8.
Contrastes.
"Cierras los ojos. El silencio te consume. Lo que eres, lo que sientes, se duerme en tu interior. En esta larga espera todo es confuso, se deforma. Tu corazón se inquieta, lleno de ansiedad, como si supiera las respuestas a preguntas que no han sido formuladas. Te estremeces con lo que tus sueños pintan en matices oscuros pero es el miedo el que lo emborrona todo. ¿Qué es real en un mundo hecho de sombras? Tal vez nada. La incertidumbre te enferma. Quieres huir pero te obligas a quedarte para proteger lo poco que te queda, te sostienes de una mota de esperanza que agoniza entre tus manos. Y mientras el mundo gira tú sigues esperando."
La luz cedió poco a poco hasta disiparse por completo y, con ella, la lluvia también lo hizo. El silencio creció con la noche como tiende a pasar con las noches oscuras, como si se tratara de un hechizo. Todo parecía diferente en la oscuridad, las formas y los sonidos, hasta los recuerdos.
Al cerrar los ojos sintió que caía, que atravesaba el sólido colchón y caía al vacío, pronto todo daba vueltas de una manera extraña. Era por el cansancio, por, tras dos meses frustrantes, depender tres días de unas pocas horas de duermevela. Esa noche no iba mejor, el sueño la había abandonado minutos después de recargar la cabeza en al almohada. No dormiría aquella noche, lo sabía, pero siguió fingiendo creer que, eventualmente, se quedaría dormida de todas maneras. Fingir era mejor que abrir los ojos y enfrentar el vacío.
Un sonido claro y constante atravesó sus pensamientos. Ella apretó sus parpados con fuerza, como si se trataran de un escudo, pero el sonido se hizo más fuerte, estentóreo. Lo único coherente en su mente ahora era un pensamiento asesino. Un pobre gato tenía los segundos contados, lo curioso era que el animalito era el que llevaba la cuenta.
El gato-reloj no era lo primero ni lo último que la había desquiciado en esas tres noches, únicamente era lo más constante, cercano y ruidoso. Sin embargo, en aquellas largas noches ella había hecho una larga lista de posibles culpables a su insomnio: el lugar donde estaba, las habitantes del pequeño apartamento, las estrechas dimensiones de la habitación, el decorado de la misma, el perro del vecino... Habían pasado por su lista objetos, animales y personas. Ni Tk Takaishi, con todo y ser la mejor persona que conocía, había sido perdonado... Aunque, lo que realmente la molestaba, lo que realmente le impedía dormir, no fue enlistado, no podía ni nombrarlo, ni siquiera podía aceptar que estaba allí. Miedo, tan simple, tan común. Miedo de diferentes clases y en diferentes intensidades. Miedo despertado por eventos pasados y recientes. Miedo que acrecentaba la presión sobre su corazón. Ella no podía admitirlo, no podía permitirse esa debilidad entre todas. Así que continúo culpando a todo y a todos hasta que se cansó de gruñir, maldecir y dar vueltas sobre el colchón.
Tic-tac... Tic-tac... Tic-tac...
La joven se incorporó en la cama y desvió la mirada en dirección del estruendoso minino, contempló los ojos de pupilas alargadas moverse de izquierda a derecha al ritmo del tic-tac. Cada segundo la arrastraba un poco más cerca del borde de la desesperación absoluta. ¿Quién en su sano juicio tendría una cosa tan fea?
Tic-tac... Tic-tac... Tic-tac...
¡Suficiente! De un movimiento apartó las sábanas y se levantó de la cama, dio tres largas zancadas hasta la pared y tomó al animalillo, dispuesta a hacerlo mil pedazos si hacía falta; molesta y cansada. Sus manos temblaban, ella trató de controlarlas para poder quitarle las pilas al reloj, pero no pudo coordinar sus movimientos y el reloj-gato calló al suelo, las manecillas se detuvieron y en la habitación reinó un pesado silencio.
Entonces entendió lo que le sucedía.
Limpió las lágrimas de sus ojos antes de que trazaran ruta alguna sobre su blanca piel y se dejó caer al piso de madera con lentitud, una vez ahí escondió su cara entre sus manos mientras revivía un proceso conocido, pero esta vez no tenía los fuertes brazos de Tk para protegerla, ni sus palabras de consuelo. Esta vez estaba sola. Era mil veces peor luchar contra las lágrimas sola en la oscuridad.
El tono del teléfono en su oído fue lo que la hizo consiente de lo que había hecho. Sabía que él necesita el descanso más que ella, que debería colgar.
—Aló —lo escuchó responder antes de poder decidirse.
"Soy tan egoísta" pensó, antes de pedirle que fuera por ella, de decirle que no podía seguir allí.
Tk no le hizo ninguna pregunta, ella lo apreció por ello. Tampoco se quejó por la hora o por haber sido despertado, lo cual la hizo sonreír con tristeza.
—Estaré ahí en un momento —le aseguró.
—Dépêche-toi ! S'il te plaît !
Un largo suspiro fue todo lo que puedo manejar para controlarse al cortar la llamada. Sus labios temblaron un poco pero ella desvió su atención para encargarse de otras cosas. Tendió la cama. Se cambió el pijama por unos jeans azules y una playera blanca. Peinó su largo cabello rubio que aún estaba un poco húmedo y lo trenzó hábilmente. Tomó su bolsa y salió aprisa, no soportando estar un minuto más allí, contenta de poder salir de aquellas estrechas cuatro paredes que la habían tenido como prisionera casi tres noches completas. ¡Cielos, era como vivir en un armario!
