Capítulo 7: "Las paredes tienen oídos."

26 de Enero, castillo del Imperio de los Leones Negros.

La tarde anterior, luego de sus respectivos encuentros, Kaoruko le había dicho a Junna que comunicara la nueva tarea antes de irse a dormir. Aún perturbada por la amenaza, decidió esperar hasta la mañana próxima para hacer el anuncio.

Por algún motivo, Hikari no se encontraba presente. Se excusó y abandonó la sala unos minutos antes que comenzara la conversación. Eso dejaba sólo a Junna y Claudine.

—¿Que quiere hacer qué? —preguntó indignada la rubia-ceniza, con evidente enojo; fingía que no había escuchado, pues lo planteado sonaba irreal.

Junna suspiró resignada, con los ojos cerrados y tomándose el tabique con sus dedos índice y pulgar.

—Lo que escuchó. Cree que las próximas conquistas serán más efectivas si lo conseguimos para que ella lo utilice.

—Esto tiene que ser una maldita broma.

—Lamentablemente es verdad. Ojalá lo fuera.

Hubo un silencio pesado en el que Claudine trataba de digerir la nueva misión que les había ordenado su líder.

—¿Tú le dijiste que haga eso?

—Por supuesto que no. Jamás le aconsejaría una idea tan descabellada. Ella misma lo propuso, y como sus órdenes son ley, no nos queda otra que cumplir —defendió la estratega.

Sin embargo, su tono era como si ya hubiera perdido las esperanzas; esto no pasó desapercibido por la joven francesa.

—¿Qué hay con lo de "ser positivos" y todo eso? ¿Ya te rendiste? Por más que me parezca bastante estúpido, voy a cumplir lo que nos pidió. No sabría decir lo mismo de tí.

Junna se quedó callada unos segundos, pensando con disgusto sobre lo ocurrido en la Recámara de Kaoruko. La emperatriz poseía sus métodos para someter a quienes se atrevieran a desafiarla.

Tener la histórica lanza de Hanayagi —utilizada aún más que la espada presente en la Ceremonia de Sucesión— tan cerca suyo, sabiendo que fue usada por ese demonio para torturar gente...

A pesar de ser criminales o traidores, no merecían pasar por semejante sufrimiento. Nadie lo merecía. Antes que nada eran seres humanos.

—No es así de fácil. Le juro que estoy tratando de encontrarle alguna ventaja a todo esto, pero...

La estratega evadió su mirada, con las cejas fruncidas y la vista postrada en el suelo. Falló en darse cuenta que sus manos estaban firmemente apretadas en puños a cada costado de su cuerpo.

Lo peor que le circulaba por la mente es que ella fuera la siguiente. Una orden mal ejecutada, ó un "viernes trece" en la paciencia de Kaoruko, y estaba segura que su cabeza rodaría por los pasillos del Salón Principal.

Eso, si es que no aniquilaba a las otras dos jóvenes primero. Tampoco lo permitiría.

La rubia-ceniza había notado el humor decaído de Junna. Sus ojos verdes parecían haber perdido parte de su brillo; era tan evidente que pudo percibirlo a través de sus lentes.

—¿Estás bien? Siendo honesta, te veo algo...derrotada —trató de ser gentil.

—No se preocupe por mí, Saijo-san. Estaba pensando en cómo prepararnos para la búsqueda, nada más.

Cuando le había explicado a Claudine lo que harían, prefirió omitir la amenaza; no obstante, la rubia-ceniza ya sospechaba sobre su comportamiento.

Menteur, menteur... (Mentirosa, mentirosa...)

—¿Disculpe? —no había entendido el mensaje.

—Que eres una mentirosa, Junna.

Se generó otro silencio, y decidió largar lo que escondía con un suspiro, tragando pesado.

—Me amenazó —comenzó con dificultad, sintiéndose mucho más tensa—. Más bien, nos amenazó a las tres.

—¿Qué te dijo?

—No habló. Me mostró la lanza del emperador, cubierta de sangre fresca... Había también en el suelo, su cama... Fue completamente desagradable.

