La librería
No es que él fuera una persona impulsiva, en absoluto. Lo que ocurría era que esa mujer anulaba de una forma endiablada su capacidad para usar el cerebro, con todo lo que eso significaba.
Por eso, cuando iba por el Callejón Diagon tras salir de Gringotts hacia el Caldero Chorreante y la vio entrando en una librería situada en un callejón secundario, no pudo evitar ir hacia allí persiguiéndola como un rastreador.
A por ella. Sí, ese era en realidad el término animal y salvaje que debería utilizar para explicar su forma de actuar. Estaba casi completamente seguro de que ella le había visto, que sus miradas se habían cruzado y de que, por inconcebible que pareciera, Hermione Granger al reconocerlo le había rehuido saliendo disparada en la dirección contraria.
Y nadie le hacía eso a Draco Malfoy. Menos aún ella.
Cruzó la abarrotada calle con habilidad sorteando a todos los seres y magos que se le pusieron por el medio, entró en aquel callejón lateral con mayor facilidad por haber menos gente y llegó finalmente hasta la puerta de la librería por la que la había visto entrar, o al menos había visto su mata de pelo despeinado y marrón desapareciendo por allí.
Abrió silenciosamente la vieja y sucia puerta pintada de verde del establecimiento, y entró sin más miramientos.
Como mago que era, no le sorprendió ver el inmenso tamaño del local que parecía un pequeño cuchitril desde fuera. Evidentemente había sido agrandado mágicamente y el resultado no estaba mal del todo. Había estanterías tan largas que no estaba muy seguro de llegar a ver su final, y el olor a libros viejos llegó hasta él hasta hacerle fruncir el ceño.
Aquello debía ser el mismísimo infierno. Un laberinto lleno de libros y más libros, un pozo lleno de aburrimiento en forma de volúmenes infumables.
Odiaba ese olor. Le recordaba a su época de exámenes en Hogwarts y las muchas horas que se vio obligado a pasar en la biblioteca para aprobar algunas asignaturas. Como Herbología. Todavía recordaba lo mucho que detestaba esa maldita asignatura, aunque desde luego no tanto como Cuidado de Criaturas Mágicas. Esa era la peor de todas con diferencia.
Echó a andar a través de las estanterías buscando a la escurridiza bruja, alejando de su mente las evocadas situaciones pasadas en Hogwarts. Su mirada recorría astutamente los rostros de los magos y brujas que andaban por allí buscando algo que leer o que simplemente curioseaban. La mayoría eran ancianos, otros jóvenes con pintas de listillos, empollones y demás gente con la que él en sus tiempos de estudiante jamás cruzó una palabra por principios.
Y ahora allí estaba, en un lugar del tipo que él no solía frecuentar, por no decir que no lo pisaba a no ser que tuviera una muy buena razón. Una librería, por Merlín. No compraba un libro desde… En fin, probablemente desde su último año en Hogwarts, y ni siquiera la presión constante de Nott para que leyera de vez en cuando había conseguido persuadirle para hacerlo.
Él no era un cerebrito, y los libros le aburrían sobremanera.
Se fue adentrando cada vez más entres estantes. Cada sección que pasaba y dejaba atrás suponía un creciente grado de ansiedad y molestia. Hacía un rato que ya no veía a nadie por allí y empezaba a impacientarse. ¿Dónde demonios se había metido?
Siguió una flecha que indicaba cómo llegar a la sección de "Los mil y un libros sobre cómo intentar hacerse invisible y los intentos que ya han fracasado" esperando no terminar en algún pasillo sin salida. Definitivamente aquel lugar no era digno de su presencia. El nauseabundo olor a libros viejos estaba empezando a agobiarle.
Después de un rato más deambulando sin rumbo entre billones de enmohecidos volúmenes, y cuando ya empezaba a replantearse tirar las estanterías como único método posible para encontrarla, la vio. Por fin la había cazado, su esquiva presa de aquella mañana. Se acercó hacia ella por detrás, sigiloso, observándola tranquilamente aprovechando que no parecía notar su presencia.
Pero estaba completamente equivocado.
—Qué haces aquí, Draco— preguntó ella de pronto con algo de desinterés, sin mirarle pues el libro que tenía en la mano parecía retener su atención.
A Malfoy le resultó inexplicable que hubiera notado su llegada. Aun así siguió acercándose mientras observaba cómo Hermione seguía con el dedo índice los lomos de los libros leyendo sus títulos, caminando despacio en su concienzudo análisis.
Estaba claro que le había visto en la calle. Era demasiado obvio. La pregunta era por qué había escapado.
—¿Cómo sabías que estaba aquí?
—Te he visto en el Callejón Diagon y he visto que te dirigías hacia mí—respondió ella.
Bien, lo admitía. Esa respuesta le había sorprendido bastante. Especialmente porque no había tenido que sonsacársela.
—¿Y al verme has decidido huir para no saludarme metiéndote en este erial de libros?— inquirió echando una mirada despectiva a su alrededor.
—Efectivamente.
Esa respuesta tan seca empezó a molestarlo de verdad. Y que ni siquiera se dignara a mirarle a la cara mientras hablaban también estaba empezando a poner a prueba su paciencia. La examinó con cierto desagrado tratando de imaginar a qué venía eso.
—No parece un comportamiento muy propio de ti el huir como si me tuvieras miedo— comentó Malfoy acercándose un poco más y apoyándose en la estantería que ella curioseaba.
Había tanto polvo acumulado en los estantes que por un momento temió volverse alérgico por sobreexposición a la suciedad.
—¿Y por qué no?— respondió ella todavía con marcado desinterés y sin dirigirle aún ni una mirada.
—Porque tú no actúas así— replicó algo molesto por la forma en que ella se comportaba—. Eres inaguantablemente clara y directa, no una cobarde.
—No lo he hecho por miedo, Malfoy— dijo Hermione empezando a caminar de nuevo lentamente sin dejar de mirar la estantería y los libros que acaparaban por completo su atención.
Él la siguió a la misma relajada velocidad. No iba a dejarle escapar tan fácilmente.
—Por qué entonces.
—Porque no me apetecía hablar contigo— respondió Hermione fríamente.
Draco frunció el ceño mientras volvía a apoyarse en la estantería y se cruzaba de brazos al ver que la castaña se detenía nuevamente para leer los títulos de un grupo de tomos de casi un palmo de grosor.
—Supongo que esto tendrá algo que ver con que no hayas contestado a dos de las lechuzas que te he enviado— murmuró irónico.
—Desde luego.
—Y supongo que también estará relacionado con tu escueta respuesta al mensaje que envié a tu despacho en que me respondiste con un más que burdo "Ya he quedado esta noche"— apuntó crecientemente molesto.
