Y volví. Una disculpa para todos los que esperaron por la continuación. Espero poder subir la continuación rápido.
Disclaimer: Cazadores de Sombras y sus personajes no me pertenecen, todo es obra de Cassandra Clare. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
Era tomarlo todo
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—Siempre me he preguntado…
— ¿Crees que me importa?
Magnus volteó a ver a su amigo de mala gana. Ragnor le devolvió la mirada, casi retándolo a decir algo para reclamarle su mala contestación.
—Como decía…
—Vuelvo a recalcar que no me importa —exclamó Ragnor. Soltando un suspiro y empezando a caminar rápidamente.
—Mi querido y amargo amigo, ¿puedo preguntar por qué estás de mal humor?
—Vas a empezar a hablar del niño que te abandonó sin dejar una nota…
—No me abandonó —interrumpió Magnus.
—El chico se fue un día sin dejar rastro y no ha vuelto a aparecerse en el antro. Eso fue hace dos semanas, deberías superarlo —Ragnor recibió un bufido de parte de su amigo—. ¿O es que te enamoraste de él?
El moreno detuvo su andar y volteó a ver a su amigo como si de pronto le hubieran salido cuernos y su piel se hubiera vuelto verde. Ragnor se detuvo también, con las manos dentro de los bolsillos de su pantalón, mirando aburrido a Magnus pero totalmente interesado en su respuesta.
—Sabes que no es eso —inquirió Magnus cuando encontró su voz—, pero la última vez que lo vi su padre lo había golpeado, si regresó a su casa…
—Tienes miedo de que lo estén golpeando hasta hacerlo decir que es totalmente heterosexual.
Los labios de Magnus se fruncieron en una mueca que parecía un berrinche, Ragnor había sido su amigo por demasiados años por lo que sabía lo que significaba ese gesto. Magnus se preocupaba por las personas aunque no lo dejara ver mucho, y esa forma suya de ser le había causado que en el pasado varias personas se aprovecharan de él, porque cuando Magnus se preocupaba por alguien no descansaba hasta saber que estaba cien por ciento seguro de cualquier peligro. En el pasado Magnus no era tan cínico y descarado como lo era ahora.
Ragnor siempre se preguntó si se había vuelto así de cínico a causa de las personas que lo habían decepcionado.
—No puedes salvar a todos, Magnus.
—Eso ya lo sé —exclamó con disgusto.
Fue el moreno quien volvió a retomar el camino, metiendo las manos a las bolsas de su chaqueta de cuero. Ragnor le siguió y se quedó callado en lugar de seguir hablando sobre ese tema, porque sabía que Magnus no estaba preparado para hablar de lo mucho que se había encariñado con el chico de ojos azules y lo mucho que le afectaba saber que después de haberle dado toda su ayuda el menor solo se había marchado sin agradecer la hospitalidad. Y Ragnor sospechaba que tal vez le dolía, le dolía porque hace mucho tiempo que no le ofrecía ayuda a alguien y la primera vez que lo hacía recibía ese abandono como agradecimiento.
—Deja de analizarlo —gruñó Magnus. Sabiendo que su amigo estaba dándole más vueltas al asunto de lo que él mismo lo hacía.
Ragnor se encogió de hombros, divisó la entrada del restaurante y se apresuró a llegar. Magnus le imitó y cuando llegaron al lugar abrió la puerta de mala gana. Adentró la luz era cálida, al igual que el tono de las paredes y los accesorios del restaurante. A primera vista se veían varias familias dispersas en distintas mesas, disfrutando de la cena mientras intercambiaban varias palabras alegres.
— ¿Catarina eligió este lugar? —preguntó Ragnor, con la duda bailando en sus palabras.
—Dijo que quería cambiar de estilo —contestó Magnus igual de dudoso.
Un mesero los vio y se acercó a ellos. Ragnor levantó la mano, cortando el discurso que el chico estaba a punto de decir para darles la bienvenida.
—Nuestros amigos ya están aquí, la reservación…
—De hecho —interrumpió Magnus—, nuestra amiga está allá.
Señaló el punto en donde Catarina estiraba su brazo y les hacia señas para que se acercaran.
El mesero asintió con la cabeza y se hizo a un lado para dejarles pasar. Ragnor y Magnus comenzaron a caminar, serpenteando entre las mesas para acercarse a donde estaban sus amigos, en una mesa junto al ventanal que daba hacia la calle. En la mesa Catarina los recibió con una mirada molesta y los brazos cruzados.
—Media hora —exclamó casi ofendida— Media hora hemos tenido que esperarlos, me muero de hambre.
Magnus rodó los ojos y tomó asiento entre ella y Tessa, esta última lo saludó tratando de ocultar una ligera risa.
Ragnor pasó de ellos y fue a sentarse al lado de Raphael.
— ¿Qué les tomó tanto tiempo? —preguntó Raphael mirando a Magnus, echándole directamente la culpa.
—No te enojes, ya traje a tu novio sano y salvo —contestó Magnus logrando que ambos, Ragnor y Raphael, rodaran los ojos.
—Peleas para después de haber pedido la comida —ordenó Catarina mirando el menú, aunque Magnus sabía que seguramente hace tiempo ya había decidido que iba a pedir.
El mesero que los recibió en la entrada les tomó la orden rápidamente y después se fue, no sin antes renovar la canasta de pan para aminorar la expresión de hambre en Catarina. Magnus recibió un manotazo de ambas chicas a su lado cuando trató de tomar un pedazo de pan.
—Y bien —murmuró Magnus sobando el dorso de su mano—, ¿sus novios no quisieron venir?
Tessa y Catarina suspiraron al unísono y le dieron un mordisco a su pedazo de pan, por debajo de la mesa alguien se encargó de darle un golpe en la rodilla. Al alzar la cabeza se encontró con la mirada de Ragnor, la mirada especial que usaba cuando quería que se callara.
— ¿Y qué hay del niño y tú? —exclamó Raphael. Recargado contra el respaldo de su silla, pareciendo totalmente sensual en lugar de desparramado sobre el asiento.
Catarina, Tessa y Ragnor miraron a Raphael para después mirar a Magnus, sus miradas pesadas obligándolo a responder. Él bufó y se dejó caer contra el respaldo de su silla.
—Citando un poco a Catarina, peleas para después de la comida.
Se rieron de él. Pero Magnus notaba sus risas ligeras, más como lástima que como burla. A veces llegaba a odiar un poco a sus amigos.
Catarina captó la atención de los demás al hablar sobre una operación que había realizado la noche anterior, Raphael y Tessa siempre se mostraban abiertos a escuchar las historias del hospital y los pacientes de Cata; por otro lado Ragnor y Magnus se habían acostumbrado a sus historias desde hace mucho tiempo.
