Hola!! Que tal?? bueno recien terminé este capi y ahora que tengo tiempo lo subo!!
alastor82: Con respecto a tus preguntas, bueno a ver la primera ¿Cuando se lian Draco y Hermione? para eso debo decirte que falta un poco, la segunda ¿este diario de quien es, y por que queria dejarlo todo en un diario asi de raro? bueno eso tambien se sabrá mas adelante, es que no puedo poner todo en un capitul y a mi me gusta embrollar un poco las cosas... jejejeje... soy asi!! y la tercera si ¿Autun es malo o bueno?. eso lamentablemente tambien me lo niego a contestar, pero lo unico que te puedo decir es que no todos los personajes son lo que parecen, a lo largo de la historia te encontraras que los que parecen buenos no son tan buenos y los que parecen tan malos no lo son... creo que hablé de mas pero bue... no sigo por que sino le saco todo el misterio al Fic... jejeje... bueno espero que te guste este capitulo... que seguramente te va a confundir un poco mas jajaja...
Capitulo 8: Una Extraña Isla
Se levantó luego de solo dormir 4 horas, eran las 10 de la mañana cuando despertó, se dio una ducha refrescante. Luego desayunó y pidió al conserje que le llamara un taxi.
Sin embargo, la maraña de pensamientos que atestaban su cerebro desde la noche anterior le impedía disfrutar de la vista. Trataba de organizarlos mientras su taxi cruzaba la cornisa en dirección a Argel.
Cada vez que sumaba dos más dos... le daba ocho. Había ochos por todas partes. La adivinadora había sido la primera en señalarlo en relación con su cumpleaños. Después Mordecai, Sharrif y Malfoy, lo habían invocado como un número mágico: no sólo había un ocho en la palma de su mano sino que
Malfoy decía que había una fórmula del ocho... fuera lo que fuese.
Recordó cuando Malfoy desapareció dejándola sola en ese extraño cabaret y como Sharrif sentía curiosidad por saber quién era su guapo acompañante del y por qué se había desvanecido tan de repente. Le explicó lo halagador que resultaba para una chica sencilla como ella tener dos citas en lugar de una, a pocas horas de su llegada a las playas de un nuevo continente... y lo dejó librado a sus propios pensamientos mientras él y sus matones la llevaban al hotel en el coche patrulla.
Ahora sabía que existía una fórmula y que no era simplemente el recorrido de un caballo. Era otra clase de fórmula, como había supuesto Ginny... una que ni siquiera Malfoy había podido descifrar. Y ella estaba segura de que tenía alguna relación con el juego de Montglane.
¿Acaso Nim no había intentado prevenirla? Le había enviado bastantes libros sobre fórmulas y juegos matemáticos. Decidió comenzar con el que tanto había interesado a Sharrif, el que había escrito Nim: Los números Fibonacci. Había permanecido y su decisión había resultado productiva, aunque no sabía con certeza cómo. Al parecer, los números Fibonacci se usan para algo más que las proyecciones del mercado de valores. Funcionan así:
Leonardo Fibonacci había decidido tomar los números empezando por el uno; sumando cada número al precedente, produjo una cadena numérica de interesantes propiedades. Es decir, uno más cero da uno; uno más uno, dos; dos más uno, tres; tres más dos, cinco; cinco más tres, ocho... y así sucesivamente.
Fibonacci, que había estudiado con los árabes, que creían que todos los números tenían propiedades mágicas, era una especie de místico. Descubrió que la fórmula que describía la relación entre cada uno de sus números que era la mitad de la raíz cuadrada de cinco menos uno: ½ (√ 5-1) describía también la estructura de todas las cosas naturales que formaban una espiral.
Según el libro de Nim, los botánicos descubrieron pronto que todas las plantas cuyos pétalos o tallos eran espiralados, se conformaban según los números Fibonacci. Los biólogos sabían que la concha del nautilus y todas las formas espiraladas de la vida marina seguían ese modelo. Los astrónomos afirmaban que las relaciones de planetas en el sistema solar—incluida la forma de la Vía Lácteaeran descritas por los números Fibonacci. Pero incluso antes de que el libro de Nim lo dijera, ella había comprendido otra cosa, y no porque supiera algo de matemáticas sino porque se había especializado en música. Y era que esta pequeña fórmula no había sido inventada por Fibonacci sino que un tipo llamado Pitágoras la había descubierto dos mil años antes. Los griegos la llamaban aurio sectio: la sección áurea.
Dicho en palabras sencillas, la sección áurea describe cualquier punto de una línea en que el radio de la parte menor respecto de la mayor, es igual al radio de la parte mayor respecto de toda la línea. Las civilizaciones antiguas utilizaban este radio en arquitectura, pintura y música. Platón y Aristóteles consideraban que era la relación perfecta para determinar si algo es estéticamente bello. Pero para Pitágoras significaba mucho más.