—Sí.
Draco rodó los ojos mientras empezaba a desesperarse con la actitud de la castaña. Se masajeó el puente de la nariz mientras dejaba escapar el aire despacio para mantener la calma. Esa mujer era de lo más desesperante.
Hermione volvió a caminar haciendo crujir la madera del suelo, y él la siguió empezando a sentirse algo humillado al perseguir a alguien que se comportaba con él de una forma tan desconsiderada y condescendiente.
—¿Y puedo saber a qué se debe esta actitud?— preguntó finalmente con acritud.
Ella no respondió de inmediato, sino que se dedicó a escudriñar uno de los libros.
—No, no puedes— respondió al fin.
La mandíbula del rubio se tensó automáticamente. De acuerdo, eso sí que estaba empezando a sacarlo de sus casillas.
—Así es imposible que entienda lo que quieres que haga, Granger— la aspereza en su tono resultó esta vez evidente—. Vas a conseguir que me marche algo más que furioso.
Sin embargo, ella siguió impertérrita ante su creciente irritación.
—Por mí puedes irte, no hace falta que entiendas nada— replicó la castaña deteniéndose de nuevo en su escrutinio de los estantes.
Se puso de puntillas luchando por alcanzar un libro de tapas grises que descansaba en uno de los estantes superiores. Apretó los labios con fuerza tratando de estirarse más pero, frustrada, apenas lo rozaba con las yemas de los dedos. Draco bufó rodando los ojos mientras se lo alcanzaba sin ningún tipo de esfuerzo.
Ella lo miró por primera vez fulminándolo con la mirada. Tomó bruscamente el libro que él le ofrecía y volvió a actuar como si el rubio no existiera.
Aquella actitud tan ofensiva le hizo replantearse la buena disposición de la que había hecho gala con ella hasta ese momento. No se merecía su buena educación.
—¿No vas a irte?— preguntó ella leyendo la primera página del libro.
—Siento decepcionarte comelibros—se burló con desidia—, pero no pienso marcharme hasta que no me des una buena explicación de tu apatía hacia mi persona, así que puedes seguir haciéndote la distraída todo el tiempo que quieras porque no pienso moverme ni dejar de fastidiarte.
La bruja cerró de un fuerte golpe el enorme libro tras escuchar su sutil amenaza y volvió a ponerse de puntillas, estirándose para dejar el tomo de nuevo en su sitio.
—No te voy a dar una explicación, no te la mereces. Además…— siguió intentando estirarse para devolver el tomo a su sitio sin éxito. Bufó al no conseguir su objetivo—… No llego, ponlo en su estante Draco— el rubio se acercó de nuevo frunciendo el ceño y devolvió el libro a su sitio, sintiéndose sumamente estúpido un segundo después por haberle obedecido tan mansamente cuando estaba teniendo esa actitud tan altiva. Ella continuó, ajena a sus internas tribulaciones—… Además, no iba a servir de nada darte explicaciones.
Él enarcó una ceja.
—Serviría para aclarar por qué actúas como una psicótica.
La castaña le miró boquiabierta
—¡Yo no soy una psicótica!— replicó encarándole furiosa.
Malfoy apenas se inmutó ante su efusiva respuesta. Al menos ahora tenía su atención. Eso era un avance.
—Por supuesto que lo eres. Cuando fui a tu despacho a invitarte a cenar, arreglamos lo de la cena pasada. Después de la cena todo fue normal como siempre lo ha sido— Hermione se sonrojó al evocar el después de aquella cena—, hemos quedado en más ocasiones sin problemas y ahora de nuevo estás enfadada quién sabe por qué absurda razón y me rehúyes y me evitas como si tuviera la peste gnómica— dijo él enumerando a una velocidad asombrosa y crecientemente furiosa los acontecimientos sucedidos—. Esto demuestra que tengo toda la razón: eres una completa psicótica, Granger.
Ella enrojeció profusamente.
—En vez de enumerar lo que he hecho yo, deberías pensar en lo que has hecho tú— refutó recuperando su directa franqueza.
—¿Yo?— preguntó él inocentemente, y durante un momento Hermione se dejó impresionar por lo bien que fingía sorprenderse— Ahora soy un mago reinsertado en la sociedad, Hermione. Tengo una actitud irreprochable.
Sonrió como si el comentario le divirtiera de alguna forma personal. A ella en cambio no le hizo tanta gracia.
—De eso nada. Sé lo que has estado haciendo—dijo entrecerrando los ojos como si así estuviera leyéndole la mente sibilina oculta bajo el pelo rubio oxigenado.
—Yo no he hecho nada— negó él impasible.
—¡Lo que has estado haciéndome, Draco!— exclamó ella esclareciendo aún más lo que quería decir.
Esta vez sí que pareció conseguir su objetivo de hacerle entender.
—Ah, te refieres a eso— dijo él como si entonces lo recordara pero no tuviera más importancia.
Ella bufó exasperada, y con un grito de frustración dio media vuelta dándole la espalda y echando a andar muy dispuesta a dejarlo allí tirado.
Pero eso no iba a pasar. No señor, a él no iba a darle la espalda ni a irse dejándole de aquella manera. La alcanzó cuando apenas había dado cinco pasos, la empujó con firme suavidad y la detuvo entre una escalera que se apoyaba en una estantería y su propio cuerpo, cortándole así cualquier camino por el que pretendiera huir nuevamente.
—No vas a irte como una niña malcriada, Granger— le advirtió con firmeza—. Vamos a hablar esto como personas civilizadas.
Ella volvió a bufar irónica como si lo pusiera en duda.
—Entonces me imagino que tendrás una muy buena explicación civilizada para que tu elfo doméstico haya estado siguiéndome durante más de una semana.
Draco contuvo las ganas de hacer un gesto de desagrado. Le había pillado. Bien, no contaba con que ese fuera a ser el motivo de su furia ni de aquella discusión. Aquello ponía las cosas algo difíciles.
—Eso tiene una explicación totalmente lógica que te dejará plenamente satisfecha— le aseguró el rubio con envidiable calma.
—Entonces espero que esa increíble explicación no sea que lo enviaste para saber por qué no he respondido a tus cartas ni a tus invitaciones para cenar, porque precisamente lo hice después de descubrir tu espionaje encubierto— le advirtió acerada—. Tendrás que buscar otra excusa mejor.
A Malfoy empezó a dolerle la cabeza.
—A veces te pones demasiado agresiva, ¿lo sabías?— comentó ante su actitud.