Cerró la puerta de la entrada de un portazo, esperando despertar a alguien.
La media noche había pasado, eso era seguro, pero las horas exactas antes del amanecer eran inciertas. La calle lucía desierta y la chica estaba a punto de regresar y esperar por Takeru dentro cuando lo vio. No pudo evitar correr hacia él, aun cuando pensó en cómo se vería. No le importó cuando sintió sus brazos rodeándola.
—Passes-tu quoi? —le preguntó él en susurró en su oído.
Catherine rió sin saber cómo explicarse o si quería hacerlo. Ella sintió de pronto sus problemas pequeños. Sus mejillas se tiñeron de color y se mordió un labio, dudando. Tk merecía una respuesta y ella quería dársela pero lo primero que hizo fue reprocharle el haberla enviado con las japonesas. Le dijo que no tenía queja alguna de Takenouchi pero que las otras dos, "les precieuses ridicules", le hacían la vida imposible. Una era un demonio de cabello lila y la otra era demasiado falsa. Confesó que se sentía atrapada en aquel lugar, que temía hacer cualquier cosa y que, aun cuando todo estaba en calma, tenía miedo incluso de salir de su propia habitación. Y así continuó hablando de todas las cosas que la habían torturado mientras Takeru la miraba, serio y callado, hasta que puso un dedo un sus labios para callarla y la atrajo a sus brazos nuevamente acariciándole la espalda para calmarla. Catt supo que él entendía lo que pasaba sin necesidad de decirlo pero aun así cerró los ojos dejando que aquel nombre se pronunciara por su voz quebrada.
Yuri Nóvikov. Takeru entendía, para su amiga él era su Mimi, su familia. Sabía que se preocupaba por él más profundamente que por Clove. Catherine era fuerte y decidida, pero no soportaba la incertidumbre, se imaginaba lo peor, siempre lo peor. Había pasado con ella por esto, por el sonido vacío de su voz al decirle que Yuri había sido atrapado, dos años atrás. Y vio como su preocupación le fisuraba el corazón hasta fracturarlo al admitir una vez, y sólo una vez, que probablemente estuviera muerto. Ahora volvía a pasar por aquel proceso. Esta vez, por desgracia, no tenían en la mente únicamente a Yuri.
Catherine lo miraba a los ojos como si mirara un espejo, analizando cada detalle en ellos, cada emoción que contenían. Los ojos azules de ella reflejaban el mismo dolor y miedo que los suyos. Era más sencillo de esta manera, era más fácil ser fuerte por alguien más.
A los ojos de un solitario observador, Catt y Tk parecían ser sólo una pareja de enamorados intercambiando cariño en vez de pesar y miedo.
~ º ~
Hikari se alejó de la baranda y volvió dentro del apartamento abrazándose a sí misma. El aire de la madrugada era frío por la humedad y atravesaba la delgada barrera de tela rosa que cubría su piel sin dificultad. Tiritando, regresó a su cama y se cubrió con las cobijas como si esperara que la protegieran del mundo, de todo lo que no comprendía, de todo lo que le hacía daño.
Las cobijas no podían protegerla de sus propios pensamientos.
Hikari jugaba con ideas peligrosas. Soledad y tristezas no debían ser alimentadas, sobre todo con un corazón enfermizo. No había mucho que ella pudiera hacer, ciertamente, no con Catherine LeBlanc viviendo bajo el mismo techo.
La japonesa estaba convencida de que una chica que presumía ser de lo mejor de la sociedad francesa debería tener mejores modales. Estaba segura que no fue la única a la que había despertado. Menos mal que Miyako estaba en una misión porque aquella grosería hubiera significado una declaración de guerra para ella. Quizá lo había sido...
Yagami no acertaba a comprender cómo alguien como ella era... amiga de Takeru. ¡Ella era una chica altiva, creída y odiosa! Tres días le eran suficientes para saberlo..., aunque, en realidad, la chica francesa apenas y regresaba al apartamento para dormir y realmente no la había tratado, no, no había hecho esfuerzo alguno por conocerla.
Suspiró.
Cuántas veces había escuchado a los chicos hablar de Catherine en tono de ensoñación, como si hablaran de la mujer perfecta. Taichi no dejaba de hablar de su belleza, de decir que era la chica más hermosa que conocía (y ponía cara de bobo cada vez que lo decía). Yamato había hablado sobre su carácter, había dicho que lo había sorprendido que fuera tan decidida para alguien tan joven, que se hubiera ganado el respeto de todos los tamer bajo su mando. Incluso Jyou y Koushiro habían comentado lo agradable y divertida que era. Las palabras que más le pesaban eran las de Takeru: «No es gran sacrificio pretender ser su novio», había asegurado. Y ese era por mucho, un halago superior a cualquier otro, porque conocía a Takeru, sabía que él no desperdiciaba su tiempo con cualquier chica al azar, si disfrutaba pasar tiempo con Catherine, era porque le encontraba muchas virtudes que ella no había notado, que él no veía a la chica malcriada y quejumbrosa.
Se torturó pensando qué veían aquellos ojos azules en aquella chica. Y se lastimó aún más diciéndose que el acto del noviazgo, seguramente, ya no era una fachada, en lo absoluto. Lo seguro era que fueran pareja y eso le dolía, tanto como el saber que ella ya no tenía derecho para inquirir en el asunto, para exigir cuenta de sus atenciones y de sus cortesías, para preguntar si había pasado mucho más entre ellos que besos falsos.
