Disclaimer: No me pertenece "Dragonball Z", ya que el nombre es propiedad de Akira Toriyama y de la Toei Animation. Yo no me beneficio monetariamente con la redacción de esta historia.
Nota de Traductor: La versión hispana no es una traducción literal. Y contiene ciertos cambios estilísticos (supresión de redundancia y paráfrasis) que de ninguna manera afectan el contenido original de la historia.
Nota de Autor: ¡Disfruten!
"¿Quién lo hubiera pensado?"
(Who would have thought?)
Escrito en inglés por mrbignerd
Traducido por Esplandian
Capitulo VIII
Todo lo que permanecía sobre aquel helado paramo no revelaba nada, absolutamente nada sobre la gran batalla que tuvo lugar entre el Androide 8 y el Androide 17. La alguna vez orgullosa aldea Jingle había sido reducida a nada después de que Octavio se auto-destruyera, en un intento de acabar con la existencia del Androide Número 17.
Por lo que podía verse, parecía que el Androide 17 no había logrado sobrevivir a la explosión. Sin embargo, esto no podría estar más lejos de la verdad.
Número 17 se mantenía de pie, a pesar de no conservar semblanza humana.
La mayor parte de su piel y cabello había sido chamuscado a causa de la explosión. Lo que permanecía era un esqueleto metálico que albergaba sus órganos. Poco le quedaba de humano ahora que su verdadera forma había sido revelada.
"Maldita sea, no creí que ese modelo antiguo estuviera equipado con un detonador de tal alcance. Tal vez debí haber sido más cuidadoso. Ahora mis ropas se han ido, incluyendo mi piel y pelo. 18 sí que se va a enojar conmigo." Pronunció para sí mismo en voz alta.
Escaneó las ruinas que lo rodeaban.
Ansiaba terminar lo que había empezado. Seguramente esos aldeanos aún se encontraban con vida, se condenaría si los dejaba vivir después de lo que le hizo aquel robot obsoleto.
Elevándose por los aires, recorrió el área buscando los restos de aquella torre a la que vio a los campesinos dirigirse. La encontró muy pronto, y aterrizó en medio de los escombros.
Allí, debajo de él, estaba un portón de hierro forjado que sellaba todo hasta el subterráneo. Androide 17 sonrió tan pronto como tiró la puerta de hierro para abrirla, dispuesto a abalanzarse sobre sus presas.
Ya habían pasado seis meses desde que el Maestro Roshi y el mercenario Tao Pai Pai dieran inicio a su entrenamiento dentro de la cámara. Ambos habían alcanzado poderes asombrosos, los cuales nunca creyeron que podrían conseguir.
Los dos ya estaban acostumbrados a entrenar en una gravedad aumentada ochenta veces y se empujaban para entrenar bajo una gravedad mayor a cien para el siguiente mes. Ambos habían cambiado radicalmente desde su entrada.
Roshi, quien había sido de aspecto pequeño y frágil, ahora estaba lleno de músculo magro y duro, y sin tener que recurrir al uso de ki para aumentar su masa muscular como antes. Su barba le llegaba hasta el estómago y había perdido sus gafas de sol hace mucho tiempo. Incluso parecía haber crecido unos centímetros.
Tao Pai Pai sobrellevó una transformación aún más extrema.
Al final del primer mes de entrenamiento, Tao se percató de que su cuerpo mecánico no sería capaz de soportar la tensión causada por la gravedad aumentada; si continuaba esforzándose, su cuerpo le fallaría y él moriría.
Así que él se adentro en la soledad, con el fin de regenerar sus extremidades pérdidas y torso para poder entrenar al mismo ritmo que Roshi.
No fue fácil. La Escuela Grulla de Artes Marciales se basaba en numerosas ilusiones y otros artificios, pero existían unas cuantas técnicas capaces de producir verdadera carne y hueso.
Las técnicas de Cuadruplicación (Shishin no Ken) y la de los Cuatro Puños Sobrenaturales (Shiyōken) eran artes maestras de la Escuela Grulla, que solamente TenShinHan y el mismo, Tao Pai Pai, aprendieron a utilizar correctamente. A diferencia de otras técnicas, como la de Imagen Diferida Múltiple (Tajū Zanzōken), la de cuadruplicación no era una simple ilusión. Los cuerpos que se separaban del huésped eran reales, y cada uno poseía personalidad propia.
