"La diosa menor"


Cap. 08: Asuntos de familia.


- ¡Uagh!, ¿Melampus? - exclamó Ícaro por enésima con suma indignación a la hora del almuerzo, sentado a la mesa junto a Hércules y Perséfone quienes, tras escuchar lo mismo ininterrumpidamente desde que empezaran a comer, le estaban dando ya miradas de puro aburrimiento - ¡Uagh!, ¿qué puede haber visto el amor de mi vida en un chico tan vulgar como Melampus?

La verdad es que la situación era de por sí bastante ridícula, incluso Perséfone la veía rara... teniendo en cuenta lo sumamente raros que ya eran de por sí sus amigos mortales.

Cassandra, ebria de hormonas y de la dañina influencia que el Baile de Afrodisía había tenido sobre ella, andaba tonteando un par de mesas al fondo con el tal Melampus, quien era, por resumirlo, un calco mejorado de Ícaro: sus gestos, su apariencia, su estatura, su mismo color de pelo y ojos... todo era igual... con la salvedad de que el muchacho éste, a diferencia del histriónico Ícaro, no ponía a Cassandra en evidencia, tenía sentido del ridículo e iba infinitamente mejor vestido y peinado.

- La primavera la sangre altera. – supuso Perséfone encogiéndose de hombros como desentendiéndose del asunto – Déjala, ya se le pasará.

- ¡Es asqueroso! - exclamó Ícaro sin hacerla caso mientras tomaba inconscientemente la mano de su amigo Hércules y le daba un bocado en lugar de a su sándwich.

El joven aprendiz de héroe gritó de dolor y le arrebató a su muy alterado amigo la mano mordida.

- Seguro que Cassandra solo intenta ser amable... - aventuró el muchacho sin mucha convicción para calmar a su agitado amigo – Quiero decir... que no... no tienes por qué estar celoso.

- Jo que no... - murmuró Perséfone mientras masticaba una lechuga aderezada con aceite de oliva parsimoniosamente.

Ícaro adoptó una pos de orgullosa autosuficiencia.

- ¡Ja!, ¡¿yo?! ¡¿Celoso de Melampus?! - graznó - ¡Pero mírale!, ¿un chalado como ése? ¡Yo no estoy celoso!

- Noooo, qué vaaaa... - pinchó la diosa menor enarcando una ceja, divertida – Solo echas espuma por la boca, y no de rabia, sino de la pastilla de jabón que te has zampado antes.

Ícaro se limpió los espumarajos que comenzaban a asomarle por las comisuras de la boca y le dio a la prima de su mejor amigo una mirada de asombro.

- ¿Cómo sabes tú lo del jabón? - preguntó.

Perséfone se llevó una mano a la frente, tapándose los ojos.

- Déjalo... era una maldita broma... - suspiró con resignación. Con Ícaro uno se podía esperar DE TODO.

Y de todo hubo a lo largo de la media hora del almuerzo. Ícaro, no contento con amargarles la comida a sus amigos, se puso en evidencia ante Cassandra y su enamorado, dio el espectáculo, berreó todo lo que pudo y, al final, la joven vidente se marchó con su ligue a estar más tranquilos en cualquier otro lado, lejos de la vista del celoso Ícaro.

- Ícaro. – trató Hércules de hacerle entrar en razón – Si a Cassandra le gusta ése chico no puedes hacer nada para impedirlo.

- Dicen que el amor es ciego... - dijo Perséfone enarcando una ceja – Aunque, en éste caso, es tuerto y cojo.

Hércules inmediatamente le tapó la boca. Su prima hoy, además de especialmente sarcástica, estaba muy bocazas.

- No puedes controlar el amor. – argumentó el aprendiz de héroe mientras su prima pequeña refunfuñaba tras la palma de su mano.

- Quizás no... - dijo el histriónico chico pensativamente hasta que una maliciosa sonrisa vino a iluminarle el rostro – Pero todos sabemos quién puede hacerlo.


