No es que yo este en contra de las orgias... Estoy en contra de las orgias que no me incluyen... AHRRE, IGNORENME... JAJAJAHAJAJA
¡Hola, mis criaturas hechas para el mal!... Nada mas gratificante que lastimar corazones... Especialmenteblos corazones de las fans que lloran por cualquier cosita de su idolo... Oh, si, yo soy profesional en ello...
Lo feo es cuando lo lastiman a uno... Ahi ya no es gracioso...
Si hay algo que odio en este puto mundo es publicar desde el cel... It's mierda, que decirles
Ay… ¡A LEER!
Capítulo siete.
El aire se le queda atorado en los pulmones.
Un jadeo, pequeño e imperceptible, se escapa entre sus labios.
El rostro que él recuerda —lechoso, suave y sonrojado, cubierto de pecas rosadas y algunas castañas— está pálido como la ceniza. Sus ojos tienen aquel brillo lloroso de la enfermedad y bajo estos, profundas ojeras violáceas oscurecen su piel. Sin embargo, no es eso lo que le quita el aliento al muchacho. Solo tiene fracciones de un segundo para verle, pues de inmediato Tigresa retrocede y se cubre nuevamente con la capucha, pero es suficiente como para saber que ese color oscuro en su pómulo es un moretón. Es un golpe. Un golpe reciente.
—¿Qué te pasó? —Su voz es baja como un siseo.
Tigresa niega con la cabeza.
—Me golpee contra una puerta. El lunes, me bajó la presión y caí —habla con voz rápida y nerviosa, propio de quien se excusa. Propio de quien miente y necesita que le crean—. Vine porque quería hablar sobre… sobre lo del sábado.
Pero Po no la escucha.
Avanza y vuelve a tomar la capucha de ella entre sus manos, esta vez, bajándola del todo, dejando fuera incluso su cabello. Sus dedos pelean con los de ella para conseguir aquello, lo cual le hace notar que no es solo su rostro: sus manos, más precisamente sus nudillos, están cubiertos por rastros de costras, como si hubiera golpeado repetidas veces la misma superficie dura. Po no tiene idea de qué decir, qué preguntar, como reaccionar siquiera.
Tigresa, derrotada, se queda quieta bajo el escrutinio de los ojos de Po. No es solo su pómulo. En el filo de su mentón hay otro golpe, más leve, más amarillento, fácil de cubrir con maquillaje, y en la comisura de su labio un pequeño corte comienza a sanar. Se ve reciente, tan reciente como el corte en su ceja izquierda.
—¿Qué te pasó?
Su voz suena más baja, más apremiante.
Ella levanta la mirada, con el temor de quien ha cometido un crimen y espera su sentencia.
—No… esto… yo… no… —Sus labios se mueven rápido, sus palabras se superponen la una a la otra—. No puedo— dice al final—. No puedo decirte, Po, no puedo.
Po la observa, en silencio.
Verla así duele. Como tener esos golpes en su propio rostro; punzantes, como un dedo que se hunde en la carne. Un dolor psicológico. Retroceder y darle la espalda duele más, pero lo hace. Se aleja de ella con pasos rápidos, temeroso de arrepentirse.
¿Qué pretende Tigresa? ¿Llegar, con aquel aspecto y que él se le arroje a los brazos? Bueno, admite que estuvo a punto de hacerlo, pero ese no es el punto. El punto es que no puede hacer nada si no tiene, mínimo, una explicación de por qué ha faltado al colegio. No puedo… ¿Qué no puede? ¿Acaso él le ha dado alguna vez motivo por el cual desconfiar? Tal vez no es la negativa a una respuesta lo que le enfurece, sino la desconfianza de ella para darla. Creyó que, en algún momento de aquella supuesta amistad —porque eran amigos, ¿no?— se había ganado, aunque fuera, un poquito de su confianza.
Quiere irse. No porque quiera dejarla sola, sino porque en ese momento se encuentra demasiado aturdido como para actuar con racionalidad. Miles de preguntas en su mente, preguntas que —lo sabe, pues la conoce— ella no responderá. Preguntas que necesita meditar si cuya respuesta realmente quiere saber. Sin embargo, apenas si alcanza a dar cinco pasos cuando las manos de ella le detienen. Se aferran a su antebrazo, débiles y temblorosas, y hunden los dedos en su carne.
