confundirse con descaro o exceso de confianza...

- Aioros, vas muy rápido - dijo Aioria, que había entendido a la perfección el lenguaje corporal de la amazona, que estaba algo abrumada por tantas preguntas

- Discúlpame, Marin – dijo Aioros ruborizándose - No quiero de ningún modo que pienses que soy un entrometido, es sólo que tengo todo un mundo de cosas por descubrir, y por supuesto, la prometida de mi hermanito es una prioridad.

Fue el turno de Aioria para ruborizarse al oír a su hermano llamar a la amazona su prometida…

- Perdonen, mi intención no es avergonzarlos o incomodarlos de ningún modo. Estoy lleno de preguntas, pero no tenemos por qué hablar de temas tan personales justo ahora. Quizás podrías contarme sobre el Santuario, Marin. Hay muchas cosas que quiero saber. Me gustaría saber, por ejemplo, sobre Shura de Capricornio.

Marin palideció bajo la máscara, mientras que Aioria se tensó en el instante mismo en el que oyó el nombre del español.

- ¿Qué? - barbotó ella, segura de que había oído mal.

- ¿No lo conoces?

- Por supuesto que sí - respondió Marin en cuanto encontró de nuevo su voz, mientras que Aioria se ponía francamente lívido.

- ¿Por qué preguntas? - preguntó Aioria, incapaz de ocultar un dejo de rabia y desprecio en su voz.

- Por si no lo recuerdas es uno de mis mejores amigos - respondió Aioros con una sonrisa franca y el rostro totalmente relajado - Pensé que lo vería ayer, pero no fue así. ¿Es que está muy ocupado, o está lejos? - preguntó el de Sagitario volviendo su atención a Marin, mientras Aioria sudaba frío al oír que su hermano mencionaba el nombre de su asesino con tanta tranquilidad.

Aioros comprendió que algo pasaba. Su hermanito, que apenas minutos antes había estado absolutamente relajado, ahora estaba tenso y a la defensiva, y aunque acababa de conocer a la amazona, reconoció una inmensa incomodidad en la posición de sus brazos y sus piernas.

- ¿Qué pasa, Rori?

- ¿De qué hablas?

- Estás extraño.

- No es cierto.

- ¿Es que pasa algo malo con Shura?

- No - respondió Aioria con la voz cada vez más apretada.

Pero Aioros siempre había sido tremendamente intuitivo, y Aioria jamás había sido especialmente hábil para ocultar sus emociones, sobre todo ante su hermano mayor.

- Me estás ocultando algo, y me estoy preocupando ¿Dónde está Shura? Quiero verlo.

- ¿Cómo puedes querer verlo después de…?

- ¿Después de qué, Aioria?

Los ojos del rubio se abrieron mucho, escandalizado ante la petición de su hermano, y segundos después, salió como un huracán de la habitación

- ¡Aioria!

Marin dejó escapar un pequeño sonido de sorpresa al ver a Aioria saliendo de la habitación, y al oírla, Aioros volteó hacia ella.

- Marin, ¿es que dije algo malo? ¿O es que algo va mal con Shura? No entiendo su reacción.

- Tengo que hablar con él. Discúlpame, por favor - dijo ella saliendo también de la habitación para correr tras el rubio.


Sayaka ya había hablado por teléfono con Saori, y estaba a dos pisos de la habitación del castaño cuando Kiyomi le avisó que algo serio parecía haber sucedido entre los hermanos. La psiquiatra llegó corriendo, y estaba por entrar a la habitación cuando Kiyomi la detuvo señalando hacia el fondo del pasillo, donde se podía ver a Aioria en un estado de gran agitación.

Marin emitió, literalmente, un suspiro de alivio al ver que la japonesa llegaba, pues sus esfuerzos para tranquilizar al León Dorado habían sido inútiles, y cuando la doctora preguntó que había sucedido, fue la propia pelirroja quien explicó todo mientras Aioria se paseaba de un lado a otro. Cuando ella hubo terminado, la especialista giró hacia el exaltado griego para hablarle mientras hacía un gesto tranquilizador con sus manos, el cual pareció tener el efecto contrario.

- Aioria...

- ¡Doctora, yo la respeto, la respeto muchísimo, pero no se atreva a decirme que no debo de estar molesto, porque...!

- Al contrario, Aioria, te doy toda la razón.

- ¿De verdad? - dijo él dejando de pasearse para mirarla con sorpresa.

- Tendría que ser una desalmada y una inconsciente si te pidiera que estés tranquilo en medio de este enredo. Desahógate, que estás en confianza, pero luego intenta razonar conmigo, por favor. Nadie lo conoce mejor que tú, y espero que puedas ayudarme a decidir qué es lo más conveniente para él.

Ante la sensatez de la mujer, Aioria se recargó contra la pared y respiró tratando de serenarse mientras Marin le dirigía una sonrisa a la psiquiatra, aunque la máscara no le permitiera saberlo a la doctora.

Algunos minutos después, Aioria miró a Sayaka y asintió, dándole a entender que se sentía un poco mejor, y entonces ella, que había estado considerando la información recibida, emitió su opinión.

- Si entendí bien, tu hermano parece no recordar nada sobre su último encuentro con Shura; malentendió tu reacción y eso ocasionó que se preocupara por él...

- Así es.

- Considerándolo todo, creo que deberíamos de permitirle verlo.

- No. ¡No! ¡Por supuesto que NO!

- Escucha, escúchame por favor. Sé que parece la peor idea del mundo, la más absoluta de las locuras, pero no tiene caso que lo torturemos negándole el verlo, especialmente ahora que está tan confundido y preocupado por su causa.

- ¿¡Pero por qué a él!? ¿?Cómo puede ser que no recuerde que fue él quién le puso fin a su vida!? ¡Es como una burla!

- Muy probablemente se trate de un mecanismo de defensa. Ante un evento profundamente traumático, la mente busca protegerse del dolor, se bloquea, y ser atacado por un amigo...

- ¡Un amigo que mandó al diablo años de confianza en un instante!

- A Shura le mintieron, fue manipulado. No lo olvides.

Aioria emitió una especie de grito ahogado mientras tiraba de sus cabellos y golpeaba la pared con los puños cerrados.

- Me parece lógico tu desconcierto y tu rabia, pero ellos van a tener que verse tarde o temprano, y lo sabes.

- Sí, pero jamás se me ocurrió que pudiera haber olvidado…Se me revolvió el estómago cuando me preguntó por él; si hubiera visto la emoción en su cara…

- Entiendo que te tomara por sorpresa, que te indigne incluso, pero si Aioros estuviera pidiendo verlo para enfrentarlo, no te negarías, ¿o sí? Estaría en todo su derecho, tal y cómo lo está ahora, al pedir ver a un querido amigo… Permitámoslo, Aioria.

- Apenas despertó ayer...

- Sí. Quizás sea demasiado pronto, y créeme que estoy tratando de tener en cuenta tu bienestar y el de Shura, pero esto es ante todo, por y para tu hermano, y tenemos que atender sus cuestionamientos y respetar sus tiempos.

- No quiero que le pase nada malo - confesó con voz apretada, y Marin, que se había mantenido a una distancia prudente, buscando darle espacio, se acercó y tomó su diestra entre sus manos.

- Quieres protegerlo, y es perfectamente normal. Acabas de recuperarlo, no quieres verlo sufrir de ningún modo, te asustó que se desmayara ayer y el que luzca tan joven y vulnerable sólo refuerza esos sentimientos, lo entiendo, pero me parece que estás olvidando lo más obvio: tu hermano es un guerrero. Además, su evaluación médica arrojó excelentes resultados. En verdad creo que está listo para esto, Aioria, y aún si no lo estuviera, es demasiado terco y me parece que no va a cesar hasta conseguir lo que quiere.

- ¿Y si le pasa algo?

- A la menor señal de alarma, intervendré.

- ... ¿Y si Shura se niega?

- Sabes bien que no lo hará.

- Estás siendo sobreprotector – dijo Marin

Por la diosa, me estoy convirtiendo en Ikki, pensó Aioria, que tuvo que darle la razón a ambas mientras masajeaba su cuello adolorido.

- Doctora - dijo Kiyomi acercándose al trío que conversaba.

- Kiyomi, ahora no, por favor.

- No quería interrumpir, Dra. Miyamoto, es sólo que Aioros está poniéndose muy ansioso. No cesa de preguntar por su hermano, y por Shura.

- Comprendo... Danos un segundo, ¿sí? Gracias.

- Con permiso - dijo la muchacha al retirarse.

Los ojos de las mujeres se posaron en el rubio, que al fin, suspiró cansadamente.

- ... Está bien, doc.

- Gracias.

- No me lo agradezca. Sigo pensando que es una mala idea, pero atrasar esto me daría tranquilidad a mí, no a él. Sólo le pido que lo cuide.

- Estaré al pendiente, tienes mi palabra.


Desde su alta, Shura iba a diario al hospital, y al igual que Ikki hacía con Kanon, observaba dormir al Arquero Dorado y preguntaba por su evolución. Y aunque nunca se quejó, (pues se sentía merecedor de ese y de mil y un castigos más), cada día transcurrido sin poder disculparse le había producido una pena indecible, una incertidumbre insoportable, y por lo mismo, las propuesta de la Dra en la junta le habían clavado un dolor adicional en él corazón.

Aioros despertó y él se mantuvo alejado, (a pesar de lo mucho que deseaba correr a verlo), y para aquel segundo día planeaba ir en la noche al hospital. Juné lo había convencido de salir con el pretexto de ir de compras para reabastecer de provisiones el departamento de Seiya, pero Megumi apareció en su habitación cuando estaba acabando de alistarse y le avisó que la Dra Miyamoto había llamado pidiéndole que fuera al hospital, pues Aioros quería verlo, y el español salió disparado sin dar explicaciones a nadie.

Para cuando llegó a la habitación de Aioros, menos de treinta minutos después, su diplomacia titubeó al encontrarse con la doctora flanqueando la puerta y las persianas cerradas. Y en el instante en que ella le pidió que hablaran y lo condujo hacia la sala de espera, Shura sintió el impulso de hacer cualquier clase de locura: tirar la puerta de una patada, gritarle a la mujer, destrozarse los puños rompiendo todas las ventanas o cualquier otra cosa que le permitiera desahogar aquella maldita impotencia, porque estaba harto de esperar.

Pero se contuvo, y caminó junto a la especialista, se sentó y guardó silencio, su rostro mostrando una máscara perfecta de tranquilidad y paciencia, aunque le sudaban las manos y sentía el corazón corriéndole a mil por hora.

- Shura, sé cuánto has esperado para hablar con él, y no atrasaría esto un instante más si no fuera porque es muy importante lo que tengo que decirte.

- ¿Qué sucede, Doctora? - preguntó él con una calma exquisitamente fingida

- Aioros ha estado preguntando por ti, pero no está consciente del enfrentamiento que tuvo lugar entre ustedes dos. Recuerda correr con Saori en los brazos, pero no hay nada después de eso.

Shura no dijo nada, sacudido por la noticia. Lo que la Dra acababa de decir era imposible…

- Ha pedido verte porque te aprecia, porque recuerda y valora tu amistad.

El español siguió enmudecido, y miró a la mujer atónito, como si le hubiera crecido una segunda cabeza.

- Está muy confundido. Tiene lagunas mentales, y en cambio, hay cosas que sucedieron cuando él ya no estaba y que sin embargo tiene bastante claras. No sé si sea algo temporal, o permanente, la psique tiene sus formas de protegerse a sí misma...

Shura no respondió, pero toda la tensión que le había provocado la noticia podía leerse claramente en sus puños bancos y apretados, en sus dientes rechinantes y en su ceño imposiblemente fruncido. Se puso de pie y le dio la espalda del modo más arrebatado y agresivo que la doctora le hubiera visto, pero cuando se movió para caminar un poco, sus pasos fueron ligeros, y Sayaka no pudo sino admirar el temple de aquel hombre, que luchaba por dominar sus emociones pese a su evidente frustración.

- Supongo entonces, que ésta es mi oportunidad de aclarárselo todo yo mismo, ¿no?– dijo Shura después de haber superado el shock inicial.

Sayaka lo miró, tratando de reunir el valor para decirle que quizás aquel no era el mejor momento. Y la inteligencia del español, le dio a entender las causas de su titubeo

- ¿De verdad? ¿¡Quiere que entre a su habitación y que finja que no ha pasado nada!?

- No me atrevo a pedírtelo; simplemente quise prevenirte.

Esto no puede estar pasándome, se dijo Shura, que cerró los ojos tratando de contenerse.

- ¿Y qué se supone que haga entonces?

- Lo dejo a tu criterio. Eres juicioso, Shura, sé que tomarás la decisión correcta.

Shura asintió vagamente, y después de permanecer inmóvil sopesando la situación, se puso en pie y con pasos pausados y firmes, se dirigió hacia la puerta mientras Aioria le clavaba la mirada desde el fondo del pasillo.

Cuando Shura entró y se encontró al fin con aquellos ojos azules, sintió que las piernas le flaquearían, pero disimuló bastante bien. Cerró la puerta y se detuvo a los pies de la cama de Aioros, que le sonrió con toda el alma, mostrando sus dientes blanquísimos y perfectos.

- ¡Shura! Es tan bueno volver a verte...

El estómago del español se contrajo al oír aquella voz, que si bien no tenía la sonoridad y la potencia de siempre, tenía el mismo timbre amable y particular.

- Aioros... Me dijeron...

Shura estaba tratando de encontrar las palabras correctas para decirle que estaba realmente feliz de volver a verlo, pero Aioros se quitó las mantas de encima, y Shura estuvo seguro de que se iba a desmayar cuando vio a su admirado Aioros ponerse en pie con pasos inseguros que recordaban a un animalito recién nacido para dirigirse hacia él. De buena a gana se hubiera echado a correr para salir de ahí como alma que lleva el diablo, pero sentía como si le hubieran vertido cemento en los pies. Y su desconcierto llegó al máximo cuando Aioros llegó hasta él y le puso las manos en los hombros.

Sólo en ese instante entendió realmente a que se refería la doctora Miyamoto...

Aioros, efectivamente, estaba perplejo. Su cabeza le decía que un Shura adolescente acababa de hacerse con la armadura de Capricornio, pero quien estaba frente a él era todo un adulto. El Centauro se obligó a poner más atención, y al ver sus ojos, sus cejas y su cabello, lo reconoció a pesar de que su rostro había perdido la redondez infantil (ahora era afilado y angular), y de los cambios en su piel, que ahora estaba adornada por elementos tales como ojeras y algunas líneas de expresión.

- En verdad que ha pasado el tiempo, ¿eh?

- Aioros - dijo Shura soltándose y retrocediendo un poco, seguro de que perdería el conocimiento tal y como le había pasado a Saga - sé que es un enorme atrevimiento el pedírtelo, pero…

- ¿De qué hablas? - dijo Aioros, que se sentó en la orilla de la cama porque aún no sentía las piernas muy fuertes.

El corazón de Shura dió un brinco al oír su pregunta, y a pesar de que tenía una voz gruesa, potente y profunda, fue solo con un hilillo casi imperceptible que logró responder.

- Te suplico que me escuches. Luego puedes…

- Shura, no tienes que suplicar. Pedí que te hicieran venir porque quería verte, amigo.

No me llames así, que no lo merezco.

- Imagino que debe de ser extraño verme - dijo Aioros aprovechando el silencio del español - Ayer me desmayé cuando vi mi reflejo en la ventana y noté que el tiempo ha pasado para todos pero no para mí. Y ahora que te veo a penas y puedo dar crédito a cuánto has crecido. Bueno, siempre fuiste incomprensiblemente maduro y sensato… ¿Es que no te alegras de verme? – preguntó Aioros, que percibía la desazón de su compañero.

El Caballero de Capricornio, que había clavado su mirada en el piso, contempló al jovencito que lo miraba con ojos grandes y confundidos.

- Por supuesto. Me parece increíble que hayas vuelto. He dado las gracias cada día desde tu regreso... pero no merezco estar ante ti.

- No digas locuras. Sé que mucho cambiado, que han sido demasiados años, pero sigues siendo una de las personas que más estimo en la vida.

¡Basta! Por favor, gimió Shura internamente.

- Shura, ¿qué te pasa?

- Estoy abrumado – respondió Shura conteniendo las ganas de llorar – Anhelé tu regreso siempre, y pensé que sólo podía suceder en sueños.

- Yo tampoco lo creí posible, pero estoy muy agradecido, y dispuesto a aprovechar al máximo cada segundo extra que me sea concedido... ¿Sabes? Cuando vi la determinación en tu cara cuando nos encontramos frente al Muro, y cuando vi el modo en el que portabas a Capricornio, supe que habías logrado convertirte en todo lo que soñabas, que debías de haber honrado a tu armadura de modo excepcional, y me llené de orgullo al verte tan crecido, tan gallardo. Fue sólo un instante, antes de que la energía nos sobrepasara, pero sentí que era un regalo del destino pelear junto a ti - dijo derramando dos lagrimones mientras le sonreía desde el fondo del corazón.

Shura pensó que estaba sufriendo un infarto de tan intenso que era el dolor que le producían las palabras del Arquero. El griego estaba auténticamente feliz de verlo, cuando en cambio, él había pasado por encima de toda la admiración y el apego que le tenía, para matarlo...

Se sintió pequeño, indigno y miserable como nunca. Deseaba más que nada disculparse, pero si lo hacía, Aioros no entendería a qué se estaba refiriendo. Y se sintió incapaz de robarle la sonrisa del rostro, seguro de que si el griego se enteraba, el sentimiento que prevalecería en él sería la tristeza...

- Me encantaría quedarme, pero la doctora dijo que debo de ser breve.

- ¡No, no te marches por favor! Quiero saber cómo fueron estos años para ti, platicar de cómo...

- Habrá oportunidad. Sé que Aioria está padeciendo cada segundo lejos de ti. Él es lo más importante ahora. Ustedes dos tienen mucho que hablar y compartir.

- Pero...

- Vendré después, que no te quede duda.

- Está bien - dijo Aioros con cierta decepción reflejándosele en la voz, pues había esperado poder conversar largamente con él - Gracias por venir.

- De nada - dijo Shura en voz realmente baja - ... y perdóname, por favor... - murmuró al salir de la habitación con el rostro tensísimo, y sin que Aioros entendiera a qué se refería.

- ¿Qué le dijiste? - preguntó Aioria en un susurro amenazante que lo tomó prácticamente por asalto en cuanto hubo cruzado el umbral y quebrado el rumbo.

Shura no respondió.

- ¡Contéstame! - exigió Aioria tomándolo de la camisa para sacudirlo.

- ¡Aioria, contrólate! - exigió Sayaka al acercarse de inmediato, y cerró la puerta para que Aioros no pudiera ver la reacción de su hermano.

El de Leo soltó al español con violencia y entró enseguida al cuarto de su hermano, que lloraba quedamente..

El rubio estuvo a punto de salirse para romperle la cara a golpes al moreno, pero afortunadamente Sayaka había entrado también, y tuvo el sentido común de interponerse en el camino del de Leo.

- ¿Sucede algo malo, Aioros?

- No, por supuesto que no. Simplemente me alegró muchísimo verlo.

- Oh, vaya. ¿Podría preguntarte de qué hablaron? - preguntó Sayaka, intuyendo la respuesta del muchacho.

- Casi de nada.

- ¿Qué? - dijo Aioria atónito, pues sabía bien que Shura no deseaba otra cosa que aclarar las cosas con su hermano.

- Me dijo que le alegraba mucho verme, que había anhelado un reencuentro, pero que no quería ocupar mucho de mi tiempo ahora porque tenemos mucho de qué hablar tu y yo... Perdón; creo que estoy muy sensible, y me emocionó verlo - dijo secándose las lágrimas – Me digo una y otra vez que ha pasado mucho tiempo, pero recuerdo verlo ganar su armadura como si fuera ayer… verlo tan adulto me emociona, pero también me altera un poco, creo.

- ¿Y no te dijo nada más? - preguntó Aioria

- Pues casi no. Le pedí que se quedara porque en serio quería platicar con él, pero dijo que estaba seguro de que tú ya querrías entrar, así que dijo que vendrá después.

Aioria se volvió hacia la puerta sintiendo el clarísimo impulso de salir corriendo detrás de Shura, pero Sayaka pareció leerle el pensamiento.

- Fue muy generoso de su parte, y adecuado, me parece. Ya habrá tiempo para todo, ¿verdad, Aioria?

- Sí - dijo el rubio con voz ausente, su mente yendo detrás del español. No podía creer que hubiera logrado contenerse, pero lo había hecho. Cuánto trabajo le habría costado callarse... Y si lo había hecho, seguramente había sido pensando en el bienestar de Aioros...

- Bueno, los dejo - dijo la doctora, que pretendía buscar a Shura de inmediato - Aprovecha tu tiempo, Aioria, que en un rato más vendrán otras visitas.

- ¿En serio? - dijo Aioros con genuina sorpresa, detalle que arrancó una risa tímida en la doctora, pues parecía que él no se daba cuenta de cuánto lo valoraban sus compañeros…

- Ya verás en un rato - dijo ella antes de retirarse de la habitación.


Marin entró a la habitación no bien Sayaka se hubo marchado, y durante el par de horas siguientes, mantuvo a Aioria embobado, y pensando más de una vez que ella era todavía más fantástica de lo que la había considerado siempre. Y es que gracias a ella, el rubio fue capaz de comenzar a aclararle ciertas dudas a su hermano pero sin entrar en detalles escabrosos, y fue de ella la idea de prender la pantalla instalada en una de las paredes de la habitación y eso los llevó a comentar varios hechos sobre Japón, su cultura y su idioma, de modo que para cuando Saori llegó, encontró a Marin y a Aioros tratando de enseñarle a Aioria nuevas palabras en japonés mientras Aioros disfrutaba de lo lindo viendo a su hermano batallar con la dicción.

- Buenas tardes - dijo Saori al entrar en la habitación.

- Buenas tardes, Princesa – dijo Aioros enderezándose con un entusiasmo que opacó el saludo de los enamorados.

- ¿Cómo pasaste la noche, Aioros?

- Muy bien. Los ronquidos de Aioria me arrullaron todo el tiempo.

- No es cierto - protestó el rubio mientras Saori contenía una risita, aunque en realidad sintió un enorme alivio al hallar al adolescente tan risueño, y a los tres tan relajados. Marin y Aioria estaban sentados en la cama del hospital, mientras que Aioros estaba sentado en el silloncito.

- Me alegra escuchar que descansaste. Hablé hace rato con la Dra. Miyamoto, y pensando en que después de todo el tiempo transcurrido tienes mucho por descubrir, consideramos que podríamos comenzar por presentarte ya a algunos miembros de la orden. ¿Te gustaría?

- ¡Por supuesto! - dijo él, la emoción vibrando intensamente en sus ojos azules.

Saori le brindó una cálida sonrisa y salió.

Muy poco después, la puerta fue abierta por un joven de larguísimos cabellos negros, y un grupo de personas desconocidas se introdujo a la habitación.

El grupo estaba conformado por tres mujeres, un niño, el muchacho que había abierto la puerta, y al final un hombre enorme. Fue él quien capturó la atención del joven Centauro, que de inmediato comenzó a analizarlo. El hombre era moreno, de cabello intensamente negro y con un rostro de angulos afilados y muy pronunciados, lo cuál definía muchísimo sus facciones. Llevaba puesta una especie de camisa cuya tela se le pegaba mucho al torso y que dejaba ver una musculatura impresionante; sin embargo, su presencia no resultaba intimidante porque su rostro estaba adornado por una pequeña sonrisa.

Mientras Aioros comenzaba a poner atención en el resto de las personas que habían entrado, Aioria miró a Marin, preguntándose al igual que ella dónde estaría Saori. Ellos dos, al igual que los demás, habían asumido que Saori entraría para hacerse cargo de las presentaciones, pero cuando pasaron los segundos y la muchacha no apareció, el rubio pensó que aquel silencio expectante no debía de continuar por mucho tiempo, especialmente por la expresión en el rostro de su hermano, que evidentemente estaba más que intrigado por el ecléctico grupo.

- Gracias a todos por venir.

- No hay nada que agradecer, Aioria. Es un placer - le respondió el enorme hombre.

- Aioria, ¿te importaría? - dijo el castaño levantando una ceja al mirar a su hermanito.

- Oh, no, digo, sí, claro - respondió Aioria, que si bien no era tan diestro en la diplomacia como su hermano, comprendió lo que debía de hacer - Señoritas, amigos, él es mi hermano, Aioros de Sagitario - dijo Aioria solemnemente, su pecho henchido de orgullo de presentarles a su heroico hermano mayor - Aioros, te presento, para empezar, a la señorita Hilda de Polaris, y a su hermana, Flher.

Aioros observó atenta y respetuosamente a las jóvenes. Ambas iban muy casuales dentro de su siempre clásico y recatado estilo, y sin embargo, a Aioros le parecieron salidas de un sueño. La hermana de largos y esponjados cabellos rubios portaba una falda rosa encendido que llegaba hasta el piso, de una tela muy vaporosa y aparentemente suave, y una blusa de amarillo brillante y sin mangas, que dejaba ver unos brazos imposiblemente blancos. La mayor, en cambio, aunque vestida mucho más formal (con una larga falda línea A que llegaba hasta media pantorrilla, de color gris muy obscuro, y con una blusa muy recatada de cuello alto en color blanco, y cuyas mangas no alcanzaban a llegar a los puños) le pareció aún más misteriosa y exótica por sus grandes ojos color violeta y el inusual color platinado de sus cabellos, que tenían un corte que Aioros no había visto jamás.

Después de analizar su vestimenta y sus refinados modales, Aioros concluyó que aunque su hermano no se lo hubiera dicho, habría concluido que ambas pertenecían a la aristocracia, pues era más que evidente en sus modales.

- La señorita Hilda es la sacerdotisa de Odín - continuó Aioria - Ambas están como invitadas en la mansión, pues provienen de...

- Asgard. Nunca pensé que tendría la oportunidad de conversar con habitantes de aquellas latitudes, Señorita, y menos con alguien de tan insigne rango - dijo Aioros, que de inmediato dijo unas palabras que los demás no entendieron.