Entretanto, azuzados por las demandas de su Señor, los diablillos Pena y Pánico se colaron in fraganti dentro del templo de Eros, el dios encargado de las relaciones amorosas y del flechazo a primera vista... bueno, INTENTARON colarse in fraganti... pero, como de costumbre, metieron monumentalmente la gamba.

Así pues, disfrazados de querubines, ambas criaturas infernales acabaron trabajando bajo las órdenes de Eros, comúnmente conocido por el nombre de Cupido, en un nuevo prototipo de flecha amorosa mejorada.

- Controlar el poder del amor es una tarea de gran altura. – iba diciendo el rechoncho dios alado de prominente barriga y rosado cabello peinado en tupé, quizás un tanto adelantado a la época – Regla número uno: tantos enamorados como podáis. – tras lo dicho se echó a reír candorosamente – Buscad parejas que ya conocen los síntomas reveladores del amor que son: tomarse de las manos, diminutivos y gastarse el salario para comprar una piedra que brilla. ¡Cuando tengáis localizado un amor en potencia solo tenéis que cerrar el trato!

- Sí, sí, sí... todo esto es muy bonito, pero... ¿cuándo podremos empezar a disparar... pequeño? - se oyó la voz atiplada de un extraño querubín quizás... un poco bastante más alto que la media.

Sin añadir por supuesto que llevaba un juego de alas artificiales hechas con un armazón sobre el cual se habían dispuesto estratégicamente plumas unidas con cera.

El querubín en cuestión era también demasiado moreno y tenía un peinado que rozaba lo extravagante.

Sin embargo, pese a éstos claros indicadores, Cupido decidió no discriminar a nadie, tanto a Pena y a Pánico como al extraño querubín alargado y se llevó a su ejército de sonrosadas mejillas a la planta de producción.

Una vez allí les instruyó acerca de cómo fabricar las susodichas flechas amorosas en serie... para las cuales, durante su proceso, había que dotarlas de buenos sentimientos.

Y aquel querubín de alas artificiales fabricó precisamente las flechas con la intención de romper una pareja... concretamente la que formaban su amada vidente Cassandra y el odioso de Melampus.

Porque sí, Ícaro, en su furia, había decidido recurrir a la intervención divina para deshacer aquel idilio que tantos quebraderos de cabeza le estaba ocasionando.

Así pues, con odio en su corazón, fabricó flechas dañinas que no solo no traían el amor, sino que provocaban odio sobre quienes fueran disparadas.

Horrorizado, Cupido las mandó destruir y a Ícaro le dijo, muy educadamente, que mejor se buscase otra profesión.

El adolescente se hizo con una de aquellas retorcidas flechas en el último minuto y se esfumó muy contento.

Pena y Pánico aprovecharon el tirón de Flechas del Odio que había dejado Ícaro tras de sí y, en vez de destruirlas, se las llevaron todas al Inframundo para presentárselas a Hades.

Pero el dios primigenio, en un principio, no se tomó muy bien aquella noticia.

- ¡¿QUÉ?! - bramó - ¡¿Os envío a sabotear la operación de Eros y regresáis aquí con un montón de flechas asquerosas, eh?!

- Pe-pero, Señor... no son Flechas del Amor... ¡son Flechas del Odio! - se defendieron los diablillos antes de que el furibundo dios arrojara una de las susodichas flechas por la ventana y ésta, muy oportunamente, fuera a dar con el trasero del can Cerbero.

En el momento en que vio al gigantesco perro de tres cabezas morder con saña y mala baba a sus esbirros, su ira pronto se desinfló y contempló aquella nueva arma con buenos ojos.

Porque para Hades, al cual el trabajo de Eros sacaba de quicio, nada le podría complacer más que invertir el efecto del amor en odio.

Porque el odio, y eso era bien sabido, siempre generaba docenas de cadáveres tras de sí.

Su negocio, en breve, iba a subir como la espuma.


