¡Buenas! Ya que parece que no tengo ninguna excusa, dejadme que me explique, por favor. En España (las que seáis de por aquí, o incluso del sur, me entenderéis) han pasado tres borrascas muy agresivas que han hecho estragos con edificios, árboles y con tendidos eléctricos. Entre otras cosas, ha habido serios problemas en mi ciudad con la luz, porque nos hemos quedado sin luz.
Las tres borrascas (porque no podía ser una, no, tenía que ser Emma, Félix y Giselle) han pasado ya, y han podido restablecer la luz el jueves. Pero claro, quedando 3 días para el domingo, he querido esperar para publicar el capítulo atrasado, espero que no os haya causado demasiadas molestias.
Capítulo 7
–Draco, cariño, bienvenido –le saludó la señora Granger, dándole un beso en la mejilla–. Tengo entendido que es la primera vez que viajas en coche. No te preocupes, se te pasará volando –aseguró, y le tendió una bolsita de papel–. ¿Buñuelos de plátano? Están recién hechos, del desayuno.
–Gracias, señora Granger – Malfoy cogió un buñuelo, se lo comió y se sentó con cautela en el asiento del copiloto, vigilado por la atenta y suspicaz mirada del señor Granger.
Arrancaron el motor y el coche se dio a la carretera. Al principio había una pequeña charla entre madre y padre, sobre qué salidas estarían menos apelotonadas de gente, y qué entrada a Brighton les convendría coger según la hora a la que llegasen. Pero Cuando todo eso ocurrió, y el señor Malfoy se había salido a una carretera nacional, se hizo un incómodo silencio. Malfoy notó unos golpecitos en su hombro y al mirar por el espejo retrovisor vio a Hermione dándole prisa por iniciar una conversación.
Sin tener ni la más remota idea de lo que iba a decir, abrió la boca y preguntó lo primero que se le ocurrió:
– ¿Le gusta a usted el deporte, señor Granger? –reprimió un suspiro exasperado, al tiempo que oía la mano de Hermione posarse en la frente bruscamente.
–Sí, chico, me gusta el croquet y el bádminton.
–Son deportes muy antiguos –comentó Malfoy. El padre de Hermione le lanzó un reojo y Malfoy sintió el sudor frío recorrer su frente–. Quiero decir, no es que usted esté anticuado, ni nada de eso, es decir, son deportes que se inventaron hace mucho tiempo. Los magos los conocemos, aunque no juguemos –balbuceaba–.
–Ya, son deportes que jugaba la nobleza y los colonos ingleses en la India –puntualizó su padre–. Me sorprende que los conozcas. ¿Practicas tú algún deporte, chico?
–Practico el Quiddich, señor, soy buscador.
–Lo intenta –se burló Hermione–. Nunca ha conseguido coger la Snitch antes que un Gryffindor.
– ¿Quiddich? ¿Snitch? –Preguntó animada la señora Granger–. Hermione, nunca nos has hablado de esto.
–En el mundo mágico solo hay un deporte, y si a su hija no le gusta posiblemente no sepan nada del asunto, pero es un deporte genial. Se juega con escoba –explicó el chico–. Hay tres porterías por equipo, tres encargados de marcar goles y un guardián que defiende las porterías.
Siguió explicando el mecanismo de jugada del quiddich, mientras Hermione observaba atónita la expresión de puro entusiasmo de su padre, cuando le explicaba el funcionamiento de una Bludger o la función de un buscador.
–Entonces tienes un puesto de responsabilidad en el equipo, ¿no es así? –Inquirió el señor Granger–.
–El equipo se disolvió cuando acabamos el colegio, pero me encantaba jugar. Lo echo un poco de menos.
– ¿Eso se considera ejercicio? Quiero decir, se juega sentado –preguntó la señora Granger–.
–Debemos hacer ejercicios continuados de piernas y brazos, para sujetarnos a la escoba, y además hacemos fuerza continuamente con el abdomen para luchar contra las corrientes de aire y no caernos.
–Vaya, parece todo un logro permanecer estable encima de una escoba.
–Lo es –añadió Hermione, quien no quería repetir jamás la experiencia de despegar los pies del suelo sin una azafata y una bolsa de cacahuetes–.
