Hoy no me lío, q tengo prisa, pero quería colgar este capi como regalo de cumpleañazos par Arthe. Muchos besos hermana!!!

Capítulo 7. NADEZHDA.

"Te llamaremos en cuanto estemos de regreso, querida", me serenó Lyosha.

Después de la reunión, y de que todos tuvimos claro cual iba a ser nuestro trabajo durante las próximas horas, las cosas se pusieron en marcha a velocidad de vértigo. Antes de que tuviera tiempo siquiera de pensarlo, mis compañeros recogieron unas cuantas cosas, y se dirigieron al garaje sin apenas cruzar una palabra entre ellos, pero sin vacilar ni una sola vez. Como si tuvieran preparado desde hace meses lo que deberían hacer y como hacerlo, y lo hubieran ensayado un día y otro y otro hasta que todo fuera perfecto. Siempre me asombra la increíble coordinación que existe entre ellos cuando se trata de ponerse en marcha para hacer algún "trabajo". Está claro que no se llega a los once siglos sin aprender unas cuantas cosas…

Después de besarme, y cruzar unas cuantas palabras apresuradas de despedida conmigo, subieron a mi 4X4 y se perdieron en el horizonte, atravesando el paisaje nevado, dejándome preocupada y nerviosa. No me asusta demasiado la reunión con el nigromante. Ya sé lo que pueden llegar a hacer. Un mortal, por muy poderoso que sea, no es rival para tres Hijos del Milenio. Y desde luego, tampoco me asusta que conduzcan en medio de la inminente nevada. Los reflejos de Lyosha son impecables, como los de cualquiera de ellos, y por una vez, han tenido la prudencia de llevarse mi Land Rover en lugar de uno de sus deportivos. Aunque tampoco me preocuparía si no fuera así. La larga recta que conduce al pueblo les ha ofrecido a mis compañeros muchos ratos de diversión. En los días tranquilos, cuando ya han asistido a los entrenamientos, escuchado los informes de sus hombres de confianza y solucionado cualquier tema pendiente, es frecuente verlos competir lanzados a tumba abierta por la carretera, forzando los motores de sus coches hasta casi reventarlos. Por fortuna, prácticamente ningún mortal se acerca a nuestros terrenos, o de lo contrario quedaría estupefacto al ver un Lamborghini, un Ferrari y un Masserati volando en medio de la nada, adelantándose entre ellos de un modo que ningún piloto humano sería capaz de imitar jamás.

Cuando mi coche se perdió en la distancia, regresé a casa, dispuesta a empezar mi trabajo. Subí lentamente las escaleras de la mansión, atravesando la pesada puerta principal. Me detuve en el vestíbulo apenas un segundo, sólo para comprobar lo que ya sospechaba. Ni Barenor ni Silvana han regresado aún. Menos mal que el elfo ha cumplido su cometido antes de dejarse enredar por los encantos de mi prima. Ascendí las escaleras y al llegar al amplio descansillo, tomé el segundo tramo, a la izquierda, dirigiéndome a la zona de las habitaciones de mis primos. Me detuve ante la primera puerta a la derecha, las estancias de Glauco, Gelo y Sue, esperando ser invitada. Pero no fue necesario, antes de que llegara a tener tiempo de posar la mano en el pomo, Andy salió de la habitación, y se arrojó en mis brazos, riendo alegremente.

"Hola mami", canturreó.

"Hola Nadya", lo corregí, sin poder reprimir una sonrisa. Da igual cuanto insista en que nos llame por nuestros nombres de pila. Soy perfectamente consciente de que mis compañeros fomentan a mis espaldas que su hijo los llame 'padres' o 'papás'. Y la verdad es que no tengo corazón para ponerme demasiado estricta al respecto. A mí también se me calientan las entrañas cuando escucho el milagroso título.

"Nadya, yo…", susurró Sue.

