Capítulo 7: Buenas noches.

Desde mi enfrentamiento con Weasley, apenas la había visto. Era como si hubiéramos roto sin ni siquiera llegar a estar juntos, y eso era lo peor de todo. Aquellos días en los que giraba la cabeza y la veía a mi lado, haciéndome olvidar lo miserable que era mi vida y aportando un poco de alegría a la misma, parecían haberse esfumado. Desaparecieron, y consigo se llevaron los únicos buenos momentos en los que me permitía reír y no sentirme culpable por ello.

Había pasado una semana desde que casi consigo desfigurarle el rostro a ese estúpido de Weasley, y desde entonces sólo había podido verla en el gran comedor durante las comidas. Odiaba la necesidad que sentía de verla, pues aquella situación me volvía débil y vulnerable, y precisamente yo no podía permitirme tal lujo. Tenía el apremio de hablar con ella, de explicarle (sí, ¡un Malfoy dando explicaciones!) por qué me había comportado así, de hacerla ver de una vez por todas que desde bien pequeño me habían enseñado a cuidar celosamente mis cosas, y que me sentía en la obligación de hacer todo lo posible por mantenerla a mi lado, ya fuera desfigurando una cara (de por sí ya desfigurada, como la de Weasel) o lanzando por los aires a cualquiera que se atreviera a acercarse a ella más de lo necesario.

—¡Yo no soy una cosa! —habría gritado ella.

—¿Cómo que no? —habría objetado yo con una sonrisa—. Sí que lo eres. Eres la cosa más bonita que jamás me ha pertenecido.

Me alegré de que aquello sólo hubiera ocurrido en mi mente, pues me habría arrepentido al instante de decir semejante cursilería. Tal vez lo que el verdadero Draco hubiera dicho habría sido algo así como "Calla Granger, he dicho que eres mía y no hay más que hablar", y tal vez, sólo tal vez, ella me habría pegado por segunda vez... Pero me sorprendió pensar que no me importaría que lo hiciera si así olvidaba lo sucedido unos días atrás.

—¿Vas a venir a Pociones? —preguntó un sorprendido Crabbe, cuando dejé de mala gana el libro sobre la mesa mientras me sentaba a desayunar.

—¿Tú qué crees, idiota? —respondí toscamente—. ¿Piensas que cargo con el libro para darle un paseo? De verdad, Crabbe, cada día eres más tonto.

Goyle y los demás compañeros sentados a nuestro alrededor rieron ante tal humillación, pero mi humor no estaba para aquello. Di un gran bocado a una tostada con mermelada mientras mis ojos recorrían la larga mesa de los leones hasta dar con ella. Parecía que le faltaban horas de sueño, y se veía mucho más seria de lo normal. Incluso estaba algo desaliñada, y su pelo trazaba ondas más vertiginosas que de costumbre. La pequeña de los Weasley ahora se sentaba entre ella y sus amigos, y aunque ésta parecía hablarle de algo, ella apenas levantaba la mirada del plato.
Cuando las tostadas y los dulces empezaron a desaparecer, los alumnos iban saliendo del gran comedor para dirigirse a sus clases. Algunos se desperezaban para terminar de espabilarse, otros reían con sus compañeros, los de primer año, algunos con las túnicas más grandes que ellos mismos, salían corriendo por los pasillos, cosa que no ayudaba a los nervios de Filch. Sin embargo, desde hacía una semana, ella salía siempre la primera, y aquel día no fue diferente. Los idiotas de Potter y Weasley, aun sentados a la mesa, la vieron marcharse, sola, y no hicieron nada al respecto. Intercambiaron un par de palabras, y justo después sus miradas se posaron en mí. Mi expresión debió escupirles en la cara todo el odio que sentía hacia ellos, porque sólo me aguantaron la mirada un par de segundos. Aprecié en la del pelirrojo resentimiento, y en la Potter, desconfianza.

—Os veo en clase —dije malhumorado, mientras me ponía en pie.

