Advertencias: La primera canción que aparecerá en cierto momento es The laughing gnome, de David Bowie, mientras que la segunda es Soy Rebelde, interpretada por Jeanette. Que conste que no es necesario escucharlas xD Capítulo donde hay que malpensar. Mucho.
Capítulo 8: Un loco de atar
Su casa jamás le había parecido tan grande como en aquel momento. Él, acurrucado en su cama, miraba fijamente al techo. Podría pensar en muchas cosas, pero prefirió no hacerlo. Era mucho mejor concentrarse en un punto perdido del techo. ¡Qué sucio estaba! Un día había estado tan limpio y hermoso ahora tan descuidado y sombrío.
¿Y por qué diantres estaba describiendo el techo?
Ni se molestó en descifrar sus propias ideas. Lo único que quería era dormir plácidamente hasta que la mañana lo importunase con los primeros rayos de sol. De pronto, oyó el sonar del timbre. Frunció el ceño. Descartó que se tratase de Emma. Ella era demasiado orgullosa como para presentarse tan pronto. Lo más probable es que fuera Govert, que habría venido para cantarle las cuarenta o incluso para mantener un debate con sus señores puños.
…Quizás era Lovino. Animado por aquella nimia posibilidad, se levantó de la cama y fue a abrir la puerta, sin pausa pero sin prisa. Vio la figura de Lovino mirándolo fijamente con aquellos ojos tan expresivos y nerviosos mientras le gritaba que le ayudara a aprender español. Qué excusa tan pobre. Pero Antonio, por muy denso que pudiera ser en ocasiones, pudo comprender las intenciones del italiano. Primero quiso decirle lo mucho que le había echado de menos. Luego dudó sobre si elogiarle por aprender su idioma. También podría agradecerle que viniera a verle cuando estaba tan mal, ya que seguramente Emma le habría contado algo.
Pero no.
Simplemente se lanzó a sus brazos, abrazándolo con fuerza. Quería estar así para siempre con él, sintiendo su calor y aquel aroma a champú de melocotón que emanaba Lovino.
—A-Antonio… —escuchó la voz de Lovino. Le estaba acariciando la espalda con dulzura— S-si quieres llorar para desahogarte, te j-juro que intentaré no reírme de ti…
Lovino, él siempre tan poco claro a la hora de mostrarse comprensivo, pero siempre tan involucrado con los sentimientos de los demás.
—No soy una nena —respondió Antonio con una sonrisa triste—. Anda, entremos en casa.
Nada más soltar a Lovino, sintió su mirada clavándose en él. No era su típico mirar enfadado o ceñudo, sino uno indescifrable. No pudo entender qué le intentaba transmitir con aquella expresión que tanta dulzura y tristeza desprendía a partes iguales.
Pero Lovino tampoco supo interpretar el discreto rubor que se apoderó de las mejillas de Antonio.
Sólo un idiota como Antonio podía preocuparse por colmar a un invitado de aperitivos y bebidas en un momento así. Lovino insistió en que no necesitaba nada, pero el anfitrión era demasiado pesado y al final el otro joven no tuvo más remedio que aceptar.
Antonio volvió con varias botellas de vino y cerveza.
—Oye, ni se te ocurra emborracharte —dijo Lovino con un tono amenazador—. Si estás mal, cuéntame tus preocupaciones o esas mierdas cursis que salen en las películas, pero no te vayas a pensar que el alcohol es la solución.
—Cómo te preocupas por mí.
—¡¿Cómo no me voy a preocupar, si pareces un muerto viviente? —vociferó, con ganas de golpear a aquel engendro— ¡Mírate! ¡Mírate! ¡Das asco!
—Qué malo —soltó una risita ahogada.
Por muchas ganas que tuviera Lovino de adecentar a su amigo, se contuvo. Estaba ahí para animar al español, aunque él no se mostrase demasiado cooperativo.
—Me figuro que sabes que he discutido con Emma —lo miró con el semblante decaído.
—Vino llorando a mi casa —se rascó la nuca a la par que giraba la cara para evitar la mirada de Antonio—. Parecía triste.
Se esperaba que Antonio soltase un comentario como «¡Pobrecita mi niña!» o «Qué pena… Lo debe de estar pasando mal»; sin embargo, las expectativas de Lovino cayeron de golpe al oír el comentario del "novio perfecto".
—Vaya.
—¿Cómo que «vaya»? —cruzó los brazos— Eso ha sonado a un «que se joda» clarísimo.
—Tampoco es eso… Quiero lo mejor para Emma, pero como comprenderás no me pondré a compadecerme de ella, especialmente después de haber hecho tantas cosas horribles…
—¿Como qué?
—Pues como haberte prohibido que me vieras —le miró con el ceño fruncido y cierto reproche—. Me molestó que te metiese en el medio de nuestros problemas. Y tampoco me gustó que tú le hicieras caso.
—Hay que joderse, va a ser que la culpa es mía —nada más bufar, sintió la cabeza de Antonio en su hombro—. ¡Y aparta la cabeza, joder! Ahora soy yo el que está enfadado.
—No estoy enfadado contigo —sonrió—. Le hiciste un favor a Emma y punto, ¿pero, sabes? Estuve muy preocupado por ti. Pensaba que te había pasado algo.
—Vaya —dijo Lovino, imitando a Antonio.
—¡Lo digo en serio, Lovi! —se incorporó y lo miró a los ojos— ¡Sabes que yo te quiero mucho!
El corazón casi le dio un vuelco al escuchar aquella declaración. Se notaba que Antonio lo decía de manera amistosa, pero aun así esas palabras resonaron en la mente de Lovino una y otra vez.
