Capítulo 7

— BUENAS noches, señorita Swan —John Calver los esperaba cuando entraron en la casa. Miró a su jefe con una disculpa en los ojos— Siento molestarte en cuanto llegas, Edward, pero acaba de entrar la llamada que esperabas de Nueva York.

—Qué inoportunos —maldijo Edward y sus ojos se tornaron cálidos al ver a Bella, quien estaba muy hermosa— Tengo que hablar con ellos —aseguró con voz ronca.

La chica asintió. No podía hablar por la tensión que la embargaba.

— ¿En dónde está mi madre? —inquirió Edward.

— En el cuarto de estar —informó John Calver.

— Entonces ve y diles a los de Nueva York que tardaré unos momentos —tomó el chal de seda de los hombros de Bella y se lo dio a su asistente. Edward la contempló con tal intensidad, que la hizo perder el aliento. ¿Cómo puedo odiar tanto a este hombre y desearlo de esta manera al mismo tiempo?, se preguntó Bella— ¿Estás bien? —inquirió Edward atento al acercarla a una puerta.

— Sí —tragó saliva y alzó la barbilla.

— No te preocupes —le indicó al abrir la puerta— Mi madre te va a querer mucho. ¿Cómo podría no hacerlo cuando estás tan hermosa esta noche?

El halago la hizo sonrojarse y Edward sonrió al llevarla ante su madre. De inmediato, Bella se deprimió. Era una mujer formidable, alta, de complexión fuerte. Su cabello caramelo brillaba y su rostro aceitunado estaba bien conservado y hermoso... Era un rostro que no mostró ninguna amabilidad y cuyos ojos verdes estaban muy fríos.

— Madre —Edward tomó a Bella de la cintura al inclinarse y darle un beso cálido— La llamada de Nueva York que estaba esperando acaba de entrar. Tendré que presentarlas con rapidez y las dejaré para que se conozcan. ¿Bella? —la adelantó— Querida —murmuró- esta es mi madre. Madre, esta es la hermosa mujer que me ha hecho tan feliz al aceptar ser mi esposa.

¿Triunfo o reto?, se preguntó Bella al oír su tono.

— Buenas noches, señora Cullen —la saludó con nerviosismo. Extendió una mano temblorosa y se estremeció al encontrarse con esos helados ojos verdes.

— Señorita Swan —dijo Esme Cullen con formalidad. Ignoró la mano extendida y se acercó para darle un beso en la mejilla— Es un... placer conocerla al fin —murmuró al separarse, pero el mensaje de sus ojos era otro. Bella se deprimió aún más. Así que Heidi tenía razón y ella no sería aceptada de buen grado por la señora.

— Tengo que irme —comentó Edward— Cuídala, madre —pidió con naturalidad— Bella está un poco nerviosa. Haz todo lo que puedas por hacerla sentirse como en casa.

De nuevo, Bella oyó el desafío en el tono de voz de Edward y quedó convencida de que él no logró convencer a su madre de que quería a Bella Swan por esposa. Bella podía entenderlo. Ni siquiera ella estaba convencida.

Sin embargo trató de que las cosas fueran corteses.

— Fue... muy amable de su parte el haber venido de tan lejos a conocerme, señora Cullen —señaló en un intento por aliviar la tensión, ahora que estaban a solas.

— Mi hijo insistió en ello —la informó— Y le diré señorita Swan que Edward me ha entristecido mucho con esta decisión tan repentina.

— Yo lo lamento —fue sincera. Estaba muy triste al ver que la señora no la aceptaba.

— ¡Usted ni siquiera es griega!

— No —confirmó con una sonrisa seca— Me temo que no tengo nada de sangre griega en las venas —alzó la barbilla— Pero mi sangre es roja señora Cullen, igual que debe ser la suya —añadió.

— Tan roja como su horrible cabello sin duda —los ojos verdes miraron con desdén el halo sedoso del cabello de la chica

— No lamento el color de mi cabello —sus manos empezaban a temblar y las ocultó entre los pliegues del vestido. Edward le advirtió no discutir con su madre pero al parecer no le ordenó lo mismo a su madre, pues ésta estaba dispuesta a provocar a Bella.