"No hace falta que digas nada, Sue. Son cosas que pasan. ¿O acaso no recuerdas cuando los brujos me atacaron el año pasado? Y eso fue culpa de mi testarudez. Tú lo único que hiciste fue salir a pasar una tarde de compras"

"Y una vez más ha sido Ángelo el que se ha visto implicado sin comerlo ni beberlo", suspiró.

"Gelo está bien, querida. Y estará mejor en cuanto se haya vengado. No te culpa, puedes estar segura"

Sue no respondió. Se limitó a bajar la vista, y concentrarse en sus manos. Suspiré. Menos mal que en esta ocasión, tengo el modo perfecto para distraerla hasta que llegue su compañero.

"Escucha, tienes que animarte. Tengo mucho trabajo, y me vendría bien un poco de ayuda"

"Lo que necesites"

"Supongo que ya te habrán dicho que han atacado a más clanes. Tenemos que averiguar cuales han sufrido ataques, y cuales necesitan nuestra ayuda"

Sue suspiró con resignación. Sabe al igual que yo, que en nuestro continente esa es una ardua tarea. En Europa y Asia, los clanes más pequeños y débiles, han sido exterminados hace siglos, o han acabado por fundirse con los principales. El poder está equilibrado desde hace más tiempo del que nadie puede recordar, y apenas quedan un puñado de familias entre las que se reparte todo el territorio. Pero aquí estamos plagados de decenas de pequeños clanes con apenas un puñado de miembros, que se pasan media vida discutiendo y guerreando entre ellos intentando arañar unas migajas de poder. Shannen y Alejandra seguramente no han hecho más de cinco o seis llamadas a los clanes principales, y ellos las han puesto al tanto de todo lo que ha ocurrido en los más pequeños. Yo tendré que hacer al menos una veintena. Aquí el único clan dominante es el nuestro, seguido muy de lejos por el de Malachy.

Tendí la mano hacia Andros y los guié a ambos hasta el despacho de mis compañeros. Mi hijo obedeció sin rechistar. Es travieso, si, y un auténtico terremoto, pero desde que tiene uso de razón, sus padres y yo le hemos inculcado que cuando llega el momento de dejar las bromas, no hay espacio para negociar. En nuestro mundo, no hay derechos de sucesión. No se trasmite el poder de padres a hijos, por la sencilla razón de que, hasta Andros, no había padres e hijos. El que quiera el mando ha de ganárselo. Y ha de ganárselo no sólo con su reputación, sino también con fuerza, autoridad y capacidad de trabajo. Por eso, desde muy pequeño, mi hijo asiste a las reuniones de sus padres, y ha aprendido a permanecer callado, observando y aprendiendo. Parte de sus obligaciones diarias es atender al modo en que resolvemos los asuntos cotidianos, y no tan cotidianos, y tomar buena nota de todo, para después poder responder a mis preguntas, o a las preguntas de Leo y Lyosha. Incluso Tadeo ha tomado por costumbre llevarlo consigo cuando resuelve algún problema entre sus pendencieros cazadores, para que aprenda otra faceta fundamental de su educación. Y es que si bien en mi casa, la sangre rara vez llega al río, Tadeo a menudo tiene que interponerse en el medio de una pelea, y 'resolverla' a su propia y particular manera. No soy una madre mortal. No protejo a mi hijo de la violencia. La violencia es parte necesaria y fundamental de su vida y su mundo, y cuanto antes aprenda a manejarse con ella, mucho mejor.

Así que cuando llegamos al despacho, Andy tomó asiento en un rincón, y clavó en nosotras sus enormes ojos azules, idénticos a los de Leo, atrapando cada palabra, cada movimiento y cada indicación apenas susurrada, dispuesto a aprender algo nuevo. Tras decidir a que clanes llamaría cada una, Sue y yo nos pusimos manos a la obra de inmediato. Apenas llevábamos diez minutos llamando, cuando empecé a darme cuenta de que algo no marchaba bien. Colgué el teléfono y le hice una seña a mi prima para que no siguiera llamando al terminar. Tras despedirse, me miró intrigada. Enarcó las cejas a modo de muda pregunta.

