8

Al día siguiente, la tenue luz del sol entraba a raudales por la ventana de la habitación de la cautiva. Ésta dormía cubierta por una gruesa manta que la resguardaba del frío, abrazada a una abultada almohada que Iván le había dejado al levantarse.

Iván, por otro lado, bajaba por las escaleras en esos momentos, llevando en ristre su afilada pica y sonriendo con gran felicidad. Debajo, Toris, Eduard y Raivis palidecieron al verlo.

-Buen día. –saludó animadamente, y acto seguido los tres jovenzuelos se abrazaron unos a otros temblando visiblemente.

-S… Señor Iván… -murmuraron sin apartar sus ojos aterrorizados de la pica.

-¿Ah, porqué ponen esa cara? –preguntó suavemente, siguiendo la línea visual de los sirvientes hasta el lugar a donde éstos miraban, y rió. –Niet, no voy a usarla contra ustedes, saldré a cazar algo bueno para que María y yo cenemos esta noche, ¿Da?

-Eh… bien, señor. –repuso Eduard, el primero en recuperar la compostura. -¿Quiere que tengamos preparado el horno para su regreso?

-Sí, por favor… ¡Ah! ¿Y podrían hacer un puré de patatas y tal vez trufas?

-Por supuesto…

-Excelente, gracias. ¡Nos vemos! –gritó antes de salir por la puerta con su buen semblante. Al salir, los tres sirvientes se miraron desconcertados.

-¿Acaso… dijo "buenos días"? –preguntó débilmente Toris.

-Y también dijo por favor y gracias. –añadió Eduard. –Qué extraño, el amo parece de muy buen humor esta mañana.

-Debe ser todo por la señorita María. –replicó Raivis con su característica franqueza. –Ya que ella ha traído el sol, el amo debe estar muy contento con ella.

-Es verdad… -Toris alzó sus ojos a las escaleras. -¿Cómo creen que esté ella?

-Seguro mejor de lo que nosotros estaremos si no nos apresuramos. –contestó Eduard, echando a andar hacia la cocina seguido calladamente por los otros dos.

Arriba, María acababa de despertar, algo sorprendida de no ver a su lado a Iván, pero se desconcentró al respecto cuando escuchó un tenue llamado tras su ventana. Muerta de curiosidad, salió de la cama y se acercó a la ventana, descorriendo con cuidado las cortinas; afuera, aún con la nieve brillando en el suelo, el sol se asomaba con fuerza entre las nubes, dándole al paisaje un aspecto único, magnífico como una estampa de invierno, y más allá se escuchaban llamados de aves, idénticos a los del pequeño pájaro que cantaba apoyado en el alféizar de la ventana y que había llamado la atención de la joven.

Unos minutos más tarde, animada por el leve pero significativo aumento en la temperatura, bajó usando su vestido amarillo y cubierta por una capa que encontró abandonada en el ropero de su recámara. Al verla pasar, los tres jóvenes detuvieron sus tareas de la cocina, asomándose para verla salir con toda calma del palacio. Afuera, se respiraba un aire distinto, aún frío pero no cortante, y con él, la atmósfera resultaba ahora admirable y nostálgica, y después de tanto tiempo, la tristeza se marchó de su corazón y admiraba el encanto tan peculiar del paisaje.

-Es precioso… -musitó, arrodillándose delante de la reja y tomando nieve entre sus manos. Debajo, notó un destello de brillante color amarillo y apartó más la nieve, curiosa por ver qué era. Sintió una suerte de brinco en el pecho al ver que era un pequeño brote de girasol. Con sus manos, lo acarició levemente, aún desconcertada de tan extraña visión.

De pronto, oyó que algo caía a sus espaldas, y se volvió lentamente, pensando que alguno de los chicos se había tropezado al salir tras ella. El cabello rubio que alcanzó a ver le hizo pensar que se trataba del menor.

-¡Raivis! ¿Te hiciste daño…?

El hombre se puso de pie, y ella se dio cuenta que no era Raivis, sino…

-Hello, Mary… -saludó Alfred con su voz más grave y fanfarrona. -¿Estás bien? Llevamos varios días buscándote… Tu padre está muy angustiado…

-¿Mi padre? –recordó de repente a Antonio, y la tristeza le regresó. –Oh cielos… ¿él está bien?