— Usted no es más que una niña y demasiado delgada para mi gusto —hizo una mueca desagradable— ¿Me pedirá disculpas cuando su frágil cuerpo no pueda darle a Edward los hijos que necesita?

— No me voy a casar con Edward por la función exclusiva de darle hijos, señora Cullen —Bella se indignó ante la bajeza de la pregunta.

— ¿Y por qué se va a casar con él? —inquirió la griega con frialdad— ¿Por su dinero? La fortuna de su propio padre está desapareciendo, así que usted pensó en casarse con un hombre rico, ¿verdad?

Bella no pudo evitar reír. Todo era ridículo.

— Vaya; ¿no puede creer que su hijo sea capaz de hacer que una mujer lo ame por él mismo? —preguntó con dulzura. -

— Edward puede tener a su lado a la mujer que quiera —Esme se tensó.

— Porque el dinero las atrae —asintió Bella. ¿Qué tenían esos griegos que se sentían superiores a los demás?

— Eso no fue lo que quise decir —se irritó la madre— Tendría que entender las costumbres griegas para comprender lo que ha provocado la declaración súbita de mi hijo. Se suponía que Edward iba a casarse bien. Con una chica griega, cuya riqueza sólo complementara la suya.

¿Cómo con la hermosa Heidi, por ejemplo?, pensó Bella. Era consciente de que la familia Mandraki, que tenía una compañía naviera, era muy acaudalada.

— Mi padre no es un pobretón, señora —se defendió.

— Estamos hablando de mucho dinero, señorita Swan —se burló la mujer— Y estamos hablando de raza. De la buena raza griega que formará nuestra sangre. Usted tiene que estar al tanto de lo que hará perder a Edward al casarse con él.

Bella empezaba a sentirse como una novia victoriana a quien se condena por pensar que puede casarse con un príncipe.

— Entonces, ¿qué trata de sugerir, señora Cullen? —inquirió— ¿Que rechace a su hijo por su propio bien?

— Ah —sonrió Esme al fin— Veo que empieza a entender las cosas.

— ¿Que la felicidad de su hijo está en venta como si fuera cualquier mercancía? —prosiguió Bella— Tiene razón, señora Cullen, ya empiezo a entenderlo todo.

— No me refería a eso —protestó Esme, impaciente. Por fin estaba incómoda y Bella tan furiosa, que se alegró de ello.

— ¿Todavía están de pie? —notó una voz profunda con sorpresa. Ambas mujeres se tensaron y se volvieron hacia Edward, que se encontraba en el umbral— Y no tienen nada para beber —declaró. No parecía ser consciente de la hostilidad del ambiente.

Edward se adelantó y les sonrió con amabilidad.

— Les pido una disculpa por tardar tanto fue una tontería, pero eso siempre es lo que toma más tiempo. ¿Un jerez, madre?

Fue una velada espantosa y Bella nunca se alegró tanto de regresar a su casa cuando Edward por fin dio por terminada la reunión.

— Me odia —declaró angustiada.

— No es odio —negó Edward— Sólo es... resentimiento de que alguien se interponga en algo que ha deseado mucho.

— ¿Te refieres a la chica griega y rica con cartas de presentación? —se burló Bella.

Edward estaba cansado y la miró con sorpresa.

— Eso fue lo que te dijo —estaba divertido y eso sólo enojó más a Bella— Terminará por aceptarlo —le aseguró y cerró los ojos— Sólo dale tiempo.

— Si se supone que me dices eso para hacerme sentir mejor entonces te voy a desilusionar —replicó Bella— No quiero su aprobación —después de toda una noche de escuchar los comentarlos e insinuaciones ácidas de Esme, Bella ya estaba harta y se desahogó con Edward— Y tampoco la de nadie más —sus ojos brillaron con furia— Me estoy casando porque hicimos un trato, no por tener la ambición de ser la niña de los ojos de tu madre

— Ni la de los demás tampoco para el caso —declaró él con pesadumbre

— Me deseas y me tendrás —murmuró— No esperes más que eso.