- ¿Qué dijo? - le preguntó Kiki a Shiryu

- "Es un verdadero placer conocerle a usted y a su hermana, oh, agraciada vestal del Gran Sabio" - tradujo Hilda de Polaris sin poder ocultar su asombro y su deleite por las maneras del muchacho - El placer es nuestro, Aioros de Sagitario - respondió ella con un encantador y elegante gesto de manos, aludiendo a Flher, que le brindó una enorme sonrisa al formal adolescente.

- ¡Guau, qué increíble! - exclamó Kiki con admirado entusiasmo

- Aioros nos explicaba hace rato que unas de las primeras manifestaciones del cosmos en alguien predispuesto a servir a un dios, es una marcada facilidad para entender y hablar diferentes idiomas. Un don de lenguas, por llamarlo de algún modo - acotó la amazona del Águila mientras Aioria asentía, encantado de seguir descubriendo cuán fabuloso era su propio hermano.

- Shion se encargó de fomentármelo, pero desafortunadamente no domino las lenguas nórdicas tanto como quisiera - dijo Aioros ruborizándose un poco - Sería un verdadero placer si me brindaran la oportunidad de practicar mis escasos conocimientos con ustedes.

- ¡Por supuesto! - respondió la rubia con gran entusiasmo.

- Proseguiré - anunció Aioria - Te presento entonces a Shaina de Ofiuco, amazona de Plata.

- ¿Amazona? - dijo el griego mirando el rostro de Shaina con un desconcierto que tomó por sorpresa a los demás, pero que Aioria interpretó correctamente al notar los ojos de su hermano yendo del rostro de la italiana, (que lucía muy moderna con unos jeans negros y una camisa lila), a la máscara de la pelirroja, y de regreso.

- La señorita Saori abolió la ley que hacía obligatorio el uso de las máscaras - explicó el de Leo.

La expresión de desconcierto absoluto que se dejó ver en el rostro del muchacho hizo sentir a Marin encantada con su decisión de seguir usando la máscara, pues así nadie se podía dar cuenta de cuán ruborizada estaba, cosa que era más que evidente en Shaina, aunque la italiana, como siempre, mantuvo la frente en alto y su penetrante y verde mirada fija en el castaño.

- La decisión fue tomada hace menos de un mes, así que estamos en un periodo de ajuste, por eso algunas la usan y otras ya no - continuó Aioria, mientras su memoria intentaba hacer un resumen de todas las razones que Saori había argumentado aquella noche.

- Oh, comprendo - dijo Aioros, que hizo gala de toda su diplomacia y de su valor para no desviar su mirada del agraciado rostro de la joven.

Jamás se atrevería a cuestionar una decisión tomada por su Señora, mucho menos en frente de invitados tan distinguidos como la señorita Polaris y su hermana, y sin embargo, poder mirar libremente los ojazos verdes y los labios rosados de la amazona le era tan inconcebible como si hubiera despertado en un mundo donde todos caminaban desnudos.

El rubor luchó nuevamente por subir a sus mejillas...

- Es un gusto conocerla - dijo al fin.

- El gusto es todo mío - respondió ella.

- ¿Y cuándo me vas a presentar a mí? - dijo Kiki, y todos rieron aliviados ante la ocurrencia del ansioso pequeñito, pues su afán y su inocencia disiparon el breve momento de incomodidad recién ocurrido.

- Justo ahora. Aioros, es mi privilegio presentarte al integrante oficial más joven del Santuario, el maravilloso e invaluable aprendiz de nuestro actual Caballero de Aries, y el consentido de todos, Kiki de Appendix.

Ante semejante descripción, el pequeñito se estiró tan alto como era y sonrió de oreja a oreja.

- Eres un lemuriano - dijo Aioros al admirar los simpáticos puntitos adornando la frente del pequeñito, que resaltaban con su colorido atuendo de pantalón amarillo y camisa naranja.

- ¡Sí!

- Imagino que tu maestro es Mü.

- ¡Así es! - respondió casi gritando el pequeñito, que se sentía tremendamente importante no sólo por la descripción que había dado Aioria de él, si no porque sabía que era un enorme privilegio el estar conociendo al legendario Caballero Dorado de Sagitario - Mi maestro tenía muchos deseos de estar aquí, señor Aioros, pero no pudo venir porque la señorita Lina lo interceptó.

- La fisioterapeuta - aclaró Aioria - ¿la recuerdas? Mü todavía está en proceso de recuperación porque se lastimó mucho unas vértebras, así que es muy importante que cumpla con todas sus terapias.

- Comprendo. No te preocupes, Kiki, me encantará conocerlo cuando sea posible.

- Él es Shiryu, Caballero Divino de Dragón - prosiguió el rubio

Al oír su nombre, Shiryu dio un pequeño paso, adelantándose, e hizo una inclinación de cabeza, sencilla pero tan sentida y auténtica, que conmovió al sensible Centauro.

- ¿Divino?

- La armadura del Dragón era de Bronce, pero él pertenece a un pequeño grupo de caballeros que apoyó invaluablemente a los Caballeros Dorados durante la Guerra, y su armadura fue alterada y mejorada a niveles insospechados al recibir sangre de la Princesa.

- Oh - dijo Aioros, maravillado y a la vez, sintiéndose mal al imaginar a su Diosa perdiendo tanta sangre... - No tengo palabras para agradecer lo que tú y tus compañeros han hecho, Shiryu.

- No hay nada que agradecer - dijo Shiryu, que hacía todo lo posible para mantener sus emociones controladas, aunque tenía unos deseos enormes e inexplicables de echarse a llorar al estar frente al de Sagitario - Saori lo es todo para nosotros.

Aioros encontró sumamente curioso que todos se refirieran a ella como Princesa, o Señorita, y que en cambio, el joven que portaba una curiosa vestimenta oriental en color gris con adornos negros, la tuteara con tanta naturalidad, pero no tuvo oportunidad de comentar nada porque Aioria de inmediato intervino.

- Y para finalizar...

- Aldebarán de Tauro - completó el castaño.

- Así es - dijo el brasileño sonriendo - ¿Me recuerda?

- Ahora que te veo todo cobra sentido. Recuerdo que cuando te vi por primera vez pensé que jamás había visto un niño tan grande, y ayer que Aioria mencionó tu nombre, me pareció familiar. Ahora que te veo todo cobra sentido.

El enorme hombre se sonrojó, y en sus ojos se dejó ver una calidez que le ganó de inmediato la simpatía del griego, y la sinceridad de Aioros provocó la apagada risa de la menor de las nórdicas. El griego le brindó una sonrisa para luego volver a ver al brasileño.

- Pues es un gran gusto volver a verte. Recibir la visita de todos ustedes me honra, y la agradezco en verdad.

- Entonces, ¿usted conoció al señor Aldebarán cuando era niño? – cuestionó Kiki

- Así es - dijo Aioros - ¿Cuántos años tienes tú?

- Diez.

- Pues él era más pequeño cuando llegó al Santuario... Bueno, más bien, era más joven, porque en realidad no le faltaba mucho para alcanzar mi estatura.

- El calor te hace crecer rápido - dijo Aldebarán causando aún más risas.

- Y tu maestro también era mucho más pequeño que tú cuando lo conocí - dijo Aioros dirigiéndose a Kiki.

- ¡Oh! ¿Y cómo era? ¿Se portaba bien?

- ¿Quieres la verdad?

Kiki asintió con mucha energía.

- Solía volver loco a Shion. Me llegó a confesar que ni Saga le hizo pasar tantos trabajos, y eso que según él, Saga fue un niño muy activo y curioso.

- ¡Qué injusticia! Siempre está diciéndome que sea más paciente y que me quede quieto un rato.

- Esas mismas palabras le decía Shion a él... Era tan inquieto, que más de una vez estuvo a punto de hacerse daño por querer salirse de la cuna.

- ¿¡En serio!? ¡Cuéntenos, por favor! - dijo Kiki, prácticamente implorando por conocer la anécdota


Para cuando Saori entró a la habitación, después de haberse demorado deliberadamente en entrar, todos ya estaban cómodamente instalados y en gran plática, pues Aioros les estaba contando anécdotas de los primeros años de Mü, las cuales fueron complementadas por Aldebarán, que en los meses que había convivido con el de cabellos lilas, había formado una gran amistad con él.

Y la plática prosiguió sin pausas y con Saori sumándose con toda naturalidad. La tele se había quedado prendida, y Aldebarán vio al Cristo de Corcovado en un comercial, y eso llevó a que el de Tauro comenzara a platicar curiosidades y anécdotas sobre su tierra y su idioma, lo que tuvo fascinadas a las nórdicas, que comentaron los contrastes entre la cultura y la temperatura de Brasil contra Asgard.

La charola de comida que le llevaron al de Sagitario más de una hora después provocó aún más animación entre los presentes. Todos encontraron inconcebible que el griego pudiera comer con entusiasmo lo que le llevaban, y declararon por unanimidad que la comida de hospital era inaceptable. Después tuvo lugar un apasionado debate entre Aioria, Marin, Aldebarán y Flher, que deliberaban sobre que comidas debería de probar primero el griego una vez que pudiera ser dado de alta.

Shaina fue la que menos habló, pues dedicó toda su atención a absorber todo lo que era posible sobre la personalidad del griego, y si bien Shiryu habló poco, incluso él intervino en la discusión de la comida, elogiando sin descanso los guisos de Sun-rei, con una pasión que evidenciaba sus sentimientos por la joven, aunque nadie hizo observaciones al respecto.

La visita concluyó más de tres horas después, y sólo porque los demás necesitaban comer. Aioria y Marin comieron algo sencillo en la cafetería mientras los demás volvían a la mansión más que complacidos por el encuentro con Aioros, y el de Leo y la amazona regresaron a la habitación del griego para continuar conversando con él. Las preguntas que hizo sobre las personas que acababa de conocer llevaron a la pareja a contarle detalles y anécdotas simpáticos sobre ellos, y el tema acabó desviándose hacia la niñez del propio rubio, de modo que cuando la psiquiatra volvió a ingresar a la habitación, ya de noche y acompañada por el Doctor Sato, Aioria manoteaba enloquecidamente tratando de taparle la boca a su hermano, que estaba por contar una anécdota particularmente vergonzosa de cuando Aioria tenía cuatro años.

- Ejem. Toqué pero creo que no me escucharon – dijo Sayaka

- Oh, adelante, por favor, doctores - contestó Aioros mientras Aioria se enderezaba y se acomodaba la ropa.

- Mi nombre es Takeshi Sato, y soy el director del hospital - dijo el hombre encanecido presentándose - Oí que tu evolución va muy bien, pero quise asegurarme.

- No tenía que molestarse, me han atendido de maravilla.

- No es ninguna molestia. Al contrario, hacernos cargo de tu recuperación es un privilegio - dijo el hombre con una sinceridad que tomó por sorpresa al muchacho, que no tenía idea de la conmoción que experimentaba el japonés al ver riendo y hablando al muchacho que había conocido como un cadáver dieciséis años atrás... - ¿Me permites revisar tus signos vitales?

- Por supuesto - dijo el castaño.

- Lamento venir a fungir como la vecina aguafiestas - dijo Sayaka mientras el doctor checaba rápidamente a su paciente - especialmente cuando lo están pasando evidentemente tan bien, pero esto es un hospital y...

- Perdón, lo lamento mucho. No haré más ruido, lo prometo - dijo Aioria con un tono tan infantil, que Sayaka Miyamoto tuvo que hacer un gran esfuerzo para no sonreír conmovida.

- No se trata del ruido. Tu hermano debe descansar - dijo el doctor Sato mientras anotaba algunas cosas en el expediente del castaño - Mañana temprano queremos practicarle otros exámenes y necesitamos que esté lo más descansado y relajado posible,

- Sería prudente que te retiraras por hoy, Aioria - concluyó Sayaka.

- Bueno, dormiré en la sala de espera.

- Aioria, regresemos a la mansión - le pidió Marin.

- No quiero...

- Aioria, no tienes que quedarte - coincidió Aioros.

- ¿No quieres que me quede? - preguntó el rubio, un poco dolido de que su propio hermano no lo apoyara para quedarse a pasar la noche lo más cerca de él que le fuera posible.

- Me gustó mucho que te quedaras ayer, pero sé que fue incómodo: me di cienta de que todo el día te ha molestado el cuello. No creo que pasar la noche aquí sea lo más conveniente para ti. Ve y descansa; yo estaré bien. Nos veremos mañana.

- Además, sabes que siempre hay alguien montando guardia. Si algo se ofrece, nos avisarían de inmediato - recalcó Marin.

Al ver que Aioria aún dudaba, Sayaka jugó una carta más arriesgada.

- ¿Quieres en serio que mande a llamar a la señorita Kido, Aioria?

Al darse cuenta de que todos se habían amotinado para convencerlo, el de Leo cedió.

- Está bien.

Los doctores y Marin se despidieron brevemente de Aioros y salieron, dejando a los hermanos a sus anchas. Ambos se abrazaron, se despidieron con la promesa de verse después del mediodía, y al salir, Aioria se dirigió a los doctores.

- ¿Dr. Sato?

- ¿Sí?

- ¿Es que algo va mal con mi hermano?

- No, ¿por qué?

- Por los exámenes que mencionaron.

- Aioria, no te inquietes por favor. Estamos extremando precauciones pues no queremos que la historia de Ikki se repita, pero hasta el momento, todo marcha de maravilla con él.

- ¿Y si sus pruebas salen bien, lo darán de alta ya?

Los doctores se miraron, y de inmediato, Sayaka tomó la palabra.

- Aioria, hablando en términos estrictos de salud corporal, tu hermano podría haber salido hoy mismo, pero no voy a darlo de alta al menos durante lo que queda de la semana

- ¿Pero por qué?

- La señorita Kido me dijo que todo marchó muy bien hoy y no sabes cuánto me alegra, pero sabes que hay muchas cosas que aún faltan por explicarle, y mantenerlo aquí le brinda espacio y una cierta protección tanto a él como a los demás. Supongo que debes de estar ansioso por no tener que separarte de él, pero es por su bien.

- Comprendo - dijo Aioria después de algunos segundos.

- Tengo que marcharme - dijo el doctor Sato mirando su teléfono - pero por favor, Aioria, cualquier duda que tenga con respeto a la salud de su hermano, no dude en hacérmelo saber.

- Gracias, doctor.

- Buenas noches

- Yo también me retiraré, a menos que quieran hablar de algo más – dijo la psiquiatra sonriéndole a la joven pareja.

- No, está bien, doctora. Y gracias, muchas gracias por todo - le dijo el rubio.

- No hay nada que agradecer. Hasta mañana

- Bien, volvamos a la mansión - dijo Marin una vez que ya solo quedaban ellos dos en el pasillo.

- No - dijo él tomándola de la mano - Acompáñame, por favor.

- ¿Qué? ¿A dónde?

- Quiero darle una sorpresa.

La pelirroja no pudo negarse al ver la ilusión brillando con toda intensidad en los ojos de su amado, y le acompañó hasta el más próximo centro comercial, donde ayudó a Aioria a escoger una piyama, una bata, sandalias, un par de playeras, un par de juegos de mesa y de libros para hacer la estancia del joven más llevadera en el hospital.

Marin se sintió indeciblemente halagada al poder acompañar al rubio en aquella aventura, y su corazón se inflamó al verlo tan vital, tan rejuvenecido, tan lleno de sueños y de esperanzas. Y si había sabido amar al joven taciturno y lleno de conflictos que había sido cuando se conocieron, amar al hombre suculentamente divertido y energético que era ahora se le revelaba aún más fácil.

Cenaron, y Marin pensó que al terminar emprenderían el regreso, pero de pronto, él la tomó de la mano y la condujo hasta que se hallaron frente a la caja registradora del cine.

Marin lo miró desconcertada por un segundo, pero entonces, sus ojos se encontraron con los ojazos verdes de él, que se posaron unos instantes sobre su mascada, y luego la miraron, expectantes. Y una corriente eléctrica le recorrió el cuerpo, porque sin palabras de por medio, supo sin lugar a dudas que a él no le interesaba en lo más mínimo entrar a ver aquella película japonesa, y que simple y sencillamente quería algo de privacidad con ella.

Con el corazón dándole tumbos en el pecho, Marin asintió, de modo que Aioria compró los boletos, y se introdujeron en la enorme y obscura habitación... No se quitaron los ojos de encima mientras la gente se acomodaba y las luces se apagaban, y cuando al fin comenzó la película, la amazona se quitó la pañoleta con un gesto decidido, y la dobló con habilidad, mientras Aioria cerraba los ojos, se mordía los labios de ansiedad y esperaba quieto a que ella pudiera colocar la pañoleta sobre sus ojos.

Una vez que hubo finalizado los preparativos, Marin volteó a su alrededor. Eran muy pocas las personas las que estaban en la sala, y todas parecían ya embebidas por la película, que no era muy brillante. Pensando en que todo parecía estar a su favor, se retiró la máscara, la puso en el asiento que estaba libre a su izquierda, se acercó lo más que le fue posible a él y puso sus manos en el cuello del griego, lo condujo hasta tenerlo al alcance de sus labios, y lo besó con timidez...


Cuando salieron, unas dos horas después, ambos caminaban en una nube de algodón rosado. Nunca se le hubiera ocurrido a Aioria que besar fuera tan fantástico, que las sensaciones transmitidas a través del contacto de los labios pudiera ser tan sublimes, ni que pudiera establecerse tal conexión.

Una vez que pudo tocarla, todo pareció desaparecer alrededor de él. La música, el destello de la pantalla, las voces de los actores, todo se transformó en un murmullo lejanísimo, sin importancia alguna. Todo palidecía si era comparado con el arrebato que le producía sentir la piel de Marin, suave como un durazno, todo era vago y sin forma, comparado con el placer que experimentaba al juguetear con sus cabellos rojos entre sus dedos, explorar la textura de sus lóbulos y recorrer incansable la piel de su cuello y sus hombros hasta que su tacto estuvo familiarizado con el borde de un par de lunares. Comenzaba a distinguir los sonidos que le brotaban cuando la dicha rebasaba el férreo autocontrol de la amazona; adoraba el modo en el que sonaba cuando se agitaba su respiración, y comenzaba a aprender qué debía de hacer para conseguir semejantes reacciones.

¡Y aquellos besos! Probaron todos los ángulos y las velocidades posibles, se mordisquearon y literalmente, se probaron. Ella descubrió que le encantaba succionar y mordisquear levemente las comisuras de sus labios, y a cambio dejó que él le acariciara el rostro todo lo que se le antojó. Con infinita ternura, ella besó y acarició sus manos e incluso se atrevió a darle un húmedo y juguetón beso a la punta de uno de sus dedos, caricia de la cual se arrepintió, pues a él se le escapó un gemido que hizo que ella por reflejo le tapara la boca de inmediato. Aquello los hizo reírse y agacharse un poco en los asientos, esperando que nadie hubiera percibido qué era lo que estaban haciendo, y cuando Marin se hubo asegurado de que nadie los estuviera mirando, retomaron la apasionada sesión, entusiastas e incansables, sus manos explorando sus brazos, sus cuerpos hallando distintas posiciones pero buscando siempre estar lo más cerca posible el uno del otro, de modo que cuando salieron ambos tenían los labios de un brillante color carmesí y las respiraciones agitadas.

En el taxi de regreso casi no hablaron, pero pasaron todo el tiempo mirándose, y acariciándose las manos, ella ruborizándose frecuentemente al ver que él sonreía sin parar, y él, odiando su máscara más que nunca...

Milo, Shiryu, Sun-rei y algunos otros estaban en la sala conversando, mientras que el grupo que había visitado a Aioria y otros aún conversaban en el comedor. Cuando vio llegar a su amigo, el curioso Escorpio comenzó a preguntar cómo había ido el día para el de Sagitario, y el rubio contestó a todas sus preguntas lleno de satisfacción y energía hasta que la amazona de Camaleón se detuvo en el umbral y se dirigió a él.

- Disculpa, Aioria, ¿es que Shura se quedó a montar guardia? – preguntó de pronto Juné, que se había quedado dormida en la cama del español esperando su regreso del hospital, y que se había inquietado al despertar y no hallarlo por ninguna parte.

- ¿Qué?

- Que si Shura se quedó a pasar la noche en el hospital.

La expresión del León cambió de inmediato cuando escuchó el nombre del español en los labios de la rubia, que parecía estar preocupada por el de Capricornio.

- ¿Él no está aquí? - dijo Aioria, el corazón yéndosele a los pies.

- No.

- ¿Estás segura?

- Por eso te lo pregunto. No lo he visto desde mediodía.

- ¿Qué pasa? - preguntó Sun-rei con aprensión, mientras que los demás se sentían cada vez más preocupados por el semblante del León.

- Aioria, ¿qué pasa? - preguntó Milo.

- Aioros y Shura hablaron, pero eso fue hace horas.

Todos se volvieron al reloj. Habían pasado treinta minutos después de la medianoche.

- ¿Alguien lo ha visto? - preguntó Saori, que había entrado a la habitación poco después que la rubia.

La negativa de los presentes hizo que se le redoblaran los latidos a Aioria y a Juné.

El griego se levantó de un salto del sillón.

- ¿A dónde vas? Explícanos que pasa - dijo Milo, que se puso de pie para contenerlo.

- ¿Al fin se disculpó? - preguntó Shiryu.

- No - contestó Aioria - Entró básicamente a saludarlo, nada más.

- ¿Qué? ¿Por qué no habló con él? - preguntó Juné.

- Porque mi hermano no recuerda lo que pasó en sus últimas horas…

Debe de haber sido muy duro para él. Es un día que esperó por mucho tiempo, y tener que callarse... pensó Juné

- ¿Por qué pones esa cara, Aioria? ¿Es que ustedes dos discutieron? - inquirió Shaina, que recordó con claridad cómo Aioria le había confesado golpear a Saga el día que ambos habían ido a ver al castaño.

- No... pero tampoco fui amable...

- ¿Dónde puede estar? - preguntó Sun-rei, que sentía gran simpatía por el gentil español

- Iré a buscarlo - dijo la rubia muy resuelta mientras se daba la media vuelta.

- Iré contigo - dijo Shiryu.

- Yo también voy - dijo Aioria, el corazón remordiéndole por haberse comportado así de irracional.

- No, Aioria - dijo Saori, que entendió de inmediato que aquella era una terrible idea.

- Quiero disculparme con él.

- Comprendo, pero no creo que este sea el mejor momento.

- Pero...

- Por favor, Aioria - le pidió Marin, y él se alejó un poco del grupo principal.

- Juné, Shiryu - dijo Saori interviniendo nuevamente - que los lleve un chofer.

- Quizás sería mejor separarnos. Así tu podrías ir al hospital mientras yo…

- Claro – dijo Shiryu comprendiendo sin palabras que la rubia seguramente quería ir al departamento de Seiya - Buena idea.

- En cuanto lo localicen, comuníquense por favor.

- Claro, Saori - le contestó el Dragón.

Ambos salieron corriendo mientras Milo iba por la esquina a dónde se había ido Aioria y lo tomaba del brazo para conducirlo de regreso al sillón donde el rubio se dejó caer apesadumbrado.

- A ver, explica exactamente qué fue lo que pasó, Minino.

- Le presenté a Marin; conversaron y él estaba muy feliz, y de repente dijo que quería ver a Shura, y por el modo en que lo dijo y su expresión me di cuenta de que no recordaba... La doctora dijo que debíamos permitirlo, y accedí. Shura entró a verlo, pero salió pronto, muy serio, y cuando lo vi salir así pensé que se lo había dicho todo... Me dio rabia y lo confronté, pero no me contestó nada y sólo se fue. Cuando entré encontré a Aioros llorando, pero era simplemente por la alegría que le produjo volver a verlo, ¿se imaginan? Pensé en pedirle una disculpa en ese instante, pero no quise separarme de mi hermano...Soy un imbécil... Tengo que encontrarlo - dijo poniéndose en pie de un golpre

- Es una pésima idea - insistió Milo cruzándose en su camino.

- Debe de estarse sintiendo muy mal.

- Seguramente - dijo Milo su cruda honestidad , ganándose una mirada de reproche de Marin que aunque él hubiera podido ver no lo habría inmutado, porque así había sido siempre la amistad entre ellos dos, directa y sin atajos - pero no puedes ser juez y parte.

- Tampoco puedo quedarme aquí sentado sin saber cómo se encuentra. ¡Tengo que aclarar las cosas con él!

- ¿Qué no oíste nada de lo que la Doc dijo en la junta? No se van a resolver estas cosas en un día. Estás confundido y dolido y él también: sería muy mala idea que hablaran ahora. Y no quiero decir lo obvio, pero si te lo hubieras tomado con un poco más de calma, probablemente no le habrías gritado y reprochado cuando no te constaba lo que en realidad pasó.

- Bueno, sí, pero…

- Tú lo conoces más que cualquiera. Si él estuviera dolido o molesto por cualquier otra circunstancia, ¿le gustaría que fueras a intentar hablar con él?

Aioria miró de muy mal modo a su amigo, porque nunca le había gustado no tener la razón, pero después de sostenerle la mirada algunos momentos, tuvo que rendirse.

- No. Casi siempre prefiere distanciarse un poco para calmarse.

- Entonces, deja que Shiryu y la chiquita lo encuentren y lo tranquilicen si hace falta- dijo el Escorpión mientras hacía un gesto de "he probado mi punto" - Y mientras, haz el favor de calmarte tu también.

- Han pasado demasiadas horas - dijo Aioria después de un breve silencio.

- Sí, así que a lo mejor en cinco minutos aparece por la puerta y te hace quedar como un alarmista.

- Eso espero, en verdad...


Shura no apareció, y Milo se pasó las siguientes dos horas tratando de tranquilizar a Aioria, ayudado por Marin, Mü, Sun-rei, Shaka, Aldebarán y Saori, que había encendido leve y discretísimamente su cosmos para asegurarse de que Shura estuviera bien, pero que no intervino más, recordando que la doctora Miyamoto había sido enfática en pedirle que permitiera que ellos mismos fueran resolviendo los altercados que pudieran presentarse.