El proceso de germinar brazos era otra técnica que tampoco era un mero espejismo. El usuario verdaderamente desarrollaba dos brazos más. Lograrlo requería años de entrenamiento, con la única excepción de TenShinHan.
Con estas técnicas en mente, Tao imaginó que debía de existir un método que fuera similar en principio al Shiyōken y a Cuadruplicación pero, en lugar de producir nueva carne y hueso separado del cuerpo, él la usaría para regenerar extremidades que habían sido arrancadas o amputadas.
Durante tres días y tres noches, Tao no comió ni bebió al enfocar su mente, hasta que fue capaz de dominar la habilidad de regeneración.
Él rugió de dolor mientras reconstituían sus nuevas extremidades, forzando los componentes cibernéticos fuera de lugar. La formación de nueva piel, musculo, tendón, sangre y hueso era atrozmente dolorosa, y cobró su cuota correspondiente en la reserva de ki que el mundialmente famoso asesino poseía.
Roshi vio al mercenario tambalearse de regreso, y tuvo que darle una semilla del ermitaño para que su fuerza se restableciera pero, aún con la alubia, Tao durmió durante dos días seguidos; tan exhausto había terminado su cuerpo después de sufrir semejante conmoción.
Sin embargo, cuando Tao despertó, se sentía más fuerte que nunca y no le tomó mucho tiempo hacerle pasar uno que otro mal rato a Roshi durante sus sesiones de práctica.
Como tal, Tao Pai Pai había logrado aprender el arte de la Regeneración, aunque no era apto en su uso, al menos no de una forma tan proficiente o rápida como la regeneración namekiana, ya que el proceso era mucho más traumático para el cuerpo humano.
Así que tanto Tao como Roshi se esmeraban, esforzándose más de lo que otros humanos se habían empujado antes, con la esperanza de recobrar el planeta de las garras de los androides.
Snow supo que Octavio no volvería con ella.
Cuando escuchó la explosión retumbar desde afuera y las ondas de choque impactándose contra el bunker, inequívocamente presintió que todo aquello era un lamento por el fin de Octavio.
Ella golpeó su puño en el piso, abrumada por la ira y el desconsuelo. Odiaba el que Octavio hubiera tenido que mentirle por primera vez, mentirle sobre regresar con vida; odiaba al Androide 17 por orillarlo al sacrificio; y se odiaba a si misma por ser tan débil e incapaz de ayudar.
"Snow, mi niña. No había nada que pudiéramos hacer. Trata de comprender que con el sacrificio de Octavio se destruyó un terrible peligro. Debemos llorar su muerte, pero también agradecerle su desinteresado deseo de proteger a nuestra aldea." Dijo el patriarca.
"Ya lo sé, pero no es justo. ¿Porqué mi dulce Octavio tuvo que dar su vida para acabar con ese malvado androide? Simplemente no es justo…" Lloró Snow aferrándose al anciano. El resto de los campesinos, cabizbajos, también compartían el duelo.
"No hay mucho que nos sea posible hacer, pequeña. Solamente nos queda la esperanza de seguir con vida para reconstruir todo, igual que hemos hecho siempre."
Snow asintió al levantarse. La perdida de Octavio era un golpe duro, pero ella tenía que ser fuerte. Seguramente la villa había desaparecido, pero ella ayudaría a reconstruirla. No dejarían que ese maligno androide riera al ultimo; reconstruirían su vida y la disfrutarían por lo que era. Eso, sabía que eso era algo que ella podía hacer.
Entonces, hubo un fuerte sonido proveniente de la puerta del bunker. Los aldeanos observaron con horror como los portones de hierro forjado eran arrancadas con facilidad. Y el helado, frígido, aire del exterior sopló dentro del cálido refugio.
Fue entonces que el Androide Número 17 entró.
"Pero que pesimistas son. ¿Se murió alguien o algo por el estilo?" Preguntó en burla.
"¡Tú! ¡Todavía estás vivo!" Respondió la pelirroja, mitad-miedo y mitad-furia.
"Claro que todavía estoy vivo. ¿En verdad esperabas que un modelo anticuado tuviera posibilidades de matarme? Me dio una buena pelea, tengo que darle crédito, pero al final todo se resume a lo mismo: yo soy el modelo superior, y yo gano."
"¡T-tú eres escoria! ¿Teniendo tanto poder, porqué no puedes usarlo para ayudar a otros?" Le espetó la pelirroja.