—Espero mucho más querida —la atrajo con rapidez y empezó a besarla en la boca. Convirtió su furia en pasión sin gran esfuerzo. Y al mismo tiempo obligó a Bella a que aceptara lo que no se podía expresar en palabras: que aún si ella podía escapar de la red que le tendía, no querría hacerlo.

Bella ansiaba eso demasiado. Lo deseaba a él.

El jet privado se sacudió al caer en una bolsa de aire y Bella se desperezó. Había sido un vuelo largo y fatigoso, después de un día agotador.

Esa mañana se casaron en una iglesia pequeña cerca de su casa. Bella vistió un vestido de satén y encaje tradicional y cubrió su palidez con un velo de tul. Su padre la miró con lágrimas en los ojos al verla bajar por la escalera. Estaba apoyado en dos bastones. Todavía no estaba bien y el doctor Martin le ordenó que después del brindis regresara de inmediato a la cama.

— Dios mío —comentó con voz ronca— estás igual que tu madre —y sus ojos estaban llorosos al besarle la mejilla a través del tul.

La madre de Edward asistió a la ceremonia y sus modales no fueron más suaves que la primera vez. Heidi también estaba allí, invitada por Esme, quien lo hizo sólo por molestar a Bella. La chica sintió la mirada de Heidi clavada en su espalda cuando caminó hacia Edward, que la esperaba junto al altar.

Estaba guapísimo vestido con el traje oscuro convencional y la camisa blanca y sencilla. Nada podía quitarle su carisma tan especial. Entrecerró los ojos al verla a la cara y Bella se alegró de tener el velo puesto.

La mano de él era firme y cálida mientras que la de Bella estaba helada. Edward apreté sus dedos con posesividad.

Sólo había una dama de honor, la única del grupo de música que no condenó a Bella por romper con Jacob.

— Te entiendo —comentó Angela después de conocer a Edward en la cena íntima que el padre de Bella ofreció en su casa, unos días antes de la boda— ¿Cómo puedes querer a Jacob después de conocerlo a él? —miró al techo, elocuente— Es como probar caviar cuando sólo estás acostumbrada a comer atún. No hay comparación. Eres muy afortunada, Bella.

Mas Bella no se sentía afortunada. Estaba muy triste y un tanto asustada de lo que vendría después de la ceremonia religiosa. En las semanas que precedieron a la boda, Edward se volvió de nuevo el extraño distante, igual que durante la enfermedad de su padre. La visitó, fue cortés y amable con Bella, pero no la besó después de ese interludio apasionado en el asiento trasero del auto. Entonces, él se había alejado de ella con esfuerzo.

— Cielos, esto tiene que terminar, o de lo contrario serás una mujer muy experimentada en nuestra noche de bodas.

— ¿Qué te hace pensar que no lo soy? —se enojó, irritada por verlo tan seguro de su inocencia.

— Será mejor que no lo seas, Bella —la miró, sombrío, pero también divertido.

— ¿Es por eso que no te casarás con Heidi? —estaba segura de que la madre de Edward quería que Heidi fuera su esposa— ¿Porque sabes que no es virgen?

— No —negó con seriedad— No soy tan primitivo como para esperar que mi esposa sea virgen en nuestra noche de bodas —la miró a los ojos con intensidad— Sin embargo, te exigiré que seas completamente fiel como mi esposa. Bella. Recuérdalo —aconsejó— Eso evitará que alguna vez pienses siquiera en engañarme.

— Y supongo que no podré exigir lo mismo de ti.

— ¿Antes de conocernos? No —confirmó— Supongo que es por la fea doble moral de nuestra sociedad. Pero desde que nos conocemos, sí —le dio un beso final en los labios— Tendrás todo el derecho de matarme a golpes si me atrapas con otra mujer.

— Para eso tendré que atraparte.