El de Escorpio también estaba ansioso por la ausencia del español, pues le había tomado gran aprecio a pesar del encontronazo que habían tenido el día del cumpleaños de Shun. Sin embargo, su agudo sentido de la percepción le indicaba que había algo entre él y Juné, y pensaba que si ella había insistido en ir por separado a buscarle, se debía a que eran amantes. Por lo tanto, Milo imaginaba que nadie mejor que ella para tranquilizar al español, que realmente debía de estar pasándolo mal.

Estuvo a punto de decir abiertamente sus conjeturas cuando Aioria insistió por novena vez en salir a buscarlo, pero por milagro de los dioses, el griego calló antes de cometer lo que hubiera sido una enorme indiscreción, y procuró desviar la conversación hacia otros rumbos.

Y lo había logrado cuando el teléfono sonó, y entonces, la tensión volvió a sentirse, palpable.

Tatsumi de inmediato le pasó el auricular a Saori, y todos guardaron silencio

- ¿Juné? Nada. Está bien, te lo agradezco. Seguiremos esperando.

- ¿Qué dijo? - preguntó Aioria apenas ella colgó, demasiado preocupado como para notar lo incorrecto de su proceder.

- No lo ha localizado todavía. Seguirá buscando.

Fue entonces cuando Milo comenzó a preocuparse. Juné era demasiado honesta como para mentir con el único objetivo de pasar más tiempo a solas con él. Y si ella, que era tan cercana a él no lo había hallado, es que algo en serio iba mal con Shura...

Milo se levantó de un salto y tomó a Tatsumi por el brazo para sacarlo de la habitación, cosa que no pasó desapercibida para Saori, que salió para alcanzarlos discretamente.

Encontró a Milo y a su mayordomo hablando en un rincón.

- ¿Qué sucede, Milo?

- Estaba preguntándole a Tatsumi si hay modo de contactar al chofer que se llevó a Juné.

- Si, llamándolo a su celular. ¿Por qué?

- Tengo un presentimiento.

- ¿Sobre Shura?

- Sí... Quizás haya ido al Jardín del Ángel.

- ¿Qué?

- Me pareció ver de reojo a alguien en la parte superior de la casa ese día... Podría ser que él nos haya escuchado, y que esté ahora ahí.

- Tatsumi, llámalo por favor - dijo Saori, pensando que no se perdía nada con buscarlo ahí.

De inmediato, el hombre marcó un número, y se disponía a hablar cuando Milo le hizo una seña para que le diera el teléfono.

Cuando le contestaron, Milo sin demora pidió que lo comunicaran con Juné.

- ¿Sí? - respondió la rubia cuando el chofer le pasó el teléfono.

- Juné, soy yo Milo.

El griego percibió de inmediato un cambio en su respiración que interpretó muy acertadamente como incomodidad.

- Sé que me detestas y con razón, pero te pido que confíes en mí ahora. Shura me importa.

Después de algunos de segundos de silencio, Juné habló.

- ¿Qué quieres?

- Creo saber dónde está.

- ¿Qué? ¿Dónde?

- Dile al chofer que te lleve a las oficinas principales del Consorcio Kido. Busca una especie de construcción al fondo de los jardines que rodean el edificio principal. Vas a reconocerla por la estatua de un centauro.

- ¿Y por qué crees que puede estar ahí?

- Esa fue la tumba de Aioros.

- Llamaré cuando sepa algo - fue lo único que la rubia atinó a decir después de superar el impacto de la noticia, y colgó.


A cada minuto que pasaba, Juné sentía más angustia. Mientras Shiryu había recorrido desde el sótano hasta la azotea del hospital y sus alrededores, Juné había recorrido las calles aledañas a la mansión, había buscado a Shura en el apartamento de Seiya, en la cantina, y finalmente en la playa, pero todo fue en vano.

Usó también su cosmos para intentar localizarlo, pero fue inútil. Él podía estar muy lejos, o su energía vital muy disminuida, y el considerar la posibilidad de que le hubiera podido pasar algo, o que él hubiera cometido alguna locura, le oprimió aún más el corazón.

Sabía que él era un hombre sereno, reflexivo e inteligente, de un autocontrol increíble, pero desde el momento en el que Aioros había recobrado el conocimiento, había visto un lado de Shura que casi no reconocía. El español era discreto, y algo reservado, pero una vez que se sentía cómodo con el entorno o con las personas, se expresaba con gran desenvoltura y seguridad, irradiando confianza. En cambio, los últimos dos días había estado taciturno, evasivo, callado, con el ceño fruncido, intentando pasar desapercibido, y prácticamente no había dormido.

Juné sabía bien cuánta historia había entre ellos dos. Si las cosas habían ido mal, quizás él...

No quiso ni imaginárselo.

La rubia sintió un alivio inmenso cuando el coche que la transportaba llegó a las oficinas Kido, en pleno centro de Tokio. Le pidió a Kobe que la aguardara ahí y corrió sin parar varios metros para rodear el enorme edificio y llegar hasta el fondo de los amplios jardines. Al llegar al lugar y darse cuenta de que había una construcción rectangular recubierta por enredaderas y que poseía la estatua de un magnífico centauro en el techo, activó su cosmos, y cuando pudo percibir el del guardián de Capricornio, experimentó un alivio tal que se pensó capaz, incluso, de besar a Milo.

Procurando controlar su respiración, caminó lo más silenciosamente posible para no sobresaltarlo, y llegó a la entrada. La construcción de piedra tenía un cancel con un trabajo muy detallado de herrería, y luego, una puerta metálica que parecía muy pesada y estaba ligeramente abierta. Ambas puertas habían estado cerradas por candados que yacían partidos en pedazos sobre la hierba ...

Silenciosa, la amazona coló su esbelto cuerpo por el espacio disponible, y luego se quedó quieta el tiempo que le llevó a sus ojos el adaptarse a la obscuridad. Las luces de neón de la ciudad la tenían un poco deslumbrada, pero el interior de la casita de piedra no era totalmente oscuro, pues de hecho había un hueco de tamaño considerable en el techo que se disimulaba debido a la tupida enredadera que recubría el exterior. Por entre los resquicios de las plantas se colaban los rayos de luna, y así fue que logró distinguir la silueta del español entre las sombras. Se le estrujó el corazón al verlo sentado en un rincón del mausoleo, que tenía un olor a hierba mojada y fresca tan penetrante que a ella, que era hija de la sal, le caló hasta los huesos.

Shura había estado tan embebido en sus pensamientos que no había reparado en la presencia de nadie hasta que oyó vidrios quebrándose bajo el peso del calzado de la joven que se aproximaba, a la que miró un instante para luego bajar la vista.

- ¿Qué haces aquí? - preguntó con la voz ajada.

- Estaba preocupada - le contestó Juné con toda sinceridad.

Él no dijo nada. Se sentía agradecido por su interés, pero también le parecía un terrible desperdicio por parte de la amazona.

- ¿Cómo me encontraste? - dijo él, tratando de disimular que se limpiaba la mejilla contra el hombro de su camisa gris.

Fue el turno de ella para callar, así que solo se encogió de hombros.

- Es tarde. ¿Por qué no nos vamos?

Shura no respondió. No quería marcharse. No quería que nadie lo viera derrumbarse, ni se sentía listo para hablar o mirar a nadie a la cara.

- ... Eres demasiado amable, Juné. No tenías que haber venido.

- Vine porque quise.

- Gracias, pero preferiría estar solo.

La rubia se sintió descolocada un momento, pero pensó que necesitaba guardar la calma, y que si él no ponía de su parte debido a su malestar, debía de ser ella quien se esforzara.

- No puedo dejarte.

- Estoy bien.

- Quizás, pero yo no estaría bien – replicó ella, pues decidió que él ya había pasado demasiadas hora a solas con sus pensamientos, cosa muy poco recomendable cuando se estaba pasando por una situación tan particularmente difícil - No quiero imponerme ni incomodarte, Shura. Si me lo pides, esperaré afuera, o en la avenida... pero no voy a irme sin ti.

Los penetrantes ojos negros la miraron unos instantes, irradiando enfado, y luego se desviaron nuevamente.

Ella reconoció el hecho de que él no la corriera abiertamente como un pequeño triunfo, así que se dio la media vuelta y retornó hasta donde estaba el coche que la había movilizado por la ciudad.

- Kobe, avisa a Mamoru y a Shiryu que lo hallé, y regresa a la mansión por favor. Diles que está bien y que voy a quedarme un rato con él.

- Pero señorita...

- Por favor.

- Comprendo - dijo el hombre sacando del bolsillo interno de su traje un teléfono celular que puso en sus manos con mucha delicadeza - Vendré por ustedes en cuanto lo necesiten

- Muchas gracias, Kobe.

El hombre se despidió con un gesto de cabeza, y sin esperar más, Juné guardó el teléfono en su pantalón, giró en redondo y se dirigió de nuevo a la construcción.

Entró decidida, y después de ver que él no hacía ningún movimiento, se sentó a su lado. Y mientras pensaba desesperadamente qué decirle para lograr que hablaran sobre lo sucedido, sus ojos azules vagaron por el lugar.

El interior del lugar era de unos diez metros por siete, más o menos, y hubiera podido pasar por un minúsculo y pacífico jardíncito cercado, de no ser por el ataúd colocado en el centro, que descansaba acomodado sobre un pilar de mármol rectangular que debía de tener menos de un metro de altura. El piso estaba todo recubierto por piedrecillas que Juné de inmediato asoció con el mediterráneo, y en cada esquina, había unos floreros enormes, también en mármol, y que eran de estilo griego. Creciendo alrededor del pilar que servía de base al ataúd, se apiñaban montones de flores blancas, de apariencia sencilla pero encantadora. Y el féretro en sí era precioso, dorado, no muy alto, y con remates en las esquinas y adornos a lo largo, sencillos pero muy hermosos, ligeramente abstractos pero que la hicieron pensar en alas.

Justo frente a donde debían de haber reposado los pies de Aioros, había una banquita de piedra desde donde se podía contemplar el féretro sin problemas. La parte interna estaba protegida por una lujosa tela que también forraba la almohadilla donde debía de haber reposado su cabeza. Y al notar que no había una tapa o cubierta por ningún lado, y por la gran cantidad de vidrios que estaban amontonados en el piso, la rubia imaginó que la mitad superior del ataud debía de haber estado hecha de cristal.

Al pensar en las características del lugar, Juné pensó que los chistes de las enfermeras relacionando al de Sagitario con cuentos de hadas tomarían una nueva dimensión si llegaran a saber que había pasado dieciséis años acostado en un ataúd asombrosamente similar al de Blancanieves... pero por supuesto, no dijo ni diría nada.

- Es muy hermoso.

- Sí.

- Jamás se me hubiera ocurrido que él estuviera... que estaba... que estuvo aquí. ¿Cómo lo supiste?

- Oí que Tatsumi se lo confesaba a la señorita después de la junta.

Con sus ojos plenamente acostumbrados a la penumbra, Juné pudo ver que las manos del español estaban sucias y maltratadas, y que así como los vidrios que debían de haber sido la parte superior del ataud estaban apilados en una esquina, a unos pasos estaban apilados varios hierbajos que él debía de haber arrancado, y las flores muertas que probablemente habían ocupado los enormes floreros. Y después de descubrir sus manos lastimadas y de oír su voz (esa voz tan profunda y hermosa) ahora tan opaca y vacía, Juné sintió el impulso desesperado de tocarlo, así que intentó tomar una de sus manos para revisarla pero él de inmediato la retiró, apoyándola sobre su pantalón para limpiarla sobre la tela azul de sus pantalones.

- Tatsumi se hizo cargo, pero supongo que desde... que desde su regreso no se ha tomado la molestia de venir - respondió Shura como adivinándole el pensamiento, pero con la voz tan tensa que Juné sintió dolor en el estómago. Aunque parecía absurdamente calmado y compuesto, sus penetrantes ojos negros vagaban de un lado al otro, su cuerpo parecía demasiado laxo, y en su rostro era evidente la desesperanza.

- ¿Has estado todo el día aquí?

- No.

Shura no quiso decirle que había ido primero a la playa donde ella había intentado quitarse la vida, y que había estado dolorosamente tentado a lanzarse el mismo al mar, y que lo único que lo había frenado, había sido el propio Aioros.

El oleaje había sido particularmente agresivo aquella tarde, así que habría resultado ideal... pero recordó la sincera y hermosa sonrisa que había adornado el rostro del griego cuando había entrado a su habitación, y desistió. Mientras lloraba mirando las olas, había pensado que no tenía derecho de empañar de aquel modo la alegría que a todos les inspiraba el regreso del castaño, y mucho menos tenía derecho de amargarle aún más la existencia al que, ingenuamente, aún le consideraba un amigo.

Pero por sobre todas las cosas, se contuvo porque no sentía tener el derecho a huir.

Debía enfrentar su castigo. Había estado listo para ello desde el día que despertó, y por ello había sido tan terrible que Aioros le brindara una bienvenida, en vez de bañarlo en reproches y desprecio...

Tampoco quiso contarle a la hermosa muchacha, que se sintió tentado a emborracharse en todos los establecimientos donde vendían alcohol con los que se cruzó mientras vagaba sin rumbo por Tokio, idea de la cual desistió pensando que no merecía el alivio y el olvido temporales que podía brindarle el embriagarse.

Había hecho tanto daño, que merecía vivir a conciencia cada minuto de aquel dolor que lo estaba partiendo en dos...


Juné pensó que había logrado algún progreso al hacer que él le hablara, pero Shura volvió a sumirse en el silencio, y ella comenzó a desesperarse.

Ansiaba profundamente brindarle la clase de consuelo que él le había brindado aquella aciaga noche en el departamento de Seiya, pues sabía bien que su intervención y su compañía aquella noche la habían salvado. Su firme pero gentil negativa, sus palabras de aliento, su perspectiva y su presencia constante la habían ayudado a sobrellevar los momentos en los que el dolor había sido más intenso, y ahora deseaba poder hacer lo mismo con él. Pero nadie la había entrenado para ofrecer consuelo...

- Shura, habla conmigo, por favor. Dime que puedo hacer para ayudarte.

- No hay nada que puedas hacer. Ni tú ni nadie... pero te agradezco que te preocupes. No lo merezco.

- ¡No te atrevas a decir eso!

- ...

- ¿Es que fue tan malo el verlo?

- ... Creo que imaginé todas las posibilidades, menos la que acabó sucediendo... No recuerda nada, Juné - dijo al fin mirándola con los ojos dolorosamente secos, porque el pecho le quemaba y hubiera querido llorar un caudal para desahogarse, pero sentía como si todo su ser pugnara por vaciarse y algo lo detuviera... - Entré a verlo, y me sonrió. No me merezco nada de él, mucho menos una sonrisa - aseveró golpeando sus muslos - Pero eso no fue lo peor. Me conoce tan bien, que se dio cuenta de que algo me sucedía, y se preocupó... pensó que yo estaba distante porque ha pasado mucho tiempo, o porque lo he olvidado, no sé, pero me dijo que yo seguía siendo una de las personas que más estimaba en la vida, y que sentía... orgullo... de ver que... ¿Te imaginas? - dijo, las palabras atorándosele en la garganta - Me doy asco. Dejé que una estúpida duda me convirtiera en el títere de Ares, en el verdugo de la persona que más admiraba en la vida, y en cambio, él cree que he honrado a mi armadura...

- ¿De qué duda hablas?

- No es de importancia.

- Shura, no te quedes callado. Dime por favor de qué duda hablas. ¡Tiene que ser algo importante si influyó en que lo atacaras! - suplicó ella, desesperada por verlo desahogarse al fin, porque percibía cuán desesperadamente lo necesitaba, y temía que, al igual que había hecho en la junta, se lo guardara todo.

Él la miró unos instantes, como deliberando, y luego recargó su cabeza contra la pared y clavó su mirada en el hueco que se vislumbraba en la enredadera.

- Los últimos días que lo vi, estaba extraño. Algo lo tenía muy irritado, y decía cosas que jamás creí que le oiría decir.

- ¿Como que extraño?

- Aioros siempre fue... Es leal e íntegro. Era mi héroe, mi modelo a seguir. Lo admiré desde el primer día que lo conocí, y tomaba en cuenta cada cosa que él hacía o decía. Al principio supuse que yo nunca sería tan importante para él como él lo era para mí, porque él tenía a Saga, y ellos dos eran como hermanos, pero fue demostrándome poco a poco que él de verdad me apreciaba porque no sólo me oía, me confiaba sus cosas también - dijo él, recordando las veces en las que había oído con toda paciencia cómo le angustiaba al castaño que la competencia por el Patriarcado hiciera peligrar la amistad de tanto tiempo con el de Géminis; sus temores sobre el futuro de Aioria, y las dudas que carcomieron al joven griego cuando Shion al fin se decidió... - Cuando Shion anunció que él sería el siguiente Patriarca, nos hicimos más cercanos aún. Siempre adoró a Shion, lo consideraba un segundo padre, pero no entendía que él lo hubiera preferido por encima de Saga, y estaba preocupado también por él. Pero los últimos días todo se intensificó: lo noté muy incómodo, retador, molesto incluso. Y cuando estuvimos a solas me llegó a decir que Shion no era perfecto, que debíamos de cuestionar sus motivos, que era extraño seguir sus órdenes confiando en que Athena lo quería así cuando no teníamos modo de comprobar que esa realmente fuera la voluntad de nuestra Diosa. Yo sabía de sus dudas, pero no daba crédito a que cuestionara sus decisiones de ese modo y le pregunté qué lo hacía hablar así, si había sucedido algo malo, y él sólo me respondió que en ese momento no podía decírmelo, pero que en un par de días lo sabría...

- Y nunca llegó a explicártelo, ¿verdad?

Él lo negó con un leve movimiento de cabeza.

- Hasta hoy no sé con exactitud por qué estaba así. No sé si presentía la presencia de Ares, o por qué se comportaba tan extraño.

- Entonces, ¿tú creíste que él en verdad la había atacado a causa de todo eso?

Shura asintió mientras se le escurría una lágrima.

- Cuando Saga dijo que Aioros se había rebelado y que había atentado contra Ella... Una parte de mí se negó a creer algo tan monstruoso de su parte, pero su actitud irritable y misteriosa pareció adquirir sentido...

Juné lo miró helada, y ya no aguantó las ganas de tocarlo, así que puso sus manos sobre las suyas, que aferraban la tela de sus jeans.

- ¿Se lo dijiste a alguien?

Una risa obscura y amarga brotó de él antes de que respondiera

- A Saga... o a Ares, no sé. No entiendo aún cómo funcionaba exactamente todo ese asunto de la posesión. No sé si Saga lo recuerde…

En cambio, Shura sí que recordaba sus palabras, cuando después de haber dejado a Aioros herido de muerte y al borde del absimo, volvió al Templo y expuso lo sucedido y todas sus dudas ante el supuesto Patriarca...

"¿Entonces, sospechabas que Aioros atentaría contra Ella?"

"¡No, Señor! Noté que él actuaba raro, pero jamás imaginé que pudiera hacer algo semejante. Siempre pensé que él era el más digno y fiel..."

"No te tortures, Shura. Al contrario, debes de sentirte orgulloso. Detuviste al hombre que estuvo a punto de matar a nuestra diosa. No cabe duda de que eres tú el Caballero más fiel de Athena..."

- ¡Oh, Shura! - protestó Juné, su dulce voz alejándolo de sus recuerdos - ¿Y por qué no lo dijiste el día de la junta?

- Es un detalle insignificante, Juné. Aunque él se estuviera comportando extraño, no justifica que yo lo atacara sin darle siquiera la oportunidad de explicarse... Me enorgullecía tanto su confianza, y le pagué del peor modo... ¿Qué clase de amigo ataca sin brindar siquiera el beneficio de la duda?

- No tenías razones para dudar del Patriarca... y pasaste por encima de tus sentimientos por obedecer una orden, por buscar el bienestar de Athena, ¿no es así?

- Quizás, pero estaba equivocado. Absolutamente equivocado...

Después de eso, Shura volvió a quedarse callado, y Juné supo que no poseía ni las sabiduría ni las palabras para aliviar una herida semejante, así que simplemente se acurrucó un poco contra él, manteniendo sus manos sobre las suyas, buscando hacerle entender que no estaba solo...

Se quedaron en la misma posición durante un largo tiempo indefinido, pero después de ver que él se frotaba por cuarta vez el entrecejo, Juné se decidió.

- Te duele la cabeza, ¿verdad?

Él asintió.

- ¿Por qué no vamos al departamento de Seiya? Podría prepararte algo de cenar...

Shura lo consideró seriamente por unos instantes. Ir a la acogedora casita del Pegaso le proporcionaría enorme tranquilidad. Sería un espacio seguro para desmoronarse... pero también estaría a solas con ella, que poseía aquellos ojos tan grandes y hermosos, y esa voz tan dulce que le hablaba con tanta suavidad. Estarían solos, y él supo que no resistiría la tentación de intentar buscar refugio en su cuerpo tal y como ella se lo había ofrecido aquella noche, y la amazona estaba aún muy confundida y frágil. Sería un abuso indescriptible, y él ya se odiaba bastante a sí mismo como para caer aún más bajo, así que se negó.

- Volvamos a la mansión, entonces - pidió ella.

- No.

- No tiene sentido que pases la noche aquí - dijo ella interrumpiéndolo - Aunque ya te lo dije: si te quedas, me quedaré - anunció ella, y fue su determinación la que acabó por convencer al español.

- Está bien.

La amazona se puso en pie y salió rápidamente mientras sacaba de uno de los bolsillos de su pantalón el celular que Kobe le había dejado, y mientras él se ponía de pie con cierta dificultad, ella llamó, y el chofer, fiel a su promesa, fue por ellos y luego los condujo de regreso...


Después de recibir el reporte de Kobe, que había llamado de un teléfono público, Saori había tranquilizado a los demás, y después, los había convencido de que se retiraran a sus habitaciones, pues no quería que nadie abrumara al español pidiéndole explicaciones, considerando muy necesario el darle espacio para que tuviera oportunidad de procesarlo todo, así que cuando la amazona y el de Capricornio estuvieron de regreso, prácticamente todas las luces estaban apagadas. Ambos entraron por la puerta de servicio directamente a la cocina, y la amazona de inmediato tomó algo de fruta, una jarra con agua, un vaso y un par de aspirinas y los puso en la hermosa isleta de la habitación, pensando que él probablemente había pasado todo el día sin comer, y le propuso prepararle un emparedado y un té.

Shura le dijo que podía prepararse algo él mismo, pero ella lo ignoró y se puso a recolectar ingredientes, así que él le dio las gracias, fue al baño para lavarse las manos y la cara, y cuando estuvo de regreso se sentó y se tomó las pastillas mientras que ella ya elaboraba la comida.

El agua para el té estaba por hervir cuando se oyeron unos pasos, y ambos voltearon para ver entrar a Saori, que lucía un elegante y recatado camisón en satín beige, con bata a juego.

- Athena-sama, perdón, no queríamos despertar a nadie - dijo él poniéndose de pie casi de un salto.

- No estaba dormida - contestó ella - Esperaba tu regreso.

- Sólo he ocasionado inconvenientes. Lo lamento mucho - dijo él eludiendo su mirada.

- Shura, para ya de disculparte, por favor - dijo ella poniendo su mano sobre su codo izquierdo.

- Es que no merezco...

Saori le puso un dedo en los labios.

- Si me respetas tanto como creo que lo haces, me permitirás que determine quién merece qué.

Él no dijo nada, sólo asintió y bajó la vista nuevamente.

- Le debo una explicación sobre mi conducta..

- Querido Shura, no me debes nada. No imagino lo que has podido sentir el día de hoy, y no vine a preguntártelo; no quiero abrumarte. Sólo bajé porque quise asegurarme de que estuvieras bien. Si quieres hablar después, estaré más que dispuesta a escucharte, pero ahora me parece que lo más conveniente sería que comieras y descansaras.

- Gracias, Athena-sama - dijo él, regalándole una sonrisa muy triste.

- Buenas noches - dijo Saori

- Buenas noches - respondieron ambos.

Shura volvió a bajar la vista y Saori suspiró llena de tristeza, pues lo percibía tan distante que le parecía haber retrocedido al día en que el español había despertado en el hospital y la había saludado con el corazón repleto de culpa.

Antes de marcharse, la heredera miró a Juné, le susurró un "gracias", y luego se retiró.

Juné puso la taza de té y el emparedado frente al español, y se sentó a su lado pues había preparado uno para ella también. Ambos comieron en silencio, y al acabar, él lo recogió todo y los dos subieron en silencio a la planta superior.

La rubia amazona fue a su recámara, se puso la piyama y se sentó en la cama a esperar durante algunos minutos, para después salirse descalza hasta llegar a la habitación de él. Puso su mano sobre la perilla e intentó hacerla girar despacio, pensando que si él no la quería ahí, habría puesto el seguro. Pero la puerta se abrió, así que ella se introdujo rápidamente.

Shura estaba recostado sobre su costado izquierdo, con la pierna derecha ligeramente flexionada, su hombro derecho encorvado hacia la cama, su mano derecha como protegiendo su estómago y mirando hacia la ventana. No se había cambiado, simplemente se había quitado los zapatos y los calcetines y se había acostado sobre la colcha.

- Así no vas a poder descansar - dijo ella al acercarse y verlo aún vestido.

Él no dijo ni hizo nada por moverse, de modo que la joven tironeó de las mantas y las cobijas para conseguir cubrirlo. Luego, se metió a la cama mientras que él permanecía inamovible.

Juné se quedó quieta por varios minutos, atenta al sonido de su respiración. Y a pesar del silencio y la aparente calma que reinaba en el cuarto, ella pudo percibir la tristeza emanando de su cosmos inmenso y supo sin lugar a dudas que él lloraba. Y no pudo soportar sentirlo tan lejos, así que poco a poco fue aproximándose, acortando la distancia que separaba sus cuerpos, determinada pero procediendo con lentitud para no provocar que él le pidiera que se alejara.

Y cuando ya eran solos pulgadas lo que los separaba, ella recargó su rostro prácticamente sobre su omóplato, le pasó un brazo sobre la cintura, y acomodó sus piernas junto a las de él.