Fue Pitágoras quien descubrió que la base de la escala musical occidental es la octava, porque una cuerda dividida por la mitad daría el mismo sonido exactamente ocho tonos más alto que una cuerda del doble de largo. La frecuencia de vibración de una cuerda es inversamente proporcional a su longitud. Uno de sus secretos era que un quinto musical (cinco notas diatónicas, o la sección áurea de una octava) debía regresar a la nota original ocho octavas más alta cuando se la repetía doce veces en una secuencia ascendente. Pero cuando lo probó, había una diferencia de un octavo de nota... de modo que la escala ascendente también era una espiral.
Pero el mayor de los secretos era la teoría pitagórica de que el universo está formado por números y que cada uno de esos números tiene propiedades divinas. Estas proporciones mágicas de los números aparecían por todas partes en la naturaleza, incluyendo —según Pitágoras— los sonidos emitidos por los planetas en vibración mientras se trasladaban por el vacío negro. "Hay geometría en el canturreo de las cuerdas —dijo—. Hay música en el espacio que separa las esferas."
¿Y qué tenía esto que ver con el juego de Montglane? Sabía que en un juego de ajedrez hay ocho peones y ocho piezas de un lado; y que el propio tablero tiene 64 espacios: ocho al cuadrado. Era evidente que había una fórmula. Malfoy la había llamado la fórmula del ocho. ¿Y qué mejor lugar para ocultarla que un juego de ajedrez, enteramente formado por ochos? Como la sección áurea, como los números Fibonacci, como la espiral siempre ascendente... el juego de Montglane era más grande que la suma de sus partes.
Mientras el taxi avanzaba, sacó de su portafolios un trozo de papel y dibujé un número 8. Después dio media vuelta al papel. Era el símbolo de infinito. Mientras miraba esa forma, escuché una voz que martilleaba en su cabeza. La voz decía: «Juego es y cual una batalla seguirá como siempre.»
Pero antes de unirse a la pelea, tenía que resolver un problema importante: para permanecer en Argel debía asegurarse de que tenía trabajo... un trabajo con brillo suficiente como para hacerse dueña de su propio destino. Su colega Sharrif le había dado una muestra de la hospitalidad norteafricana y ella quería asegurarse de que sus credenciales eran dignas rivales de las suyas por cualquier conflicto futuro. Y además, ¿cómo se las iba a arreglar para buscar el juego de Montglane si a finales de semana tendría a Petard, su jefe, colgado de sus faldas?
Necesitaba libertad de movimientos, y sólo había una persona que podía proporcionármela. Iba de camino a verlo, dispuesta a esperar en las interminables colas de salas de espera. Era el hombre que había aprobado su visado pero también quien había plantado a los socios de Fulbright Cone porque tenía un partido de tenis; el hombre que podía conceder un contrato de computación importante si lograban que firmase el papel. Y por alguna razón sentía que su apoyo sería indispensable para el éxito de las muchas empresas que tenía por delante. Aunque en ese momento no podía siquiera imaginar hasta qué punto era así. Se llamaba Emile Kamel Kader.
El taxi se detuvo delante del amplio espacio del puerto. Frente al mar estaba la alta recova de arcos blancos que daba entrada a los edificios del gobierno. Se detuvieron frente al Ministerio de Industria y Energía.
Cuando entró en el vestíbulo de mármol, enorme, oscuro y frío, tuvo que ajustar lentamente los ojos a la luz. Había grupos de hombres, algunos vestidos con trajes occidentales, otros con flotantes túnicas blancas o chilabas negras, esas túnicas con capucha que protegen contra los súbitos cambios climáticos del desierto. Unos pocos llevaban tocados a cuadros rojos y blancos que parecían manteles de restaurante italiano. Cuando entró en el vestíbulo, todas las miradas se fijaron en ella y comprendió por qué. Parecía ser una de las pocas personas que llevaban pantalones.
No había directorio del edificio ni ventanilla de información y delante de cada uno de los ascensores disponibles se agolpaba una multitud. Además, no tenía ganas de ir arriba y abajo en compañía de mirones con ojos de pulga, sobre todo porque no estaba segura de qué departamento buscaba. De modo que fue hacia las anchas escaleras de mármol que conducían a la planta superior. Un tipo atezado, con traje occidental, le cortó el paso.
—¿Puedo ayudarla? —dijo con brusquedad, colocándose justo entre la escalera y ella.
—Tengo una cita... —dijo, tratando de pasar—. Con el señor Kader. Emile Kamel Kader. Estará esperándome.
—¿El ministro del petróleo? —dijo el tipo mirándola con incredulidad. Para horror de ella, asintió cortésmente y dijo—. Por supuesto, madame. La llevaré hasta él.
