CAPÍTULO 8(xxx)
Terry sonrió ampliamente al verla. Él iba más casual, con un traje blanco sin corbata y la camisa por fuera, pero igualmente se veía genial, combinando con ella a la perfección.
—Estás preciosa – le dijo.
– Me encanta ese vestido.
—¿Ya me lo he puesto antes?
—Una vez.
—Ah… ¿debería quitármelo?
—Claro que no—. Él le ofreció su brazo y antes de meter su mano en su codo, Candy miró a su hermana y a su madre. Ellas sólo le sonrieron alentándola a hacerlo.
Lo observó mientras él se sentaba a su lado y encendía el auto. Cuando vio que ella lo miraba, le sonrió.
—Estás guapísima –le dijo.
—Gracias.
—Y quiero besarte –Candy pestañeó varias veces sin saber qué hacer o qué decir. Terry se acercó a ella por encima de la palanca de cambios del auto, pero no llegó a tocarla si quiera, como si esperara que ella cubriera el otro cincuenta por ciento del espacio entre los dos. Candy lo miró a los ojos.
Los de él estaban sonrientes y serenos. Olía delicioso, se veía igualmente guapísimo y sus manos picaban por tocarle los labios. Es mi esposo, se dijo, así que extendió las manos y lo tocó. Terry cerró sus ojos al contacto de sus manos y respiró audiblemente. Candy sonrió y se acercó a él. Era como si cada poro de la piel de él expeliera alguna magia, algún embrujo que la atrajera, y Candy terminó mordiendo la piel de su mentón. Cuando lo hizo, se extrañó a sí misma. Se alejó unos centímetros de él y lo miró. Terry la miraba elevando sus cejas repetidamente.
—Te gusta morder.
—¿ Me gusta?
—Sí.
—¿Te he mordido… antes?
—En varias ocasiones. Cuando éramos novios, me metiste en problemas por una mordida en el cuello.
—¿ En el cuello? ¿Cómo en esas novelas de vampiros? –Terry se echó a reír.
—Sí, algo así.
—¿ Y qué pasó? —En una de esas tantas, yo tenía una cena familiar, y no había camisa ni maquillaje que cubriera la marca de tus dientes.
—Oh, vaya.
—Y no hacía frío como para usar una bufanda.
—¿ Y qué hiciste?
—Enfrentar la situación: decirle al mundo que tenía una novia mordelona—. Candy se echó a reír. Terry sonrió y encendió el auto saliendo a la carretera.
Durante el camino, hablaron de mil cosas. De música, de comida, de lugares que ella recordaba y que él decía ya habían visto juntos. Escuchar las cosas que habían hecho y que ella no recordaba la acercaba más a él, sintió. Él las contaba con tanta naturalidad y sencillez que era fácil imaginarse allí, y sólo podía sentir un ansia por recordar. Eran tantos momentos tan bonitos que era una pena que se perdieran de su memoria.
Se detuvieron en un hotel. Candy miró un poco extrañada la puerta preguntándose qué significado tenía esto. ¿Por qué un hotel? Acaso él pretendía inmediatamente…
—En el último piso hay un hermoso restaurante –le dijo él, y Candy se sonrojó y apretó sus labios.
—Lo siento.
—¿ Por qué, cariño? –ella no contestó, sólo negó agitando su cabeza. Terry rio en voz baja y la guio hacia el interior.
Una vez en el restaurante, Candy miró todo con asombro. Era al aire libre, y el viento cálido no daba con fuerza gracias a los muros de cristal que rodeaban todo el lugar. Se podía admirar las luces de la ciudad, el mar a lo lejos, las avenidas y los parques.
—Qué lindo –dijo.
—Sabía que volvería a gustarte. Ver de nuevo esa expresión es hermoso –ella lo miró interrogante, y Terry se acercó a ella hasta besarle la frente—. Por lo general, celebramos nuestros aniversarios aquí –le susurró él.
—¿ Estamos de aniversario?
—No. Pero aquí empezó todo… y quiero que eso vuelva a ocurrir aquí. Contigo todo tiene que empezar de nuevo. Al principio pensé que no era justo, pero ahora… ahora siento que lo estoy disfrutando—. Candy iba a decir algo, pero entonces el host se les acercó y los guio hacia una hermosa mesa que ya estaba preparada para ellos. El hombre le corrió la silla a ella y Candy no pudo evitar sentirse como una verdadera princesa. Esta noche lo era, pensó.
—¿ Solemos pedir algo? —Terry hizo una mueca.
—No. No hay un plato que se haya institucionalizado como "el plato de los aniversarios"—. Candy rio mirándolo—. Pero ya te conoces toda la carta. La conocemos –se corrigió.