Salí rápidamente por la gigantesca puerta del gran comedor y me dirigí a las mazmorras con paso ligero. Acostumbrados a verme caminar por el castillo con temple y manteniendo la compostura, algún que otro retrato pareció girarse, a mi paso, para comprobar que aquel chico con prisas realmente era yo, Draco Malfoy.
Mazmorra 1. Mazmorra 2.
Giré a la derecha al final del pasillo.
Mazmorra 3. Mazmorra 4.
Volví a girar a la izquierda, donde se encontraba, después de un largo pasillo, la número 5.
Y ahí estaba ella, apoyada en la pared y sosteniendo el libro sobre sobre sus piernas, tal y como esperaba encontrármela. Y sola.

Me quedé allí quieto, mirándola, mientras pensaba qué iba a decirle… ¿Con un "hola" sería suficiente, después de una semana sin hablar? Pero ella giró la cabeza hacia donde yo estaba, como si me hubiera sentido, y sus hundidos ojos se toparon con mis zapatos, luego con mis manos, y luego con mis labios. Se quedaron allí, no quisieron subir más. Tal vez no quería verme, o tal vez aquello le dolía tanto que no soportaba mirarme a los ojos.

Los demás estarían a punto de llegar, así que, todavía sin saber qué diablos decir, me apresuré a encontrarme con ella.
A cada paso que daba se hacía más latente la tristeza de sus ojos, y aunque quería aparentar que no me importaba demasiado, aquello era superior a mis fuerzas. Cuando al fin la tuve delante, tiré mi libro a un lado, cogí el suyo, lo puse sobre el mío y enlacé mis dedos con los suyos, atrayéndola un poco hacia mí, temeroso de su reacción. Pero no se opuso, así que tiré de ella hasta que sentí su cuerpo contra el mío y el latir de su corazón. Le pasé las manos por el pelo mientras ella apoyaba su cabeza sobre mi pecho, y eché una rápida y nerviosa ojeada al pasillo para comprobar que nadie estaba observando aquella escenita que dejaría a cualquiera con la boca abierta.
Unos segundos más tarde, la separé un poco para poder mirarla a los ojos.

—Supongo que estás así por mi culpa, ¿no? —pregunté mientras ponía mi pulgar sobre su barbilla para hacer que me mirara—. Espero que digas que sí, porque si dices que no, también deberás decirme contra quién tengo que lanzar alguna que otra maldición imperdonable.

Ella sonrió levemente ante mis palabras, pero duró solamente un segundo.

—Hermione —añadí, intentando controlar el deje de impaciencia de mi voz, mientras sostenía su cara con mis manos—. Por favor, dime algo.

Pero en ese momento empezaron a escucharse murmullos muy cerca, y me vi obligado a separarme de ella, no sin antes soltar por lo bajo un par de improperios.
Me agaché para coger su libro y se lo tendí. Ella lo tomó un segundo antes de que los demás doblaran la esquina. Cogí el mío de mala manera mientras la gente se mezclaba entre nosotros y nos separaba.

La puerta de la mazmorra se abrió y fuimos pasando para ocupar nuestros asientos en aquella oscura y deprimente celda. Hacía más de un mes que no asistía a esa clase, y la mazmorra parecía incluso más lúgubre de lo que recordaba.

—Largo —dije dirigiéndome a un muchacho de mi misma casa que estaba sentado en mi sitio. Éste puso mala cara, pero se levantó sin rechistar—. ¿Quién es ese imbécil? —quise saber.

—Es repetidor de esta asignatura. Se sienta aquí desde que tú no vienes —respondió Crabbe encogiéndose de hombros—. Es un buen tío.

—Es gilipollas —espeté.

No me tomé la molestia de decir aquello en voz baja, y mucho menos sentí ningún tipo de remordimiento al darme cuenta de que el aludido se había enterado perfectamente de mis palabras. Se lo merecía, por ocupar mi sitio, por tocar mis cosas.

—Silencio.

La fría voz del jefe de mi casa me sacó de mis cavilaciones. Levanté la cabeza y aprecié la alta e imponente figura del profesor. Vestido con una túnica negro carbón, se acercaba a nosotros, como siempre hacía, dando lentos pero firmes pasos a la misma vez que hablaba.

—Abrid el libro por la página 264 —dijo, arrastrando las palabras—. Rápido.

Nadie en su sano juicio se atrevía a contradecirlo. Si decía "rápido", era "rápido", y pobre del que se rezagara tan solo unos segundos.

