Con muchos meses de retraso os traemos el último capítulo de este invento que hemos querido hacer entre las dos. Realmente lo hemos pasado bien con esta historia. Gracias a los que nos habéis apoyado y habéis disfrutado con ella. Quién sabe, quizás nos animemos con alguna otra.


El tictac del reloj cada vez llega a sus oídos con más claridad, como el de la ciudad que ajena a lo que pasa en su habitación y entre sus sábanas disfruta de lo que queda del fin de semana. Una sirena, un silbido, el sonido de ese insistente segundero que parece no cansarse jamás, pero ninguna pista clara de la hora que debe ser. Sin embargo no le hace falta abrir los ojos para estar segura de que ya es de día. Es más, que ya hace muchas horas que ha salido el sol. La claridad que atraviesa sus párpados cerrados la alertan de lo avanzada que está la mañana y aunque ella no es de las que se queda en la cama una vez despierta y además odia levantarse tarde, no puede hacer más que sonreír. No tendría el más mínimo reparo en quedarse así por días, por semanas. No se movería jamás. Ahora ya no. ¿Para qué? Lo tiene todo.

Las piernas entrecruzadas de los dos y el brazo protector de Rick sobre su cadera desnuda le devuelven nítidos los recuerdos de las últimas horas. Le devuelven todos y cada uno de las sensaciones que vivió desde que se empezó a arreglar para él hasta que se empezó a desvestir también para él. La boda de Ryan y Jenny. El intenso trayecto en coche. La ceremonia. El convite. El baile. Los nervios. El paseo nocturno. El café de madrugada en su casa. El beso. Los besos. Las caricias. Y Alexis... Inoportuna interrupción piensa mientras se muerde el labio y sonríe aún con los ojos cerrados, resistiéndose a abrirlos como si su felicidad se pudiera esfumar al hacerlo. Ese ha sido su sino por años. Las malditas interrupciones. Cuando no era Alexis, era Martha, o Espo, o un asesinato o un perro. ¿Qué más daba? Interrupción tras interrupción que parecían ir de la mano de las dudas, los miedos, las reservas de ambos en cruzar la línea de no retorno. Pero ayer... Ayer fue diferente. Ayer nada ni nadie iban a impedir que avanzaran de manera definitiva hacia algo juntos. Y al concluir la llamada, siguieron esta vez sí, más besos. Los suspiros. Cremalleras bajadas, botones liberados, corchetes desabrochados. Caricias ardientes que aún nota en su piel y que sabe van a quedar ahí para siempre. Tras meses, años, tras lo que le parece una vida de querer y no atreverse, de admirar y temer, de dar celos y sufrirlos, tras todo eso y más, por fin estaban en la misma página. O en la misma cama se corrige rápidamente mientras ensancha su sonrisa.

-Parece que te has despertado contenta. -Escucha la voz de Castle por encima de su hombro sobre el que deja un delicado beso de buenos días. -Espero tener algo que ver con ello. -Añade mientras le aparta con delicadeza el mechón de pelo que le cruza el rostro y que le ha impedido contemplarla tan bien como hubiera querido durante gran parte de la mañana.

-Mira que eres creído... -Gira sobre su espalda para quedar a escasos centímetros de la cara de Rick. No puede evitar acariciar la incipiente barba que oscurece ligeramente parte del rostro del su ahora también amante. ¡Amante! No puede evitar mirarle con una mezcla de amor, ternura y devoción. Como no puede evitar besarle, acariciarle sus labios con los suyos apenas rozándose. -¿Cuánto rato llevas despierto? - Inquiere entre caricias.

-Lo suficiente para saber lo guapa y relajada que estás cuando duermes. -Una mezcla de emoción y alegría recorre el cuerpo de la inspectora al ritmo que se va dando cuenta del tipo de hombre que tiene a su lado y lamenta todos los momentos, las noches perdidas por esa estúpida indecisión suya. - Y que esa belleza palidece cuando sonríes, cuando abres tus ojos y tu mirada empieza a hablar por ti.

-Dime que esto va a ser siempre así, Castle. Que no es solo la inercia de pasar esta noche perfecta juntos. - El dorso de su mano recorre la mejilla del hombre que, incapaz de saciarse ahora que la ha probado, vuelve a buscar su boca con la suya.

-Nunca ha dejado de ser así, Kate. Y dudo que algún día cambie algo de esto que hay aquí. -Se señala el pecho con su dedo índice a la altura del corazón, para rápidamente tocarle con la misma yema la punta de la nariz de su musa. -Es solo que ahora nada me impide a compartirlo contigo. No quiero seguir ocultándolo, ocultándotelo, no quiero tener que usar mis libros y a Nikki y a Rook como portavoces ocasionales y convenidos de los sentimientos que tengo por ti, de mis ilusiones, de mis planes de futuro. Ya no.

-No vas a dejar de escribir sobre sobre Nikki Heat, ¿verdad? -Kate se revuelve inquieta, sorprendida y por qué no decirlo, un punto molesta, bajo los brazos de su hombre, y acaba incorporándose ligeramente sobre el cabezal de su cama. Busca una posición más elevada con la que afrontar esa pequeña decepción que aparece inesperada en medio del mejor de sus despertares.

