POV Winry
Winry sabía que había cosas que jamás podría decir, secretos que sus amos le habían pedido no revelar jamás. Winry sabía que debía decir que el fallecimiento de la joven Jean Rossier se había tratado de un trágico accidente, y en caso de que le pidieran alguna explicación, podía decir que había un muggle implicado. A la señorita Hermione le había proporcionado el máximo detalle que había podido, sin romper la promesa que le había hecho a su anterior amo, Evan Rossier. Que el único error de Jean había sido enamorarse de otro joven mago nacido de muggles y que al final tanto ella como el joven habían fallecido debido a la locura del padre de este, que les había envenenado a ambos. Pero lo que no podía decirle, es que fue su hermana pequeña, la señorita Jane-Anne, la que se encontró la escena en primer lugar, y que había sido la propia señorita la que había acabado con la vida de aquel muggle en un despliegue de lo que se catalogó a posteriori como magia accidental. El señor Rossier tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para ocultar aquel episodio, y después de todo le pidió a Winry que guardara para siempre aquel secreto.
Y así habían pasado los días, los meses y los años hasta que la siguiente ocasión se presentó. Cuando la propia señorita, ahora señora Jane-Anne, le pidió a Winry que guardara su secreto más preciado. Winry sabía que la señorita arrastraba muchos, así que había dejado lo que estaba haciendo en ese momento y se había sentado a escuchar. No debía revelar jamás quien era el padre de la pequeña señorita Hermione. Y si eso suponía alimentar los rumores de que era, en palabras de su señora, "el idiota de mi antiguo prometido, John Archer" que así fuera.
Y algún tiempo después, en una sola noche el mundo que Winry siempre había conocido se rompió en mil pedazos. El Mago Tenebroso cayó, un niño sobrevivió, y la señora, envuelta en su ira y en su pena, se alejó del mundo en un intento de recuperar a su Señor. Ella misma lo había dicho, "No puede estar muerto, al menos no del todo. No pararé hasta encontrarlo, levantaré el mismísimo infierno si es preciso." A los pocos días, Winry estaba rota por dentro intentando asumir que no volvería a ver jamás a su señora. Por mucho que Winry intentó explicar que la conexión con su familia no se había roto, nadie la hizo caso, y fue condenada al servicio de la horrible señora Wells, sintiéndose como una intrusa en una casa a la que no pertenecía.
No fue hasta muchos años más tarde, cuando Winry estaba ya sumida en la rutina de aquel servicio, que aquella niña que también había sobrevivido, vino a buscarla. Winry había sentido una conexión nada más abrirle la puerta, y después de seguirla y ver confirmados sus anhelos, la dicha no había podido ser mayor. Así que había aceptado con gusto guardar también el secreto de la señorita Hermione. No contar jamás que había borrado los recuerdos de su amigo Harry Potter para que nadie pudiera averiguar nada de "él-niño-que-sobrevivió" a través de ella. Por tanto que Winry sabía, que aunque su consciencia fuera y viniera mientras estaba encerrada y a oscuras sin saber a dónde se la llevaban, debía guardar ante todo esos secretos. Uno por cada generación a la que había servido. Pasara lo que pasase, incluso aunque fuera el peor de los finales, siempre y cuando consiguiera preservarlos, Winry sería feliz.
POV Lucius
Rememoré de nuevo la apresurada llegada al puerto, la subida a bordo, la amplia entrada en aquel gigante, y después de numerosas indicaciones, pasillos y escaleras, cómo me había dejado caer sobre el camarote. El mismo camarote en el que llevaba tres días encerrado, a cada cual, más largo. Suite 33-A, del Queen Elisabeth.
Como pasajero de primera clase, me habían informado que aquel transatlántico contaba con numerosos entretenimientos, tales como salas de té, de baile, piscinas en la cubierta así como multitud de espacios sociales. Además, contaba con una amplia gama de restaurantes a elegir, aunque si lo prefería podían servirme las comidas principales en la habitación. Justo eso había hecho, además de caminar de un lado a otro de la suite y dormir a ratos, tan sólo cuando notaba que estaba al borde de la extenuación. Pero sobretodo, había tenido mucho tiempo para pensar, pensar en el pasado, en la máscara que yo mismo había construido con esmero hasta aquel momento, y en todo lo que estaba arriesgando en ese preciso instante.
Pronto me vi sentado en una mesa alargada de madera oscura, flanqueado por una decena de rostros familiares. Crabble, Goyle, Avery, Carrow, pero también los Lestrange luciendo sus uniformes de Azkaban, así como mi propia esposa, luciendo una expresión aterrada mientras sujetaba con fuerza la mano de nuestro hijo. ¿Qué hacía Draco sentado en aquella mesa? Un líquido espeso cayendo desde el techo me distrajo, miré hacía arriba sólo para percatarme de que aquellas gotas procedían de las gargantas rajadas de los cuerpos que colgaban del techo. Los cuerpos de nuestros enemigos. Aparté la vista asqueado y distinguí como Lafford se sentaba al otro lado de la mesa, junto a alguien a quién no podía ver el rostro, y a su lado por fin Jane-Anne. Era tal cual la recordaba, con aquel pelo castaño a excepción de aquel mechón plateado que enmarcaba el lado derecho de su cara. Sus ojos verdes me atraparon con facilidad. De forma instintiva rocé el anillo con forma de serpiente que llevaba en el dedo, y allí asintió en silencio, consciente del secreto que ocultaba. Un fuerte golpe en la mesa rompió el contacto, en la cabecera de la mesa, no estaba otro sino Voldemort. De golpe, me desperté con aquellos ojos rojos todavía clavados en la nuca y un profundo escozor en mi antebrazo.