El profesor Snape empezó a hablar sobre los ingredientes para realizar una poción Mopsus. Eché un rápido vistazo a la descripción que daba el libro de dicha poción. Al parecer, servía para manipular objetos a través de la telekinesis. Interesante, pensé, pero al mirar la lista de ingredientes y la complejidad de la preparación, perdí el interés inmediatamente.
En lugar de prestar atención a las explicaciones del profesor, me entretuve en mirarla, sentada en la fila de al lado, unas mesas más adelante.
Su ondulada y despeinada melena a veces definía algún que otro tirabuzón cayendo por su espalda. Pude distinguir por entre su pelo sus sonrojadas mejillas y sus labios, apretados a causa del esfuerzo por comprender la lección.
La vida parecía que se paraba cuando la miraba, aunque fuera difícil de admitir. Sus gestos, sus expresiones… Todo en ella era un misterio por el que valía la pena dedicar todo el tiempo del mundo a descubrir.
De repente, dejó de inclinarse sobre el libro y se puso derecha en su sitio. Tomó una gomilla que llevaba en la muñeca derecha y empezó a pasarse las manos por el pelo, haciendo extrañas maniobras, lo cual, unos segundos más tarde, dio lugar a una larga y perfecta trenza que dejaba más a la vista su rostro… Debido a algo, ella se giró para mirarme…

—¿Y bien? —preguntó el profesor Snape junto a mi mesa, al cual no había escuchado llegar.

—¿Perdón? —dije mientras me ponía recto y me daba cuenta de que no sólo ella se había girado para mirarme. Todos los allí presentes lo habían hecho.

—Decía, señor Malfoy, que tal vez usted pueda dar su opinión sobre lo que acabo de explicar.

No me había enterado de nada, por supuesto. Me había quedado absorto mirándola, casi embelesado, lo cual me hizo querer darme de hostias.
Sin querer enfrentar los ojos curiosos de mis compañeros, miré a los del profesor. Craso error.
Sus grandes pupilas negras parecían ver el interior de mi alma. Me juzgaban, me cohibían.

Su casi inexpresivo rostro se volvió furioso de repente. No del tipo de furia que hubiéramos visto en las caras de aquellos a los que les hemos atado los cordones de ambos zapatos con un movimiento de varita y han caído de bruces sobre el suelo. Otro tipo de furia. Controlada, pero latente. Existente, sí, pero cauta a la hora de ser mostrada. Y no sería en ese momento. Lo supe porque el profesor Snape hizo ondear su túnica a la vez que se daba la vuelta y volvía a la pizarra, esta vez dando grandes zancadas.

—Quiero que me entreguéis un pergamino escrito a doble cara, con las recomendaciones que haríais para el uso responsable de esta poción, así como las mejoras que propondríais para su realización —dijo, más rápido de lo normal y en voz excesivamente alta—. Lo quiero para hoy, y quien no lo entregue, ya puede darse por suspenso.

—¡No fastidies! —oí susurrar al chico repetidor, detrás de mí—. Así fue como suspendí el año pasado.

Aquella reacción me dejó descolocado. El profesor Snape era conocido (y temido) por ser despiadado con todos los alumnos del castillo, a excepción de los de Slytherin, pues también era su casa. Algo terrible había tenido que hacer para, precisamente yo, Draco Malfoy, ver su lado más intimidante.

De mala gana, empecé a rasgar con mi pluma en el pergamino, y escribí con la letra más grande posible lo primero que se me ocurrió. No pensaba dedicarle más tiempo a aquella estupidez, así que me levanté y fui a la mesa del profesor, donde se encontraba el profesor Snape de pie, tras el escritorio, taladrándome con la mirada. Entregué mi pergamino, sin dedicarle una simple mirada a aquel hombre, y salí de la mazmorra.

Intentando poner mis ideas en orden, pronto olvidé lo ocurrido en aquella clase. "Como si a alguien le importara lo más mínimo que ese imbécil tenga un mal día", pensé.