Perséfone andaba dándose un paseíto por los extensísimos patios de la prestigiosa Academia Prometeo en soledad comiéndose una granada, pepita a pepita, hasta que comenzó a notar el ambiente un tanto... cargado.

Y no era para menos, tras oír el grito de dolor e ir a husmear se encontró con algo que jamás se esperó que se encontraría: a la dulce y siempre agradable Helena, dando de bofetadas al presuntuoso de su novio, Adonis, quien gritaba como una niñita desde el suelo mientras alzaba los brazos intentando defenderse.

La Diosa de la Primavera se echó a reír en silencio.

Por fin ha mandado a freír espárragos al idiota ése... se veía venir – pensó muy ufana, ignorante de que, en aquel mismo instante, las Flechas del Odio en manos de Pena y Pánicos estaban causando estragos en toda Atenas... y en los reinos circundantes.

Mientras tanto Hércules detuvo a su amigo Ícaro en la poco honorable hazaña de tirarles a Cassandra y a Melampus su preciada y única Flecha del Odio. Tras mucho dramatizar y patalear, el inestable adolescente entró en razón y Hércules, amparado en su fuerza sobrehumana, destruyó la flecha sin muchos esfuerzos.

Sin embargo, y por muy repentina que sonara la noticia, la nación entró en guerra. Todos los colegios cerraron y el caos se apoderó de las calles en pocas horas.

Hércules e Ícaro fueron a pedir ayuda a Cupido, ante el cual se disculparon con extraordinaria vehemencia.

El rechoncho dios, candorosa como era su naturaleza, decidió no enfadarse pese a lo muy indignado y escandalizado que se sintió al ver la situación en el plano mortal y los tres se pusieron manos a la obra.

Hades, por su parte, se cuidó muy bien de hacer desaparecer a los querubines de Cupido para que no pudieran repartir las flechas correctas y hubo de soportar los continuos llantos de éstos hacerse eco a lo largo y ancho de su reino, suplicando por su libertad y por la necesidad de repartir amor.

Pena y Pánico anduvieron muy contentos produciendo caos allá donde tensasen el arco hasta que Hércules, quien los vio de lejos y los identificó como aquellos diablillos con los que había tenido que pactar aquella vez para que le dejasen llevarse un ánfora llena de las Aguas del Olvido, ató cabos y concluyó que detrás de aquella maldad solo podría estar el Señor del Inframundo... su tío.

Perséfone siempre le había explicado a Hércules que los dioses, a veces, intervenían en los planes de sus iguales a fin de mantener medianamente el equilibrio del Cosmos y que, por tanto, determinadas intrusiones a una cierta escala eran perfectamente lícitas.

Así que, por mal que le supiera, si el Dios de los Muertos había decidido montar aquel tinglado para equilibrar la balanza, tendría que plegarse... hasta un determinado punto, claro... porque, cuando vio que aquello se salía de madre, decidió ir a hacerle una visita a su oscuro pariente a fin de poder razonar medianamente con él.

Al fin y al cabo eran familia, ¿no?

A lomos de Pegaso, su corcel alado, el hijo de Zeus se plantó en el gris palacio del Reino Invisible y solicitó audiencia con su tío.

Hades no se dignó a recibirle en una buena primera instancia... hasta que el muchacho derribó unos cuantos muros y dio finalmente con él.

Aquella era la primera vez que Hércules hablaba cara a cara con su tío y no le gustó nada lo que vio: pálido hasta decir basta, ojeroso, de dientes puntiagudos, ojos completamente amarillos y dedos exageradamente largos, como tarántulas. Iba vestido de negro y hacía gala de un humor... ciertamente no muy confortable.

- Ah, vaya... - fueron las palabras con las que la oscura deidad se dignó a saludarle – El hijo pródigo ha venido a tocar a mi puerta en mitad de mi disfrute personal... ¿Qué puedo hacer por ti... querido sobrino? - añadió con retintín.