—E-espera… —balbucea ella, insegura—, espera, Po. Por favor.
Por favor…
No voltea, no la ve. No quiere.
—¿Por qué viniste hasta aquí, Tigresa? —comienza por las más fácil, aunque de inmediato otra duda asalta su mente—, ¿Cómo supiste donde vivía?
No recuerda haberle dicho su dirección alguna vez. No, está seguro de que nunca se la dijo.
—Po, necesito que me ayudes.
III
Necesito que me ayudes.
Cuando volteó, volvió a encontrarse el mismo rostro tenso e inexpresivo tan característico de ella. Sus labios eran una línea, pálida y reseca, y sus ojos brillaban con cierta determinación: determinación a no rogar. Tampoco era que Po planeara que ella rogara, era lo último que quería. Sin más, asintió. Un movimiento seco de cabeza, distante, una afirmación impersonal. Costaba verla, costaba posar los ojos en sus magullones.
Tigresa vuelve a colocarse la capucha, acomodando todo su cabello dentro —toda una proeza, según la opinión de Po—, y hunde las manos nuevamente en sus bolsillos. Para Po no pasó desapercibido el leve temblor en sus piernas, como si le costase mantenerse de pie. No dijo nada al respecto.
La caminata pronto les lleva hasta la pequeña plaza del barrio: un parque destinado a los niños, con columpios y toboganes. Po la observa tomar asiento en uno de los columpios y él, sin saber por qué lo ha llevado hasta ahí, la imita. A su alrededor, la calle yace vacía y las casas tienen aspecto de estar deshabitadas.
Es entonces, cuando la observa ocultar el rostro tras la capucha y encogerse en la sudadera, que Po comprende —o cree comprender— el por qué ella ha ido a buscarle a esas horas, por qué le lleva hasta ese lugar: Tigresa está evitando que la vean. Evita encontrarse con alguna persona, que ojos curiosos se posen en sus heridas. Está avergonzada.
Se pregunta, entonces, ¿qué le ha pasado?
Porque no solo parece avergonzada. Se ve asustada, como si temiese encontrar algo… o que algo la encuentre a ella.
Po cierra los puños en torno a las correas del columpio. ¿Quién le ha hecho eso a Tigresa? ¿Qué clase de animal fue capaz de hacerle tal daño? Por primera vez en su vida, Po siente el impulso de golpear a alguien. Desea tener frente a él a quien fuera que la hubiera lastimado, solo para golpearlo, para dejarlo igual que ella. La naturaleza de sus pensamientos, por algún motivo, no le sorprende. Nunca fue de peleas —al contrario de Mono, en lo cual ya podría haberse graduado con maestrías y honores—. Solía evitarlas, aún si así quedaba como un cobarde, solía huir de todo tipo de enfrentamientos. No le gustaba pelear… pero ahora se trataba de Tigresa. Y estaba herida.
—No hay nadie cerca —habla. Su voz se escucha rasposa, temerosa.
Tigresa asiente con un movimiento lento de cabeza, como si dudase.
—Lo sé.
—¿Y por qué no te quitas la capucha?
—No quiero que me veas así, Po. —Su voz es baja, lenta, como si buscase que un niño pequeño la comprenda.
Po, por un momento, piensa que podría reír… podría. Pero no.
Sin responder, toma la capucha entre sus dedos y la jala hacia atrás. Tigresa se queja con un improperio —uno que nunca creyó oírla pronunciar—, pero no hace nada por volver a cubrirse. La brisa de la noche le desparrama el cabello sobre los hombros. Largo, rizado, espeso. Po no puede evitar tomar un mechón y enredarlo entre sus dedos, jugueteando con él.
—Quiero verte —dice, suave—. Necesito verte.
Los ojos de Tigresa se iluminan y el asomo de un sonroso colorea sus mejillas, dándose lugar entre el tono pálido de su piel.
—No puedo contarte qué pasó.
—¿Qué pretendes hacer, entonces? —Po deja el rizo detrás de la oreja de ella, volviendo luego su mano a la correa del columpio—. ¿Para qué me buscaste?
—Te extrañaba.
Sus labios se mueven, lentos y temblorosos, casi con temor. Lo dice tan bajo que por un momento Po cree que se lo ha imaginado… sin embargo, de haber sido así, no la hubiera visto agachar la mirada.
Yo también, quiere decir. Yo también te extrañé.