Todavía rodeado de un escalofrío, me levanté de la cama y me acerqué a una de las diminutas ventanas del camarote, viendo como nos abríamos paso a través del río Hudson y recibíamos la bienvenida por parte de una gigantesca mujer de piedra verde que habían construido los muggles. La Estatua de la Libertad, decían que se llamaba. Nunca me había agradado la idea de tener que cruzar el Atlántico, pero hacerlo en una cáscara de nuez muggle ya había sido el colmo. Sin embargo, había sido advertido los funcionarios del M.A.C.U.S.A, el Mágico Congreso de Estados Unidos no serían tan imbéciles como se rumoreaba, así que mi llegada y paso por una aduana de un medio no mágico, serían sin duda mucho menos problemáticos. Yo no estaba seguro de que pensar después de haber pasado tres días en una artefacto flotante únicamente rodeado por muggles.
Fuera como fuese, ya estaba hecho, pensé mientras me aferraba a mi abrigo, aunque a mediodía hiciese suficiente calor como para prescindir de él, y desembarcaba intentando no rozarme con ninguna de las personas que cargaban consigo maletas, bolsas o cajas a mi alrededor. Después de aguardar una cola que se me hizo interminable, entré en una amplia nave donde había multitud de escritorios de madera dispuestos. Detrás de cada uno de ellos, un funcionario de aduanas esperaba para revisar el contenido de las maletas. Tras lo qué consideré un tiempo más que desperdiciado, mientras veía como aquel hombre vulgar pasaba sus asquerosos dedos por mi bastón, le lancé un Confundus para evitar que siguiera husmeando y salí por fin de allí.
Nada más hacerlo me vi sorprendido por una multitud que caminaba apresurada entre un laberinto de edificios, a cada cual, más alto. Muchas andaban como si fueran los únicos del mundo que tuvieran prisa. Era bien sabido lo mucho que los británicos adorábamos la puntualidad, pero eso no nos convertía en una masa sin modales a las que no le importaba si chocaban con una o diez personas en su camino. Un estruendo me hizo levantar la cabeza y reparar en unas vías de hierro situadas en lo alto que llevaban una masa de metal que rodaba por encima, como si una serpiente de hojalata se deslizara por encima de nosotros. Al parecer fui el único sorprendido, puesto que el resto de personas a mi alrededor continuó su camino como si nada. Con tal nivel de ruido, empezaba a entender que fueran tan gritones. Me faltaron unos segundos para empezar a imitar la costumbre local cuando el siguiente individuo chocó conmigo, por suerte él habló antes de que pudiera soltar un improperio:
- No esperaba encontrarte de este modo. Pareces otra persona, Lucius.
Hacía mucho que no le escuchaba dirigirse a mi por mi nombre de pila. Incluso en los últimos tiempos, había estado tan enfadado conmigo que se había limitado a llamarme por mi apellido. Él, seguía tan intemporal como siempre, luciendo exactamente igual a cómo le había conocido años atrás, cabello negro en los inicios, y plateado brillante en las puntas, cara angulada, tez pálida y unos ojos de un inusual color violeta, la mayoría se sus rasgos fruto de todo lo que había experimentado con la magia.
- Vete al infierno -respondí intentando mantener mi máscara intacta.
No lo conseguí y al instante siguiente ya estaba sonriendo. Una sonrisa sincera.
- Me alegro de verte Lafford. Aunque me hayas obligado a venir hasta aquí.
- Discúlpeme, sin duda el señor Malfoy estará muy ocupado como para venir a visitar a un viejo amigo -se burló.
-Hubiera venido antes si hubiera sabido donde estabas. Yo en cambio, he sido muy predecible estos años. Sigo viviendo exactamente en el mismo sitio.
- Si se me hubiera ocurrido pasar por allí, tu esposa me habría echado a patadas.
Después de un instante ambos nos echamos a reír imaginando la escena.
- Pero es evidente que la vida te ha tratado bien, mira esta ropa a medida que llevas puesta. La confección es absolutamente deliciosa.
- Tú y tú ridículo sentido de la moda.
- Ya veo que venir a Nueva York hace salir tu lado más británico. Toma, para que luego digas que no me preocupo. Te he traído té.
Me tendió una vaso de cartón alargado cubierto por una tapa de plástico con una abertura. Mi cara tenía que ser un poema porque se apresuró a explicarse.
- Vamos, aquí se toma todo así. La gente lleva prisa y no pueden permitirse sentarse a comer, y mucho menos a tomar el té.
- Me lo beberé sólo por ser tú. Y ahora, ¿nos vamos?
- Si bueno, con respecto a eso. Dada nuestra limitación con respecto al uso de la magia, puede que nos veamos obligados a utilizar algún medio de transporte no-maj.
- ¿No-maj?
- Es cómo llaman aquí a los muggles.
- Pues mi respuesta es no. Me niego en rotundo después de llevar tres días conviviendo con todos ellos.
- Vamos… estoy seguro que no habrás salido de tu camarote.
Esbocé una mueca al percatarme de lo predecible que podía llegar a ser.
- ¿No podemos ir caminando? -Pregunté por fin.
- Está a más de veinte manzanas.
- Creo que no entiendo el concepto. ¿A quién se le ocurriría medir la distancia utilizando una fruta?