- Bien, verá... - dudó el aprendiz de héroe, inseguro, eligiendo inconscientemente el tratar a su tío de usted y no de como hacía con Poseidón – Hay un ligero problema con el caos que ha montado...

- ¿Ah, sí?

Hércules asintió, cada vez más nervioso y sintiéndose profundamente desagradado no ya solo por la incómoda situación, sino por el aspecto del primigenio dios, que era de todo menos agradable a la vista.

- Sí... es... bueno, es que entiendo que esto sea para equilibrar el Universo y...

- ¿Y?

- Quisiera que se detuviera ya. – soltó el joven de sopetón – Ya tiene lo que buscaba, ¿no?: bajas mortales para... equilibrar el Cosmos... que no es que lo apruebe, pero...

Sin embargo Hades, inmediatamente de haber oído esto, se echó a reír, dejando al muchacho bastante cortado.

- Oh, vamos Herc, ¿puedo llamarte Herc? Esto no es algo que puedas venir a pedirme tan tranquilamente sin ofrecer nada a cambio.

- ¿Qué quiere decir?

- Quiero decir que si quieres que deje de sembrar el caos y devuelva a éstas odiosas criaturas al plano mortal para que completen su molesta actuación... – expuso señalando a los querubines tras de sí atrapados en sendas láminas de pegamento para que no pudieran escapar – Tendrás que ofrecerme algo a cambio: pacta conmigo.

Aquella podría ser la oportunidad... la oportunidad de oro para deshacerse del mocoso de un solo plumazo. Oh, cómo lloraría Zeusín en cuanto se enterara de que su retoño había... fallecido tan repentinamente... qué tragedia...

Hércules tragó saliva, no confiaba mucho en éste extraño dios que, pese a no parecer hostil, tenía algo muy retorcido solapado en su misma esencia.

- ¿Qué es lo que quiere? - preguntó valientemente.

Hades desplegó una malévola sonrisa llena de picos.

- Que renuncies a tu fuerza durante... digamos... veinticuatro horas. Las siguientes, para ser exactos. – sonrió con malicia. Sin su fuerza bien podría ocurrirle... algún imprevisto accidentado que pudiera acabar trágicamente con su joven vida – Si aceptas, me comprometo solemnemente a cesar la situación desde ya mismo. ¿Qué me dices?

Hércules se quedó de piedra. Su... ¿su fuerza?

- Es que... yo...

- ¡A la de una...!

- No... no sé si...

- ¡A la de dos...!

- ¡Detente, Hades! - exclamó una divina voz cargada de coraje y decisión.

Al darse la vuelta, tanto Hades como Hércules quedaron atónitos al contemplar la figura alada de Eros esgrimir un arco tensado con una flecha preparada en dirección al primigenio dios.

- ¡Ya ha habido suficientes muertes! - exclamó indignado sin dejar de apuntar al Señor de los Muertos - ¡Tienes lo que buscabas!, ¡ahora suelta a mis querubines y deja en paz al chico!

Hades se echó a reír.

- Vaya, ¿y qué piensas hacer al respecto, Cupidín? ¿Dispararme una de tus horribles flechitas para que me enamore de mi reflejo? Ahí tuviste un gran tropiezo con Narciso, me parece.

- ¡Esto no tiene nada que ver con Hércules! - repuso el rechoncho dios alado, sumamente avergonzado ante la mención de uno de sus grandes fracasos - ¡No le metas en tratos y acaba ya con esto! Tu interferencia ha sobrepasado los límites establecidos.

- ¿Y si me niego?

Cupido entonces, sin mediar palabra, le disparó la flecha que traía preparada.

Hades la detuvo en el aire y, de un simple apretón con sus finos dedos, redujo el proyectil a polvo.

- Oh, vamos... soy un dios. – dijo con socarronería - ¿De veras crees que estos inútiles artefactos tuyos podrían siquiera hacerme cosquillas?