—¿Te duele? —pregunta en su lugar.
—Un poco —admite ella—. Solo un poco.
Miente. Lo deja pasar.
—No fuiste al colegio… ¿Fue por eso?
—No. No fue por… esto. —Tigresa, con un movimiento de sus pies, impulsa el columpio. Solo un poco, balanceándose en el lugar—. Tenía que cuidar de Peng. Mamá… Mamá no estaba y Tai Lung trabaja. No había nadie más.
Po no responde.
No sabe mucho de la madre de Tigresa. Ella jamás habla de la mujer y las pocas veces que lo hace, siempre es con el entrecejo arrugado y una mueca. Sin embargo, le ha dicho lo suficiente como para saber que muy pocas veces está en la casa, que suele quedar sola con sus dos hermanos. Tal vez, solo tal vez, comprendía por qué el enfado de Tigresa al enterarse de que su hermano se iba de casa: se sentía abandonada, se sentía sola.
Ella está sola, no puede evitar pensar Po. Tigresa jamás lo dice con esas palabras, jamás lo expresa, pero sus acciones son bastas para saberlo: se siente sola.
Recuerda la noche en la casa de Mono: Tigresa se veía feliz. No entendía nada de lo que Víbora le hablaba, no comprendía la mitad de las bromas de los chicos y muchas veces los comentarios le hacían sonrojar, pero se sentía feliz por el mero hecho de compartir con alguien más. Sus ojos se iluminaban cada vez que alguno de ellos le mencionaba. Po no se percató de ello esa noche, pero ahora lo veía claro. Al igual que veía claro muchos otros momentos, como las veces que ella se enojaba con él, el cómo respondió cuando le habló sobre ir a conocer a sus amigos. Solo temía que la apartara.
—¿Qué le pasó a tu celular? —pregunta, al ser consciente de que lleva demasiado tiempo en silencio.
Tigresa vuelve a agachar la mirada.
—Preferiría no hablar de ello.
Po suspira, resignado.
Así no cree que lleguen a avanzar demasiado.
El murmullo de los pies de ella contra la arena, balanceándola en el columpio, es todo el sonido que llena el lugar. Un vehículo cruza la calle y el sonido se aleja rápidamente hasta dejarse de oír. Otra vez, silencio.
Sin decir nada, Po se levanta y rodea la hamaca, situándose detrás de Tigresa. Ella no dice nada y él coloca sus manos sobre las de Tigresa, sujetando junto a ella la correa del columpio. La arrastra hacia atrás, solo unos centímetros, y la empuja. Suave al principio, aumentando la fuerza de forma gradual.
Tigresa estira las piernas y deja caer el cuerpo hacia atrás, sujetándose de las correas. Sus ojos cerrados, sus labios curvados en una pequeña y tímida sonrisa. Los rizos vuelan a su alrededor, arremolinándose en torno a su rostro sonrosado, pegándose a sus mejillas húmedas por… ¿Lagrimas? Sí, son lágrimas. Po solo puede verla. En silencio, la empuja en el columpio y sonríe al ver la felicidad casi infantil en el rostro de ella, su expresión ligera y relajada.
Se ve hermosa. Hermosa y triste. Es una belleza melancólica, marcada con algo que Po no distingue.
Las sonrisas de Tigresa nunca son anchas, nunca son plenas… pero ahora, la escucha reír y él también sonríe.
—¡Mas fuerte! —La escucha clamar, como una niña.
Y él obedece.
Toma la parte baja del columpio y la empuja. Más fuerte, más alto… y luego más… y más. Tigresa se tira hacia atrás en el columpio, sujetándose de las correas, sin miedo a caer, sin miedo a la altura. Se ve libre.
Como un pajarillo que lleva demasiado tiempo en una jaula y por primera vez, prueba los fuertes vientos de las alturas. No teme, solo disfruta, preso de una sensación de opresora felicidad. La emoción de lo desconocido junto a la angustia de llevar tanto tiempo sin conocerlo, al deseo de haberlo descubierto mucho antes. Tigresa solo ríe… y Po sabe que esa risa es llanto. Tantas conversaciones telefónicas, tantas horas hablando casi toda la noche, le han enseñado a encontrar el llanto oculto detrás de esa risa.