Se dio cuenta de que siempre había querido escucharlas. Quería que Antonio le dijera «Te quiero» y eso sólo podía significar una cosa. Una cosa imposible que parecía estarse tornando en realidad.
No podía ser. ¡No podía ser!
Antes de poder contestarle, Antonio ya estaba bebiéndose un vaso de vino riojano. Lovino le regañó por estar empinando el codo, teniendo en cuenta que le había dicho expresamente que no lo hiciera, pero el español era un temerario y desobedecía las órdenes.
—¡Pero qué bueno está! —exclamó Antonio, más o menos sonriente. Le ofreció la misma copa con la que había estado bebiendo— ¡Prueba!
—Y una mierda. Está de tus babas.
—¡Prueba!
—Está bien, ¡pero no bebas más! ¡Como te emborraches, aquí pasará algo malo!
—Ni que te fuera a violar —soltó una carcajada.
—¡Sólo faltaría eso! —no le hacía gracia aquel comentario. Había escuchado demasiadas historias de Antonio embriagado y no quería ser el protagonista de la siguiente— Como me hagas algo raro, se lo diré a Govert y vendrá a cortarte los huevos.
Aun si era una broma, Antonio se lo tomó bastante mal. Frunció el ceño y se bebió el vino que le iba a dar a Lovino. Volvió a coger la botella y llenó el vaso de nuevo, ofreciéndoselo de nuevo. Él bebió despacio para saborear y analizar exhaustivamente el sabor del vino de La Rioja.
—No está mal.
—Lo sé —sonrió orgulloso—. El vino español siempre es bueno. ¿Pero sabes qué? ¡También tengo vino francés!
Se levantó y fue a coger un vino galo que Lovino no tenía el placer de conocer. Llenó la única copa. Al italiano no le agradaba tener que compartirla con Antonio, aunque realmente el anfitrión era prácticamente el único que bebía.
—Esa Emma… Dejando a mi Lovi solo… —tenía las mejillas ligeramente sonrojadas y no era precisamente por vergüenza— ¡No se lo perdonaré! ¿Me oyes?
—Te oigo, joder, que no estoy sordo.
Antonio bebía. Lovino pensaba. Echaba de menos aquella sensación porque, por mucho que insultara constantemente a Antonio, se lo pasaba bien a su lado. Aunque en aquel momento el muchacho se estuviera desterrando a sí mismo de la sobriedad y estuviera soltando cada vez más frases incoherentes. Se reía cada dos segundos y sus mejillas ardían casi tanto como las de Lovino.
Diez minutos después ya estaba oficialmente borracho.
Joder.
—¡Y eso que te dije que no bebieras! ¡Es que eres como un niño pequeño! —gritó enfadado.
Antonio, ignorando las protestas de su amigo, se lanzó a él con copa en mano para abrazarle. En cuestión de segundos Lovino tenía la camisa completamente manchada de vino, eso sí, también tenía sobre él a un español que no paraba de acariciarle las mejillas y toqueteárselas.
—¡Tus mejillas son tan blandas! —rió Antonio— ¡Quiero estirarlas!
—¡Quita de encima, tarugo! ¿No ves que me has manchado la camisa?
Parpadeó como malamente pudo y su mente embriagada le sugirió que se deshiciese del problema. Teniendo en cuenta que el problema era la camisa, lo lógico sería sacarla.
—¡N-no me desabroches la camisa! —berreó, tan rojo como un tomate— ¡Quita, coño!
Dio patadas al aire y Antonio, sobresaltado, se retiró de encima del italiano, aunque logró quitarle la camisa. Se levantó y fue correteando por el salón con ella en la mano, jugando con ella como si fuera una cometa.
—¡La camisa es libre! —reía a carcajadas ante la mirada iracunda de su amigo.
—¡Devuélvemela! ¡Tengo frío!
—¡Vuela al viento, camisa rosa! ¡Vuelaaa! —giró sobre sí mismo y extendió los brazos— ¡Soy un hada!
Los temores de Lovino se hicieron realidad: Antonio estaba borracho y era más infantil que los clientes de la juguetería. Quería preguntarle a Dios por qué hizo que se enamorase de alguien así de imbécil.
…
No.
¡No estaba enamorado! ¿Por qué tuvo que surgir esa palabra? ¿Cómo iba a estar enamorado de su mejor amigo?
—¡Ahora haré que los pantalones también sean libres! —se quitó sus propios pantalones y los lanzó al aire— ¡Libertaaad!
¡Encima su mejor amigo era estúpido!
—Antonio, ¡ponte los pantalones! ¡Vas a coger un resfriado! —intentó mirarle a los ojos. No debía bajar su vista bajo ningún concepto.
—¡Para e-eso primero de-deberás atraparme! ¡Ja!
Lanzó la camisa y continuó retozando, con la diferencia de que ahora su circuito era toda la casa. Lovino no se lo podía creer. Él sin camisa. Antonio en bóxers negros.
Mierda. Al final sí que bajó la mirada.
Lovino recogió los pantalones del español del suelo y fue a buscarlo. Lo encontró corriendo en círculos en su propio cuarto, aunque nada más verlo Antonio intentó escapar, pero fracasó y cayó al suelo con la torpeza característica de un hombre ebrio. Se partía de la risa, a pesar de que Lovino estaba asesinándolo con la mirada.
—Lovi, Lovi, ¿puedo contarte un secreto? —siguió carcajeando.
—Sorpréndeme —lo ayudó a que se sentase en el suelo. Lovino hizo lo propio.
—Creo que estoy borracho —le guiñó un ojo e intentaba reprimir una risita tonta.