Desesperado, Eros le apuntó con su regordete dedo índice en señal de amenaza.

- ¡Si no frenas ésta locura hablaré con Zeus! - exclamó - ¡Y no creo que le agrade mucho saber que su hermano menor ha tratado de pactar con su hijo!

El rostro de Hades se contrajo de furia a la vez que peligrosas llamas rojizas lamían su cuello y hombros.

- ¡¿Su hermano menor?! ¡¿SU HERMANO MENOR?! - vociferó con la voz desdoblada, hecho una furia - ¡¿Con quién te crees que estás hablando, imbécil?! ¡¿Quién os ha contado ésa trola?! ¡YO SOY EL MAYOR, EL PRIMERO DE TODOS VOSOTROS!

- Sí, claaaro… – desdeñó Eros aprovechándose de la furia de su interlocutor. Lo que más solía perder a Hades eran sus recurrentes ataques de furia, rasgo que compartía del mismo modo con sus dos hermanos, Zeus y Poseidón – Y por eso es Zeus y no tú quien ostenta el trono del Olimpo.

No pudo seguir hablando ya que una súbita llamarada a chorro que logró esquivar de puro milagro le cortó en medio de su diálogo.

Hércules a todo esto permanecía callado contemplando a ambas deidades disputándose el qué hacer con aquella situación hasta que vio que aquello podía llegar a mayores y se pudo delante de su tío con los brazos en jarras.

- ¡Ésta situación ya no es lícita!, ¡déjelo ya! - exclamó.

- O si no, ¿qué, Tocinito de Cielo? - se burló el primigenio dios de los Avernos.

- O si no... me veré obligado a intervenir.

Vale, punto muerto. Hades, según las Moiras, no era rival para la fuerza de Hércules y, de momento, no le convenía enemistarse con Zeus hasta el ansiado día... en que liberase a los titanes de su prisión cuando los mares se abrieran ante la alineación de los planetas.

Por mucho que le escociera, en ésta ocasión debía ceder.

Pero lo hizo sin perder la compostura.

- Muy bien, de acuerdo, ¡de acuerdo! - dijo haciendo aspavientos con las manos como si aquello no le importase en lo más mínimo – Me he cansado de los berridos que dan ésas horribles criaturas y, solo por no oírles más, los liberaré ahora y que hagan... eso que deban hacer.

Y haciendo un complicado juego de mano y muñeca para, finalmente, pegar un chasquido de dedos, el oscuro dios liberó a los escandalosos querubines y éstos, en compañía de su Señor Cupido, regresaron al plano mortal para enderezar las cosas.

Hércules y Hades se dieron una última mirada de desafío, asentando las bases de una profunda enemistad que, pasase lo que pasase, permanecería por los siglos de los siglos; y el muchacho, sin dejar de pensar que lamentaba tener una relación tan tensa con su tío por lo acaecido, montó sobre el lomo de Pegaso y juntos abandonaron las grises tierras de la muerte.


Una semana después de aquel lamentable episodio, Perséfone aún no había logrado arrancarle ni una palabra al respecto a su primo.

- Dicen por ahí que te metiste de cabeza al hoyo, primo. – tanteó una vez más, curiosa por la aventura que se había perdido mientras ella, Ícaro y su primo almorzaban en la cafetería de la academia.

- La gente dice muchas cosas. – replicó Hércules encogiéndose de hombros.

- Oh, vamos, Herc, ¿qué sucedió ahí abajo? - insistió la joven diosa.

- Déjalo ya, prima, por favor te lo pido...

- Bueeeeno, vaaaale... te espiaré mientras duermes a ver si hablas en sueños y me entero.

- ¡Prima!

- Vale, vale, capisco, oído al dato: no preguntaré más. - suspiró la joven deidad, derrotada – Y hablando de todo un poco, ¿vas a ir esta noche a la Pianepsia?

Aquello pareció animar visiblemente al aprendiz de héroe.