—Yo no soy agresiva, y no cambies de tema— resopló Hermione viendo sus taimadas intenciones—. Tu elfo doméstico ha estado siguiéndome, Malfoy, y no ha sido precisamente en mis horas de trabajo.
—En tal caso le diré que debe castigarse por perseguirte de esa manera tan desconsiderada en cuanto lo vea— murmuró con malicia.
—¡Ni se te ocurra decirle algo semejante!— exclamó horrorizada.
—¿Y qué quieres entonces que le diga?
Hermione no podía creer que le hiciera una pregunta tan absurda.
—Quiero que ordenes a tu elfo doméstico que deje de seguirme en mi tiempo de ocio, que deje de perseguirme a donde quiera que voy.
Los ojos marrones de la bruja se clavaron en los suyos con fuerza, con una determinación inamovible.
—¿Sólo eso quieres que le diga?— preguntó el rubio dudoso.
—Sí— asintió Hermione con cansancio—, ni siquiera te voy a preguntar por qué le has dicho que lo hiciera, tan solo quiero que le ordenes parar para que pueda ir por la calle tranquila.
Malfoy frunció el ceño. Lo cierto era que, de todos modos, no habría podido darle explicaciones al respecto, porque tratar de explicar la razón por la que había enviado a su elfo a espiarla como si fuera su sombra era algo que ni él mismo comprendía por el momento.
Bueno, quizá sí, pero admitirlo resultaba demasiado degradante para su amor propio.
Aun así la curiosidad pudo con él e insistió en preguntarle ante su falta de interés por el tema. Lo normal habría sido una respuesta violenta por su parte, y no recibirla le hacía sospechar que en su indiferencia había gato encerrado.
—Si no quieres que te siga debe ser porque escondes algo, Hermione, así que dime, por qué quieres que le diga que pare— interpeló con notable crudeza.
—Quiero que lo hagas porque a ti no te importa con quién paso o no mi tiempo libre, Draco—respondió ella de forma aplastante. Resopló impaciente —.Así que, ¿lo harás?
Esperó observándolo en silencio cualquier respuesta y deseando que fuera afirmativa.
—De acuerdo— concedió el Slytherin finalmente.
Ella suspiró como si se hubiera quitado un peso de encima, y eso hizo que Malfoy sospechara aún más que había algo oculto tras ese persistente interés porque él dejara de espiarla a través de su servil criatura. Vio cómo ella se movía dispuesta a marcharse dando la conversación por terminada, pero él la detuvo tomándola del brazo y obligándola a volver a su sitio anterior.
La castaña rodó los ojos al ver su huida interrumpida una vez más.
—¿Qué ocurre ahora?— preguntó cansinamente.
—La verdad es que lo hice porque siento bastante curiosidad— dijo entonces el rubio pausadamente.
Inevitablemente, sus palabras captaron la atención de la bruja.
—¿Curiosidad?— repitió ella extrañada.
—Sí, Granger— asintió él tranquilamente—. Yo quedo con bastante gente además de contigo, pero quería saber si yo soy tu único contacto con el resto de seres vivientes de la Comunidad Mágica.
Hermione le miró impactada.
—Sabes de sobra que tengo otros amigos, Draco— replicó ella cruzándose de brazos.
—¿Qué amigos?
Ponerlo en duda hizo que ella se picara inmediatamente.
—Por ejemplo Harry y Ron— respondió con obviedad.
Pero Malfoy hizo una mueca de disgusto.
—San Potter y su amigo la Comadreja no cuentan como personas, Hermione.
Ella hizo un gesto de disgusto.
—Por supuesto que sí— replicó exasperada, aun así continuó—. Pero no sólo quedo con ellos, también me veo con Ginny, con Luna, con Lavender…
—Sí, sí, comprendo— dijo él haciendo un gesto para que se callara—. De modo que solo quedas con otras brujas o con seres inferiores que se hacen llamar magos, como tonto-Weasley o Longbottom— sonaba decepcionado, y Hermione, muy a su pesar, empezó a sentir verdadera curiosidad malsana por lo que pasaba por su ofídica y diabólica mente—. Dime, ¿es que no ves a nadie del sexo contrario que no sea yo?
La castaña enrojeció visiblemente ante aquella suposición perversa y entrometida.
—Creo que eso no te interesa—rebatió sintiéndose algo atacada en su intimidad.
—Claro que me interesa—refutó.
Se maldijo inmediatamente por sonar tan auténticamente interesado.
—Eso forma parte de mi vida privada, Draco, no es asunto tuyo— respondió Hermione insistente en su negativa.
—Pero tú sabías que había estado viéndome con Padma Patil— apuntó astutamente—, de modo que informarme a mí sobre tu vida sería equilibrar la balanza. Tú sabrías sobre mi vida personal, y yo sabría sobre la tuya. Resulta irónico que sea yo quien tenga que hacerte ver lo injusta que resulta esta situación, Granger.
Ella enarcó una ceja, socarrona. Bufó riendo levemente.
—Por favor, Draco. Todo el mundo sabe con quién te ves, tu vida privada es algo público— dijo conteniendo las ganas de reír ante la evidente molestia del rubio por su exposición de los hechos—. De hecho, estoy segura de que si no fuera por ti muchas brujas no tendrían cotilleos de los que hablar mientras toman café cada tarde.
Rió de nuevo con infantil diversión ante la idea, y eso a él le molestó bastante.
—Resultas verdaderamente insufrible cuando te pones irónica y exageras las cosas, Granger— comentó mordaz.
Ella rió nuevamente sin poder evitarlo. Al parecer, el tema le hacía gracia.
—Pero es la verdad— siguió la castaña sabiéndose triunfante al ver la creciente molestia del rubio—. Y deberías saber que yo no suelo enterarme de ese tipo de cosas, y que es Ginny la que me cuenta tus aventuras. De no ser por ella no sabría de ti ni una palabra que tú no me contaras, de modo que estamos igualados— sonrió como si hubiera ganado una batalla haciendo una pausa para saborearlo—. Tú no sabes sobre mí, y yo no sé de ti.
Lo único que pasó por la cabeza de Malfoy de forma clara en aquel momento fue un "estúpida pelirroja".
—¿Entonces no tienes ningún interés en saber algo sobre mi vida, Granger?— preguntó parcamente.
Esta vez captó una leve tensión recorriendo el cuerpo de la castaña ante su pregunta.
—No, ninguna— respondió la bruja con firmeza.
Una firmeza que flaqueaba.
—Mientes— siseó complacido acercándose hacia ella.
Mentía. Oh, sí, lo hacía. Esta vez había estado muy atento y había visto cada ínfima expresión que lo demostraba.