Mierda. No le queda elección, salvo permitir que la escoltara de regreso a los ascensores. El tipo le había cogido del codo y se abría camino a través de la muchedumbre como si fuera la Reina Madre.
Se preguntaba qué sucedería cuando descubriera que no tenía ninguna cita.
Para empeorar las cosas, pensó de pronto, mientras él conseguía un ascensor sólo para ellos dos, que su eficiencia disminuía mucho hablando en francés en lugar de inglés. Bueno, tendría tiempo de planificar su estrategia mientras esperaba durante horas en las antesalas que, según le había dicho Petard, eran de rigueur. Eso me permitiría pensar.
Cuando bajaron del ascensor en la última planta, un enjambre de habitantes del desierto, con blancas túnicas, merodeaba cerca del escritorio de recepción, esperando que el pequeño recepcionista con turbante registrara sus portafolios en busca de armas. Estaba sentado detrás del alto escritorio con una radio portátil transmitiendo música a todo volumen e inspeccionando los portafolios con un leve movimiento de la mano. La muchedumbre que lo rodeaba era bastante impresionante. Aunque sus ropas parecían sábanas, el oro y los rubíes que brillaban en sus dedos hubiera provocado el desvanecimiento inmediato de Louis Tiffany.
Su escolta la arrastraba entre la gente, pidiendo excusas mientras atravesaba la exposición de sudarios. Dijo unas palabras en árabe al recepcionista, que saltó de detrás del escritorio y los precedió trotando por el corredor. Cuando llegó al final, lo vio detenerse para hablar con un soldado que llevaba un rifle colgando del hombro. Ambos se volvieron para mirarme y el soldado desapareció detrás del recodo. Un instante después, regresó y los llamó con un movimiento de la mano. El pavo que la había escoltado desde el vestíbulo asintió y se volvió hacia ella.
—El ministro la verá ahora mismo —dijo.
Echando una última mirada rápida al Ku Klux Klan que le rodeaba, tomó su portafolios y lo siguió al trote.
En el extremo del corredor, el soldado le indicó que lo siguiera. Giró marcialmente y continuó por otro pasillo, más largo, que conducía a un par de puertas talladas que debían de tener cuatro metros de altura.
Entonces se detuvo, adoptó posición de firmes y esperó a que ella cruzara las puertas. Haciendo una inspiración profunda, abrió una. Al otro lado había un fabuloso vestíbulo con suelos de mármol gris oscuro y una enorme estrella de mármol rosado en el centro. Las puertas del lado opuesto estaban abiertas y mostraban una oficina enorme con alfombra de Boussac de pared a pared, negra con cuadrado de gruesos crisantemos rosados. La pared posterior del despacho era curva y estaba enteramente ocupada por ventanas francesas de muchas hojas, todas abiertas, de modo que los cortinajes flotaban hacia el interior de la habitación. Más allá, las copas de altas palmeras datileras ocultaban en parte la visión del mar.
Apoyado en la barandilla de hierro forjado del balcón, dándole la espalda, había un hombre alto y esbelto, con cabellos color arena, que contemplaba el mar. Cuando entró, se volvió hacia ella.
—Mademoiselle —dijo cordialmente, rodeando el escritorio para estrecharle la mano—, permítame que me presente. Soy Emile Kamel Kader, el ministro del petróleo. Deseaba conocerla.
Toda esta presentación fue hecha en inglés. Estuvo a punto de desplomarse de alivio.
—Mi inglés le sorprende —dijo con una sonrisa, y no precisamente el tipo de sonrisa oficial que le habían dedicado los locales. Esta era una de las más cálidas que había visto. Continuó estrechando su mano un minuto más de lo necesario—. Crecí en Inglaterra y fui a Cambridge. Pero en el ministerio todos hablan algo de inglés. Al fin y al cabo, es la lengua del petróleo.
Tenía también una voz muy cálida, rica y dorada como miel cayendo en una cuchara. Su color también le recordaba a la miel: ojos ambarinos y cabello ceniciento y ondulado y una piel color aceituna. Cuando sonreía, lo que hacía a menudo, aparecía en torno a sus ojos una red de pequeñas arrugas, señal de que pasaba demasiado tiempo al sol. Pensé en el partido de tenis y le devolvió la sonrisa.
—Siéntese, por favor —dijo, llevándola a una silla de palo de rosa exquisitamente tallada. Se acercó a su escritorio, apretó el botón del intercomunicador y dijo unas palabras en árabe—. He pedido que nos traigan té —le dijo—. Tengo entendido que está en El Riadh. Allí la comida es en su mayor parte enlatada, desagradable, aunque el hotel es precioso. Si no tiene otros planes, después de nuestra entrevista la llevaré a almorzar. Entonces podrá ver un poco de la ciudad.