"Algo no encaja", murmuré, mientras mis dedos marcaban velozmente un número grabado a fuego en mi memoria desde casi mis primeros días como vampiro. Shannen contestó de inmediato, casi sin darme tiempo a escuchar el tono de llamada.

"Hola, Shynn"

"Nadya, querida. Debes estar agobiada de trabajo. Esto es una auténtica locura", saludó apresuradamente.

"¿Cuántos clanes han atacado en vuestra área?", pregunté, ignorando las cortesías.

"Prácticamente todos. Se han salvado algunos de los más aislados, pero poco más. Y en algunos la situación está descontrolada. Ni imagino lo que debes estar pasando tú"

"Ese es el problema", mascullé. "Aquí apenas han atacado a un par de clanes. La mayoría de los jóvenes están incluso mejor de lo que estaban hace días"

El asombrado silencio que siguió a mis palabras, casi se pudo palpar. Escuché un cruce de murmullos entre mis dos amigas, que me esforcé en no descifrar. Después, escuché la voz de Alejandra.

"Quizá el ataque proviene de aquí, y no se han podido organizar lo bastante rápido", sugirió. "Déjalo en nuestras manos. Si el que lo ha planeado está en nuestra área de influencia, Lisías lo encontrará", añadió en tono ominoso. No me gustaría estar en el pellejo del que ha preparado todo esto si realmente Lisías lo encuentra. Y no tengo demasiadas dudas de que eso va a ocurrir.

"Está bien, pero seguiré llamando de todos modos. Quizá en el sur tengan más problemas. Son más débiles y mucho más visibles para cualquiera que sepa mirar"

"Está bien, Nadya. Hablaremos después", respondió Sandra distraídamente.
Sentí la inquietud de Andros, y me volví con rapidez hacia él, colgando el teléfono de un golpe. No tardé ni dos segundos en darme cuenta de que sus emociones no son más que un espejo de las mías. Me forcé a sonreír, aún a sabiendas de que eso no va a engañarle, y tendí las manos hacia él. Saltó de su asiento y se refugió en mis brazos, mirándome como si quisiera escudriñar mi alma.

"No es nada, hijo. Tu madre se obsesiona estúpidamente a veces", murmuré, abrazándolo con fuerza, y obligándome a serenarme por el bien de los dos.

El teléfono interrumpió el momento dejando oír su estruendoso toque. A menudo me pregunto porqué diablos tengo el tono del teléfono tan alto, cuando cualquiera de nosotros es capaz de oírlo sonar a metros y metros de distancia. Sue extendió la mano hacia el terminal, pero la detuve con un gesto veloz. Si alguien tiene problemas, agradecerá no tener que esperar para hablar con la dama de clan. Me sorprendió escuchar la voz de Malachy después de mi saludo.

"Nadya, ¿puedo hablar con tus compañeros?", preguntó con un deje de impaciencia mal disimulado.

"Lo siento, Mal. Han salido, y no creo que vuelvan hasta bien entrada la noche. O incluso hasta mañana. ¿Puedo ayudarte en algo?"

La brusquedad y rudeza de la maldición que dejó escapar entre dientes, me sorprendió incluso tratándose de Malachy. Mi estómago dio un vuelco, haciendo que Andy saltara de mis brazos para poder estudiar mi rostro situándose frente a mí.

"¿Ocurre algo grave? ¿Está bien Mimí?", pregunté apresuradamente.

"No, no está bien. Nada está bien. Escucha, Nadya, tienes que localizarlos. Tengo que hablar con ellos cuanto antes"

"¿Os han atacado los sembradores de cizaña?", pregunté, atropellando sus últimas palabras.

Se hizo un pesado silencio que apenas duró un segundo.

"¿Cómo lo sabes?", preguntó al fin.