—Carajo —dejó salir un insulto en voz baja—. Hikari tenía razón, debemos ser muy precavidas al lidiar con ella.

Ahora Claudine podía imaginarse la presión que se había acumulado dentro de Junna, como para sentirse así.

—De hecho, creo que sería la hora de prepararnos para la partida. Si la hacemos esperar se pondrá peor —concluyó la estratega, cerrando el tema y yendo hacia el Área de Caballería.

Claudine asintió y la acompañó.

—Hablando de Kagura-san, ¿sabe dónde se encuentra?

—Ni idea —se encogió de hombros—. Parece un fantasma; siempre desaparece de la nada.

—Entonces tenemos que ir a buscarla.

Iban a regresar al Salón Principal, cuando la susodicha apareció de repente, sin haber hecho el más mínimo ruido. En un segundo ya estaba parada enfrente de ambas.

—¡Kagura-san...! Por favor, no nos asuste así... —respondió Junna un poco sobresaltada.

—Buenos días —fue lo único que dijo.

Bonjour. ¿Dónde estabas? Te perdiste algo muy importante —le regañó Claudine, viendo que sus desapariciones eran una especie de hábito.

—En los calabozos. Olvidé una cosa y la fui a buscar. ¿Qué me perdí?

Junna decidió dejar de lado la interrogación sobre su ausencia y procedió a explicar la misión del día.

—Verá, Hanayagi-sama nos ordenó que obtengamos un libro crucial relacionado con el Ocultismo.

—¿Ocultismo...? —murmuró Hikari con actitud rara, misteriosa.

—Sin embargo, como esas prácticas fueron sancionadas dentro del imperio y en otros lugares, nadie sabe su ubicación... Saijo-san y yo estábamos a punto de notificarle a usted y a los guardias para partir lo antes posible.

—Hm —movió la cabeza en noción de entendimiento.

—Cuando lo repites, suena aún más estúpido —comentó Claudine con ironía—. Es decir, cómo rayos lo encontraremos si trata del Ocultismo, por todos los cielos.

—¿Para qué lo quiere? —el asunto pareció llamarle mucho la atención a la morena.

—Hanayagi-sama asegura poder darle mucha utilidad cuando conquistemos territorios.

—Osea, que lo quiere exclusivamente para ella, y nadie más que ella —criticó la rubia-ceniza, rodando sus ojos—. Es tan egoísta que ni nos dará las gracias cuando se lo sirvamos en bandeja de plata.

—Va a ser difícil dar con ese libro. El emperador ejecutaba a todo aquel que practicara la Brujería u otros rituales similares. Muchos aldeanos deben haberse deshecho de sus recursos para evitar ser descubiertos.

Cualquier persona con sentido común razonaría igual que Junna en esta situación. Excepto Hikari. Sus zafiros parecían haberse encendido. Un minúsculo destello bastante peculiar.

—Hay que ir por él.

—Pues si no lo hacemos, la desquiciada nos va a matar.

—No lo entienden. En serio, debemos ir por él.

Su voz tomó una solemnidad impresionante. Era distinta de todas las otras veces que había interactuado con las dos jóvenes. Ahora se veía determinada a cumplir la misión a toda costa, cosa que las dejó soprendidas.

—No me digas que crees en esas falacias, Hikari.

Antes que pudiera hacer algún otro comentario, Junna decidió intervenir.

—De todos modos, por más que Kagura-san crea o no, es nuestra responsabilidad encontrarlo —después fijó su vista en Hikari—. Puedo deducir que parece conocer sobre el asunto.

La morena asintió.

—La gente practicaba rituales en cuevas o residencias cerca de las fronteras. Así no los atrapaban. Si vamos a ese tipo de lugares, podremos obtener pistas.

—Espera, ¿cómo sabes si es cierto? Estuviste viviendo seis años en los calabozos. La situación cambió mucho durante ese tiempo.

La rubia-ceniza había señalado el agujero en su fundamentación; la morena pareció no verse afectada, pero emitió un suspiro que daba a entender lo contrario.

—Hablé muchas veces con practicantes apresados. Me contaron qué hacían y dónde cuando los encerraron.