El mesero dejó las bebidas de todos y avisó que pronto traería la comida para después irse. Magnus dejó de prestar atención en ese instante, se fijó en la calle, en las pocas personas que transitaban a esa hora, la mayoría acompañadas de su familia o sus parejas. Enfrente del restaurante había una panadería que usaba como publicidad una gallina anunciando flan, le pareció tan gracioso que soltó una ligera risa y su vista se perdió en el cristal del ventanal, en el cual se reflejaban los comensales a sus espaldas. Se centró en el chico que comía dos mesas apartadas de la suya, su cuello crujió cuando volteó para verle de verdad en lugar de sólo su reflejo.
Alec estaba sentado, picando la comida en su plato sin llevársela a la boca y centrando su mirada en el mantel de la mesa, como si el color blanco fuera demasiado importante para él. Después de dos semanas el último lugar donde esperaba encontrarlo era en un restaurante familiar. A su lado derecho había una chica hablando con la mujer mayor que tenía enfrente y a su lado izquierdo había un niño, comiendo con un tenedor y los dedos, supuso al instante que eran sus hermanos y que el hombre sentado enfrente de Alec era su padre. Sus manos picaron con la necesidad de estampar un golpe en el rostro del sujeto.
Por debajo de la mesa volvió a recibir un golpe en la pierna, justo en la rodilla, dejó salir un grito de dolor y volteó a ver a sus amigos. Ragnor le miraba con el ceño fruncido, amenazando con la mirada que volvería a patearlo de ser necesario. Los demás guardaron silencio en la mesa.
—No —declaró Ragnor.
Usaba ese tono de voz que a veces lograba dar miedo.
No necesitó ser más específico sobre que le prohibía, a Ragnor nunca se le escapaba nada, lo cual era terrorífico. Bajó las manos y se sobó la parte lastimada de su pierna. Catarina soltó un suspiro y volvió a su relato sobre la vez en que un chico atacó a un doctor con un par de gasas, Tessa y Raphael volvieron a prestarle atención pero Ragnor seguía viéndolo.
Magnus gruñó. A veces realmente odiaba un poco a sus amigos.
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Un pequeño golpe en sus costillas lo sacó de su letargo, volteó a su lado izquierdo, su hermano menor miraba su plato casi con impaciencia.
— ¿Me regalas tus papas?
Le sonrió y asintió con la cabeza. Alzó su plato y estaba a punto de pasarle la comida a su hermano cuando su padre alzó la voz.
—No, Alexander —gruñó su padre. Su voz sonaba tan irritante para Alec los últimos días que tuvo que cerrar los ojos para no gritar.
—Solo quiero papas —dijo Max, sus voz sonaba triste.
—Puedes pedir más, pero no toques la comida de tu hermano.
Max asintió casi sonriendo y buscando por todos lados al mesero para poder pedir un nuevo plato.
Alec mordió su lengua y después apretó los dientes, volvió a dejar su plato sobre la mesa. Alzó la cabeza por un momento para ver a su padre pero éste no le dirigía la mirada, estaba atento en la plática que su madre e Izzy llevaban, odiaba su actitud. Desde las últimas semanas se había dedicado a tratarlo como si tuviera un virus, no dejaba que se acercara demasiado a los demás y había visto la forma en que protegía a Max, no dejaba siquiera que se sentara muy cerca o que le compartiera comida o un abrazo, incluso le había dado instrucciones a la niñera de mantener al menor alejado de él.
Era como si estuviera sucio y cualquiera que lo tocara se iba a contaminar. Y lo detestaba. Creía que había sido suficiente con la amenaza de dejarlo sin escuela y sin techo, pero al parecer también era necesario recordarle que sus preferencias eran asquerosas.
Volvió a picar la comida en su plato, comiendo pequeños bocados cada par de minutos para no hacer enojar a su madre. Aunque últimamente era como si ella lo ignorara, sabía que compartía el punto de vista de su padre de despreciar sus gustos pero no sabía que tan involucrada estaba en las amenazas o la seguridad excesiva con la que lo trataban. Ella solo lo trataba como si de pronto hubiera dejado de tener valor, como si nunca hubiera tenido un hijo mayor. Era como un desconocido en su hogar.
Un sabor agrio se había instalado en su boca desde el día en que regresó a su casa. A veces se iba un poco cuando Isabelle se colaba por la noche en su habitación y le platicaba de cosas sin sentido que había hecho a lo largo del día, a veces Jace le llamaba por las noches para hacer lo mismo que hacia Izzy. Y a veces, cuando estaba seguro que su hermana no se colaría esa noche a su cuarto, se quedaba aplastando una almohada contra su rostro y llorando. A veces se preguntaba cuando tiempo iba a durar el odio de sus padres, y si él podría soportarlo por más tiempo. Y una vez llegó a pensar en el arma que había escondida en el cuarto de sus padres.
A su lado su hermano empezó a saltar de alegría en su silla cuando el mesero llegó y dejó un pato lleno de papas fritas frente al menor. Max le sonrió al mesero y después se volteó para verlo y dedicarle la misma sonrisa. El nudo en la garganta que aparecía constantemente se hizo más fuerte al ver la sonrisa de su hermano, él seguía tratándole como su hermano mayor, seguía pensando que hacia magia cuando cambiaba el canal de la televisión con una aplicación de su celular y que su arco era la cosa más genial que existía en su cuarto. Seguía compartiendo su comida y abrazándolo sin miedo a ensuciarse.
—Voy al baño —anunció levantándose de su asiento.
No miró a nadie, acomodó la silla y serpenteó entre un montón de mesas y meseros. Su familia había comido en ese restaurante desde hace varios años, y aun así se vio ligeramente abrumado de no poder llegar lo suficientemente rápido al baño. Cuando llegó empujó la puerta con más fuerza de la necesaria, dentro solo había un chico de unos quince años lavándose las manos, apenas y le dirigió una mirada. El baño era pequeño, apenas tres cubículos y tres lavabos pero era lo suficientemente tranquilo como para que se sintiera a salvo.
El chico se fue y él soltó un suspiro ahogado, se mojó las manos para tratar de calmarse lo más posible. Había música en el baño, siempre le había parecido gracioso que hubiera música en un baño, hasta ese momento, la música le daba algo en que pensar en lugar de su patética vida.