—Bueno, pero me parece que yo debo volver a empezar. Creo que tendrás que decirme qué me gusta comer.
—Eres carnívora –dijo él como si tal cosa.
—Vaya cosas que estoy aprendiendo de mí misma –rio ella—. Soy mordelona, carnívora…
—Sí, eres una mujer muy peculiar. Y te amo
—. Ella lo miró a los ojos. Sabía que dolía cuando decías te amo y no te regresaban la frase en respuesta, pero decir "gracias" debía doler más.
—Yo…
—¿Quieres cambiar tus costumbres hoy y pedir mariscos? –ella lo miró asombrada. Había cambiado el tema para sacarla del apuro, y eso sólo hizo que algo se agitara dentro.
—¿ Qué?
—Camarones, langostinos, incluso cangrejo.
—¿También me gustan los mariscos? –él se encogió de hombros como diciéndole que lo decidiera sin su ayuda—. Sí, me gustan –dijo luego de varios segundos—. Pero es verdad, prefiero la carne—. Cuando lo vio sonreír, frunció el ceño—. Pero comeré mariscos.
—Vale.
—Y ya que tienes dinero, pediré lo más caro de la carta.
—Adelante—. Candy no lo pudo evitar y se echó a reír. Terry la miró. Ella reía hermoso.
Les trajeron los menús, pero no tardaron mucho en elegir un plato, y mientras se los traían, volvieron a hablar de todo y a reír. Saltaron de tema en tema como en una danza y Candy no pudo evitar advertir que todo fluía de manera muy natural. Él era agradable, reír con él era muy fácil, bromear, hablar de tonterías y volver a reír. Al final de la cena, él la invitó a bailar y ella decidió aceptar. Había bebido una copa de vino, aunque tuvo que recordarse su edad, y que le era permitido. Además, tenía una extraña confianza en él; sabía que, aunque estuviera ebria, si estaba a su lado, no le pasaría nada malo. Mientras bailaban, lo sintió rodearle la cintura y atraerla hacia su cuerpo, pegarla un poco más. Candy era consciente de él en cada centímetro en que se tocaban. Era agradable, pensó. Ser abrazada así, ser deseada así. Buscó su mirada y encontró que él la miraba a ella.
—¿ Sucede… algo? –le preguntó, y él hizo una mueca negando.
—¿ Lo estás pasando bien? –dijo él en vez de contestar. Candy le sonrió.
—Sí. Muy bien, gracias.
—Qué bueno—. Él le miró los labios, aunque no se acercó para besarla.
—¿Iremos… iremos a otro lugar? –volvió a preguntar ella, y creyó ver cómo una llama de fuego iluminaba sus ojos. Tal vez algún chef flambeaba algún plato a su espalda. O tal vez ese fuego era algo más.
—¿Quieres ir a otro lugar?
—Bueno… es… temprano, ¿verdad? –él sonrió. No estaría bien recordarle que, en el pasado, luego de cenar y bailar aquí, alquilaban una suite y pasaban la noche allí haciendo el amor casi sin parar. Ah, cómo extrañaba eso, lo extrañaba mucho, y se estaba notando mucho en su cuerpo también.
—Sí –contestó él a su pregunta—. Pero no quiero asustarte.
—¿ Asustarme? Por qué ibas a… Ah… —ella bajó la mirada al comprender, y él la abrazó con más fuerza.
—No te preocupes, no pasará nada que no quieras.
—Pero…
—Hay muchos sitios a los que podemos ir. Chicago es una ciudad hermosa que ofrece muchos lugares… —Ella lo calló con un beso, y él estuvo tan sorprendido que ni siquiera cerró los ojos. La miró con una pregunta, esperando, ansiando.
—Soy… soy tu esposa –dijo ella con voz un poco temblorosa—. Ya… me has mostrado el certificado, mis padres y mi hermana me lo han confirmado… nuestros dos hijos me lo han confirmado. Creo que… puedo hacerlo.
—¿Estás segura? –ella asintió, y él volvió a abrazarla fuertemente. Besó su mejilla, su cuello y su hombro—. Candy…
—Sólo… te pido que… por favor…
—No te preocupes. Todo estará bien. Ven—. Él le tomó la mano y la guio de vuelta a la mesa. Dejó varios billetes y la condujo directo a la puerta del ascensor. Una vez allí volvió a besarla, a pasear sus manos por la delgada espalda de ella, a acercarla a su cuerpo.