"Decenas de clanes han sido atacados. Nosotros, Lisías, Pedro, Lázaro… En muchas familias hay dos o tres afectados"

Al otro lado de la línea se escuchó una risa seca, carente por completo de humor.

"¿Dos o tres?", espetó. "Nadya, en mi casa han caído más de una docena"

Sin responderle siquiera, pulsé la tecla de conferencia y marqué el número de teléfono de mi coche. Lyosha respondió al tercer timbrazo, intentando disimular su irritación.

"¿Ocurre algo, querida?", preguntó, componiendo a duras penas un tono amable.

"Es Malachy. Los sembradores se han cebado con él. Han caído más de la mitad de sus primos"

"¿Lo tienes al teléfono?", preguntó Tadeo de inmediato.

"Estoy aquí. Sabéis que no os pediría esto si no fuera absolutamente necesario pero…"

"La ayuda te llegará cuanto antes", intervino Leo con impaciencia. Y la seriedad en su voz me preocupó mucho más que cualquier otra cosa que hubiera escuchado hasta entonces. Leo se toma a broma incluso las situaciones más comprometidas. Es su forma de afrontarlas, y le funciona mejor que bien.

"Nosotros iremos en cuanto acabemos aquí. Y será lo antes posible, tienes mi palabra", añadió Lyosha.

"Eso espero. Por ahora aún puedo hacer valer mi autoridad, pero no sé cuanto aguantaré. Y más teniendo en cuenta que hasta mi dama de clan está descontrolada"

"¿Cuánto tiempo, Mal?", preguntó Leo, en el mismo tono circunspecto.

"Bueno…", titubeó.

"¿Cuánto tiempo hasta que tengas que empezar con las ejecuciones, Mal?", insistió.

"No más de doce horas. Probablemente menos", respondió al fin Malachy, resignado.

¿Ejecuciones?, vocalicé, mirando a Sue. Ella me devolvió la mirada, tan confundida como yo.

"Está bien", suspiró Tadeo. "Intentaremos acabar antes de ese plazo. Resiste cuanto puedas"

Malachy colgó con un apresurado 'gracias'

"Nadya, avisa a Árvidas y a Glauco", ordenó Lyosha.

Antes de que acabara la frase, Sue ya estaba en el pasillo, pronunciando sus nombres con evidente urgencia. Decidí aprovechar los escasos segundos de que disponía para solventar mis dudas.

"¿Ejecuciones?"

Pude escuchar con claridad los suspiros. Incluso los imaginé perfectamente cruzando miradas, intentando decidir que iban a contarme, o quizá sólo tratando de ganar tiempo.

"Si Malachy no consigue detener las peleas, va a tener que recurrir a castigos ejemplares, Nadya", explicó Leo a regañadientes.

"Pero…"

"No puede permitir que el clan se le vaya de las manos. Ellos o él. Los rebeldes o toda la familia", me interrumpió Lyosha.

"Pero los rebeldes son mayoría. Y no están rebelándose por gusto", protesté.

"Eso lo sabemos todos. Pero si no lo hace morirá todo su clan, en lugar de uno o dos que sirvan de ejemplo"

No pude seguir preguntando. Árvidas y Glauco entraron guiados por Sue, azuzados por su evidente angustia. Mis compañeros escucharon sus pasos, y hablaron antes de que yo pudiera tan siquiera decirles que estaban al teléfono.

"Escoged a media docena de hombres. Antiguos, bien preparados y, sobre todo, con los nervios bien templados. Me da igual si son de la familia o de los visitantes, pero hacedlo cuanto antes", ordenó Lyosha secamente.

"Y sacad a Barenor de donde quiera que esté – o de quien quiera que esté – y que os acompañe. Malachy está en un aprieto. Los sembradores se han cebado con sus primos. No le falta nada para empezar con las ejecuciones", añadió Leo, intentando imprimir a su voz y a sus palabras su habitual buen humor, sin conseguirlo del todo.