Sabía que después de Pociones, Hermione cursaba Runas, y que ni Potter ni Weasley daban esa asignatura con ella, así que me apresuré a salir al patio interior por el que debía pasar para ir a esa clase, y me apoyé en una columna cercana a la puerta a esperarla. Una semana sin saber de ella había sido suficiente para darme cuenta de que haría lo que fuera por volver a estar como antes. Necesitaba volver a verla reír en mis brazos, darle besos en los labios y llamarla por su apellido sólo para hacerla rabiar. Era un tipo de droga de la que ni el tipo más duro de la tierra podría resistirse.

Pasaron unos minutos hasta que empezaron a salir los alumnos al patio. Eché un vistazo a ambos lados, con los brazos cruzados y un pie contra la columna, intentando parecer que no estaba allí por algo en especial.
Pronto el patio se inundó de alumnos, y mis ojos buscaron su rostro en los de los demás. Empezaba a impacientarme por no verla, pero recordé que Snape había ordenado hacer un trabajo, y, obviamente, ella no iba a entregar cualquier cosa y de cualquier manera como había hecho yo.
Me encontraba tan sumido en mis pensamientos que, cuando por fin salió, casi no me doy cuenta. Con un rápido movimiento agarré su mano y la llevé a un solitario rincón por el que nunca se veía a nadie.

—¿Cuánto tiempo vas a estar sin hablarme? —pregunté duramente.

La miré a los ojos, pero ella bajó la mirada y resopló.

—¿Te estoy molestando? —inquirí—. ¿O es que ir a Runas es más interesante que estar conmigo?

Entonces fue ella la que me miró, y con expresión triste, dijo:

—¿Cómo dices eso? —¡Aleluya! Por fin se dignaba a hablarme. Creí percibir sus ojos más brillantes de lo normal, y en mi fuero interno deseé que no se pusiera a llorar, no allí, a la vista de todos.

—¿Cómo preguntas que por qué digo eso después de estar una semana sin hablar?

—Draco, lo que pasó entre Ron y tú…

—Lo sé. Fue una tontería, no debemos pelear y bla bla. Perdona, ¿vale? Pero no esperes que me quede de brazos cruzados mientras veo cómo te mira de esa forma tan…

—¿Qué quieres decir? —preguntó ella, confusa.

—Que yo veo sus intenciones. Vamos, no me digas que no te das cuenta —añadí de mala manera—. Ese idiota está enamorado de ti, Hermione. ¿Cómo esperas que eso no me provoque?… Debería haberle partido las piernas por el método muggle.

—¡Para! —exclamó ella de repente, con un deje desesperado en la voz—. ¿Ves, Draco? Después de escucharte, ¿aún me preguntas el por qué de mi distanciamiento? ¡Es absurdo! Tú y yo… Esto es absurdo. ¿No te das cuenta? Esto jamás podría haber acabado bien… Tú eres de Slytherin y yo…

—¿Me estás diciendo que no somos compatibles por estar en casas diferentes? —pregunté con incredulidad.

—¡Siempre ha existido rivalidad entre nuestras casas! Y no la rivalidad que existe entre todas por ver quién gana la copa de las casas, esto es diferente, ¡y lo sabes! Además tú eres un Sangre pura y yo una simple…

—No vayas a decir eso que estás pensando —le ordené.

— …Sangre sucia —dijo de todos modos—. Sí, Draco. Tú mismo te encargaste de recalcarlo cuando nos conocimos. Soy una asquerosa Sangre sucia y no debo juntarme con las personas como tú.

—¡Eso pasó hace años! —respondí, acalorado.

—Da igual cuándo pasase, lo que importa es que es la pura realidad... Además —añadió, ahora en un susurro—, desde que pasó lo que pasó Harry y Ron se muestran prudentes al hablar conmigo, como si fuera una extraña, como si no se fiaran de mí... Y de eso el culpable eres tú.

—Esos dos son imbéciles —espeté con desprecio.

—¡No, no lo son! Son mis amigos, y sabes que odio que los insultes.

—Sabía que al final los preferirías a ellos —dije, un tanto hostil.

—¿Crees que es justo que tenga que elegir? —preguntó ella, haciendo una breve pausa, mientras sus ojos se humedecían—. ¿Piensas que no es duro tener que elegir entre el chico al que quieres y tus amigos?

—Pero al final los eliges a ellos —respondí toscamente mientras la veía secarse las lágrimas con la manga de su túnica.