—Tenía la esperanza de que dijeras que sí –susurró él sobre sus labios—. Que aceptaras. Y yo…
—¿ Ya alquilaste la suite? –sonrió Candy con nerviosismo.
—Oh, Dios, sí. La de siempre.
—Vaya—. Las puertas se abrieron y Candy entró a una enorme habitación con una preciosa sala de un ambiente, una pequeña cocina, aunque no pudo explicarse por qué en una habitación de hotel tan lujosa podía haber una, y una puerta más allá que seguro conducía a la alcoba. Cuando él volvió a besarla, empezó a sentirse nerviosa. Ella no sabía nada de esto, ella nunca había estado con un hombre. Había deseado darle su virginidad a alguien especial, y aunque si había elegido a Terry como esposo era porque él cubría ese requisito, no podía evitar sentirse un poco… robada. Otra Candy era la que había elegido, y ella sólo estaba aquí, haciendo lo que se suponía que debía hacer…
Él se detuvo en sus besos al sentir que se quedaba quieta entre sus brazos. No era normal en Candy tanta pasividad. Pero esta Candy era diferente, y aunque amaba a ambas, con la de aquí debía irse con cuidado.
—¿Quieres una copa de vino? –le preguntó alejándose y poniéndose tras un pequeño bar. Candy se abrazó a sí misma, apretó sus labios y asintió. Lo que sea, necesitaba tiempo. Él sacó dos copas y una botella de vino tinto. Lo sirvió y volvió a ella extendiéndole su copa. Candy lo bebió con algo de prisa y empezó a toser. Tery le dio golpecitos en la espalda, e incluso le tendió un pañuelo para que secara la humedad en sus ojos.
—Lo siento—. Él se encogió de hombros. —Nunca has sido buena con los licores.
—Oh, vaya. Eso no tiene mucho sex—appeal –él se echó a reír—. ¿He estado ebria alguna vez? –le preguntó, y lo vio adelantar su labio inferior y asentir.
—Varias veces.
—¿ Varias veces? ¿De verdad?
—Sí. En la despedida de soltera de tu hermana volviste como una cuba. Me tocó desnudarte, bañarte y volverte a vestir. Y al día siguiente, resaca. Juraste no volver a hacerlo.
—Como todo el mundo.
—Pero volviste a hacerlo.
—¿ Esta vez por qué?
—Por tu hermana, otra vez, porque su marido la había engañado y te habías solidarizado con ella odiando a todos los hombres. Tuve que ir a sacarlas de un bar porque se estaban peleando con todo el mundo.
—Oh, vaya.
—También tuve que soltar unos cuantos dólares para que nadie llamara a la policía.
—Qué buen chico.
—Ni lo digas.
—¿ Alguna otra ocasión? —. Él sonrió.
—Sí, pero esa vez fue en la casa. Los niños estaban con Cecilia, la casa entera para los dos solos…
—Ah… entiendo.
—Fue romántico.
—No me digas –él se echó a reír, y se acercó un poco más a ella.
—Pero hacer el amor estando ebrios está un poco sobreestimado –dijo enredando en su dedo índice un poco del cabello que se había soltado de su peinado. Candy elevó las cejas interrogante y él sonrió—. Vas muy aprisa, olvidas un poco el jugueteo y… acaba pronto. Candy lo miró confundida.
—¿ Jugueteo?
—Sí, amor. Antes de que una pareja… se una en el coito… debe haber un juego previo.
—Ah…
—Y consta de besos, caricias… —él estaba muy cerca, pero se dio cuenta que ella se había movido un poco cerrando la distancia—. Hay quienes piensan que es la mejor parte de todo –susurró él acariciando con el dorso de sus dedos la piel del brazo de ella. Candy sintió algo muy agradable recorrer su espina dorsal, y no pudo evitar tensionarse. Si esto era lo que se sentía, entonces estaba muy bien. Si se debía a que era él quien la tocaba, entonces merecía darse a sí misma un toquecito en la espalda en felicitación; lo había hecho bien. Cuando él apretó su mano, Candy no pudo evitar acercarse a él tanto que quedó encima de su pecho y buscó su boca para besarla con hambre. Se rendía. ¿Para qué luchar? Ambos lo querían. Estaban casados, además. Esto era el cielo.
Candy sintió las manos de Terry sobre su espalda y abriendo el cierre del vestido. Cerró sus ojos cuando él, sin pérdida de tiempo, fue besando sus hombros y acariciando con sus dedos la piel que iba quedando desnuda. Parecía que había un punto especialmente sensible en su cuello, pues cada vez que él lo tocaba o lo besaba, algo la estremecía, haciéndola soltar pequeños jadeos y obligándola a acercarse más a él. Terry debía saber acerca de ese punto en especial, pues atacaba con pericia.