"Oh, por favor, no vengas a predicarme sobre tus sensiblerías. El fuerte sobrevive y el débil muere. Yo soy fuerte, así que yo vivo. Eres débil, y mueres. Así es como siempre ha sido. No veo que bien se hace ayudando a otros." Escupió la maquina con desdén.
"¡No eres más que una bestia! ¡Somos mejores que eso! Goku poseía poderes increíbles y siempre ayudó a otras personas."
"¿Y qué bien le hizo a Goku ayudar a otros? Puede que haya sido poderoso, pero ahora está muerto."
"Aun así, él hizo todo lo posible por ayudarnos a todos nosotros. Eso lo convierte en un héroe en mis ojos. Si tan sólo yo tuviera la mitad del poder que tú tienes, yo-"
"Morirías. No serias capaz de manejarlo, lindura. Ahora será mejor que me facilites las cosas. Freiré a todos los presentes, para que nosotros dos podamos ir a mi cabaña. Puede que no me vea muy presentable por el momento, pero todas las partes importantes de mi cuerpo aún están en funcionamiento, si es que sabes a lo que me refiero."
Snow se ruborizó furiosamente ante la lascivia del Androide 17. El patriarca intervino inmediatamente.
"¿Por qué te afanas tanto en terminar con nuestras vidas? ¿Qué mal hemos hecho para ganarnos tu ira, androide?"
"Ustedes no han hecho nada, excepto estar vivos y ser humanos. No puedo soportar cualquiera de esas cosas. Es una lástima que no les sea posible hacer algo al respecto. Oh, bueno, esa es la razón por la que estoy aquí. Los freiré a todos, morirán, y cesaran de ser humanos. Eso mejorará su situación. Además es divertido."
"¡Villano! Dime, ¿acaso te gustaría ser perseguido como una presa de caza común?" Le preguntó el indignado jefe de Aldea Jingle.
"No me gustaría en lo absoluto, señor, pero entienda que cualquier cosa asediándome moriría, de manera que la pregunta es a la vez inútil y estúpida." Enfatizó firmemente 17.
Fue entonces que el androide comenzó a impacientarse. Se abalanzó hacia adelante y tiró de la pelirroja por el cabello, haciéndola gritar. El resto de los aldeanos se estremecieron a causa de la impresión.
"¡Suéltame!" Bramó Snow.
"¡Cállate! Voy a matar a todos estos pueblerinos uno por uno, y tú vas a observarlo todo. Después de que termine con ellos, te ultrajaré hasta descuartizarte. Y hasta entonces te mataré." La voz del ser mecánico era amenazante mientras sostenía a la mujer a su lado.
"¡Malvado, déjala ir!" Atronó el patriarca.
"Aww. Cierra la boca, viejo. Ya viene siendo hora de que mueras." Dictaminó Androide 17, alzando su mano y proyectando un rayo de ki que atinadamente atravesó la testa del anciano, incinerándola en el proceso. Su cuerpo descabezado se sacudió bruscamente antes de caer al suelo.
Snow cerró sus ojos y volvió su rostro, coloreado de un azul mezclado de repugnancia y horror. Sintió la lacerante mano metálica aprisionando su cráneo para forzarla a encarar aquello.
"Sera mejor que abras los ojos de inmediato." Le ordenó Número 17 a través de dientes pulverizantes y chirriantes.
Snow abrió los ojos con reticencia, convirtiéndose así en testigo del exterminio de toda su aldea, mientras Androide Número 17 rezumaba en tal acto un mórbido placer por la masacre.
Y no había nada que ella pudiera hacer al respecto.
A lo lejos, en la Plataforma Celeste, Karin podía oír con claridad los sollozos provenientes de la villa nevada del lejano norte. Deseaba desesperadamente ir y poner fin al androide.
Pero no podría, por más que lo deseara. Simplemente no tenía el poder para igualar a los androides y, además, sentaría un mal ejemplo para los guerreros restantes si se precipitara en el azul horizonte.
Karin escudriñó en dirección de la puerta que daba al interior de la Habitación del Alma y del Tiempo. Necesitaban tiempo, sólo una semana para estar listos para el combate.
Dos años para cada par que entrara, y él mismo en el último día. Era sencillo, pero el Maestro Karin consideraba que era demasiado tiempo. No sabía cuántas vidas inocentes se perderían, y cualquier cantidad de ellas era demasiado.