Se encontró preguntándose si realmente estaban juntos y, si era, así cuánto tiempo llevaban como pareja. ¿Había corrido a sus brazos cuando supo lo de Ken? ¿Habrían tenido algo mucho antes? Su cabeza le dio vueltas al asunto a la vez que reconocía que era su culpa si Takeru no estaba con ella.
"Tal vez Catherine es mejor que yo", pensó amargamente.
Hikari trataba de controlarse pero su corazón no le obedecía. Desde que había visto a Takeru en el aeropuerto, todo lo que habían vivido juntos había escapado del escondrijo donde había tratado de guardar todos sus sentimientos por él. Había sido una tortura el tiempo separados, muchos años extrañando, aferrándose a pequeños momentos que habían acabado por culpa suya. Estaba harta de la soledad que la había aprisionado, únicamente le bastó verlo para que ese sentimiento cediera, pero entendía que él ahora era solo un sueño imposible. Se recriminaba por sus pensamientos, por sus deseos y anhelos, se creía egoísta.
Lo suyo con Takeru había terminado hacía mucho pero la herida se sentía reciente y profunda. Por un segundo deseó que Miyako estuviera ahí y luego recordó que ellas realmente ya no eran amigas, ya no más, también por culpa suya.
Hikari estaba sola, muy sola y abrazó la almohada, cerró los ojos y dejó escapar un par de lágrimas antes de quedarse dormida.
No debió de quedarse dormida. Dormirse la dejaba vulnerable.
La penumbra de la madrugada deambulaba a su alrededor, se arrastraba por el suelo de la habitación, trepaba por las paredes, caminaba por el techo y estiraba sus dedos para tocarla. Aunque sus ojos estaban cerrados podía notar en ellos el tinte oscuro del que carecía su corazón. Ella se removió en sus sueños, inquieta, sintiendo la presión de aquella mano sobre su garganta. No respiraba. Se incorporó, despertando de golpe, tratando de huir de un mundo lóbrego sólo para entrar a otro. Al menos en este mundo podía respirar.
La luz mortecina de la luna había cedido ante el inminente amanecer dejando esa tierra a merced de la sedienta negrura que buscaba escondites de la luz del sol. Hikari se estremeció sintiéndose todavía en aquel piélago de agua salada, como si la arrastrara la corriente, como si la atrajera a su destino. Un llamado que perdura. El miedo y la desesperación la paralizaban, el mundo de sus pesadillas la reclamaba y ella estaba aterrada, temía no tener la fuerza para resistir.
Una vez había dicho que todo eso había terminado, que nunca volvería a aquel mundo. Se creyó libre. Fue mentira.
Soñaba con él a menudo. Cuando la soledad se volvía insoportable y la visitaban la desdicha y la tristeza, al cerrar los ojos estaba en una playa desierta. La densa neblina ocultando todo, pero el sonido de las olas quebrándose en la orilla y el fuerte aroma a sal eran inconfundibles. Al abrir los ojos la desesperación permanecía, agolpada sobre su pecho, al principio había tendido a disiparse a medida que la luz del día tomaba fuerza pero con el paso del tiempo la desesperación se quedo más tiempo en ella hasta que llegó el momento en el que sentía que estaba con ella siempre. Nunca dijo nada, temía a su propia debilidad. ¿Cómo admitir que seguía siendo acechada por los temores que tenía desde los onces años? ¿Cómo admitir ser así de débil? Además, no quería preocupar a nadie, no eran tiempos para que ella reclamara atención que no merecía. Una razón sobre las demás retenía este secreto guardado con celo, la sobreprotegían como a si se tratara de una niña indefensa, ya la habían subestimado lo suficiente; no les daría más motivos para hacerla a un lado. Ella era más fuerte, tenía que serlo.
El reloj despertador sonó y ella parpadeó un par de veces antes de comprender lo que significaba el sonido. Tenía un largo día delante, ella y Ken estaban obligados a ir a clases, la orden directa había sido cortesía de su hermano. Sí, estaban al borde de la guerra y ella estaba obligada a ir a clases, se sentía una chiquilla nuevamente.
Al apresurarse para alistarse para la escuela se sentía extraña, dispersa. Fue el tiempo lo que la obligó a no prestar atención a todos aquellos sentimientos que solían atosigarla, que la habían torturado aquella mañana, que la acompañarían durante el día.
El automóvil negro ya esperaba por ella cuando salió del edificio, esto no la hizo mejorar su humor.
—Buenos días, Hikari —la saludó un joven en cuanto se subió al auto. El cabello del chico estaba un poco crecido pero le sentaba bien a la forma de su cara y enmarcaba sus bondadosos ojos negros.
—Buenos días —contestó ella al ponerse el cinturón sin estar muy convencida de que fueron buenos.
—¿Tienes todo?
Ella asintió y Ken puso en marcha el vehículo. Hubo un momento de silencio que Ken aprovechó para mirar de reojo a la chica hasta que Hikari lo descubrió y le preguntó qué hacía.
—Nada —mintió el joven apretando con más fuerza el volante. Dos minutos después, continuó con sus miradas furtivas.
—Ken —advirtió la chica.
—Han pasado varios días —dijo él, aprovechando el tráfico para mirarla al hablarle—. Y yo me preguntaba... —la pregunta no fue hecha, simplemente suspiró y le dijo completamente seguro—: No has cumplido tu parte del acuerdo, ¿verdad?
—¿No creo que sea relevante en este momento? —la actitud defensiva que había adoptado decía mucho más de lo que ella pretendía.
—¿Has cambiado de parecer? —preguntó, esperanzado, y la chica negó lentamente con la cabeza.