—No me digas —entornó la vista—. Mira, no estoy de humor como para aguantarte, ¡así que compórtate como el ser civilizado que no eres y ponte los putos pantalones!
—¿Los pantalones son putos?
—¡Cállate! ¡Sabes bien a lo que me refiero! —la paciencia ya se le estaba agotando.
—¡Son putos! —volvió a jugar con las mejillas de su amigo— ¡Como tú!
Y no tardó en darle el buen cabezazo que se merecía. ¿Cómo osaba llamarle puto? Antonio parecía desconocer el concepto de dolor y continuó riéndose. Parecía una hiena drogada.
—Lovi —se incorporó de nuevo y se secó las lágrimas—, eres el hombre bala.
Volvió a lanzarse sobre él, provocando que la cabeza de Lovino chocase contra el suelo. Intentó empujar al español, pero no podía. Antonio tenía una fuerza sobrehumana. Aquellos ojos verdes lo miraban mientras le suplicaban, aunque Lovino no sabía qué le estaban pidiendo exactamente.
—Lovi… —murmuró con sensualidad mientras le acariciaba la oreja.
Aquella forma de pronunciar su nombre no le gustó nada. La sangre se le estaba concentrando en lugares variopintos de su cuerpo, especialmente en las mejillas. Era embarazoso tener a aquel hombre que tanto le estaba trastornando encima, pero aún era peor que estuviera más borracho que una cuba.
—D-Dime… —estaban tan cerca que podía apreciar el aliento vinoso.
—Siempre hubo algo que quise hacer contigo… —dijo con lujuria. Lovino estaba a punto de morir de un patatús. ¡No era normal que el corazón le latiera tan rápido!
—A-Antonio, que tienes novia… —susurró nervioso— Que no está bien…
—No me importa… Sólo quiero «jugar» con mi «amigo» —le lamió la mejilla.
¡Le lamió la puta mejilla! ¡Aquello no era normal! Lo que le faltaba a Lovino, que encima de estar confuso con sus sentimientos viniera Antonio a confundirle el cuerpo. Ya le estaban temblando las piernas y sentía que de un momento a otro iba a desfallecer.
Súbitamente, y para sorpresa del italiano, Antonio se volvió a sentar en el suelo y extendió los brazos. Lovino lo miró interrogante.
—¡Siempre quise jugar contigo a las palmas! —canturreó, más feliz que una perdiz.
—¿Qué…? —preguntó tal y como si se hallase en medio de un planeta desconocido.
Le obligó a estirar los brazos para que así ambos pudieran jugar. Antonio se recreaba feliz con las palmas de su amigo mientras cantaba canciones improvisadas.
Cuando el niño con cuerpo de adulto se aburrió de su juego, se levantó y se lanzó en plancha en su cama, observando quedamente el techo. Aquella tranquilidad perturbó a Lovino, ya que sabía que avecinaba la calma antes de la tormenta.
—Lovi, si tú estuvieras en m-mi situación, ¿lucharías por Emma? —preguntó serio, aunque su forma torpe de pronunciar las palabras delataba la cantidad de alcohol que circulaba por sus venas.
—Si la quieres sí, supongo —se levantó del suelo, mirando también al techo. Le dolía haberle dicho eso, pero no podía permitir que sus sentimientos tan confusos le nublaran el juicio o, lo que era peor, perjudicaran a Emma.
—¿Yo la quiero? —apartó la vista del techo y clavó sus orbes en Lovino.
—¡Claro que la quieres! —espetó Lovino con el corazón en un puño— ¡Estás enamorado de ella! Por muy borracho que estés, no permitiré que insinúes cosas raras.
No respondió. Se limitó a mirarse los dedos de la mano. Eran tan largos… ¡y tenían uñas! El cuerpo humano era fascinante. Los movió maravillado, sonriendo como si su sueño se acabara de hacer realidad. De pronto, se puso a saltar en la cama con cara de pánico.
—¡Antonio, para ya! ¡Vas a darte una hostia contra el techo y… y… te morirás!
—¡Pero Lovino, tú no lo entiendes! —continuó saltando, al borde del llanto.
—¿Qué es lo que tengo que comprender? ¡Bájate de ahí, coño!
Obedeció y se sentó en la cama, pensativo. Miró a Lovino con curiosidad y, tras un rato, se fue corriendo a lágrima viva.
—¡Ahora ya no podré regresar a mi planeta natal!
Quizás ahí Lovino comprendió que la noche iba a ser muy, pero que muy larga.
Antonio lloraba, abrazaba, reía, cantaba, se quitaba la camiseta. No paraba quieto un segundo y Lovino ya estaba demasiado agotado de perseguirlo para cerciorarse de que no se hiciera daño. ¡No le gustaba el lado ebrio de Antonio! Quería recuperar al idiota de siempre, no a ese ser misterioso y reidor.
Vio la camisa roja de Antonio en el suelo y la olisqueó sólo para comprobar si olía a alcohol. No por otra cosa. Afortunadamente, olía a Antonio. Seguía sin su camisa rosa, pero al menos tenía la camiseta de Antonio en las manos.
Se la colocó con el único propósito de protegerse del frío. Le quedaba un poco grande, pero estaba tan calentita que ni le importó. Se sonrojó. No debería estar preocupándose por esas tonterías, sino concentrándose en Antonio. Era normal que se pusiera nervioso si un hombre semidesnudo se pusiera sobre él, ¿no? Además, tampoco era extraño tenerle cariño a un amigo. De ahí pudo deducir que sus sentimientos hacia el español no eran otra cosa sino amistad.
Simple amistad.