– ¿Cuándo has montado tú en una escoba? –Dijo el chico con curiosidad–.
–Escoba, Thestral, hipogrifo, qué más da, todo está demasiado despegado del suelo… pero creo que nuca he subido a una escoba –admitió, haciendo memoria–. Y creo que puedo dar las gracias por eso.
El viaje continuó con una charla más amena. El chico había perdido un poco el miedo a su suegro por obligación y se sentía libre de comentar y preguntar cosas a aquella familia Muggle, lo que teniendo en cuenta que no podía haberlo hecho nunca, eran muchas preguntas.
– ¿Cómo funcionan los coches, señor Granger? Parece complicado de manejar.
–Lo son, hijo, lo son –admitió. A Malfoy, sin saber por qué, le agradó que le llamase así–. El funcionamiento de un coche es algo muy complicado, y para poder conducirlo debes aprobar un examen de conducción y otro de normas de tráfico.
–Vaya, suena fascinante. He visto más coches mientras viajamos –puntualizó–. Y he observado que hay algunos que tienen el techo algo más bajo, o que no tienen techo.
–Esos coches son caros –dijo Hermione, devolviendo a su excéntrico sangre pura amante de los automóviles a la realidad–. Los coches que dices son coches deportivos o cupés, y algunos son descapotables. Nada que nos podamos permitir nosotros. Y aunque tú puedas, imagino que jamás comprarías un chisme así para ti, tendrías que dormir en él porque el señor Malfoy te echaría de su casa nada más verlo.
–Observad, ya estamos llegando –anunció la señora Granger, señalando por la ventana.
A ese lado de la carretera se extendía una pequeña hilera de piedras formando un rompeolas y más allá solo podía observarse la inmensidad del océano. Malfoy miró asombrado la escena, tan distinta del apacible mar que acunaba las arenas de su casa italiana, pensando en que el océano se comportaba un poco como Hermione: hermoso e indomable. Sacudiendo esos pensamientos de su cabeza, pronto vio que el padre de Hermione giraba en una rotonda y entraba a la ciudad de Brighton. La vista no podía ser más espectacular: bajo un sol radiante, las pequeñas casetas de colores junto a la arena rodeaban y coronaban una inmensa bahía, dividida por un muelle que permitía pasear rodeado de la inmensidad del mar. La gran ciudad podía vislumbrarse a lo lejos, pero era indudablemente eclipsada por una espectacular noria que esperaba en el paseo marítimo de la playa su momento en la noche para brillar.
Entraron pronto en una pequeña urbanización que daba justo al paseo marítimo, donde las pintorescas casitas eran separadas únicamente por una pequeña verja blanca de madera. Pararon en la casa número 7 y el motor del coche se apagó, aliviado, con un ronroneo.
–Bienvenidos a Brighton –recibió el señor Granger–.
Malfoy bajó del coche para observar la casita que tenía frente a él; incluso habiendo visto los placeres que ofrecía Brighton, aún a Malfoy le quedó un poco de asombro para reconocer que había estado muy equivocado sobre el modo de vida y status de los Granger: Sin nada que envidiar a su casa de campo de Génova, la pequeña mansión de los Granger disponía de un amplio jardín, una barbacoa al aire libre, piscina, y el edificio contaba con dos plantas más buhardilla y era de techos bastante altos. Había arbustos bajo las ventanas victorianas, un gran porche se extendía a dos metros a cada lado de la puerta principal, y toda la casa estaba revestida en madera y pintada de color celeste. Parecía como si Hermione hubiera estado ocultando todos estos años que en su familia también vivían cómodamente, si bien no llegaban a ser tan ricos como los Malfoy. El chico bajó del coche y, ayudando a las dos mujeres a bajar y descargar un poco, caminó por el caminito entablado que conducía hasta la puerta principal, de color blanco y con cortinillas en la cristalera de los laterales.
–Vaya, Granger, menuda sorpresa –consiguió decir, mientras Hermione buscaba la llave debajo de un macetero–. Esta mansión es increíble, y a pie de playa ni más ni menos. Tal vez si me hubieras hablado antes de tus propiedades me habrías gustado más en el colegio –comentó con una sonrisa traviesa–.
