− ¿De verdad usted es el hijo del Héroe Usoppland? − Rabí infló sus pulmones y alzó su pecho con orgullo y una enorme sonrisa en los labios. Sora estaba unos pasos más atrás con el rostro lleno de pánico a la reacción del tendero. Comprendía a la perfección las verdaderas intensiones de su nakama y no le gustaba para nada. − ¿Es el hombre que ayudó en la liberación de Dressrosa?
− El mismo − contestó Rabí. − El mismo hombre que acaba de volver a salir a los mares para reconquistarlos junto a su gran tripulación, los Sombrero de Paja
− ¡¿Me está diciendo que Luffy Sombrero de Paja volvió al mar?! − gritó anonadado el hombre, de unos sesenta y tantos años, vestido con pantalones cortos y camisa, y un delantal, mientras movía un pescado que sostenía en su mano derecha.
− Si, Luffy y todos los demás − se acercó más al hombre, en pose de chisme. − Incluido mi padre − susurró, mientras asentía con la cabeza y se tocaba el pecho con la mano abierta.
− ¡Hijo! − gritó, pareciendo volver dentro de si mismo. − ¡Toma todo lo que quieras! − gritó, arrojando el pescado dentro de la bandeja. Se limpió la mano en el delantal y se la extendió a Rabi. − ¡Mucho gusto! − sonrió nerviosamente. − ¿Cómo te llamas?
− Rabindra − le estrechó la mano. − De la tripulación de Monkey D. Umi
− ¿Monkey D.? − arqueó una ceja sin dejar de estrechar la mano de Rabí.
− La hija del Rey Pirata − aclaró.
− ¡Es un honor para mi que la tripulación de la hija del Rey Pirata coma un banquete hecho con mi pesca de hoy! ¡Todo es suyo! − Rabí volteó y sonrió mirando a Sora que se repetía a si mismo que nada de todo eso estaba bien.
Sólo tenía que seguirlo sigilosamente, intentado pasar desapercibida. Se había arreglado demasiado para lo que acostumbraba y se sentía extraña, pero se repetía a si misma que todas las mujeres de esa isla iban vestidas como ella, o tal vez más arregladas. El mismo Gio estaba muy apuesto. Se aferró a su pequeño bolso, que llevaba cruzado de derecha a izquierda, y apuró el paso para no perderlo de vista. Entonces se detuvo frente a un grupo de gente que veía bailar a una chica, que realmente no lo hacía nada mal. Notó cuando intercambiaron miradas y cuando ella giró, pudo ver la misma marca que él tenía en el hombro. Evidentemente esos dos tenían algo que ver. Y estaba segura de que se encontrarían.
Esperó pacientemente haciendo como que veía unas artesanías, hasta que escuchó los aplausos y a las adulaciones hacia la bailarina. Cuando volteó, Gio ya no estaba. Bufó y continuó buscando con la mirada, alcanzando a ver a los lejos a la bailarina. Sonrió y comenzó a caminar.
Al inicio, las calles eran concurridas, llenas de puestos de artesanos, vendedores de comidas al paso y artistas callejeros. Luego, giró a la derecha y el camino se hizo más angosto y menos concurrido. La calle, pasó de ser de adoquín a ser de tierra y piedras, y las aceras desaparecieron. Las casas, que antes estaban llenas de color y luz, pasaron a ser grises y apagadas. Las ventanas estaban cerradas y la callejuela se iba cerrando conforme continuaba en su camino. Creyó que había perdido a la bailarina, cuando dejó de verla por unos instantes. Inmediatamente dobló hacia la izquierda y volvió a verla a lo lejos. Caminaba despreocupadamente pero se notaba que algo se traía entre manos.
Mitty se había quitado las sandalias y las llevaba en las manos. Esos tacones la estaban matando al caminar tan rápido. Fue cuando pisó una piedra y su pié la hizo ver las estrellas, justamente en ese instante, la bailarina entró en una casa que era algo diferente a las demás. Era un edificio de tres pisos, con balcones salientes, de los que colgaban unas plantas con flores azules, semejantes a unas enredaderas. La puerta era doble y de una madera bastante dura, y las ventanas estaban abiertas de par en par, dejando ver los vidrios impecables y dentro cortinas blancas tomadas por lazos rosados. Se acercó con cautela, una vez volvió a colocarse las sandalias, pero caminaba con cierta dificultad porque la piedra había raspado la planta de su pie derecho.