- Esta bien, iremos andando -me dijo mientras ponía los ojos en blanco-. Y ahora déjame ayudarte con algo o no serás capaz de dar ni cuatro pasos.
Extendió su mano hasta el bastón pero en un movimiento casi instintivo lo alejé de él.
- ¿Tienes problemas para caminar? -me cuestionó mientras dirigía mi mirada a ambas piernas.
Estaba seguro que en ese instante estaba reparando en cómo distribuía mi peso entre ambas piernas, y si había alguna suela más desgastada que otra. No tenía sentido mentirle.
- Mi varita esta dentro.
- Ingenioso. Entonces déjame ayudarte con la maleta.
Mis dedos se aferraron todavía más a ella. Si no me equivocaba, y eran contadas las ocasiones en las que eso sucedía, su contenido era todavía más importante que mi varita. Y eso era decir mucho.
- Vale, pues entonces tenemos un problema. ¿Cómo pretendes beberte el té?
Sin disimular una mueca ante lo ridículo de aquella situación cogí aquel condenado vaso de cartón dando largos tragos de aquella agua infusionada a la que pretendían llamar té. Al poco lo tiré a una papelera cercana y me volví a Lafford desafiante.
- Problema resuelto.
- Ya veo. Me sorprende que sepas tirar algo en una papelera. Pensaba que a estas alturas tendrías elfos domésticos encargados de eso y que tú sólo tendrías que estirar el brazo.
- Si bueno, he tenido que reducir el servicio después del desastre ocasionado con mi último elfo doméstico. ¿Te acuerdas de Dobby?
Me pasé gran parte del camino poniéndole al día de los últimos acontecimientos. Desde los juicios del Wizemgamot, y el destino que habían sufrido muchos de nuestros compañeros, hasta lo sucedido los últimos años. Cómo había introducido el antiguo diario de Voldemort en Hogwarts liberando sin saberlo al Basilisco que había petrificado a varios alumnos, y a punto había estado de acabar con la vida de uno de ellos. Eso último parecía haberle interesado bastante, por lo que había compartido con él todos los datos que disponía, datos que yo mismo había repasado en varias ocasiones.
- Es sólo una teoría, pero pienso que ese diario podría haber sido un buen mecanismo -concluyó después de escuchar todos los datos.
- ¿Qué quieres decir?
- Quiero decir, que si esa chica, la niña Weasly, hubiese muerto, puede que él hubiese logrado volver trayéndose consigo una gran cantidad de poder. Aunque me temo que a estas alturas, no lo sabremos.
- Lo que sospechaba. No eran meros susurros, ¿no? Ya lo ha intentado dos veces, ¿crees que volverá a…?
- Oh sin duda. Le conoces tan bien como yo para saber que no va a rendirse.
Se paró en frente de unas escaleras, no me había dado cuenta hasta ese momento de lo mucho que nos habíamos alejado del centro de la ciudad. No es que estuviera completamente exento de ruido pero si que era sin duda más tranquilo, con una única carretera arbolada y multitud de edificios residenciales mucho más pequeños que los grandes rascacielos que habíamos dejado atrás. Se apoyó en una de las verjas que flanqueaban los seis o siete escalones que nos separaban de la entrada al edificio y preguntó:
- ¿Has comentado algo de esto con alguien?
- Desde luego que no. Sabes que siempre he intentado mantener a Narcissa lejos de todo esto, y desde que acabó la Guerra, bueno ella actúa como si nada de lo que pasó hubiera sucedido realmente.
- Fueron tiempos difíciles, no puedo culparla.
- Exacto. Además, la mayoría de los que evitaron la prisión tienen demasiado miedo a asumir las consecuencias si Él vuelve, así que no puedo ni sacar el tema. Y no voy a arriesgarme a ir a Azkaban para escuchar como dicen "El Señor diría esto" o "El Señor haría aquello" Tanto servilismo me pone de mal humor. Y Severus, bueno él está distinto. Ya lo verás por ti mismo cuando vuelvas.
No hizo ningún comentario a eso último, pero pude ver como fruncía los labios al girarse a abrir la puerta. Sabía que no habían acabado bien, pero hacía años que no sacaba el tema con Severus. No hubiese sido justo sacarlo ahora con él. Y menos cuando necesitaba su ayuda. Me hizo una señal para que le siguiera y así lo hice. Después de subir cuatro pisos de escaleras de mármol, llegamos al único piso situado en esa planta. Su interior estaba revestido de madera, era grande y elegante, con interiores en diversos colores granate. Amplios ventanales daban a la calle, aunque la vista se veía parcialmente tapada por unas escaleras de hierro en la fachada del edificio.
- Puedes sentarte, como si estuvieras en tu casa.
Dejé el pesado abrigo sobre una de las sillas y me senté en un sofá en frente de él con la maleta a mis pies. Lafford puso sus botas sobre la mesa de madera que quedaba a medio camino entre ambos. Un gesto que demostraba el poco valor que le daba a las posesiones. Me extrañaba no ver nada fuera de lugar, ninguna nota discordante en aquel piso. Él que siempre se había enorgullecido de multitud de objetos peculiares acumulados con los años, ahora parecía como si fuera un extraño en su propia vivienda. Al parecer la guerra nos había pasado factura a ambos.
- ¿Has hecho muchos enemigos? -Le pregunté de pronto.
Una forma discreta de preguntarle si había algún lío o desastre inminente del que ocuparnos.