–Mis padres compraron esta casa el mismo año en que yo nací, con la esperanza de mudarse algún día para que yo disfrutase del mar. Un año antes de mudarnos llegó mi carta de Hogwarts, y al final nunca nos mudamos aquí –explicó. Abrió la puerta con cuidado y caminó hacia el interior, seguida por Malfoy–. Así que ahora es nuestra residencia de vacaciones. Y te recuerdo, Malfoy, que tú a mí me caías fatal incluso sabiendo lo rico que eras –replicó ella, incrédula de haber oído un comentario tan superficial–. Además, después de ese comentario veo que, por mucho que mejores, tu esencia no va a cambiar nunca.
–Tal vez mi esencia sigue siendo la misma, salvo que conociéndome mejor podría estar mejorando tu opinión sobre mí –dejó caer el rubio, y consiguió una fugaz mirada sonrojada de Hermione y se sintió satisfecho–. Ya veo.
Por dentro la casa no dejaba mucho a la imaginación: las escaleras se hallaban frente a la puerta, pero no había un pasillo dividiendo la estancia, sino que existía un concepto abierto que conectaba el salón de la derecha, el comedor de la izquierda y la cocina al fondo. Un pequeño jardín de invierno acristalado daba a la parte de atrás, donde creyó Malfoy distinguir una piscina y una zona de descanso.
–Bueno, hay que subir el equipaje, debemos apresurarnos si queremos cenar antes de que se haga tarde –le apremió. Malfoy agarró su escaso equipaje y apenas habían rozado los dedos de ella el asa de su maleta cuando el chico ya se había adelantado, agarrándola firmemente y dirigiéndose arriba. Ella se sonrojó una vez más, pero no dijo ni media palabra, y subió las escaleras, de madera clara, hasta el piso superior. Allí había un pasillo que tenía cuatro puertas, dos a cada lado–. Tu puerta es la primera a la derecha, el baño es la puerta de enfrente. Mi habitación es la del fondo a la derecha.
–Veo que ya lo tienes todo controlado y cuadriculado –se mofó soltando su equipaje en la puerta, y ella le lanzó una mirada acida–. ¿No sabes relajarte ni cuando estas de vacaciones? –Inquirió el rubio, y pasando por delante de ella abrió la puerta de su dormitorio y observó su cama doble con apetencia–.
–Ja, ja. Desharé mis maletas, tu puedes usar el armario que tienes frente a la cama –le explicó–. Y en el escritorio tienes tinta y pergamino, por si quieres escribir a tus padres y avisarles de que nuestro coche no ha conseguido matarte –ironizó, y cerró suavemente la puerta–.
Con un suspiro, Hermione recorrió lo que quedaba de pasillo y abrió con ansia su puerta. Su dormitorio estaba tal y como ella recordaba: Sus mantas amarillo pastel, las paredes blancas y los adornos en gris claro, junto con sus muebles. Algunas banderas e insignias de Gryffindor estaban aún colgadas en la pared, y su uniforme del año anterior estaba colgado de la lámpara, reposando como recién planchado. Miró con añoranza por la ventana sobre la cama, observando la piscina del jardín trasero y recordando los tiempos en que pasaba allí los veranos antes de ir a la madriguera.
Entonces oyó una voz chillona y muy excitada llamarla desde la otra ventana.
– ¡Hermione! –volvió a gritar. Sabiendo que esa voz no presagiaba nada bueno, se asomó a la ventana–. ¡Por fin te asomas! Brady y yo te hemos visto pasar con tu coche por el centro de la ciudad, ya pensábamos que no venías.
– ¿Quién es esa chica? –preguntó Malfoy repentinamente, detrás de ella. Hermione dio tal sobresalto que casi le dio una bofetada de la impresión–.
– ¡Aah, así que traes un invitado! –Exclamó la chica del jardín, muy interesada–.
–Cállate, Malfoy –replicó la castaña, con el ceño fruncido y sin saber dónde meterse–. ¡Ahora mismo bajamos, danos un segundo para instalarnos!
–Muy bien, os espero en la puerta –concluyó la chica, y se dio la vuelta con paso rápido–.
