8
En el salón de té
Una semana. Ese fue el tiempo que me pasé sin hablar con Fred desde que le confesé que le espié. Y de momento la cosa no parecía que fuese a mejorar. No solíamos permanecer juntos en la misma estancia, salvo que fuese estrictamente necesario, como cuando teníamos que ir a clase o cuando era la hora de acostarse. No íbamos juntos a ningún lado, lo que había hecho sospechar a muchos de nuestra extraña actitud, de cómo dos hermanos que eran uña y carne ahora no se podían ni ver.
Por mi parte, cuando mis intentos de que Fred me perdonase fracasaron, dediqué mis esfuerzos en complacer a Katie y ser un buen novio. Pero las cosas no salían como yo esperaba. Fuera del campo de quidditch, Katie era una chica normal y corriente, no era ni mucho menos lo agresiva y competitiva que podía ser cuando volaba sobre la escoba, sino que era tranquila y siempre hablando de temas banales y sin importancia. A eso le tenía que añadir que yo no dejaba de pensar en Fred y eso me pasaba factura. Cada vez dormía menos, y mi cara empezaba a presentar claros síntomas de pérdida de sueño.
—George… George… —volví en sí ante la insistencia de Katie — ¿me estás escuchando?
—Yo… sí, claro que te oía —alegué yo.
Me miró con cara de enojo.
—¿Entonces qué estaba diciendo?
Ahí me había pillado.
— Pues… ¿De quidditch?
—Ni siquiera te importa lo que te diga —se cruzó de brazos y torció el gesto.
Maldiciéndome a mí mismo, me acerqué a ella y le pasé un brazo por los hombros, mientras acerqué mi rostro al suyo y con mi nariz acaricié su mejilla. Le encantaba que
—Lo siento, no era mi intención pasar de ti. Es que últimamente… hay cosas que me preocupan. No es por ti, tranquila —dije rápidamente al ver cómo abría la boca, seguramente para replicar —es por Fred, ya sabes, es un testarudo.
—¿Es por Angelina?
—No tiene nada que ver con Angelina. Ella… ella ya no me importa. El problema está en que Fred ya no quiere hablar conmigo.
—Pero… ¿qué hiciste para enojarlo? —no era la primera vez que lo preguntaba. Y por supuesto no iba a contestarla. Si se enteraba de que me acosté con ella por despecho, entonces las consecuencias podían ser fatales.
—No te preocupes —contesté mientras la besé en los labios —sólo es un berrinche entre hermanos. Ya verás cómo dentro de muy poco estamos como antes, gastando bromas y todo eso. Es más, lamentarás que volvamos a estar juntos.
Ella se rio.
—Espero que ahora por ser tu novia no sea objetivo de vuestras bromas.
―No puedo prometerte nada.
Simplemente solté una carcajada. Miré el reloj y vi que era la hora de comer. Me levanté del suelo y la ayudé a subir. La rodeé con mis brazos un momento y la volví a besar. Yo no era así de considerado cuando estaba con Fred.
Caminamos hasta el interior del Castillo y de ahí al Gran Comedor. Ni siquiera me fui dando cuenta de lo que pasaba, cuando alguien nos llamó. Katie me arrastró hasta el sitio y nos sentamos. Para cuando me di por enterado ya era tarde. Nos sentamos junto a Alicia y Lee, pero también estaban Angelina y, peor aún, Fred. Este evitaba mirarme.
—¿Dónde estabais? —preguntó Lee con voz pícara — ¡Ay! —se quejó ante el codazo que acababa de darle Alicia.
—¿Qué tal el día? —pregunta ella mientras sonreía.
—Oh, muy bien —contestó Katie, mientras me cogió de la mano y empezó a acariciarla. Pero yo no pude corresponderla, pues me había quedado helado y trataba de mirar a todos menos a Fred —¿Vais a Hogsmeade este fin de semana?
—Fred y yo iremos juntos al salón de Madame Pudipié, ¿verdad Fred? — mencionó Angelina al pelirrojo mientras le rozaba la mejilla y le volteaba la cara hacia ella.
—Esto… sí, claro que iremos —contestó él, pero su cabeza parecía estar en otra parte.
—¿Por qué no venís vosotros también? Podemos ir juntos y dar una vuelta por el pueblo, en plan parejas—dijo Angelina.
—¡Oh que buena idea! —exclamó Katie —¿tú que dices George?
Me quedé estático durante un momento. Mi mirada siguió evitando cruzarse con la de Fred.
―Pues… —pero la suplicante mirada de Katie me impidió pensar con claridad —sí, claro, por qué no.
—Vaya, así que los que no somos parejitas no podemos ir ¿no? —inquirió Lee —. Vale no pasa nada.
—Anda no seas aguafiestas, ya iremos tú y yo por libre — le contestó Alicia.
El almuerzo transcurrió sin más contratiempos. Después salimos rumbo a nuestra siguiente clase.
El sábado llegó en menos de lo que canta un gallo. Aquella mañana esperaba en la Sala Común a que Katie bajase para poder ir al pueblo. En esas, llegó Fred. Por suerte en la estancia había varios alumnos más que también salían a Hogsmeade, lo que le permitió mantenerse prudentemente alejado.