—Honestamente, creo que no es tiempo de hablar de esto. No vamos a llegar a la primera clase gracias a mí, estamos estancados en el tráfico y...
—Vamos Hikari, no es como si pudiéramos hacer algo más. Además, me preocupas, no te he visto en el colegio y comienzo a pensar que me evitas.
—He estado muy ocupada.
—¿Sabes?, mi mi agenda no es menos apretada que la tuya, Hikari.
El tono de ironía que uso Ken no le agrado para nada a la joven pero no protestó, lo merecía.
—Si no fuera por mí estarías con ellos ahora, no atrapado en la Tierra, conmigo. ¿Por qué no estás enojado?
El tráfico pareció comenzar a moverse de manera más fluida, Ken tomó esto como pretexto para no apartar los ojos del camino. Él parecía muy pensativo o frustrado, Hikari no sabía decir.
—No has entendido, ¿no es así? ¡Ojalá pudieras entender, Hikari! Si, me encantaría estar con los otros ayudando y me molestó que no me dejarán abandonar la escuela, lo sabes, no te lo he ocultado. Pero no te culpo, entiende, y no creo que todo sea tan malo... —El auto se detuvo y ella deseó que no hubiera sido así, la fijeza de su mirada contrastó enormemente con el cuidado que puso en sus siguientes palabras—: Al menos puedo estar contigo.
Hikari apartó la mirada y acomodó la mochila en sus piernas buscando entretener sus manos, el color en sus mejillas no podía decir ni lo incómoda ni lo culpable que se sentía. Quería decir algo, lo que fuera que ahuyentara el incómodo silencio, pero no se le ocurrió nada y tal vez era mejor dejar así las cosas.
—Tú no opinas igual —lo escuchó murmurar—, según veo.
No había dolor en su voz pero sus palabras le decían que estaba allí.
—Ken yo...
—Está bien, no te preocupes. Yo no debí de acorralarte con todo esto... Disculpa, Hikari, ni yo puedo conmigo últimamente. ¿Estamos bien?
Él sonreía y ella sonrió también en un acuerdo por dejar el tema en paz, pero la tensión entre ellos crecía, pese a los esfuerzos de Ken. Parecía que sólo le causaba daño esos días.
—Estamos bien —confirmó ella, deseando que fuera así.
No sabía cómo se las había arreglado para comenzar el día de aquella manera, haciendo que Ken, Ken entre todas las personas, se disculpara con ella. Siempre era igual, ella metía la pata y Ken era quién pedía disculpas. Por una vez quería que le gritara, que se enojara con ella, que le dijera las cosas que se merecía oír. No, Ken era demasiado bueno. Ella debería estar pidiéndole disculpas, no al revés.
Y el día apenas comenzaba, algo le decía que no quería saber cómo terminaría.
~ º ~
Ryo salió de la cama hasta que fue penosamente evidente que era de día, aunque lo que lo había obligado a levantarse había sido su estómago, no la luz del sol. Además, la calma y el silencio le aseguraban que nadie más se había levantado. Abandonó la habitación caminando torpemente, bostezando y revolviéndose el cabello castaño que necesitaba un corte. Apenas y prestó atención mientras su cuerpo seguía el recién aprendido camino a la cocina, no que fuera complicado. Los anaqueles estaban vacíos y el chico moreno no pudo evitar mirar dentro de un envoltorio de frituras en busca de moronas, se moría de hambre.
Algo se movió en el sillón.
—¿Takeru? —el aludido gruñó cubriéndose con la cobija.
El chico rió a carcajadas, no había forma alguna en la que el joven rubio de alrededor de un metro noventa cupiera en aquel silloncito, era patético verlo tratar.
—No te rías —gruñó Takeru sin mostrar la cara, Ryo continuó sin hacerle caso.
—¿Tu cama y tú no son amigos? —preguntó, divertido, caminando hacia la sala para verlo mejor.
—Me odia —contestó sin molestarse en abrir los ojos, arrebujándose entre las cobijas.
—¿En verdad dormiste algo?
—Un poco —contestó sin sonar convincente.
Takeru esperó a que Ryo dijera algo más y cuando no siguió, entendió que debía de levantarse. ¡Oh, debió de pensar en cómo explicaría esto antes de acostarse! Se incorporó estirándose y se frotó los ojos mientras su hermano lo miraba analíticamente, tratando de averiguar qué hacia durmiendo en el sillón. Takeru desvió la mirada.
—Catt llamó en la madrugada.
Ryo sonrió, y su sonrisa se hizo más genuina cuando Takeru se sonrojó ligeramente. Quería preguntarle algo, lo supo por la forma en la que alternaba la mirada de su improvisada cama a la puerta cerrada de su habitación.
—Hablamos un poco, le dije que podía descansar en mi cama... —No supo qué más decir y esto parecía divertirle a Ryo.
—Catt nunca necesita una excusa, puede venir cuando quiera, por mí que se mude con nosotros. Lo único que no entiendo es qué haces aquí, en el sillón... —Takeru iba a hablar pero Ryo levantó un dedo para advertirle—: Y no salgas con falsas excusas, no es como si tú y ella no pudieran compartir una cama con sanos propósitos de descanso... Al menos que eso sea...
—¡Ryo!
—Bien, entonces explícate. Si no dices nada soy libre de adivinar todo lo que yo quiera —comentó, alegremente, quitándose la cobija que le habían aventado de la cara.
Takeru pareció meditar en ello, pero sacudió la cabeza, abatido.