Eso sonaba un poco extraño en la mente de Junna. ¿Por qué los aficionados del Ocultismo revelarían su secreto con tanta facilidad? Indirectamente estaban entregando a sus "hermanos" dentro de las logias y cultos hacia las garras de los guardias.

Aún así, la información que les brindó era el único indicio que tenían hasta el momento. Sería el punto de partida para su búsqueda.

—Voy a confiar en sus palabras. Hanayagi-sama no nos ha dado un buen panorama sobre cómo comenzar.

—Veo nos queda otra —declaró la rubia-ceniza, encogiéndose de hombros—. Guíanos hasta dar con los aclamados brujos.

Dicho esto, las tres fueron a notificar la misión a los caballeros.


—Hmph... Está helando... —crujió sus dientes mientras se aferraba a las mantas que la cubrían.

—Hanayagi-sama, ¿necesita que le provea algo más para calentarse? —preguntó una mucama, preocupada—. Sería una tragedia si fuese a congelarse aquí dentro.

—Claro que sí... Gracias... —murmuró media dormida.

Mientras las tres subordinadas se preparaban para ir, Kaoruko descanzaba plácidamente en los confines de su cama matrimonial. Dicha cama heredada de sus padres, por supuesto; como todo lo demás en la habitación. La armaron especialmente con sus gustos.

Era muy habitual que la emperatriz se pasara toda la mañana durmiendo. Incluso antes de asumir seguía siendo igual de perezosa. Odiaba levantarse temprano.

¿Para qué hacer las cosas en la mañana si las podía hacer después? Su mente regía bajo dicho razonamiento. Es por eso que siempre se manejaba con sus propios tiempos.

Otro hábito que tenía la peliazul era depender todo el tiempo de los demás. Siempre pedía que otros hicieran lo que ella no quería realizar.

Cuando era niña, sus padres la regañaban seguido por dicho tipo de hábitos; no representaban para nada una actitud ejemplar o acorde a su futura posición. No obstante, ella continuaba haciendo lo que se le daba la gana. Hierba mala nunca muere.

Una demostración actual era la conversación que estaba teniendo con una de sus mucamas personales.

Hace unas horas, la emperatriz había salido de su habitación para tomar el desayuno, y una sirvienta —la cual desayunaba en el horario correcto— se quedó guardando su ropa en la Recámara.

Terminó de acomodar gran parte del desastre que constituía el cuarto de Kaoruko: prendas por doquier, almohadas tiradas en el suelo, abanicos de papel tapando la puerta...

Ahora sólo le faltaba acomodar la cama.

Pero la peliazul le había ganado el territorio, acostándose y tapándose hasta la cabeza con las mantas. Temblaba un poco ante el frío del invierno; por eso, la sirvienta decidió buscarle más sábanas para que se mantuviera caliente.

La sirvienta abandonó la habitación, yendo a ayudar con las tareas domésticas del castillo durante un tiempo. La peliazul siguió durmiendo en armonía hasta que ésta regresó con lo que prometió.

—Lamento tener que despertarla, su alteza —susurró, apoyando su mano en el hombro de la emperatriz—. Pero debo pedirle que se levante. Tengo las sábanas limpias y mantas listas para su cama.

Kaoruko gruñó en moción de queja, aunque luego cumplió. Si no lo hacía, estaba segura que en la noche se convertiría en un copo de nieve con tanto frío.

Se apartó, estirando sus brazos, y tomó asiento en frente del tocador mientras la sirvienta ponía en una canasta las fundas sucias. Apoyó su mentón sobre la palma de su mano para evitar dormirse; prometió que descanzaría en su preciado colchón, no encima de una mesa de madera.

La mucama sintió un olor bastante repugnante cuando procedió a remover la última sábana; cuando observó, notó las mismas manchas de sangre que le mostró a Junna el día anterior. Inmediatamente se alarmó.

—¡Dios mío! ¡¿S-Se encuentra bien, Hanayagi-sama?! —se acercó a ella en un instante, revisándola en caso de injurias.