—Yo no miento, serpiente narcisista— respondió ella alejándose de él al notar su inquietante aproximación.
Draco detectó de nuevo aquel leve gesto que demostraba que mentía. ¿Por qué lo hacía? No le gustaba no saberlo.
—Yo creo que sí mientes. Es más, estoy seguro de que te gustaría saber con quién me veo además de contigo— aventuró arrogante con voz grave y controlada—. En realidad, creo que te mueres por saberlo.
—¡Claro que no!—exclamó sorprendentemente preocupada además de indignada.
—Entonces el problema es que te da miedo preguntarme al respecto— dijo con arrogante seguridad.
La vio temblar ligeramente como si sus palabras hubieran tenido un efecto extraño e inesperado en ella haciendo que se sonrojara con fuerza. Sin embargo Hermione se rehízo al instante en su natural espíritu combativo.
—Te equivocas. No me interesan tus frívolas amistades, Draco— le aseguró con femenina frialdad—, y te aseguro que si quisiera preguntarte algo ya lo habría hecho.
De nuevo mentía. El temblor de su cuerpo se hizo más patente evidenciándolo.
De repente Malfoy sintió la necesidad de poseerla, allí mismo, en aquella librería y en aquel pasillo perdido entre miles de estanterías abarrotadas y polvorientas sin importarle lo cochambroso que le había parecido el lugar a su llegada. Lo deseaba, lo necesitaba. La quería a su merced. Ya.
—Insistes en mentir— siseó pérfidamente divertido ante la evidencia—. Así sólo consigues excitar mi curiosidad sobre por qué lo haces.
Escogió cuidadosamente las palabras pronunciadas, y éstas no tardaron en hacer efecto. Hermione abrió los ojos desmesuradamente, su respiración se aceleró y apretó las manos con fuerza como si estuviera controlándose a duras penas. Retrocedió alejándose de la pequeña escalera con la que la había acorralado, y golpeó sin querer a su paso una enorme torre de libros apilados cuya cumbre cayó al suelo.
El ruido de los libros al caerla despistó, y Draco Malfoy no perdió la oportunidad de aprovecharse de la momentánea debilidad de la bruja que había dejado de mirarle un segundo.
Se acercó, la tomó de la cintura y la pegó a él con firmeza sin darle oportunidad alguna de escapar. Hermione alzó la vista de inmediato, inmovilizada ante su subyugante cercanía. La respiración desacompasada surcaba sus labios entreabiertos que pugnaban por un poco de aire frío que la serenara ante la imponente presencia que ahora se había apoderado de su cintura.
Sabía que tenía que pararle o él terminaría sonsacándole palabras y llevándola a hacer cosas de las que luego se arrepentiría.
Trató de separarse de él pero Malfoy no se lo permitió, manteniéndola firmemente sujeta y sin darle opción alguna a alejarse. Hermione, al ver que sería inútil tratar de soltarse, puso las manos sobre el pecho masculino para mantener una distancia algo más segura. Todavía no podía creer que él la hubiera apresado con tanta facilidad.
—Eres un canalla— dijo notando aquel perturbador aroma a menta invadiéndola.
Un aroma proveniente de las ropas del mago que siempre había tenido la capacidad de descolocarla.
—Tu adoración por mi me asombra, Granger— respondió él, divertido.
—Yo no te adoro ni siquiera en tus sueños— resopló altiva.
—Por supuesto que no— le concedió con pérfidas segundas intenciones—. En mis sueños haces otras cosas más interesantes—le aseguró sin vergüenza alguna.
Su comentario consiguió de inmediato el efecto deseado, avergonzándola y mostrando una timidez que no todo el mundo conocía de Hermione Granger.
Agitada, notó cómo Malfoy la rozaba metiendo las manos peligrosamente rápido bajo su capa. No tardó en sentir el lento toque contra la piel de su espalda enervar sus nervios y nublarle la mente. Un escalofrío la recorrió por entero y se arqueó inconscientemente hacia él.
Draco la sentía tensarse entre sus brazos de una forma poco común. Hacía mucho que ella no se ponía tan nerviosa, y menos ante un roce tan leve. Pero la castaña no le dejó pensar en aquello demasiado tiempo.
—Suéltame Draco, podría venir alguien— dijo golpeándole el pecho suavemente para que la soltara mientras miraba con preocupación a ambos lados del pasillo tratando por todos los medios de no dejarse llevar por aquel delicioso ardor.
—No— y le robó un beso rápido y falto de toda castidad.
—¡Por favor!— exclamó ella nerviosamente ante la comprometedora imagen que darían a cualquier que los viera.
Él hizo caso omiso a sus ruegos que parecían casi incitarle.
—Imagínatelo, Hermione— dijo entonces con perversa malicia mientras sus manos se deslizaban sin problemas por su cintura estrecha—. Los dos haciendo cosas inmorales a escondidas en un lugar público y que alguien apareciera de golpe y nos encontrara de esta manera. Sería de lo más entretenido.
Ella dejó de respirar varios segundos.
—Por Merlín…— dijo la chica indignada sin mirarle, sonrojándose todavía más y removiéndose sin conseguir liberarse de sus brazos mientras aquella imagen mental aparecía demasiado nítida en sus pensamientos.
Un roce premeditado en el borde de la tela de su pantalón la inmovilizó de pronto, y la voz grave y perturbadora del rubio llegó a sus oídos demasiado clara y demasiado sugestiva como para ignorarla.
—Descubrirían que Hermione Granger ha estado haciendo cosas indecorosas con el atractivo y rico Draco Malfoy— prosiguió en un susurro ronco aún cerca de sus labios, disfrutando complacido de los crecientes nervios que producían sus azarosas palabras en la chica—. La idea me resulta de lo más entretenida.
—A mí no me lo parece— replicó ella acalorada tratando de negarse.
Volvió a sentir un escalofrío que la llevó a pegarse indefectiblemente a él cuando la boca fría del rubio exhaló aire sobre la sensible piel de su cuello. Se sentía peligrosamente tentada por la imprudente proposición del Slytherin que, sin falta de pudor, la aturdía con su mente retorcida, con aquellas ideas indecentes.
—¡No!— exclamó Hermione ahogadamente cerrando los ojos con fuerza al darse cuenta de lo que estaba pensando.
—¿Y por qué no?— preguntó él ahora sin comprender, fastidiado por la interrupción.
Le permitió separarse solo lo justo para poder escucharla y contradecirla.