—¿Tú qué sabes? —inquirió.

—Me lo he podido imaginar, no creo que tu distanciamiento haya sido gratuito.

—Pues para tu información, Draco, mi distanciamiento no ha sido una despedida. Necesitaba pensar, aclarar mis sentimientos... No sólo me he distanciado de ti, también me he alejado de Harry y Ron.

—Ah —objeté, arqueando una ceja y cruzándome de brazos—. ¿Y ya has pensado todo lo que tenías que pensar?

Estaba siendo realmente grosero, y me sorprendió que ella no cogiera el camino y se fuera dando grandes zancadas e insultándome por lo bajo. Cualquiera en su situación lo habría hecho. Pero ella se quedó, mirándome directamente a los ojos.

—Así es —respondió.

—Y tu conclusión es... —dije, frunciendo el ceño.

—Pues mi conclusión es que esto no es justo para mí… Que es una locura destinada a acabar mal, no, peor que mal, fatal… —dijo mientras una lágrima se escapaba de sus ojos—. Que eres egoísta, que no me merezco verme en esta encrucijada...

—Al grano —exigí. Ella suspiró sonoramente, rindiéndose.

—Mi conclusión es que a pesar de todo eso, te quiero, y que si tengo que elegir, Draco, te elijo a ti.

Aquello me desarmó. En mi mente un remolino de pensamientos no me dejaba pensar con claridad. ¿Había dicho que dejaría a sus amigos de lado por estar conmigo? Efectivamente, lo había dicho, y sabía que eso le dolía profundamente… ¿Tenía yo derecho a arrebatarle eso? ¿Se merecía ella tener una relación secreta, de la que nadie podía saber nada y en la que teníamos que escondernos para estar juntos? En cierto modo, volvía a sentirme despreciable al quitarle todo aquello. Estaba equivocado cuando pensé que yo podría ofrecerle más que ese Weasley.

Ella se acercó a mí, todavía sorbiendo por la nariz, y yo no pude hacer otra cosa que abrazarla. Aún sabiendo todo cuanto le quitaba, no podía dejarla ir.
Ya no se escuchaba a nadie alrededor, y seguramente las clases ya hubieran empezado, así que volvimos a perdernos por los alrededores del castillo, cogidos de la mano, olvidando que el mundo entero se oponía a lo nuestro, pretendiendo que aún teníamos posibilidades, disfrutando de cada caricia, de cada beso… Porque éramos conscientes de que aquello acabaría, sí o sí, irrefutablemente, y lo peor era que yo tenía una ligera idea de cuándo ocurriría.


Los días pasaron como habían pasado antes del incidente. Nos veíamos, nos besábamos entre los árboles, nos tomábamos de la mano, nos perdíamos.
Logramos mantenerlo tan en secreto, que incluso sus amigos volvieron a dirigirle la palabra, y yo había vuelto a ir a clases sólo para estar cerca de ella más tiempo.

Sin embargo, en Pociones, el profesor Snape seguía tan hostil conmigo como la última vez. Cuando me veía distraído, me hacía preguntas sobre la lección, sobre ingredientes y recetas. Parecía bastante enfadado, y yo me preguntaba qué maldita mosca le habría picado.

Un día, al salir de Pociones, Hermione y yo nos quedamos rezagados. Tardamos en recoger nuestras cosas con el propósito de que los demás salieran antes que nosotros y poder hablar evitando miradas curiosas.
Cuando ya sólo quedábamos ella, el profesor y yo, ella fue la siguiente en irse, pero cuando yo me dispuse a seguirla, Snape me llamó:

—Draco —dijo, simplemente.

—¿Sí?

—Acércate.

Extrañado, me acerqué a su mesa, y sus largos dedos deslizaron un sobre hacia mí.

—Tu respetable madre me ha hecho llegar esto para ti —comentó lentamente—. Por alguna extraña razón, el correo ordinario debe estar fallando.

Esto es raro, muy raro. A pesar de no entender nada, cogí la carta sin articular palabra, y la metí entre las páginas del libro.

—No —dijo de repente, autoritario—. Ahí se te puede caer, Draco. No hagamos a tu madre escribirte otra vez. ¿Qué tal si la guardas en el bolsillo de la túnica?