-Hmm, es algo difícil de explicar, verás… -comenzó, pero entonces hubo un segundo golpe y, detrás de la joven, y una voz más grave y seca murmuró a su oído:

-Hallo, muñequita…

María nunca había visto a Lars, y su repentina aparición la hizo lanzar un fuerte grito de terror. Lars reaccionó tranquilamente, tapándole la boca con una mano mientras con la otra le hacía una brusca llave en el cuello que a los pocos segundos la hizo perder el conocimiento. Alfred no daba crédito a lo que veía.

-¡Lars, eres un idiota! –le recriminó mientras el aludido se echaba al hombro a la desmayada jovencita. -¡Pudiste haberla lastimado y el problema en que nos hubiéramos metido…!

-Silencio de una vez, Alfred, y vámonos de aquí. –gruñó enfadado. El joven rubio no tuvo más remedio, y los dos treparon la reja hasta saltar al otro lado y emprender su caminata por el bosque. Lo que no supieron nunca fue que, a los pocos minutos, Iván regresaba muy animado y cargando a cuestas un enorme alce muerto, y que apenas cruzar la reja los tres sirvientes salieron en loca carrera hacia él, gritando desesperados:

-¡Señor Iván, señor Iván, se la han llevado!

-¿Ah? ¿A quién?

-¡Unos hombres han entrado y se han llevado a la señorita María! –chilló Raivis, quien lo había visto todo desde la ventana, alertando a los otros dos después de que María gritara. Iván dejó caer el alce y su mirada, primero tranquila, se cubrió de una sombra siniestra que hizo que todos (y especialmente Toris) retrocedieran.

-¿Quiénes han sido? –susurró con una voz horrible y carente de humanidad.

-Dos… dos hombres extraños… -balbuceó Raivis. –Uno… era rubio y usaba ropa muy fina y… el otro tenía el cabello despeinado y una… una bufanda azul rayada con blanco…

Apenas terminó de hablar, Iván lanzó una especie de rugido de oso y sacó de su abrigo su preciado grifo, desapareciendo entre los árboles a una velocidad increíble.

No muy lejos de ahí, Alfred y Lars llegaron a una solitaria cabaña, hecha toda de madera y bien guarecida al lado de un río que corría haciendo un ruido incesante. Lars levantó una ceja, visiblemente sorprendido.

-Extraño… este río ha estado congelado desde siempre.

-Olvida el río y vayamos adentro, estoy congelándome. –los dos entraron y depositaron a la joven aún desmayada sobre un sofá desvencijado. –Good, ahora la llevaremos de vuelta a su casa… ¡y yo seré el héroe!

-Oye, te olvidas de mí, ¿y mi recompensa? –preguntó secamente Lars.

-Ah… bueno… ¿qué me dijiste que querías?

Lars sonrió de una manera extraña, casi lasciva, y señaló a María. Alfred palideció de furia.

-Yo solo digo que… pensándolo bien, la hija de ese idiota de Antonio es muy bonita. Y personalmente… no me molestaría darle un bocado, si tú entiendes.

-No… eso sí que no. –susurró Alfred, adelantándose para encarar a su socio. Éste por otra parte, permaneció con el rostro impasible. –Si tú o cualquier idiota le ponen una mano encima, lo lamentarán el resto de su vida.

-¿Y qué si el… monstruo ya lo hizo, acaso valdrá menos para ti? No, tú me importas poco, pero Antonio es otro cuento… a él seguro no le importará que su hija vuelva a casa… con unas cuantas huellas de más, con tal de tenerla a su lado.

-Silencio, estoy advirtiéndotelo…

El hombre estuvo contemplando los ojos de su socio varios segundos, sin que su cara diera muestras del espléndido plan que estaba dibujando en su mente. Por fin, y dando un hondo y teatral suspiro, repuso:

-Bien, será como tú digas. Ahora… -señaló el exterior. -¿Porqué no sales y traes algo de leña? Nos moriremos de frío sin ella… está justo a espaldas de la casa.

-Como gustes. –respondió Alfred, saliendo pesadamente. Apenas lo hizo y salió del campo de vista de Lars, éste cerró la puerta, asegurándola para que el muchacho no pudiera entrar, y se dirigió al sofá, contemplando en silencio a María. Ésta, aún inconsciente, estaba echada boca arriba sobre el mueble, con la falda del vestido desparramada a su alrededor y dejando descubiertas sus piernas hasta la altura de las rodillas. Con suma delicadeza, Lars llevó una mano a una de las piernas de la joven y la acarició, atraído por el brillo nacarado de su morena piel y por la suavidad y tibieza de ésta, dejando que su mano subiera por debajo de la falda, rozando levemente su muslo; varias ideas le cruzaron por la cabeza en ese instante, ideas que no había creído tener con la hija de su enemigo. ¿Sería la jovencita aún virgen? Seguramente sí, pensó, pero eso podía cambiarlo en un santiamén, tal y como se disponía mientras a tientas aún acariciaba las piernas de la chica.