– ¿Y bien? –Preguntó con una media sonrisa Malfoy. Hermione se giró, molesta pero resignada–. ¿Vamos a ir?
–Qué remedio nos queda, ya nos ha visto a ambos…
– ¿Quién es esa chica?
–Es mi amiga Sarah. Ella y Brady viven aquí, somos amigos desde que éramos unos niños –explicó llanamente Hermione, a pesar de saber que Malfoy no quedaría satisfecho con esa información–.
–Así que tendremos que relacionarnos con esos muggles mientras estemos aquí. No sé cómo será tu amigo Brady, pero tu amiga Sarah muy mona –mencionó el chico–.
–Lo sé, lo he notado –contestó ella–.
Hermione y Sarah se conocían desde prácticamente toda su vida. Ambas pasaron una infancia muy divertida jugando a pescar y haciendo castillos de arena en la playa, pero todo cambió sin que Hermione pudiera hacer nada para evitarlo, el verano siguiente de su ingreso a Hogwarts. Hermione volvió a Brighton ese verano con su indomable cabello castaño, sus dientes con ortodoncia y un secreto que debía guardar. Mientras Hermione convivía con la necesidad de ocultar su magia y tratando de superar una adolescencia poco agraciada, Sarah había crecido para convertirse en una preciosa joven de facciones hermosas y cabello castaño, con el cuerpo de toda una mujer. Por tanto, y durante los años siguientes, Hermione tuvo que vérselas también con una amiga que atraía toda la atención y la hacía sentir invisible. Lo cierto era que Sarah siempre había sido objeto de la mirada de los chicos en todos los veranos que habían pasado juntas, especialmente los últimos cuatro años. Siempre había sido la amiga de Sarah, y ambas se apreciaban, pero era indudable que Hermione era prácticamente invisible a su lado, salvo tal vez para su amigo Brady.
Por eso se había molestado cuando Malfoy, ajeno a todo, se había asomado a la ventana revelando su presencia con ella en su casa.
–Bueno, veo que ya has deshecho la maleta– comentó Draco, y cogió a Hermione de la muñeca suavemente y la sacó del dormitorio–. ¿Bajamos ya?
–Qué remedio –se lamentó–.
–Vamos, es tu amiga, ¿Por qué estás tan mustia? –Inquirió el chico, mientras bajaban las escaleras–.
–Bueno, la verdad es que…
– ¡Hermione! –gritó Sarah, que los había visto bajar las escaleras. Entró en el porche de la casa y la envolvió con un abrazo emocionado–. Cuanto tiempo sin verte, ¡Cómo has cambiado! –exclamó–. Déjame decirte que tu pelo está mucho mejor. Y… ¿Quién es ese chico tan guapo? –curioseó descaradamente. Su coleta castaña se movió graciosamente ante el movimiento de su rostro–.
–Yo soy Draco Malfoy –saludó, estrechándole la mano a la chica–. Soy su…
–Amigo –le interrumpió con una mirada de advertencia–. Del colegio.
–No recuerdo que le mencionaras como a Potter y Weasley –se extrañó la chica, registrando por completo al chico con los ojos–.
–Es un amigo reciente –evadió–. Bueno, ¿Cómo has venido hasta aquí? –desvió la castaña el tema. Los azules ojos de su amiga centellearon de júbilo–.
–Al fin he conseguido una scooter, he venido en ella. Está aparcada en vuestra puerta del garaje, tu padre me ha dado permiso. Bien, esta noche hay una fiesta en la playa –dijo sin rodeos, mirándolos a ambos (tal vez a Malfoy con más interés) –, y vamos a ir Brady y yo, ¿Os apuntáis? Podemos enseñarle la costa a Draco.
–Eso sería genial –aceptó el chico, antes de que Hermione se pusiera a buscar una excusa plausible. Ella lo fulminó mentalmente antes de añadir–.
–Claro que iremos. Pero debemos cenar en casa, ya sabes, ayudar a mi madre con la mudanza.
–Bueno, podéis venir a tomaros un helado con nosotros, aún es pronto. Brady me está esperando en el embarcadero, ¿Os apuntáis?