—Claro —respondí, evitando los profundos ojos del profesor, que parecían observarme de una manera enferma.

Guardé la dichosa carta en la túnica y salí de allí tan rápido como pude. Hermione me esperaba en uno de los pasillos.

—¿Qué quería? —preguntó.

—Nada, decirme que como no me aplique más voy a suspender su asignatura —no quise decirle la verdad, porque aquello olía a chamusquina. Algo raro había detrás, y fuera lo que fuese, no quería implicarla.

—Tiene razón, Draco, nunca sabes responder a sus preguntas —comentó, chasqueando la lengua—. ¿Qué tal si cogemos por este pasadizo? —añadió, mientras me cogía la mano disimuladamente.

—Ya no me dejas opción —respondí con nerviosismo, pues frente a nosotros había un grupo de alumnos esperando para entrar en una clase.

Abrí la puerta que daba a ese largo y oscuro pasillo y entramos en él. La miré, confundido, y ella se mordió el labio, con una expresión diferente en la mirada.

—¿Qué pasa? —regunté.

—Es que hoy tengo muchas cosas que hacer —respondió—. Tengo que copiar los apuntes de una vez que no fui a Runas, en Aritmancia han mandado hacer un trabajo extensísimo que me va a llevar horas en la biblioteca, y tengo un parcial de Historia de la magia que me quita el sueño…

—¿Y?...

—Y… Bueno, que hoy no nos vamos a poder ver… —dijo ella, y bajando la mirada, continuó—. A no ser…

—¿Y bien? —pregunté, poniéndome nervioso.

—A no ser que quieras venir a verme… A la noche.

¿A la noche? ¿A la noche… noche?

Después de un silencio un tanto incómodo, al fin respondí:

—Sería genial.

Y me encontré con sus dedos tras mi cuello y sus labios en los míos.


La idea de que tenía una (importante) cita a la noche, con Hermione, me hizo estar distraído todo el día. Estaba tan nervioso que apenas probé bocado en la comida. Verla allí, frente a mí, y pensar que, tal vez en unas horas…
Estaba con los brazos cruzados sobre la mesa. Había apartado mi plato y mis cubiertos y me dedicaba a contemplarla. ¿Cómo podía tener tanta suerte? ¿Qué había hecho para merecerla? Sus fugaces ojos fueron a parar en los míos, y una media sonrisa salió de sus labios mientras bajaba la mirada a su plato.

A la tarde, tampoco pude relajarme. Estuve leyendo un libro que me encontré tirado por la sala común, pero sin prestarle demasiada atención. Hice volar unos aviones de papel que terminaron estampados contra la pared o mandados directo al fuego de la chimenea. También intenté jugar con Goyle al ajedrez mágico, pero era tan inútil que me puso de los nervios y acabé subiendo a la habitación para tirarme en la cama. Cuando lo hice, algo sonó dentro de mi túnica. Metí la mano y saqué la carta que supuestamente mi madre le había dado a Snape para que me la hiciera llegar.
Con los nervios, me había olvidado completamente. Me incorporé y me senté en la cama.
La observé. Se había arrugado al tumbarme sobre ella, pero podía ver claramente que aquella era la caligrafía de mi madre.
La abrí y empecé a leer las líneas de aquella extraña y escueta carta.

Querido hijo,

¿Cómo estás? Hace tiempo que no me escribes. ¿Qué tal las clases?

Tu padre y yo estamos bien, aunque a veces nos vendría bien estar un poco más informados. Sabes que es necesario para que todos nos quedemos tranquilos.

Ya se hace un poco tarde, tengo que irme. Tu padre también viene.

Hoy hace un día precioso, ¿verdad? Es la una, y el tiempo está ideal.

Tu tía Bella te manda recuerdos.

Te quiero.

Mamá.

La leí una vez, dos, tres. No quería aceptar lo que mi razón me decía. Quería hacer como si no lo había entendido, guardar la carta y seguir haciendo lo que hacía en mi día a día… Ver a Hermione. Estar con ella. Quería seguir siendo feliz a su lado... Pero aquello ya no iba a ser posible.