—Sabes, si no la hubieras alejado no hubieras tenido que ir por ella en primer lugar —su hermano lo miraba con cara de «¿o me equivoco?»—. No entiendo exactamente qué hay entre tú y ella, pero esto —y señaló la improvisada cama— es ridículo, y no es como si no nos sobrara otra cama.
El joven se sobó el cuello haciendo tiempo para pensar, había cosas que no quería contestar aunque no entendiera por qué.
—A Mimi no le gustaría que alguien entrara a su habitación sin permiso. Menos que durmieran en su cama.
Mimi nunca había estado en aquel apartamento, tal vez ni siquiera le gustaría aquella habitación, por lo que sabían de Mimi hasta podría exigir quedarse con las chicas, pero en la mente de Takeru aquella era la habitación de la chica. El joven ni siquiera se había atrevido a entrar a aquel cuarto desde que abandonó la mochila de su amiga en él, simplemente no podía.
—Necesito estar concentrado en esto o me volveré loco —continuó el chico—. Mimi merece que mi mente sólo piense en rescatarla. Nada más debería importar.
Ryo dobló la cobija y la puso sobre la almohada, al lado de su hermano.
—Lo dices cómo si Catt te distrajera.
Takeru abrió la boca pero ninguna palabra abandonó sus labios. Su hermano ladeó una sonrisa y dejó aquel tema por la paz, ya había dicho lo que quería y, además, sabía cómo funcionaba la mente del chico que tenía enfrente.
—¿Qué haremos hoy?
—Pretender que obedecemos —contestó inmediatamente, como si fuera una respuesta programada—. Tenemos órdenes de no salir de la zona. No podemos aparecer en el Memorial sin ser llamados y es probable que eso no suceda hasta que regresen los chicos de mundo digital. —Takeru inspiró profundamente—. Wallace sigue insistiendo en que no morirá en paz hasta no ver la estatua del Gundam y tenga una foto como prueba... Lo más que podemos hacer hoy es mandar un par de mensajes, pero si algún contacto supiera algo Koushiro lo sabría... —terminó con la voz estrangulada.
Ryo bajo la mirada y se pasó una mano por el cabello.
—Takeru, ¿qué haremos si termina esta semana y no tenemos pista alguna?
Takeru no se había permitido formular el pensamiento. Se había repetido una vez tras otra que sabrían algo muy pronto. Su estomago hizo otro nudo y una arruga de preocupación apareció sobre su frente.
—No lo sé —confesó, apenas audiblemente, diciendo las palabras con lentitud en un tono de angustia que su hermano no había escuchado jamás—. Haría lo que fuera por traerlos sanos y salvos. Lo que sea —aseguró, vehementemente, como si tratara de convencer a alguien.
—Lo sé —dijo con lentitud su hermano—. Lo sé. Yo también soy capaz de cualquier cosa... Me asusta, ¿sabes? El precio que los traerán a casa, me asusta que no me importe.
Takeru entendía, le temía también, pero suponía que era natural, no se trataba de sí mismos, de su propio bienestar, de su propio futuro. Era por el bienestar y el futuro de los chicos. Suponía que era natural que el costo no importara.
La D-terminal de Takeru comenzó a vibrar. El chico la tomó para mirar la pequeña pantalla, arrugó el entrecejo al leer el mesaje que acababa de recibir y se apresuró a responderlo. Ryo, pensando que tal vez se tratara de algo sus amigos, no dijo nada hasta que su hermano terminó de escribir, entonces lo interrogó:
—¿Quién era? —trató de que no fuera evidente su ansiedad, un poco.
—Iori —contestó, preocupado—. Ayer se comunicó conmigo, sonaba extrañó, quería que fuera a Kyoto, dijo que tenía que hablar conmigo pero...
—Tenemos prohibido salir—apuntó Ryo, hastiado de su arraigo en Odaiba.
—Insiste en verme en persona, dijo que vendría mañana sábado. Parece preocupado —dijo con cansancio. Últimamente todos parecían preocupados, deseaba que no le hubiera sucedido nada malo porque no creía poder con más problemas de los que ya tenía encima.
—¿Qué tanto sabe de la situación en la que estamos? ¿Lo mantienen al tanto?
Takeru se encogió de hombros y se revolvió el cabello en un gesto de frustración.
—No debería saber nada pero creo que Miyako lo mantiene al tanto por, citando a Yako, consideración. Creo que no es la única.
—Consideración —el chico rió—. Lo más considerado en estos días es mantener a familiares y amigos en la ignorancia —comentó amargamente—. Pero bueno, esto es Japón, ahora no hay lugar más seguro para un tamer que Japón. Y no hay que olvidar que Iori es u... —pero la frase quedó en el aire porque escucharon que una puerta se abría y ambos voltearon para ver a un humano somnoliento de cabello rubio dirigirse a la cocina repitiendo las mismas acciones que había realizado Ryo.
—¡No queda nada! —se lamentó Wallace al encontrar sólo envolturas en la cocina. Aún así caminó a la sala con las envolturas en las manos—. ¿Nos acabamos todo?
Los hermanos Takaishi asintieron riendo.
—¡Cielos! ¿Creen que Mimi tengan razón y comamos demasiado? —preguntó, preocupado, tal vez era bueno ir pensando en cambiar su dieta si quería mantenerse en buen estado. Si engordaba no se lo perdonaría, un Wallace gordo no atraería la atención de cierta castaña.
—Será mejor que nos alistemos, hoy desayunaremos fuera —dijo Takeru poniéndose de pie.
Los tres se miraron y Takeru trató de que sus intenciones no fueran muy evidentes al dar un paso al lado, lentamente, pero al mirar a la puerta del baño sus amigos entendieron qué pretendía y los tres jóvenes corrieron al baño.