—¡Lovi, Lovi, mira qué encontré! —volvió al salón con varias cosas en las manos— ¡Mira, condones! —dejó caer todo lo demás al suelo— ¡Hagamos cochinadas indecentes!
—¿P-pero tú estás en tus cabales, hijo de Dios? —sujetó con firmeza la cruz que colgaba de su cuello. Ya no sabía si tenía el corazón en el pecho, en la cabeza o en la entrepierna. Le latía todo el cuerpo, ¡eso no podía ser buena señal!
Pero ya era demasiado tarde: Antonio había entrado en la cocina. ¿Por qué en la cocina? ¿Acaso ese hombre tenía alguna obsesión misteriosa relacionada con mantener relaciones sexuales rodeado de comida? De todas formas, Lovino tenía claro que no iba a tener nada con Antonio, por varios motivos.
Emma era la razón principal. El mero hecho de babearse por Antonio era una traición hacia la belga, pero ya acostarse con él sería asestarle una puñalada trapera. Afortunadamente, Antonio nunca le había atraído físicamente, así que estaba seguro de que no caería ante la tentación. Que se hubiera fijado en el torso desnudo del español en contadas ocasiones no significaba absolutamente nada.
Ya mosqueado por la conducta del español, Lovino entró en la cocina y se topó con Antonio, tan carialegre como siempre, con algo en la mano. Algo que Lovino esperaba que no fuera lo que se estaba imaginando que era.
—¡Pelea de condones de agua! —soltó feliz, llenó el preservativo de agua e intentó luchar con él— ¡Espada láser del planeta Condón Alfa! ¡Fiuuu!
Como no podía ser de otro modo, su torpeza le traicionó y no sólo acabó golpeando a su mejor amigo con un método anticonceptivo, sino que lo había mojado de arriba abajo.
—¡Mierda, Antonio! —gritó, furioso y empapado. Se le hinchó la vena del cuello, muestra de que asesinaría a alguien en cuestión de segundos. Se aproximó amenazadoramente a la causa de sus problemas— ¡Te estás pasando y mucho!
—Yo sólo quería jugar… No te enfades… —lo miró con cara de corderito degollado. ¡Joder!
—¡¿Cómo pretendes que no me enfade? ¡Eres un puto imb…!
El sonido de una canción interrumpió a Lovino. Antonio había encendido el reproductor de música a todo volumen que tenía en la cocina.
Hahaha! Heeheehee! I'm a laughing gnome and you can't catch me!
—¡Atrápame si puedes! —y volvió a huir.
Lovino decidió que no iría tras él. Supuso que Antonio se aburriría al sentirse ignorado y volvería suplicando clemencia. Suspirando, el italiano se sentó en el sofá y encendió la televisión. Subió el volumen al máximo para no escuchar la canción tan estrambótica que retumbaba en la casa.
¿Por qué mierda lo primero que se encontró fue una película pornográfica? ¡¿Y por qué coño Antonio acudió corriendo al sofá nada más oír aquello?
—Lovi, no sabía que tenías estas aficiones —dijo mientras le acariciaba los labios con el índice.
—¡No es culpa mía de que todo el mundo conspire contra mí! —apagó la tele, cerrando los ojos para no retener ninguna imagen— ¡Y no me mires con lujuria!
Antonio soltó una carcajada. Lovino no supo de qué se reía.
—¿Sabes qué? ¡Emma se enfadará muuuucho al ver la cocina hecha un desastre! —siguió riéndose.
—Pues ya me dirás qué tiene eso de gracioso.
—Mucho —apoyó la cabeza en el regazo de su amigo y estiró el brazo para acariciarle el rostro—. De lo contrario, no me reiría. ¡Ni que fuera tonto! —carcajeó con vigor una vez más.
—Se enfadará cuando vea la que has montado con los condones —dio un manotazo a la mano que intentaba darle mimos.
—Bah, no te creas —sonrió—. Emma nunca quiere tener nada conmigo después de una discusión… ¡Puede estar una semana entera sin darme amor! Yo lo paso mal y me hincho a comer alitas de pollo, pero claro, Gil me pilla y me regaña, así que cuando le explico lo que me pasa me lleva a burdeles, pero yo me siento sucio y me marcho. Y Gil también se siente sucio y se marcha. Francis se queda.
Aun cuando hablaba entrecortadamente e interrumpiéndose a sí mismo con risitas, se notaba que estaba diciendo la verdad. Lovino se preocupó al escuchar aquellas palabras. Nunca se había interesado por la vida sexual de Antonio y desde luego no quería saber con qué tipo de gente se codeaba su amigo.
Sólo el hermano de Ludwig podría corromper la dulce e inocente alma de Antonio.
—¿Quieres que te diga algo?
—No.
—¡Hay una c-canción que me recuerda muuucho a ti! —aclaró la garganta— Yo soy rebelde porque el muuundo me ha hecho asíii. Porque nadie me ha tratado con amoooor.
—Cállate —ordenó ofendido.
—Porque nadie me ha querido nunca oíiiiir —alzó aún más la voz. Lovino se preguntó dónde diablos estaban los vecinos quejicas cuando se les necesitaba—. Y quisiera seeer como el niño aqueeel, como el hombre aquel que es feliiiiz.
—¡Te estoy diciendo que calles!
— Y quisiera daaar lo que hay en míii, todo a cambio de una amistaaad —se rió—. Y soñaaaar y viviiir. Y olvidaaar eeel rencooor. Y cantaaaar y reíiiir. Y sentir sólo amoooor.