La emperatriz restó importancia al asunto con un bostezo y una moción de su mano.

—Si me hubiera pasado algo, ya tendría que haberse dado cuenta —mostraba una sonrisa pícara—. Después de todo, es mi sirvienta. Para eso está aquí, para cuidarme.

A la mujer le daba miedo preguntar de dónde provenía el líquido, pero al ver que estaba de sorpresivo buen humor, decidió hacerlo.

—¿Entonces, esa sangre...? —no terminó de hablar que la emperatriz lanzó una carcajada.

—Por favor. Sólo cumpla con lo que ha venido a hacer, y márchese. No rendiré nada durante el día si no me deja dormir lo suficiente —ahora su tono se volvió algo ácido—. Si tiene tantas ganas de saber, puedo decírselo cuando termine.

No sólo la ponía incómoda con sus sorpresivos cambios de ánimo, sino que también la intimadaba. Sin mediar palabra, volvió a su labor mientras un par de ojos dorados la observaban con ansias desde una mediana distancia.

Cuando removió la prenda afectada, tapó su nariz y mantuvo la respiración. La hundió al fondo de la canasta y luego apoyó el cesto en el suelo.

Pasó un tiempo hasta que la cama fue tendida a la perfección, con mucho cuidado, y respetando la cantidad de mantas preferidas por Kaoruko.

—La cama ya está lista, su majestad.

Ni bien concluyó, la susodicha se tiró sobre ella y se tapó hasta el cuello. El calor la hacía sentir mucho mejor.

—Esto es vida...

Viendo que rápidamente se estaba quedando dormida, la mucama se dirigió a la puerta. Con silencio la abrió, pero la peliazul volvió a hablarle.

—Espere un minuto.

¿No le había dicho que se largara cuando terminara?

—¿Requiere alguna cosa más?

—No. Sólo recordarle algo, y pedirle un último favor.

La empleada dejó que continuara.

—Espíe lo que sucede allá abajo con Hoshimi-han y compañía. Es difícil confiar en los guardias cuando se trata de Kagura-han.

—Hm, entendido.

—Por otro lado, hoy ha hecho un buen trabajo. Pero si llega a cuestionarme, sabrá la respuesta a la mancha en la sábana. Tenga eso en cuenta la próxima vez que le ordene algo.

Asustada, la mujer abandonó la habitación. Se quedó pensando en la pobre víctima que sufrió ante las garras de la emperatriz. Y cómo tendría que mantener ese buen humor en ella para evitar ser ejecutada de forma similar.


En el Área de Caballería, la reunión con los guardias estaba dando bastante resultado.

—Para que la búsqueda sea más efectiva, nos dividiremos en tres grupos —explicó Junna, luego de haberles hablado sobre el objetivo—. Traje un mapa amplio del territorio, así será más preciso marcar los trayectos a tomar.

Très bien (Muy bien). Cada una de nosotras liderará un grupo, ¿no es así? —comentó Claudine, quien veía las estrategias de Junna como un factor clave para ejecutar la misión.

La mencionada asintió, procediendo a extender el mapa en una mesa de madera cercana al sector donde trabajaban Claudine y Hikari. Con su dedo índice, iba marcando cada zona y los caminos más adecuados para transitar.

—El primer grupo estará bajo el control de Saijo-san, e irán hacia el Norte. Cruzarán el Río Iris y las llanuras que lo rodean. Es muy posible que se encuentren con hogares humildes o tribus en el camino; mi consejo es que revisen bien cada uno de ellos, en caso de estar encondiendo algo.

Claudine parecía contenta con el trabajo que le tocó. Confiaba en la inteligencia de Junna; no por nada era la consejera del viejo Hanayagi cuando estaba vivo.

—Si se resisten a que interferamos sus casas, ¿los atacamos directo? ¿Ó les decimos que son órdenes explícitas de Kaoruko?

—Creo que deberían usar la violencia como último recurso; es decir, cuando surga alguna emergencia. Intenten disuadirlos. Me parece correcto que utilicen ese pretexto, aunque las decisiones, en definitiva, las tendrá usted. Vea qué resulta ser más adecuado.