La puerta rechinó, soltó un nuevo suspiro esperando que no fuera su padre el que había entrado, necesitaba un tiempo a solas para poder volver a enfrentarse a su familia. Escuchó un par de pasos que pararon cerca de donde él estaba. Alzó la cabeza y miró a través del espejo, su cabeza dio vueltas por un instante para después voltear a ver a la persona a su lado. Magnus simplemente estaba recargado contra los lavabos, mirándole como si esperara que dijera algo interesante, tal vez una nueva teoría sobre física. Pero lo único que podía pensar era en la mala suerte que tenía de encontrarse a Magnus en ese lugar.
—Vaya —inquirió Magnus—, te doy asilo, te vas sin dar las gracias y cuando vuelvo a verte no dices nada. Mi presencia realmente debe de ser arrolladora.
Alec frunció el ceño por un segundo.
— ¿Qué haces aquí?
Él realmente no esperaba que sonara tan golpeado como había salido de su boca pero no era como si pudiera disculparse de estar atento a lo que su padre podía ver y malinterpretar.
—Soy un ser humano, tengo la necesidad de comer y resulta que este es un restaurante, ¿y qué hay en los restaurantes? ¡Comida!
El sarcasmo goteaba venenosamente de las palabras de Magnus, y Alec lo encontró merecido, después de todo no había dado las gracias por el apoyo que el moreno le había ofrecido.
—Sobre eso… —murmuró Alec— Gracias por darme un lugar donde dormir.
Magnus miró a Alec por un buen rato, casi al punto de hacerlo sentir incómodo. Magnus casi pudo imaginar a Ragnor canturreando sobre lo equivocado que había estado al pensar que Alec tenía problemas.
Se sentía casi estúpido, así que comenzó a reír.
—Sorprendente.
— ¿Qué es sorprendente?
—Que tus problemas paternales desaparecieron.
Alec le miró con molestia. No tenía intención de discutir con Magnus, iba a secarse las manos e irse, pero en su lugar se encontró acercándose a él y empezar a casi gritarle.
—Mis problemas paternales ni siquiera han empezado por completo, mi padre me trata como si fuera una escoria o un leproso, mi madre me trata como si fuera un extraño en su casa, y por si necesitas más he estado pensando en que es más rápido si cortarme las venas o tomar todas las pastillas del botiquín —relató Alec, con la voz haciéndose cada vez más delgada debido a su falta de aire.
Magnus había empezado a fruncir cada vez más el ceño.
— ¿Volvió a golpearte? —Alec enarcó una ceja, demasiado ido con su descarga de emociones como para poder prestar real atención—. Tu padre, ¿te golpeó de nuevo?
—No, no me ha golpeado de nuevo, ¿eso que tiene que ver?
—Necesitaba asegurarme para saber qué hacer.
— ¿Ibas a ir a la mesa a golpearlo? —Bromeó Alec con un poco de sarcasmo, pero Magnus le miraba alzando las cejas, completamente seguro de ir a golpear a su padre de ser necesario—. Es más grande que tú.
Magnus rio por lo que Alec dijo. Sin embargo estaba seguro que le daba igual, su propio padre había sido mucho más grande que él la primera vez que se defendió. Y detestaba que se aprovecharan de una persona o se creyeran con el derecho de tratarla como basura solo porque no estaban de acuerdo en un aspecto de su vida.
—Te dije que debías de saber que querías antes de regresar con tus padres.
Alec suspiró y se recargó contra los lavabos, dándole la espalda al espejo y fijando la mirada en una de las puertas de los cubículos.
—Quería estar con mis hermanos, ellos no tienen la culpa de lo que pasa con mis padres y solo los estaba afectando —susurró con pesadez—. Además, no era como si pudiera quedarme en tu departamento para siempre.
No podía discutir contra eso, aunque estaba dispuesto a ayudar a Alec no estaba dispuesto a dejarlo vivir para siempre en su departamento, no importaba lo maravilloso que fuera en la limpieza o en la cama. Pero sabía lo que una persona era capaz de hacer por rechazo a la homosexualidad, y no quería despertar un día pensando en que pudo haberle ayudado y no lo hizo.
— ¿Cómo lo hiciste? —preguntó Alec. Su voz sonaba tan baja que la tenue música del lugar la opacaba un poco.
— ¿Qué cosa?
—Decírselo a tus padres.
Hace mucho tiempo que Magnus no pensaba en la forma en que se había enfrentado a su padre, o lo desamparado que había estado por un buen tiempo, porque pensar en eso hacía que su estómago se revolviera.
—Para cuando fui lo suficientemente mayor para saber cuáles eran mis gustos solo tuve que enfrentarme a mi padre, el cual me golpeó hasta dejarme casi inconsciente y me echó a la calle.
Para Alec era casi imposible de creer que Magnus estuviera diciendo eso con una sonrisa rota y las palabras fluyendo con sencillez. Siempre creyó que alguien como Magnus había sido maleducado por demasiadas atenciones y que por eso era un idiota con los sentimientos de las personas, siempre creyó que para Magnus todo había sido fácil.
Tenía ganas de golpearse la cabeza contra el espejo.
—Claro que después volví, todas mis cosas estaban ahí y necesitaba, mínimo, un cambio de ropa. Supongo que eso debió de hacerlo enojar aún más porque trató de matarme, ¿sabes lo fácil que es matar a alguien con una corbata y un poco de agua?
Alec le regaló una mirada consternada.
— ¿Cómo puedes hablar así?
El moreno se encogió de hombros.
—Es un aspecto de mi vida al que prefiero no darle importancia, si le diera importancia sería dejarlo ganar. En cambio busqué un trabajo, salí de la ruina y llegué a la universidad.
Magnus se quedó callado en ese instante, preguntándose porqué le contaba eso a Alec. La única relación que tenía con él era sobre haber sido su pareja en la cama por un par de ocasiones, y aun así le contaba sobre su padre. Siempre había detestado esa parte de sí mismo, donde no podía evitar darle ayuda y apoyo a alguien que lo necesitaba. Hace tiempo que creía que esa parte de él ya estaba muerta.
Pero ambos se quedaron callados, era casi un milagro que nadie decidiera entrar al baño en ese instante, estaban solos, con una canción de Queen, que estaba a punto de acabar, sonando suavemente.
—No puedes dejar que te convenza de que lo que sientes está mal. No está mal querer a un hombre, Alexander. No estás enfermo ni sucio por eso —Magnus se acercó, invadiendo el espacio personal de Alec y le tomó firmemente por el mentón—. ¿Escuchaste?
Alec asintió con la cabeza y Magnus se dio por satisfecho. Iba a dejar ir a Alec, iba a dar media vuelta, salir del baño y volver a comer con sus amigos para después ir a algún bar y llevarse alguna chica linda a casa, porque no tenía trabajo pendiente y necesitaba relajarse. Pero en su lugar se quedó prendado de los ojos azules de Alec, el cual desvió la vista por un segundo hasta sus labios, y él no era de las personas que rechazaban una invitación así de clara.