El moreno no demostró reacción alguna, y ella pensó que probablemente él no se sentía cómodo teniéndola tan cerca, así que pensó en alejarse.

- Perdón, yo...

Pero ella cesó de hablar al sentir que él movía su brazo derecho para aprisionar suavemente su antebrazo, y que su mano izquierda tomaba su mano, aferrándola silenciosamente, suplicando sin palabras que no lo dejara.

Y ella, por supuesto, no lo hizo.


Totalmente ajeno al ambiente tenso que se vivió en la mansión por su causa, Aioros despertó sintiéndose profundamente descansado.

Y apenas hubo abierto los ojos, comenzó a entrar gente a su habitación. Enfermeras le tomaron los signos vitales, una amable señora le dejó el desayuno para luego volver y llevarse la charola vacía, y posteriormente, la Dra Saito apareció para supervisar que le practicaran un montón de pruebas. Más enfermeras le colocaron objetos extraños en la frente, en el pecho y en los brazos, le extrajeron sangre, le pidieron que hiciera algunas cosas vergonzosas como que aliviara su vejiga en un recipiente, y también lo ayudaron a instalarse en máquinas enormes que no imaginaba pudieran existir. Y cuando eso hubo acabado, la señorita que le había dado un masaje el primer día apareció para llevarlo a una habitación donde le dio un masaje en piernas y brazos, lo puso a hacer algunos ejercicios de estiramiento y luego, lo ayudó a subir a una bicicleta que no se movía y le pidió que pedaleara, para rematar pidiéndole que se desplazara sobre un extrañísimo aparato que lo incitaba a caminar. Tanto la joven como la doctora lo incitaron a que hablara mientras realizaba los movimientos, y al término de aquello le hicieron soplar en otro objeto, de modo que para cuando todo acabó se encontraba considerablemente agitado, cansado y mareado.

Después, la doctora Saito lo llevó de regreso a su habitación en una silla de ruedas, y ni siquiera pudo bañarse a solas, pues seguía tan mareado que una de las enfermeras tuvo que intervenir incluso para ayudarlo a vestirse...

Y aunque agradeció a todas y procuró mantenerse sereno, tanta atención femenina le producía cierto desasosiego, pues lo remitió directamente a las vivencias de sus últimos días.

Durante su niñez transcurrida en Rodorio, la convivencia con el sexo femenino había sido algo perfectamente cotidiano y normal para él, pues pasaba mucho tiempo con su madre, que convivía con las esposas de los otros pescadores y sus hijas, pero desde que Shion lo llevó al Santuario, por años enteros no se cruzó siquiera con una amazona.

En contraste, durante sus últimas semanas, prácticamente se vio rodeado de mujeres. Trató con costureras, que le tomaron medidas, le ajustaron telas y le probaron túnicas y ropajes; con jóvenes artistas que elaboraron para él la máscara que lo señalaría como líder de sus compañeros; fue instruido por las dos nodrizas que fueron reclutadas en Rodorio para darle los más básicos cuidados a la Princesa recién llegada... Y en especial, Aioros recordó al conjunto de mujeres que lo esperaban en la cámara del Patriarca y que lo colmaron de atenciones la penúltima tarde de su vida, guiándolo para cumplir con un insospechado rito de iniciación que era (según Shion) el último requerimiento a cumplir antes de su nombramiento oficial como Patriarca.

Los recuerdos que poseía de aquella tarde eran vagos, y habían transcurrido tantos años que hubiera sido lógico que se desvanecieran por completo, pero volvían poco a poco al frente de su memoria ante el bombardeo de estímulos que recibía al convivir con aquellas féminas que ahora lo procuraban.

Sus voces, sus miradas, sus risas, su toque y hasta el aroma que despedían estaban devolviéndole las memorias de los sucesos de aquella tarde, a pesar de que en ese entonces sus sentidos habían sido profundamente alterados y exaltados por el vino y la extraña comida con que lo habían alimentado…


Sayaka Miyamoto entró en la habitación después de esperar en vano a que se le concediera permiso para entrar, y comprendió la razón de aquel silencio al ver a Aioros instalado en el silloncito que había ocupado su hermano el día anterior, embebido en sus pensamientos mientras contemplaba el panorama que le ofrecía el ventanal exterior.

- Hola, ¿puedo pasar? – dijo Sayaka a pesar de que ya estaba prácticamente dentro.

- Adelante, por favor – dijo él intentando ponerse en pie para recibirla.

- No, no te levantes, no es necesario. La doctora Saito me informó de todas las pruebas y estudios que te realizaron. ¿Cómo te encuentras? – dijo ella mientras se sentaba en una silla

- Todavía me siento algo fatigado… y mareado, pero estoy mejor que hace rato.

- Me alegra muchísimo oír eso.

- ¿Viene a revisarme? Pensé que ya habían terminado. ¿Quiere que…?– dijo él señalando hacia la cama.

- No. Todo ha sucedido tan rápido que no he tenido oportunidad de hablar contigo a solas, y aclararte ciertas cosas, como por ejemplo, que no soy esa clase de doctora.

- ¿Es que hay más de una clase de doctor? – dijo él luciendo genuinamente confundido

- Hoy en día los doctores suelen especializarse. En mi caso, soy una psiquiatra. ¿Sabes lo que eso significa?

- Psiquiatra…Psiquiatra... - dijo él, repitiendo la palabra para luego meditar su respuesta - Me parece que es un vocablo compuesto por la unión de dos palabras de origen griego: iatra, y psique… Quiere decir médico del alma.

- Así es - dijo la japonesa, admirada por la prístina inteligencia del muchacho que ahora la miraba con cierto asombro.

- Vaya. Nunca conocí a nadie con ese oficio. Médico del alma…Que hermosa y noble vocación la suya, señorita Miyamoto.

Las palabras fluyeron del griego con tanta sinceridad, que las mejillas de la japonesa se tiñeron de un tenue color rosa.

- La etimología brinda una definición muy poética de mi trabajo, pero no me atrevería jamás a decir que poseo la habilidad de sanar almas, Aioros. Lo que sí hago es intentar ayudar a las personas a lidiar con sus problemas emocionales.

- Oh. ¿Y usted cree que yo..?

- No estoy diciendo que estés enfermo, Aioros. Me parece que en estos días te has manejando con una entereza y un control verdaderamente admirables, pero tu situación es insólita y única en más de un sentido, y la señorita Saori quiere asegurarse de que te encuentres bien.

- Comprendo - dijo él después de unos instantes de quietud - ¿Y es que han inventado un aparato que le permite ver, o curar las emociones? – preguntó con renovado asombro

- No, Aioros, no existe algo así – le respondió ella, intentando no sonreír demasiado ante su ingenuidad y su imaginación - En este ramo de la medicina no se han hecho tantos progresos como en otros campos. Lo que hago es mucho más simple: hablo con las personas.

- ¿Sólo hablar?

- Sí. Le pido a las personas que compartan conmigo sus pensamientos privados, que me dejen ver en su interior, por decirlo de algún modo.

- ¡Oh! – exclamó él, ruborizado al imaginarse contándole a la doctora lo que estaba pensando justo antes de que ella entrara…

- Sé que para algunas personas la idea de algo así puede parecer invasiva, pero no es tan malo como suena. Todo lo que mis pacientes me dicen es confidencial, y mi intención nunca es la de juzgar o entrometerme, si no la de ofrecer apoyo, o una perspectiva distinta, de modo que la mayor parte del tiempo sean los propios pacientes quienes hallen la solución. Además, cada caso es diferente. Hay gente que requiere ir muy profundo en el análisis de sus vivencias, pero justo ahora no busco algo tan complicado ni tan demandante contigo; sólo quisiera hacerte algunas preguntas para saber cómo se encuentra tu ánimo. ¿Qué dices? ¿Quisieras intentarlo?

- Está bien – aceptó él, mirándola fijamente con sus expresivos ojos azules.

- Cuéntame por ejemplo cómo te sentiste con las visitas que recibiste ayer.

- Me gustó mucho conocerlos a todos, aunque fue un poco extraño – dijo él relajándose un poco al ver que no era una pregunta demasiado personal…- Ellos parecen saber bien quien soy, y que he hecho y yo pues, me siento en desventaja. Además…

- ¿Qué?

- Pues... puede sonarle tonto, o superficial, pero que me vengan a ver mis compañeros o personas tan importantes como las señoritas de Asgard mientras estoy así me avergüenza. Fui educado para ser un líder y un representante, y en este lugar y en estas condiciones estoy muy lejos de... No es una situación óptima, vaya. Estas ropas me hacen sentir extraño y algo expuesto - dijo él desviando un poco la mirada.

- Comprendo tu incomodidad, y me parece muy loable que incluso en tu circunstancia busques apegarte a ciertos protocolos, pero no creo que ellos le hayan dado importancia alguna a la ropa que vistes. La alegría de saberte vivo y de tener la oportunidad de conocerte sobrepasa esos detalles.

- Sí, supongo - dijo él nuevamente ruborizado al recordar las manifestaciones de aprecio que había recibido.

- Ahora me gustaría saber qué opinas de Marin.

- ¡Oh, es una joven estupenda! Es muy amable, muy considerada y especial. Me pareció listísima... Y Aioria en serio está loco por ella.

- ¿Qué sentiste al saber que tu hermano y ella son pareja?

- Removió muchas cosas en mí... Mis padres tuvieron una relación muy hermosa mientras vivieron; se amaban y se apoyaban incondicionalmente - dijo él con los ojos llenos de nostalgia y ternura - Cuando supe que el destino de mi hermano y el mío era el de cuidar de Athena, pensé que nunca viviríamos algo similar a lo que tuvieron nuestros padres. Descubrir que mi hermano cumplió con su misión sin tener que renunciar a esa clase de dicha me hace muy feliz... Aunque tengo que admitir que aún no acabo de reponerme de la sorpresa. En mi cabeza, ayer él era un niño, y cuando me anunció que le había pedido permiso a la Prince... a la señorita Saori para cortejarla, fue como si me dijera que está por ser padre.

- Es comprensible... ¿Y cómo te sientes ahora, que has tenido un poco más de tiempo para asimilar esta nueva etapa?

- Aún me llega a parecer irreal el estar aquí, y la noción del paso del tiempo me sigue confundiendo, y hablo de los años transcurridos tanto como de las horas del día... pero no crea que me estoy quejando, por favor. Me considero excepcionalmente afortunado. Lo que más me desconcierta, en todo caso, es sentirme tan... como si no fuera yo, ¿sabe?

- No entiendo.

- No me reconozco. Es como si fuera otro... Entrené a diario durante siete años, y ahora ponerme de pie o hacer un poco ejercicio después de haber pasado días enteros en cama me basta para dejarme cansado y tan mareado que parece me hubiera bebido una botella de vino entera. No me había sentido así jamás, y...

- Imagino que te frustra.

- SíY he aquí la prueba de que mis emociones también están fuera de mi control - dijo mientras evidenciaba que los ojos se le habían humedecido - Ayer me fue difícil calmarme después de la visita de Shura. Siento que las cosas me afectan con gran facilidad, y es algo que no me pasaba antes.

- Te sientes fuera de tu centro.

- Sí.

- Pues a mí me parece perfectamente normal que estés así - replicó ella ganándose una mirada extrañada por parte del jovencito - Sé que las exigencias que han regido sus vidas son tremendas, y sí, sé que no estás al nivel físico ni en el ritmo al que solías vivirte, pero afortunadamente en este momento nadie demanda o requiere otra cosa de ti que no sea que te recobres para disfrutar de tu presencia. Además, todos saben que no estás en esta habitación vacacionando: estás recuperándote después de intervenir en una confrontación que la verdad ni siquiera alcanzo a imaginar, aún cuando ni el tiempo ni el espacio lo dictaban posible. Lo que los otros vemos en ti es a una persona tan especial que ha llevado el cumplimiento de su misión, como la has llamado, más allá de todos los límites hasta ahora conocidos; me parece un poco obvio que eres tú quien tiende a olvidar cuánto has logrado. Creo firmemente que en consideración a todo eso, deberías de ser un poco indulgente contigo mismo. Y... - dijo ella adelantándose a el, que parecía listo a debatir - antes de que repliques, déjame decir también que es altamente probable que en cuestión de días estés fuera de aquí y plenamente listo para ir recuperando el nivel de actividad física que solías tener. Revisando tu expediente, y considerando lo que me dijo la doctora Saito sobre tus pruebas de hoy, hay que decir que la capacidad de recuperación que has mostrado es excepcional. Sé que te parece poco, pero cuando te internaron hace mes y medio, tu estado era crítico. Mis colegas no sabían por qué estabas tan grave ni qué hacer para ayudarte, pero fuiste mejorando prácticamente sin que ellos intervinieran y hoy, lo único de lo que padeces es de mareos y algo de fatiga. Así que...

- ¿Y si..?

- ¿Si qué?

- ¿Y si no logro recuperarme totalmente? ¿Y si esto es lo mejor que puedo estar?

- Tendrías que ponerlo todo en perspectiva, y evaluar que tan malo puede ser haber perdido ciertas capacidades a cambio de reunirte con tu hermano y con tus compañeros.

Aioros la miró con los ojos azules muy abiertos, perplejo y apesadumbrado ante la sola idea de no poder volver a ser el de antes, pero justo en ese instante un ave se posó en el filo de la ventana, y la belleza de su plumaje capturó su atención.

El pajarillo se fue segundos después, pero para entonces, Aioros sonreía.

- No imagino mi vida sin poder cumplir cabalmente con mis funciones como el portador de mi armadura... pero supongo que hay más de un modo de servir a la Princesa - dijo él con una pequeña sonrisa - Estar aquí vale cualquier inconveniente.

- Me alegra mucho que puedas verlo así, Aioros, pero no creo que haya por qué preocuparse - dijo ella sonriéndole a su vez - Si la determinación y el empeño tienen algo que ver, creo que podrás conseguir hacer lo que hacías antes, y mucho, mucho más.

- Gracias.

- Y en cuanto al aspecto emocional, sé paciente. No es nada sencillo por lo que estás pasando, pero como te dije al principio, me parece que te has manejado admirablemente. Y si en algún momento sientes que tus emociones realmente se desbordan y que te son imposibles de manejar, dímelo por favor.

- De acuerdo, gracias... ¿Podría pedirle yo un favor a cambio?

- Claro.

- Quiero hablar con la señorita Saori, a solas. No pretendo ser grosero de ningún modo, créame, Doctora. Todos han sido extraordinariamente amables y considerados, pero aún tengo muchas dudas que sólo ella puede resolver, y estando constantemente rodeado de personas no ha sido posible... Intuyo que hay cosas graves que me ocultan. Rehúyen algunas de mis preguntas, he visto que se incomodan e intercambian miradas de complicidad, y presiento que Aioria es en parte responsable de su silencio. Me conmueve que se preocupe, pero su actitud está fuera de lugar.

- No voy a negar que ha habido cierta contención, pero tu estado de salud nos...

- Usted misma dijo que estoy muy repuesto - rebatió él - Puedo estar desorientado, pero no estoy incapacitado para razonar, y no soy tonto ni ingenuo. Han pasado tres días y uno de mis mejores amigos no ha venido a verme en lo absoluto mientras que el otro prácticamente huyó de mí ayer. Entiéndame: si hice o dejé de hacer algo y eso les ha provocado malestar, daño o desazón, quiero saberlo ya. Son gente a la que estimo muchísimo, y no puedo arreglar las cosas si no sé por que están mal para empezar.

- Acabas de decirme que estás más sensible de lo habitual, que algunas situaciones sobrepasan tu control. ¿En verdad crees que es el momento adecuado? No hay prisa.

- No soporto seguir caminando a ciegas... Y aunque mi apariencia sea la de un muchachito, no me considero uno. Necesito hablar ya con ella.

- Comprendo, Aioros - dijo ella, dándose cuenta de que el momento que más temían había llegado - Le avisaré a la señorita Kido que deseas hablar con ella.

- No tiene que hacerla venir justo ahora. Puede que tenga otras cosas que hacer.

- No creo que tenga inconveniente en presentarse cuanto antes. Mereces la verdad; es lo justo.


Menos de una hora después, Saori ingresaba a la habitación del castaño, mientras todos en la mansión aguardaba con impaciencia para saber que resultaba del encuentro...

- Buenas tardes, Princesa.

- Buenas tardes, Aioros. ¿Cómo te sientes? - dijo ella avanzando para sentarse en la silla que antes había ocupado la psiquiatra

- Mucho mejor.

- Eso me han dicho los doctores...

Un silencio tenso se hizo entre los dos. Aioros ardían en deseos de sincerarse, pero no quería ofender a la joven inundándola de preguntas. Pero no fue necesario que él pensara demasiado en qué decir, pues ella se le adelantó.

- Aioros, la doctora Miyamoto me dijo que querías hablar conmigo, pues tienes dudas.

- Así es, Princesa. Ayer lo pasé muy bien con Aioria y todas las visitas, pero me di cuenta de que evitaban hablarme sobre ciertas cosas y creo que ahora tengo más dudas que antes. Si no es mucha molestia, hay varias cosas que quisiera saber, y no se me ocurre a quién más preguntarle.

- Contestaré con placer todas tus preguntas, Aioros - dijo Saori irguiéndose, buscando parecer relajada aunque por dentro su estómago estuviera hecho un nudo.

Aioros le dio una sonrisa agradecida, pero segundos después, Saori pudo ver claramente cómo se reflejaban las dudas en su rostro.

- ¿Pasa algo malo?

- No. Es sólo que tengo tantas preguntas que ahora que la tengo frente a mí, no sé por dónde empezar.

- Comprendo - dijo ella con una pequeña sonrisa.

- Bueno, para empezar, no dejo de preguntarme por qué no fuimos atendidos en la Fuente.

- Cuando estuvimos de regreso, quienes quedaban en pie nos hallaron tan graves que consideraron más adecuado trasladarnos a un lugar donde pudieran brindarnos atención médica especializada.

- ¿A usted también?

- Sí. Mi estado era delicado, aunque no tanto como el de ustedes. Fue una gran decisión: de no haber venido, probablemente algunos habrían muerto.

- Comprendo, ¿pero por qué Japón? Hay buenos hospitales en Grecia, ¿o no?

- Bueno, vinimos aquí porque este es el lugar donde he vivido prácticamente toda mi vida.

La expresión de desconcierto de Aioros fue evidente.

- ¿Usted... viviendo fuera de Grecia?

- El hombre a quien me entregaste vivía aquí.

- ¿¡El hombre a quien yo la entregué!?

- ¿No recuerdas?

Aioros movió frenéticamente su cabeza en señal de negación

- Aioros, lamento preguntarlo, pero ¿cuál es exactamente tu último recuerdo?- dijo Saori genuinamente sorprendida

- Vi a Kanon... quiero decir, el rostro de Saga, cuando la máscara cayó. Luego yo la tomé en mis brazos y escapé... Me hice de mi armadura, no recuerdo cómo.. No hay nada después de eso.

Saori se estremeció mientras revivía la sensación de estar en sus brazos aquella noche. Pudo recordar verlo caído en el barranco, y presenciar sus esfuerzos por salir de él para volverla a acunar, y cómo vagaron juntos hasta llegar a la salida...

- ¿Qué sucedió después? - preguntó él - ¿A qué hombre se refiere?

- Era de día cuando alcanzaste la salida del Santuario, y ahí te encontraste con un hombre ya entrado en años. Tú estabas muy malherido, y debilitado - dijo ella, sus ojos negros llenándose de lágrimas de pena por él - y cuando se encontraron le explicaste con rapidez quién era yo, y que el Santuario no era seguro para mí. Le pediste que me cuidara hasta que otros Caballeros pudieran hacerlo, y después falleciste.

Aioros no dijo nada, pero era evidente cuánto lo sorprendía no recordar.

- Bueno, ese hombre resultó ser un empresario japonés que visitaba Grecia con algunos amigos. Y él nos trajo a su tierra.

- ¿Nos?

- Me enteré, hace muy poco tiempo, realmente, que él no quiso abandonarte, así que también trasportó tu cuerpo hasta aquí…Él me crió como si fuera su nieta y crecí considerando este país como mi hogar. Y cuando él murió, me dejó su fortuna. Este lugar le pertenecía y ahora es mío; por eso fuimos trasladados aquí.

- ...Es imperdonable - dijo él cuando logró articular palabra.

- ¿A qué te refieres?

- La envíe lejos. La arrojé de sus dominios, de su hogar ¿Cómo pude cometer un crimen tan atroz?

- ¡Aioros, no digas eso! - dijo ella tomándole las manos - Me salvaste la vida más de una vez esa noche.

- Quizás la salvé del peligro inmediato, pero luego hice que la sacaran de su propio Santuario. No comprendo cómo no está molesta conmigo, Princesa.

- Aioros, si hubiera permanecido en ese lugar, una tragedia sin precedentes habría tenido lugar con Ares rigiéndolo todo.

- Pero usted dijo que fue vencido.

- La guerra en su contra no fue cuestión de unas horas, o de días, como sucedió en guerras previas. Ares se apoderó de mi Santuario por trece años.

Aioros se puso tan pálido en ese momento que Saori tuvo miedo de que fuera a perder el sentido.

- ¿Qué? ¡No! Pensé... ¡pensé que los Caballeros Dorados se habían hecho cargo de él!

- Lo hicieron, pero eso sucedió trece años después de tu partida, cuando yo al fin regresé a Grecia, y con la enorme colaboración de varios caballeros de Bronce. Sólo entonces pude recuperar el control del Santuario.

- ¿¡Cómo puede haber sido posible semejante aberración!? ¡¿Cómo pudo infiltrarse en el Santuario en primer lugar?!

- Hay muchas cosas que no puedo contestarte, porque las ignoro, o lo que sé es muy vago. Si quieres respuestas precisas sobre lo que ocurrió esos años, lo más adecuado sería que llamáramos a Saga... ¿Quieres?

Él asintió pálido y demudado

- ¿Él... sigue siendo el Patriarca? - dijo él, asumiendo con toda naturalidad que a su muerte, Saga debía de haber asumido el cargo que, según el castaño, debió de ser suyo en primer lugar...

- No exactamente… En realidad no ha habido uno en más dos años.

- ... ¿podríamos llamarlo ahora? - preguntó él con la voz ahogada

- Por supuesto - dijo Saori, rogando que todo saliera bien en la impostergable reunión


La psiquiatra no se había alejado, queriendo estar al tanto de todo lo que pudiera suceder, así que después de llamar a Saori desde su oficina, había recolectado varios folders y se había instalado en el control de enfermeras a trabajar, de modo que cuando la heredera le hizo saber el deseo de Aioros, la mujer de inmediato se puso en marcha, y fue a buscar a Saga a su habitación.

- Doctora, buenas tardes - dijo Shun al ver que la psiquiatra entraba en la habitación, apenas minutos después de que ambos hubieran acabado de almorzar.

Saga no dijo nada, porque la sonrisa apretada de ella le hizo saber que había llegado el momento.

La psiquiatra le explicó a la brevedad y con la mayor cautela posible la petición del castaño, y mientras la oía, Saga fue poniéndose más y más pálido, pero aceptó, tan embargado por las emociones que ni siquiera articuló palabra, simplemente asintió.

Había esperado demasiado. Estaba listo para enfrentar lo fuera que Aioros se dispusiera a brindarle...

La doctora, claro, no estaba dispuesta a dejar nada al azar, así que sacó de su bata un calmante suave que el griego tomó en sus manos. Él miró detenidamente la cápsula, como preguntándose de qué estaría hecha, y luego la puso en la mesita, se sirvió un vaso de agua y la tomó. Luego se puso de pie, irguiéndose lenta y majestuosamente de la cama, de modo que a la japonesa se le figuró como una torre, inamovible, aunque ella bien sabía que era sólo una ilusión óptica producida por su estatura y la elegancia de sus movimientos. Y cuando él la miró, había una determinación tan férrea en sus facciones, que ella entendió que estaba frente al hombre que había, de un modo u otro, regido al Santuario, y que había tenido en sus manos el destino del mundo...

- Vamos.

- Saga - dijo Shun antes de salieran - Pase lo que pase, estaré aquí.

Incapaz de agradecerle siquiera, Saga se acercó a Shun, le puso una mano en el hombro, lo miró, y luego se dio vuelta para seguir a la doctora.

El de Géminis caminó todo el trayecto en silencio, perfectamente conciente de lo que sucedía a su alrededor. Había ruidos de computadoras, máquinas, muchas voces serias pero también algunas risas. En resumen, la vida se desenvolvía a su paso, sin que nadie sospechara que para él, todo estaba a punto de cambiar...

- ¿Cómo te encuentras? - le preguntó Sayaka cuando se detuvieron frente a la habitación de Aioros.

- Me hormiguean las manos - dijo él con un suspiro - y me retumba el corazón, pero supongo que es normal... Solo quiero que pase lo que tenga que pasar, ya. ¿Me entiende?

- Lo intento, Saga, pero es difícil imaginar que se siente estar en tu posición - le dijo ella con toda sinceridad - Recuerda lo que te dije cuando Kanon despertó. Intenta ser breve y conciso.

- Espero recordarlo. Hagámoslo, por favor.

- Yo estaré esperándote.

La doctora abrió la puerta para dejar pasar al griego, y luego cerró, volviendo al control de enfermeras para monitorear a través de las cámaras la evolución del encuentro.

El adolescente no había sido capaz de disimular su ansiedad, y aunque Shion de Aries lo había educado con modales exquisitos, después de que Saori hubiera informado a Sayaka, él había guardado silencio mientras esperaba a que su hermano de armas apareciera.

Y al ver que el de Géminis aparecía, Aioros guardó silencio mientras analizaba la figura de su amigo, que se había detenido apenas había traspasado el umbral.

No había demasiados cambios, estrictamente hablando, en su fisonomía. Saga, al igual que él, había madurado muy pronto físicamente hablando, quizás por la enorme demanda física a la que sometían a sus cuerpos durante los entrenamientos, quizás por la dieta, por el desarrollo de sus cosmos o incluso, por el peso que llevaban a hombros. Pero era en su rostro, como en el de Shura, donde se concentraban los cambios, especialmente en sus ojos opacados, que revelaban un gran sufrimiento que a su vez le apenó profundamente.