Lovino apartó con brusquedad la cabeza de Antonio de su regazo y se levantó enfadado. Lo que le faltaba era que un puñetero borracho viniera a recordarle lo asquerosa que era su existencia y la envidia que le tenía. ¡Pues no lo iba a consentir! Dio un portazo y se encerró en la habitación de Antonio y Emma. Se echó en la cama, aquella cama tan grande y cómoda, con la intención de dejarse abrazar por Morfeo. Sólo un ser inexistente —o en su defecto, un borrachín— lo abrazaría, al fin y al cabo.
…Quería que Antonio entrase en el cuarto y le preguntara qué le pasaba y que luego se disculpara. Harían las paces. Pero no. El borracho era un imbécil egoísta que, a juzgar por el sonido que escuchaba Lovino de copas y botellas, continuaba con su «ardua» misión de embriagarse aún más.
Genial. No necesitaba a Antonio.
—Conque «sentir sólo amor», ¿eh? —enterró su cara en la almohada— Imbécil.
Estaba profundamente dormido. Ni siquiera era capaz de notar la presencia del mosquito que pululaba por la habitación. La cama de Antonio era tan cómoda… y estaba calentita, como si el español hubiera estado allí no mucho tiempo atrás.
La puerta se abrió y trajo consigo demasiada claridad. Lovino protestó en sueños.
Una figura tambaleante entró en el cuarto danzando, o quizás luchando por no caerse. Antes de darse cuenta, se echó bruscamente en la cama junto a Lovino, ¿era Lovino? ¿O era Emma? Era una persona. Y estaba templadita.
Sí, debía de ser Emma.
Comenzó a acariciarla, pasando las manos dulcemente por las piernas peludas de su novia y depositando besos por su cuello.
Lovino despertó de golpe. Alguien le estaba metiendo mano de forma descarada. Besándole el cuello. Dado que sólo estaban el borracho y él en casa, llegó a la brillante conclusión de que el culpable era Antonio.
Tenía miedo.
No era miedo por el hecho de que su amigo ebrio le hiciese mimos, sino porque le gustaba aquello. No quería que le gustase. Estaba mal, muy mal.
Las manos habilidosas del español rozaban sensualmente la piel de Lovino. Sus labios no cesaban de recorrer con lujuria su cuello y su clavícula, provocando que el italiano fuera a soltar algún gemido nada casto de un momento a otro. Aquellas benditas manos le bajaron las «braguitas» a «Emma», para así tener mejor acceso a aquel culito tan suave —más suave de lo normal— y encantador.
«Mierda, mierda, mierda», se repetía Lovino a sí mismo. No debería estar disfrutando. Iba a ir al infierno por no interrumpir a Antonio y berrearle que se había equivocado de persona.
Notó que Antonio pasó una pierna por encima de la suya y que con una de las manos le acariciaba los cabellos lentamente.
«¿Pero qué coño está haciendo este memo?». Quería continuar despotricando internamente, pero aquel placer que le provocaba Antonio le estaba empezando a nublar la mente. Tenía que largarse de allí de alguna manera. Como siguiera así, Antonio se calentaría e intentaría pasar a mayores. ¡No podía permitirlo!
Era inconcebible que se estuviese poniendo así por un par de caricias tontas.
—Emma, cielo mío… —susurró con un tono sensual y desconocido para Lovino, aproximándose a su oreja— Hazme «eso».
El corazón le iba a explotar de un momento a otro, lo que significaría que se moriría. Por consiguiente, Emma lo encontraría muerto en la cama con Antonio al lado y deduciría algo que no era del todo cierto. Se pensaría que Lovino era el amante de Antonio y, como el italiano estaría muerto, jamás podría explicarle a la belga que su novio lo intentó violar. Esa perturbación en su alma no le dejaría descansar en paz, así que sería un espíritu triste y melancólico que se convertiría en un fantasma cabrón.
Lovino no quería ser un fantasma cabrón.
—Emma, mi vida, hazme «eso» que sólo tú sabes hacerme tan bien…
Pero estaba cada vez más cerca de serlo. El rubor le llegaba hasta las orejas y se veía incapaz de articular palabra. Temblaba como un puto flan.
Y una parte de él que no debía despertar lo estaba haciendo.
El dolor le inundó al oír a Antonio pronunciando el nombre de su amada. Obviamente, mientras le acariciaba estaba pensando en Emma, su Emma. Le dolía que la única persona para Antonio fuera aquella chica y no… él. ¿Eso significaba que estaba celoso?
—Hazme tostadas con mermelada, cielo… —susurró a la par que «la» agarraba del abdomen y «la» atraía hacia su pecho.
—¿Qué…?
Por mucho que intentase buscarle el significado sexual a las tostadas con mermelada, no lo encontraba. Si aquello era una metáfora, era una muy extraña. En cierto modo le agradó comprobar que su mente no estaba tan enferma como para encontrarle un lado sucio a semejante expresión. Afortunadamente, él no era Francis.
Lo siguiente que oyó fue el respirar pesado y tranquilo de alguien que duerme. No podía ser. ¡No podía ser que Antonio, quien casi le había violado, se hubiese quedado más frito que una patata en menos de dos segundos!
Lo peor de todo es que mientras uno dormía plácidamente, el otro tenía los ojos más abiertos que un par de platos gigantescos. Tenía a Antonio abrazándolo como si fuera un oso de peluche y encima sus glúteos mantenían contacto con las partes nobles de Antonio.
Joder, qué asco. ¿Por qué a él?
Es que era el colmo. Durante días se estuvo devanando los sesos sobre qué significaban sus sentimientos hacia Antonio, pero siempre tratándolo desde un punto de vista puro e inocente; no obstante, tuvo que llegar el borracho sexual a incrustarle aún más cuestiones de difícil solución en su ya suficientemente atormentada cabecita.