- No los suficientes para tener que preocuparme, sólo una ligera molestia de vez en cuando que me mantiene entretenido -hizo una ligera pausa antes de volver a hablar-. Y bueno, no nos olvidemos de nuestro enemigo número uno.
Sentí como todo mi cuerpo se tensaba debajo de las líneas del traje a medida que hacían gala de la contención que había adquirido durante casi doce años.
- ¿Esta él aquí? ¿Has logrado verle?
- ¿En persona? Una vez. Disfrutó riéndose en mi cara, diciéndome lo mucho que sentía el trágico fallecimiento de nuestra amiga en común, Jane-Anne. Repugnante.
Todas las sensaciones que había experimentado en los primeros momentos tras conocer su muerte volvieron a atravesarme como si fueran un relámpago. Toda aquella devastación, ira, odio contra aquellos que me la habían arrebatado del mundo amenazaban con arrastrarme de nuevo.
- ¿Por eso viniste al otro extremo del mundo? ¿Por qué pensabas que estaba implicado?
- No lo pienso, lo sé. John Archer no desperdiciaría la oportunidad que llevaba esperando años, y con Voldemort fuera de juego, estoy seguro que él tuvo que intervenir. Aunque no sujetase él la varita que acabó con la vida de Jane-Anne, estoy seguro que sujetaba los hilos.
La confirmación de algo que había sospechado durante tantos años me golpeó con la misma fuerza que un tren en marcha y me aferré con fuerza al mango del bastón en un intento de evitar que mi magia estallara y acabara haciendo algo pedazos. John Archer III, último descendiente de la familia Archer, aunque su nombre no apareciera entre los Sagrados Veintiocho, siempre se habían escudado en una equivocación por parte del autor de aquella lista. El hecho de que aquella lista fuera anónima, no ocasionaba la oportunidad de contrastar su afirmación. Aparte de ese detalle, cumplía con todo lo que se esperaba de alguien de su posición, y en algún momento, Evan Rossier, decidió prometer a su hija con él. Jane-Anne durante un tiempo aceptó aquel arreglo con resignación, hasta que en los últimos años todo se complicó y se enredó, y acabó convertido en un enemigo al que no debimos de haber subestimado.
- ¿Quién iba a decir qué alguien iba a ser capaz de enfadarse hasta ese punto por la ruptura de un compromiso?
Sabía lo que estaba haciendo, quitarle importancia a algo a lo que era imposible hacerlo. Ambos sabíamos que los niveles de odio que John Archer nos tenía a todos rozaban lo insano. Y eso siendo benévolos.
- Espero que le dieras su merecido.
- Escapó, pero destruía un rascacielos -me respondió orgulloso de aquella hazaña-. Por suerte no lo habían inaugurado todavía así que no hubo que lamentar víctimas. "Fallos estructurales" o algo parecido le dijeron a los no-majs. Eso fue hace unos tres años. Desde entonces el M.A.C.U.S.A me tiene vigilado.
- Ahora entiendo que no quisieras que pasase por sus controles.
- Exacto.
En algún momento había quitado los pies de la mesa y se había sentado inclinado hacia delante. En ese momento tenía los codos apoyados sobre las piernas, las manos entrelazadas y la barbilla apoyada sobre estas luciendo una expresión pensativa. Nos quedamos un momento en silencio con el ambiente cargado por demasiados recuerdos y emociones a los que darles un nombre.
- ¿A qué has venido Lucius? ¿Es qué acaso quieres llevarme de nuevo al redil ahora que parece que Voldemort va a volver?
De nuevo utilizando su nombre completo sin un ápice de miedo en su voz. Parecía que estos años no habían menguado su poder. Pero no era sólo eso, el Señor Tenebroso siempre había respetado y valorado su opinión incluso aunque Lafford se la hubiera dado sin que Él se la hubiera pedido. Y mientras el resto temblábamos ante su presencia, él nunca parecía sentirse intimidado por el monstruo que estaba delante, como si todavía fuera capaz de ver al mago que se ocultaba bajo la máscara. Al ver que no respondía, continuó hablándome:
- Sabes que mi objetivo siempre fue estar allí para facilitarle las cosas a una de las pocas personas que he llegado a considerar una verdadera amiga, Jane-Anne. El resto de temas fueron un mero entretenimiento. Y hasta donde yo se, tú siempre has sido más leal a la causa que al hombre en sí. Y no te veo dando saltos de alegría por su inminente regreso.
Tragué saliva ante eso último antes de volver a hablar. Si el Señor Tenebroso llegaba a enterarse me esperaba una buena sesión de Crucios, eso si ese día estaba en disposición de mostrar piedad. No necesitaba ninguno espejo para saber que mi rostro se había quedado más blanco de lo habitual.
- Oh, vamos no pongas esa cara, estoy seguro que muchos otros han hecho otras cosas mucho peores durante estos años. Y ahora, ¿vas a decirme por fin qué estás haciendo en este lado del Atlántico?
Por fin le tendí la carta que tan celosamente guardaba en el bolsillo de mi chaqueta, compartiendo así la carga que había llevado sobre mis hombros hasta llegar hasta allí. Mantuve mi cara sin expresión mientras veía como la leía, aunque por dentro sintiese como las expectativas se agolpaban una detrás de otra. Después de un momentáneo silencio, profirió un Lumos iluminando el resto de la estancia que se había sumido en la penumbra y empezó a leerla de nuevo en voz alta como si intentara extraer el significado contenido en cada una de las líneas.