Le sacó el vestido por los brazos y luego éste cayó en el suelo. Cuando la tuvo en ropa interior, la miró y la miró. Siempre le habían gustado las curvas de ella, tan bien puestas, tan en su lugar. No era de esos hombres que prefería las tetas grandes, o los traseros enormes. Para su gusto, Candy, delgada y curvilínea, aunque ahora estaba un poco más delgada de lo que solía ser, era perfecta. La adoraba.
—Eres hermosa –le susurró en el oído—. Tan perfecta.
—No… no lo soy.
—Sí lo eres –insistió él—. Perfecta y mía, toda mía—. Él bajó las manos por su espalda llegando a la curva de su trasero y le apretó suavemente las nalgas pegándola más a él, y Candy contuvo la respiración al sentirlo duro contra ella—. No te asustes –le pidió él.
—No estoy asustada –él se separó un poco para mirarla. En su rostro había una sonrisa pícara.
—Entonces, desnúdame.
—¿ Qué? ¡No! Yo…
—Sí estás asustada, ¿ves? –Candy lo miró ceñuda, comprendiendo el juego en el que quería envolverla, pero luego no pudo sino sonreír.
—Parece que te las sabes todas.
—Un hombre debe ser recursivo. ¿Sabes cuánto tiempo llevo sin ti? ¿Sin hacerte el amor? –ella miró al techo esperando la respuesta—. Siete semanas, Candy. Siete horribles semanas.
—Pero… —Cuando te accidentaste, hacía dos semanas que no lo hacíamos. Demasiado tiempo.
—¿ Por… por qué? –él se encogió de hombros.
—Yo… no lo sé. Dejamos pasar el tiempo—. Él siguió besando su mejilla, su oreja, y toda la piel que alcanzaba—. Me he arrepentido mucho de eso –siguió él en un susurro—. Tanto tiempo perdido. No me imaginé que lo añoraría tanto. Candy rodeó su cuello con sus brazos y cerró sus ojos. Sintió deseos de llorar; él sonaba muy triste, un poco perdido en medio de todo lo que había tenido que vivir. Momentos antes se le había visto muy seguro de sí mismo, lanzado, coqueto, y ahora que estaba desnudando su alma, Candy no pudo sino darse cuenta de que, sin ella, sin su esposa, él estaba incompleto, un poco en el limbo. Buscó su boca y lo besó, y él recibió sus besos con hambre. Le abrió los labios con los suyos introduciendo suavemente su lengua y la besó profundamente, por largo rato. Sus besos eran urgidos y sedantes al tiempo, la iban envolviendo poco a poco y, sin remedio alguno, en toda ella se dio un extraño despertar; su cuerpo parecía saber las cosas que quería, y sus manos empezaron a quitarle la ropa a él casi por su propia cuenta. Sentía eso duro entre las piernas de él, y casi fue capaz de atraparlo con sus muslos y sobarse contra él. Terry le soltó el sostén, se dejó quitar la camisa, aflojó el broche de su cinturón y la sintió meter la mano por dentro de él. Echó la cabeza atrás y gimió al sentir sus delgados dedos envolverlo. Sí, sí, se dijo, esta es mi Candy . Pero esa Candy se fue. En un instante ella estaba caliente, lanzada y desinhibida, y al siguiente estaba fría y tímida, como si no se pudiese creer lo que acababa de hacer.
—No, no, no, por favor –le rogó él abrazándola—. No te detengas. La respiración de ella estaba agitada, y Terry la sintió como si tuviera deseos de llorar. Sin mirarla otra vez a los ojos, la alzo y se sentó con ella a horcajadas en su regazo en el sofá más próximo. Empezó a acunarla como si fuese una bebé, a decirle cosas que realmente no tenían mucho sentido, a besarla con pequeños piquetes aquí y allí. —Te amo –le decía—. Te amo tanto, Candy . Eres mi vida, eres mi amor—. Candy asintió con la cabeza y pegó su frente a la de él. Él paseaba su mano por uno de sus muslos con algo de urgencia, como si deseara hacer algo más y se estuviera conteniendo.
—Me… me asusté un poco –dijo ella—. Lo siento—. Él sonrió.
—Sí, está bien. No pasa nada.
—Yo… hay momentos en que… no sé lo que hago. Hice eso y…
—¿ Hiciste qué, amor? –ella lo miró a los ojos. Él la estaba retando a que lo dijera en palabras, pero ella sólo sacudió su cabeza y suspiró.