Después de jalones, golpes y caídas, la pelea por el baño había dejado como ganador a Ryo. Takeru se sobaba la barbilla y Wallace se incorporaba cuando escucharan que alguien carraspeaba. El color en las mejillas de Takeru no era rival con el de Wallace, quién se llevó ambas manos a la cabeza tratando de amansar el cabello rebelde que apuntaba en todas direcciones, olvidando completamente que estaba en ropa interior. Catherine estaba en el umbral de la puerta del cuarto de Tk, viéndolos entretenida.
—Así que así es como es vivir con chicos —comentó curiosa, con un dedo en los labios—. Creo que comienzo a entender a Mimi, son como niños —dijo pasando entre ellos. Ella estaba impecablemente arreglada, Wallace lo notó mientras la veía dirigirse a la sala. Se sentó en el sillón y antes de encender la tele añadió—: Wallace, por favor, ponte algo.
El estadounidense se paró y huyó a su habitación completamente avergonzado.
—Eres terrible —bromeó Takeru sin poder dejar de verla—. Creo que lo traumaste de por vida, Wall-e tiene un ego frágil.
—Lo sé.
El japonés fue a sentarse a la sala mientras veían un noticiario en inglés. Tardó más Takeru en sentarse que la chica en buscar su mano y murmurarle «gracias».
—¿Pudiste descansar algo?
—Las mejores horas de sueño en días —confesó con una sonrisa. Luego se inclinó hacia el chico dudando en decir o no decir que la razón por la que había logrado dormido era por que todo olía a él, pero no se atrevió, no con Wallace tan cerca. En vez de eso preguntó—: ¿Y tú?
—No te preocupes por mí.
La joven francesa le sonrió con dulzura y su acurrucó a su lado, él la abrazó y recargó su cabeza sobre la de ella oliendo el perfume de su cabello: jazmín.
—Siento lo de anoche. Es sólo que... Yo... Desde que vi a Yuri no puedo quitármelo de la cabeza... Nunca vi a alguien tan mal, nunca. Creo que cuando estoy sola no puedo pensar en nada mas... Tengo un mal presentimiento, Tk.
—Cathy, mírame —pidió al tiempo que le levantaba la barbilla con gentileza—. Ellos estarán bien. Estén donde estén los traeremos a casa, ¿me oyes? Estén donde estén —prometió y Catt creyó en su promesa.
~ º ~
Una lágrima se escapó al recordar. Rodó con lentitud por su pálida mejilla. Fue una suave caricia cargada de emociones, pensamientos y deseos. El dolor se esparció por su cuerpo, la dobló por completo.
Cómo no llorar si al cerrar los ojos lo veía, lo escuchaba. Sus ojos fijos en los suyos mientras la poca luz que contenían se apagaba. El sonido de un lamento, bajo, corto y ronco, reverberaba en sus oídos.
Había tardado un tiempo infinito en comprender lo que había pasado, todo había sucedido ahí, frente a ella, pero era la primera vez que veía a la muerte cara a cara y nunca había querido conocerla. Al comprender, un gritó atravesó su cuerpo, la locura dominó sus acciones. No recordaba lo que había hecho, todo era muy confuso, lo único seguro era que en ese momento el dolor era agudo, profundo e intolerable.
Aunque el dolor físico no era lo más difícil de soportar. La rabia, la desesperación y la impotencia que la gobernaban, era algo que nunca quiso experimentar y ahí estaban aquellas emociones, transformándola, moldeando su esencia. Era capaz de sentir odio, lo había descubierto, y el sabor de aquello era muy amargo.
Lo extraño era que, entre los sentimientos que tiraban de ella, el miedo estaba ausente, ese miedo que se había adueñado de parte de su ser desde hacia años. Sabía que ya no podía tocarla, que ahora era inmune. Al menos aquella experiencia le había dado un remedio para el miedo. Los golpes, las heridas, la tortura, únicamente alimentaban lo que fuera que tuviera dentro, aquello que crecía y latía junto con su corazón.
Había perdido seres queridos antes y había creído conocer bien el dolor de una pérdida pero aquello fue diferente, nadie jamás había muerto por ella, de cierta manera sintió como si ella misma hubiera jalado el gatillo y eso la estaba llevando a perder la razón.
Cada vez estaba más débil pero su espíritu se hacia más fuerte y terminó por sentirse encerrada dentro de su cuerpo. Gritos y rostros, pero nada más tenía sentido. Las preguntas sobre sus amigos, las exigencias para que cooperara apenas rozaban su conciencia. Su mirada color avellana estaba fija en los ojos de ese hombre. Pintó los detalles en su mente: el color verde claro delineado por un halo de oscuridad en cuyo centro había un profundo camino al vacío. Esa mirada carente de cualquier vestigio de humanidad se grabó en su memoria como con hierro de marcar.
Cuando los gritos cesaron el silencio llenó sus sentidos, los movimientos de sus dedos al apretar una tela la hicieron consciente de que su cuerpo no estaba mejor que su cabeza o su corazón, que también había grietas en él. Sentía por completo el dolor, la agonía de cada herida. Estaba exhausta, sólo quería dejar de sentir, quería que todo acabara, quería cerrar los ojos y que la noche la llevara consigo. Sin embargo, antes de sucumbir, se aferró a lo que le mostraban los delirios de la noche.
"No tengas miedo", susurró una voz sin rostro y sintiendo paz sus ojos se cerraron.