Querido Malfoy,
Con los últimos acontecimientos, he podido comprobar lo certero que estabas en afirmar que son nuestras familias las que nos definen. Desde que nacemos compartimos sus nombres, confiamos en ellos y las valoramos por encima de todo lo demás. Y aunque el vínculo que nos une a ella no es uno forjado por la elección, es algo que siento que no puede romperse. Ahora veo que no puedo seguir caminando dos senderos opuestos, uno de día y otro de noche, pero creo que he encontrado una forma de poder empezar un camino nuevo a partir de ahora. Incluso aunque me lleve semanas, meses o años, no puedo dejar que todo lo que fue mi familia se quede enterrado en la oscuridad. Cada familia tiene un legado, y yo pienso luchar por el mío, incluso si todo ello amenaza con destruirme.
Te ruego que no sientas lástima de mi. Los nuevos comienzos siempre exigen que algo más acabe.
Con afecto,
Tú prima Jean
- ¿Con quién mantienes correspondencia Lucius?
Tardé unos segundos en procesar sus palabras, dado que me costaba entender que tuviera dudas de algo que para mí era más que obvio. Aunque también estaba el hecho de que yo disponía de más información que él.
- No esta dirigido a mi, si no a mi hijo. Y dado que dicha carta estaba en posesión de Winry, la elfina de la familia Rossier, tengo dos posibilidades, o que la hermana de Jane-Anne haya regresado de entre los muertos, o que mi hijo por alguna razón que no acabo de comprender haya dado con la hija de Jane-Anne.
No fue necesario que me respondiera, la certeza pasó por su cara mientras se pasaba la mano por el pelo y se levantaba. Se entretuvo apilando unos trozos de madera antes de encender el fuego.
- ¿Por qué no me dijiste jamás su nombre? Créeme que hubiese sido mucho más fácil dar con ella si hubiera sabido…
- No era mi secreto -me interrumpió mientras se apoyaba frente al aparador de las bebidas-. No me correspondía a mi contarlo.
- Y aun así me dejaste con toda la responsabilidad de buscarla y sin ninguna forma de contactar contigo en busca de ayuda.
- ¿Crees qué no he tenido dudas? ¿Crees qué no he querido volver? Tú no fuiste el único que perdió el rumbo aquella noche Lucius. Jane-Anne no se hubiera ido sin su hija, así que cuando supe que ella no había sobrevivido di por hecho que la niña tampoco.
- No puedes estar de luto para siempre Lafford.
- Creo que has olvidado qué en lo que concierne a mí, soy yo el que decide cuanto es para siempre.
Y entonces lo vi, sólo por un momento el dolor atravesó su rostro. Él decía la verdad, la extrañaba tanto o incluso más que yo, sus palabras despreocupadas sólo habían sido una más de sus máscaras. Pero tan rápido como había venido, desapareció y al instante siguiente estaba vertiendo el contenido de una licorera en dos vasos de cristal que llenó bastante dedos por encima de lo recomendable y que ni siquiera se molestó en rebajar con agua. Resultaba irónico de lo que estuviese seguro en aquel momento fuera de la resaca que iba a padecer al día siguiente.
- Tenía que estar aquí para encontrarle, para vengarme por lo que había hecho, aunque dedicara el resto de mi vida a ello, estaba más que dispuesto. ¿Tú qué has hecho aparte de construirte esa máscara de la qué estas tan orgulloso? - me acusó.
- ¿Te has propuesto hacerme en una sola noche todas las preguntas qué te has guardado durante años?
Sus palabras habían sido como un golpe, y habían dolido como uno, un golpe que por otra parte merecía. Un recordatorio de todos los años que llevaba disfrutando de halagos y aplausos que engrandecían la posición de mi familia en la sociedad. Años en los que la promesa que le había hecho a Jane-Anne sólo había aparecido en aquellos momentos en que cerraba los ojos y volvía a perderme en mi tormento particular. Parecía una broma pesada que al final hubiese sido mi hijo el que hubiera continuado aquella búsqueda, y a juzgar por el contenido de aquella carta, con mucho más éxito que yo.
- Los dos hemos cometido errores… -insistí-… tú llevas demasiado tiempo anclado en el pasado y yo, puede que tanto champagne con políticos me haya nublado el juicio.
No fue hasta que tuvo una copa en la mano y me había ofrecido a mi otra, que se sentó y fue capaz de volver a hablarme.
- Su nombre completo es Hermione Jean Rossier.
Los cubos del hielo hicieron el suficiente ruido como para que Lafford notara que mi mano había empezado a temblar. Cerré un momento los ojos de pura frustración mientras algunas conversaciones aisladas con mi hijo en los desayunos a lo largo de los últimos dos años me estallaban en la cabeza como fuegos artificiales.
- Sólo conozco a una persona con ese nombre que pueda encajar por edad. Y espero por lo más sagrado que no sea ella. Aunque con tu ayuda, no tardaremos demasiado en averiguarlo.
Él parecía a punto de asaltarme con otra incómoda pregunta, pero unos ruidos provenientes de la maleta situada a mis pies evitaron que tuviera oportunidad. Bastante había durado la poción que le había administrado. Dejé mi vaso encima de la mesilla y saqué mi varita del bastón justo en el momento en que ambas hebillas se abrieron y saltó de su interior una elfina cabreada.
- ¡Fulgari! -Grité.