—¿ Antes… hacía eso? –él elevaba sus cejas, como si realmente no supiera a lo que ella se refería. Candy dejó salir el aire—. Tomarte con la mano—. Él volvió a sonreír, victorioso.
—Sí.
—Ah.
—¿ Quieres hacerlo otra vez? –ella tenía sus manos inquietas sobre los hombros de él, como si le picaran. Cuando lo había tenido en la mano, lo había sentido muy duro, demasiado duro, y hasta un poco húmedo. Sabía que el miembro masculino debía ponerse duro, pero no se imaginó que tanto. ¿Y por qué estaba húmedo? ¿Qué tenía que ver una cosa con la otra? —Yo sí quiero tocarte –dijo él cuando pasaron los segundos y ella no dijo nada—. ¿Me dejas, por favor? –Candy miró en derredor, como si alguien fuese a entrar y a retarla por hacer lo que estaba haciendo. Alguien como sus padres, por ejemplo. Por otro lado, que él lo pidiera diciendo "por favor", era bastante tierno. Él la miraba esperando respuesta, y Candy cerró sus ojos y asintió. Terry metió la mano en su entrepierna y la tocó por encima del panti. Candy dejó salir un jadeo, al principio de sorpresa, luego de… de asombro. Ella estaba muy empapada, y sólo se dio cuenta al contacto de él. Uno de los dedos de él empezó a recorrerla de arriba abajo.
—Sabes que en este momento podría entrar en ti y resbalaría –sonrió él—por lo mojada que estás.
—Yo… yo no sé…
—Oh, sí sabes por qué, Candy. De alguna manera, tienes dieciocho años; sabes que esto es el placer de la mujer.
—Bueno, sí, pero… nunca… tanto.
—Mmm, eso es un cumplido para mí. Nunca te habías mojado tanto. ¿Te imaginas si te besara allí? –el sólo oírlo hizo que ella se arrimara más a su mano. Imaginárselo a él con la cara entre sus piernas fue demasiado. La respiración de ella estaba acelerada y entrecortada, pero también la de él, notó, y volvió a besarlo, a morder sus labios rodeándole el cuello con sus brazos y, casi inconscientemente, apretándose más contra él. No supo cuánto tiempo pasó así, debió ser una eternidad, o quizá tan sólo un par de segundos, pero luego sintió algo tocarla en ese lugar, allí donde más húmeda estaba, y ese algo era suave, cálido. Se quedó quieta. No rechazando el toque, sino disfrutándolo. Él había retirado a un lado la tela de su panti, se había tomado a sí mismo con la mano y la tocaba, restregándose suavemente contra ella, yendo de extremo a extremo, y en un punto, ella se movió de tal manera que la cabeza de su miembro entró en ella. Los dos se quedaron quietos. Él, como esperando su aprobación para continuar, ella, esperando a que él continuara. Cuando pasaron los segundos y él no hizo nada, fue ella la que empujó suavemente contra él, haciendo que entrara otros centímetros. Gimió quedamente. Se sentía muy bien, demasiado bien. Sentía como si algo le llenara la cabeza y los pensamientos de calidez, de amor, de locura y hasta bondad. Esto era bueno, era correcto, y era increíblemente placentero. Se movió más hasta quedar totalmente empalada en él, y cada centímetro en que él se fue hundiendo fue acompañado de un gemido largo y cargado de sensaciones. Sensaciones por dentro, por fuera, en el medio y etc. Todo su cuerpo cosquilleaba, y era delicioso. Lo estaba sintiendo pleno dentro de ella.
—Te amo, Candy –dijo él con voz casi quebrada—. Te amo tanto—. Ella sintió deseos de llorar. No sabía por qué, pero tenía los ojos humedecidos y un nudo en la garganta, y como si intuyera la manera de calmar esa ansiedad, se movió suavemente y fue glorioso. Ambos gimieron y, sin mirarse, iniciaron la danza que, por regla, le seguía.