Ladeó el rostro y se agachó ligeramente para atrapar los labios del menor, el cual le recibió con ganas, se sintió presa de los brazos de Alec alrededor de su cuello y no pudo negarse. Se apoyó en el lavamanos y después se afianzó a la cadera de Alec. Le jaló para evitar que se separara y lo pegó a su pecho, besándole profundamente, mordiendo sus labios y lamiéndolos para luego inspeccionar su boca, su lengua moviéndose contra la del menor, la cual era cálida y suave y fuerte contra la suya.
Recibió un empujón y se separó, cortando el beso al instante y extrañando los suaves labios. Alec le miraba algo enojado, como si estuviera a punto de golpearlo en el rostro, lo cual era imposible porque aún estaba rodeándole el cuello con fuerza.
—Me gusta esa canción —comentó Magnus, dándose cuenta de la música y empezando a tararear.
Alec bufó, miró por detrás de él y lo empujó con fuerza hasta hacerlo chocar contra la puerta de uno de los baños y metiéndolo al cubículo sin soltarle el cuello. Dentro se separó para poder cerrar la puerta y después se abalanzó a besar de nuevo al moreno, pegando sus labios a los del otro y volviéndose más activo en el beso.
Magnus sentía la impaciencia de Alec marcar cada parte en su boca, sus besos eran como agua para un náufrago, le aliviaban pero le hacían desear más. Sus lenguas se acariciaban y jugaban con la contraria hasta que uno de ellos perdía y terminaba por succionar con cuidado, terminando con mordiscos rudos y volviendo a comenzar un beso lento que se tornaba apasionado. Para Magnus besar siempre había sido una forma de hacer desear a su pareja, hacer que le buscaran y le rogaran por más, aunque al principio no hubiera sido esa su primera opción, pero besar a Alec, tratar de hacerlo rogar sin lograrlo, era querer más y recibirlo y no molestarse en lo absoluto porque los papeles se invirtieran.
Besar a Alec era una explosión. Un incendio que le carcomía y derretía hasta sus huesos.
Cambió las posiciones, dejando a Alec contra la pared y metiendo las manos debajo de su ropa, delineando la piel y rasguñando, queriendo dejar una marca y un poco de dolor mientras lo curaba con besos en su boca, sus mejillas y su cuello. Alec le sujetó por la cadera y lo pegó a él, ondeando su cuerpo para restregarse. Se sentía como estarse ahogando en fuego pero no querer salvarse, quería quedarse así por un buen rato más. No escucharon la puerta del baño abrirse y realmente no les importaba, estaban demasiado ocupados en otros asuntos.
— ¿Alec? —resonó una voz gruesa por el lugar.
Al instante Alec se paralizó, Magnus lo sintió en sus manos y en su boca, el cuerpo poniéndose tan rígido como si estuviera muerto. Alzó la mirada para encontrarse con el rostro del menor, su mueca de puro y verdadero horror fue todo lo que necesitó para saber de quien se trataba. Alec casi reaccionó por pura inercia, puso las manos sobre la boca de Magnus y miró hacia la puerta del baño con nerviosismo.
—Aquí estoy —exclamó con la voz entrecortada por un segundo.
— ¿Qué te toma tanto tiempo?
—Me… —la voz de Alec tembló por un momento al igual que sus manos sobre el rostro de Magnus—. Creo que algo me hizo daño.
No recibió respuesta de su padre y a Magnus se le empezaba a dificultar respirar.
—No tardes, ya estamos pagando.
Dicho eso se escucharon los pasos del padre de Alec resonar y la puerta chirriar antes de que se fuera por completo. El pelinegro dejó de apretar la boca de Magnus y echó la cabeza hacia atrás, golpeándose contra la pared pero soltando un suspiro de alivio. Alec se quitó a Magnus de encima y se acomodó la ropa para después salir del cubículo sin mirar hacia atrás. Cuando Magnus salió Alec se estaba echando agua en el rostro.
— ¿Estarás bien? —preguntó.
Alec lo miró a través del espejo, asintió con la cabeza y se secó las manos en el pantalón. Realmente esperaba que Magnus creyera esa mentira. Tragó saliva, tomó aire y se encaminó para salir del baño sin darle otra mirada al mayor. Las cosas de por sí ya estaban mal como para tener que arruinarlas de nuevo metiéndose con Magnus en el baño mientras su familia esperaba por él en la mesa.
Afuera divisó rápidamente a Max junto a Izzy que esperaban a que sus padres terminaran de pagar la cuenta, y por un momento se imaginó como hubiera sido si él nunca hubiera cometido tantos errores, si se hubiera quedado callado y ocultado sus gustos por más tiempo. Tal vez su padre no le miraría enojado todo el tiempo y su madre le seguiría dando un beso de buenas noches aunque fuera demasiado mayor. Tal vez si se hubiera mantenido alejado del antro no tendría la necesidad de volver y besar a Magnus una vez más, hasta realmente quedar sin respiración.
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— ¿Te veo mañana?
Magnus soltó un enorme y sonoro bostezo. Enseguida sintió la mirada fría y penetrante de Raphael sobre él, pero se volteó a verlo por si las dudas, no quería quedarse con el pensamiento toda la noche.
Raphael estaba en el asiento delantero del Taxi y Ragnor estaba en el trasero junto con Magnus. Raphael se había volteado para ver a Ragnor y despedirse de él, y por supuesto para matar con la mirada a Magnus.
—Iré por ti en la tarde, ¿de acuerdo?
—Avísame cuando llegues.
— ¿Necesitan un momento para besarse? —interrumpió Magnus.
—Que tú te acuestes con todo lo que se mueva no quiere decir que todo el mundo lo haga —gruñó Raphael.
—Oh, muérdeme —exclamó Magnus cansado.
—Si no me diera rabia.
—Apuesto a que tiene algo más fuerte que eso.
Raphael sonrió por un segundo a favor del comentario de Ragnor y después salió del auto. Ragnor esperó por un momento hasta verlo entrar al edificio donde vivía. El edificio que, según la opinión de Magnus, daba miedo de solo verlo. El taxista volvió a encender el motor y avanzó por la calle desierta mientras Ragnor le daba la dirección. Tardaron alrededor de veinte minutos en llegar al lugar deseado, Ragnor sacaba billetes y se los tendía al taxista mientras Magnus se despedía solo para ver como su amigo también se bajaba del taxi junto con él.
—Hey, sé que el amor te tiene todo ido pero esta es mi casa, la tuya queda a varios kilómetros.