De la punta de mi varita salieron unas cuerdas doradas, y aunque esquivó el primer ataque, las siguientes cuerdas se enroscaron alrededor de su diminuto cuerpo impidiéndole toda movilidad. No quería que empezase a chillar o alguna otra ocurrencia parecida que pudiese llamar la atención, así que me aseguré que uno de las cuerdas actuase a modo de mordaza. La elfina me miraba con los ojos muy abiertos y enfurecidos. Ya estaba pensando en el siguiente hechizo cuando Lafford me puso la mano sobre el brazo.
- ¿¡Se puede saber qué estás haciendo!?
- ¿Cómo qué qué estoy haciendo? Pensaba que era obvio, busco respuestas.
- ¿Secuestrando a un elfo doméstico? Estás loco de atar Lucius.
- Te aseguro que soy perfectamente consciente de lo que hago, y por suerte todavía no he sucumbido a la locura. Cuando descubrí a Winry, entraba en el Caldero Chorreante cargando con uno de los alumnos de Hogwarts medio inconsciente, compañero de mi hijo por cierto. ¿A quién demonios crees que estaba obedeciendo Lafford? Créeme que pienso llegar hasta el fondo de este asunto.
- ¿Y tú mejor idea ha sido cruzar ilegalmente el Atlántico con un elfina doméstica en la maleta? Lo que me faltaba con el M.A.C.U.S.A, cargos por maltrato de Criaturas Mágicas.
- Oh por favor… -le espeté haciendo una mueca-… pero si hace un momento te traían sin cuidado.
- ¡Eso fue antes de que supiese que tenía que cuidar de esa niña Lucius! -Me gritó.
Por primera vez desde que había llegado, percibí una pizca de lo que había sido Lafford debajo de todo su agotamiento y hastío, una fría determinación diferente a la de lanzarse de cabeza a la venganza como si su vida sólo le perteneciera a él.
- Entonces, ¿vas a ayudarme? -Le pregunté.
- Si tu definición de ayuda consiste en obligarme a torturar al elfo doméstico de la familia ya te digo yo que no.
Se había alejado un poco para darme espacio y que bajara mi varita. No lo hice. Normalmente cuando Lafford quería decir que no, era no. Pero sabía que después de tantos años todavía tenía posibilidad de que aquel no, se convirtiera en un si.
- Cuanto antes sepamos donde está, antes podremos ayudarla.
- A mi no me engañas, sólo haces esto porque tu hijo puede estar implicado.
- No creo que sea un pecado que me preocupe por mi heredero. Pero te equivocas al pensar que no me importa el bienestar de ella. Es la hija de Jane-Anne, se lo debo, se lo debemos.
- Aunque comparta tu punto de vista, torturarla no me parece la mejor forma de conseguirlo.
Sus ojos se posaron en la elfina, parecía como si esta estuviese entonando una súplica silenciosa, y después de nuevo en mí. Seguía sin estar convencido.
- No me mires como si fuera a llevarla a un altar de sacrifico Lafford. Siempre puede contárnoslo todo y si no es es caso te prometo que seré benévolo.
Empezó a dar vueltas de un lado a otro de la habitación, meditando cada una de mis palabras. Llegado un momento se ausentó del salón y al poco volvió a entrar con un frasco entre las manos.
- Probemos primero con el Veritaserum.
- Nunca conseguirás que se lo tome -le respondí intentando que mi voz sonara lo más inexpresiva posible, aunque para ser sincero estaba más que satisfecho al comprobar que había logrado que entrase en razón.
- Lo sé. Es por eso que se lo voy a inyectar.
Durante la siguiente hora, Lafford se encargó de colocar a Winry en una silla atándola las muñecas y los tobillos a ella, según sus palabras lo suficientemente fuerte para que no se moviera pero no tanto como para dificultar la circulación. Después, poco a poco fue inyectando el líquido en distintos puntos de los brazos de la elfina mientras le explicaba lo que estaba haciendo y le preguntaba de vez en cuando si le estaba haciendo daño. Ella no había pronunciado palabra en ningún momento y parecía haberse tomado todo el proceso con una fría calma, como no fuera ella la que estaba atada a aquella silla.
Si alguien me hubiera preguntado mi opinión, le hubiera dicho que Lafford se estaba tomando demasiadas molestias con aquella criatura pero cuando se trataba de cualquier tema médico él siempre era así. Daba igual que le estuviera salvando la vida a una persona o que la estuviese provocando un profundo sufrimiento con uno de sus venenos, él siempre era amable. Y eso era lo que le convertía en alguien aterrador si no lo tenías de tu lado.
La noche caía sobre nosotros cuando por fin dijo que estábamos listos. Se había quitado la chaqueta y tenía las mangas de la camisa a la altura de los codos, y no tardé en imitarle. Aunque lucir de aquella forma habría hecho que no me permitieran la entrada en algunos lugares que frecuentaba en Londres, no podía permitirme echar a perder mi único atuendo. Una especie de nerviosismo me invadió justo antes de empezar, sin duda había perdido la costumbre. Me quedé mirando a la puerta, esperando a que algo pasase, como si Jane-Anne fuese a aparecer de repente diciéndonos que dejásemos tranquila a su elfina doméstica. Unos segundos más bastaron para darme cuenta que eso no iba a suceder, así que dado que la mejor versión de mi mismo se había ido con ella hacía ya tiempo, sólo me quedaba recurrir a la parte más desagradable. No podía traerla de vuelta pero si podía proteger a su hija, su legado… Sólo esperaba que si me estaba viendo fuese capaz de perdonarme por estar haciendo las cosas de una forma distinta a la que ella le gustaría. Si la hubiera tenido delante le hubiera dicho que mis intenciones eran honestas, aunque todas mis acciones apuntasen a lo contrario.