Por su parte, Saga también estaba impactado por estar al fin frente a Aioros, pero contaba con la ventaja de ya haberlo visto aunque fuera dormido, así que cuando entró, lo observó un par de segundos, agradeció a Athena por su regreso, y luego bajó la mirada.

- Hola - dijo Aioros al fin.

- Hola - respondió Saga con la garganta muy apretada.

Los ojos de ambos se encontraron, y después de apenas unos segundos, ambos desviaron la mirada. Saludarse era un acto natural que no requería ningún esfuerzo especial, pero en Sus Circunstancias parecía tan insuficiente...

Aioros volvió a embeberse en observar a su amigo, y cuando al fin consideró que lo había mirado cabalmente, volvió sus ojos hacia Saori, pero siguió sin decir nada, cosa que preocupó a la psiquiatra.

- Aioros, ¿te sientes bien?

- Sí. Aún me cuesta trabajo asimilar que ha pasado tanto tiempo… - dijo Aioros, con una voz que aunque debilitada, produjo escalofríos en su compatriota - aunque mis ojos me lo digan constantemente. La Princesa es ya una señorita, y tú...

Saga asintió, comprendiendo que a Aioros debía impresionarle verlo envejecido, y se esforzaba por encontrar algo que decir cuando Aioros se le adelantó.

- Te ves bien.

Saga pensó que no debería de sorprenderle el oírle decir aquellas palabras. Después de todo, Aioros siempre había sido extremadamente empático y generoso, pero eso no impidió que su estómago diera un salto al oírlo.

- Gracias.

- Siéntate, por favor.

Saga asintió con una sonrisa casi inexistente y muy triste, tomó una silla del otro extremo de la habitación y se acomodó junto a Saori.

- Quisiera que las circunstancias fueran otras, pero...

- Yo también, pero no hacen falta las formalidades. Sólo pide lo que necesites - dijo Saga levantando nuevamente la mirada.

- Lamento preguntar...

- Aioros, por lo que más quieras no te disculpes. Tienes derecho a exigir la verdad.

- No estoy exigiendo nada, sólo quiero hablar sobre esa noche - dijo Aioros, que hasta ese momento sólo podía interpretar la excesiva rigidez que delataban el cuerpo y la voz de su amigo como incomodidad y sobreprotección

Saori observaba, tratando de no interrumpir el encuentro, pero incapaz de dejarlos solos por temor a que las cosas se salieran de control.

- La doctora me explicó que tus recuerdos son muy vagos.

- Sí... Atacaron a la Princesa y cuando la máscara cayó... asumí que estaba frente a Kanon.

- ¿Por qué pensaste que era él? - dijo Saga, que luchaba para que su rostro no se contrajera por el dolor.

- Porque era tu rostro pero no tu voz, ni tu cabello, y mucho menos tu cosmos - aseveró el de cabellos castaños – Porque te conozco como a mí mismo, y tú jamás harías algo así.

La vehemencia en la voz del adolescente le robó todo el aire de los pulmones al de Géminis, que no pudo evitar que se le humedecieran los ojos.

En su bondad, Aioros le había dado la explicación más racional a su transgresión, y lo conmovió más pensar que, de algún modo, había percibido que él No deseaba cometer aquella atrocidad...

- Además, Shion me había advertido que tuviera cuidado con tu gemelo, y cuando te reclamé que no me hubieras hablado al respecto, me dijiste que había algo malo con él, ¿lo recuerdas?...

Claro que recuerdo, pensó Saga. Había sido la única vez que habían hablado sobre Kanon, y había sido, de hecho, su última conversación...

Sayaka y Saori miraron sorprendidas a Saga, al que se le habían saltado las lágrimas.

- La Princesa me ha dicho que eras tú actuando bajo las órdenes de Ares, pero me cuesta creerlo. Necesito entender cómo es que pudo suceder algo así... Y si estás tratando de proteger a tu hermano, no tienes que hacerlo, no conmigo.

- Aioros, no estoy protegiéndolo. Juro por mi armadura que me viste a mí, no a él.

- ¿Y cómo fue que te obligó? ¡Eres el Caballero más poderoso! ¿Es que los demás no te apoyaron a pelear en su contra? ¿Te amenazó con lastimar a Kanon? ¿Usó alguna técnica de manipulación mental? ¡Explícame! - dijo Aioros, revelando de nuevo su lado más impaciente.

Saga intentó respirar profundo, pero falló. Le parecía que una mano gigante le estuviera manteniendo cerradas las costillas.

- Se apoderó de mí.

- ¿Eres la rencarnación de Ares? – pregunto palideciendo

- No.

- ¿Entonces? Un dios no puede apoderarse sin más de un cuerpo que no está designado como su reencarnación - argumentó Aioros de inmediato - Las repercusiones físicas y mentales pueden destruir al mortal puesto en tal predicamento.

- No sucedió de un día para otro. Ares comenzó a introducirse en la psique y el cuerpo de mi hermano desde que éramos bebés.

- ¿Perdón?

- Todo lo que iba mal con mi hermano, tanto su aparente maldad como sus enfermedades, eran manifestaciones de Ares invadiendo e infectando su interior, y ni Shion ni yo fuimos capaces de verlo... Pensábamos que era su personalidad... No lo supimos hasta que fue demasiado tarde.

Los ojos de Aioros se abrieron desmesurados.

- Ares estaba harto de intentar vencerla en el campo de batalla para acabar derrotado, así que decidió atacarla manipulándonos. Usó a Kanon todo lo que fue posible, y cuando no pudo hacerlo más, viró hacia mí.

- ¡Eso es monstruoso, indigno! - replicó Aioros asqueado de pensar lo que había sucedido

- ¿Y tú crees que eso le importaba? Solo quería vencerla a como diera lugar... Influenció a Kanon toda su vida, y cuando Saori nació, puso en marcha sus planes. Shion, tú y yo debíamos de ser los primeros en morir; todos los demás eran demasiado jóvenes y manipulables como para representar mayor problema. Con nuestra muerte, se aseguraría de que no quedara nadie con un cosmos lo suficientemente desarrollado como para impedir el asesinato. Pero Kanon no se doblegó - dijo Saga con los ojos brillantes de lágrimas y orgullo por su gemelo - se negó a darme muerte. Entonces Ares se volcó hacia mí, y yo no tuve ni la fuerza ni la resistencia de mi hermano.

Aioros lo miraba aterrado y expectante, así que se obligó a seguir. Comenzó a sentir que se asfixiaba ante la perspectiva de tener que entrar en detalles, pero Aioros tenía todo el derecho del mundo a preguntar, así que cerró los ojos por unos momentos, se concentró en la imagen a la que había comenzado a acudir cada vez que se sentía abrumado, procuró respirar profundo, y halló fuerzas para seguir.

- Muy poco después de que gané la armadura comencé a tener pensamientos terribles, y a sufrir dolores inexplicables. Fue empeorando progresivamente... Al principio parecían cosas insignificantes: venían a mí ideas que jamás se me habían ocurrido antes, ideas escalofriantes. Malvadas. Y esos pensamientos empezaron a tener voz: Su voz... Pensé que todo era producto de la tensión que me producía haber ganado la armadura, porque amaba que fuera mía pero significaba condenarlo a llevar una vida en las sombras, que él se sintiera un despojo - Saga no pudo evitar que se le escurrieran las lágrimas al recordar la expresión en el rostro de su hermano cuando cayó derrotado en aquel espantoso combate... - Cuando al fin me decidí a decirle a Shion que creía estar perdiendo la razón, Ares aprovechó el momento para manifestarse de golpe en mí. Estábamos en Star Hill, Shion y yo hablábamos y de pronto fue como si me quedara ciego, sólo podía oír. Oí su voz llena de confusión, y la mía, diciendo palabras que yo no habría elegido pronunciar jamás. Mis manos se movieron contra mi voluntad, y conjuraron todo su poder contra su cuerpo...

Aioros se llevó una mano a las sienes mientras con su otra mano le hacía una seña a Saga para que se detuviese.

El adolescente se puso de pie y se acercó a la ventana, la cual abrió, desesperado por secarse los ojos.

Para cuando pudo recobrar la voz, seguía aferrándose a la orilla de la ventana

- ...Él nos amaba como si fuéramos sus hijos...

Y Saga no supo que le dolía más, si recordar al hombre de dulces ojos rosas, u oír el dolor en la voz de su amigo.

- Si hubiera podido evitarlo... Hubiera dado cualquier cosa por detenerme, Aioros. Si alguien lo sabe, eres tú... pero no pude. Lo maté - respondió Saga con convicción, pues a pesar de lo que los demás insistían en decirle, él no lograba sentirse inocente.

Aioros se aferró la cabeza con mucha fuerza. Saber del deceso de Shion era un golpe terrible, pero imaginarlo muriendo a manos de su mejor amigo lo hacía todo muchísimo peor.

Al ver su reacción Saori pensó que quizás no debían seguir.

- Aioros, si necesitas tiempo…

- No te atrevas a parar – le dijo a Saga, lleno de rabia ante la idea de que interrumpieran la conversación - Acaba, ahora - demandó mientras volvía a tomar asiento y miraba directamente a los ojos azules de su amigo.

- Dejé su cuerpo allá arriba, robé las ropas que se habían mandado a hacer para ti y luego fui a su cuna... Si no hubieras llegado, la habría matado.

- Recuerdo huir de la habitación – dijo Aioros con un tono ligeramente ausente - ¿Qué pasó después?

- Saga, recuerda que Shura quiere explicárselo... – le pidió Saori al de Géminis

- Hice correr la voz de que habías enloquecido, que habías intentado matarla. Shura se presentó casi de inmediato, y le pedí que te detuviera.

Aioros, que ya estaba bastante pálido, pareció quedarse sin sangre ante la mención del de Capricornio, y lo mismo le sucedió a Saori, que miró a Saga tratando de pedirle que no entrara en detalles para que el español tuviera la oportunidad que tanto había perseguido, pero el de Géminis parecía estar en trance...

- Te dió alcance, y su Excalibur te provocó heridas mortales...

Aioros hubiera querido replicar. Su corazón le decía que no podía ser posible que Shura hubiera hecho algo así, pero a su cabeza vinieron ciertas memorias, difusas e incompletas… Memorias de destellos de luz, de palabras de desprecio... el llanto de la Princesa... un barranco, y dolor punzante, acezante, implacable...

Eso explicaba tanta tensión en el rostro del español, y lo extraño que se había comportado el día anterior.

- Ayer estuvo aquí. No dijo nada.

- La doctora Miyamoto habló con él antes de que te viera y le dijo de tus lagunas mentales - dijo Saori - Su intención siempre fue la de aclararlo todo a la brevedad, pero ella le recomendó que considerara aguardar hasta que tú estuvieras menos confundido.

Aioros se quedó en silencio por varios minutos, para luego sobresaltar al de Géminis al tomarle de la mano.

- ¿¡Por qué no me dijiste que te estabas sintiendo mal!? ¿¡Por qué no confiaste en mí!?

Saga sintió un enorme dolor al oír el reproche en la voz de su amigo, y no porque le hubiera condenado a muerte, sino por la amistad fallida.

- Cuando comenzó a suceder tú aún no sabías de Kanon. Yo creía que esos pensamientos extraviados eran producto de la rabia, rebeldía contra nuestro destino, o algo así.

- ¿Y Shion? ¡¿Por qué no hablaste con él antes?!

- Él estaba tan o más afectado que yo por el modo en que Kanon reaccionó cuando perdió el combate, y él mismo nos había dicho toda la vida que un segundo gemelo no había de tener un lugar propio. Empecé a pensar que si experimentaba odio hacia Shion era por condenarlo al silencio; me pareció lógico hasta cierto punto... Sólo hasta que Ares me sugirió que la asesináramos, entendí que aquello era pura locura y lo busqué...

Aioros guardó silencio mientras derramaba un par de lágrimas, su rostro fijo en la ventana. Saori sirvió un vaso de agua y lo puso en sus manos. No le sorprendió notar que temblaba levemente.

- ¿Y los demás? - preguntó Aioros cuando hubo bebido toda el agua - ¿Es que nadie más se dio cuenta? ¡¿Cómo pudo durar trece años algo así?! ¿Qué pasó después de mi muerte?

- Ares pensó que Athena había muerto junto contigo, y quiso tomar posesión de la Tierra. Intentó activar su cosmos, pero no sucedió nada y eso le hizo entender que ella estaba viva. Y rápidamente decidió que mientras lograba encontrarla, mantendría el control de su Santuario, y que insistiría hasta lograr que uno de nosotros la asesinara. Hice... Ares hizo correr el rumor de que se te había asesinado por intentar matar a la Princesa - dijo Saga al recordar a Sayaka alentándolo a responsabilizar a Ares - Dijimos también que Shion había muerto y que sería reemplazado por un hermano suyo, de nombre Arles. Algunos sospecharon, como Mü, el pequeño alumno de Shion, ¿lo recuerdas? A él lo enviamos a una misión al Tibet y desapareció. Dokho de Libra permaneció en China a pesar de que le mandamos a llamar... Sospechaban, pero nunca se rebelaron. Dokho estaba cumpliendo con la misión de vigilar el sello de Hades, y Mü era muy joven, así que no hicieron nada en ese momento. Y los demás fueron engañados, manipulados, o se sometieron porque jamás conocieron a Shion en primer lugar... Ocupé tu puesto durante trece años, siguiendo sus deseos, haciéndome llamar Arles, y jurando que era Athena quien me dictaba órdenes desde la seguridad de su Templo.

- ¿Y Aioria? - dijo Aioros con el estómago apretado por el temor

Fue el turno de Saga de palidecer.

- Lo pasó muy mal. Ares pretendía asesinarlo en un principio, pero afortunadamente lo subestimó. Pensó que era muy pequeño como para ser peligroso, y el rumor de tu traición fue tan aceptado que todos lo trataban con desprecio. Defendió tu inocencia, y ganó su armadura unos meses después, pero con el pasar el tiempo acabó por creer las mentiras, y para ese entonces estaba tan desesperado por probar su valía que se convirtió en alguien inquietantemente obediente. Tan obediente, que cuando Ares al fin supo que la señorita estaba aquí, hace un par de años apenas, le ordenamos que viniera a asesinarla por "hacerse pasar por Athena". Ella demostró su poder real, y entonces él vino a mí para exigir la verdad y usé... usamos el Satán Imperial.

- ¿Hiciste que mi hermano asesinara a alguien? - cuestionó Aioros, al fin al borde de la furia - ¿O es que...?

- Mató a un aspirante a caballero llamado Cassios - dijo Saga recordando con claridad al enorme muchacho - Athena ya se había presentado en el Santuario para reclamarlo, y cinco Caballeros de Bronce cruzaban las Doce Casas buscándonos, enfrentando a quien impidiera su paso. Aioria estuvo a punto de asesinar al Caballero Pegaso, pero Cassios intervino...

- ¿¡Caballeros de Bronce peleando contra Dorados!?

- Pusiste a nuestra Diosa en manos inmejorables - dijo Saga sonriendo un poco en medio de su tristeza - El hombre que cuidó de ella hizo averiguaciones, y aprovechó el hecho de que muchos de los caballeros de Bronce no se entrenan en el Santuario. Ubicó a varios futuros contendientes a armaduras, y los protegió hasta que consiguieron sus armaduras. Gracias a ellos varios intentos de asesinato fracasaron; se erigieron como su guardia personal y pelearon por ella. Al llegar al Santuario, Mü les permitió el paso en Aries, pero pelearon en Tauro, Cáncer, Leo, Virgo, Escorpio, Capricornio, Acuario y Piscis. Angelo de Cáncer, Shura, Camus de Acuario y Afrodita de Piscis perdieron la vida combatiéndolos... Los demás, ya enterados del engaño, se presentaron en la entrada del Templo y juntos me confrontaron. Las heridas que me provocaron, paradójicamente, lograron que pudiera controlar mi cuerpo de nuevo, y me arrojé contra el báculo de Athena para acabar con todo.

- ¿Están diciéndome que la mitad de las Doce Casas quedó vacía antes de que llegara Hades? - preguntó en un susurro lleno de pánico.

Saga sólo asintió, pues supo que si hablaba, rompería en sollozos.

- Y hay algo más - agregó Saori, pues Saga había omitido explicar algo que a Saori le pareció imprescindible hacer del conocimiento de Aioros - Quizás lo más grave de todo esto, es que Ares jamás dio la cara. Huyó como un cobarde sin responsabilizarse de nada; por eso, hasta hace unos días, la mayor parte de los sobrevivientes, creían que el responsable de esa terrible e innecesaria guerra interna que provocó la muerte de aspirantes y Caballeros de todos las clases, había sido culpa de Saga.

Aioros, que había escuchado hasta ese punto con considerable estoicismo, se puso de pie tambaleante, fue hasta su cama y se sentó en ella, cerrando los ojos y revolviéndose los cabellos. Estaba experimentando tantos sentimientos encontrados que se encontraba apabullado. Su inmenso sentido del deber lo hacía pensar que le había fallado a su Diosa, que había sido débil, que debía de haberse aferrado a la vida para acompañar a su Diosa en muchas batallas, y sobre todo, que su falta de juicio había desatado un infierno sobre el Santuario porque tendría que haber combatido a Ares en vez de huir.

Y mientras las imágenes de su huída y de su enfrentamiento con Shura en el barranco empezaban a cobrar más fuerza, los pensamientos se atropellaron en su mente.

- Por eso Aioria no me habló de ti... por eso se puso así cuando pedí ver a Shura - dijo Aioros, como hablando más bien consigo mismo – y nunca mencionó un Patriarca...

- ¿Aioros, te sientes bien? - dijo Saori acercándose a él, que negó con la cabeza - ¿Quieres que llame a la doctora Saito, o a...?

- No... Perdóneme, Princesa, no sé que decir – dijo él, que no se atrevía a mirarla a la cara, mientras que Saga los miraba con el gesto petrificado

- No tienes qué decir nada, querido Aioros. Entender y asimilar lo que en verdad sucedió y por qué, ha sido un proceso largo y complicado para todos. Hace más de dos años que acabó y aún hoy padecemos las secuelas de sus actos; por eso quisimos postergar este momento el mayor tiempo posible, para no verte sufrir, especialmente cuando lo único que deseo es recompensarte por tu infinita ayuda. Toma el tiempo que te sea necesario. No tienes que hacer o decir nada hasta que no te sientas listo.

Aioros se mordió los labios, encontrando imposible la gratitud de la joven cuando él solo veía fallas en sus acciones…

- Es mucho para asimilar de un solo golpe y no quiero aturdirte. Si te parece bien, vamos a retirarnos, pero antes de marcharme, necesito que sepas algo. Ares afectó directa o indirectamente, la vida de cada uno de nosotros; sembró heridas profundas y provocó pérdidas irreparables que ni mi voluntad ni mi poder han podido subsanar, pero si algo me consuela, es saber que sus planes no lograron completarse y que se le derrotó. Y te digo, con el corazón en la mano, que estoy agradecida por cada miembro que queda en pie. Incluso aquellos que erraron, hallaron el modo de redimirse, y han y siguen dando lo mejor de sí para protegerme y ayudarme a cumplir con mi misión. Estoy orgullosa de todos, y especialmente de ti.

Saori tomó la ondulada cabeza castaña y colocó un beso en su frente mientras dos enormes lagrimones caían de los ojos azules del griego, y luego fue hacia la puerta. Desde ahí miró a Saga, que no se había movido en lo absoluto.

- ¿Saga?

El de Géminis se puso en pie lentamente, y se dirigió hacia Aioros, que lo miró.

- Sé que no tengo derecho, y que no sirve de nada, pero te pido perdón.

Antes de que Aioros pudiera siquiera asimilar lo que Saga había dicho, el gemelo se retiró, seguido por la heredera.

Cuando se quedó a solas, Aioros se acurrucó en la cama, y clavó sus hermosos y húmedos ojos azules en las nubes que podía ver desde la ventana, mientras entendía amargamente por qué había habido tanta reticencia en contarle lo sucedido durante aquellos aciagos años...


Sayaka había estado a punto de irrumpir en la habitación más de una vez, sobre todo cuando vio a Aioros moverse torpemente hasta llegar a su cama, pero se había contenido ya que Saga y Aioros se veían sumamente afectados, pero ninguno había perdido el control o dado señales de alarma en ningún momento. Y cuando vio que Saori y Saga se dirigían a la puerta, caminó a prisa para interceptarlos, pues deseaba saber en qué estado se encontraba el griego. Pero no tuvo oportunidad de preguntarle nada, porque toda la compostura que él había mantenido durante el encuentro pareció evaporarse, así que evitó a la psiquiatra y avanzó con pasos apresurados en dirección a los sanitarios.

Apenas y tuvo tiempo de llegar frente al retrete antes de comenzar a vomitar.

Las palabras de la última conversación que Aioros y él habían sostenido antes del asesinato de Shion no cesaban de darle vueltas en la cabeza...

- "¿Puedo pasar?"

- "Están a punto de nombrarte Patriarca, Aioros. No tienes que pedir permiso, pasa"

- "Tenemos que hablar"

- "Si vienes a hablar otra vez sobre tu nombramiento…"

- "No es eso sobre eso... Es sobre tu gemelo"

- "¿Qué?"

- "Quiero que hablemos sobre Kanon"

- "..."

- "¿Me oíste, Saga? Tenemos..."

- "Te oí, pero... ¿Cómo...?"

- "Shion me lo acaba de decir. Aunque debiste de haber sido tú, Saga. ¿Por qué no me lo dijiste? Pensé que éramos amigos"

- "..."

- "Contéstame, ¿es que no somos amigos?"

- "¡Lo somos! Pero no podía decírtelo. Me lo prohibieron, y hubiera hecho mal..."

- "¡Lo que está mal es lo que han hecho con él! Tu hermano es uno de nosotros y no se merece vivir en las sombras como si fuera un criminal"

- "Tú no lo conoces... Lo amo, Aioros, lo amo con todas mis fuerzas, pero tiene una cierta maldad en él, que…"

- "¿De qué rayos hablas?"

- "Su situación es muy complicada. Sólo hay una armadura de Géminis, y..."

- "Esto no tiene que ver con la armadura. Siempre hay dos o hasta tres aprendices que compiten por una misma armadura, y no los obligan a vivir escondidos. Incluso cuando pierden, siguen siendo parte del Santuario"

- "Shion dijo que así tenía que ser"

- "¿Y sólo porque él lo dijo aceptaste? No deberías de haber apoyado que aislaran a tu propio gemelo. ¡Es inhumano! Además, no veo ningún beneficio estratégico en mantener su existencia tan secreta que ni nosotros lo sepamos. ¿Cómo podría ayudarnos si no nos conoce, si nunca ha peleado a nuestro lado? ¿Si no sabe quiénes somos ni de qué somos capaces? ¿Cómo podría ayudarnos si nosotros ignoramos sus técnicas, o lo que puede hacer?"

- "...Tenemos que seguir las reglas"

- "¡Es tu hermano! ¿No te enfurece que lo obliguen a vivir su vida como un repuesto y nada más, para ser usado sólo en caso de que se le necesite?"

- "Todos tenemos que hacer sacrificios de un modo u otro, para eso estamos aquí... ¿De qué te ríes?"

- "De las enormes equivocaciones de Shion..."

- "¿¡De qué hablas!?"

- "Se equivocó al aislar a tu hermano. Y volvió a hacerlo al escogerme como su sucesor... Quizás ya esté un poco senil"

- "Aioros, ¡ten más respeto!"

- "No lo digo por ser irrespetuoso, sino porque así lo creo, de todo corazón. Estoy convencido de que tú harías un trabajo mucho mejor que yo"

- "Hizo lo correcto al escogerte, Aioros, aunque ahora no seas capaz de ver las causas"

- "¿Sabes que leí ayer? Entre los reyes existe algo que se llama abdicación. Es cuando el heredero al trono, por alguna razón, no quiere o no puede ocupar el cargo, y entonces se lo cede al sucesor que le sea más próximo y que esté capacitado para cumplir con la tarea… Tal vez podría abdicar el patriarcado a tu favor, Saga. Al fin y al cabo, tú eres como un hermano para mí…"

- "Ni se te ocurra. Tú fuiste designado y estamos a días de la ceremonia"

- "Pues voy a decirte algo: cuando se haga oficial, lo primero que voy a hacer será darle a tu hermano el lugar que se merece"

- "... No hagas esto más difícil, te lo suplico"

- "¿¡Pero qué diablos dices!? ¡¿Te estás oyendo?!"

- "He soñado toda mi vida con algo así, he pasado años enteros tratando de hacer encajar las piezas, pero no lo he logrado. Sé que tu corazón es muy noble, y que eres extraordinariamente inteligente, pero por más listo y bien intencionado que seas, no vas a lograr hallarle un espacio en nuestra Orden. ¿O es que puedes crear una armadura nueva para él?"

- "No se necesita de una armadura extra. Se trata de ofrecerle respeto y un trato digno"

- "No sabes cuánto te agradezco tus palabras, amigo. Sé que tus intenciones son buenas, y te juro que quisiera que las cosas fueran diferentes para él y para mí... Pero son órdenes de…"

- "Shion es humano y se puede equivocar, como todos"

- "Él nos explicó que en otras épocas hubo graves problemas con los Caballeros de Géminis, y que por eso, en otras reencarnaciones Athena decidió..."

- "¡En otras reencarnaciones, no en esta! Ella está aquí ahora, pero es un bebé y no está ni siquiera cerca de poder decirnos si está de acuerdo en que Kanon sea maltratado y castigado por cosas que hicieron otros caballeros de Géminis. Y algo me dice que siendo la Diosa de la Justicia, no podría estar de acuerdo con la forma en que los han tratado a ustedes dos... pero esto no se va a quedar así, Saga. Te lo juro"

- "Aioros, espera. ¡Aioros!"

Saga siguió experimentado arcadas mucho después de que su estómago se hubiera vaciado por completo, y cuando al fin logró tranquilizarse, se puso de pie, y avanzó tambaleante hasta el lavabo, para enjuagarse la boca, las manos y el rostro.