—Deja de ser tan estúpido por un momento, Magnus.
Rodó los ojos y se apresuró a abrir el portón, con Ragnor detrás de él, siguiéndolo hasta su departamento. No es que a Magnus le importara que Ragnor se quedara un rato más con él, era que tenía ganas de tomarse un vaso de whisky e irse a dormir para después lidiar con su odiosa jefa.
Claro que a su mejor amigo nunca le importaba lo que Magnus quería, simplemente hacia lo que creía mejor. Como entrar a su departamento y mirar con desaprobación los muebles.
—Creí que te desharías de ese patético sillón naranja.
Magnus suspiró, dándole la razón pero encogiéndose de hombros. Que Ragnor no supiera que estaba de acuerdo con él o iba a terminar burlándose.
—Aún no he tenido tiempo de sacarlo y el nuevo llega hasta pasado mañana.
Ragnor gruñó. Era obvio que no quería pero al final terminó tomando asiento en el sillón naranja, revolviéndose como un pez fuera del agua hasta encontrar una posición cómoda para después retomar su tarea de juzgar la decoración del lugar. Aunque en opinión de Magnus no tenía derecho a hacerlo, el departamento de Ragnor con suerte y tenía más de diez platos en la alacena.
Pero había pasado suficiente tiempo siendo amigo del mayor como para saber que no se iría hasta dar por terminado el asunto que creía tener. Se fue dando zancadas hasta la habitación, quitándose la ropa y buscando un pantalón de dormir. Su gato estaba tomando una siesta cómodamente sobre la cama y apenas y movió las orejas dándole a entender que podía notarlo andar en el lugar. Regresó a la sala, sin camisa pero con el pantalón de dormir y se sentó al lado de Ragnor, desparramándose en el molesto y excesivamente acolchado sillón.
—Dilo
Ragnor rodó los ojos.
—Esa mancha de pintura que hay en la separación de tu habitación es horrible, el sillón apesta, y huele como a viejo.
—Es lavanda —exclamó Magnus en su defensa—. ¿Qué tienes en contra de la lavanda?
—Apesta como anciano.
— ¿Invadiste mi casa solo para criticar mi decoración? ¿Por qué no me sorprende?
Se levantó del sillón, impulsándose con las piernas y danzando hasta la cocina para sacar una botella de licor y tomar dos vasos de la alacena. Sirvió el licor en los recipientes mientras caminaba de vuelta al sillón. Ragnor tomó uno de los vasos y le dio un pequeño trago, en cambio él le dio un trago tan largo que lo dejó casi vacío.
—Fuiste con el niño hoy, y no te atrevas a decir que simplemente te tardaste media hora en el baño porque querías apreciar tu reflejo.
—Estás en todo, Ragnor.
De vez en cuando le molestaba la actitud que Magnus había adquirido, dando todo por hecho y dejándolo ser, como si realmente ya no le importara lo que pasara con la vida de los demás.
— ¿Qué tiene de especial para que estés actuando como cuando tenías quince años?
—Cuando tenía quince años actuaba como un vagabundo, ¿estás diciendo que parezco un vagabundo? Porque esta noche me arreglé mucho para la cena.
Magnus seguía frente a él, dándole la espalda mientras le daba otro trago a su bebida. Ragnor paseó su mirada por la espalda del moreno, aunque no era necesario, él sabía dónde buscar. Por debajo de la axila, casi escondido por su brazo había una ligera cicatriz, dos líneas que se conectaban y después se desviaban en un ángulo casi recto.
El padre de Magnus era un borracho y golpeador, cuando eran menores Magnus casi siempre se la pasaba quejándose de dolores en el cuerpo, Ragnor nunca entendía porque le dolía tanto hasta que una vez por accidente lo vio sin camisa y vio su abdomen y espalda lleno de moretones. Podía ser un borracho idiota pero su padre sabía dónde golpearlo para no levantar sospechas. Excepto la vez que quiso matarlo, ese día se olvidó de ser precavido y le dejó una marca horrible alrededor del cuello y moretones en el rostro.
A su amigo no le gustaba hablar de eso, y él lo entendía. ¿Para qué hablar del abusador que se la pasó golpeándote por casi una década? Y cuando llegaba a hablar de eso lo hacía como si no importara en lo más mínimo, como si fuera una anécdota muy divertida que casi nunca contaba. A veces le sorprendía a Ragnor lo fuerte que Magnus podía ser.
—No te estás reflejando en ese chico, ¿o sí?
El moreno volteó a verlo, sosteniendo el vaso cerca de su boca y viendo a su amigo con curiosidad.
Ragnor tenía ojos negros, tan penetrantes que una mirada bastaba para que Magnus se sintiera intimidado. Aparte del rostro que podía quedarse totalmente inexpresivo si lo necesitaba para sacarle la verdad a alguien.
—Por supuesto que no.
La ceja sin definir de Ragnor se alzó, formando un arco y arrugando su frente.
—Magnus…
—Oh, no empieces —gruñó casi enojado—. No me veo reflejado en Alexander. No veo a mi padre en su padre, me preocupé por él un momento porque sé lo que es no tener alguien en quien apoyarte cuando tu mundo se derrumba.
—Nos tenías —le cortó Ragnor, una ligera nota de disgusto en su voz—. A Catarina y a mí.
—No, no los tenía.
El rostro del moreno se transformó. Una mueca triste y herida que pocas veces lograba aflorar en él.
—No los juzgo, lo sabes —explicó Magnus. Le dio un trago a su vaso antes de continuar—. Tú acababas de entrar a la universidad y Catarina estaba estudiando para conseguir una beca, no podía ir a molestarlos y decirles que mi padre había explotado.
—Viviste en la calle.
Magnus se encogió de hombros, sin darle importancia al asunto. Volvió a llenar su vaso y se dejó caer en el sillón.
—Son esas cosas las que te forjan el carácter, ¿no?
No podía contestar eso. Ragnor no sabía lo que era que tus padres te rechazaran, sus padres siempre le habían dejado claro que estaban orgullosos de él, que podía tener sus fallas y que era adoptado pero aun así lo amaban tanto como podían. Ragnor jamás tuvo que vivir en la calle, vivía en un apartamento extremadamente pequeño cerca de la universidad pero nunca se había quedado completamente abandonado, o hambriento.