–Claro –aceptó por ella Malfoy. Hermione sentía que si las miradas matasen Malfoy sería concentrado de ectoplasma–. ¿Brady es tu novio? –preguntó directamente el rubio. Hermione sintió esa sensación de que la tierra se abría y la tragaba entera–. Quiero decir, parece que siempre vais juntos a todas partes.
– ¿Brady? Lleva coladito por Hermione desde que teníamos siete años –se sonrió con malicia–.
Saliendo de casa tras avisar a los padres de Hermione, los tres caminaron por el paseo marítimo, siendo Malfoy el foco de las traviesas miradas de Sarah. Su piel morena y sus ojos verdes contrastaban bien, y Malfoy reía al ver la cara de Hermione cada vez que su amiga la avergonzaba con sus atenciones. Pasando la impresionante noria de largo, a lo lejos se vio el muelle y debajo, con los pies en el agua y buscando la sombra, se hallaba Brady.
Sabiendo el tipo de persona que era Hermione, Brady no era ni de lejos tan poca cosa como él lo había imaginado: era un chico alto y muy guapo, con un brillante y desordenado cabello de color castaño claro, y de ojos almendrados. Debía de hacer algún tipo de deporte, tal vez surf, a juzgar por sus musculosos brazos y sus marcados abdominales. Tal vez la idea de un admirador de Hermione ya no le resultase tan divertida, después de todo.
– ¡Brady! –Exclamó Sarah, y corrió hacia el chico, seguida a paso rápido por Draco y Hermione–. Hermione acaba de llegar de Londres.
– ¡Vaya, que sorpresa! –exclamó animado, pero su sonrisa flaqueó un poco al ver a Draco junto a ella–. Y veo que vienes con compañía, Herms.
– ¿Herms, eh? –Se burló Malfoy–.
–Cállate –gruñó. Acto seguido se giró hacia el otro chico–. Brady, él es Draco Malfoy. Es un amigo del colegio.
–No recuerdo en absoluto que hablaras de él anteriormente –dijo con sequedad, frunciendo mucho el entrecejo–.
–Encantado de conocerte a ti también, Brady –contestó bílicamente el rubio. Sarah soltó una risita desdeñosa–. Bueno, ¿Y qué se puede hacer por la famosa playa de Brighton?
–Podríamos ir a tomarnos un helado –propuso Sarah, y agarró el brazo de Malfoy con coqueta posesividad. Brady rodeó a Hermione por los hombros, pero ella se revolvió, incómoda.
–Claro, así podréis ponernos al día sobre vuestro invierno. Ya sabes que no hay mucho que contar por aquí –añadió Brady–.
–Bueno, definitivamente hay muchas cosas que contar –dijo Hermione, pensando en que desvelar su compromiso con Malfoy parecía un precio más que razonable con tal de deshacerse de Brady–. Draco y yo…
– ¿Ese es el cartel de la fiesta a la que iremos esta noche? –la interrumpió Malfoy. Ella le miró, pero él disimuló tan bien su expresión que Hermione llegó a dudar que lo hubiera hecho sin querer–.
–Claro, es una fiesta de la hoguera. Hay que ir vestidos de blanco.
–Suena divertido –aceptó el chico. El camarero se acercó y les indicó una mesa, y él se sentó entre Hermione y Sarah, dejando a Brady junto a Hermione también y quedando frente a frente con Draco. Éste le dedicó una ácida sonrisa–.
–Buenas tardes, ¿querréis tomar lo de siempre? –Preguntó el joven camarero a los amigos de Hermione–.
–Si, por favor –aceptó Brady–, y ellos…
–Yo tomaré un batido helado de chocolate y café –pidió Draco. El chico apuntó todo en su libreta–. Y ella tomará un batido de frambuesa, con sirope en el fondo del vaso y con nata por encima –añadió, y desplegó su más amplia sonrisa de complacencia–.
– ¿Cómo sabías que…? –preguntó Hermione muy asombrada–.
–Son muchos años asistiendo al mismo comedor, Hermione –atribuyó con una sonrisa y una divertida mirada–.
–Seguro… ¿Seguro que solo sois amigos? –Inquirió Brady con recelo, destapando parte de sus intenciones–.