Golpeó la puerta y luego notó el cartel que colgaba a un lado, en el cual leyó que el lugar era una posada para jóvenes señoritas. Sonrió, esa era su oportunidad, tenía que averiguar más sobre la chica para llegar de una vez por todas a la verdad sobre Gio. La puerta se abrió dejando ver a una enorme mujer de unos cincuenta años, canosa, con su cabello mal recogido en un rodete hecho con plumas de faisán. Sus labios eran rojos y sus párpados estaban maquillados exageradamente. Llevaba un uniforme azul, de falda y camisa, y un delantal blanco con puntillas.
− ¿Qué quiere? − preguntó de mala gana, mirando de arriba abajo a Mitty, con desprecio.
− Quería saber si tenía algún sitio disponible − preguntó con inocencia. Lo mejor era hacerse pasar por alguien que necesitara pasar la noche allí y dar con la bailarina una vez dentro.
− Imposible − dijo. − Está todo ocupado − gruño y le cerró la puerta en la cara. Genial, tenía que olvidarse de ese plan y pensar en algo rápido. Se alejó sólo un par de metros y se recargó contra la pared, exhalando con pesadez. No podía continuar así o la descubrirían, tenía que inventar algo rápido.
Cuando ladeó la cabeza, se dio cuenta que en la esquina estaba Gio, apoyado sobre una columna del alumbrado. Miraba exactamente hacia el otro lado, por lo que suponía que no la había visto. Al mismo tiempo, escuchó que una puerta se abría y cuando volteó, era la bailarina que salía de la posada. Llevaba el mismo atuendo, pero tenía unas sandalias bajas color café y un pequeño bolso tejido colgando desde su hombro.
La chica observó muy bien todo el lugar antes de bajar a la calle de tierra y encaminarse hacia donde estaba Gio. Mitty había logrado entrar en uno de los jardines delanteros de las casas de por ahí y esconderse detrás de un arbusto, justo a tiempo para no ser vista por ella. Se detuvo junto a él y Gio volteó con una sonrisa en sus labios. Hablaban, pero desde esa distancia no podía escuchar de qué. Se mordió el labio y apretó la correa del bolso entre sus manos. Tenía que hacer algo más si quería desenmascararlo de una vez por todas.
La situación era total y absolutamente desesperante, y no era por el hecho de que hacía más de media hora llevaba a Umi cargada en sus hombros cual niña pequeña, no, no era por eso; sino por el hecho de que ella iba prendida de sus cabellos, los tironeaba y gritaba como loca cuando veía algo que le gustaba. Y él, cual idiota y faldero, iba y le hacía caso. Demás está decir que la cara de Ryu denotaba lo cabreado que estaba.
Se habían detenido frente a un puesto donde vendían algodón de azúcar, dentro de uno de los parques de diversiones. El lugar estaba repleto de niños con sus padres y de turistas que gritaban enajenados en las montañas rusas, los autos chocadores, y las demás atracciones peligrosas que les encantaban a todos menos al espadachín, que podría dar su mano derecha por estar en su dojo. Sintió que no era la primera vez que deseaba eso. Suspiró cansado antes de sentir cómo Umi saltaba sobre sus hombros, haciendo que sus piernas y su trasero rebotara sobre él. Levantó la mirada para ver su enorme sonrisa, enmarcada por pegotes de caramelo rosado. Se veía feliz y eso provocó el milagro de que Ryu sonriera aún en el estado de enojo que traía.
− ¡Ryu! ¡Vamos a eso! − gritó de repente, señalando una enorme vuelta al mundo.
− ¿Eh? − soltó él. Jamás se le hubiese pasado por la cabeza que entre todos los juegos del parque ella elegiría el más tonto.
− ¡Quiero ir a la vuelta al mundo! − insistió con tanto entusiasmo que no le quedó otra que acercarse a la fila donde se compraban los boletos. Umi se bajó de sus hombros y se puso de pie junto a él devorando lo que le quedaba de dulce. − ¿Quieres? − le preguntó, ofreciéndole un pedazo de algodón que sostenía entre sus dedos índice y pulgar. Él la miró consternado, pero la expresión de ella, tan infantil y a la vez hermosa, hicieron que se acerque y abra la boca. Umi introdujo el trozo en la boca de Ryu, frunciendo sus cejas y poniéndose de puntitas y él cerró sus labios, rozando apenas sus dedos. Ese sencillo toque les hizo caer en cuenta de que la mitad de la gente los estaba observando y decía cosas extrañas. Los dos voltearon sonrojados. Umi continuó comiendo y él colocó sus manos en los bolsillos.