III
—Cuando tenía cinco años, la primera noche que pasé en casa de Shifu, tuve tanto miedo que terminé durmiendo con él y Mei-Ling —confiesa Tigresa, con aquel susurro propio de los secretos. Una pequeña sonrisa anida en sus labios, débil, amenazando con quebrarse—. Tai Lung lo descubrió e insistió también en dormir allí.
Po juguetea con sus pies en la arena del suelo. Se le escapa una risa nasal, baja y burlona.
—Vaya.
—Sí… Mei-Ling nos amenazó con no dejarnos ver caricaturas si volvíamos a molestar en la noche.
—Que amor de madre.
—¿Viste? —Tigresa ríe—. Era tan dulce… ¡Como un limón!
Los pies de ella aún la balancean en el viejo columpio. Suave y lento, como el movimiento de una mecedora. Po ha decidido sentarse en su propio columpio y acompañarla.
—Cuando era pequeño quería tener hermanos —le toca confesar a él—. Una vez le pedí a Santa una hermana.
—¿Y te cumplió?
Po arquea una ceja.
—¿Es joda o…?
—Tonto. —Ella ríe.
Tigresa vuelve su mirada al frente. Sus pies la arrastran hacia atrás y luego abandonan el suelo, dejándola caer. Po la observa. Su cuerpo recostado, su cabello alborotado —con aspecto de no haber probado un peine en meses—, sus ojos cerrados y sus labios entre abiertos. Son sus labios los que captan su atención: suaves y rosa, húmedos por las veces que ella se los muerde de manera inconsciente.
¿Cuánto tiempo llevan en esa plaza? No tiene idea, pero está seguro que un par de horas. La noche se vuelve fresca, la brisa le eriza la piel y le obliga a arrepentirse de no haber tomado algún abrigo, tal como su padre le aconseja siempre.
El celular suena en el bolcillo de su pantalón. Se había olvidado de que lo tenía. De haber sido solo un mensaje, lo hubiera dejado estar. Pero no, se trata de una llamada. Tigresa se detiene en el columpio, observándole, y él se disculpa en un susurro antes de tomar el aparato, decidido a ignorar la llamada. Sin embargo, no es ninguno de los chicos, ni siquiera su padre. Es Víbora… y a Víbora nadie le corta el teléfono.
—¿Dónde estás?
La voz de la chica suena demandante al otro lado de la línea, distorsionada por la mala señal. De fondo, lejano y casi imperceptible, puede oírse la música de donde quiera que los hubiera llevado Mono.
Po ríe, mirando de reojo de Tigresa.
—No estoy muerto —asegura.
—¡Claro que no lo estás! Sino ya me tendrías a mí jugando a la copa para patearte espiritualmente el trasero. —Víbora habla rápido. Está enfadada—. Venga, Po, fuera de joda. ¿Dónde estás?
—Con alguien, Víbora. ¿Quieres detalles o…? —y deja la frase al aire.
Silencio.
Cree escuchar a los chicos atrás y algo sobre más bebidas.
—¿Con Tigresa?
—Sí.
—Vale… —Víbora parece no saber qué decir. No esperaba aquella respuesta—. Vale… Yo… Esto… ¿Ella está bien?
Po se muerde el labio, meditando la respuesta correcta. Suelta el aire en un suspiro, resignado.
—No puedo decirte. Te veo mañana en casa de Mono, ¿Te parece?
—Bien.
Y sin más, cuelga. Como siempre, sin saludar. Víbora nunca saluda cuando habla por teléfono, mucho menos si es a alguno de sus amigos. Solo dice lo que tiene que decir y ya, sin rodeos de ningún tipo.
A su lado, Tigresa aun le mira, curiosa.
—¿Pasó algo? —murmura, casi con temor.
Po niega con la cabeza. Se levanta del columpio y deja el celular en su bolcillo.
—No. Solo… tonteras. Los chicos están ebrios. —Se inventa—. Vamos, te acompaño a tu casa. Es tarde.
—No.
—¿Cómo?
—No… vuelve tú a tu casa. Yo me quedo.
Po baja la mirada hacia el rostro de ella, sin comprender, pero Tigresa no le mira a él. Tiene la cabeza gacha y el cabello le cae a los lados, cubriéndole el rostro. Sus pies juegan con la arena.
—Tigresa es tarde. Es peligroso que quedes sola.
—No, no entiendes. —Su voz baja a cada palabra, volviéndose un susurro suave— No volveré a casa ahora. No puedo.