Mi madre me había escrito aquello, de eso no había duda, y lo había escrito poniendo especial énfasis en algunas palabras. Las palabras "informados", "todos", "irme", "hoy", "una" y "tía" tenían un trazo un poco más grueso que el resto de la carta. Ese detalle no era apenas visible, debías fijarte mucho, y, sobretodo, debías estar al tanto de que algo de una gran magnitud iba a pasar en este castillo para darte cuenta.

Vale. Draco, ordena tus ideas.

Para empezar, mi madre hacía referencia a esa información que se suponía que yo debía haberles ido mandando poco a poco, y que no hice. Me habían ordenado mantener informados a todos sobre lo que pasaba en Hogwarts, y con todos, mi madre se refería al señor tenebroso y sus aliados. Debido a esa falta de información, mi madre tenía que irse. O dicho con otras palabras, a mi madre se la habían llevado. Y a mi padre también. Al parecer, el Lord se había cansado de esperar, y consideraba que hoy era un buen día para llevar a cabo mi trabajo. Hoy, a la una. Y mi tía estaría conmigo.

Mi mente se colapsó. ¿Qué hora era? Las once y media. Y yo no estaba preparado, ¿alguna vez lo había estado? Había estado reprimiendo la idea de lo que tenía que hacer, incluso había logrado olvidarme de ello unas semanas. Ella había logrado que me olvidara… Y yo sabía exactamente lo que pasaría si Dumbledore moría; El castillo entero entraría en crisis. Todo podía pasar. No sabía si había dementores o carroñeros ahí fuera, esperando que la protección que proporcionaba el viejo director a la escuela muriera con él, pero no me extrañaba que fuera así… Y si pasaba… Si realmente era capaz de hacerlo… Mi tía me sacaría de allí, me llevaría a la fuerza, y nunca más volvería a verla.

La fecha estaba fijada, y yo no podía escapar de mi destino. Así era, y así lo entendí, aunque no quisiera aceptarlo. Pero ella no tenía culpa, debía avisarla. Pero, ¿cuánto tiempo tenía? Una hora. No disponía de más tiempo que una simple y escasa hora.

Bajé las escaleras a toda prisa, derribando a una chica que subía a las habitaciones y tirando al suelo todos los libros que llevaba en los brazos.
Sin atender a sus palabras de desconcierto, salí corriendo del retrato y recorrí a toda prisa los pasillos desiertos de alumnos y profesores dirigiéndome a su sala común, pero unas manos salieron de una esquina, agarraron mi camiseta por el cuello y me estamparon contra la pared.

—¿A dónde diablos te crees que vas? —preguntó Snape, con voz furiosa.

—Eso no es asunto suyo —respondí sin dudar.

Él apretó los labios y miró a ambos lados antes de añadir:

—Lo sé todo, Draco. Todo. Has estado viéndote con esa Sangre sucia, la has besado, ¡incluso seguro que has llegado a quererla! —dijo en un susurro lleno de furia. ¿Cómo podía saber aquello?—. Sé lo que el Señor Tenebroso te ha encargado, y también sé que tu tía y sus amigos te esperan en la sala de los menesteres dentro de una hora… ¿Qué diablos haces que no estás preparándote? ¿Acaso piensas ir a ver por última vez a esa deshonra a la sangre mágica para despedirte?

—¡No vuelva a llamarla así! —dije, amenazante, intentando librarme de sus aprisionadoras manos.

—¿Es que acaso no te das cuenta que también a ella la pones en peligro, insensato?

Dicho aquello, me empujó más fuerte contra la pared y me soltó.

—Solo espero que a la hora estimada, estés donde debes estar.

Yo le mantuve la mirada un par de segundos, pero no disponía de más tiempo para dedicarle. Salí corriendo, un tanto aturdido, dejándolo atrás a él y a sus palabras, y subí de tres en tres los escalones que daban a la sala común de los Gryffindor.
Al llegar, toqué dos veces con los nudillos, muy levemente, y esperé que lo hubiera escuchado.
Así fue, pocos segundos más tarde, allí estaba ella con una vergonzosa sonrisa en los labios y con mechones de pelo cayéndole sobre la cara. Llevaba una camiseta vieja, ancha. Le quedaba grande y dejaba al descubierto uno de sus hombros. También llevaba unos pantalones cortos, de pijama, pero que le quedaban genial.