Por fin, Katie bajó acompañada de Angelina. Ambas me saludaron, Katie con un beso. Fred se acercó hasta allí, pero no besó a Angelina. Salimos de la Sala Común y bajamos hasta el Vestíbulo, donde Filch estaba comprobando que todos tuviésemos permiso para salir. En ese intervalo de tiempo, las chicas no paraban de hablar, mientras que Fred y yo ni nos mirábamos.
Cuando salimos, el frío aire de aquella mañana nos golpeó en la cara. Katie se abrazó a mí, y yo, instintivamente la rodeé con mi brazo. Por el contrario, Angelina cruzó los suyos y escondió su cuello en la bufanda para protegerse del frío, mientras que Fred simplemente había metido sus manos en los bolsillos.
Llegamos hasta la entrada del pueblo, donde los alumnos iban y venían. Nuestra primera parada fue Honeydukes, donde las chicas compraron algunos dulces. Yo no compré porque no me apetecía, aunque acepté amablemente una meiga frita que Katie me ofreció. Fred por el contrario rehusaba las golosinas que Angelina le brindaba. Normalmente cuando Fred y yo íbamos a esta tienda, juntábamos nuestros ahorros y comprábamos algunas cosas.
De ahí fuimos a la oficina de correos, pues Katie quería mandarles una postal a sus padres.
—Será sólo un momento ¿no os importa verdad?
Todos negamos con la cabeza y entramos en la oficina, donde cientos y cientos de lechuzas se apiñaban en anaqueles, mientras otras iban y venían volando, todas llevando cartas atadas a sus patas. Mientras Katie y yo estábamos ante una pequeña mesa preparando la carta, Fred y Angelina se mantenían apartados y hablando entre sí, pero su conversación parecía ser de todo menos agradable.
Tras mandar la lechuza con la carta, salimos fuera. Pasamos por delante de la tienda de artículo de broma de Zonko, pero ni nos detuvimos a mirar el escaparate. Únicamente entraba en esa tienda si era acompañado de Fred. De ahí ingresamos en Dervish y Banges, la tienda de artículos mágicos, pues Angelina necesitaba comprar una lente nueva para su telescopio.
Finalmente fuimos a Las Tres Escobas para tomar algo y luego bajaríamos a almorzar algo, para más tarde ir hasta el salón de té. En la taberna reinaba una atmósfera de bullicio, toda repleta de alumnos. Madame Rosmerta hacía verdaderos esfuerzos mientras llevaba la bandeja con jarras de cerveza de mantequilla o hidromiel a la vez que trataba de esquivar a todo aquel que se pusiese delante de ellos. Llegó hasta nuestra mesa:
—Buenos días, chicos ¿qué se os apetece para tomar?
—A mí una cerveza de mantequilla —dije yo. Fred pidió lo mismo.
—Yo una jarra de hidromiel —pidió Angelina.
—Y yo un jarabe de cereza y gaseosa. Sin hielo por favor.
La tabernera apuntó todo lo solicitado.
—Marchando —y se anduvo rumbo a la barra. En el tiempo que tardó en traer las bebidas, no dijimos nada.
Mientras nos tomábamos las cosas, Katie se pegó a mí, lo que hacía que yo le pasase un brazo por encima, mientras que Fred y Angelina apenas se tocaron.
Tras terminar las bebidas, nos dirigimos rumbo al restaurante de la señora Fletcher, donde almorzamos, pues aquella salida a Hogsmeade duraba hasta la noche. Cuando terminamos, dimos un paseo para bajar la comida, el cual que nos llevó hasta la Casa de los Gritos. Allí nos sentamos junto a unas hayas. Katie se apoyó en mí y se abrazó. Angelina hizo lo mismo, aunque Fred parecía mostrarse reacio a ello. Al cabo de un rato ambas se quedaron dormidas y los dos desviamos nuestras miradas, mientras esperábamos lo que nos pareció una eternidad.
El sol empezaba a ponerse en el horizonte y una lluvia copiosa comenzó a caer. Corriendo, los cuatro llegamos hasta el salón de Madame Pudipié. El ambiente era empalagoso hasta más no poder, con múltiples parejas demostrando su amor.
Nos sentamos en una mesa redonda. Madame Pudipié, con una profunda sonrisa que mostraba todos los radiantes dientes de su boca, nos preguntó qué queríamos. Té para todos.
Al rato volvió y nos sirvió. Las palabras sobraban en aquel momento, a decir verdad en toda la sala, pues sólo se oía el sonido de los besuqueos. Katie pareció querer tomar ejemplo y se acercó a mi cara y empezó a besar mis labios. Al principio me resistí, ya que Fred y Angelina estaban delante de nosotros. Las tazas llenas hasta arriba de té pasaron a un segundo plano.
Angelina trataba de hacer lo mismo con Fred y sus brazos rodeaban su cuello mientras le besaba en la mejilla. Pero Fred no se dejaba hacer, pues no paraba de mirarnos. Aquello pudo con la paciencia de la chica.