"Uno de vosotros debe quedarse, y asegurarse de que se cumple el toque de queda. No sabemos si esto es un ataque puntual o han empezado algo más grande. Hoy son los sembradores de cizaña… Mañana puede ser algo peor…", murmuró Tadeo.

"Yo me quedaré", decidió Árvidas. "Glauco puede llevar la avioneta. Será más rápido. Y avisaremos a los elfos para que vigilen los bosques"

"En cuanto Klaus regrese, que ponga a mis hombres a trabajar. Los quiero siguiendo sin descanso cualquier rastro por absurdo que les parezca. Y mandad a uno de ellos a casa de Malachy", intervino Tadeo. "A Santino", decidió al cabo de un segundo.

"Nadya, ¿algún clan más necesita ayuda?", preguntó Lyosha.

"No", respondí con rapidez. "Ya hemos llamado a más de la mitad, y sólo Lázaro y Chris ha sufrido ataques leves. Los elfos pueden encargarse. Pero creo que en Europa están mucho peor"

"Lisías se ocupará", espetó Leo.

"Pero… ¿no os extraña que a ellos les haya ido peor que aquí? ¿Y que se hayan cebado tanto con Malachy? No es el clan más débil ni de lejos"

"Ahora no hay tiempo para discutirlo, Nadya", me frenó Lyosha. "Cuando la situación esté controlada, será el momento de pensarlo. Ahora es el momento de actuar"

"Tú sólo encárgate de ayudar a los hombres a mantener el toque de queda, querida. Es importante", intervino Tadeo. "Hablaremos a la vuelta"

"Y ese toque de queda te incluye también a ti, Nadezhda, no lo olvides", dijo Leo.

"Por supuesto", asentí sin dudarlo.

Leo sólo me llama por mi nombre completo cuando sospecha que estoy a punto de hacer algo que él considera estúpido o arriesgado, o cuando intenta trasmitirme la importancia y la seriedad de sus palabras. Por si eso no fuera suficiente para preocuparme, el hecho de que Lyosha, mi prudente y sensato Lyosha dijera que era momento de actuar antes que de pensar, me sumió en un estado cercano a la histeria. En todos los años que llevo viviendo con él, jamás ha actuado apresuradamente. Jamás ha tomado una decisión sin meditarla. Sólo Leo consigue arrastrarlo de tarde en tarde, empujándolo con su inveterada impulsividad, pero jamás es algo que mi compañero haga por si mismo. Si Lyosha piensa que no hay ni tiempo para considerar las implicaciones de mis sospechas, es que el problema de Malachy es mucho más grave de lo que su tono casi indiferente pretendía demostrar.

Tomé aire profundamente, intentando serenarme. No tanto por mí, como por mi hijo, cuyos ojos han empezado a oscurecerse como respuesta airada a mi preocupación. Después de colgar el auricular, tras asegurarles que seguiría sus órdenes al pie de la letra, me volví hacia Árvidas y Glauco, que ya estaban abandonando la habitación.

"¿Puedo hacer algo más que esperar y ver?", pregunté, en un tono que pretendía sonara como una orden.

Cruzaron una mirada entre ellos, y finalmente, Árvidas asintió.

"Termina de llamar a los clanes, Nadya. Si hay más con problemas graves, vamos a tener que organizarnos para enviarles ayuda"

"No me llevará demasiado tiempo. Ya casi he terminado, y por el momento nadie está tan mal como Malachy"

"Mejor. No me gusta nada la idea de dejar la familia ahora. Dejarla sin protección para cumplir con nuestros compromisos me gustaría aún menos", masculló Glauco en dirección a Árvidas. "Cuando termines, asegúrate de que todos están en casa", añadió en mi dirección.

"Yo lo haré", se ofreció Sue. "La mayoría han regresado cuando se dio el primer aviso. Son pocos los que aún están ilocalizables"

"Avisa a Klaus y Ángelo. Si hay alguno de los jóvenes en la ciudad, que espere a que ellos lo recojan. No quiero a ningún joven lejos de la protección de los antiguos", indicó Árvidas.