—Oh, Dios mío –se admiró Candy cerrando sus ojos con fuerza. Tal como él había dicho, él resbalaba dentro de ella, tan adecuadamente ajustado, tan perfectamente suave. Lo sintió a él besar su pecho, succionar con fuerza sus pezones enviando por todo el cuerpo de ella deliciosos corrientazos de placer que sólo consiguieron acelerar su ritmo. ¿Esto era lo que había disfrutado con él por casi doce años? ¿Esto era lo que habían dejado de hacer dos semanas antes del accidente? ¿Eran tontos, acaso? Candy enloqueció. Sus caderas se balanceaban casi violentamente sobre él. Se sintió enfebrecida, húmeda de sudor, con las manos inquietas que deseaban tocar piel, la piel de él, y así lo hizo. Paseó sus manos por su pecho, por su estrecha cintura, por su espalda. Él se quitó la camisa con prisa y ella se pegó más a él para tocarlo no sólo con sus manos, sino con toda ella, a la vez que apretaba y aflojaba en su interior. La turbulencia de sensaciones fue alcanzando cada vez picos más altos, hasta que llegó un punto en que se quedó allá arriba y Candy lo apretó tan fuerte en su interior y entre sus piernas que ambos gritaron. Candy sintió que moría, que lloraba. Fue interminable, a la vez que demasiado corto. Recorrió y bañó toda su piel, todo su cuerpo. Lo sintió hasta en sus huesos. Fue sublime, dulce, fuerte y delicado. Y aun ahora se resistía a soltarlo, a dejarlo ir. Estaba aferrada a su orgasmo, una palabra que antes había sido fuerte en su vocabulario, y ahora estaba siendo fuerte en sus experiencias. Jamás lo olvidaría. Nunca lo olvidaría. Cuando volvió de sus alturas, Candy abrió sus ojos. Nunca lo olvidaría, se repitió, pero entonces cayó en cuenta de que ella, efectivamente, lo había olvidado. Había olvidado esto, y no era un olvido casual, un olvido por el paso del tiempo, algo que podía volver si tan sólo se esforzaba haciendo memoria. Ahora, por más que estrujaba su mente, no venía a ella ninguna sombra de las sensaciones que acababa de vivir. Todo se apagaba con las luces de ese auto que casi la atropella a la salida de ese bar, y volvía a empezar bajo la luz del sol colándose por las ventanas de ese hospital. En medio, nada. ¡Nada! Él, Terry Su boda, sus hijos, todas las veces que debieron haber hecho esto que acababan de hacer, todas esas veces que debió reír con él, abrazarlo y besarlo. Nada…
—Terry –lloró ella. Él seguía abrazándola, dándole pequeños besos en la piel de su pecho, de su cuello.
—Dime, mi amor –le contestó. —Quiero recordarte –siguió Candy con voz quebrada—. No quiero seguir así. Quiero amarte como parece que te amaba. Quiero los recuerdos que tú tienes, pero quiero los míos. Él la abrazó fuertemente, delicadamente. Todavía estaba en su interior, ella, casi desnuda sobre él, él, llevando sólo el pantalón, abrazados y unidos, pero con un enorme vacío en medio que no podían ignorar. Él le besó los labios y luego la miró a los ojos.
—Tengo la viva esperanza de que en algún momento recordarás—. Ella asintió.
—Sólo… tengo miedo.
—No, no tengas miedo, mi amor –susurró él—. Recordarás.
—Eso también me da miedo –admitió ella sorbiendo mocos y mirando a otro lado—. ¿Y si recuerdo algo desagradable? ¿Y si las cosas… no estaban tan bien como todos dicen? –él no dijo nada, sólo siguió paseando sus manos por los brazos de ella, y, segundos después, la separó de su cuerpo. Candy inmediatamente sintió frío, un vacío desagradable, como si la estuviesen rechazando. Él la puso de pie, y sacándose el pantalón hasta dejarse totalmente desnudo, la alzó en sus brazos. Aliviada, ella lo rodeó con sus brazos. Candy la llevó hasta el baño, y una vez allí, la dejó en el suelo y se dedicó a abrir las llaves para llenar la bañera con agua caliente. Aplicó un jabón líquido y perfumado y volvió a acercarse a ella y a tomarle el rostro en las manos.
—No tengas miedo –le sonrió. Candy bajó la mirada, pero él le tomó el mentón entre los dedos y le volvió a subir la cabeza hasta que ella lo volvió a mirar—. Yo no tengo miedo. Si llegas a recordar o no, eso no lo podremos cambiar. Para mí no va a cambiar en nada mis sentimientos por ti. Candy, lo que siento por ti no es algo pasajero, superficial o caprichoso. Es verdadero, es profundo, y ha soportado pruebas. Tú también. Hasta el último día del pasado yo te amé, y estoy seguro de que te amaré hasta el último día del futuro—. Ella sonrió al fin, y se acercó para abrazarlo, aunque estaba totalmente desnudo.
—Yo… no sé si te amo, pero lo cierto es que me gustas mucho, mucho—. Él sonrió elevando una ceja.
—Te gusto –repitió, y Candy identificó el brillo en sus ojos. Era de travesura, y no pudo evitar reír.
—Bueno, es mucho más que eso… Dios, lo que hicimos allá…
—Fue bueno –dijo él.