—No vamos a hacer nada de eso, porque eres tú el que no quiere que nos vean demasiado juntos en público, Draco, ¿tengo que recordártelo?— inquirió ella mirándole de nuevo y deteniendo por un momento sus forcejeos. Explotó de repente—. Eres tú quien cancela nuestras cenas cuando sabes que van a seguirte o a verte, quien me habla sólo lo imprescindible cuando nos encontramos por la calle y muchas otras tonterías semejantes que siempre haces cuando me encuentras y que no tienen ningún sentido.
—Lo tienen— dijo él sin poder evitarlo, casi amenazante—. Te aseguro que lo tienen.
Ya estaba hablando de más. Qué estúpido.
—Pues yo no le veo el punto a tu actitud—dijo ella acalorada y efusiva con el tema como si se estuviera dejando llevar—. Evitas que nos vean siquiera dándonos la mano al saludarnos, ¿y ahora quieres hacer cosas inmor…. –negó con la cabeza reprochándose lo que había estado a punto de decir— cosas, y en público donde cualquiera podría vernos?— inquirió susceptible. Levantó el dedo índice y lo agitó negativamente delante de la cara del mago— Ni hablar, Draco.
De pronto Malfoy gruñó, y soltándola un instante, golpeó la escalera que aún se apoyaba en la estantería justo a su lado tirándola al suelo con fuerza. Había sido la única manera de calmarse ante las incomprensibles palabras de esa mujer.
Ella le miró sorprendida sin saber qué decir, apretándose inconscientemente más contras la estantería y alejándose de él.
Detalle que Draco notó con molestia. La observó como si fuera a devorarla.
—Deja de decir cosas que no entiendes. ¿Quieres que hagamos cosas en público?— preguntó él en voz baja y salvaje sin esperar respuesta— Porque si eso es lo que quieres, las haremos, Granger.
Ella enrojeció ante lo que él insinuaba con aquel inquietante doble sentido, aturdida ante su repentina furia.
—No, no quiero, gracias— respondió irónica, altiva y encarándole con valentía—. Ya me has dejado claro muchas veces que no quieres que te vean en público conmigo. Además, no me apetece que Skeeter o cualquier otra persona nos tome una foto a escondidas y me ponga como a tus amiguitas en boca de los demás diciendo quién sabe qué barbaridades sobre mí.
Malfoy volvió a apresarla por la cintura, presionándola algo más al escucharla.
—Entonces deberías agradecerme que no te implique en mi vida, porque así ni Skeeter ni ningún otro se inmiscuirán en la tuya— le espetó en un susurro comprometedor y peligroso.
—A lo mejor no tengo nada que agradecerte porque quizá sí que quiero que me impliques en tu vida, pero tú no te has molestado en preguntármelo— replicó furiosa.
De pronto ambos quedaron en silencio. Malfoy la observaba con el ceño levemente fruncido, examinándola mientras dilucidaba sus palabras despacio sin comprender en absoluto, o peor aún, sin querer hacerlo.
Ella se mordió el labio inferior mientras desviaba la mirada, abochornada al ser objeto de toda su atención pero, sobre todo, al haberse ido de la lengua de aquella manera tan desafortunada. Se increpó su temeridad al haberse dejado llevar por la situación que él había provocado.
No podía creer que hubiera dicho eso delante de él. Definitivamente aquel no era su día.
—Dime la verdad. Qué es lo que quieres— le exigió entonces saber Malfoy fríamente.
Al oír aquello Hermione volvió a arrepentirse por enésima vez de lo que había dicho. Trató de alejarse de él para evitar responder, pero los dedos pálidos y fríos del mago se clavaron con suave firmeza en su cintura advirtiéndole de que esa no era una opción.
—Nada, sólo quiero irme de aquí.
—Dilo claro, Hermione. Repite qué es lo que quieres que haga— insistió esta vez con mayor severidad.
La castaña apenas era capaz de respirar.
—He dicho que nada— susurró ella esquiva.
La reiteración de su negativa fue suficiente para que Draco no pudiera controlarse más. La tomó con mayor fuerza de la cintura y la estrechó contra su propio cuerpo. La sintió tensarse entre sus brazos y removerse inquieta cuando presionó su despierta excitación contra ella dándole a entender lo muy tenso que lo ponía aquella conversación y su constante cercanía.
La respiración de la Gryffindor se hizo algo más profunda, evidenciando que aquella actividad le estaba pasando factura y que su cuerpo respondía ya por sí solo a las provocaciones del Slytherin. Se envaró entonces al sentir de repente una de sus manos frías descender por su costado de nuevo hasta la tela de su pantalón.
Las alarmas de peligro estallaron automáticamente en su cerebro de forma masiva.
Quiso decir algo, pero no tuvo tiempo. Malfoy desabrochó el botón de su prenda y tiró levemente de la tela sin darle opción a defenderse.
—Ni se te ocurra— le amenazó Hermione jadeante y arrebolada a más no poder al notar lo que pretendía.
Aquello era impropio.
—¿Vas a decirme a qué venía eso?
Granger se mordió el labio inferior. Estaba atrapada.
—No puedes chantajearme de esta manera— le recriminó ella con reproche en voz baja.
El rubio bufó, divertido y arrogante como sólo un Malfoy podía serlo.
—Por supuesto que puedo, Hermione— siseó de forma peligrosa.
Volvió a pegarla a él con fuerza, y aprovechando el desconcierto de la castaña volvió a tirar de la tela de sus pantalones hasta bajárselos casi por las rodillas. Hermione, avergonzada y anonadada, se pegó a él tratando de evitar que no llegaran más abajo o que él intentara algo peor.
—Basta, Draco— pidió a regañadientes y sin conseguir aplacar su sonrojo. Balbuceaba como una colegiala ante la abrumadora situación y eso no le gustaba—. ¡Podría venir alguien!
Él se detuvo al escucharla, clavando el mercurio de sus ojos en los marrones de ella mientras parecía considerar su advertencia.
—Me lo replantearé si me dices qué has querido decir con que a lo mejor sí querías que te implicara en mi vida, Hermione— parecía tener muy clara la condición para liberarla del agarre en su cintura.
Hermione, llena de estupor, lo observó reacia a concederle su capricho. Consentir en confesarle algo a lo que ya se había negado suponía ceder y su orgullo no iba a permitírselo, no con Malfoy.
Y Draco no iba a permitir que sus dudas lo detuvieran en su ardua e intensa tarea de convencerla.
—Como quieras— dijo al no obtener respuesta.
No le dio tiempo a defenderse. Tomándola de la cintura la alzó un segundo, y al instante siguiente la joven ya había perdido sus pantalones, que cayeron junto a los libros desperdigados por el suelo. El frío de la tienda lamió su piel de inmediato provocándole escalofríos, haciéndole ver lo muy expuesta que estaba en aquel momento a cualquier mirada ajena, pero sobre todo a la de Malfoy.