A veces ese tema salía a flote entre Catarina y él. La vez que Magnus prefirió vivir en la calle que molestarlos cuando estaban construyendo los sueños de su vida. Siempre se habían culpado, Catarina un poco más que él. Ella seguía viviendo cerca de Magnus, no en otro estado como Ragnor, y aun así no se había dado cuenta de la desaparición de su amigo hasta varios meses después. Cuando hablaban de ese tema siempre terminaban sintiéndose como los peores amigos del mundo, pero Magnus nunca los culpó ni les guardó rencor, Magnus siempre pensó en ellos primero, en el esfuerzo que tenían que poner para continuar con sus estudios.
Magnus prefirió vivir en la calle, pasar hambre y luchar por su vida todas las noches antes que ir a molestarlos e interrumpir sus estudios para la universidad. Era un idiota, pero era el tipo de idiota que siempre iba a poner a las personas que amaba primero. Cuando Ragnor se ponía a pensar en eso le daba la sensación de que no merecía un amigo como Magnus, le daba la sensación de que nadie iba a merecer nunca a su mejor amigo.
—Quería saber que su padre no lo había golpeado más, pero ya me ha quedado claro. Él estará bien y esa historia terminó para mí. Mañana iré a conseguir una linda chica que acepte venir a mi casa por una sola noche y después iré a mi trabajo a lidiar con mi odiosa jefa.
— ¿Solo piensas en sexo?
—No, a veces pienso si dejé la ventana abierta antes de salir de casa o si Presidente Miau tiene una doble vida como espía.
Una de las cosas características de Magnus era que desviaba rápidamente cualquier asunto que abordara su vida privada y sus sentimientos con comentarios sarcásticos o mordaces. Ragnor se terminó su trago.
Hace tiempo, muchos años atrás, Magnus creía que todos tenían un alma gemela, que todos podían ser felices si encontraban a la persona adecuada, y estaba dispuesto a encontrar a esa persona a toda costa. Pero Magnus era confiado y amable, tanto que muchos se habían aprovechado de eso. En algún punto Magnus dejó de creer en eso, en algún punto se enfocó solo en su placer en lugar de algo duradero.
— ¿No vas a ofrecerme la cama para dormir esta noche?
—Tú quisiste venir aquí sin ser invitado, por mí puedes aplastar tu trasero en este horrible sillón. A menos que quieras compartir cama conmigo, lo cual provocaría que Raphael se pusiera extremadamente celoso.
Bufó y rodó los ojos mientras se levantaba y dejaba su vaso vacío en la mesilla frente al sillón.
—No puedes ahorrarte esos comentarios estúpidos ni siquiera un minuto, ¿verdad?
—Ya me conoces —contestó Magnus, levantándose y encaminándose hacia su cuarto—. Nunca dejo pasar una oportunidad de oro para molestar a mi pareja gruñona favorita.
Soltó una risa sarcástica en ese momento, no esperaba una contestación de Magnus, el cual seguramente había ido a conseguirle unas cobijas para pasar la noche. Se dejó caer de nuevo en el terrible sillón. Ragnor tenía una teoría sobre porque Magnus se la pasaba cambiando el aspecto del departamento, pero nunca la había dicho en voz alta, porque se trataba de tocar temas sentimentales y el abandono que varias personas le habían regalado a su amigo.
Ragnor odiaba pensar en eso, porque le daban ganas de regalarle su felicidad a Magnus. Porque Magnus merecía la felicidad, aunque no se creyera digno de ésta.
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—Necesito salir está noche.
—Por última vez, Isabelle. Necesitamos que te quedes a cuidar a tu hermano, no discutas.
Izzy se cruzó de brazos y se dejó caer contra el respaldo de la silla, empezó a refunfuñar pero sus padres decidieron ignorarla. Alec estaba en la cocina sirviéndose un vaso de agua pero había escuchado la discusión que su hermana llevaba con sus padres en el comedor. Pudo haberse ofrecido, decirles que él cuidaría de Max y así Izzy podría salir, pero sabía lo que pasaría si hacia eso. Su madre le iba a mirar por un largo rato, dudando y después mirando a su esposo, el cual iba a mirar a Alec como si acabara de decir que había un león en el patio trasero.
Era obvio que no dejarían a su hijo menor con el desviado de su hijo mayor.
Así que tomó su vaso de agua, cruzó el comedor sin ver a nadie y se fue a la sala, donde había estado viendo una película hace unos minutos. Una de las pocas distracciones que se podía permitir últimamente.
Fue cuestión de tiempo para que su hermana se fuera a sentar a su lado, poniendo atención en la película un rato para después centrarse en enviar mensajes por su celular. Alec no le prestó atención, porque sabía lo que estaba tramando, había vivido toda su vida con ella, no era difícil saber que estaba tanteando el terreno para pedirle que él cuidara de Max esa noche mientras ella se escapaba para divertirse un rato.
—Alec… —empezó ella.
—No, Izzy —contestó él al instante. Cortando cualquier trato que estuviera a punto de ofrecerle.
—Por favor, es el único día libre de Simon e íbamos a ir a ver una película.
—Aunque conociera a Simon y me agradara mi respuesta seguiría siendo no.
Su hermana refunfuñó y se hizo un ovillo sobre el sofá. Volteó la cabeza para mirar detrás de ella, Alec pudo escuchar pasos de tacones y después la puerta abrirse y cerrarse. Supuso que su madre ya había ido al auto en espera de que su padre la alcanzara pronto.
Unos minutos después, mientras Izzy seguía echada sobre el sillón y él seguía viendo la película se escucharon pasos detrás de ellos. Su padre les habló como siempre, con voz clara y dura.
—Regresaremos tarde, todos deben de estar acostados antes de que volvamos.
Alec asintió con la cabeza, un movimiento exagerado para que su padre comprendiera que le había puesto atención. Su padre se acercó para revolver el cabello de su hermana y después salir por la puerta al igual que su madre había hecho hace unos minutos. Antes su madre hacia algo así con él, cuando iba a salir se despedía de él acariciándole el cabello y dejándole un beso en la coronilla. Claro que ahora ni siquiera se despedía de él.
—Alec…
—Izzy, ¿por qué crees que te lo pidieron?
Ella se quedó callada, era obvio que lo sabía. Sus padres seguían queriendo alejarlo de su hermano menor para que no sucediera nada raro de nuevo en la familia. El enfermo de su hijo mayor no debía contaminar a los demás.
—Ellos no…
—Quieren que tú lo cuides, si me ven cuidándolo van a enojarse. Por una vez sigue sus órdenes.
No espero una respuesta. Seguramente Isabelle comenzaría a discutir de nuevo y él no tenía ganas de eso. Tomó el mando de la televisión y la apagó para después levantarse e ir en dirección a las escaleras. Iba por la mitad cuando su hermanito lo detuvo, tenía una sonrisa de oreja a oreja y el casco de la bicicleta entre sus manos.
