8. Orgullo

La mano le tembló y la pluma se le resbaló de entre los dedos.

Qué paradoja: después de redactar miles de informes superfluos y rutinarios para el Ministerio, tenía que elaborar un discurso sobre su tema favorito y se quedaba sin palabras. De su boca se escapó una risita cargada de amargura antes de sonarse la nariz con el pañuelo de tela que siempre guardaba en el bolsillo izquierdo de la chaqueta. Se humedeció los labios, arrugó la nariz, pestañeó y se recolocó las gafas de lectura. Entonces, miró fijamente el pergamino en blanco y deseó, por millonésima vez, no tener nada que escribir.

De pronto, notó las callosas manos de su mujer en los hombros y toda su espalda se relajó. Ella no dijo nada. Aquel contacto cálido no era más que un gesto de cariño, de comprensión en el que sobraban añadidos, uno de tantos otros que habían compartido a lo largo de los años de matrimonio. Menos mal que tenía a Aurora.

—No puedo, no soy capaz —confesó él con pesar.

—No pasa nada, Amos —murmuró ella con voz cansada.

Al escuchar aquellas palabras, los recuerdos regresaron de su mundo perdido y le permitieron verlo una vez más frente a él, un niño de once años con los ojos grises de Aurora. La emoción lo embargó al verle saltar del tren con una sonrisa muy grande, un baúl y una bufanda de franjas negras y amarillas colgando del bolsillo. Corría, corría, atravesando el andén y se detenía ante él, que lo estrechaba entre sus brazos con fuerza. Cuando se separaron, el pequeño frunció el ceño, visiblemente contrariado.

—¿Y mamá?

—Me temo que Mamá ha tenido que cubrir a una compañera del trabajo, que ha tenido un bebé, y no ha podido venir —le explicó Amos, un poco preocupado por cómo fuera a reaccionar su hijo.

—No pasa nada, papá. —Cedric sonrió y le tomó de la mano—. ¿Te presento a mis amigos?

El recuerdo tardó tan solo un segundo en desaparecer.

Amos sonrió con nostalgia y deseó no haber soltado nunca aquella mano; echó la cabeza atrás, por encima del hombro, se encontró con la expresión seria y triste de su esposa y supo que ella también pensaba en Cedric. Tal vez en el instante en que las enfermeras se lo habían entregado en San Mungo, dormido y arropado en mantas blancas o, quizás, en el momento en que lo había visto tendido en el suelo, inerme, cuando Harry Potter se lo había traído de vuelta.

—Los padres no tendrían que enterrar a sus hijos —masculló Aurora entre dientes y una lágrima solitaria recorrió su mejilla—. Ni tendrían que dar discursos en su funeral. Podemos pedirle a Dumbledore que lo haga él, Amos.

Amos negó con la cabeza y se levantó de la silla, con brusquedad. Se dio la vuelta y abrazó a su esposa para que ella pudiera esconder la cabeza en su pecho y llorar cuanto necesitara. Sollozó largo rato, sin parar, y él la sostuvo, prestando oído al latido de su corazón, mientras observaba las gotas de lluvia deslizarse por el cristal de la ventana...

—Papá, voy a practicar un rato, ¿vienes conmigo?

—Está cayendo una buena, Cedric —Aurora torció la nariz—. No me parece momento para jugar al Quitdditch.

—¿No lo sabes? Nada detendrá al nuevo capitán de Hufflepuff, cariño —terció Amos—. ¿A que no, Ced?

—Todavía no es seguro que me hagan capitán, papá...

—¡Yo estoy convencido!

Aurora apoyó la barbilla en el hombro de Amos y farfulló una disculpa; él le aseguró que no tenía importancia y se separaron para mirarse con afecto. Él le preguntó si podría traerle una taza de té mientras él se estrujaba los sesos para comenzar a escribir, aunque fuera, un par de frases y ella lo llamó cabezota. Después, le dio un beso en los labios y salió del despacho del señor Diggory en dirección a la cocina.

Amos dio un par de vueltas a la salita antes de volver a sentarse y se fijó en todos sus artículos de escritorio: el tintero, las plumas de ganso, los libros, el reloj que cantaba la hora... Se le hizo un nudo en la garganta y volvió a centrarse en su tarea. Todavía le quedaba un media hora para inspirarse antes de la ceremonia.