- ¿Empezamos? -me preguntó Lafford sacándome de mis pensamientos.
- Empecemos -le dije mientras me acercaba.
Por su cara sabía que él también se había despojado de cualquier emoción, lo suficiente para no dejarnos vacilar durante el proceso, aunque no bastaría para dispersar los remordimientos que vendrían después. Los ojos de Winry brillaban y estaban llorosos, probablemente por los efectos de la poción, aunque la fuerza que destilaban me traje un recuerdo difuminado, algo en lo que no me podía permitir detenerme a pensar. De todos modos, y dado que yo le había drogado previamente y le había hecho cruzar el Atlántico en una maleta, dejé que fuera Lafford quien comenzara.
- Winry, te hemos inyectado Veritaserum diluido para que te sea más fácil contestar a unas preguntas, eso es todo. No tenemos intención de hacerte daño. ¿Y bien? ¿Crees qué podrás hacerlo?
Ella nos miró unos instantes debatiéndose hasta que apoyó la cabeza sobre el respaldo de la silla y habló.
- Winry no traicionará a la señorita.
Su voz parecía poseer una firme determinación, algo que resultaba ridículo dada la cantidad de Veritaserum que le había sido administrada. Aun así Lafford afirmó con la cabeza, mostrándose compresivo con ella en un intento de sacarle más rápido la verdad.
- Por supuesto que no. ¿Y dime hace cuánto qué mantienes contacto con ella?
- Depende señor, ¿qué día es hoy?
- Once de abril.
- Entonces desde hace una semana.
Si sólo se conocían desde hacía una semana, eso significaba que no podía hacer mucho qué se había dado cuenta de su origen.
- ¿Sabes Winry? -Continuó Lafford-. Nosotros tampoco tenemos intención alguna de traicionarla. ¿Recuerdas quiénes somos?
- Si, Winry sabe que son el señor Malfoy y el señor Lafford, y que eran personas de confianza de la antigua señora. Por eso a Winry le cuesta tanto entender.
- ¿Entender el qué Winry?
- La razón que les ha llevado a encerrarla en una maleta y separarla de la señorita.
Los dos se quedaron mirando en mi dirección, no fue hasta unos instantes después que caí en la cuenta que ambos esperaban una disculpa. Bueno, en ese caso podíamos estar allí toda la noche porque no era algo que estuviera dispuesto a hacer. Al ver que yo les ignoraba a ambos, Lafford me lanzó una mirada insistente.
- No era mi intención separarte de la señorita Winry, sólo traerte con Lafford. Créeme que si hubiese escogido residir en un sitio cercano todo esto hubiese sido más fácil… -ignoré la mirada fulminante que me lanzó ante aquel comentario y continué hablando-… hay algo que sospecho y qué sólo tú puedes confirmarme. Y no te lo preguntaría si mi intención no fuese la de ayudar. ¿Hermione Jean Rossier y Hermione Granger son la misma persona?
- Winry no entiende la pregunta señor.
- Creo que he sido bastante claro -Le dije mientras me acercaba todavía más a ella apuntándole con mi varita.
Sentí un escalofrío al escuchar una fría advertencia que venía desde detrás.
- Contrólate Lucius. Uno de los puntos débiles del Veritaserum es que su víctima solo dice lo que cree que es verdad por tanto la percepción del interrogado es un factor a tener en cuenta. Y más cuando estás ante una criatura. Y dado que ella no está emocionada por colaborar, vas a tener que ser más explícito si quieres que nos dé respuestas.
Me pasé la mano por el pelo intentando pensar una forma más clara de explicárselo, mientras intentaba que la fría lógica que siempre me acompañaba no me abandonase en esos momentos.
- La señorita Rossier, ¿con quién vive ahora mismo? ¿Dónde se hospeda cuando no está en Hogwarts?
- Winry la encontró en el Caldero Chorreante señor. Al parecer suele quedarse allí de forma habitual.
Estaba claro que estaba empeñada en ponernos las cosas difíciles a ambos. Lafford tenía razón, que la hubiera encontrado en el Caldero Chorreante no significaba que ella viviese allí todo el tiempo, aunque si Winry sólo la había visto allí sus respuestas no nos llevarían a ninguna parte.
- Bien, bien. ¿Y quién demonios sufraga su educación? ¿Sus gastos? -Insistí.
- La señorita hizo un trato señor.
Había empezado a moverse nerviosa en la silla. Bien, eso era que había dado con el principio de algo.
- ¿En qué consistía el trato? ¿Quién estaba implicado?
- La señorita y aquellos muggles, los Granger. Ellos le darían a la señorita una asignación si ella al cumplir la mayoría de edad borraba sus recuerdos.
Maldición. Ahí estaba la confirmación de algo tan obvio qué era capaz de pasar desapercibido.
- ¿De qué recuerdos querían deshacerse esos muggles? -Le preguntó Lafford.
- De todo lo relacionado con la señorita y el mundo mágico. Usted no ha visto a esas personas, no es sólo que tengan miedo si no que también tiene odio hacia el mundo mágico. Ellos querían que ella les hiciera olvidar incluso que ella había existido, no querían recordar que fuera parte de sus vidas. Además, ellos también desprecian a la señorita y es por ello que prefieren no mantener si quiera contacto con ella, es por ello que le daban dinero para que pueda mantenerse por su cuenta durante las vacaciones.
