Capítulo 8: "La verdad"
-La verdad es que me peleé con mi madre esta mañana.- Respondió él.
-¿Eh?- Se sorprendió ella.- ¿Y eso qué tiene que ver?
-Pues que no quería que te enteraras.
-¿Me estás mintiendo otra vez? Porque suena muchísimo a mentira.-Insistió ella.
-¡Que no! Solo que tú eras el tema por el que discutíamos.
-¿Cómo dices?
- Mi madre dice que no te valoro lo suficiente. Discutimos y terminé por ahí para despejarme.
Kaito estaba orgullosísimo de la mentira que había sido capaz de improvisar y no esperaba más reacción de ella que una regañina y un leve sonrojo.
Como si la chica hubiera oído sus pensamientos, comenzó a enrojecerse.
"Predecible, Aoko" -Pensó para sí el ladrón, quien esbozó una sonrisa.
-¿Os peleásteis por mí?- Repitió ella en un susurro.
Kaito había salido airoso de todo el tema.
La invitó a pasar y se sentaron juntos a tomar té como si no hubiera pasado nada entre ellos. Pero había un problema: el chico seguía pensando en Ran.
Cada vez que miraba a Aoko, veía a la chica. La imagen de la karateka en sus brazos llorando desconsoladamente le venía una y otra vez a la mente.
- ¿Me estás escuchando, Kaito?
- Sí, sí, claro.
La chica suspiró.
- Oye, entiendo que estés mal por lo de tu madre, sólo quería animarte.
- Vamos, Aoko, tú no tienes la culpa de nada de esto.
- ¿Necesitas algo?- Le preguntó ella.- ¿Quizás quieres que me vaya?
- La verdad es que me vendría bien estar un rato solo.
La chica le sonrió, haciendo que él se pusiera muy nervioso.
- Lo entiendo perfectamente.
La chica se despidió amablemente de él y se fue.
Le dejó allí; él todavía no comprendía ni porqué le había pedido que se fuera.
Era bastante tarde, por lo que decidió meterse en la cama.
Horas más tarde, Kaito estaba planeando el siguiente robo sólo para ver a la chica de la agencia de detectives y tener una excusa para dedicarle unas palabras.
(...)
Por su parte, la chica llevaba horas pensando y toda la tristeza que sentía, se había convertido en ira y rabia contra Shinichi.
Le odiaba. Esperaba no tener que volver a verle la cara nunca más.
Duras palabras de alguien que le había visto crecer y con la que había compartido su vida.