Así que continuó observando el planeta desde lo alto de la atalaya, encontrándose más impotente de lo que se había sentido jamás. Nunca había ansiado pelear con tanta intensidad, pero ya les mostraría a esos androides. Sólo necesitaba esperar. Una vez que culminará con su entrenamiento, les ensenaría la razón por la cual el nombre "Karin" había sido alguna vez temido y conocido como una fuente de gran poder.
Snow fue arrojada al piso con brusquedad cuando Androide 17 asesinaba al último campesino, un pequeño de no más de cinco años de edad.
El tacto de la sangre que le cubría el cuerpo le repugnaba. No daba crédito a lo que ese engendro había hecho. Los aldeanos no merecían esto.
Ya no importaba la espantosa visión de los aldeaniegos sufriendo la muerte, la cuestión era que ella no podía llorar por ellos, no así, no con lo totalmente aterrorizada que estaba. Advertía lo que el terrible androide planeaba hacerle.
No tenia esperanza forcejeando contra él, era demasiado poderoso, no concebía otra salida aparte de un milagro.
"Muy bien, lindura, ahora que esos molestos campesinos han muerto, sólo quedamos tú y yo. Pero no te preocupes, no te lastimaré demasiado. Si te comportas como todo una buena y pequeña mujerzuela, omitiré la sesión de tortura y te mataré de inmediato, rápido y sin dolor. Solamente has lo que digo. Ves, puedo ser amable si quiero…"
Snow miró los rojos ojos mecánicos que escaneaban su cuerpo; no pudo evitar sentirse desnuda bajo su mirada. Siendo parte robot, seguramente poseía un dispositivo que le permitía mirar a través de la ropa.
Ella no se sometería a este monstruo. No sería su juguete. Tenía un as triunfal bajo la manga. Jamás había tenido intención de utilizarlo en un momento como este, pero mejor eso que la alternativa.
La pelirroja extrajo un cuchillo de un compartimiento de su pantalón. Originalmente lo empleaba para alejar a los pervertidos y a los maleantes, pero ahora le daría un uso diferente.
"No pongas esa cara larga, chica nieve. Tener sexo con un androide no es una oportunidad que se presenta todos los días, ¿verdad? Bueno, con un medio robot en todo caso. Deberías sentirte halagada." Dijo encaminándose hacia la mujer de cabellos rojos.
El cuchillo descansaba junto a su pecho, oculto a la vista del androide. Los ojos de Snow se encontraron con los de Número 17 cuando ella le clavó su impetuosa mirada.
"Tú pierdes, androide." Declaró Snow desafiante antes de hundir el cuchillo en lo profundo de su corazón.
Androide 17 contempló a la vehemente pelirroja apuñalarse. Tenía agallas, eso se lo concedía. La mayoría de los humanos eran tan patéticos, y les atemorizaba tanto la muerte que le permitían hacerles lo que le viniera en gana. Siempre conservaban el delirio de que, de alguna forma, sobrevivirían si soportaban cualquier tipo de indignidad que él los obligara a realizar.
Esto no ocurrió con Snow. Encontró que ella no iba a hacerlo, y en lugar de degradarse a sí misma sometiéndose a su voluntad, ella hizo lo único que podía hacerle a él.
Retirarle el placer de asesinarla y humillarla quitándose primero la vida.
Snow cayó contra las baldosas, tendida sobre un charco de su propia sangre entremezclada con su pelo. Su visión se tornó nebulosa con la cercanía de la muerte. Un brazo metálico sostuvo su cabeza mientras miraba los ojos rojo láser del androide.
"Tú eres el primer humano en mucho tiempo que me ha desafiado así. Deja de ser divertido cuando mueres y lo sabes, ¿no es así chica nieve? En verdad tuviste la valentía para terminar con tu vida antes de que yo lo hiciera. Oh, y bien, todo lo bueno debe llegar a su fin. Me divertí, Snow lindura, realmente lo hice, pero ahora debes de estar exhausta, apuñalada y todo eso. Duerme, todo terminará pronto." Le susurró el androide en un tono notablemente suave, casi dulce.
Snow casi se sintió reconfortada al escucharlo. Sus pupilas pronto se dilataron y todo resplandecía en blancura desde el otro lado. Pudo ver a su familia y amistades una vez más, antes que la negrura dominará su visión, y de que ella cesará de saber más.
Notas de Autor: Ya sé que esta historia avanza lentamente, pero en verdad quería tomar mi tiempo con esto. Sólo tengan paciencia conmigo, la acción le dará alcance muy pronto.