—Dijiste que me enseñarías a andar en bicicleta. ¡Hoy es un día perfecto!
Alec le sonrió y le acarició el cabello con cuidado. Max a veces odiaba eso porque lo hacía sentir pequeño.
—Está a punto de llover y me duele la cabeza, lo haremos luego, ¿sí?
Rodeó a su hermano y siguió subiendo las escaleras.
Tal vez una de las cosas que más odiaba desde que sus padres lo trataban como a un enfermo contagioso, era que se lo había llegado a creer, de vez en cuando se alejaba de Max por temor a pegarle lo que él era. No quería que su hermano menor tuviera que lidiar con algo como el odio de sus padres.
Llegó a su cuarto y se encerró. Poniéndose los audífonos y encendiendo la música en su celular. Un par de horas después se despertó, con los audífonos enredados en su cabello, la boca abierta y sin recordar en qué punto se había quedado dormido. Al revisar su celular se encontró con dos llamadas perdidas de Jace, decidió ignorarlo, concentrándose en mirar el techo de su habitación. Los últimos días había logrado encontrar algo reconfortante en eso, mirar el techo de su habitación le ayudaba a aliviar la presión que vivía últimamente. Le ayudaba a dejar de pensar en las cosas que podía hacer con las pastillas del botiquín.
Entonces lo golpeó una idea, como si de repente alguien le hubiera estrellado un jarrón en la cabeza. Se levantó de la cama como si hubiera arañas en ella, fue corriendo hacia su armario y tomó un poco de ropa, eligiéndola con cuidado pero rápidamente y se metió al baño. Se dio una ducha corta y rápida y después se apresuró a vestirse. Odiaba esa ropa nueva que había comprado con Izzy hace tiempo pero era lo que necesitaba en ese momento. Volvió a su cuarto, tomó su celular y suficiente dinero y salió de su cuarto, bajando las escaleras tan rápido como pudo y saliendo de su casa sin mirar atrás. No podía dejar que su hermana se enterara.
Fue corriendo hasta que llegó a la estación del metro, no se sintió seguro hasta que estuvo dentro del vagón y éste empezó a moverse. Su corazón latía con tanta fuerza y sentía sus manos frías y tiesas en comparación con el ardor de sus piernas. Era una idea estúpida, pero era lo mejor que había pensado en los últimos días. Detestaba el trato que estaba recibiendo, le revolvía el estómago las miradas que sus padres le dirigían, y estaba seguro de que si seguía en esa casa un minuto más iba a terminar por buscar la pistola en el cuarto de sus padres y darse un tiro en la sien.
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La chica frente a él lo estaba desnudando con la mirada. Magnus lo entendía, sabía que era atractivo y sabía cómo usarlo en ventaja, y esa linda chica acababa de caer. Un par de minutos más y la tendría en su cama gimoteando su nombre, justo lo que necesitaba una noche antes de la junta que tendría con su jefa.
Miró el vaso en su mano, lo removió con cuidado, haciendo al whisky bailar un momento para después terminarse la bebida y dejar el vaso en la barra. Se tomó un momento antes de dirigir su vista a la chica. Se acercó a ella, tomándole el rostro con delicadeza e inclinándose para poder susurrarle al oído.
—Estoy embelesado con tus ojos color whisky.
La chica soltó una risa tímida y pegó su cuerpo al de Magnus. La tenía totalmente en sus manos esa noche.
Ella se volteó para tomar su bolso de la barra, le dio una significativa mirada a Magnus y empezó a caminar hacia la salida. Él le siguió, sonriendo socarronamente hasta lograr alcanzarla una vez afuera del lugar, ella le sonreía y seguía desnudándolo con la mirada. Le rodeó la cintura con un brazo y se dirigieron a la avenida para tomar un taxi. Apenas y esperaron un par de minutos, ella levantó el bolso y un taxi se detuvo frente a ellos.
Magnus estaba inclinándose para abrir la puerta cuando alguien le sostuvo por el brazo contrario. Se obligó a girar y a encarar al desconocido. Encontrándose con el rostro descompuesto de Alec, casi podía jurar que la mano que le sostenía el brazo estaba temblando. Se veía como un perro recién abandonado en la calle y de alguna forma eso hizo que los intestinos de Magnus se encogieran. Se miraron por no más de diez segundos, lo suficiente para tomar una decisión.
—Debo ser un idiota para dejar que me arruines una cita de nuevo —declaró Magnus. Encargándose de abrir la puerta del auto y hacer un gesto con la cabeza.
Alexander se adentró de inmediato, él se volteó, dándole una disculpa a la chica y entrando al auto antes de que ella pudiera golpearlo. Le dio la dirección al conductor y éste pareció entender que debía de irse lo más rápido posible.
Permanecieron en silencio hasta que Magnus se aclaró la garganta y volteó a ver a Alec, esperando una explicación.
— ¿Qué pasó?
Alec se mordió el interior de las mejillas antes de contestar.
—Iba a darme un tiro… mis padres tienen una pistola en su habitación, iba a ir por ella y darme un tiro en la sien.
Magnus se mantuvo callado, las palabras del menor, crudas y sinceras, le habían encontrado con la guardia baja.
—No quiero morir —murmuró Alec en un suspiro—, pero tampoco quiero seguir aguantando eso.
Hubo un momento en que el menor le miró directo a los ojos, con una expresión de miedo que Magnus no supo responder. En su lugar le tomó la mano y la apretó con fuerza, deseando que ese pequeño gesto sirviera de algo. Al parecer sirvió, ambos dejaron de mirarse para concentrarse en el mundo fuera del taxi. Esperando hasta llegar a su destino.
Pagaron y llegaron al departamento del mayor con lentitud, como si no estuvieran de acuerdo en forzar las cosas. Una vez dentro Alec no le dejó siquiera prender las luces, le acercó a su cuerpo y le besó de lleno en la boca, jadeando en busca de más. Magnus lo sostuvo por la cintura y lo guio lentamente hacia la habitación. El cuerpo del menor chocando un par de veces contra los muebles antes de lograr acabar en la cama, con el moreno mirándole entre las sombras un buen rato antes de arrodillarse sobre la cama.
Alec se movió, su cuerpo casi respondiendo como si estuviera acostumbrado a estar en esa cama. Magnus le siguió, gateando y acariciándole las piernas para acomodarse entre ellas. El siguiente beso que se dieron fue totalmente diferente, el mayor paseó sus labios sobre los ajenos con lentitud, acariciándole con cuidado y pidiendo una señal que le dijera que estaba bien besarlo. Alexander le acarició los brazos, repasando la piel morena y ligeramente definida, hasta que sus manos llegaron al rostro del contrario y le sujetó con poca fuerza para hacer que bajara el rostro y se besaran de una buena vez.