—¿ Bueno? por favor. Eso es poco.
—No, Candy, fue bueno. Te aseguro que… hemos tenido mejores—. Ella lo miró intrigada.
—¿ De verdad? ¿Y qué tuvo este de malo? –él se encogió de hombros.
—Casi dos meses sin nada de nada para un hombre trae consecuencias –dijo con una sonrisa, y ella abrió grandes sus ojos—. Así que yo estaba demasiado ansioso como para calmar tus propias ansias, sólo dejé irnos demasiado rápido.
—¿ Cómo podrías haber…? —contuvo una exclamación cuando sintió la mano de él justo en su entrepierna. Se miró y vio la mano de él moverse allá abajo.
—¿ Quieres otro un poco mejor?—No me imagino cómo… —susurró ella, y se atragantó cuando él le metió uno de sus dedos. Inmediatamente se puso mojada otra vez. Apretó sus dientes. Terry se arrodilló frente a ella, le tomó delicadamente una pierna y la subió hasta dejarla sobre el borde de la bañera, que seguía llenándose de agua. Ella quedó totalmente abierta y expuesta delante de él. Terry le besó la rodilla, el interior del muslo, y fue acercándose poco a poco. La expectativa era demasiado buena, pensó Candy . Saber o imaginar lo que a continuación él iba a hacer también daba placer. Lo vio y lo sintió abrir su boca y tomarla toda dentro de ella. Candy dejó salir un largo gemido, y no pudo evitar doblar un poco su espalda y poner una mano sobre la cabeza de él. Él sacó su lengua y empezó a acariciarla con ella, chupar, lamer, hasta morder un poco, sólo un poco. Los ojos de Candy se llenaron de lágrimas, y se dio cuenta de que había empezado a moverse al ritmo en que él movía la lengua.
—Más –dijo—. Más… Él lo hizo. Metió su lengua en su interior y empezó a moverla en pequeños círculos hasta que Candy vio estrellas. Qué íntimo y qué hermoso. La boca de él allí, dándole tal placer, tal delicia, tan pleno goce. Fue diferente, pero fue igual de bello. No, bello era una palabra muy nimia. Era magnífico, era divino, era celestial. Sintió que perdía sus fuerzas, y no supo cómo, pero él la sostuvo. Lo sintió introducir un dedo, luego dos, y moverlos al mismo ritmo de sus lametones hasta que casi pierde la conciencia. Estuvo en su boca hasta que todo pasó, y Terry no se enderezó sino hasta que de verdad ella perdió sus fuerzas y él tuvo que sostenerla entre sus brazos. Ella se dejó caer en su pecho, y él la acunó allí, le retiró el cabello de la húmeda frente, y le siguió diciendo palabras delicadas de amor.
—Eso… eso fue mucho mejor –dijo ella, y Terry rio quedamente.
—Aún puedo darte mejores.
—Oh, Dios, no digas eso—. Él volvió a reír con ella en sus brazos. De repente la alzó y la metió en la bañera que ya se había llenado, incluso un poco de agua se regó por los bordes cuando ambos entraron. Terry se dedicó a bañarla, teniendo cuidado de recoger su cabello para que no se mojara con el agua de jabón, y Candy se dejó mimar preguntándose cómo era que había entregado su cuerpo de esta manera. Tal vez era su instinto que le permitía confiarse así, y no sentir ya nada de vergüenza.
—¿ Siempre… era así? –preguntó ella mirándolo dedicarse a uno de sus brazos. Parecía que más que enjabonarla, la estuviera masajeando. Él la miró de reojo antes de contestar.
—Al principio fuiste muy tímida.
—Me imagino.
—Y yo no tenía mucha experiencia—. Ella lo miró incrédula, y Terry se echó a reír—. Es verdad –le aseguró—. Antes de ti, no había tenido más que un par de novias que me dejaron hacerlo con ellas.
—Eso suena como si… fueran reinas que te conceden una gracia.
—Y así fue, más o menos. Por eso contigo las cosas fueron geniales. Fue grandioso. Aprendimos juntos, y ahora nos conocemos muy bien el uno al otro. Yo conozco muy bien tu cuerpo, dónde te gusta que te bese, que te toque, que te acaricie. Te conozco muy bien—. Candy suspiró. Había tenido la prueba de eso antes, dos veces—. Y tú me conoces a mí –siguió él—, sabes todo acerca de mi cuerpo, de lo que funciona mejor en mí—. Ella elevó sus cejas sintiendo curiosidad.
—¿ Tendré que descubrirlo de nuevo? –él hizo una mueca.