—Perfecto.

Luego, Junna se dirigió hacia la morena. Hikari prefirió ignorar las miradas peculiares que le daban algunos caballeros. La estratega también lo hizo, aunque no se ahorraría de darles una crítica antes de explicar si fuese necesario.

—El segundo grupo estará a cargo de Kagura-san...

No terminó de hablar que fue interrumpida por uno de los caballeros, quien dio un paso adelante. Mientras lo hacía, le dio un codazo a la morena, el cual no pasó desapercibido por muchos de los presentes; otros guardias que la odiaban rieron con discreción.

Las tres enviadas de Kaoruko, en cambio, clavaron su vista en él.

—Hoshimi-sama, con todo respeto, no podemos responder ante las órdenes de una criminal como ella. ¿Sabe todas las veces que tuvimos que renegar con su rebeldía? Me parece una falta de respeto que nos someta ante una futura traición; proveniendo de Kagura, no me extrañaría que nos apuñale por la espalda.

Lo que menos emitía era "respeto". Sus palabras eran hostiles, demarraban veneno por doquier. Cada tanto miraba hacia los caballeros detrás suyo, aquellos que pertenecían a su "séquito".

Exageraba su indignación y enojo frente a Junna, quien lo observaba con una expresión inquebrantable. El "séquito" pretendía burlarse de Hikari: provocar que se sienta mal y se quiebre frente a ellos.

A la morena realmente no le importaba lo que fuesen a pensar de ella.

—Por más que les desagrade su presencia dentro de los altos cargos, deberán aceptar que ahora es su autoridad. Es lo que Hanayagi-sama nos ha comunicado antes de fallecer, y pasó a ser nuestra obligación cumplir como fieles habitantes del Imperio de los Leones Negros —le respondió la estratega, con posición firme y semblante de acero.

El caballero rodó sus ojos, sonriendo.

—¿Autoridad? ¿Acaso cree que merecemos seguir lo que Kagura nos diga? Deje de bromear. Ella no es autoridad de nadie, y jamás lo será. El emperador fue bastante inepto como para darle poder a esa idiota, y también a una olfa como usted. Tendríamos que haberla ejecutado hace tiempo, muchachos —se dio la vuelta; detrás suyo, los seguidores rieron al unísono.

Parecía como si a Junna le saltaría una vena de la frente. Claudine se acercó sutílmente por si pasaba algo grave. No sólo que se burlaban de sus decisiones como estratega, sino que también desprestigiaban las del emperador.

—Lo que me parece una falta de respeto es que traicione su lealtad hacia el hombre que le dio un oficio, un hogar, y, por sobre todo, un propósito en la vida. ¿Qué clase de caballero es, desobedeciendo a las órdenes del emperador que juró con su vida proteger? Si el emperador estuviese entre nosotros, lo habría ejecutado a usted de inmediato.

—Pues es una lástima. El emperador murió, y un pedazo de papel no nos va a hacer cambiar de opinión.

—Entonces, si no lo hace por mi padre, hágalo porque yo se lo ordeno.

En el medio del enfrentamiento apareció el demonio, Kaoruko. De alguna forma, sabía sobre la discusión, a pesar que había ido a dormir hace un par de horas.

Mejor dicho, porque mandó a su sirvienta como informante. Además, el alboroto se escuchaba desde la Recámara; estaba varios metros arriba del Área de Caballería.

Portaba su típica armadura —limpia, sin rastros de sangre—, pero esta vez tenía la espada de Hanayagi envainada en lugar de la lanza que guardaba debajo de su cama.

Fue dando pasos firmes hasta donde estaba Junna, y se paró cerca de ella. Ésta la miró sorprendida, aunque seguro se ponía de su lado porque habló mal de su padre, el emperador.

La presencia de Kaoruko generó incomodidad entre el "séquito"; muchos se tragaron sus palabras. El hombre que dio la cara deseaba estar en otro lado cualquiera excepto allí. Obviamente, ocultaba su miedo lo mejor posible.

—Lo que dijo mi consejera es nada más que la verdad. Debería darle vergüenza su cuestionamiento.