- Claro, sí. – asintió contento por el nuevo rumbo de la conversación – Me encantan las fiestas de la cosecha.

- ¡Pues no habrás visto ninguna Pianepsia hasta que hayas visto la Gran Pianepsia de la Gran Atenas! - exclamó Ícaro alegremente con la boca llena.

Cassandra asomó en aquel instante por detrás de una columna, pálida como una muerta y temblando.

- Hércules... tenemos que hablar. – dijo la joven vidente lívida y tan sumamente nerviosa que saltó nada más oír la desafinada voz de Ícaro recibirla.

- ¡Oh, amorcito! - gritó muy feliz - ¿Has visto alguna vez cómo se saca el refresco de dátiles por la nariz? Observa. - a lo cual procedió a hacer una nada agradable demostración.

Tanto Cassandra como Perséfone contuvieron sus muchas ganas de vomitar.

- Estás blanca como el mármol. – observó Hércules preocupado - ¿Qué te pasa?

- ¿Estás bien? - inquirió Perséfone una vez se repuso del asco.

Cassandra miró nerviosa hacia todos lados y se acercó a ambos primos para susurrarles en voz baja:

- No puedo decíroslo, ¡aquí no!

La diosa y el semidiós captaron la indirecta.

- Ícaro, ¿nos disculpas? - dijo la pálida vidente con prisa.

- Claro que sí, rosada alba mía. – respondió el muchacho bebiéndose el mismo refresco que se había colado por la nariz.

Cassandra les hizo caminar mucho... lo suficiente hasta encontrar un lugar donde nadie pudiera oírles.

- A ver, escúpelo. – dijo la Diosa de la Primavera con evidente impaciencia.

Cassandra tomó aire mientras les observaba con los ojos desencajados.

- ¡He tenido la visión más terrorífica, horripilante y apocalíptica que haya tenido jamás! - exclamó la muchacha - ¡No encuentro palabras para describir el horror! ¡Tenéis que ayudarme!

- Tus visiones son siempre nefastas. – opinó Hércules pellizcándose pensativamente el mentón - ¿Y dices que ésta es la peor de todas? ¡Estoy preparado! - exclamó alzando un dedo al cielo para dar mayor énfasis a sus palabras - ¡Juro por mi reputación de héroe que, venga una inundación, hombres o bestias, titanes invasores o monstruos de tropecientas cabezas YO TE AYUDARÉ!

Perséfone aplaudió irónicamente.

- Precioso, primo, te ha quedado sencillamente precioso... - dijo sarcásticamente con una media sonrisa de chufla.

Cassandra se llevó una mano a la frente, súbitamente agotada.

- Me he visto en la Fiesta de la Cosecha de ésta noche. – comenzó a explicar la aturdida pitonisa – Había mucha gente... y dioses y diosas... todos mirándome y yo estaba... estaba... ¡besando a Ícaro! - exclamó finalmente, desolada.

Ambos primos pestañearon varias veces y Perséfone, no pudiéndose contener, se echó a reír a carcajada limpia.

- ¡No tiene ninguna gracia! - gritó Cassandra molesta.

- ¡Para ti, desde luego que no, pero para mí sí! - replicó la joven diosa aún riendo.

Hércules observó un momento a Cassandra, luego a su prima y suspiró con sonoridad. Hoy tampoco acometería ninguna hazaña heroica.


Nota de la autora: ¡gracias de nuevo por comentar! Como ha sido un comentario anónimo, solo decirle a este/a "Guest" que ha sido gracias a su comentario que hoy he escrito este episodio del tirón.

Hay un cosa que me gustaría aclarar: como en la película Hades y Hércules no se conocen de antes de las negociaciones con Meg, ya he ideado un sistema para que suceda así, para que, eventualmente, ambos se olviden de que existen. Hades se olvide de que Hércules sigue con vida y Hércules de quién y cuál es el cometido de Hades para con él. Así que no os preocupéis ^^

Un saludo :D