—¿Es que te has vuelto loco?— preguntó entre dientes tratando de cubrirse sin éxito.
Hermione no entendía cómo había sido capaz de despojarla de su prenda con tanta facilidad, era físicamente imposible quitarle los pantalones así a alguien. Estaba tan avergonzada que apenas era capaz de mirar a Malfoy a los ojos.
—Me las vas a pagar— le recriminó ella abochornada—. Esto es una locura.
—Puede que sí— respondió él en voz baja.
Y Hermione tuvo la extraña sensación de que no era precisamente a ella a quien se lo decía. Malfoy se separó de repente un poco de ella. Sorprendida, alzó el rostro hacia él, y la boca fría y temperamental del Slytherin se apoderó de sus labios casi de forma inmediata.
Se maldijo por caer en otra de sus trampas.
Cerró los ojos instintivamente mientras suspiraba al notar el roce enérgico y dominante del rubio. Ante aquel sonido de su respiración Draco la apretó más contra él y volvió a empujarla suavemente contra la estantería buscando incrementar el contacto entre sus cuerpos de una forma casi animal.
—Malfoy, eres un…— pero no pudo seguir.
Las manos del Slytherin asediaron el cuerpo femenino con mayor destreza y arrojo que las veces anteriores, acallándola sin remedio y silenciando su despreciativo comentario, fuera el que fuera.
Forcejeaban. Ella trataba de cubrirse y al mismo tiempo de alejarlo y acariciarlo. Él trataba de detener sus intentos por ocultar sus piernas mientras al mismo tiempo luchaba por rozar todo su cuerpo, besarla con fiereza y dominarla de cualquier forma, aunque escucharla suspirar le estaba dificultando bastante concentrarse en la tarea.
Hermione gimió sin poder contenerse, desesperada cuando sintió que él tiraba de ella y la obligaba con asombrosa facilidad a rodearle con las piernas, convirtiéndose en su único sustento. Sintió cómo el rubio las acariciaba en toda su longitud y detenía su camino diabólicamente despacio en el borde de la tela de su ropa interior.
—Draco…— suspiró ella mordiéndose el labio inferior, los ojos cerrados, las piernas firmemente apretadas rodeándole, las manos perdidas en el cabello rubio—. Esto no está bien.
El sonido de aquel nombre tuvo como respuesta un movimiento de la pelvis de él chocando vivificante contra ella.
—No vamos a parar ahora— gruñó él en voz baja en el hueco de su cuello al intuir que ella pretendía detenerle.
Hermione sintió su respiración golpeándola y sus labios besándola en la sensible piel de su cuello con una conocida y peligrosa suavidad. No pudo concentrarse mucho más cuando Malfoy volvió a avanzar sobre sus piernas hasta el nacimiento de las mismas. Se tensó, tirándole del pelo en un acto reflejo.
—No…— consiguió decir la castaña con la boca seca— Espera, aquí no…
Pero él no iba a permitirle otra negativa contundente como la anterior. ¿Por qué se negaba? ¿Por qué ahora? Hacía tiempo que no lo había hecho, años sin que jamás se hubiera negado a complacerle y a dejarle complacerla, y eso le sublevaba, le enardecía, le enfurecía.
Y así sólo conseguía avivar un deseo insatisfecho que lo carcomía por dentro al rozarla sin poder llegar a poseerla. La besó con fiereza de nuevo, silenciándola con la fuerza de su boca dominante. Ella, dócil aquella vez, se plegó al beso y se dejó llevar por sus caricias y sus suaves presiones.
Malfoy tiró entonces suavemente de la prenda de ropa interior de la chica, la sujetó con fuerza para que no pudiera detenerle y se dispuso a hacerla descender para abandonarla en el suelo con los perdidos pantalones. Iba a hacerle confesar lo que había querido decir con ese "a lo mejor sí quiero que me incluyas en tu vida", e iba a hacerlo de la forma más eficaz y placentera que se le ocurría. Esta vez la castaña no tenía escapatoria.
Pero entonces un grito lo detuvo, cortando la situación en la que estaba completamente inmerso y amargándole definitivamente el día.
No lo podía creer.
—¡Indecentes!— gritó una voz.
Draco se giró liberando a la castaña de aquel beso para encontrarse con una anciana que les observaba con varios libros bajo el brazo mientras les señalaba con un bastón completamente horrorizada, la boca abierta y el reproche en la mirada. Sus desgastados dientes parecían dispuestos a echarles en cara cientos de cosas de las que ninguna era buena.
—¡Libertinos!— volvió a gritar la anciana apuntándoles con el tembloroso bastón—. Sois unos indeseables.
Malfoy apenas podía ocultar su desagrado y su suplicio ante su mala suerte. ¿Es que no iba a tener ni un maldito segundo de tranquilidad a solas con Granger?
—¡Draco, bájame!— suplicó apremiante Hermione en voz lo más baja posible.
La castaña miraba hacia el lado opuesto a la anciana señora evitando que pudiera reconocerla de ninguna manera mientras, sonrojada como no había estado en su vida, le daba rápidos golpes al rubio en los hombros llamando su atención para que le permitiera pararse en el suelo y recuperar su ropa.
Malfoy la dejó bajar lentamente mirando estupefacto y aborrecido a la anciana que seguía observándolos con indignación.
—¡Depravados!— seguía diciendo la ancianísima bruja mientras los señalaba amenazadoramente con su viejo bastón— ¡No tenéis vergüenza! Hacer esto en un lugar público, ¡qué osadía!
Malfoy dejó escapar el aire muy, muy, muy despacio mientras miraba a aquella anciana y a la enorme verruga que tenía en la barbilla con una ferocidad que habría hecho huir a cualquier otro. Se pasó tranquilamente una mano por el alborotado pelo rubio mientras ocultaba tras él a una abochornada Hermione a la que escuchaba tratar de ponerse sus pantalones sin éxito debido a los nervios.
Lo que faltaba. Granger semidesnuda, él en ese estado insano de necesidad física insatisfecha por su cuerpo, y esa vieja fastidiándole sin dejar de gritar. Tenía que hacerla callar por su bien mental, o acabaría haciendo un agujero en el pasillo y enterrándola debajo para no oírla más.
—Draco, tenemos que irnos— escuchó decir temerosa a Hermione a sus espaldas mientras seguía forcejeando con sus ropas.
—No nos vamos a ninguna parte— replicó él con molestia.
—¡Draco!— exclamó la castaña con urgencia ante su negativa.
La anciana pareció oírlo, y su furia incrementó notablemente ante lo que consideraba una inadmisible falta de decoro y educación.