En ese momento, Edward echó a reír y la observó mientras llegaban a casa de Bella. Desde entonces, mantuvo su distancia y se convirtió en el hombre frío y distante que Bella rechazaba por instinto.

Sin embargo, sus ojos la miraron con ardor al levantar el velo de su cara. Mía, ese era el mensaje ferviente. Bella tembló cuando él se inclinó a besarle los labios fríos y rígidos. De nuevo estaba muerta de miedo.

— Nunca podrás retenerlo a tu lado —comentó Heidi con confianza cuando logró apartar a Bella en la recepción— No eres lo bastante mujer.

— Aprenderé a serlo —replicó y se negó a mostrarle que sus palabras la hirieron.

— Creo que mi hijo ha cometido el error más grave de su vida hoy —anunció la nueva suegra— Y eres la única responsable de que haya sido así.

Lo cual tal vez era más cierto de lo que creía Esme, pensó Bella con pesadumbre.

— Cuida a mi hija —ordenó el padre con brusquedad y emoción cuando lo instaron a volver a la cama— Y recuerden que me prometieron un nieto.

Bella vio cómo el doctor Martin se lo llevaba. Frunció el ceño, aprensiva.

— Déjale sus sueños a un anciano —comentó Edward, entendía la razón de la tensión de su esposa— ¿Que no es esa la esperanza de los padres cuando sus hijos se casan? Hasta mi madre piensa en ello. Lo que pierde ahora, piensa ganarlo después —se burló un poco.

— Y por eso sigue tratándome como si fuera una leprosa.

— Espera a que tengamos hijos —la apaciguó— Verás cómo responde a ti entonces.

— ¿Qué hijos? —estaba muy tensa.

— Los que procrearemos en una tormenta de fuego y pasión —prometió Edward y la hizo temblar por su intensidad al verla— ¿Estás asustada, Bella? —preguntó con suavidad.

La joven iba a negarlo y en vez de eso bajó la vista.

— Tengo que ir a cambiarme —murmuró. Se alegró cuando volvió a estar sola, pero la risa de Edward la siguió…

— Ya casi llegamos —susurró una voz profunda. Bella se irguió y bostezó con delicadeza— La isla es pequeña, pero lo bastante grande como para tener una pista de aterrizaje —comentó al ver por la ventana.

— ¿Tiene nombre? —inquirió Bella al ver la forma oval de la isla, en el mar Egeo. Era tarde. Más de las siete de la noche y todo estaba iluminado por el sol poniente.

— Es la isla Cullen —declaró divertido y sin arrogancia— Ha pertenecido a la familia durante generaciones... La isla es mi único hogar... el verdadero hogar que tuve cuando niño.

Bella recordó que Edward viajó mucho pues su padre fue diplomático. Sintió simpatía por el niño que debió considerar su existencia nómada muy solitaria a veces.

— Allá hay un pequeño pueblo... —Edward señaló unas casas blancas con techos de teja— Es una isla pequeña y es autosuficiente para sus necesidades y complementada por un bote que viene cada quince días en su recorrido por las islas pequeñas.

— ¿No hay turistas? —Bella trató de hablar con naturalidad. Edward estaba tan cerca, que le costaba trabajo respirar.

— No —le indicó con una sonrisa— Los turistas ya tienen suficiente espacio en otras islas para broncearse y no tenemos nada que ofrecerles a modo de historia ni de hoteles. En el fondo somos gente sencilla Bella —le informó con sequedad— Dale a un griego un hogar modesto, una mujer buena y un lugar en donde pueda charlar con los vecinos y beber ouzo y estará feliz.

En ese momento, el avión hizo un giro brusco y lanzó a Edward sobre ella. Él alargó una mano para estabilizar a Bella y rozó las sensibles puntas de sus senos al hacerlo. La chica jadeó y él la miró con intensidad al ver que su suave boca empezaba a temblar.

— ¿Y la... casa grande... que está sobre la colina? —inquirió sin aliento. Sabía que Edward quería besarla y oró para que no lo hiciera. Consideraba que quedaría destrozada si eso pasaba.