Luego se jaló el cabello mientras volvía a odiar a Ares con todas sus fuerzas, pues si el muy miserable no hubiera intervenido, podrían haberse ahorrado un cantidad monumental de sangre y lágrimas, especialmente, lágrimas que habían sido vertidas por sus hermanos menores...


- Gustav, por favor, ve y busca a Saga. No lo abordes, sólo vigila que esté bien. Y si lo ves excesivamente alterado, avísame, por favor.

- Claro - respondió el muchacho, que había estado sentado muy cerca de la psiquiatra mientras ella supervisaba en el monitor la evolución del encuentro entre los griegos.

Cuando el enfermero se marchó, Sayaka se acercó a Saori y ambas se alejaron lentamente de la habitación del castaño.

- ¿Cómo resultó?

- ...Doloroso.

- No creo que pudiera ser de otro modo - dijo Sayaka con toda sinceridad - pero por lo que vi a través de la cámara, ambos parecen haberlo tomado bien, dentro de lo que cabe.

- Así fue. No sé cómo es que Saga logró aguantar para llegar hasta el final, pero lo hizo.

- Bueno, entonces ahora hay que darles tiempo y espacio a ambos. Es muy importante no ejercer presión, para que...

- Doctora, hay algo que me preocupa mucho.

- ¿A qué se refiere, señorita Kido?

- Saga le explicó todo sobre sus últimos momentos.

Sólo la estricta educación que Sayaka había recibido por parte de su padre, y saber que estaba en presencia de la Diosa protectora de la Tierra impidieron que maldijera en ese instante, porque tenía clarísimo cuánto iba a afectarle la noticia al español.

- Traté de parar a Saga, de convencerlo para que no entrara en detalles, pero no pude.

- Entiendo... Habrá que explicárselo a Shura, entonces.

Saori sintió deseos de llorar de nuevo con solo pensar en lo que iba a sentir el español cuando lo supiera. Lo había visto tan consumido por la pena en la madrugada, que no sabía cómo iba a asimilar la dura noticia.

- Me siento terrible. Ayer pasó todo el día fuera, y llegó a casa casi a las cuatro de la mañana. Estaba sumamente tenso y distante cuando le pedí que descansara, y hoy ni siquiera lo he visto. La idea de avisarle lo que acaba de suceder me angustia.

- No será fácil, pero será mejor que lo sepa cuanto antes.

- Le diré...

- Permita que sea yo quien se lo diga, por favor.

Saori aceptó, y la doctora de inmediato tomó medidas al respecto. Sayaka hubiera deseado ir a la mansión y hablar con él, pero no se atrevió a marcharse, pues quería estar cerca en caso de que Saga o el propio Aioros la requirieran, así que guió a Saori a su consultorio y desde ahí llamaron a la mansión, y fue la misma especialista quien le pidió al español que se presentara en su oficina.

Mientras esperaba a que el moreno llegara, y después de que Saori se hubiera marchado para visitar también a Seiya y a Kanon, Sayaka volvió a desear que fuera posible involucrar a algún colega en su labor para ayudar a los "chicos Kido", mote popularizado por su amiga. No sólo sería mucho más adecuado y descansado para ella; en momentos como aquel, habría al menos dos personas listas para contener y controlar las reacciones de los jóvenes, y en cambio, ahora se sentía atada de manos, incapaz de poder ayudarlos a todos, incapaz de velar realmente por su bienestar emocional…

Pero aquello era imposible por más de una razón, así que se resignó y procuró prepararse para las posibles reacciones del Caballero de Capricornio cuando se le diera la noticia.

Resintiendo en su estómago los efectos de la tensión acumulada durante las primeras horas del día, la japonesa caminaba por el pasillo del piso que ocupaba su oficina cuando vio aparecer al español, que iba acompañado por Juné.

- Buenas tardes, doctora.

- Buenas tardes, Shura. Te agradezco mucho que hayas acudido tan prontamente a mi llamado.

Él apenas e hizo un asentimiento con la cabeza, demasiado intranquilo como para ser más cortés o apropiado.

- Me gustaría hablar contigo. Si me acompañas a mi oficina...

- No. Quiero saber ahora mismo si sucedió algo malo.

- ¿Te refieres a si Aioros está bien?

- Sí.

- Él no ha sufrido ninguna recaída, Shura. Se trata...

- ¿Entonces por qué me hizo venir?

- Si me acompañas, te explicaré.

- Dígalo ya. ¿Por qué me mandó a llamar?

Sayaka suspiró. Shura podía ser muy paciente y muy comprensivo, pero llevaba días en una situación límite, y por sus experiencias con Ikki, reconoció que el español también poseía una faceta de su personalidad que podía ser inflexible.

- Esta mañana Saga y Saori hablaron con él, y le explicaron a detalle todo lo que sucedió.

- ¿Entonces ya sabe que fui yo el responsable? - dijo él, reaccionando de inmediato, su voz muy firme aunque su piel había palidecido.

- No lo digas así, fue...

- ¿Lo sabe o no? - gritó él, fuera de sí como lo habían visto poquísimas veces ambas mujeres.

- Sí.

- ¿Pero por qué hicieron eso? ¡Debí de haber sido yo quien se lo dijera!

- Aioros fue muy insistente...

- ¡Usted sabía que quería ser yo quien se lo dijera!

- Sí, lo sé, pero...

Totalmente fuera de sí, Shura se dio la media vuelta y dejó a la doctora con la palabra en la boca.

- ¡Shura! - le gritó la rubia, que estaba atónita ante su reacción.

Jamás lo había visto tan molesto, y mucho menos comportarse tan grosero con nadie. Y que lo hubiera hecho precisamente con la psiquiatra la desconcertaba, pues la doctora había sido sumamente amable y considerada, siempre, pero no podía negar que el español tenía razones más que justificadas para haberse alterado tanto.

- Ese maldito bastardo egoísta - exclamó la rubia refiriéndose a Saga - ¿Cómo pudieron hacerle esto? Lo único que pidió durante todo este tiempo fue poder disculparse, tener la oportunidad de rendir cuentas de sus propias acciones, ¿es acaso mucho pedir? ¡¿Cómo pudieron robarle eso?!

- Juné, por favor, tienes que creerme, no fue a propósito. Aioros pidió ver a Saga, y aunque él trató de no entrar en detalles sobre la participación de Shura, no hubo modo de evitarlo. Yo no estuve presente, ya que Aioros pidió privacidad, pero Saori sí. Y aunque ella trató de ganar tiempo para mandar a llamar a Shura cuando el tema salió a flote no lo logró. Aioros es demasiado listo: supo desde el primer día que estábamos ocultándole cosas, y no quiso esperar más. Debí de haber sabido que él se impacientaría, y...

- ¡Sí, debió de haberlo sabido! - dijo Juné que también se dio la media vuelta para salir corriendo en busca de Shura...

La joven corrió por los pasillos mientras usaba su cosmos para percibir el de él. Y a diferencia de la noche anterior, pudo hallarlo de inmediato, ya que él estaba tan fuera de sí que ella lo pudo percibir sin problema alguno.

- Vete por favor - dijo él al ver que ella se acercaba al minúsculo arroyuelo hasta donde él había llegado.

El de Capricornio jamás había estado ahí, simplemente había caminado lo más rápido que le había sido posible, buscando alejarse de todo y de todos para poder lidiar con las ganas inmensas que tenía de gritar y de sacar a golpes toda la impotencia que sentía.

- No.

- Te estoy pidiendo amablemente que te vayas - dijo él, eludiendo su mirada.

- Y yo te digo amablemente que no voy a ir a ningún lado.

- Juné, estoy a punto de estallar - dijo él procurando retrocediendo para mantener distancia entre ambos - Me siento total y absolutamente fuera de control. Vete. No quiero hacer o decir algo que me gane tu desprecio, por favor.

- En la peor noche de mi vida tú estuviste ahí para mí. No voy a dejarte solo ahora.

- ¡No me debes nada! ¡Vete!

- No estoy aquí porque me sienta en deuda. Estoy aquí porque no soporto la idea de que estés solo justo ahora.

- Quiero estarlo - dijo dándole la espalda, su mano derecha apoyándose en el árbol.

- No debes. No tienes por qué - dijo ella acercándose despacio a él - Si quieres desquitarte o desahogarte, puedes hacerlo conmigo. No te juzgaré, no me romperé. Y lo que sea que digas, no lo tomaré personalmente.

Él la miró por sobre su hombro izquierdo, y había en sus ojos negros tanta desolación que ella acabó por colocarse a su lado, pero él de inmediato se tensó, irguiéndose cuan alto era mientras su índice jugueteaba trazando las vetas de la corteza del árbol al que había llegado.

- Quizás ni siquiera tengo derecho a molestarme. Un asesino no debería de exigir...

- ¡No hables así! - dijo ella poniendo su palma en su rostro, horrorizada de oírlo hablar así de sí mismo - Lo que pedías es completamente razonable. Lo que te hicieron fue horrible... No alcanzo siquiera a imaginar lo que debes de estar sintiendo.

Shura intentó con todas sus fuerzas recomponerse, razonar y convencerse de que no debería de estarse sintiendo así. Pero ni su considerable intelecto ni su enorme fuerza interna podían poner freno a tanta desdicha...

- Quizás suene estúpido, pero siento como si me hubieran robado lo único valioso que me quedaba, Juné. Quería que supiera que estoy realmente dispuesto a asumir las consecuencias de mis actos, que no espero comprensión ni simpatía por mis malas decisiones. Quería...

Las lágrimas comenzaron a bañar sus mejillas, y comenzó a golpear el tronco con las palmas abiertas mientras la tristeza lo derrotaba. Juné se mordió los labios, porque estuvo a punto de gritarle que no hiciera eso, temiendo que pudiera volver a lastimarse la mano, pero no se atrevió. Él necesitaba desahogar toda su rabia, así que ella se contuvo, y lo único que se le ocurrió para tratar de consolarlo fue posar sus palmas abiertas sobre su espalda, y comenzar a hacer movimientos circulares buscando relajarlo un poco.

A través de sus manos pudo percibir como sus descontroladas emociones hacían vibrar su cuerpo mientras seguía golpeando por un tiempo indeterminado y que a ella se le hizo eterno. Y cuando él al fin cesó y recargó su frente en el árbol, ella lo abrazó como lo había hecho la noche anterior, y él volvió a aferrar sus brazos mientras intentaba parar de llorar.

Cuando las lágrimas dejaron de fluir, la pena no se había esfumado, pero se sentía adormecido y vacío. Después de algnos instantes, él levantó el rostro, se secó las mejillas con un par de movimientos bruscos, y luego se dio la vuelta para darle un abrazo a la joven amazona, que le correspondió de inmediato.

- Gracias - dijo él después de haberse mecido brevemente en los cálidos brazos de la rubia y de romper el abrazo.

Ella estaba tratando de formar una frase coherente cuando notó algo extraño en su diestra.

- Shura, tu mano - dijo ella con cierta angustia, pues había percibido como los dedos de su mano se movían extrañamente. Con delicadeza, la amazona tomó de la extremidad y la sostuvo entre sus propias manos, y así pudo notar que no se había equivocado; los dedos del español se movían involuntaria y espasmódicamente.

- ¿Te duele?

- No.

- Vamos a ver a tu doctora.

- No tiene importancia.

- ¿Te había pasado antes?

- No, pero dudo que sea importante.

- Deberíamos asegurarnos.

Él le hizo saber que no con un gesto de cabeza, y ella desistió momentáneamente.

- La doctora Miyamoto dice que Saga no lo hizo a propósito, que la señorita Saori trató de darle largas para que hubiera tiempo de llamarte, pero que Aioros insistió - dijo ella, procurando tranquilizarlo.

- Lo creo; puede ser muy necio cuando se lo propone.

Shura se quedó de nuevo en silencio, pensando en que la culpa era suya por haber albergado la vaga esperanza de que si era lo suficientemente honesto, quizás, algún día, Aioros lograría comprender que jamás hubiera querido hacerle daño.

Pero debía haber sabido mejor. Debía haber sabido que no merecía la oportunidad siquiera...

- ¿Ya te sientes listo?

- ¿Para qué?

- Hay que entrar para que hables con la doctora - señaló ella - Para que hables con él.

- No le veo sentido a ninguna de las dos cosas.

- ¡No hagas esto! - dijo ella golpeándole el pecho.

- ¿Hacer qué? - preguntó él extrañado pero sin reaccionar al golpe.

- Cometieron un error, y fue horrible, pero no empeores las cosas, Shura. Él tiene derecho a oír la verdad de ti. Hay cosas que nadie más puede explicarle, y lo sabes. No le niegues la oportunidad ni renuncies. Para de castigarte - dijo ella poniendo su diestra sobre su corazón.

- Ni siquiera sé si quiera verme.

- Vamos a averiguarlo.

Shura cerró los ojos un instante, suspiró, se irguió de nuevo y metió su mano derecha en uno de los bolsillos de su pantalón para que Juné no notara que sus dedos seguían saltando sin que él pudiera impedirlo. Luego, ambos caminaron en silencio de regreso al hospital.


Aioria entró a la habitación de su hermano casi a las cinco de la tarde, y tratando de aparentar la mayor naturalidad posible.

Milo y Marin habían conversado brevemente durante el desayuno y habían concluido que sería muy bueno distraer al León para que no presionara a Shura a hablar, y asistidos por Kiki, insistieron hasta convencerlo de volver al centro comercial al que la amazona y él habían ido la noche anterior. Los cuatro recorrieron con calma el lugar, entraron a ver una película animada con Kiki, comieron (aunque Aioria insistía en que regresaran ya para que él pudiera irse al hospital), y al volver a la mansión se toparon con Saori, que estaba de vuelta, y que les informó de todo lo sucedido, de modo que sin esperar a nada ni a nadie se dirigió a toda velocidad a ver a su hermano. Y cuando entró a la habitación, el León Dorado tenía graves dudas sobre el estado emocional en el que iba a hallar a su hermano...

- Hola.

- Hola.

Los ojos verdes del menor de los hermanos repararon en la charola de comida intacta que estaba olvidada al lado derecho de la cama.

- ... me contaron de tu día - dijo Aioria, que no sabía darle vuelta a las cosas ni abordar temas con demasiada delicadeza - ¿Quieres que hablemos de eso?

- No. Ahora no - respondió Aioros, con gentileza pero repleto de convicción.

Aioria asintió y de todos modos se sentó al lado de su hermano, sin saber qué hacer o decir.

- No quiero que te sientas obligado a estar aquí, Aioria - le dijo el de ojos azules con una leve sonrisa - Deberías de pasar más tiempo con tu novia.

- Vine porque quiero estar a tu lado. Y ella me dijo ayer que entiende perfectamente que yo quiera pasar tiempo contigo.

- ...es una buena mujer.

- Lo es.

- ¿Por qué no prendes la televisión? Quizás estén pasando una película que te interese.

- No vine a ver la tele. Vine a estar contigo.

- Tengo mucho en qué pensar, y no tienes porque estar aquí aburriéndote conmigo.

- No me aburro a tu lado.

- Aioria...

- Está bien - dijo el rubio tomando el control remoto y prendiendo la pantalla.

Aioria encontró una película que le parecía interesante y trató de concentrarse en ella, pero a cada rato volteaba a ver a su hermano, que aunque tenía la mirada dirigida hacia el frente no le estaba prestando ninguna atención. Y una media hora después de que hubiera empezado la película, Aioria se dio cuenta de que su hermano tenía los ojos cerrados, pero lo conocía demasiado bien como para saber que no estaba durmiendo.

Así siguieron hasta que acabó la película, y poco después arribó la cena, que el de cabellos castaños sólo picoteó. Aioria insistió en quedarse a pasar la noche, pero Aioros se negó rotundamente, y al rubio no le quedó más remedio que marcharse.

Una vez a solas, el de Sagitario fue al sillón y pasó ahí muchas horas, mirando las estrellas y el follaje de los árboles, mientras recordaba paso a paso la visita que Shura le había hecho.

La psiquiatra había aparecido en su habitación y le había explicado que Shura deseaba hablar con él, y el griego no se había negado. Y a pesar de su desconcierto y su desasosiego, no pudo dejar de notar cuánto había cambiado su lenguaje corporal. El día anterior le había parecido tímido, pero ahora lo encontraba inseguro como no lo había visto jamás.

El español le había preguntado sin rodeos si en verdad estaba dispuesto a oírlo, y él le había asegurado que sí. Pero las palabras de Shura lo habían tomado por sorpresa...

- "Sé que lo que te hice no tiene nombre, y que no hay nada que pueda decir o hacer para reparar el daño. Cuando nos vimos frente al Muro no tuve oportunidad más que de mirarte, y cuando estábamos volcando nuestra energía en tu flecha, rogué por tener la oportunidad... esta oportunidad. Y desde que desperté y te vi en la cama contigua, no he hecho más que aguardar... Perdón - dijo él poniendo una rodilla en el suelo - Perdóname. Debí de saber que no eran órdenes de Shion, debía saber que tú no harías algo así. Debí de saber que aquel bebé era Ella, la Única persona a quien debíamos de proteger... Cometí tantos errores en cuestión de instantes..."

- "Ponte de pie, por favor" – había dicho desviando la mirada. Le parecía insoportable el verlo humillándose de esa forma

- "No merezco..."

- "He dicho que te pongas de pie."

Shura obedeció, pero no levantó el rostro.

- "Me cuesta trabajo creer lo que sucedió aún oyéndote. Sé que es verdad porque recuerdo el barranco, y verte portando tu armadura, pero no recuerdo ni una palabra."

- "Hablamos brevemente - dijo Shura con la voz enronquecida - Tú trataste de explicarme lo que estaba sucediendo, y yo no te di oportunidad de nada. No llevabas puesta la armadura, y te ataqué... No sabes cuánto me avergüenza mi proceder. Debí de haber actuado diferente, por muchas razones: porque estabas indefenso, porque llevabas a la bebé en tus brazos, porque acababan de nombrarte el próximo Patriarca, porque tu conducta siempre fue intachable, pero por encima de todo... porque eras mi mejor amigo - susurró - y sólo por un insignificante detalle me dejé convencer..."

- "¿De qué hablas?"

- ...

- "Maldita sea, Shura, llevo tres días despierto y ya estoy harto de secretos y de que me den largas. Dime a qué te refieres."

- "Cuando Saga dijo que tú habías cometido aquella atrocidad, le creí porque tú estabas enojado con Shion, y me habías dicho que ibas a cambiar algunas cosas radicalmente, ¿recuerdas?"

Aioros estuvo a punto de decir que él no había actuado de ese modo, pero entonces comprendió qué actitudes suyas habían confundido al español.

- "Pensé que quizás... que la presión de ser el nuevo Patriarca había resultado demasiada..."

- "¡Por todos los dioses, Shura! Sí estaba enojado con Shion, por más de una razón, pero nunca..."

- "No importa ya. No me debes ninguna explicación, y yo no estoy buscando justificarme. Sé que no merezco tu perdón. Tomé decisiones estúpidas antes y después de malherirte; merezco un castigo por mi absurdo proceder. Sólo quería que supieras que desde que volvimos quise darte la cara; mi intención nunca fue la de esconderme detrás de nadie... Y aunque no me perdones, me esforzaré cada día por volver a ser merecedor de mi armadura, y de estar siquiera cerca de donde sea que tú estés"

Después de aquello, Shura se había marchado sin darle oportunidad de decir o hacer nada, y poco después, Aioria se había presentado.

Su cuerpo se sentía cansado, pero con tanto qué pensar, el sueño tardó mucho en hacerse presente, y cuando al fin lo hizo (casi a las cuatro de la mañana), lo acosaron de inmediato imágenes monstruosas de Saga, Shura y Aioria hiriéndose los unos a los otros. Después de despertar dos veces tras haber tenido sueños similares, decidió dejar de intentarlo y se regresó al sillón para ver el amanecer.

Aioria se presentó a las diez de la mañana, y llevando bajo el brazo todos los regalos que había adquirido para él dos días antes y que había olvidado llevarle en su prisa por saber cómo se hallaba después de haber confrontado a Géminis y a Capricornio. Y resultó ser una magnífica idea, porque después de bañarse, Aioros estrenó varias de las prendas que el rubio le había comprado, y los hermanos pasaron el día juntos oyendo música, jugando juegos de mesa, discutiendo sobre los libros y viendo la tele, con tanto desparpajo que, de no ser porque era su propio hermano y lo conocía, Aioria hubiera podido creer que estaba bien...

Pero las ojeras bajo sus ojos decían otra cosa. La facilidad con la que se distraía, o se quedaba mirando la ventana mientras esperaba su turno para jugar hablaban eran testimonio del intenso trabajo que su mente estaba realizando, tratando de encontrarle lógica a todo lo que ahora sabía, tratando de procesar la furia que le provocaba todo lo que había sucedido y tratando de entender cuánto habían perdido y sufrido todos por causa de Ares.

Además, sufrió pequeñas molestias: tuvo frío y algo de dolor en sus extremidades y en su espalda, achaques fácilmente atribuibles a su desvelo, a que había comido poco y a que había pasado casi toda la noche en el sillón en posiciones extrañas e incómodas mientras estaba perdido en sus reflexiones. El único cambio que si resultó ligeramente más preocupante, fue una elevación en su presión arterial. No a niveles que fueran realmente preocupantes, pero que activaron las alarmas internas del personal que había visto a Ikki desplomarse en cuestión de días, de modo que estuvieron al pendiente, aunque Sayaka explicó que no le parecía nada grave considerando todo lo que había sucedido el día anterior.

Al final del día, Aioros de nuevo se negó a que su hermano pasara la noche ahí, y volvió a pasar gran parte de la noche insomne, alternado entre extrañas posiciones en la cama para tratar de aliviar su dolor de espalda, acurrucado en el sillón o en la ventana, envuelto en una cobija para protegerse del frío que amenazaba con expandirse desde sus brazos y sus piernas hasta su resucitado corazón...


A la mañana siguiente (era su quinto día despierto), Saori se presentó en su habitación poco antes del mediodía. Había procurado darle espacio, tal y como Sayaka se lo había aconsejado, pero Aioria le había informado de las molestias que había sufrido, de lo poco que había comido y de su actitud evasiva, y la heredera no quiso esperar más.

La deidad deseaba conocer su sentir después de saber sobre Ares, pero no imaginaba la petición que él le haría apenas momentos después de que se hubieran saludado e intercambiado las cortesías de rigor.

- Princesa, hay algo que me intriga.

- Dime, Aioros.

- Me parece recordar el haber percibido varias veces la presencia de un cosmos muy intenso y cercano al suyo. Sé que era de un caballero, y con deseos tan grandes, incluso desesperados, de protegerla, que me hizo buscar ayudarlo. Estoy casi seguro de haberme comunicaado con él, pero...

- No lo imaginaste, querido Aioros. Debes referirte al Caballero Pegaso, que ha usado tu armadura en más de una ocasión para salvarme.

- ¿¡Es un caballero de Bronce!? Me llegué a figurar que era un Caballero Dorado, o un aspirante a, por la intensidad y el alcance de su cosmos. Supongo que es uno de los jóvenes que la ayudaron a recuperar el Santuario, ¿verdad?

- Exactamente.

- ¿Y ahora es un Caballero Divino, como el Dragón?

Saori asintió.

- Princesa, ¿cómo se llama?

- Su nombre es Seiya – respondió ella, aparentando tranquilidad al pronunciar el nombre de su amado

- Princesa, me encantaría conocerlo... Quiero agradecerle por cumplir tan denodadamente con su labor.

Saori sintió un inmenso nudo formándosele en la garganta. No se le hubiera ocurrido que Aioros recordara la interacción que había tenido con Seiya, y que así fuera le resultaba a la vez conmovedor y doloroso...

- Estoy segura de que a él le encantaría conocerte - dijo cuando al fin pudo contestarle - Y si pudiera, sé que te agradecería por haberle permitido usar tu armadura.

- ¿Si pudiera? ¿Está bien?

- Su estado es crítico. Él y sus amigos fueron a los Campos Elíseos a ayudarme apenas cayó el Muro… y cuando Hades me atacó directamente, él se interpuso y no logra recobrarse…

- Lamento muchísimo saberlo. No tenía idea…Me hubiera encantado conocerlo. Su cosmos me llegó a ser muy familiar, pero su persona me es un misterio, y...

- Puedo llevarte a verlo, si así lo deseas.

- ¡Sí, por favor! – respondió el Centauro Dorado sin vacilar.

Su interés era genuino y serio, pero a la vez había en sus ojos la esperanza y la inocencia de un niño. Y Saori se maravilló al ver el brío con el que el griego se levantó de la cama, se puso las pantuflas y la bata azules que le había obsequiado el de Leo, parándose junto a la puerta tan ansioso como lo hubiera podido estar Kiki al ir de viaje, de modo que Saori acabó por sonreír a pesar de lo agridulce de la situación.

No hubo mayor problema para guiar e introducir al griego a la habitación del Pegaso, y una vez que Aioros estuvo dentro, toda su atención se volcó en él, mientras que Saori observaba las reacciones del Dorado con gran intriga.

No debería sorprenderle su juventud, y sin embargo, al verlo tendido e invadido de aquellos objetos tan extraños y que se le figuraban por demás incómodos e inclusive dolorosos, Aioros no pudo evitar pensar en Seiya como un niño de alcances formidables, que no había dudado en pagar el precio más alto por cumplir con su deber…

- ¿Cuántos años tiene?

- Quince. Aunque tenía trece cuando usó por primera vez tu armadura.

A Saori le costó trabajo reconocer la expresión que se instaló después en la mirada del griego, y por eso le preguntó.

- ¿Te sientes bien, Aioros?

- Sí… Es que todo esto es muy extraño. Su apariencia no me es familiar, pero su presencia era tan cercana a la suya, y al ser usted mi única referencia… siento como si estuviéramos conectados de algún modo. No sé cómo es su personalidad, pero siento simpatía por él, y estoy casi seguro de que si oigo su voz, podría reconocerlo.

Saori no supo que decirle, sintiéndose conmovida por los presentimientos del Centauro hacia Seiya. mientras el griego cerraba los ojos, buscando aquello que sí conocía muy bien del Pegaso.=

- Intento sentir su cosmos – dijo pasado un momento - pero...