—Descarado—dijo sin dar crédito censurándolos a ambos con la mirada—. Si vuestros padres os vieran, ¡si Merlín levantara la cabeza!— exclamó la señora levantando el bastón hacia el cielo como si pretendiera invocar a los antes mencionados. Después clavó su mirada inquisidora en el arrogante rubio que la observaba sin asomo alguno de culpabilidad— Sois unos desvergonzados, unos jóvenes maleducados que os corrompéis en cualquier esquina como si fuerais centauros, ¡por Morgana!
—Señora…
—No se te ocurra dirigirme la palabra, mago hormonado y enviciado— dijo ella señalándole con el bastón que de nuevo esgrimía como arma, y tras echarles una mirada más de desprecio, se puso a rebuscar en su bolso mientras murmuraba maldiciones entre dientes—. Ahora voy a sacar la varita y voy a hacer que os quedéis aquí. El encargado de este lugar se va a enterar de esto, ¡oh, sí! Por supuesto que se va a enterar, yo se lo voy a contar para que escarmentéis— murmuraba mientras seguía rebuscando en su gigantesco bolso con forma de caldero, la última moda—. Una viene aquí buscando la sección de "Cómo convertir tu geranio en una planta devoradora de gnomos" y se encuentra con estas escenas inmorales, de depravación, tan sórdidas que desde luego son una completa…
—¡Petrificus Totalus!
La anciana bruja se dio cuenta demasiado tarde de que aquel encantamiento iba dirigido exclusivamente a ella. Intentó mirar a su agresor, pero ni para eso tuvo tiempo. Su achacosa edad le había hecho perder reflejos.
—Cállese de una maldita vez— refunfuñó el rubio todavía molesto—. Vieja.
Draco bajó la varita tras petrificar a aquella insufrible mezcla entre sapo y bruja. No recordaba haber visto una verruga tan grande en toda su vida, no podía dejar de mirar la barbilla de la inmóvil anciana. Su sola visión le hacía fruncir el ceño por el asco. ¿Es que no había oído hablar de pociones especiales para ese tipo de problemas? No entendía cómo se atrevía a salir a la calle con aquella monstruosidad pegada en la cara.
Un ruido tras él le hizo darse la vuelta y olvidarse del tema de la verruga. Hermione ya se había abrochado el pantalón y trataba de adecentar el resto de su aspecto con nerviosismo para aparentar algo de normalidad. Su mirada preocupada se dirigía alternativamente de Draco al comienzo de aquel pasillo, como si esperara ver aparecer al encargado en cualquier momento por culpa de los gritos de la anciana.
—No te vistas todavía, aún no hemos terminado— le advirtió Malfoy cruzándose de brazos.
Ella le miró escandalizada.
—Por supuesto que hemos terminado. Te dije que podría venir alguien, ¡que podrían vernos!— le reclamó Hermione tratando de no gritar para no llamar más la atención—. Esto es bochornoso.
—Ha sido una situación interesante, desde luego— sonrió él de repente divertido ante el nerviosismo de la bruja.
—¿Interesante?— repitió ella irónica y anonadada ante su pasmosa tranquilidad— No he pasado más vergüenza en toda mi vida. Por Merlín, Draco, ¡es una anciana! ¡Y esto un lugar público!
Negó con la cabeza como si todavía no diera crédito a lo que acababa de ocurrir. A lo que acababan de hacer. Malfoy, por el contrario, no podía dar crédito a que ella fuera a dejarlo en ese estado.
—Yo no diría que es una anciana hasta comprobar que realmente es humana— dijo él poniéndolo seriamente en duda mirándola de reojo.
Ella hizo caso omiso a un comentario tan políticamente incorrecto.
—¿La has hechizado?— inquirió Hermione al darse cuenta del estado de la mujer que ahora estaba en silencio. El rubio simplemente alzó una ceja como respuesta esperando su reacción, y ésta no se hizo esperar— Draco, ¡está prohibido hechizar a magos y brujas dentro de las tiendas!
—Creo que la ocasión lo merecía, ¿no te parece?— inquirió hábilmente irónico.
Hermione apretó los dientes. Sabía que él tenía razón, pero su rectitud todavía no la había abandonado a pesar de las circunstancias.
—Tienes que dejarla ir. Solo es una anciana.
Él se mostró escéptico.
—Buena idea— se mofó el Slytherin—, así podrá contarle lo que ha visto al dueño de esta tienda, y él a su vez se lo contará a todo el mundo, Granger. De ese modo mañana estaremos en boca de todos, justo lo que tú pretendías.
Ella se puso visiblemente nerviosa ante la idea.
—Puede que si se lo pedimos educadamente, no diga n…
—Es más— prosiguió Draco mirándola fijamente y con la maldad reluciendo en la plata de su mirada—, así todo el mundo sabrá cómo es realmente nuestra relación, Hermione. Justo tal y como es.
Ella lo miró ofendida, pero sobre todo aterrada ante la idea de Harry y Ron descubriendo cosas como lo que acababa de ocurrir en aquel pasillo. Sabía que él tenía razón, pero infringir la ley mágica le reconcomía la conciencia.
—Está bien, desmemorízala— dijo a regañadientes y mirando hacia otro lado—, pero hazlo ya.
Draco frunció el ceño.
—¿No querías que te implicara en mi vida?— insistió peligrosamente retomando la conversación que sus cuerpos habían interrumpido, aun sabiendo que se arriesgaba a enfurecerla de verdad— Porque esta es la ocasión perfecta para hacerlo.
—No, no quiero saber nada de eso— respondió secamente.
Frunciendo más el ceño, y todavía más confundido y cabreado que antes de entrar en la librería con la actitud de la castaña, Malfoy dio media vuelta y se acercó a la anciana, cuyos ojos se movían nerviosamente pasando alternativamente de él al interior de su bolso como si creyera que aún tenía oportunidad de conseguir su varita y darles un escarmiento a aquellos dos jóvenes sinvergüenzas.
Vieja senil.
—Obbliviate— murmuró el rubio de mala gana.
Apenas tardó dos segundos. Después despetrificó a la anciana, que de vuelta a la movilidad le miró como si en vez de estar viendo a un mago se hubiera encontrado en aquella librería con un gremlin de color azul.
—Perdone joven, ¿sabe dónde está el área para tratar geranios?— preguntó achacosamente ajena a lo que acababa de olvidar.
—Siga hacia el fondo, señora. Cuanto más lejos mejor— añadió con una ironía que la mujer, por su estado, no captó en absoluto.