¿La parte buena? Ya no tenía ninguna duda al respecto. Se sintió estúpido por estar confundido tanto tiempo por un asunto así.
Obviamente, estaba enamorado de Antonio. O tal vez no. O sí. ¡No, no, por supuesto que no! Menuda locura.
Mierda. ¿A quién pretendía engañar? ¡Claro que lo estaba!
Era muy perturbador que se diese cuenta de eso en una situación así, pero en la mente de Lovino todo tenía sentido. O quizás no, pero ya daba igual. Pero, ¿qué iba a hacer? Se tragaría sus emociones con agua y las camuflaría de la mejor forma posible. Él simplemente quería ser amigo de Antonio, nada más. Por mucho que a veces deseara que Emma y su novio rompieran, en realidad sólo quería verlos felices a los dos, sin discutir. No quería hacerle daño a Emma por nada del mundo.
Aunque no es que Antonio se fuese a fijar en él. El español estaba demasiado apegado a su Emma como para darle una oportunidad a Lovino. Oportunidad que no quería que llegase jamás.
Con esas ideas tan torturadoras en mente, hizo de todo salvo quedarse dormido. ¿Cómo iba a dormir después de tener un día tan difícil? Quiso ver a Antonio, quiso no ver a Antonio y finalmente llegó a la conclusión de que quería a Antonio.
—Me… duele la vagina… —murmuró el español entre sueños.
Maldito Antonio.
—Lovi, despierta —dijo una voz muy familiar.
—Ñe.
—¿«Ñe»? ¿Cómo que «ñe»? —se rió— Vamos, marmota, despierta.
—Despertaría si hubiera dormido —contestó malhumorado—. Que tenga los ojos cerrados no quiere decir que esté durmiendo.
—Pobre, se nota que no has dormido. ¡Menudas ojeras! —le acarició la cabeza— No recuerdo nada de lo que hice anoche, pero perdóname, por favor. Fijo que te molesté mucho.
—¡No me hables! —se tapó con las sábanas para evitar la mirada de Antonio— ¡No sabes por lo que me has hecho pasar!
Se introdujo también en el misterioso mundo de las sábanas, sonriéndole a Lovino. Él bufó e intentó darle una patada a Antonio, pero fracasó estrepitosamente.
—¡Mierda! —gritó aún más furioso que antes.
—Te lo vuelvo a decir: no recuerdo nada, pero te pido perdón de todos modos —se rascó la barbilla—. Sé que soy muy… difícil de controlar cuando estoy ebrio. Además he encontrado una caja de condones en la cocina y…
—Los condones los llenaste de agua y me los lanzaste —contestó, tirándole de las orejas—. ¡Y encima tú te reías!
Regresó al exterior y se levantó de la cama, esperando a que Antonio hiciese lo mismo. El muy idiota, para variar, se estaba riendo, aunque esta vez con dejes de vergüenza.
—¿Entonces me perdonas?
Lovino vaciló durante unos segundos y adoptó una pose interesante en aquel proceso tan complejo que él denominaba «pensar».
—No.
—¿Eh? ¿Cómo que no?
—¡Que no, coño! ¡Y no se hable más!
El italiano abandonó la habitación, furioso. Realmente no estaba molesto con Antonio, sino consigo mismo. Se odiaba porque era un maldito traidor ponzoñoso. ¿Ahora cómo miraría a Emma a la cara?
Antonio lo siguió con semblante tristón y procurando recordar qué sucedió la noche anterior. Lo último que le faltaba era que su Lovi se enfadara con él y le hiciera el vacío. ¡Necesitaba más que nunca la compañía de un buen amigo!
—Lovino, no me evites… —dijo con pena.
—No te evito —se sentó en el sofá con expresión ceñuda y los brazos cruzados.
—Me evitas —sentenció, sentándose a su lado—. ¿Por qué me haces esto? —intentó mirarle a los ojos, pero el italiano siempre se rehusaba a devolverle la mirada— ¿Lovi?
—¡Deja de llamarme Lovi, joder! ¡Me llamo Lovino! —empezó a enrojecerse— ¿Y sabes qué? ¡Si te digo que no me pasa nada es que no me pasa nada y punto!
—Sí que te pasa algo —su voz ya sonaba algo más enojada—. Estás raro.
—Al menos yo lo estoy temporalmente, no como tú.
—¿A qué viene eso?
Lovino también se preguntó eso. ¿Por qué se estaba comportando como un idiota con Antonio? Seguía molesto por alguna de las travesuras del español, pero tampoco era para tanto.
Lo único que deseaba era que Antonio dejase de ser simpático y… encontrar algún motivo por el que odiarlo. O al menos para desenamorarse de él.
—Si quieres contarme algo, soy todo oídos.
—No, quien va a contarme algo eres tú a mí. Ayer te pusiste a beber y te olvidaste de desahogarte como una persona normal —bufó.
—Pues no sé qué quieres que te diga…
—¡Pues cómo te sientes! No sé, después de discutir con tu parienta te sentirás de alguna manera, digo yo.
Antonio frunció el ceño. No le gustaba nada el tonito que estaba empleando Lovino, pero no podía culparle.
—Estoy enfadado y dolido —espetó tras pensar durante una eternidad, aunque por momentos parecía que pronunciaba las palabras con burla— con Emma y ella lo está conmigo, supongo. Como ya dije, no me gustó que te aislara. Me rompió el corazón la idea de verte solo en tu apartamento y aburriéndote como una ostra.