- No vas a lograrlo… Creemos que su alma se quedó en el Inframundo. Estamos tratando de hacer todo lo posible por ayudarlo, pero su futuro es muy incierto.

- ¡Eso es terrible! ¿Hay algo que pueda hacer por él? – cuestionó el con avidez

- No justo ahora.

- Estoy dispuesto a hacer lo que sea para ayudarlo, sólo tiene que decirlo.

- Te lo agradezco muchísimo, Aioros.

- Cuénteme sobre él, por favor, Princesa. Si no es mucha molestia.

Saori le dirigió una sonrisita triste; Seiya siempre sería su tema favorito…

- Bueno, pues es Sagitario, como tú. El Dragón y él son mejores amigos, a pesar de sus personalidades: Shiryu es analítico y Seiya impulsivo, pero se respetan enormemente, y Seiya siempre logra que Shiryu, y que prácticamente cualquiera, se ponga a reír. Tiene una hermana, Seika, que está siendo entrenada...

- ¡Aioros! ¡Saori! ¿¡Qué hacen aquí!? - dijo Aioria, que justo en ese momento iba entrando a la habitación, y que evidentemente no esperaba ver a otras personas ahí.

- Yo le pedí a la Princesa que me trajera, pues le expliqué que sentía mucha curiosidad por conocerlo. Este caballero ha estado tan apegado a ella que estoy muy familiarizado con su presencia, y sentí curiosidad por saber cómo era físicamente... No imaginaba que fuera tan... Aioria, ¿qué tienes?

- Soñé con este momento muchas veces...

- Rori, ¿de qué hablas? – dijo Aioros, que hallaba inexplicable que su hermano estuviera al borde del llanto.

- Uno de mis más grandes deseos era que se pudieran conocer.

- ¿Ustedes dos son amigos?

Aioria emitió un pequeño sollozo antes de proseguir.

- Es mucho más que eso... - dijo con voz apagada. El caballero de Leo se acercó a Seiya para acariciarle el cabello como hacía siempre que iba a verlo - Marin es su maestra ; nos conocimos gracias a él.

- ¡Vaya!

- Desde que Seiya llegó al Santuario para entrenarse, fue señalado por ser extranjero. Un día sorprendí a unos aprendices bastante mayores molestándolo y lo defendí. Poco después nos reencontramos y él me llevó hacia donde estaba Marin, le explicó que yo era la persona que lo había ayudado con anterioridad, y ella me agradeció. Unos días después, volví a toparlos: estaban ejercitándose, pero ella estaba muy enferma, y le ofrecí entrenar ese día con él para que ella pudiera descansar. Marin se negó rotundamente, pero a Seiya le encantó la idea, hizo toda clase de promesas locas, y ambos insistimos hasta convencerla de irse a dormir… Desde entonces estuve al pendiente de él, y ella y yo comenzamos a entablar amistad. La apoyé en todo lo que pude para entrenarlo, e incluso la ayudé a cuidarlo cuando se llegó a enfermar...

Aioros le sonrió a su hermanito, conmovido

- Muchas veces le hablé de ti, y le enumeraba las cosas en común: que ambos eran del mismo signo, con gran sentido del humor y tenían risas contagiosas, de su apetito casi insaciable, de su terquedad y su amor por ciertos dulces, y sobre todo, la cabellera castaña e ingobernable... - dijo Aioria riendo justo antes de que su rostro dejara ver un rictus de dolor – Cuando lo conocí, jamás pensé que él llegaría a ponerse tu armadura en más de una ocasión... Siempre quise que pudieran reunirse, y ahora...

Aioria no resistió más y las lágrimas se le saltaron. Saori no decir nada porque intentaba mantener el control, pero Aioros, con toda la serenidad del mundo, se acercó a su hermano y le dio un abrazo fuerte, buscando a toda costa consolarlo.

- La Princesa me contó lo que le sucede. Es una tragedia que alguien tan joven, valioso y valeroso esté enfrentando condiciones tan adversas, y lo lamento aún más ahora que sé cuánto significa él para ti. Pero debemos tener fe. Si la Princesa logró guiarme hasta traerme de regreso, estoy segura de que hallará el modo de ayudarlo a recuperarse. Anda; sécate esa cara - dijo el de Sagitario rompiendo el abrazo para encarar a su hermano - y mejor cuéntame de todas las veces que ha portado a Sagitario.


El relato de las proezas de Seiya sirvió para informar al griego sobre el enfrentamientos contra la gente de Asgard, y luego en el reino Submarino, de los que hasta entonces no había tenido noticia. Y si bien lo alarmó saber que su venerada Athena había librado tres guerras antes de afrontar a los ejércitos de Hades, ella y Aioria supieron aligerar el ambiente ensalzando el valor del japonés y de todos sus amigos, y obsequiando al castaño con detalles ocurrentes de la infancia del Pegaso, hablándole también de Seika y describiendo a mayor detalle su energética personalidad.

Y si antes Aioros había pensado que aquel era un muchacho excepcional, para cuando se retiró de la habitación, consideraba que el muchacho verdaderamente había honrado su Casa al portar a Sagitario del modo en que lo había hecho.

Saori se retiró y los hermanos regresaron a la habitación del castaño. Ambos comieron y después se pusieron a ver una película. Cuando la película acabó, comenzó otra, pero Aioria, que había notado a su hermano inquieto desde que volvieron al cuarto, aprovechó para sincerarse.

- La doctora Miyamoto me preguntó si hemos hablado...

- No hemos hecho otra cosa en estos días.

- Sabes a qué me refiero.

- ...

- Ella cree que sería bueno para los dos.

- Tú ya sufriste demasiado por toda esta situación y no tienes por qué estarlo reviviendo, especialmente ahora que Marin y tú…

- No voy que negar que soy inmensamente feliz, pero no puedo pensar sólo en mí. No puedo imaginar lo confundido que debes de sentirte. Eres mi hermano, quiero ayudar.

- Lo sé Rori, y te lo agradezco mucho, pero no quiero continuar removiendo malos recuerdos. Me di cuenta de cuán difícil fue lo de esta tarde para ti.

- Es distinto porque Seiya... Mira, lo de Ares, y eso… fue terrible, pero esas cosas ya no me afectan como antes porque tú volviste... La doctora siempre dice que esto no se trata de nosotros, si no de ti. Háblame, Aioros, apóyate en mí. Dime que piensas de todo esto.

- ¿Estás seguro?

El rubio asintió y Aioros dejó escapar un suspiro mientras aceptaba la oferta.

- Le he dado muchas vueltas al asunto, y no puedo dejar de sentirme responsable

- ¿Responsable de qué? - dijo Aioria, procurando mantener la calma aunque no le gustaba el tren de pensamientos que su hermano parecía seguir.

- Si hubiera sido más perspicaz, o estado más al pendiente de Saga, quizás podría haber evitado que Ares...

- No, no, no - dijo Aioria levantándose de su asiento casi de un salto - ¡Esto es el colmo! Fuiste una víctima de... - Aioria se contuvo al encontrarse con una mirada dura de su hermano, cosa con la que se había topado muy pocas veces, y que logró devolverle cierta cordura - Fuiste traicionado y asesinado por tus amigos, ¿cómo puede ser eso tu culpa? Deberías de estar molesto...

- ¿Con quién? ¿Con Saga y Shura? Ellos fueron víctimas, Aioria, tanto como nosotros - dijo Aioros con un nuevo suspiro.

Aioria se revolvió los cabellos y luego caminó un poco por la habitación.

- Tienes razón... Tiendo a reaccionar así porque pasé los últimos años pensando en que ellos eran los responsables de tu muerte. Y cuando Saga al fin habló de Ares... Pensé que la cabeza me iba a estallar cuando explicó que había sido poseído, y de la manipulación de Kanon, y todo lo demás. Llegué a pensar que estaba inventándolo...

- ¿Qué te hizo creerle?

- Que Saori lo confirmara – dijo Aioria bajando la cabeza, avergonzado por su desconfianza - Desde ese día, cuando pienso en todo lo que te pasó, en lo que nos pasó, intento dirigir mi rabia hacia alguien, hacia algún lugar… Intento pensar en Ares pero lo único que viene a mi mente es el rostro de Saga.

- Supongo que es natural. Buscar culpables es una reacción básica, y es especialmente difícil entender cuando son las circunstancias, y no las personas las responsables, o como aquí, cuando el causante ha escapado de la forma más cobarde... ¿Qué hay de Shura? ¿Lo…lo odiabas también?

- Las cosas son más complicadas con él - dijo Aioria yendo a pararse junto a la puerta - Nunca fue cruel o injusto conmigo. Me apoyó todo el tiempo y continuó a mi lado, pero evitábamos hablar de ti; era doloroso para los dos. A él le honraba ser llamado el más fiel, el que había tomado la vida del supuesto traidor, pero era evidente que te extrañaba, y obviamente nunca logró encontrar razones para que "atentaras" contra ella. Y yo no lo odié porque llegué a creerles, me convencí de que él había hecho lo correcto... Llegué a renegar de ser tu hermano...

Aioria no logró que la garganta le respondiera más, y las lágrimas lo embargaron.

- ¿Por eso me pedías perdón cuando desperté? - dijo Aioros con los ojos arrasados.

Aioria asintió.

- No tengo nada que perdonarte. Ven aquí.

El rubio no se movió de su lugar, y Aioros sintió que le dolía el estómago al sentir a su hermanito retrayéndose de aquel modo.

- Aioria, ven aquí.

El joven se acercó con pasos vacilantes, y en cuanto estuvo a su alcance Aioros extendió su mano y lo jaló, obligándolo a sentarse en la cama.

- No llores, por favor. Eras pequeño aún, creciste entre mentiras y manipulaciones... y sé que cuando te opusiste, te obligaron a hacer cosas que no querías.

Aioria lo miró muy sorprendido

- Sí, Saga me dijo que te sometieron con el Satán Imperial.

Aioria se llevó las manos al rostro mientras daba rienda suelta a su amargo llanto. Le avergonzaban sus actos del pasado, y le avergonzaba aún más estar llorando de aquel modo frente a su más grande ídolo, pero recordar lo que había sentido al haber herido a Shaina accidentalmente, y sobre todo, cuando recobró el control de sus actos hasta que el cadáver de Cassios estuvo a sus pies fue demasiado.

- Ya pasó. No pienses en eso ya – le dijo Aioros al abrazarlo, intentando consolarlo.

El castaño pudo sentir cuán afectado estaba su hermano a juzgar por el modo en el que se estremecía, así que con las yemas de los dedos comenzó a masajearle suavemente la nuca para ir bajando por las vértebras, para acabar trazando círculos en sus omóplatos mientras tarareaba entrecortadamente una tonada que combinada con el masaje, acabó por relajar al de Leo.

- Esa melodía... ¿Qué es? – preguntó Aioria, sus húmedos ojos verdes haciéndolo lucir mucho más joven

- Shion la cantaba siempre que estabas inquieto y no podías dormir.

- Solo en estos días he caído en cuenta de todas las cosas que suprimí, o que olvidé, de ti, y de él. Y entrenar a Seika me está haciendo recordarlo…

- ¿Qué has recordado?

- Cuando él comenzó a enseñarme a mí. Su cosmos era inmenso, y pensaba que no había una técnica más hermosa y extraordinaria que cuando lograba condensarlo en un muro entero que podía protegerlo… pero cuando lo vi canalizar toda esa energía en curar, me quedé sin palabras. Antes pensaba que el cosmos solo era para defender o atacar, y él me demostró que ser un caballero implicaba mucho mas. No sé cómo pude olvidar algo así...

- Yo en cambio lo recuerdo como si nos hubiéramos visto ayer. Recuerdo lo refinado de su vocabulario, el tono exacto de su voz, que podía ser imponente pero que para nosotros siempre fue dulce, la expresión de su rostro cuando discutíamos libros, y sobre todo, recuerdo sus manos. A pesar de ser manos grandes, y que podrían incluso parecer torpes por el grosor de sus dedos, cuando se ponía a trabajar en las armaduras resultaban simple y sencillamente prodigiosas de tan hábiles. Lo mismo pasaba cuando dibujaba...

- ¡Por Athena, es cierto! ¿Te acuerdas de la vez que me metí a curiosear a su habitación? Saga y tú me encontraron, me regañaron e insistían en que nos fueramos, pero yo los persuadí a mirar un poco porque encontré una carpeta llena de dibujos de caballeros. No reconocimos a nadie.

- Recuerdo. Saga y yo pensábamos que eran dibujos de los que habían perecido en la Guerra Santa a la que sólo sobrevivieron Libra y él... Nos llegó a mostrar abiertamente otros dibujos, pero nunca los que vimos en esa carpeta. Debe de haberle dolido mucho el verlos morir...

- Sigues sin decirme que piensas tú - dijo Aioria, secándose las lágrimas.

- ¿Qué se puede pensar? Siento haber despertado en un mundo donde todos pasaron años viviendo de cabeza y haciéndolo todo al revés, y que van dando de tumbos porque apenas ahora las cosas han recobrado el orden natural... Intento no reaccionar desproporcionadamente; siempre estuve consciente de la vida que nos aguardaba. No esperaba una vida color de rosa para ellos, para ti y para mí. Sabía que habría dolor, sacrificio, y pérdidas terribles, sí, pero con un objetivo noble detrás, en una guerra con honor y dignidad. Imaginarlos manipulados de un modo tan cobarde y vil, odiándose por tantísimo tiempo y destrozándose los unos a los otros, va más allá de lo que se me podría haber ocurrido en un momento dado. Y ha sido muy extraño el recordar lo que percibí durante todos esos años... No creo que se le pueda llamar conciencia a lo que tenía durante esa época, pero sí percibía cosas: destellos de energía, sensaciones, sentimientos, incluso, pero no poseía un conocimiento de los hechos, y sólo ahora voy entendiendo qué causaba esos momentos de conexión... No sé, creo que estoy tratando de encontrar un rumbo.

- ¿Sabes que puedes contar conmigo, verdad? - dijo el rubio poniéndole las manos en los hombros - Sé que se me va la boca, que no poseo ni la mitad de tu madurez y que aún estoy lidiando con mis propias emociones, pero no quiero que te sientas solo en medio de todo esto. Me tienes, me tendrás siempre.

- Gracias, Leoncito.

Aioros revolvió con afecto los rubios y espesos cabellos de su hermano, y ambos volvieron a abrazarse.

Por aquel día no se habló más del asunto.


Aioros estuvo pensando un buen rato después de que su hermano se hubiera marchado, y llegó a una resolución que no tardó en hacerle saber a la Dra Miyamoto cuando ella se presentó en su habitación al día siguiente después del desayuno.

- Buenas días, Aioros.

- Buenas días, doctora.

- ¿Cómo te sientes? Me han dicho que tu presión sigue elevada.

- Me duele un poco la cabeza, pero es soportable.

- ¿Qué hay del dolor de espalda, y de la sensación exacerbada de frío?

- Se han reducido.

- ¿Has tenido alguna otra molestia?

- No.

- Me alegra oírlo - respondió ella, sintiendo que las respuestas de Aioros eran amables pero inusualmente concisas, y la especialista decidió tomar al toro por los cuernos – Han pasado varios días desde que Saga aclaró tus dudas. Aioria me contó que hablaron un poco ayer, sin embargo, él se quedó con la impresión de no haber sido de mucha ayuda. ¿Estarías dispuesto a que habláramos tú y yo al respecto? No debe de ser fácil asimilar todo lo que te está sucediendo, y como te decía el otro día, verbalizar...

- Sí necesito hablar, pero no es con usted con quien tengo que hacerlo.

- Quizás pienses que no soy capaz de entender, pero precisamente porque no pertenezco al Santuario, puedo ser tu mejor opción para desahogarte, o para discutir...

- No me malentienda, por favor. No deseo en lo absoluto ser grosero o malagradecido, doctora, y no es que la juzgue incapaz, pero no necesito debatir; ya he llegado a mis propias conclusiones. Y lo que quisiera pedirle, es que haga venir a Shura y a Saga.

La noticia descolocó por algunos segundos a la japonesa, pero se recobró pronto.

- ¿Quieres hablar con ambos... a la vez?

- Ajá.

- ¿No crees que podría resultar demasiado...?

- El asunto ya se ha postergado demasiado, y hay cosas que tienen que hablar entre ellos.

- ¿Estás seguro?

- Por supuesto.

La psiquiatra admiró la determinación y la calma que parecían revestir al joven, pero sintió que tenía que insistir en disuadirlo.

- Aioros, me parece comprensible que desees hablar con ellos, y si tú juzgas que hacerlo así es lo más conveniente, lo entiendo también, pero quisiera saber si consideras que tu control sobre tus reacciones es el suficiente, porque de otro modo...

- Agradezco la preocupación, doctora, pero me siento bien.

- No lo pregunto solamente por tu salud: estoy pensando en ellos también. Estos días han sido duros y desgastantes para los tres. No quiero arriesgar a ninguno.

- No sé cómo se sientan ellos, pero yo estoy listo. Tengo claro lo que siento, y lo que necesito decir. Si ellos aceptan, quiero que hablemos, ahora mismo.

- De acuerdo... ¿Quieres que llame a Saori, o a Aioria, para que estén presentes?

- ¡No necesitamos supervisión, somos adultos! – dijo él con cierta indignación - Bueno, yo…

- Perdona, no lo decía con esa intención. Los contactaré y les haré saber tu deseo.


La petición del de Sagitario los tomó por sorpresa a ambos, pues a ninguno se le hubiera ocurrido que el castaño quisiera volver a verlos, pero los dos acudieron.

Tanto el de Géminis como el de Capricornio estaban afligidos desde haberse entrevistado con él días atrás. Saga se había concentrado en pasar la mayor parte de su tiempo con Kanon, y en sus sesiones con Sayaka sólo había hablado de él. La doctora había respetado sus deseos, pues sabía bien que para Saga era una prioridad reconstruir su relación con su gemelo, y esperanzada por el hecho de que el mayor de los Géminis hablaría sobre Aioros cuando estuviera listo. Había tenido problemas para conciliar el sueño, pero un leve relajante muscular lo había ayudado, y Shun había sido especialmente comprensivo al esforzarse por mantenerlo distraido.

La historia había sido distinta para Shura, que prácticamente no había salido de su habitación durante dos días. Aldebarán y Dokho habían ido a su cuarto para ofrecerle su apoyo y tratar de hacerlo hablar, mientras que Milo e incluso Afrodita había intentado convencerlo de salir a pasear, pero él se negó amablemente a cada propuesta y prefirió continuar en su habitación. Saori le había encargado especialmente a Megumi de que le llevara sus comidas, y gracias a la joven se sabía que el de Capricornio había ingerido apenas lo indispensable.

Juné había sufrido muchísimo al verlo hundiéndose en la culpa y el desprecio, sobre todo porque no podía encerrarse con él para intentar consolarlo sin despertar sospechas del imbécil de Milo, que parecía no quitarle los ojos de encima... Y aunque por las noches él había dejado la puerta abierta, y ella había podido acurrucarse a su lado mientras él permanecía insomne, al amanecer ella tenía que retirarse, y él permanecía dentro, y a la rubia ese distanciamiento le estaba resultando inconcebible...

Al caer la noche de su segundo día en esas condiciones, y mientras Aioria y Aioros conversaban sobre Shion de Aries, Saori se había presentado a la habitación del español.

- "Shura, estoy preocupada por ti"

- "Perdóneme, Saori-sama. Usted tiene mejores cosas en que..."

- "Shura, ¿por qué haces esto? Cada tres palabras que me dices, me pides perdón, y no..."

- "Sí, sé que no sirve de nada..."

- "¡Basta! Todo lo estás enfocando negativamente y eso es realmente nocivo...Siento que todo lo que hemos construido desde que despertaste se derrumba, y no puedo permanecer indiferente, no mientras te veo alejándote de todo y de todos. No soporto sentir que te estoy perdiendo.

- "Mi lealtad siempre estará con usted"

- "No quiero tu lealtad. Quiero tu compañía, tu confianza. Quiero conversar contigo, verte convivir con los demás y oírte reír de nuevo"

- "No soy digno"

- "He dicho que es suficiente. Te he perdonado ya. Perdónate tú"

- "... no sé si puedo"

- "Por favor, inténtalo. Por mí. Por todos los que han tenido la oportunidad de tratarte y de ver cuán valioso eres, y por aquellos que aún no han tenido ese chance. No soporto la idea de recuperarlo, y al mismo tiempo perderte. No puedes seguir así. Él vendrá a casa en cualquier momento, y temo que eso lo complique todo aún más. ¿Qué será de ti entonces? ¿Vas a encerrarte a piedra y lodo en esta habitación?

- "..."

- "Quiero que hallemos el modo de convivir. Por favor, habla conmigo, con la doctora, o con quien quieras, pero no nos dejes fuera, no después de todo lo que ya habíamos logrado. Déjanos ayudarte. No quiero verte sufrir. Nadie quiere"

- "Me lo merezco"

- "Soy Athena, Diosa de la Justicia y la Sabiduría, y como tal puedo afirmar, con conocimiento de causa, que tu corazón no merece esta clase de dolor, Shura de Capricornio"

- "... No sé de que puede servir que yo me perdone si él..."

Ella se había acercado hasta él y había acunado suavemente su rostro con una de sus manos.

- "Ey, es demasiado pronto como para preveer su reacción, pero la impresión que me ha dado en la convivencia que he tenido con él, es de que será capaz de entender, y que hallará el modo de reconciliarse contigo "

- "No me atrevo a esperar algo así"

- "Yo tendré fe. Mientras tanto, te lo pido, para de atormentarte... Descansa, es obvio que no lo has hecho. Y piensa, por favor, que nada me haría más feliz que verte mañana desayunando en el comedor con todos los demás"

La heredera le había dado un beso en la mejilla antes de marcharse, y más tarde, cuando Juné se coló a su habitación, él había llorado con todas sus fuerzas mientras ella lo abrazaba hasta quedarse dormido al fin.

A la mañana siguiente, Shura se presentó en el comedor a la hora del desayuno. Lucía algo mejor, pero prácticamente no habló, y era evidente que se había resfriado por la cantidad de veces que estornudó. Con todo, Julián Solo y Dokho habían logrado involucrarlo en la charla sobre libros que sostenían cuando la llamada de la psiquiatra entró, y él se disculpó para acudir de inmediato al llamado de Aioros.

Y al verlo marcharse rumbo al hospital, Juné, Saori, Milo y los demás se quedaron pensando en si la situación mejoraría, o empeoraría con esa charla...


Shura se presentó en el cuarto del griego, y estaba saludando escuetamente a Aioros cuando entró el de Géminis, y fue evidente que no esperaban encontrarse. Se saludaron muy quedamente, y luego ambos se volvieron hacia el Centauro Dorado, que estaba recostado en su cama y que les ofreció que se sentaran, oferta que ambos declinaron.

- Espero que no les haya molestado que les llamara.

- Por supuesto que no - respondió Saga.

- No pensé que quedara nada más por aclarar, pero responderé cualquier cuestionamiento que tengas - dijo Shura.

- Estás equivocado, Shura. No estoy pidiendo más explicaciones. Simplemente, caí en cuenta de que ya los escuché, y que es turno de que ustedes me escuchen a mí.

Cada uno reflejó, a su modo, la tensión que les provocó entender que al fin iban a conocer el veredicto del de Sagitario, y que sus vidas podían tomar un cariz diferente justo a partir de ese momento, pero ambos estaban dispuestos a aceptar la decisión del castaño, cualquiera que esta fuera.

- Lamento haber demorado en llamarlos, pero no ha sido fácil... Jamás había estado tan enojado.

- Es natural que nos odies.

- ¿Quién dijo que los odio? Estoy furioso, indignado y asqueado por las acciones de Ares - retrucó Aioros, recalcando el nombre del dios para que a Shura y a Saga les quedara muy claro, y se obligó a respirar, tratando de controlarse.

- Desde que Shion me llevó al Santuario, supe que nuestro destino era el de luchar, y dar la vida si era necesario. Me contó sobre la anterior Guerra Santa, así que tenía claro que nuestras vidas no serían fáciles. Sin embargo, jamás temí al porvenir. Cuidar, proteger y respaldar a Athena siempre me pareció un privilegio, y anhelaba combatir junto a Aioria y a ustedes, tal y como él superó obstáculo tras obstáculo al lado de su mejor amigo... Aunque claro, en ese entonces imaginaba que la guerra tardaría años en comenzar, y que cuando ocurriera mi hermano y yo pelearíamos juntos, hombro con hombro. Pero lo que Ares hizo... No hubo honor alguno en su estrategia: no puedo pensar en nada más bajo y vil que intentar matar a un indefenso bebé para hacerse del control de la Tierra.

Al ver que ninguno de los dos decía nada, Aioros prosiguió.

- También estuve molesto con ustedes, no lo voy a negar. Detesto que no me hubieras hablado antes de Kanon, Saga, y detesto que no acudieras a mí apenas empezaste a sentirte afectado por Ares... - dijo el griego, pasando su mirada del griego al español - Y detesto que tú pudieras creer que aún estado furioso, podría atentar contra la Princesa.

- ¿Furioso? - preguntó Saga

- Le había contado a Shura que estaba inconforme por mi nombramiento, y poco después, le dije que Shion estaba cometiendo errores demasiado grandes, y que habría cambios radicales en cuanto asumiera el Patriarcado, pero jamás pude explicarle que si estaba tan alterado ese día era porque acababa de saber de la existencia de Kanon.

Un sudor frío cubrió en cuestión de segundos el cuerpo del español, que comenzó a respirar muy profundo, seguro de que si no lo hacía, perdería el conocimiento.

- El cambio radical que iba a llevar a cabo era el de dar a conocer la existencia de un treceavo Caballero Dorado.

Saga apenas y estaba recuperándose de la impresión de saber aquello cuando Aioros continuó.

- También me ha molestado la ingenuidad y la pasividad de los demás - continuó - Sé que eran muy jóvenes aquella noche, pero escapa a mi comprensión cómo pudieron pasar años enteros sin que notaran lo terriblemente mal que estaba todo... Pero sobre todo, he estado enfadado conmigo mismo.

- ¿Por qué? - dijo Saga sin poder comprender el razonamiento del castaño.