María abrió intempestivamente los ojos, mirando con desconcierto a su alrededor por no poder reconocer el lugar. Entonces se fijó en Lars e instintivamente se revolvió, tratando de apartarse de él.

-¡Usted…!- murmuró. Lars sonrió con suavidad, acercándose más a ella y colocando dos dedos sobre los labios de la joven.

-Shhh shhh, niñita, no es buena idea gritar ahora. Estás a salvo. –replicó. –No te angusties, nos encargaremos de llevarte de regreso con tu padre y entonces todo estará como siempre. Al menos –añadió con un leve tono de rencor- todo estará bien para el heroico de Alfred.

-¿Qué?

-Ah, ¿no lo entiendes aún? El idiota ha venido hasta aquí para salvarte, cubrirse de gloria delante de Antonio y así ganar tu mano.

-Imposible… yo… yo no lo quiero… -replicó con evidente desagrado. Ciertamente, su vecino no le hacía ni pizca de gracia.

-¿Y crees que a él le importa eso, mocosa tonta? –masculló, antes de suavizar su voz. –Pero por supuesto, pienso que esa es una cosa de bárbaros. Tú, criatura, eres mucho más bonita de lo que yo imaginaba, siendo hija de quien eres… Y la verdad es que ahora entiendo porqué el imbécil de tu padre, Alfred y esa bestia repugnante te anhelan tanto…

Mientras decía esto, sus manos subían más la falda del vestido de la joven, y ésta no lo notó hasta que la falda le llegaba a la altura de los muslos. Llevó sus manos hacia abajo, tratando de detener el ultraje y mirando con recelo a Lars.

-¿Qué estás diciendo? –siseó.

-Digo que eres encantadora… muy bella y evidentemente fuerte… y yo… yo soy un hombre muy solitario. –replicó, inclinándose para acercar su rostro al de ella. –Y contrario a lo que diga el estúpido Alfred, también me he esforzado en este viaje.

En esos momentos oyeron unos ladridos monstruosos afuera, seguido de los chillidos de Alfred. Lars sonrió divertido, sus hermosos mastines debían estarle haciendo pasar un mal rato al muchachote engreído. Aprovechando la distracción de María, la sujetó por las muñecas y volvió a acercarse, casi quedando encima de la joven.

-¿Qué haces? –preguntó, abriendo angustiada los ojos.

-Digamos que sólo cobro mi parte. –contestó. –Negocios son negocios.

-Suéltame… ¡suéltame! –exclamó, retorciéndose para librarse de las manos de Lars, pero él era más fuerte, y mientras la sujetaba hundió su nariz en el cuello de ella, aspirando su aroma.

-Ah, niña… -dijo con voz débil. –Esto será hermoso, no temas, criatura… lo único que lamentaré es no tener al inútil de tu padre presente, pero bueno, ya luego le contaré cómo gemías de placer mientras yo te…

-¡Dije… suéltame! –gritó, tomando un repentino impulso que liberó sus piernas y la hizo golpear justo en los bajos a Lars. Éste, gimoteando de dolor, la soltó, mirándola con rabia.

-¡Pequeña perra! –dijo lanzándose de nuevo sobre ella, apretándole el cuello con las dos manos. María, sin embargo, no dejó de forcejear y, con otra fuerte patada, obligó a Lars a soltarla. Mientras el hombre se retorcía de dolor en el piso, ella se dirigió a la puerta, pero al ver que estaba trabada fue hacia una ventana cercana, la abrió y saltó por ella, echando a correr lo más lejos posible de ahí.

Alfred, que por fin había logrado salvarse de los mastines, vio el pequeño punto de color desaparecer en la distancia, y lleno de furia se dirigió como un huracán a la puerta de la cabaña, dándole una fuerte patada que la hizo saltar de sus goznes. Adentro, sólo estaba Lars en un rictus de dolor sobre el piso.

-¡La dejaste escapar, estúpido! –le recriminó.

-Si… tan fuerte y listo te crees para contenerla… ¿porqué no la salvas tú solo?