—No creo que pueda esperar tanto –sonrió—. En alguna ocasión te ayudaré dándote pistas—. Candy se echó a reír. Se acercó más a él quedando su espalda casi encima de su pecho y se recostó a él suspirando. Él le besó la mejilla y siguió enjabonándola con delicadeza.
—Me siento muy relajada ahora.
—Claro. El sexo es el mejor sedante.
—Siento como si de repente… una enorme y pesada carga se me hubiese quitado de los hombros—. Él la besó sonriendo.
—Qué bien—. Debajo del agua, ella movió su brazo y tropezó con él, tan erguido y duro, y sorprendida, se giró a mirarlo. Terry se echó a reír al ver su expresión.
—Está así desde hace un rato.
—No… no me dijiste nada.
—Cariño, no esperes a que cada vez que eso suceda yo te lo comunique, o vas a tener que estar desnuda gran parte del día—. Eso le hizo abrir más los ojos.
—¿ De verdad? –Terry rio ahora a carcajadas. Candy se ubicó en el otro extremo de la bañera, y empezó a enjabonarle los pies. Terry se preguntó qué planeaba hacer.
—Tú me bañaste a mí –le dijo sin mirarlo—. Yo voy a hacer lo mismo—. Terry la miró atentamente.
Había espuma flotando en el agua, y no se podía ver gran cosa debajo de ella. Si Candy quería explorar su cuerpo lo mejor sería sacarla de la bañera, secarla con la toalla y llevarla a la cama, pero la dejó. Tal vez era mejor que primero tocara y se acostumbrara un poco.
Candy paseó sus manos por las piernas masculinas, sintiéndolas largas, con un poco de vello en las pantorrillas, y con duros músculos. Ahora sabía que él no sólo corría todas las mañanas, sino que de vez en cuando usaba a uno de los niños para hacer flexiones de pecho y abdominales. Los había visto en el jardín. Zack, o Kit encantados en la espalda de su papá como si fuese una tabla de surf mientras él contaba cada flexión. "Hombres", había dicho en ese momento, pero ahora se alegraba de que él se tomara tiempo para ejercitar su cuerpo, pues era fabuloso. Llegó a los muslos y tuvo curiosidad por su cintura, que estaba debajo del agua. Sería así como la de esos actores de las películas de acción, donde la línea inguinal se marcaba visiblemente y los hacía ver increíblemente sexis. Lo miró a los ojos, y vio que él había cerrado los suyos. Ah, había olvidado que él llevaba rato excitado. De alguna manera, esta pasividad de él le gustaba. La estaba dejando mirar y explorar, tal vez sólo necesitaba que ella se acoplara y se acostumbrara rápido a su cuerpo, pero le pareció lindo. Él era lindo. Era perfecto, pensó. El hombre perfecto para ella, y le gustaba demasiado. No había imaginado que un hombre pudiese ser bello por fuera y por dentro. Se acercó a él y le besó los labios, y antes de que él pudiera reaccionar, lo tomó de nuevo en su mano. Lo vio morderse los labios, pero entonces ella se quedó quieta. No sabía qué hacer a continuación. Tenía una idea, pero le preocupaba un poco lastimarlo. Al verla indecisa, él cubrió la mano de ella con la suya y la fue guiando. Le hizo apretarlo un poco más duro, y le hizo resbalar hasta llegar a la punta, y luego hasta tocar su base, repetidamente, hasta que se estableció un ritmo. Así se masturbaban los hombres, pensó. Ah, cuantas cosas estaba descubriendo esta noche. Sin poder esperar más, se acercó a él todo lo que le fue posible dentro de la bañera, y lo puso en la entrada de su cuerpo. Él se acomodó mejor hasta quedar en el centro de la bañera, y la ayudó a ubicarse encima de él. Candy no esperó, de inmediato empezó a mover sus caderas, a montarlo, a buscar su propio placer, y él empezó a disfrutar enormemente de esto. En momentos la detuvo para besarla, mimarla, decirle cosas hermosas, y luego simplemente la dejó seguir, dejándola alcanzar el orgasmo otra vez. Luego, le aclaró el jabón del cuerpo, la secó y la llevó en volandas a la cama. Una vez allí, se ubicó entre sus piernas y volvió a penetrarla, esta vez rápido y duro. Ella no se escandalizó, ni se mostró sorprendida, sólo lo acunó en su cuerpo y recibió toda su fuerza y su ímpetu. Estaba comprendiendo algo acerca del sexo: nunca era demasiado, sobre todo si era tan bueno.
Continuará...
Buenas noches, con este capítulo me voy a dormir; nos leemos en la mañana. JillValentine.