~ º ~
Erin estaba sentada al lado del camastro revisando el estado de la elegida. Pasarse la mano no era exactamente lo que diría del estado de la joven. Martin era un animal bruto y sanguinario. Pasó todo un día cuidando de la chica castaña pero la fiebre se negaba a ceder, ella sólo esperaba, rogaba por que mejorase. Tal vez sería mejor para la chica seguir los pasos de su amigo, tal vez...
Pasaba nuevamente un paño húmedo por el maltratado rostro de la joven cuando la chica comenzó a balbucear cosas ininteligibles. Erin se preguntaba qué estaría pasando por su mente, se preguntaba a qué se sujetaba, por qué había soportado tanto. Ella no conocía nada que valiera tal convicción. No había nada en el mundo que valiera la pena, su vida era una clara muestra de ello. El mundo era un lugar desolado y frío, lleno de ilusiones vanas sin nada real. Por ello, Erín estaba ahí, atada a un destino que no aceptaba, sin opción alguna, amenazada por su propio hermano.
Un sonido de pasos sustrajo a la joven de sus pensamientos. Un guardia estaba del otro lado de las rejas. Había cierto desprecio en su mirada, tal vez Martin había logrado esparcir algo de su forma de pensar contaminada.
—¿Tienes algo que decirme? —preguntó, cansada de esperar a que se explicara.
El hombre asintió pero no dijo nada, parecía que él quería que ella abandonara la celda, pero Erin se concentró en enjuagar el paño en agua limpia.
—¿Y bien? —apremió, sin molestarse en mirarlo e intuyendo su duda en el corto silencio que esperó a que le respondiera.
—Has sido llamada a comando —dijo con tal tono que parecía que el mensajero se cuestionaba sus propias palabras.
Erin limpió el sudor de la cara de la joven esforzándose por esconder el temblor de sus manos. Pensar en ver a cara a Paltrow la llenaba de terror, nunca lo había visto antes sola y nunca le había dirigido ni media palabra y deseó, por primera vez desde que estaba ahí, que Martin estuviera con ella.
—¿Qué tengo que hacer yo ahí? —preguntó con calma, continuando en su labor de atender a la chica, haciendo todo lo posible por parecer que no le importaba si iba o no.
—Al parecer tu hermano dio instrucciones... —dijo, como si se explicara a si mismo—... Si no está él disponible tú eres la segunda en mando de los de tu clase.
Esto hizo que se detuviera en seco sin entender por qué de entre todos los tamer que trabajan ahí Martin había dado aquellas instrucciones.
—Debes darte prisa, creo que quieren que evalúes una situación en Asia, tienes que viajar. El director te dará lo detalles, hay que seguir un protocolo que aún no te han enseñado.
Erin asintió, se había parado dispuesta salir cuando un ligero quejido de la elegida la hizo recordar sus otras órdenes: mantenerla con vida. Ella frunció la boca mientras miraba preocupada a la joven. Pero no podía negarse a obedecer órdenes directas de uno de los rangos más altos.
—Iré en seguida pero ordena a la doctora Roberts que venga y que traiga una camilla.
El guardia iba a objetar pero ella no se lo iba a permitir.
—No me iré hasta que ella llegue, además, si ella muere mi hermano no es el único que se pondrá furioso.
Con esto último el guardia salió disparado en busca de la doctora. Erin suspiró y volvió al lado de la chica. Probablemente era mejor para la elegida si moría, probablemente...
—¿De dónde sacas tanta fuerza? —le preguntó Erin a la chica inconsciente queriendo comprenderla. Tal vez si sabía su secreto ella podría saber cómo sobrevivir las siguientes semanas, pero, dada la condición de la chica, era como preguntarle a la pared.
Erin sonrió y recogió sus cosas preparándose para marcharse. La joven se movió incomoda por el calor y movió los labios balbuceando algo. Erin se volvió para mirarla, incrédula, porque creía que la elegida acababa de murmurar un nombre, el nombre de un chico.
~ º ~
El grupo de jóvenes eran expertos en fingir ser turistas, habían tenido que recurrir a esta táctica demasiadas veces como para que no fuera de otra manera, por ello era difícil adivinar si la risas y las caras felices eran aprendidas. La preocupación que reemplazó aquellas caras alegres al sonar sus D-terminales, por otro lado, fue tan evidente que no podía dudarse de a su autenticidad. Así que sin importar si se divertían o no su tour por Odaiba no terminó como el del cualquier turista común y corriente, como solían ser su recorridos.
Al llegar al complejo Ugaki Yoshio, el subdirector del Memorial, los esperaba en la entrada. Mala señal. Koushiro, Shin y Shuu estaban en el Memorial y Takeru sabía que les gustaba tener una excusa para estirar las piernas. Aunado a eso, el japonés lucía tenso, serio y más callado de lo usual, apenas entraron les ordenó que los siguieran. Comenzó a caminar a paso rápido, siguiendo la ruta al edificio dos. Ellos, no tuvieron tiempo ni de intercambiar miradas de desconcierto y siguieron a Ugaki esperando que al entrar en el edificio les explicara qué estaba sucediendo. Pero no fue así. Apenas comenzaban a formular pregunta alguna el hombre los interrumpía. «Kido les explicará», dijo secamente y ellos desistieron.
Fueron llevados directo al cuarto de operaciones desde donde Koushiro, Kido Shuu y el señor Takenuochi Haruhiko monitoreaban el digimundo y las operaciones en progreso. Cuando entraron, Shuu se acercó a los chicos con rostro preocupado.
—¿Qué sucede?