–Eh…
–Por completo –interrumpió Malfoy–. Solo amigos.
La sonrisa de satisfacción de sus dos amigos no sirvió de mucho consuelo a Hermione, mientras veía llegar los batidos. Malfoy, que hasta hace poco rechazaba a los hijos de muggles y no conocía a ningún muggle, estaba relacionándose con dos absolutos muggles, lo estaba haciendo mejor que ella misma y, además, había conseguido captar la atención de su amiga Sarah, que estaba acostumbrada a ser ella quien captara la atención de los demás, lo cual parecía sentarle bien.
– ¿Cómo os hicisteis amigos? –Le preguntó Sarah a Draco–.
–Oh, en realidad hace muy poco que somos amigos. El primer contacto directo que tuvimos fue en tercer curso…
–Oh, Dios santo…-murmuró Hermione sin poder evitarlo, y tapándose los ojos con una mano–.
– ¿Qué pasó? –Se entusiasmó Sarah al ver la reacción de su amiga ante el tema–.
La inevitable respuesta llegó de los labios de Malfoy.
–Hermione me dio un puñetazo en la nariz –concluyó teatralmente–.
–Te lo merecías –masculló la aludida, sorbiendo compulsivamente su batido–.
–Cielos, Hermione, no conocíamos esa faceta tuya tan salvaje –comentó Brady con una sonrisilla, y disfrutándolo más de lo que debiera–. ¿Le partiste la nariz?
–Que va, la arreglé en un santiam…–trató de decir, pero los exagerados aspavientos de Hermione le recordaron que en aquel mundo supuestamente no existía la magia, y se corrigió–. Quiero decir, que simplemente fue un sangrado, y pude pararlo rápido.
– ¿Y cómo os llevasteis bien después de eso? –Se interesó Sarah–. No pareces del tipo de persona que le interesa a Hermione.
–¿Y qué tipo de persona se supone que soy yo? –preguntó claramente ofendida la castaña–.
–Bueno, ya sabes, tu eres empollona y tímida, introvertida y no muy guapa –dijo sin pudor, y Hermione la miró entre sorprendida y herida. Malfoy no perdió detalle de aquello–. Y él es, bueno, carismático y guapo.
–Hermione es una chica genial –dijo Malfoy, y consiguió que Hermione levantara la nariz de su batido, alucinada–. Siempre supe que era una chica a quien habría merecido la pena conocer, y hace cosa de un mes se dio la oportunidad.
– ¿Es en serio? –Se sorprendió Hermione–. Siempre pensé que te dejabas influir por las circunstancias.
–Bueno, en cualquier caso, aquí estamos –concluyó, y se terminó su batido con un último sorbo.
Terminaron su reunión con una promesa de verse a las ocho en punto en el muelle para la fiesta de la hoguera. Al llegar a casa con Brady y Sarah, el chico se despidió de Hermione con un beso y de Malfoy con un suave apretón de manos. Sarah le dio un beso en la mejilla al chico, muy cerca de la comisura de sus labios, y se despidió de Hermione a lo lejos cuando Brady le recordó que no lo había hecho, antes de alejarse con él en su scooter.
Viéndola alejarse, Hermione se dio media vuelta enfurruñada y entró en la casa de nuevo. Malfoy la siguió hasta la cocina, donde su madre había dejado limonada en una jarra en la encimera, y mientras la chica no dejaba de murmurar mil gruñidos, Malfoy sirvió dos vasos frescos de limonada y le tendió uno.
– ¿Vas a contarme de una vez por qué te ha sentado tan mal verla por aquí? –preguntó al fin. Hermione levantó la cabeza y le miró–. Y ya de paso, explícame por qué me has presentado como tu amigo.
– ¿Pretendes que le diga que eres mi prometido por obligación? –inquirió–. Somos conocidos, Malfoy, ni siquiera creo que nos conozcamos tanto como para ser amigos. Hace un mes ni nos soportábamos.
–Al parecer tampoco la soportas a ella –rebatió–, y sin embargo sois amigas. Sigo sin entender por qué, es una chica muy simpática.
