¡Falsa alarma, falsa alarma!
Al día siguiente, un sonriente ruso se encargaba de despertar amablemente a las naciones con un golpe de su grifo. Uno a uno, todos le agradecieron con una exclamación poco santa, sobándose la parte afectada y quejándose de por qué estaban recibiendo ese trato.
—El clima volvió a la normalidad en Inglaterra. —Fue su breve respuesta—. ¡Al final, todos se preocuparon por nada!
Giraron sus cabezas hacia la televisión, nuevamente encendida. En efecto, había un sol radiante, y si no fuera por los charcos en las calles y los árboles maltratados, nadie habría pensado que horas atrás ese lugar estaba siendo atacado por un temporal. Las naciones miraron, incrédulos, las entrevistas con expertos intentando explicar el fenómeno y las expresiones tranquilas de todos. En serio, ¿¡qué estaba pasando!?
Demasiado impactados para notar otra cosa, nadie se percató que Inglaterra, aún dormido en su cama, había recuperado aquel característico rasgo facial suyo que la mañana anterior había tratado de erradicar.