La emperatriz ya se imaginaba una pelea así cada vez que el nombre Kagura fuese nombrado en los recintos del castillo. Kaoruko tenía una lengua afilada, y no se perdería de meterse en ellas cada vez que tuviese la oportunidad.

—Hanayagi-sama, he planteado mi posición con sumo respeto —se defendió, fingiendo amabilidad—. No fue mi intención ofender a nadie ni mucho menos; sólo quería mostrar mi desacuerdo frente a lo planteado por Hoshimi-sama.

Ni siquiera la peliazul caía ante semejante mentira.

—Por supuesto que no; lo sabe perfectamente —frunció sus cejas con enojo—. Desestimó los conocimientos de Hoshimi-han, las memorias de mi padre, y, sobre todo, las nuevas responsabilidades que conlleva el trabajo de Kagura-han. Arrodíllese y suplique su perdón, a ver si ellas se lo dan.

El hombre se mantuvo callado, inmóvil. Odiaba sentirse tan indefenso y humillado, pero su cuerpo y mente respondían de forma involuntaria. El sudor le empapaba tanto la frente como sus manos.

La falta de respuesta impacientaba a la emperatriz.

—¿Qué espera? ¿Que lo haga por usted?

El caballero cumplió, comenzando por Hikari. Hubo un silencio profundo, hasta que sus ojos dieron con los fríos zafiros de la morena.

—Lamento mucho haberla ofendido, Kagura-sama. Prometo que no volverá a pasar jamás. Por favor, disculpe mi comportamiento.

El hombre sólo habló por obligación; ni en un millón de años imploraría disculpas hacia una criminal. Debería ser al revés, según él. Intentó hacer su súplica bastante creíble para evitar un castigo peor.

—No.

—¿P-Perdón?

—Que no las acepto. Púdrete.

Luego de contestar, pateó fuerte su rostro. El caballero cayó al suelo, tomándose la cara con dolor; el impacto fue de lleno en su tabique.

—Es suficiente, Kagura-han —la emperatriz pasó a estar a su derecha; no obstante, aprobaba su reacción—. Veo que Hoshimi-han tampoco aceptará sus disculpas. Si la persona más afectada por sus dichos no lo hizo...

Y tenía razón. Junna también iba a negarse.

—Ahora es el turno de dar mi veredicto. Me pregunto... ¿Qué debería hacer con usted?

Nuevamente, silencio.

—Vamos, dígame qué castigo sería el más adecuado para esta situación. Podría ser el hombre más afortunado de todo el castillo.

No movió ni un músculo. Recién en ese momento había notado la espada envainada, la cual colgaba amenazante de su cinturón. Tenía motivos para quedarse callado.

—Como veo que no responde, yo misma tendré que tomar una decisión. ¿Y sabe qué? Tal como Hoshimi-han ha dicho, mi padre lo habría ejecutado de inmediato si pudiese ver en lo que se ha convertido. No merecemos tener a un irresponsable y cretino como usted entre nosotros.

Un simple movimiento, un grito desgarrador, y había salpicaduras de sangre en todos lados.

La peliazul había tomado la espada, alzándola en el aire, y clavando el filo de ella en el cráneo del caballero con un corte vertical. Ya que con uno no alcanzaba dentro de sus estándares, repitió los movimientos hasta que el hombre se desangró por completo en pocos segundos.

Podría tranquilamente haberle cortado la yugular en un limpio corte horizontal, o remover toda su cabeza; sin embargo, ese método de fusilamiento ya le aburría. Quería ser creativa.

Los demás se quedaron helados ante la repentina ejecución. Hasta la sirvienta, quien fue testigo directo de lo ocurrido, vomitó en el suelo por el disgusto que le provocó.

La atención de todos estuvo puesta en Kaoruko, y el silencio era tan profundo que hacía temblar a varios. La joven se quedó observando su cometido; cómo la sangre fluía en el suelo y manchaba su cuerpo.

—Qué desperdicio de persona. Tendré que limpiar mi armadura por culpa de este monstruo —luego dirigió la mirada a los presentes—. ¿Alguien más tiene algo que decir?