Subieron más rápido de lo que creía Ryu. Pero para Umi había sido una eternidad. Aún chupaba sus dedos pegajosos mientras, pegada a la ventana, observaba el paisaje. El juego era endemoniadamente lento. Ryu estaba sentado, con las piernas abiertas y los brazos cruzados sobre su pecho. Bostezó ruidosamente. Tenía sueño y el vaivén de la cabina parecía acunarlo.
− Mira Ryu − dijo ella, sacándolo de su somnolencia. − Es el Sea Mystery − la voz de ella era suave, abismalmente diferente a la de hacía unos momentos atrás. Él volteó la cabeza para ver su barco, y realmente lo hizo. Junto a otros tres. Uno grande, que parecía un pesquero. Una carabela de tres mástiles y un buque de pasajeros. Abrió los ojos cuando la cabina se tambaleó. Se habían detenido.
− Maldita mierda − masculló entre dientes. El movimiento brusco había logrado sorprenderlo.
− Oi, Ryu − Umi volteó para verlo a los ojos. Se miraron intensamente por unos segundos. Ella aún tenía pegotes de golosina en las mejillas. − ¿Cómo pasaste todo este tiempo con tu familia? − la pregunta, tan seria y a la vez desubicada para el momento en el que estaban, lo sacó completamente de órbita. Arqueó una ceja y su expresión se transformó tanto que Umi lo notó al instante y sonrió levemente. − No importa − dijo, pero él habló, muy por el contrario de lo que ella creía.
− Continué con mi entrenamiento − dijo, mirando hacia la ventana contraria a la que veía Umi. Desde ahí se podía apreciar todo el parque, sus límites, y el resto de la isla. − Mi padre dejó de ser tan reacio a contarme las historias que había vivido como pirata − continuó. Umi sonrió sin mirarlo. − Me contó todo lo que jamás me había contado − bajó los brazos y apoyó las palmas en el asiento, que era de cuero. − Mi madre es arqueóloga − entrecerró los ojos. − La mejor de mundo − sentía que un nudo se formaba en su garganta y no comprendía la razón. − Vivimos cada día recuperando el tiempo que perdimos
Ryu acababa de ducharse. Era muy noche y los grillos cantaban sin descanso. La shoji estaba abierta y eso le llamó la atención. Normalmente para esas horas nadie estaba despierto. Frunció el seño y salió a la galería del jardín a pesar que sólo llevaba unos pantalones de entrenamiento y andaba descalzo. Se sorprendió al encontrarse con Robin sentada en el suelo, con sus pies colgando hacia el parque. Tenía sus manos apoyadas detrás de su cuerpo, y estaba recargada en sus brazos, levemente inclinada hacia atrás. Miraba el cielo, que ostentaba una luna en cuarto menguante, y muchas constelaciones lograban verse. Llevaba una yukata con rosas rojas y su pelo recogido en una trenza. Todo estaba apenas alumbrado con la tenue luz del satélite natural y la poca que salía de la habitación a través de la puerta. Ella volteó al escuchar los pasos de su hijo y le sonrió. Ryu se acercó y se sentó junto a ella, colgando sus pies hacia fuera.
− Ha sido un largo día de entrenamiento − dijo Robin, volviendo su vista a las estrellas. − Lo bueno es que podrás descansar muy bien − una risita sobrevino al comentario. − Tu padre está roncando como un bebé − acotó.
− Yo − dudó un momento. Desde que habían llegado a su pueblo, hacía poco más de un mes, jamás había tenido una oportunidad como aquella, en la soledad de la noche, para hablar sin tapujos con su madre.