-Eso haré… pero antes, una pequeña cobranza… -de pronto, Alfred cayó sobre Lars, y dándole una fuerte patada en la cabeza lo hizo desmayarse. Sonriendo de una manera casi demencial cogió la capa abandonada de María, salió de nuevo de la casa, dirigiéndose a donde estaban los mastines, tres hermosos animales de hocico chato y ojos febriles, a los cuales les dio a oler la capa. –Good boys, ahora… ¡vayan y búsquenla! –usando una afilada navaja que se guardaba en el cinto, desató a los animales y éstos se lanzaron por el mismo camino que tomó la joven, seguidos a paso tranquilo por Alfred.

María vagaba por el bosque, confundida y preocupada por no saber hacia dónde ir, y el viento frío le indicaba que se aproximaba una fuerte nevada y el terror de morir congelada regresó. Casi deseó encontrarse de nuevo con Iván para volver al palacio, donde la estarían esperando los tres encantadores muchachitos que le habían hecho compañía en ésos días difíciles, pero con cada paso que daba, sentía que sus anhelos eran en vano. Entonces, tras ella, escuchó unos pasos ligeros aproximándose, seguidos por roncos aullidos; al darse media vuelta notó a tres mastines que, gruñendo y babeando, se dirigían a ella a toda prisa.

-¡No! –gritó, echando a correr por entre los árboles, tratando de escapar de las fieras que apretaron el paso apenas la vieron huir. En un momento de su enloquecida huida, su vestido se atoró en unos arbustos y tuvo que desgarrarlo para liberarse; siguió corriendo por varios metros más hasta que, agotada, resbaló por una ladera cubierta de nieve y cayó en una especie de zanja que corría por donde, en el pasado, debió existir el lecho de un río. Los mastines se detuvieron delante de la zanja, ladrando enloquecidos y preparándose para saltar. María, no viendo escape alguno, se arrebujó en la zanja, sintiendo la muerte más próxima que nunca. Los mastines entraron de un salto a la zanja, y el de mayor tamaño se abalanzó sobre la joven, y ella, desesperanzada, se cubrió el rostro con los brazos, lista para recibir la mortal embestida.

Un rugido bestial, similar al de un oso iracundo, ahogó los ladridos de los mastines, y algo de gran tamaño golpeó a la fiera haciéndola chocar con el borde de la zanja. La misma cosa se inclinó sobre la joven y susurró con evidente miedo:

-María…

La aludida abrió los ojos, y se topó con Iván. Le regaló una magnífica sonrisa de profundo alivio. Los mastines, sin embargo, no se amilanaron, y se lanzaron con las fauces abiertas hacia los dos humanos; Iván, enarbolando su grifo, se lanzó hacia ellos, atacándolos con tanta furia que daba terror verlo, y ni las mordeduras ni los rasguños lo hacían cejar; en medio del ataque, atinó a gritar con su voz ronca:

-¡María, corre, corre!

Con dificultad, y aún asustada por todos los eventos ocurridos, María trepó por el otro lado de la zanja, escuchando los bramidos de su amigo y los gruñidos de los mastines; a pesar de su temor, tomó el consejo de Iván y echó a andar alejándose de la zanja al menos por unos cuantos metros, antes de detenerse en un claro del bosque para tomar aire y calmarse.

Una mano la sujetó por el hombro, y al volverse se encontró con el rostro aliviado… de Alfred.

-Mary, estás bien, gracias al cielo, temía que Lars o ése monstruo te hubieran hecho daño. Now, vámonos de aquí antes de que pase algo malo. –dijo mientras la tomaba del brazo, pero para su propia sorpresa, la joven se soltó bruscamente de él.

-No quiero ir contigo. –replicó.

-What? ¿Te… te sientes bien, María? he venido hasta aquí para salvarte…

-No… has venido hasta aquí para tener una buena excusa para que mi padre te ofrezca mi mano. –gruñó ofendida.

-Lars… -susurró Alfred, sintiendo una punzada de ira. Ése maldito traidor… ya se encargaría de él luego. Dibujando su sonrisa más seductora, le contestó: -Vamos, eso lo podrás decidir tú… cuando estés en brazos de tu padre y veas las cosas desde otro ángulo…

-Eso nunca, Alfred. Entiéndelo de una vez, no me gustas en lo más mínimo y no quiero irme de aquí.

-¿No? ¿Y qué hay de tu padre, eh? ¿Lo dejarás allá, tirado y enfermo como un desahuciado… y todo por una bestia descorazonada que te secuestró?