–Sí, es muy simpática, es buena, guapa y muy interesante. Y yo era la niña rara que venía todos los veranos y que estudiaba en un colegio privado, que llevaba aparatos y con el pelo hecho un desastre –se afligió–. Sé que no es su culpa, pero…
–Bueno, las cosas han cambiado bastante, además no será tu única amiga por aquí, ¿Qué me dices de Brady? –insistió–.
–Brady es un chico que vive al final de la calle –se explicó–. Él siempre me trató igual que a Sarah, sin distinciones, por mucho que a ella le encante decir lo contrario. Pero no quiero hablar del tema, si no te importa. Aún es temprano –añadió, mirando el reloj de la cocina–. ¿Te apetece un baño en la piscina antes de cenar?
–Creo que me relajaré un poco en el dormitorio antes de bajar, ve tu si quieres –dijo el chico. Apurando su vaso de limonada, lo dejó en el fregadero y subió las escaleras.
Hermione estaba celosa de Sarah, eso había podido notarlo a la perfección. Pero el por qué parecía incluso más preocupante para él. Siempre había sido malo con ella, había hecho lo posible por meterse con sus dientes, su pelo, su manera de andar, su forma de comportarse, e incluso simplemente por ser ella y no otra chica; la había estado persiguiendo durante años. Nunca imaginó que, por culpa de ese comportamiento, una chica tan aparentemente segura de sí misma como Hermione pudiera sentirse pequeña en comparación con otras chicas. Subiendo las escaleras y llegando al dormitorio, se sentó en el sillón junto a la ventana y observó el jardín mientras reflexionaba sobre aquello. Hermione apareció poco después, con un bikini celeste contrastando absolutamente con su tostada piel, y colocándose al borde de la piscina saltó de cabeza al agua. Cuando emergió, Malfoy pudo disfrutar de la vista que ofrecían sus cabellos mojados sobre su pecho y su espalda, mientras salía por las escalerillas y el agua se escurría por su diminuta cintura.
Sin duda, Hermione no tenía nada que envidiar a Sarah, pero ella no era capaz de verlo. No sabía lo bonita que él la veía, no entendía que ella era hermosa. Sintiéndose como el peor de los hombres, se retiró de la ventana y se colocó unos pantalones largos y blancos, que su madre había tenido la delicadeza de comprar para él, ancho hasta las rodillas. Bajó con una toalla doblada en la mano y una camiseta también blanca, y cuando se disponía a salir al jardín trasero Hermione entraba por la cristalera del jardín de invierno.
–Mi madre me ha avisado de que ya vamos a cenar, iba a secarme el pelo para ayudarla a poner la mesa –dijo, cogiendo la toalla que el chico llevaba en la mano y absorbiendo con ella la humedad de su pelo–.
–Yo lo haré –dijo el chico, y haciendo acopio de todo su control para no estamparla allí mismo contra la pared y devorarla sin piedad, dio media vuelta y se encaminó a la cocina, donde estaba la madre de Hermione–. Señora Granger, dígame en qué puedo ayudarla.
–Pues cariño, puedes coger esos platos y los cubiertos, y llevarlos al comedor–pidió, y señaló la montañita de platos en la isleta de la cocina–. Iré sacando la comida en seguida, espero que tengas hambre.
–Ahora mismo.
Malfoy puso la mesa como pudo, para ser su primera vez, mientras Hermione seguía en el jardín de invierno terminando de secarse. Religó su toalla alrededor de su cuerpo y subió aprisa las escaleras. Cuando la hubo perdido de vista, consiguió poner todo lo restante sin riesgo a romperlo, y al poco la señora Granger había sacado un pollo asado en una bandeja, puré de patatas, guisantes con jamón y té helado casero. La mesa estaba dispuesta y solo faltaba que bajara Hermione para comer.
–Hermione, la cena está en la mesa, date prisa –pidió su madre, hablándole desde las escaleras–.
–Ya voy –dijo ella de vuelta.
Y de momento lo dejamos aquí. Espero que os esté resultando una situación interesante, normalmente los OC no suelen ser bien recibidos, pero he tratado de crear un par que no caigan en el standard de las Mary Sue (de hecho, intento un poco que veáis a esa chica un poco imbécil que atrae a todos los chicos, que todas hemos tenido en algún momento en alrededor).