Como nadie dijo nada, ésta rió.

—Claro que ninguno va a hablar; están todos temblando del miedo —su tono luego pasó a ser más serio—. Continuen con lo que estaban haciendo antes que llegara. Espero que esta vez no haya inconvenientes.

Tal como vino, se fue. Ella ya no estaba en la sala, pero el cadáver, la sangre y el horror seguían impregnados con fuerza en cada uno de los subordinados.

Hikari era la que tenía más líquido encima, pues Kaoruko se había parado cerca de ella cuando lo mató. Parecía hipnotizada con los restos del caballero; no le quitó sus ojos de encima.

Claudine maldijo en voz baja ante el desastre. Aunque en su interior estaba aliviada que ese idiota estuviese muerto, ya que no tendrían que lidiar con él en futuras ocasiones.

Junna removió sus lentes —ahora salpicados de sangre— y trató de limpiar los vidrios con su ropa. No le quedaba otra más que acostumbrarse a este tipo de ocurrencias cada vez que la peliazul pusiera un pie dentro del castillo. Si hubiese sido ella la responsable de ejecutar el castigo, no lo habría asesinado. La violencia no siempre resultaba ser la opción más efectiva.

Pero la vida continúa. Tenían una misión que cumplir. El mensaje que les dejó Kaoruko fue lo suficientemente explícito como para no resistirse a llevarla a cabo.

Entre dos guardias arrastraron el cuerpo lejos de la mesa; exponer las estrategias no sería tan incómodo y perturbador. Junna tosió un poco para que le prestaran atención.

—Como estaba diciendo, el segundo grupo estará al mando de Kagura-san. Irán hacia el Este, cerca de la frontera con el Imperio del Sol. Tengan cuidado cuando lleguen al territorio del otro bando, pues los guardias parecen estar más atentos que nunca en relación a los saqueos que Hanayagi-sama ordenó.

Saber que estaría cerca del lugar donde podría encontrar a Karen hacía sentir a la morena mucho mejor. Con suerte, sería capaz de verla una vez más.

—Bien —fue una de las raras veces que sonreía legítimamente.

—El último grupo estará bajo mi control, e iremos hacia el Oeste. Será el trayecto más difícil de cruzar, considerando los relieves montañosos y las abundantes masas de agua. Pero estoy segura que podremos afrontar las condiciones desfavorables si seguimos un camino fijo, por donde hay más planicie.

Viendo que la estrategia ya estaba dada, cada grupo se dirigió a conseguir los recursos necesarios para prepararse y partir la mañana siguiente.


Mientras tanto, Kaoruko caminaba quejándose hacia su Recámara. Le gustaba tomar las riendas en este tipo de asuntos, pero ahora tendría que asearse nuevamente y sabía que no podría dormir por un buen tiempo. El agua la mantenía despierta.

La sirvienta, quien le había comunicado lo que iba pasando durante el encuentro, se acercó para ayudarla en lo que fuese a pedir.

—Su majestad, iré a preparar los baldes a su habitación. Cuando termine de desvestirse, entrégueme los objetos sucios para poder remover la sangre.

No respondió. La sirvienta sabía que aceptaba su asistencia de todas formas. Aprovechó el momento para sacarse una duda.

—Si me permite preguntarle, ¿cómo supo el momento exacto para interferir en la discusión, y conocer lo que se dijo anteriormente? No llegué a informarle sobre el caballero ni lo que sucedió después, estaba en mi camino para avisarle...

—Es bastante simple.

—¿Hm?

Kaoruko lanzó una risa.

—Las paredes tienen oídos, querida. Se escucha todo desde la Recámara; por eso mismo mis padres descanzaban en esta habitación. Los mantenía al tanto de lo que ocurria allá abajo.

—Vaya... La contrucción de la Recámara fue muy ingeniosa de parte del emperador.

—Por supuesto. Él siempre utilizaba pequeños aspectos para conseguir grandes victorias. Y yo también.

Ingresó a la habitación, dejando pasar a la mucama, y el cierre de la puerta resonó por el interior del castillo.