—¿Has oído Aurora! ¿Has oído? ¡Nuestro Cedric ha ganado al Quitdditch a Harry Potter! ¿Qué te parece?

—Ya te he dicho que no fue un partido justo, papá...

—Cogiste la snitch, ¿sí o sí?

—Aparecieron dementores en el campo y Potter perdió el conocimiento.

—Pero tú no te desmayaste, ¿a qué no?

Cedric lo miró, abatido, así que Aurora no pudo evitarlo y soltó una carcajada y luego otra y otra... El adolescente la miró de refilón y acabó por echarse a reír con ella ante la mirada estupefacta de su padre.

—¿Pero de qué os reís tanto? —exclamó Amos.

Madre e hijo rieron incluso con más ganas y sus risas resonaron en toda la casa de los Diggory.

Amos dobló el pergamino cuatro veces y se lo metió en el bolsillo. A continuación, dio el último sorbo a la taza de té que su mujer había dejado sobre el escritorio hacia veinticinco minutos, pero estaba asqueroso: se había quedado frío. Escuchó a su mujer llamándolo desde el vestíbulo y salió a toda prisa del despacho. La encontró apagando las luces de sala estar y el pasillo, con un paraguas, muy abrigada y vestida de negro. Estaba elegante, pero a ella le sentaban mejor colores más alegres. Intentó no pensarlo y abrió el armario para sacar una capa oscura. Entretanto, se quitaba las zapatillas de andar por casa y, para cuando fue a cambiarlas por unos zapatos, encontró en el suelo del armario una pequeña bufanda... Se la puso alrededor del cuello sin dudarlo y segundo y le ofreció el bazo a su mujer. Ella le sonrió, profundamente conmovida, y tomó su brazo. Se desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos.

—Papá, mamá, ¡me alegro de veros!

—No pensarías que íbamos a perdernos tu última prueba, ¿verdad, campeón de Hogwarts? —se rió el señor Diggory.

—¡Mamá! ¡Si vas vestida de negro y amarillo!

—¿Te gusta mi túnica nueva? —Aurora giró sobre sí misma para que la viera bien—. Me la ha regalado tu padre.

Cedric se echó a reír.

Amos carraspeó en el estrado y echó una mirada al público. Habían ido todos los amigos de Cedric: muchos compañeros de curso y los del equipo de Quitdditch. También la dulce Cho tenía los ojos empañados en el tercer banco. Habían acudido algunos profesores y, por supuesto, Ambus Dumbledore no podía faltar. Aunque a Amos le había reconfortado un poco más la presencia de Arthur Weasley y su mujer, que se habían acercado a darle el pésame antes de entrar en la iglesia anglicana. Aurora, sentada entre Pomona Sprout y Minerva McGonagall, se mordía el labio, nerviosa. Antes de entrar, le había pedido que, por favor, no mencionara todos los extraordinarios que había sacado Cedric en sus TIMOS y él le había contestado, un poco indignado, que no dijera tonterías, que no se le ocurría nunca semejante idea. Después, había tachado gran parte del discurso cuando ella no miraba.

Se sacó el papel del bolsillo, lo desdobló y lo ojeó de arriba a abajo. Había enumerado una lista de méritos bastante impresionante, pero... ¡Qué diablos! Amos estrujó su chuleta y se la volvió a meter en el bolsillo.

—Hola a todos. Gracias por venir —arrancó por fin—. Nos hemos reunido aquí hoy para honrar a mi hijo, Cedric. ¿Qué puedo decir? Era un gran chico, pero eso ya lo sabéis. Por eso... por eso estáis aquí —dijo a duras penas—. Así que, tendré que hablar de mí. Seré breve, pues, lo único que tengo que decir es que... si hay algo por lo que estoy... agradecido..., sí, agradecido para siempre... es el haber tenido... el privilegio de... ser el padre de Cedric Diggory.

Y Amos no pudo soportarlo más y se abandonó al llanto.


N.d.a. Y este es para Misila :)

Los Diggory son de esos personajes de los que ni los libros ni el fandom se acuerda mucho, pero la verdad es que este es uno de mis fics favoritos de De sangre y corazón, por alguna razón, así que espero que os guste :3