Pero qué considerado y amable era Antonio. ¿Cómo podía fingir un gesto de enfado ante tal muestra de aprecio? Pues siendo un hueso duro de roer como Lovino Vargas. Lo único que no pudo reprimir fue el leve color carmesí que se pintó por arte de magia en su rostro, pero por lo demás, seguía pareciendo indignado.
—Ya.
—Pues sí, Lovino, aunque parezca que no te lo quieres creer, te quiero —adoptó su cara de cachorrito decepcionado.
—Ya —se sonrojó aún más. Mierda, ¿cómo era posible que para Antonio un «te quiero» significase una cosa y para Lovino otra totalmente distinta?
—Voy a preparar el desayuno —suspiró agotado.
—¡No! —Lovino lo interrumpió, aunque no sabía exactamente qué decir— Y-yo tengo algo que contarte…
—¿A qué viene esa timidez tan repentina? —soltó una carcajada enternecida— ¡Pero qué rojo estás! ¡Te pareces a Tomás! —volvió a acariciarle la cabeza— En fin, ¿de qué se tra…? ¿Oh?
Se fijó en una marca que tenía Lovino en el cuello. Era curioso, pero la noche anterior no la había visto. Parecía una «marca del amor». Un chupón.
Eso sólo podía significar una cosa…
—¡Un chupetón! —exclamó emocionado— Conque te has echado un ligue, ¿eh, granuja?
Lovino tuvo sentimientos encontrados por aquel comentario. En primer lugar, se sentía decepcionado al ver que a Antonio le hacía ilusión que hubiera flirteado con alguien, mientras que otra parte de él sonreía al tener un amigo que se alegrase por su —hipotético— triunfo sentimental.
—No.
—¿Eh? ¿Cómo que no? —lo toqueteó— Pero si tienes aquí el chupetón, a mí tú no me engañas —le sonrió de forma pícara—. Así que esta semana has estado muy ocupado, ¿eh? ¿Quién ha sido el pillastre que te ha hecho eso? Cuéntaselo a tu ángel de la guarda.
Se imaginó que el culpable no era otro sino el mismísimo Antonio, ¿pero qué le iba a decir? «Me lo hiciste tú anoche cuando casi me violas creyéndote que era Emma» no sería una buena respuesta, desde luego.
—No es un chupón —aclaró—. Lo parece, pero no lo es. Además, apenas salí de casa, así que no te ilusiones.
—¡Te da vergüenza! —soltó una carcajada— ¡Apuesto a que eso era lo que me querías contar hace un momento! Venga, venga —los ojos le hacían chiribitas—, cuéntamelo todo. ¡Con pelos y señales!
—No voy a soltar prenda —declaró completamente colorado.
—Claro que no soltarás prenda, ya te desnudaste con tu «amante bandido», ¿eh?— le dio un codazo propio de un viejo verde— ¿Eh?
—¡Déjame en paz! ¡No te tengo por qué contar nada! —alzó la voz, levantándose del sofá y dirigiéndole una mirada cargada de repulsión— ¡Parece que te gusta la idea de que me tire a un tío!
Mierda, así dicho sí que parecía que mantenía relaciones con alguien.
—Me haría feliz ver que tienes pareja —sonrió—. Quiero lo mejor para ti. Y que sepas —añadió— que Francis y Gil siempre me cuentan sus conquistas.
Cuando Lovino iba a replicar, el timbre sonó. Antonio se levantó rápidamente para abrir la puerta, sin siquiera preguntarse de quién se podría tratar.
Era Govert. No parecía nada contento de verle.
—¡Ah, Gov! —le saludó con una sonrisa incómoda— ¿Qué tal?
—¿Dónde está Lovino?
—En el sofá, ¿por q…?
—Se vuelve a casa —lo interrumpió—. Ya ha pasado demasiado tiempo aquí.
Lovino, al notar que estaban hablando de él, se levantó para saber qué sucedía. Nada más verlo, Govert le cogió bruscamente de un brazo y tiró de él para sacarlo del apartamento de su hermana. Antonio, nada satisfecho con la situación, jaló el otro brazo del italiano.
—¡Oye, no te puedes llevar a Lovi así, por las buenas de Dios!
—Que te calles —ordenó Govert con el ceño fruncido.
—¡Me hacéis daño! —protestó Lovino.
Nada más oír aquella queja, Antonio le soltó para no seguir torturándole. Govert, sin dar explicación alguna, se introdujo en el ascensor y arrastró a Lovino consigo.
Antonio no entendió nada. Luego llamaría a su amigo para preguntarle qué mosca le había picado a su cuñado.
Su cuñado… ¿Quizás Govert había venido por algo relacionado con Emma? Se sintió culpable, pues apenas pensó en Emma durante lo que llevaba despierto. Sólo esperaba que estuviera mejor que él.
…Y cómo le dolía la cabeza.
Entraron en una cafetería cualquiera y cogieron un asiento alejado de las ventanas y de las miradas de las vecinas indiscretas. Lovino no sabía bien qué estaba sucediendo y por qué estaba en una cafetería, y Govert no parecía muy dispuesto a explicárselo.
—Dime qué tal estás —ordenó con un tono autoritario.
—No me he acostado con Antonio —contestó rápidamente, demasiado nervioso como para pensar en algo coherente.
—¿Qué?
—Ah, bien. Muy bien. Mejor que bien —respondió al borde de tener un ataque de nervios.
Govert tenía la mirada de quien conoce un secreto perturbador. ¡La tenía! ¡Fijo que de algún modo u otro se había colado en la habitación de Emma y vio cómo Antonio le hacía manitas mientras que Lovino no oponía resistencia alguna! De tanto ver series japonesas, lo más probable es que se le metieran los ideales ninjas en la mente.