—¿Vienes corriendo por alguna razón, Draco? —preguntó ella, con voz divertida.

Lo que estaba a punto de hacer era lo peor que haría en toda mi vida, y no encontraría forma humana de perdonarme después de hacerlo. Pero era necesario. Necesitaba mantenerla lejos de mí, y el simple hecho de pensarlo hacía que mi pecho doliera como no había dolido nunca antes.

—Sólo vengo para decirte… —hice una breve pausa, pues después de la carrera necesitaba coger aire—. Quería decirte... que tenías razón.

No fui capaz de seguir hablando. Sentía un nudo en la garganta, era como si el corazón se me hubiera atascado ahí.

—¿A qué te refieres? —Preguntó, cambiando el semblante de repente, pero como seguía sin responder, añadió—. Venga, Draco, escúpelo ya. Dime lo que sea que estés pensando.

—Esto es una locura, tenías razón en eso —dije al fin, copiando sus palabras—. Esto es una locura destinada a acabar mal... Destinada a acabar fatal. Se nos ha ido de las manos, esto no puede ser.

Un tenso silencio se hizo entre nosotros, mientras ella asimilaba todo aquello con el rostro pálido.

—Yo lo sabía —dijo al cabo de unos segundos, aguantando con gran esfuerzo las lágrimas en los ojos—. Sólo quiero que me aclares algo... ¿He hecho algo mal? ¿He dicho…?

—Claro que has hecho algo, Granger, molestarme. Es lo único que has hecho. Crearme problemas y dolores de cabeza.

—Pero yo…

—No hay nada más que hablar —mi voz sonaba dura pero por dentro estaba muriendo con cada maldita palabra que decía.

—Draco, por favor, vamos a hablar las cosas —su voz era apenas un susurro, y su cara estaba ya empapada de lágrimas.

—¿Acaso no está claro?

—Dame otra oportunidad, Draco, puedo cambiar...

¿Ella me pedía otra oportunidad? ¿A mí? ¿Era ella la que se ofrecía a cambiar?

Su mano izquierda se apoyaba en la pared, aguantando su peso, pues parecía derrumbada al asimilar poco a poco mis palabras, pero la derecha buscaba la mía. Me tendía la mano, a pesar de todo lo despreciable que estaba siendo con ella. ¿Cómo podía mantenerme tan frío ante aquello? ¿Ante ella?

Le cogí la mano y la atraje a mí. Ella me abrazó y lloró en mi pecho, mientras yo acariciaba su pelo y hundía mi cara en su pelo.

—Escúchame, Granger —dije tras unos minutos, al volver a recuperar la compostura—. Escúchame bien, ¿vale? Hogwarts ya no es seguro. Debes irte, vete a casa con tus padres, deja atrás todo lo relacionado con la magia. Escóndete. Por favor, desaparece.

—¿Por qué dices esas cosas? —preguntó, abrazándome aún más fuerte.

—Debes hacer lo que te digo… —ella negó con la cabeza sobre mi pecho—. Hermione...

No respondió.

—Hermione, por favor, no hagas ninguna estupidez —dije, mientras le daba un leve beso en la frente.

La aparté de mí, le separé el pelo de la cara y acaricié sus mejillas por última vez. Pero sus llorosos ojos derribaron mi seguridad, y sucumbí a ella, a sus labios. Sólo sería uno... Uno sólo. Me permití darle un último, lento, profundo, y doloroso beso que me hizo recordar que ya no volvería a tener nada tan bonito como ella en mi vida. Y era mejor dejarlo atrás cuanto antes. Mis manos dejaron de tocar su piel, cayeron a mis costados, hundidos, como si cada uno pesara vente kilos. Debía irme, y me llevaba conmigo el dolor de un adiós que había esperado no tener que decir nunca.
Entonces entendí lo que me decía mi padre una y mil veces. Yo me dejé llevar por mis emociones, y al final, acabó destruyéndome lo que creía que iba a salvarme.

—Buenas noches, Granger.

-.-.

Se me escapó una lagrimilla escribiendo este cap :(
¡Espero que les haya gustado!