—¿Se puede saber qué te pasa? —inquirió Angelina hacia él. Katie y yo dejamos de besarnos y los miramos.
—No me pasa nada —contestó él ofuscadamente.
—¿Ah, no? Llevas desde esta mañana en la Sala Común sin… sin parecer que seas mi novio. ¿No has visto acaso como ellos demuestran su amor? —aquello sonó muy melodramático, pero era comprensible. Katie y yo enrojecimos.
—¿Su amor? —preguntó Fred de forma sarcástica —¿Su amor dices? ¿Es que no lo sabes?
—¿Saber qué? —indagó ella. Yo empezaba a sospechar de las intenciones de mi hermano, mientras Katie prestaba atención.
—¿Es que acaso no se lo has contado? —me preguntó Fred por primera vez en días —¿No le has mencionado nada de la noche del Baile?
—Fred, no lo hagas… por favor no lo hagas —dije yo en un deje de súplica mientras comenzaba a ponerme nervioso.
—¿Qué pasó la noche del Baile? —preguntó Katie extrañada —¿George? —al ver que yo no contestaba cambió de hermano —¿Fred?
Mis miradas no fueron suficientes para hacerle cambiar de opinión y que se detuviese.
—La noche del Baile, George nos siguió a Angelina y a mí hasta un aula. Luego nos espió. Tras irse creyendo que hicimos algo que en realidad no ocurrió, llegó enojado y confuso a la Sala Común y dio la casualidad de que tú estabas allí —No hicieron falta más palabras para que Katie volviese su cara hacia mí.
—¿Es verdad? —preguntó ella dolida y claramente dispuesta a ponerse a llorar —¿Me utilizaste?
—Katie yo… lo siento… no era mi intención, tú eres… muy importante para mí.
Pero ella comenzó a llorar, y lágrimas gruesas empezaron a salir de sus ojos.
—Eres… eres —pero no explicó que era, pues alzó su mano y me sacudió una bofetada en la cara. Acto seguido se levantó y salió corriendo. Todo el mundo nos miraba.
—Quítate de en medio —le dijo Angelina a Fred, empujándolo. Se levantó y, antes de salir por la puerta, me dirigió una profunda mirada de odio y rencor.
Yo también me levanté y salí disparado hacia fuera, donde ya era de noche y llovía fuertemente. Corría hacia donde supuestamente Katie se dirigiría, hacia el Castillo. Yo gritaba:
—¡Katie! ¡Katie espera! —pero el fuerte aguacero silenciaba mi voz. Los alumnos que aún seguían por el pueblo corrían rumbo al castillo para resguardarse de la lluvia.
Cuando por fin llegué al Vestíbulo, Angelina estaba cerca de la escalera. Al poco Fred también apareció. Empapado me acerqué a la chica.
—¿Dónde está? —pregunté yo suplicante.
—Déjala en paz ¿vale? No quiere verte —y acto seguido se marchó.
Me senté derrotado en la escalera de mármol y apoyé mi cabeza en mis manos. Ni siquiera me di cuenta de que Fred estaba delante de mí. Tras lo que pareció un largo silencio, al fin habló.
—Lo siento —dijo él de forma sincera —. No quería hacerlo. No sabía que estuvieseis tan bien. Lo mío con Angelina no funciona.
Alcé la cabeza y le miré furioso. Me acerqué hasta él y le agarré por el cuello de la túnica, sin importarme mucho que los allí presentes nos estuviesen mirando. Pero inmediatamente le solté, me di la vuelta y salí corriendo, con él detrás de mí.
No llevaba un rumbo fijo. Quizás por pura casualidad o por capricho del destino, llegué hasta el aula donde un día los dos bailamos y nos besamos. Abrí la puerta estrepitosamente y, tras no poder aguantar más, liberé mi rabia contenida y empecé a volcar mesas y a lanzar sillas, sin importarme mucho el ruido que estuviese provocando. Fred apareció al instante, sellando mágicamente la puerta e insonorizando el aula. Se quedó un momento viendo como lanzaba de aquí para allá todo aquello que se pudiese lanzar, hasta que se acercó a mí y me sujetó los brazos. Nos quedamos así durante un rato, frente a frente.
Empecé a llorar. Él me miraba de forma apenada y yo me derrumbaba en sus brazos. Mientras permitía que me arrodillase, comenzó a acariciar mi cabello, hasta que me besó en los labios de manera profunda. Un beso de reconciliación. Dejé de llorar y él empezó a secar mis lágrimas. No nos dijimos nada más. Simplemente nos tumbamos sobre el suelo y nos quedamos abrazados.
Una pequeña aclaración. Los que ya hubieses leído el fic cuando estuvo terminado, quizás la historia os suene de mucho y no notéis cambio alguno. Los cambios que hay en estos primeros capítulos son de ortografía y redacción, pequeños errores que pasé por alto la primera vez. Los cambios y adiciones al fic llegarán a la altura del séptimo libro, ya que el fic lo escribí antes de leerlo, o a lo sumo cuando lo estaba leyendo, por lo que añadiré algunas cosas.
