Severus trataba de no enloquecer, pero los nervios lo mataban. Que nunca sucedía en una vida que fuera real, excepto en una como esa. Donde vivía con el imberbe de Sirius Black (que ahora tenía razones para decirlo) y no se había mudado solo, encontrándose con la dicotomía de si debía salir corriendo de allí.
O quedarse y enfrentar el asunto como un hombre. Y Sirius se miraba en el espejo de la habitación, hasta tiempo le había dado de comprarse un nuevo traje.
Se veía y sentía totalmente renovado.
— Debes estar bromeando si crees que se enamorará de ti, solo porque te cortaste el cabello y te afeitaste la barba.
— No quiero que se enamore de mí, Snape. Quiero que sienta que soy una persona amigable, sin parecer un ex convicto. Que toda mi vida creo que he parecido eso.
En eso estaba totalmente de acuerdo e iba a volver a enviarlo a Azkaban, si seguía con toda esa tontería. Inspiró pesadamente, a lo que Sirius solo respondió con un chasquido de su lengua.
— A ti tampoco te haría mal un cambio.
Y claro. Ni aunque estuviera en llamas. Además, para él, ya había nacido muy feo como para un cambio. Ni la mejor magia del mundo podría revertirlo.
Así había nacido y así se tenía que quedar.
Supuso.
Aunque en cierta forma; tenía atractivo para las mujeres. Ignorando las que pudieran parecerse a Minerva McGonagall, alrededor del planeta.
Descartaba esas opciones. Y a Albus Dumbledore.
Estaba perdido. Condenado a vivir solo durante el resto de sus días. Y la única que había sido suficientemente ciega para amarlo, para no ver lo feo en él, tenía que ir y arruinarlo con su idiotez.
Pobre Lily.
Sus hijos habrían sido hermosos. Al menos de parte de ella. No creía que con sus genes, pudiesen hacer muchos.
¿Por qué se lanzaba dagas a sí mismo?
Estúpido Sirius que terminaba haciéndolo sentir pequeño y falto de confianza.
Y mientras se miraba en el espejo, luego de que Sirius Black por fin dejara de hacerlo, le dio la impresión de que el timbre sonaba.
Menos mal que ya se habían desecho de aquel horroroso cuadro de aquella anciana gritona. l fin respiraban la paz que ansiaba en aquella casa.
Paz a sus pensamientos que ya gritaban por sí solos.
Bajó las escaleras a trote e inspirando fuertemente, miró por una pequeña ventana, tras una cortina algo sucia. Era ella. Sabía que lo era.
Pero... ¿una hora antes?
— Buenas tardes, profesor Snape. Espero que no haya llegado muy pronto. El tráfico estaba terrible. Hoy tuve ganas de viajar en tren y mirar el campo, las flores, el día soleado. Bueno... usted entiende.
Claro, claro. Porque él salía tanto.
— Adelante, Granger.
¿Por qué siempre era tan seco con las personas? ¿Especialmente las mujeres? ¿Debía cambiar eso? Volvió a inspirar, juntando sus manos hasta cerrarlas. Merlín, debía dejar de estar nervioso y de pensar en aquellos sueños que había tenido. Sin ver claro estaba, la ropa que ella llevaba puesta. Un fresco vestido negro con unas gafas de sol, oscuras. ¿Qué estaba viendo ella tras aquellos anteojos? Tenía miedo de que se estuviera burlando de él, sin que pudiera verlo. Y además... aquel largo sombrero. ¿A dónde creía ella que iban?
— Ah, lo siento. Creo que se fijó en mi ropa muggle. Solo quería pasar desapercibida entre la multitud y pienso que si a Sirius no le importa, puedo arreglarme en su baño.
Cuando lo viera, seguro ib morir de la risa o a estar gratamente sorprendida. Y entonces; él la perdería.
¿Por qué diablos le importaba?
Que se gustaran el uno al otro. Estaba bien para él.
¿O no?
— Si me permite.
Asintió en silencio mientras la joven subía las escaleras. Se encogió de hombros y antes de sentarse cómodamente en el sofá y leer un libro, escuchó que había gritado. Se paró de inmediato, como si el sofá estuviera cargado de electricidad y corrió como un rayo por las escaleras, en dirección al baño de aquel pasillo.
Hermione miraba con asombro, a un hombre que estaba frente a ella y la miraba de igual forma. Luego de unos segundos, Snape respiró de nuevo y Hermione se echó a reír de pronto.
— Sirius, pero qué cambiado que estás... ¡casi me matas de un susto! Ni te reconocí con esa nueva apariencia. Aunque me gustaba más tu viejo y rebelde tú, este nuevo aspecto te luce.
Y sin decir algo más, se había encerrado en el baño. Mientras Snape se detenía a un lado y fingía aclararse la garganta.
— Te lo dije...