- Para empezar, debí distinguir su cosmos divino, en vez de confundirte y de culpar a Kanon. Huí cuando debería de haber atacado; si hubiera logrado que él revelara su verdadera identidad aquella noche, las cosas habrían sido distintas... Pero sobre todo, me pregunto cómo pude ser tan egoísta.

- ¿¡De qué rayos hablas!? - cuestionó el de Géminis, atónito

- De que estuve tan ocupado cuestionando mi futuro nombramiento, renegando, y haciendo planes, que no me di cuenta de que algo monstruoso se gestaba... de que te estaba sucediendo algo de semejante magnitud.

- ¡Aioros, por lo que más quieras, no puedes estarte reprochando...!

- Lo sé, no sirve de nada - dijo Aioros interrumpiendo la vehemente protesta de su compatriota - Por eso, he decidido concentrarme en estar agradecido.

Shura lo miró con la confusión bien clara en su rostro, mientras Saga sonreía cansadamente, pensando que aquel enfoque era clásico del Centauro...

- Sí, odio lo que Ares hizo. Odio el dolor innecesario por el que nuestros hermanos pasaron debido a su intervención, y en especial, odio lo que ustedes han tenido que soportar. Pero estoy agradecido por haberme topado con el hombre que cuidó de la Princesa durante toda su infancia; estoy agradecido con los Caballeros Divinos, y porque todos fueron más allá de sus propios límites hasta lograr que nuestra Amada saliera victoriosa de cada enfrentamiento hasta derrotar a Hades... Y por supuesto, estoy agradecido de haber vuelto. Jamás imaginé que pudiera suceder, pero estoy aquí, y estoy decidido a aprovechar al máximo esta nueva etapa. Y los hice venir para decirles que los necesito.

Shura y Saga se miraron, ambos incapaces de asimilar lo que el adolescente acababa de decir.

- Me siento algo perdido, ¿saben? Este no es el mundo para el que me preparó Shion. Él no está, mi hermano es un adulto, la Princesa es ya una mujer que no necesita de mi protección, estamos en un país prácticamente opuesto a Grecia, ¡las amazonas ya no utilizan máscaras, y ni siquiera hay un Patriarca, vaya! No conozco a los integrantes de la Orden, y aunque aquellos a quienes he podido conocer han sido muy amables, me hacen sentir extraño. Ven al que creyeron traidor por años, o a un milagro andante, se nota en sus caras. Y ustedes, los que fueron los más cercanos a mí, no me miran siquiera... He llegado a sentir como si me hubieran arrojado a un desierto: no reconozco a nada ni a nadie.

- Es comprensible que sientas cierto apego por nosotros, ya que pertenecemos a tu pasado, y podemos asistirte en lo que sea que necesites

- No estoy hablando de apego, Saga, ni de que los quiera cerca porque son lo único que reconozco, y mucho menos deseo servirme de ustedes para orientarme en este nuevo mundo como si fueran una maldita brújula. Quiero a mis amigos, los quiero a ustedes, de vuelta - dijo, repleto de convicción.

- Ya no somos los que conociste - dijo Shura.

- Lo sé. Y aunque yo me vea exactamente igual que hace dieciséis años, tampoco soy el mismo. Percibí cosas, tuve sensaciones y sentimientos, establecí conexiones que no puedo explicar... pero no por eso dejo de extrañar la risa realmente escandalosa que te daba cuando hacíamos alguna travesura, Saga. Extraño tus canturreos cuando platicábamos en las noches calurosas, Shura. Extraño nuestras pláticas.

- ...hay cosas de las que no se puede volver.

- ¿Eso quiere decir que ya no quieres ser mi amigo? - preguntó el de Sagitario con verdadero dolor en la voz al oír al de Capricornio

- No se trata de eso - dijo el español sumamente agobiado

- No querías hacerme daño, ¿o sí?

- No, pero lo hice - insistió.

- Estabas siguiendo órdenes del que creías Patriarca.

- ¡Pero se trataba de ti! Tú mismo lo dijiste, debí saber que tú no harías algo así...

- Lo hecho, hecho está, Shura. Nadie puede cambiar lo que ocurrió, pero podemos decidir lo que vendrá. Frente al Muro... sentir todos nuestros cosmos uniéndose y mezclándose para formar algo mucho mayor, fue increíble. Quiero sentir eso nuevamente.

- ¿Ya no estás enojado?

- Estoy decidiendo dejar de estarlo.

- Siempre fuiste un optimista incorregible - dijo Saga, sonando mucho más viejo de lo que era - pero ni siquiera tú puedes ser tan ingenuo como para creer que las cosas pueden volver a ser como antes.

- Es cierto, probablemente no sea posible, pero Ares ya nos arrebató demasiado... Hay tanto conflicto y desdicha en sus miradas que me es insoportable. No quiero que sigan sufriendo, especialmente cuando no hay razón. Todos fallamos de un modo u otro, pero estoy aquí, y podemos intentar reconstruir lo que teníamos, o comenzar algo diferente, mientras sea positivo. Sé que no es fácil lo que estoy pidiendo, pero por favor, en nombre de ese aprecio y ese cariño que sé me tuvieron alguna vez, inténtenlo al menos. En serio los extraño...


Sobra decir que la vehemente resolución del castaño los tomó por sorpresa, tanto que a penas y pudieron balbucear un "si estás seguro..." y un "lo intentaré" antes de que ambos se retiraran después de que se hiciera un silencio denso, incapaces de agregar nada más.

Y aunque Aioros hubiera deseado sentirlos más convencidos, pensó que las cosas habían salido bien, y eso lo tranquilizó de tal modo que para el final del día prácticamente todos sus malestares habían desaparecido. Pasó de los siguientes dos días gozando de un renovado buen humor, disfrutando de las visitas de Aioria, de Saori, de Marin, e inclusive de Tatsumi, que llevaba un impresionante discurso de preparado (pues sentía por el castaño una gratitud y una admiración que rayaban en idolatría), y que no pudo presentar pues apenas oyó a Aioros saludándolo, se desmayó de la impresión.

Así que no le extrañó cuando otro desconocido tocó a la puerta de su habitación en la mañana de su noveno día.

- Adelante - respondió el griego.

Quien entró fue un joven que se veía apenas un par de años mayor que él mismo, de obscuros cabellos rojos y unos ojos verdes muy expresivos.

Aioros sonrió con ilusión. El pelirrojo probablemente era uno de sus compañeros, y aunque en ese instante era un perfecto desconocido, quizás, en algunas semanas, podría haberse convertido en un nuevo amigo, y ya que las cosas con Saga y Shura estaban tan tensas, la perspectiva era refrescante.

- Hola.

- Hola.

Dokho no pretendía entrar y enmudecer de inmediato, pero su sorpresa fue mayor. El rostro del adolescente que había muerto al salvar a Athena en su primera infancia y que había retornado era idéntico al de aquellos trozos de papel...

- ... ¡Por Athena! Eres... Perdón, yo... Es que hace tanto...

El de Libra respiró profundo, sonrió, y retomó la palabra.

- Perdóname, estoy balbuceando como si fuese un párvulo, y dándote una pésima primera impresión.

- No te preocupes… No eres el primero en reaccionar así al verme. Sólo espero que se trate de algo temporal, o podría empezar a tener problemas de autoestima.

Dokho no pudo si no reír. Aioros definitivamente era todo lo que Shion le había contado, y mucho más. A pesar de su trágico pasado y de los golpes emocionales que había enfrentado en los días anteriores, ahí estaba, sonriendo y enfrentándose a un mundo nuevo con una entereza, una sencillez y una paciencia inigualables.

- Perdona mis modales. Debería de presentarme: soy el caballero Dorado de...

- ¡Sí! - dijo Aioros con animación - Me parece recordar tu rostro, cuando nos reunimos en el Muro. Aunque no recuerdo qué armadura portabas...

- No te preocupes. Fueron instantes extraños y abrumadores para todos.

- Siéntate, por favor - dijo Aioros señalando el sillón, mientras él se acomodaba en el centro de la cama, adoptando la posición de flor de loto con un desparpajo que jamás se le vería a Shaka de Virgo . ¿Entonces, cuál es tu Casa?

- Libra.

- ¡Vaya! Nunca tuve oportunidad de conocer a tu antecesor. ¿Hace cuanto posees esa armadura?

Dokho no pudo evitarlo y se carcajeó ante la mirada extrañada de Aioros, mientras el griego se preguntaba si su pregunta había sido risible de algún modo.

- Perdón, perdóname por favor... - dijo el de Libra cuando logró recuperar la compostura - Es imposible que conocieras a mi antecesor. ¿Has oído del Mesophetamenos?

- ¿Dokho? - dijo Aioros, su rostro cambiando bruscamente para mostrar gran emoción y sorpresa, la cual fue compartida por el asiático - ¿¡Tú eres Dokho de Libra!? ¡Shion hablaba todo el tiempo de ti, y de cómo se habían apoyado y cuidado durante la Guerra hasta salir triunfantes!

Dokho tuvo que obligarse a controlar sus emociones ante la mención de su querido amigo. Afortunadamente, la confusión de Aioros lo sacó de sus recuerdos.

- Pero no entiendo. Siempre hablaba de su "viejo" amigo, y decía que el tiempo...

- ¿Se me había ido encima?

Aioros asintió algo ruborizado mientras Dokho sonreía a pesar de sus ojos humedecidos.

- Mi aspecto, efectivamente, fue el de un venerable anciano por más de doscientos años. Pero cuando el ejército de Hades regresó, tuve que echar mano de todos mis recursos, y para eso tuve que volver a usar mi cuerpo verdadero, que es este.

- Impresionante, Maestro.

- Por favor, llámame simplemente Dokho.

- ... lo intentaré.

- Tu rostro no ha cambiado nada… Vine a verte un par de veces cuando dormías, pero no deja de asombrarme.

- ¿Usted me... me habías visto antes de todo esto?

- En fotos.

Aioros supo exactamente a qué fotos se refería.

- Las fotos que Shion nos hacía tomar cada año, ¿eran para usted?

- Así es. Acompañaban a sus cartas... Nos escribíamos todo el tiempo. Bueno, yo le escribía más a él que él a mí, lo cual era muy comprensible - dijo él con una risita nostálgica - Después de todo él se hacía cargo del Santuario y tenía mil preocupaciones, y en cambio yo tenía mucho tiempo libre en mi puesto de vigía. Pero cuando al fin me respondía era para contarme de ustedes, y de sus progresos.

- Deben de haber sido cartas muy interesantes.

- Y divertidas. Tenía un gran sentido del humor.

- … La Princesa me explicó que él volvió aparentando ser un Espectro al servicio de Hades.

- Así fue.

- ¿Usted…?

- Tú.

- ¿Tú pudiste verlo?

- Sí, pero no fue la clase de reencuentro que hubiera deseado. Tuvimos que enfrentarnos.

- Debe de haber sido terrible... Perdón, no quise hacerte sentir mal – dijo Aioros, percibiendo la tristeza que emanaba el pelirrojo - Todavía estoy muy...

- Está bien. Me alegra poder hablar con alguien que lo conoció, y que lo extraña tanto como yo.

Aioros miró los expresivos ojazos del asiático, y reconoció en ellos la misma nostalgia punzante que lo acometía a él.

- Me hubiera gustado mucho volver a verlo, como tú pudiste, aunque fuera un instante. No comprendo por qué no está aquí con nosotros, ahora. Él y yo estuvimos muertos prácticamente por el mismo periodo de tiempo...

- Él tuvo una vida larga y productiva, Aioros, y aunque llevaba muy bien el peso sobre sus hombros, no es nada fácil vivir por tanto tiempo, mucho menos cuando está uno rodeado de jovencitos extraordinarios como tú, que viven vidas tan cortas, intensas y sacrificadas. Creo que no volvió porque vivió todo lo que necesitaba vivir y más... Eso me consuela, aunque no por eso dejo de extrañarlo.

- Pero usted…

- ¿Te preguntas por qué volví cuando él no?

Aioros asintió con cándida timidez, sintiéndose extraordinariamente cómodo en presencia del joven hombre, aún sabiendo su verdadera edad y su relevancia en la Orden.

- Lo más parecido a una explicación que te puedo dar, es que mi alma, a diferencia de la de él, estaba junto a ustedes cuando hicimos estallar el Muro. Recuerdo que después de la explosión, todo fue obscuridad, y sentirlos cerca mientras flotábamos o algo así, hasta que sentí el cosmos de Athena abrazándonos, tomando nuestras manos. Y cuando desperté, estaba aquí. He pensando mucho porque yo sí y él no, y creo que puede existir alguna explicación profunda y mística, pero si la hay, no la conozco.

- Me hubiera dado tanta alegría volverlo a ver. No me perdono el no haber podido salvarlo...

- Nada de reproches, muchacho. Salvaste a nuestra Diosa, y con ella, a este mundo. Más no se puede pedir.

- ¡Pero si hubiera podido salvarle la vida! Shion fue maravilloso conmigo. Tenía muchísima responsabilidades y sin embargo se hizo cargo de mí cuando mis padres murieron; no sólo me entrenó y me educó, pasó mucho tiempo a mi lado consolándome por mi pérdida, y años después, alentándome a recordar a mis padres. Fue la única figura paterna que mi hermanito conoció. Si hubiera podido ayudarlo... No entiendo por que no se puso a salvo.

- ¿De qué hablas?

- Una de las últimas veces que nos vimos, me llevó a Star Hill, y me explicó su funcionamiento y su importancia. Dijo que fuera especialmente cuidadoso con la Princesa, pues advertía un peligro inminente cerniéndose sobre ella. ¿Por qué no vio la amenaza contra su propia vida?

- Él llego a decirme que en el futuro no solía verse demasiado a sí mismo, y le parecía bueno. Saber demasiado sobre el futuro puede ser peligroso, empieza a generar demasiada presión sobre el presente... O quizá su interpretación no fue la correcta. Shion era excepcional: brillante, e intuitivo, y experimentado, pero no era infalible, Aioros. Nadie lo es.

- Lo sé - dijo él bajando la vista y frunciendo el ceño - Se equivocó con Kanon.

- ¿Qué?

- Muy poco antes de morir me habló sobre Kanon, y me pareció un error garrafal lo que se había hecho con él. Lamento decirlo así, pero…

- No lo juzgues tan duramente. La situación de los gemelos siempre le generó desasosiego y pena. Él crió a ambos como si fueran sus hijos; llegaron a sus manos a los días de nacidos. Puedo decir con absoluta honestidad que los amaba, y que le fue muy difícil tener que proceder de aquel modo, pero la determinación de ocultar al segundo gemelo fue tomada por la reencarnación anterior de nuestra Diosa: él no podía llevarle la contra. Y con el tiempo, fue detectando una maldad pasmosa alojada en el interior de Kanon, y al no poder distinguir que no le pertenecía… Hizo lo que consideró mejor con lo mucho o poco que sabía.

- Supongo... pero de cualquier manera es terrible. No entiendo aún que le hayamos podido hacer algo así a uno de los nuestros.

- Todos quisiéramos que las cosas hubieran sido diferentes con los Gemelos, créeme.

- Háblame de él, por favor - dijo Aioros poniéndose de pie para sentarse en una silla próxima al de Libra, toda su lenguaje corporal transformado ante la seriedad que para él revestía el asunto.

- ¿De Kanon?

- El día que desperté la Princesa dijo que estaba bien, pero nadie más me ha comentado sobre él o ha vuelto a mencionarlo desde entonces. No es que espere que me venga a ver, naturalmente, pero que nadie lo mencione ni por equivocación, ni su propio hermano, me extraña. ¿Dónde está? ¿Por qué el silencio al respecto? ¿Esto tiene que ver de algún modo con el hecho de que no posee armadura?

Dokho calló, sopesando por dónde comenzar y eso confundió al castaño.

- Estoy a punto de creer que todos me toman por un niño incapaz, Dokho - dijo Aioros con cierta exasperación.

- ¡Por supuesto que no! Simplemente… es difícil de explicar.

- Mis mejores amigos estuvieron involucrados en mi muerte. ¿Hay algo aún más difícil que eso?

- Hay muchas razones por las que nadie te ha hablado de él, razones que no van a causarte alegría. Y honestamente, todos preferiríamos que fueras más egoísta y te concentraras en disfrutar tu bien merecido…

- No voy a dedicarme a pasarlo bien cuando sucedieron cosas terribles en mi ausencia, y cuando por cada pregunta recibo respuestas vagas o aplazamientos. ¿Tú no querrías saber que fue de la gente a la que amas mientras... hacías un viaje largo, o lo que sea? ¿No querrías entender por qué te tratan distinto, por qué están tan dolidos?

Dokho no pudo evitar pensar, aunque fuera por unos instantes, en el futuro que podrían haber tenido si Ares no hubiera aparecido y ese noble y determinado jovencito de intelecto penetrante hubiera liderado a sus compañeros...

- Intentaré responder a tus preguntas, Aioros. pero tienes que saber que no hay respuestas sencillas cuando se trata de él.

- ¿No puedes ni siquiera decirme dónde está? ¿Se quedó en el Santuario?

- Kanon está aquí, hospitalizado. Su participación durante la Guerra lo dejó malherido, y aunque su vida ya no peligra, parece que falta mucho para que pueda ser dado de alta.

- ¿Cuál fue su participación, exactamente?

- No comprendo a qué te refieres.

- Lo único que me han dicho de Kanon es que vive, pero no sé nada más. Saga no me mencionó que fue de Kanon durante el tiempo que él estuvo poseído. ¿Kanon portó a Sagitario mientras él controlaba el Santuario, o la usó sólo hasta después de su suicidio? ¿Fue entonces cuando al fin se integró a la Orden?

- Aioros, lamento decirlo así, pero Kanon realmente nunca ha tenido un lugar oficial dentro de la vida en el Santuario. Nadie sabía de su existencia hasta que Poseidón atacó hace casi un año. Uno de los Caballeros Divinos lo reconoció casi por accidente como gemelo de Saga.

- No entiendo. ¿Qué hacía Kanon en los dominios de Poseidón?

- Se hacía pasar como uno de sus hombres.

- ¿¡Qué!?

- Quizás no debí de empezar por ahí... La influencia de Ares en Kanon llegó a ser tan grande que logró que le sugiriera a Saga el asesinato de Athena, y el tuyo y el de Shion. Y Saga, que no sabía que aquellas eran ideas de Ares, se asustó tanto de lo que su gemelo pudiera hacer que lo encerró en Cabo Sunion...

- ¡Oh, no!

- Al estar Kanon prisionero, Ares tomó control total de Saga, y se dedicó a torturarlo por algunos meses.

- ¿Meses? ¿Cómo pudo sobrevivir?

- No se saben detalles, Saga a penas y puede hablar al respecto... Pero fue grave; tanto, que Kanon estuvo a punto de morirse, una o varias veces, sabrán los Dioses. Pero de algún modo, logró escapar. Y sin que sepamos bien cómo, logró infiltrarse en los ejércitos de Poseidón.

- ¿Como un soldado?

- Prácticamente como su líder: fue él quien armó al Ejército de Marinas en preparación de la Guerra Santa. El cuerpo de la reencarnación de Poseidón era muy joven aún, y él se aprovechó de eso para manipularlo, y modificar un poco sus planes, aparentemente buscando venganza.

- ¡¿Se alió con el enemigo para marchar contra Athena?!

- Por así decirlo. Y estuvo peligrosamente cerca de lograrlo, pero cuando Poseidón finalmente asumió todo el control de su reencarnación y él ya no pudo controlarlo, pareció cambiar de opinión. Los Caballeros Divinos lograron liberar a Athena-sama, ella selló el alma de Poseidón en una urna sagrada, y poco después él se apareció. Por lo que sabemos, habló con la señorita, le pidió perdón y comenzó a hacerse cargo, informalmente, de Géminis, pero claro, no hubo presentación formal de ninguna clase. Hubo toda clase de rumores: algunos de los que lo llegaron a ver lo pensaron el fantasma de Saga, mientras otros afirmaban que era un rumor absurdo porque Géminis se sentía completamente vacío. Pero cuando se supo quién era y lo que había hecho, despertó gran indignación el que se le permitiera estar cerca de Ella.

- ¿Entonces quién usaba a Géminis cuando nos reunimos frente al Muro?

- Saga. Ellos se enfrentaron cuando Saga reapareció fingiéndose un Espectro, al igual que Shion y los otros muertos de la Batalla de las Doce Casas. Su "vida" duró sólo doce horas, y luego Kanon portó la armadura hasta el Inframundo, pero cuando todos comenzamos a unir nuestro poder para destruir el Muro, fue el espíritu de Saga, dueño legítimo de Géminis, quien apareció. Kanon estaba peleando en ese mismo momento contra unos espectros, pero se despojó de la armadura para que nosotros pudieramos alcanzar nuestro máximo cosmos y unirlo...

- Debí de ser más específico al preguntar por él

- ¿A qué te refieres?

- Me dijeron que yo era el último de los Dorados en despertar.

- Bueno... es que él...

- Es el Número Trece. Lo sé... ¿Y cómo va su recuperación?

- Progresando lentamente. Sufrió quemaduras terribles al seguir combatiendo sin armadura. Estuvo muy grave, pero la señorita ha intervenido un par de veces para asegura su supervivencia. Despertó apenas tres días antes que tú.

- Ya veo...

Dokho intentó retomar la conversación, pero era evidente que el de Sagitario estaba meditando sobre la nueva información recibida, así que con admirable gracia, el asiático se despidió poco después del castaño, asegurando que volvería muy pronto a visitarlo y asumiendo que Aioros querría pasar un rato solo asimilando todo lo que acababa de saber, pero estaba muy equivocado.

Aioria no había errado al pensar que Seiya y Aioros eran parecidos, porque al igual que el Pegaso, el griego era impulsivo y se aferraba a sus ideas. Y para él, en ese momento, hablar con Kanon era una prioridad. Y si el gemelo no había acudido hacia él, entonces él iría en su búsqueda...


- Tienes visita – canturreó Liliana, una enfermera que no había trabajado antes con los chicos Kido pero que estaba asistiendo a Kanon aquel día pues la jefa tenía a un hijo enfermo y no había podido asistir.

Le habían explicado que la doctora Miyamoto había prohibido que Kanon recibiera visitas, pero eso aplicaba a la gente que estaba afuera, ¿o no?

- ¿Quién es?

- No sé, no lo conozco

Kanon volteó hacia la ventana, y de inmediato sus signos vitales se alteraron. Si bien era cierto que en los últimos días había recibido varias sorpresas, la visita de Aioros de Sagitario superaba por mucho los últimos acontecimientos. Le habían dicho que estaba vivo, pero jamás se le hubiera ocurrido que a él pudiera interesarle el verlo, y mucho menos que se fuera a presentar así, de improviso.

- Kanon, ¿te sientes bien?

- Sí – dijo el gemelo sin mucho convencimiento, aunque sus signos vitales yendo al alza y la palidez en su rostro lo desmentían

- Mejor le digo que venga luego

Con trabajos, Kanon habló.

- No. Dígale que puede pasar... si de verdad lo desea.

La enfermera fue y le abrió la puerta al alto joven que entró sonriente y aún vestido de blanco.

- Hola. No sé si sepas quien soy, pues nunca hubo oportunidad de que nos presentaran formalmente. Mi nombre es…

- Aioros... Te vi muchas veces junto a mi hermano.

- Así es, pasaba mucho tiempo en tu Templo…

Kanon se revolvió algo incómodo, pues no se juzgaba dueño de absolutamente nada, y en especial del Templo de Géminis

- Supe de tu hazaña en el Inframundo... También me explicaron que debido a ella has estado muy grave.

Kanon no pudo decir nada, avergonzado al oír la palabra "hazaña"

- ¿Te encuentras mejor?

- … Sí.

- Me da muchísimo gusto oír eso – dijo Aioros con tanta sinceridad en sus suaves ojos, que Kanon se sonrojó profundamente – Supongo que te estarás preguntando por qué vine a verte – dijo el castaño yendo directamente al grano, y el gemelo asintió con un gesto algo torpe - La verdad, es que he querido conocerte desde hace dieciséis años…

- ¿Qué?

- Supe de ti apenas unos días antes de mi deceso - dijo Aioros, hablando de su asesinato de un modo tan natural y tan desprovisto de otras intenciones, que el Gemelo sintió que las orejas le hervían de vergüenza - Shion decidió que me nombraría el nuevo Patriarca, y una de las primeras cosas que hizo, fue contarme sobre tu existencia. En cuanto supe de ti, quise verte y hablar contigo. ¿No te lo dijo Saga?

La expresión de dolor en el rostro del gemelo le indicó que no era lo más conveniente recordar lo vivido en esos días.

- Mira, no vine con la intención de torturarte con recuerdos dolorosos... Aunque sé que eso es un poco imposible: todo el mundo me ve, y se pone pálido... Yo sólo quería conocerte.

- ¿Conocerme?

- Cuando Shion me dijo que tu existencia debía de permanecer oculta, me pareció una pésima idea. Tú eres uno de nosotros, y me alegra que ahora todos te conozcan, y que se te de el lugar que mereces...

Kanon ya no pudo responder porque comenzó a jadear como si le costara mucho hacer que el aire entrara a sus pulmones

- ¿Kanon? ¿Kanon, estás bien?

El lugar se llenó de ruido y de gentes que de inmediato sacaron a Aioros de la habitación para dedicarse a atender a Kanon, pero el castaño no se marchó y se quedó mirando por la ventana, angustiado al ver que al menor de los gemelos le estaba sucediendo algo evidentemente malo.
Y el Arquero también pudo notar que Kanon tenía la mano extendida en su dirección, y que sus ojos, arrasados en llanto, seguían fijos en él...


Notas de la autora:

¡Al fin! Espero que les guste y que lo encuentren digno de tanta tardanza. No me extiendo porque es muuuy tarde, y porque espero leerlos muy pronto allá en el 59, y en el capítulo 9 de este fic, donde Kanon volverá a protagonizar.

Como siempre, aprovecho para reafirmar mi gratitud infinita para con ustedes, que me honran con sus lecturas y maravillosos comentarios.

Y recuerden que me pueden contactar en FB como Fuego Valcarenghi.

¡Los adoro, y hasta muy pronto!

Besos,

F.