− No digas nada − fueron las palabras de Robin que obligaron a Ryu a levantar su cabeza y mirarla. Pero ella continuaba con su vista en el cielo. − Ninguno es culpable de lo que sucedió, pero tampoco pretendo que de un día para el otro aceptes que tu madre no está muerta
− No digas eso − el tono del chico fue duro y serio. La mujer llevó sus ojos a los de él, que lejos de mostrar dudas o temores, le mostraban cuánto había crecido su hijo. − Eres mi madre − continuó. − Lo eres aunque te creyera muerta. Jamás vuelvas a decir que no te acepto − se hizo un pequeño silencio que terminó cuando Robin sonrió levemente.
− Estás entrenando muy duro − volvió a mirar al cielo. − Desde que llegamos no dejas ni un minuto el gimnasio o el dojo
− Quiero ser el espadachín más fuerte del mundo − lo dijo sin dudas y sin rodeos. − Para eso tengo que entrenar duro − una presión reconfortante nacía en el pecho de Robin. − Y no dudaré ni un momento en cumplir mi sueño
− No será nada fácil − afirmó ella. − ¿Tienes algún plan en mente?
− Umi y yo saldremos al mar − Robin volvió a mirarlo. − Como piratas, libres − agregó y la presión en el pecho de la mujer se intensificó. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
− Será que tendremos que separarnos nuevamente − agrandó su sonrisa. − El mar es nuestro hogar − dijo con sentimiento. − Aunque estemos separados nuestros corazones estarán siempre unidos
− Madre, yo − Robin abrió los ojos, era la primera vez que la llamaba así. − Quiero saber quién eres, aprender de ti tanto como aprendí de mi padre − las palabras de Ryu lograron que las lágrimas que se habían agolpado en sus ojos cayeran. − Para que cuando volvamos a encontrarnos allá en el mar, pueda tener mi frente en alto y gritar a los cuatro vientos que soy hijo de dos piratas, de los más grandes que hayan existido en todos los tiempos − saltó y se puso de pie sobre el pasto del jardín. Apretó sus puños. − Soy Ryu Roronoa, y seré el espadachín más fuerte del mundo
Hace unos días, cerca del Baratie…
− ¿Sanji? − la voz de Chopper inundó la pequeña cocina del barco provisorio en el que los Sombrero de Paja viajaban hacia Water 7 en busca de su nuevo barco, el New Sunshine Go. − ¿Sanji? − repitió el reno al no obtener respuesta. Abrió la puerta del todo y la luz entró, dejando ver entre la penumbra la barra y detrás de esta al cocinero. Se podía notar a la perfección el humo de su cigarrillo y que sostenía un vaso con su mano izquierda. Chopper entró y cerró la puerta. Todo volvió a la oscuridad casi total, de no ser por una lámpara de aceite que estaba sobre la mesada.
− ¿Qué sucede, Chopper? Es tarde − dijo, para luego dar una calada y expirar con fuerza hacia arriba.
− Quería saber si estás bien − contestó sinceramente el médico. − Hace unas horas que comenzaste a actuar extraño − continuó. − ¿Quieres ir al Baratie? Sólo debemos decirle a Nami que corrija el curso y estoy seguro de que Luffy no tendrá inconvenientes con − fue cortado por el rubio.
− No, está bien − sonrió pero su mueca era de melancolía. Chopper calló. No tenía sentido seguir insistiendo. Por lo que podía notar algo le sucedía a Sanji y podía intuir algo. Pero decidió no decir nada.
− Entonces me iré a la cama − abrió la puerta. − Buenas noches − dijo antes de retirarse. Sanji no contestó.
Tomó todo el contenido del vaso de una sola vez. El líquido quemó su garganta, pero no le importó. De pronto se descubrió bebiendo y fumando en una habitación oscura, sin ningún propósito más que someterse a una nueva tortura. Lo cierto era que él no sabía nada de ella. Sonrió y las cenizas que se habían juntado en su cigarro cayeron sobre la barra.
Gracias a todos por seguir la historia. Y no olviden leer "La Pasión de Pierna Negra Sanji" y "La Pasión de Pierna Negra Sanji: SEVEN DAYS OF GLORY", de Suave bolígrafo, para saber qué sucedió en el pasado, antes de "El Sombrero de Paja", conocer a Pólvora Rosa Syra y conocer la maravillosa historia que el autor nos regala. Les recuerdo que los cuatro fic (los dos de Suave bolígrafo y los dos míos) están conectados y son correlativos, les recomiendo leer todos.
¡Nos leemos! Mary