Él hizo una mueca y volvió a su asiento. Alzó la ceja al verla suspirar de alivio.

— Nuestra villa —anunció con una sonrisa— Y me temo que no es tan modesta.

Bella miró la hermosa villa con sus balcones de dos pisos y muros blancos Había una piscina en medio de un patio y un jardín muy bonito que llegaba hasta el mar.

— El agua no es un problema en la isla —comentó Edward adivinándole el pensamiento — Tiene, su propio manantial que nos da mucha agua para sobrevivir en los largos y calurosos meses del verano.

El avión hizo un aterrizaje brusco, asustando a Bella.

— Primitivo pero efectivo —comentó Edward cuando el avión empezó a frenar con fuerza. Casi de inmediato se detuvo.

Se puso de pie y sonrió a Bella al ayudarla. Esta tomó su mano, silenciosa y tensa. La hizo pasar al frente, tomándola de la cintura para guiarla por el pasillo. La azafata ya abría la puerta. En la escalera Bella se detuvo impresionada por el calor.

— ¿Estás bien? —inquirió Edward.

— Sí —susurró con voz ronca— No esperaba que hiciera tanto calor a esta hora, eso es todo.

— Mmm… —apretó un poco su cintura— Debemos asegurarnos de que tu delicada piel no se queme, agapi mou. No me gustaría que su blanca perfección quedara arruinada por el fuerte sol de Grecia.

— Tendré cuidado —prometió al bajar por la escalera. Edward se reunió con ella abajo. Entonces la tomó de los hombros y la volvió hacia él.

— Bienvenida —se inclinó para besar sus labios.

No fue un beso apasionado ni que exigiera respuesta, pero dejó sin aliento a Bella y la hizo ruborizarse. Estaba invadida por una dolorosa timidez.

—Vámonos —dijo Edward y ella tembló. ¿Le quedaba acaso otra alternativa?, se preguntó con tristeza cuando él la llevó a un Mercedes convertible que estaba estacionado debajo de un olivo enorme. Todas sus alternativas terminaron esa noche fatídica en que fue a buscar a Edward Cullen.

— No tiembles tanto —la reprendió al tomarla de la mano— No voy a atacarte en el momento en que estemos solos.

— No pensaba que lo harías —negó y trató de mirarlo con indignación.

— Mentirosa —fue todo lo que dijo él con burla.

La sentó en el Mercedes. Volvió al avión en donde el piloto y la azafata ya bajaban el equipaje. Los tres charlaron unos momentos; luego Edward tomó las dos maletas y las aventó en el asiento trasero. Se sentó frente al volante y se relajó al arremangarse las mangas y abrirse los botones de la camisa.

Bella lo observó con fascinación. Apartó la vista cuando la embargó el deseo arrasador de tocar la piel de su pecho. Sintió un nudo en el estómago. Era humillante la forma en que sus sentidos respondían a ese hombre.

El oscuro zafiro de su dedo brillaba mucho, además del grueso anillo de bodas. Giró las sortijas, distraída, recordando lo bonito que se vio el diamante de Jacob en su mano. Se entristeció.

Pobre Jacob. Lo trató tan mal que nunca dejaría de sentir remordimientos. Sí, nunca habría podido ser feliz a su lado. Edward terminó con cualquier oportunidad de que Bella fuera feliz con otro hombre que no fuera él. Sólo bastaba un beso, un beso pequeño e insignificante como el que le acababa de dar al bajar del avión, para convertirla en un volcán de pasiones.

El avión volvió a despegar y Bella vio el color tan azul del cielo.

Bueno, a eso se comprometió. A un esposo del que sabía que nunca estaría segura y la posibilidad enervante de una noche de bodas que sabía que afectaría la esencia de su vida para siempre.

— Me temo que habrá un pequeño comité de recepción cuando lleguemos —Edward interrumpió sus pensamientos pesimistas— Es una costumbre de la gente del pueblo que te den la bienvenida como mi esposa.