-¿Dónde vas? Vuelve aquí. No, claro que no voy a dejar de escribir sobre nosotros. ¡Qué tontería...! Ven aquí de nuevo y deja que te lo explique. -Con un ligero movimiento de cabeza pretende animarla a recuperar la posición que tenían momentos antes.

A regañadientes, con la pereza de hacer algo a disgusto y acompañando sus movimientos lentos con una expresión dramáticamente seria, le hace caso y vuelve a acomodarse en el espacio aún caliente que había dejado entre las sábanas de su cama y el torso del escritor.

-Lo que quería decir es que no voy a tener que usar mis libros para decirte lo que pienso. A partir de ahora también podré escribir algunas de las cosas que hayamos vivido los dos, que haya compartido antes contigo, que quizás te haya susurrado al oído. -La mirada de ella de suaviza con la explicación que va recibiendo. -Y todas aquellas fantasías sexuales demasiado gore que he imaginado poner en práctica contigo y que no me atreveré a pedirte qu... ¡Uy! -Una palmada sobre el trasero de Rick interrumpe su falsa insolencia. -Eso es agresión, abuso de la autoridad policial, Inspectora. No me deja más opción que defenderme.

Una guerra de cosquillas, de carcajadas, de caricias y de besos cada vez más intensos se hace dueña y señora de la estancia más privada del apartamento de Beckett. Una batalla de amor, de deseo, de pasión ya descontrolada que termina en un empate técnico a la espera de reponer fuerzas suficientes para iniciar un nuevo ataque.

-¿Por qué hemos tardado tanto en estar así, Rick? -la cabeza de Kate descansa en el pecho aún agitado de Castle, quien dibuja trazos aleatorios con su dedo anular en la espalda de su musa mientras la escucha.

-Lo realmente importante es que finalmente lo estamos, ¿no lo crees? -Tras unos instantes de callada reflexión prosigue en un susurro, casi diciéndoselo a sí mismo. -A veces llegué a perder la esperanza de que alguna vez daría este paso contigo. Realmente me lo has puesto difícil.

-Rick, yo...

-Shh... No digas nada. Como te decía lo realmente importante es que hemos llegado hasta aquí. Ahora quiero aprovechar este momento, quiero vivirlo en toda su intensidad, recordar tantos detalles como sea posible. Déjame disfrutar de la felicidad que siento, Kate, de tu compañía... -Breves pausas van acompañando su relato. Segundos en los que van teniendo la certeza de que eso es mucho más que un sueño. -Mientras dormías te he estado observando, ya lo sabes. Y me he dado cuenta de que nunca, nunca me había sentido así por alguien. Nunca he querido tanto algo, a alguien. He sentido incluso miedo a tenerlo, a disfrutarlo por la mera posibilidad de perderlo alguna vez. Esto que iniciamos solo puede salirnos bien, Kate.

-Es curioso, Castle. Has puesto palabras a mis pensamientos, a mis dudas.

-¿En sintonía también en la cama? -Los dos se miran y se sonríen con complicidad. No pueden dejar de hacerlo. No pueden dejar de acercarse ni de sacar ventaja de la situación ni de los sentimientos que ambos comparten. No pueden dejar de querer recuperar en un día todo lo que durante cuatro años pospusieron.

-En perfecta sintonía diría yo. -Le da la razón a escasos milímetros de tocar sus labios de nuevo. Un roce que es todo ternura, cariño, amor. Un momento de delicada intimidad, de paciente y dulce tortura que les prepara para otra sesión de mutuas atenciones. Unos preliminares que van subiendo la temperatura de la habitación, un juego de dos que cesa súbitamente al sentir la presencia de un invitado no esperado.

-¿Eso ha sido mi estómago o el tuyo? ¿O el de los dos?

-No me extrañaría que también se pusieran ellos de acuerdo, Kate. ¿Te parece que hagamos un receso para desayunar algo? Solo un pequeño receso... -Estira el brazo hacia atrás, palpando su superficie hasta localizar su reloj de pulsera que abandonó a su suerte horas antes. -O mejor pasamos mejor a la comida. Es casi la una.

-Me parece una excelente idea. Espérame aquí. -Salta de la cama sin esperar respuesta del escritor, que sigue embelesado los movimientos desnudos de su compañera por la habitación mientras ella busca algo que ponerse encima.

-¿Te vas a vestir? ¿Y si te ensucias? -Eleva un poco más el tono cuando Kate abandona la estancia pasando una larga camiseta gris de la NYPD por su cabeza, girando la cabeza hacia él en el último momento, regalándole un guiño cómplice.

-Me la tendrás que quitar...

Desde el centro de la cama, cruza los dedos de sus manos por detrás de la cabeza. Y mientras espera que ella vuelva, sonríe. Ha valido la pena. Todos y cada uno de los minutos pasados a su lado, persiguiéndola, molestándola, provocándola, poniéndose y poniéndola en peligro, admirándola, sonrojándola, deseándola. Todo, absolutamente todo había valido la pena.


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Hasta la próxima.

Val e Isabel