Cuando la perdieron de vista – el rubio esperando de corazón que terminara perdiéndose en aquel laberinto para el resto de la eternidad—, Draco volvió a fijarse en Hermione, que respiraba por primera vez en mucho rato con tranquilidad.
—Ya está arreglado— murmuró con indiferencia.
Ella asintió.
—Lo mejor será que nos vayamos ya— dijo la castaña poniéndose en marcha.
Él frunció el ceño casi de forma automática.
—¿Irnos ya?
Ella resopló rodando los ojos ante su desconfianza.
—Tengo que irme al Ministerio, tengo mucho trabajo, no es que esté evitándote de nuevo.
Malfoy se acercó hacia ella claramente descontento.
—Ya sabes que mientes fatal, Granger— rezongó.
Sentía que volvían a empezar la conversación desde el principio, y esa idea le crispaba en extremo.
—Lo digo en serio, mi tiempo para comer hace rato que ha terminado— insistió la castaña.
Obviamente mentía, otra vez. Que lo hiciera una vez ya era raro, pero que insistiera en tratar de engañarle era una completa novedad.
—Espero que me estés diciendo la verdad— le advirtió él con aspereza.
Una advertencia que Hermione Granger, desafortunadamente, no captó en toda su extensión.
—De verdad, Draco, deja de insistir— le aseguró ella sonriendo casi divertida para concenverle—. Aunque admito que aún estoy preocupada por lo de esa pobre bruja.
Draco asintió sin insistir más y la acompañó hacia la salida, aunque ni de lejos se daba por satisfecho.
Ella mentía. Mentía una y otra vez, mentía descaradamente. Le mentía en su propia cara. Y por qué. ¡¿Por qué, demonios? No entendía absolutamente nada, y mientras la acompañaba hasta la puerta de la librería y se despedía de ella, seguía preguntándoselo.
Hermione siempre se había caracterizado por decirle la verdad, la que fuera, incluso más de una vez le había dicho cuatro verdades bien dichas a la cara y no se había amedrentado ni había temido su reacción, verdades hirientes incluso.
¿Entonces por qué ahora se acobardaba? ¿Qué se suponía que ocultaba?
Y entonces, como si se hubiera hecho la luz en su cerebro, lo comprendió todo.
Estaba con alguien. Granger estaba saliendo con alguien. Se estaba citando con algún mago a sus espaldas y no había querido confesárselo a él por miedo a… Merlín, por miedo a lo que fuera, pero evidentemente si algo tenía que ocultarle era eso. ¿Qué iba a ser si no? Por eso se había mostrado tan reacia a que la besara y a que la tocara.
Ahora todo cobraba sentido.
De repente se sentía furioso, muy furioso. Cabreado. Jodido. Eso no podía ser. Hermione Granger era su "amiga" con derechos especiales y nadie iba a arrebatarle ese privilegio. No pudo evitar preguntarse quién sería el imbécil. ¿La Comadreja? No, imposible. Llevaba siglos intentándolo pero era demasiado idiota como para atraerla. ¿Potter? No, tampoco, estaba con esa esmirriada pelirroja. Entonces, quién, quién, ¡por Merlín!...
Y de nuevo vio todo claro. Smith. Ese maldito de Zacharias Smith que también trabajaba en el Ministerio era el culpable de todo aquello. Seguro que Hermione le había mentido y aquel día que fue a su despacho no se citaron para hablar de algunos expedientes, si no para verse en una situación completamente distinta. No entendía cómo lo había visto, estaba tan claro que hasta un idiota lo habría notado.
¿Por qué no se lo había contado? ¡Por qué diantres le había ocultado algo así!
Volvió a la mansión Malfoy tan furioso que destrozó un par de cosas al salir por la chimenea para calmar su propia cólera. Lo peor de todo no era que acabara de descubrir que Hermione le ocultaba cosas, sino que esa bruja escurridiza había conseguido salirse con la suya y se había marchado de esa librería sin responder a sus preguntas.
Y dejándole en un estado físico de necesidad patético de lo más preocupante.
Maldita sea. Ese "quizá sí que quiero que me impliques en tu vida" todavía resonaba en su cabeza atormentándolo sin descanso y además sin tener ningún sentido tras su actual descubrimiento sobre ella y ese Smith. No encajaba. Era incomprensible.
Se sentía realmente estúpido, lo cual era algo realmente inusual y molesto.
Llamó a su elfo doméstico segundos después, ajeno a los gritos de su madre que al parecer acababa de descubrir lo que él había destrozado junto a la chimenea: eso podía esperar, lo que él tenía entre manos, no.
La servil criatura no tardó en aparecer, mirándolo con sus enormes ojos como pelotas de golf de forma absolutamente reverencial mientras se frotaba las manos nerviosamente.
—¿Sí, amo?— preguntó temerosamente y claramente encantado de poder servirle en lo que necesitara.
—Sigue vigilándola, pero esta vez con cuidado de que no te vea— le advirtió amenazante, y el elfo doméstico asintió con fervor—. Quiero saber exactamente con quién habla, cuánto, dónde, y por qué.
Y cualquier detalle, por estúpido y nimio que fuera. Definitivamente, estaba perdiendo el juicio.
—Sí, amo— dijo el elfo desapareciéndose de inmediato.
Draco suspiró algo más tranquilo. Ahora la tendría completamente vigilada y sabría lo que hacía con ese pseudomago de Smith.
Volvió sobre sus pasos y se dispuso a enfrentar y contentar a su madre que seguía llamándole furiosa. Seguramente no le había hecho mucha gracia que hubiera roto dos de sus estatuillas de porcelana de colección.
Aunque a él tampoco le había hecho ninguna gracia descubrir que Hermione ya no era suya completa y exclusivamente. De hecho, estaba internamente colérico. Y no debería estarlo. Bufó, sarcástico. Ese mero pensamiento le inspiraba deseos homicidas. De hecho, se sentía inexplicablemente furioso y violento.
Estaba claro que estaba perdiendo la cabeza. Tan solo esperaba que Hermione Granger no fuera la única razón para ello. Por Merlín, que no lo fuera.
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Continuará…
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Hola! No me termina de convencer del todo este capítulo... Humpf, pero en fin, harta estoy de cambiarlo. Se me ha hecho algo más denso y más largo de lo que pretendía, pero no quería cortarlo, aun así, espero que os haya gustado y os haya divertido -me gustan las viejas entrometidas, creo que se nota-.
De nuevo agradeceros a todas vuestros reviews, gracias.
-Próximo capítulo: Un recuerdo.
-Tiempo hasta nueva actualización: Tres días, a no ser que el apocalipsis llegue primero, en cuyo caso me será imposible.