Lovino tenía la mirada de quien iba a morir al ser devorado por un dinosaurio.
—Mira, chaval, no estoy para tonterías. Sólo quiero que me cuentes todo lo que te haya dicho Antonio sobre Emma.
—No sé… ¡Se emborrachó!
—¿Se emborrachó? —repitió con desagrado, recordando todas aquellas atrocidades que sufrió años atrás.
—Sí… Me golpeó con condones llenos de agua.
—Jódete —espetó—. Te pasa por enamorarte de un imbécil.
Justo cuando iba a replicarle diciéndole que al menos no le habían lanzado un zapato a la frente, analizó las últimas palabras de Govert. ¿Le dijo que estaba enamorado? No. Imposible. Lovino debía de estar medio sordo y paranoico, por lo cual oía cosas jamás dichas.
Eso era.
—¿Qué…?
—No te hagas el sueco —bajó el volumen, asqueado—. Sé que te gusta el… el mierdas ese.
No, no era.
—¡¿Pero qué dices? ¿A mí, Antonio? ¡JA! —mintió de forma descarada. Él sabía que sentía algo por Antonio, pero una cosa era admitirlo para sus adentros y otra era que el cuñado berserker de su amor platónico se enterara.
Lovino, al alzar el cuello a causa de unos tics provocados por su incipiente nerviosismo, dejó inconscientemente que su pequeño secreto saliera a la luz. Su chupón. Govert lo vio enseguida y por un momento se planteó estrangular al italiano.
—Dime quién te ha hecho el chupón.
—¿Qué chupón? —temblaba.
—El de tu cuello.
No tenía escapatoria. A Antonio lo podía engañar porque era tonto, ¿pero a Govert? ¡Si hasta sabía que le gustaba Antonio, cuando el propio Lovino se había enterado aquel mismo día!
La ira se acumulaba progresivamente en los ojos de Govert. Lovino tenía miedo.
Iba a morir.
Notas: En este capítulo se ha descubierto la verdad: El culete de Lovino es más suave que el de Emma. Además, a Antonio debe de parecerle normal que su novia tenga pelos en las piernas (no pelillos, no, sino tal cantidad de pelos largos que hasta una trenza podría hacer). Y no sé qué más decir xD Me siento imbécil por haber escrito este capítulo, pero siempre quise hacer un fic donde saliese Antonio borracho colándose en cama prójima y manoseando… Dx
Contador de palabrotas: ¡36! (¡Jojojo!)
¡Y muchas gracias a todos por vuestros hermosos reviews! Me animan mucho, en serio~ Ejem, ahora a responder a los reviews sin cuenta (?):
Nayo: Q-qué amable de tu parte~ La señorita aquí presente se lo agradece~ ¡Claro que sé dónde está Cataluña! ;A; ¡Es un gran sitio! Es más, voy todos los años~ 83 No te disculpes, es más, debería pedir perdón yo por escribir algo así xD De todas formas, una de mis intenciones era que el capítulo fuera algo más aburridillo, para que así "cuadrara" más con los sentimientos de Lovino~ (sí, sí, excusas xD). ¡Muchas gracias por los ánimos! Ya sólo me quedan dos exámenes *¬* ¡Muchas gracias por el review~!
Hitsuji: Pero es que yo dibujo muy mal… Intento hacer un cuadrado y me sale una circunferencia D': Govert es el más listo de todos, ¿no ves que él creó a Tomás? Tiene una mente privilegiada. Él era el elegido para ser el primero en darse cuenta de todo (?) Te juro que no me di cuenta de que Govert dijo eso hasta que lo mencionaste tú xD La verdad es que es una frase que yo digo muchísimo ;A; ¡Muchas gracias por los ánimos con los exámenes! *u* ¡Y muchas gracias también por el review~!
Rainele8: Da igual si es con cuenta o sin ella, lo importante es dejar un review 8D Es como pagar con un billete de diez euros o con diez monedas de un euro: el valor es el mismo (menuda comparación xD). Oh, Dios, pero qué caras tan raras debes de poner al leer :'D No pasa na', mujer, todos tenemos dosis internas de estupidez que se manifiestan en ocasiones (?) Me siento súper sucia y depravada cuando alguien menciona la polla de Gilbert xDDD ¡Me alegro de que te guste el fic! *A* Y me casaré contigo de buena gana, eso sí, lo único que te pido es que me des de comer~ ¡Muchas gracias por darme suerte con los exámenes! ;A; ¡Y muchísimas gracias por los reviews~!
Mayra: Y a mí me encanta que te encante~ Descuida, tu secreto está a salvo conmigo ;) Ahora, si me disculpas, iré a comprar un megáfono para decirle a todo el mundo qu… *muere* La verdad es que no actualizo un día en concreto, sino cuando termino de escribir un capítulo xD pero más o menos actualizo una vez por semana~ ¡Muchas gracias por el review~!
Moonplata: Pues molaría que te derritieses, así podríamos meterte en una botella y vender zumo de Moonplata (?) Esto… Digo… Yo creo que en el fondo Lovi es una adolescente pija y enamoradiza de 15 años que se hace pasar por italiano adulto. Nos está engañando a todos. A mí me gustaría ver su polla por la televisión xD Cielo santo, ese debe de ser lo más bonito que he leído en años… :'D Eso, la trucha al trucho es otra expresión bastante tonta, sobre todo teniendo en cuenta que se divorciaron hace 10 años y ella le quitó el piso, los niños y hasta el coche. Maldita trucha ù.ú ¡Y muchas gracias por el review~!
¡Y eso es todo por hoy! ¡Cuidaos mucho, hermosuras~! (?)