"Y eso os incluye a vosotras", apostilló Glauco, dirigiéndole una mirada severa a su compañera, y una no menos retadora a mí.

"Os avisaré si hay novedades", indiqué, ignorándolo. "¿A quién vas a llevarte?"

"Aún no lo sé. Pero te informaré antes de marchar"

Y antes de que pudiera añadir nada más, los dos volaron fuera de la habitación a más velocidad de lo que jamás les había visto correr. Sue y yo cruzamos una mirada atónita y preocupada.

"¿Habías oído…?", empecé.

"No", respondió ella, sacudiendo la cabeza. "Y me alegro. No es una situación agradable"

"Desde luego, no lo es", asentí.

Ejecutar a tus propios hombres, a miembros de tu clan, es una decisión demasiado difícil, demasiado dura. Al fin y al cabo, no sólo están bajo tu protección. Son tu familia, tus seres queridos. Me estremecí al pensar que eso pudiera pasar en mi casa. Aprecio a todos mis primos, y amo profundamente a muchos de ellos. Si tuviera que ejecutar a Ángelo o Árvidas… O Sue… O la pequeña Cora, o el histriónico Gino… O… Apenas puedo llegar a imaginar como debe estar sintiéndose Malachy en este momento, y como se sentirá Mimí cuando se recupere si las cosas llegan tan lejos.

"¿Qué compromisos tenemos?", sonó la vocecita de Andy, arrancándome de mis negros pensamientos.

"¿Cuáles crees tú que son?", pregunté.

El método socrático funciona a la perfección con Andy. Se toma cada pregunta como un reto que debe superar, más que como un simple ejercicio intelectual. Adora complacernos, y sabe cuanto nos complacen sus respuestas correctas. Mi pequeño frunció el ceño en un gesto demasiado adulto para su corta edad, y retiró el flequillo hacia atrás, en un ademán que imita a la perfección los movimientos de Lyosha cuando está preocupado. Al cabo de un momento, se encogió de hombros y arriesgó una respuesta.

"¿Tenemos que ayudar a los que son más débiles que nosotros?", preguntó, como si la lógica de ese pensamiento se le escapara por completo.

Sonreí. En un mundo tan altamente competitivo como el nuestro, es un concepto difícil de entender.

"Somos el clan más fuerte, el más poderoso y el que tiene más medios. Así que es nuestro cometido resolver sus problemas y actuar de árbitro en sus disputas"

"Pero… ¿Qué conseguimos con eso?", insistió.

"Respeto. Lealtad", respondí.

"Carne de cañón", susurró Sue.

"Si, eso también", reconocí.

"Pero si son más débiles…"

"No matas sólo porque puedas hacerlo, Andy. Hay que proteger a los jóvenes. Un día pueden ser valiosos aliados. Malachy es un aliado valioso, por ejemplo", expliqué.

"El tío Mal me gusta", sonrió, volviendo a ser el niño que en realidad es.

"Y la tía Mimí más", replicó Sue, con sorna.

Si hubiera podido sonrojarse, mi hijo habría enrojecido hasta la raíz de sus cabellos. Reprimí una carcajada, y me esforcé sin mucho éxito en componer una expresión severa.

"Es la compañera de Malachy. Debes respetarlos a ambos"

Andy hizo uno de sus pucheros más encantadores… Y más manipuladores. Le sostuve la mirada con firmeza, sin dejarme influenciar por esa preciosa carita de ángel. Poco después, al darse cuenta de que no iba a conseguir nada de mí, sonrió.

"Pero en cuanto sea mayor, hablaré con Malachy", exclamó, con una expresión que nos retaba a contradecirlo.

"¿Quieres ser hermano de Malachy? A tus padres les va a encantar la idea", exclamó Sue, soltando la carcajada.