Había luces de colores bailando tras los parpados de Alec cuando cerró los ojos y Magnus le besaba. Había algo escondido en su garganta y su pecho, algo que le hacía daño y le hacía tener ganas de gritar, y solo disminuía si Magnus continuaba besándolo.
Magnus se alejó, dejándole un nuevo beso en la comisura de los labios, como prometiéndole que volvería a sus labios dentro de poco. Sus manos se pasearon por el abdomen cubierto del menor y jalaron de la ropa, subiéndola y terminando por quitársela, después fueron a su propio cuerpo, deshaciéndose en un segundo de su camisa y volviendo a inclinarse y capturar los labios del contrario. Sus dedos pasearon sobre la piel del contrario, tan lentamente que Alec no podía ignorarlos, los sentía acariciar con tanta delicadeza que parecía que estaba a punto de traspasar su piel y llegar a los huesos.
Cortó el beso y hundió la cabeza en las almohadas, Magnus le miraba desde arriba, con los ojos brillando debido a la luz que entraba por el ventanal y el maquillaje dorado que los rodeaba. Y aún había un nudo inquietante en su garganta, algo que no se iba. Magnus siguió tocándolo, repasando sus músculos con lentitud hasta llegar a su cintura, rodeándolo y sujetándolo con fuerza para después empujarle con su cintura. El nudo en su garganta pareció liberarse mientras el gimoteaba al sentir el miembro del moreno.
Los labios de ambos se buscaron, casi rogando por el contacto del que se habían privado por unos minutos.
En un segundo Magnus le abrazó por la cadera mientras él le regresaba el abrazó enroscando los brazos en su cuello. Dejó la boca abierta, el nudo en su garganta desapareció después de un par de gemidos y el único sentimiento que lo embargó fue la impaciencia por poder acabar de una buena vez. Se sentía libre por primera vez en semanas, lejos de los oscuros pensamientos que le habían invadido los últimos días. Los dedos del moreno lograron colarse un par de centímetros dentro de su ropa interior, guiándole lentamente para poder guiarle en el ritmo que necesitaba.
Alec sintió el tirón en su vientre bajo, mordió sus labios un momento antes de volver a gimotear. Escuchó un gimoteó de parte de Magnus antes que él gimiera ronca y quebradamente, se dejó ir sin importarle nada más. Temblando por el orgasmo mientras el moreno le sostenía entre sus brazos.
—Está bien —murmuró Magnus sobre su sien.
Una de las manos del moreno llegó hasta su rostro, limpiándole lágrimas que no sabía cuándo habían aparecido. Después le dejó besos suaves en la mejilla.
—Todo está bien —aseguró una vez más su contrario.
La otra mano comenzó a acariciarle el costado. Los dedos de ambas manos paseando por su piel con delicadeza y provocando alivio en Alec, como si lo estuviera arreglando. Como si estuvieran agregando color a su ser.
Esta vez sintió las lágrimas inundar sus ojos y después escaparse por sus mejillas. Magnus le beso con suavidad, en los labios, las mejillas y los ojos. Le aseguró que todo estaba bien y Alexander le creyó. Por primera vez se sentía bien, en comparación con lo que había pasado se sentía como en el paraíso. Y en serio le creyó a Magnus la última vez que le aseguró que todo estaba bien.
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Cuando salió de su cuarto toda la casa estaba en silencio. Era algo obvio, había visto a su hermano salir corriendo de la casa y después a su hermana escabullirse hasta la puerta trasera. Básicamente estaba solo. Al principio no le dio importancia, tenía la casa entera para él, podía hacer lo que se le antojara por unas horas, pero después él enojo se apoderó de él. Isabelle y Alec se habían negado a enseñarle a andar en bicicleta hasta ese momento por miles de excusas pero en cuanto sus padres se iban ellos huían de la casa.
Tomó la bicicleta que había estado observando por tanto tiempo en su habitación y bajó las escaleras con cuidado. Llevaba puesto el casco en la cabeza y las coderas bajo el brazo mientras trataba de abrir la puerta y sacar la bicicleta al mismo tiempo. Tardó un momento pero al final lo logró, dejó la bicicleta afuera junto con las coderas y se metió a la casa, buscando las llaves de la puerta que había colgadas en la cocina. Una vez con las llaves en las bolsas del pantalón salió de la casa, cerrando la puerta con fuerza y poniéndose las coderas.
La calle estaba apenas iluminada por un par de lámparas públicas, hace ya unas horas que el sol se había ocultado y esa luz artificial era lo único que Max tenía para poder ver el camino por delante.
Había visto a su hermano Alec y a Jace andar en bicicleta varias veces y se veía fácil. No parecía una gran ciencia. Por lo cual se desesperó al no poder dominarlo después de veinte minutos, siempre terminaba perdiendo el equilibrio y no le gustaba demasiado la sensación de no tocar el piso con los pies. Después de media hora no tuvo gran avance, y seguía cerca de la puerta de su casa, en cada intento apenas y avanzaba un metro como máximo. Así que se decidió a avanzar más que eso. Colocó la bicicleta a un lado de la banqueta y se fijó que no pasara ningún auto por la calle.
Logró avanzar más de un metro en el primer intento y en los siguientes ya no le daba miedo tener los pies lejos del suelo. Unos minutos después ya podía mantenerse más estable por momentos, quedándose a media calle de vez en cuando y volviendo enseguida a retomar el trayecto. Era tan fácil que le daba casi pena saber que no había querido empezar hasta que alguien más le estuviera enseñando. Se quedó ensimismado en su bicicleta, tratando de dominarla, sin fijarse en su alrededor, no quería saber nada que no tuviera que ver con su nueva habilidad.
El golpe le llegó desde detrás, lo único que sus ojos lograron registrar fue la sombra que su bicicleta reflejaba en el piso debido a las luces detrás de él. Escuchó un grito que tardó en entender que venía de su boca, sintió el dolor en su costado y después en su cuello y su cabeza. Sintió que giraba y después no sintió nada más. Todo a su alrededor se apagó, como si se hubiera quedado dormido de un momento a otro, pero estaba bien, no entendía lo que había pasado pero realmente no quería saber.
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Eso es todo por ahora, me parece que es el capitulo más cursi que he escrito, y tal vez profundicé mucho en la historia de Magnus pero quería que se supiera porque él es así en ese momento.
Como dije antes espero subir la continuación pronto, coffvacacionescoff
Dudas, aclaraciones o felicitaciones son bien recibidas, si dejan un review seré muy feliz. ¡Muchas gracias por leer!