María guardó silencio, clavando su mirada en el piso. Sí, ansiaba ver a su padre… pero eso no sería bajo las condiciones del fastidioso hombre que ahora la contemplaba con superioridad.

-Olvídalo, Alfred, yo me quedo aquí. Y puedes ir y pregonar a los cuatro vientos lo que quieras, me da igual. Yo misma volveré a mi padre cuando lo decida.

-Ah… con que así son las cosas, ¿no? –de pronto, Alfred sujetó a María de los hombros con brusquedad. –Después de todo mi sacrificio y mi esfuerzo para venir a salvarte ¿así es cómo me pagas? Bien… veo que eres una mocosa malagradecida y engreída y que necesitas una buena lección de modales.

Dicho esto, empujó a María haciéndola chocar contra un árbol. La joven gimió levemente por el dolor mientras Alfred se acercaba a ella, levantando ambas manos. Los ojos de María se abrieron llenos de horror.

No muy lejos de ahí, el último mastín caía al suelo sin vida, muerto por los fuertes golpes de Iván y su grifo. Él, cubierto de mordidas y arañazos, respiraba entrecortadamente, encorvado y tembloroso, hasta que oyó un débil grito de dolor que reconoció, con gran temor, como el grito de María.

-María… -musitó, recuperando fuerzas y saltando fuera de la zanja, echando a andar por la avenida de árboles que conducían irremediablemente hasta el claro. Ahí, en medio de éste, el suelo tenía manchas de sangre, y sobre éstas, reposaba María, inmóvil y con los ojos cerrados. Iván, horrorizado, se acercó rápidamente a ella y la tomó en brazos, dándole la vuelta. Su cara tenía huellas de golpes y sangraba por la boca y la nariz, el resto de su cuerpo presentaba huellas de rasguños y de más golpes. Una ira asesina ascendió por el cuerpo del hombre, deseoso de encontrar a quien fuera que le hubiera hecho daño y matarlo con sus propias manos, de ser posible descuartizándolo vivo o desollándolo para luego echarlo a agua hirviendo… pero al ver de nuevo el rostro de la joven su instinto desapareció y, con suma delicadeza, la levantó y se la llevó así, en sus brazos, de regreso al palacio.

Lejos, se escuchaba un grito de felicidad cerca de donde desembocaba el mismo río que pasaba delante de la cabaña.

-¡Ve~ mira lo que encontré, Ludwig! –decía el pequeño Feliciano, alzando delante del rubio una ardilla que correteaba entre sus brazos.

-¿Qué…? ¡Feliciano, deja ese animal en donde lo encontraste o mátalo, no estamos de excursión, estamos de cacería! Con este maldito clima tendremos suerte si encontramos algo…

-Ve~ lo siento… -replicó el jovencito, dejando a la ardilla. A lo lejos, vieron venir una enorme silueta, y dando un chillido de terror, Feliciano se guareció tras el mismo arbusto en el que se ocultaba Ludwig, quien apuntó con su rifle a la figura.

-Eso debe ser un oso… o algo así… no alcanzó a distinguirlo… -el hombre entrecerró los ojos, tratando de enfocar a la misteriosa criatura que avanzaba hacia ellos, cuando entró en su campo de visión y descubrió que era un hombre, el más alto que había visto en mucho tiempo. -¿Was?... es un sujeto…

-¿Ve~? –Feliciano se asomó tímidamente por encima del arbusto. Iván, quien marchaba con los ojos clavados en su preciosa carga, no los notó. -¿Quién es él?

-No tengo idea pero… ¡Ah! –Ludwig parpadeó sorprendido. –No puede ser… eso que lleva en brazos es una… una chica… ¡Ah! ¡Es María!

-¿Quién?

-¡María, la hija de Antonio! –Ludwig enfocó aún más sus ojos, pasando del cuerpo lacerado de la joven al grifo ensangrentado que colgaba del brazo de Iván. –Mein Gott… ése malnacido la ha asesinado.

-¿Qué? ¡¿Cómo lo sabes?!

-Lleva el arma homicida ahí… ¿no la ves? Machada de sangre, y María también… y si no la mató entonces la ha herido y… no sé qué pretenda hacer con ella. –se puso de pie. –Vamos Feliciano, volvamos al pueblo y contémoslo. Ese monstruo seguro le hará algo horrible.

-Ve~ tengo miedo…

Y ambos echaron a andar de regreso al pueblo.