"Es mejor que mantengamos el secreto al menos hasta que hayan pacificado su casa", reí yo. "En fin, pongámonos a trabajar"

Senté a Andros en mis rodillas para serenarlo mientras tomaba de nuevo el teléfono. Mientras yo hablaba con los clanes, Sue se aseguraba de que todos los miembros de la familia permanecían dentro de nuestros terrenos. Cuando hay un toque de queda, nadie puede ir ni siquiera a cazar sin ser acompañado de uno de los antiguos. No fue demasiado complicado. En cuanto empezó a avisar a los que estaban en la casa, ellos mismos se encargaron de traer a los rezagados. Sólo dos jóvenes están aún en la ciudad. Las noches de juerga suelen ser bastante largas y aún no se han enterado de las novedades. En cuanto los hubo citado, marcó el número de Ángelo para que Klaus y él los recogieran y los trajeran de vuelta, sanos y salvos. Gelo respondió a mitad del primer timbrazo.

"¿Estás bien, querida?", preguntó solicito, casi con inquietud.

"Estoy bien, Ángelo ¿Y vosotros? ¿Habéis encontrado a los sembradores?"

"Está hecho. Estábamos… discutiendo su final", gruñó.

"Tienes que dejar que beba de él en vida, Gelo", dijo Sue, en tono paciente.

"Lo sé. Pero te aseguro que no está siendo fácil", masculló.

"Y tenéis que acabar cuanto antes, primo", intervine. "Hay problemas"

"¿Más?", replicó con ironía.

"En casa de Malachy hay más de una docena de afectados. Han empezado a hablar de…", vacilé. "Ejecuciones"

"¿Han enviado ayuda ya?", medió Klaus.

"Glauco está reuniendo a algunos hombres, Klaus. Tadeo ha ordenado que de tus primos lleven a Santino"

"Buena elección, como de costumbre", comentó. "Está bien. Acabaremos aquí, y volveremos cuanto antes. Diles que me esperen, Nadya, yo también quiero acompañarlos"

"No estoy segura de que debas hacerlo", respondí con prevención. "Tadeo cree que puede haber más problemas. Se ha establecido un toque de queda y ha mandado a vuestros hombres que sigan cualquier pista sin descanso. Alguien tiene que guiarlos, y tú eres el mejor para ese trabajo"

Casi pude oír su sonrisa de complacencia al otro lado de la línea. Tras unos segundos, volvió a hablar.

"Está bien. Es lo más prudente", aceptó.

"Y antes de venir tenéis que recoger a Jimmy, Lucas y Michelle", ordené. "Os están esperando en el centro comercial"

"Así lo haremos", aseguró Ángelo. "Y Nadya, dile a mi hermano que la próxima vez seré yo quien se lleve la diversión"

"Creo que esta es su revancha por los lobos, Gelo", sonreí, antes de colgar.

Dejé el auricular en su lugar, y permanecí unos instantes dándole vueltas a toda la situación, con la incómoda sensación de que algo no termina de encajar. Quizá mis compañeros no tengan tiempo de detenerse a pensar en ello, pero yo no puedo dejar de darle vueltas. Aún así, no creo que yo sola pueda llegar a una conclusión. No sé lo suficiente acerca de los sembradores, o de cómo actúan como para poder encontrar una pauta razonable. Y empiezo a cansarme de llamar a todos los clanes y no recibir más que respuestas negativas. Decidí dejar ese trabajo en manos de Sue, e intentar centrarme en la intuición de Leo. Dejé a Sue en el despacho, y bajé al salón, donde dejé mi máquina por última vez. Tomé asiento en la pesada mesa del salón, y reposé las manos sobre el teclado, sintiendo una ligera irritación. Mis malditas máquinas son seguras. No me importa lo que diga. El problema no puede bajo ningún concepto estar en mis ordenadores. Aunque… Quizá no esté en el ordenador en sí. Quizá haya algo… Alguna pista, algo de información que hemos dejado escapar. Un hilo invisible que conecte algunos de los datos que hemos ido reuniendo en los últimos meses.

Con esa idea en mente, me aislé del mundo exterior, concentrándome en la tarea.