Recordé la visita hacía dos años a Flourish&Blotts, y la mirada de terror de aquellos muggles al ver qué no tenían lugar en nuestro mundo. Si mi memoria no me fallaba les había insultado calle abajo mientras huían en compañía de los Weasly. ¿Habría sido ese el desencadenante? ¿Habían sido mis acciones la qué le habían llevado a estar en aquella situación? La siguiente pregunta que formuló Lafford me devolvió de nuevo al presente.
- ¿Por qué hablas en pasado Winry? ¿Ha pasado algo entre esos muggles y Hermione qué debamos saber?
- El martes cuando la señorita volvió para hospedarse junto a aquellos muggles, hubo un incidente. Aquel muggle, el señor Granger, amenazó a la señorita. Winry pasó mucho miedo porque aquel hombre portaba un cuchillo que podría haberle hecho mucho daño e intentó interponerse.
La elfina había empezado a sollozar cabizbaja pero Lafford no le dio tregua si no que la sujetó por los hombros obligándola a mirarle.
- ¿¡Hermione está herida!?
- Winry cree que no, pero no lo sabe porque por culpa de él… -respondió señalándome con su cabeza-… por su culpa Winry no pudo volver al cobertizo a comprobarlo el domingo.
- ¿Al cobertizo? Winry por lo más sagrado vayamos por partes… -le insistió Lafford-… Terminemos primero con el martes. ¿Le hizo ese muggle algo a Hermione?
- No señor. El señorito Malfoy estaba allí para evitarlo, apuñaló a aquel muggle antes de que pudiera tocarla.
Todo en mí se detuvo al escuchar aquello, asociándolo de inmediato con la camisa con restos de sangre que había encontrado Narcissa y a la que yo había contribuido a restar importancia. No sólo eso, saber que mi hijo no había confiado en mi para contarmélo, que había sido capaz de mentirme mientras compartíamos la mesa de desayuno me afectaba más de lo que reconocería jamás en voz alta. Sin duda íbamos a tener una larga conversación a mi regreso.
- Tienes una cara de crisis existencial que no puedes con ella -se burló Lafford.
Eso fue más de lo que pude soportar y al instante le había cogido por el cuello de la camisa. Cualquier atisbo de lógica me había abandonado.
- Tranquilízate amigo… -dijo mientras me agarraba los brazos-…. Mientras tú hacías méritos para el padre del año, Winry me ha confirmado que el muggle esta fuera de peligro y que no recuerda nada de lo sucedido. Y con respecto al domingo, sólo ha sido una pelea de adolescentes. Y dado que si tu hijo no estuviese a salvo en Hogwarts, Narcissa ya se habría puesto en contacto contigo, podemos suponer que ambos se encuentran allí. Aunque no estaría mal ir a comprobarlo.
Respiré mientras asimilaba sus palabras.
- Y ahora, suéltame o no podré atenderla.
Desvié la mirada y vi como la elfina tenía la cabeza hacía abajo y su cuerpo se resbalaba en la silla que estaba impregnada de un líquido amarillo. Dejé de sujetarle de inmediato. Lafford se apresuró a aclararme la situación.
- Ha colapsado. Esto es lo malo de tratar con criaturas, parece que tienen la misma anatomía que los humanos pero no es así. Me he pasado un poco con la dosis, y ahora su cuerpo ha empezado a intentar expulsar la sustancia que dificulta el riego sanguíneo.
- ¿Vas a curarla?
- Si… -me respondió mientras se arremangaba todavía más las mangas de la camisa y empezaba a desartarla-… Aunque por ahora quiero estabilizarla lo suficiente para que pueda aguantar el viaje.
- ¿Entonces te vienes conmigo?
- ¿A dónde iba a ir si no? Además, tú mismo lo has dicho. Se lo debo a Jane-Anne, no solo moralmente sino también legalmente. Al fin y al cabo soy el padrino de su hija.
Mientras Lafford se desvivía en atenciones hacía su paciente, yo hice lo propio con el fondo de mi siguiente vaso de Whisky de malta puro. Después de todo lo sucedido aquel día, el familiar quemazón en la garganta fue más que bienvenido y si iba a tener que volver a pasar tres días viajando en compañía de los muggles, más me valía hacerlo borracho. Miré la marca de mi antebrazo izquierdo, estaba mucho más definida que los meses anteriores, Lafford tenía razón sería cuestión de tiempo que el Señor Tenebroso volviera a estar entre nosotros. Lo más probable es que se enfadara al saber que no había intentado buscarle, pero merecería la pena soportar una sesión de Crucios si podía lograr concederle a mi familia una posición segura. Familia que a partir de ese momento también incluía a Hermione Rossier, que si la memoria no me fallaba, era prima de Narcissa. Puede que en algún momento tuviera que pedirle disculpas por cómo la había tratado en el pasado y me aseguraría de explicarle porque ni su madre ni yo éramos los villanos en aquella historia. Al fin y al cabo aquella guerra no hubiera comenzado si ambas partes no hubiésemos creído que teníamos razón.
Hola! Si has llegado hasta aquí, MUCHAS GRACIAS por leerme! :D
Con este capítulo, ya hemos terminado de presentar a todos los O.C. de esta historia. Ahora sólo queda que disfrutéis tanto leyendo sobre ellos como yo escribiendo. Como siempre si te ha gustado este capítulo, puedes dejarme un Review y si dentro de poco descubres que te gusta esta historia, puedes darle a Favoritos. ¡Me harías muy feliz!