Bella lo miró. Su cabello caramelo flotaba en el viento y su hermosa cara resplandecía con el sol de su país, acentuando la belleza de su piel.

— ¿Crees que podrás hacer frente a la situación? —la retó con suavidad al sorprenderla mirándolo y le sonrió.

— No lo sé —desvió la mirada— ¿Crees que podré?

— Creo que sí —llegaban a una pendiente y la vista estaba bloqueada a ambos lados por enormes árboles— Probablemente les ofrecerás tu sonrisita tímida que tiene cierto encanto y reserva y los dejarán hechizados, como me pasó a mí la primera vez que te vi. Y si eso no funciona —se estacionó y Bella se sorprendió — entonces lo hará tu hermoso cabello. Pensarán que he traído mi propia diosa a la isla y pronto empezarán a erigirte altares.

— Los altares son para los santos —replicó, perturbada por el orgullo que Edward sentía por ella— Y yo no soy una santa — Las santas no se excitaban como ella al ver a un hombre.

Hubo una pequeña pausa y Bella ya no pudo seguir contemplando a Edward.

— ¿Por qué nos hemos detenido? —inquirió. Miró a su alrededor y no vio nada que se pareciera a la hermosa casa que divisó desde las alturas

— Vamos —bajó del auto. Bella lo imitó. Edward la tomó de la mano y la condujo entre los árboles. Se detuvo y la hizo pararse frente a él—. Mira —pidió— Pensé que te daría gusto ver esto. No podríamos haber escogido mejor momento para pasar por aquí.

— ¡Oh! —jadeó gratamente sorprendida. Vio la extensión del mar Egeo bañado por el sol enrojecido. Todo parecía brillar desde la curva de la pequeña bahía hasta la arena de la playa de abajo. Unas sombras moradas se alargaban en el cielo y el mar parecía tragarse una bola de fuego en el horizonte.

—Apolo —susurró Edward y la rodeó de la cintura para apoyarla en su cuerpo— el dios del sol, se une a Zeus en los cielos y a Poseidón en el mar. Es un encuentro maravilloso, ¿no te parece?

Bella asintió, apoyada sin darse cuenta en el cuerpo de Edward mientras seguía observando la escena con fascinación.

Luego, ya no fue la hermosa vista lo que atrajo su atención, sino el hombre que estaba a su lado, cuando empezó a acariciarle el brazo y las puntas del cabello. Bella sintió unas placenteras sensaciones en el cuero cabelludo cuando Edward jugueteó con los mechones de pelo y el corazón se le aceleró.

— Hermoso —murmuró Edward con voz ronca.

— Sí —volvió la cabeza para poder sonreírle— Es como si... —no pudo hablar más y las palabras murieron en su boca al ver la mirada de deseo ferviente de Edward. Este la miraba a ella no al sol. Su rostro reflejaba los colores del sol que desaparecía.

—Eres hermosa, Bella —murmuró de nuevo antes de bajar su boca para besarla.

La joven pensó protestar y hasta se tensó un poco en sus brazos, empezando a rechazarlo. Sin embargo, la magia del momento hizo que sus labios se entreabrieran bajo los suyos y le permitió que la volviera y que la abrazara. El cuerpo de la chica se arqueó con sensualidad cuando el beso se ahondó.

— Bella... —suspiró sobre sus labios. El mundo pareció detenerse. Todo pareció depender de ese conmovedor momento. La boca de Bella floreció bajo la de Edward y sus lenguas se tocaron en un electrizante encuentro de los sentidos

Fue el beso más íntimo que habían compartido, que opacó a los anteriores. Bella le tocó los brazos y luego subió las manos hasta aferrarse al cuello. Su cuerpo se arqueó y estiró con tal sensualidad innata, que Edward se estremeció al abrazarla.

Cuando se separaron, ya todo estaba oscuro. Bella se mareó un poco, desorientada por el beso, por el ocaso inspirador, por el hombre que la abrazaba con tanta posesividad.

— Vamos a casa —anunció él y Bella se estremeció, sabiendo qué implicaba con eso.