—Yamato se comunicó pidiendo refuerzos. Espero que estén listos para partir.
Lo chicos comenzaron a sacar sus terminales pero Takeru permaneció quieto mientras pensaba con rapidez.
—Katyusha, vayan ustedes.
Los ojos azules de la chica lo interrogaron un momento pero al final asintió.
—¿Entonces no van a ir todos? —preguntó el pelirrojo sin apartar la vista de los monitores.
—No, la herida de Derek aún es reciente —el aludido solo apretó la mandíbula, odiaba no poder acompañar a sus amigos y a su gemela. Pero en su estado actual solo sería un estorbo—. Ryo y yo tenemos que quedarnos así que el equipo lo conformaran Wendee, Henry, Wallace, Tatum y Catherine.
Koushiro desvió sus ojos oscuros de los monitores e iba a preguntar algo pero Takeru lo detuvo. La actitud misteriosa de Takeru un día cercano lo iba a sacar de quicio, concluyó, mientras volvía su atención a el montón de datos que se desplegaban en la pantalla.
—¿Quién estará a cargo? —preguntó el señor Takenoushi.
—Si no te importa Takeru, yo seré el líder del equipo, ya que te vas a quedar.
Ken y Hikari acababan de llegar pero parecían haber escuchado lo suficiente. Takeru sonrió complacido por verlos.
—Los dejo en tus manos —le dijo poniéndole una mano en el hombro.
—Confía en mí.
Minutos más tarde el equipo de ayuda había partido y Koushiro quería respuestas, pero su amigo no lo dejó ni formular su pregunta.
—Los chicos iban a confirmar la existencia de una base enemiga en aquel territorio, ¿cierto? —habló con rapidez para que nadie pudiera interrumpirlo, además, se suponía que ellos no deberían tener aquella información—. ¿Quién les pasó la información? ¿Qué informante? —Koushiro escuchó la carga de ansiedad en la pregunta y comprendió por qué se había quedado, sin duda alguna, Takeru ya no era el niño pequeño de los elegidos.
—No lo sé, Takeru. Taichi fue quién recibió la información y no reveló la fuente. Creo que tendremos que esperar a que puedan comunicarse.
—Tal vez sea muy tarde —murmuró Ryo antes de dirigirse a su hermano—. Voy por las cosas Takeru, por si acaso.
—Mi mochila está junto a la puerta de mi habitación, sólo necesito eso —Takeru y la mayoría de los chicos preferían tener sus cosas guardadas, listas para partir en cualquier momento, que acomodadas en los estantes de su habitación. Era en parte una costumbre, en parte una obsesión y en parte, como la ocasión lo demostraba, por prevención.
—Contácteme si sabes algo.
Ryo se fue corriendo por los pasillos y Takeru apretó los labios invocando toda la paciencia que tenía —que era casi nula— pues no podía hacer otra cosa que esperar y preguntándose cómo estaban sus amigos.
No era la primera vez que el grupo de Tai caía en una trampa, desgraciadamente, pero era la primera vez que Yamato o Taichi pedían ayuda. ¿En qué situación se encontraban para que tamers de la talla de su amigo y su hermano, elegidos, portadores de emblemas, necesitaran ayuda? Y, más importante, ¿quién era capaz de orillarlos a aquello? Aunque, a decir vedad, Takeru creía saber quién sería capaz de enfrentarlos con éxito.
N. A.:
(— Å —)…Okay, por fin logré terminarlo... No sabes lo que me costó... Y me estoy riendo como maniaca en este momento... Ya, trataré de concentrarme... No puedo.
Okay, ya estoy calmada.
(Ojalá entendieran el titulo del capítulo porque no pienso cambiarlo, en este momento mi mente se apagó o esta a punto de.)
Primero gracias a «Ivymon», «Luos dg» —¡No puedo creer que sigas leyendo esto, después de tanto tiempo!— y «Hikari Blossom» por sus reviews, es un placer recibirlas. Y mil gracias a los lectores anónimos que siguen esta historia —el silencio está bien si les gustó lo que leyeron, no hay problema—.
Segundo, sobre el capítulo. ¿Se dan cuenta de lo odiada que es Catherine con sólo aparecer en medio episodio? ¿No es curioso? Ah sí, yo creo recordar que le grité a la pantalla en ese episodio... Ahora..., es un buen personaje, creo que no le hago justicia, que muchas veces no sé cómo describirla porque es ambivalente: caprichosa y leal, honesta pero cruel a veces. Siento que es lo opuesto a Hikari, exactamente lo opuesto. En fin, «Les precieuses ridicules» es una comedia de un sólo acto, me pareció natural que, dada la educación de Catt y su carácter les daría a Miyako y a Hikari un apodo como este.
Por último, estoy en esta disyuntiva sobre el siguiente capítulo, si leyeron esto hasta el capítulo once tal vez puedan ayudarme, estoy pensado en borrar cierta escena referente a Tai (si recuerdan un cap que solía llamarse 'Heridas' tal vez sepan de qué hablo) porque no encaja con el ritmo del siguiente capítulo pero temo que si cierta lectora sigue por ahí tal vez me estrangule si lo hago... Estoy en eso, tal vez lance una moneda.
Espero que sepan de mí pronto, ¡gracias por leer!
Modificado: 27/10/2012 Este capítulo era parte del siete a excepción de la parte de Mimi que solía ser parte del ocho, no tengo idea de por qué, debe ir aquí.
Voces francesas.
Dépêche-toi ! S'il te plaît ! ¡Date prisa! ¡Por favor!
Passes-tu quoi? ¿Qué ocurre?