Ella seguía confusa con esta recepción tan cordial y supuso que se le notaba, porque agregó:
—Probablemente esté preguntándose por qué la trajeron tan rápido a mi despacho.
—Tengo que admitir que me habían dicho que me llevaría más tiempo.
—Verá, mademoiselle... ¿puedo llamarla Catherine? Estupendo, y usted debe llamarme Kamel, mi nombre de pila, digamos. En nuestra cultura se considera grosero negarle algo a una mujer. Impropio de un hombre, en realidad. Si una mujer dice que tiene una cita con un ministro, uno no la deja aburriéndose en las antesalas, sino que la hace pasar enseguida. —Y rió con su hermosa voz dorada—. Ahora que conoce la receta del éxito, puede salir bien hasta de un crimen durante su estancia aquí.
La larga nariz romana y la frente ancha de Kamel daban a su perfil el aspecto de una moneda. Había algo en él que le resultaba familiar.
—¿Es usted cabilio? —preguntó de pronto.
—¡Pues, sí! —dijo con expresión complacida—. ¿Cómo lo ha sabido?
—Una simple conjetura —contestó.
—Pero muy buena. Gran parte del ministerio es de origen cabilio. Aunque constituimos menos del quince por ciento de la población de Argelia, el ochenta por ciento de los altos puestos oficiales está en manos cabilias. Los ojos dorados siempre nos traicionan. Vienen de tanto contemplar dinero —rió.
Parecía estar de un humor excelente. Decidió que era el momento adecuado para plantear un tema difícil... aunque no sabía muy bien cómo hacerlo. Al fin y al cabo, los socios habían sido expulsados de su despacho por interferir en un partido de tenis.
¿Qué podía impedirle sacarla en volandas por meter la pata? Pero estaba en el santuario... tal vez no volviera a tener una oportunidad como ésa. Decidió aprovechar la ventaja.
—Verá, hay algo de lo que quiero hablar con usted antes de que llegue mi colega este fin de semana —empezó
—¿Su colega? —dijo, sentándose detrás del escritorio. ¿Era su imaginación o de pronto se había puesto en guardia?
—Mi gerente, para ser exacta —dijo—. Mi firma ha llegado a la conclusión de que como todavía no tenemos un contrato firmado, necesitan este gerente in situ para supervisar las cosas. En realidad, al venir hoy aquí he desobedecido órdenes. Pero he leído el contrato —agregó, sacando una copia de su portafolios y poniéndola sobre el escritorio—, y con franqueza, no veo que necesite tanta supervisión.
Kamel lanzó una mirada al contrato y después a ella. Unió las manos en actitud de oración y bajó la cabeza, como si pensara. Estaba segura de que había ido demasiado lejos. Por último, habló:
—¿De modo que usted cree en la virtud de la desobediencia? —preguntó—. Eso es interesante... me gustaría saber por qué.
—Éste es un contrato de cobertura para los servicios de un asesor—le dijo, señalando el paquete que seguía intocado entre ellos—. Dice que voy a hacer análisis de recursos petroleros, tanto en el subsuelo como en el barril. Para hacer eso, sólo necesito un ordenador... y un contrato firmado. Un jefe no haría más que interferir.
—Ya veo —dijo Kamel, impasible—. Me ha dado una explicación sin contestar a mi pregunta. Permítame que le haga otra. ¿Conoce los números Fibonacci?
Decidió no lanzar una exclamación.
—Un poco —admitió—. Se utilizan para proyección de mercado de valores. ¿Podría decirme por qué le interesa una cuestión tan... digamos erudita?
—Por supuesto —dijo Kamel, apretando un botón.
Momentos después apareció un siervo con un cartapacio de piel, se lo alcanzó a Kamel y salió.
—El gobierno argelino —dijo, sacando un documento y tendiéndoselo— cree que nuestro país tiene un suministro de petróleo limitado, lo bastante para unos ocho años más. Tal vez encontremos más en el desierto; tal vez, no. En este momento, el crudo es nuestra exportación básica; mantiene al país pagando todas nuestras importaciones, incluida la alimentación. Aquí tenemos muy poca tierra cultivable, como verá. Importamos toda la leche, la carne, los granos, la madera... hasta la arena.
—¿Importan arena? —preguntó, levantando la vista del documento que había empezado a leer. Argelia tenía cientos de miles de kilómetros cuadrados de arena.
—Arena de tipo industrial, para usar en la manufactura. La arena del Sáhara no tiene la calidad adecuada para propósitos industriales. De modo que dependemos por completo del petróleo. No tenemos reservas pero sí un gran yacimiento de gas natural. Es tan grande que quizá con el tiempo seamos los mayores exportadores mundiales de este producto... si podemos encontrar una manera de transportarlo.
—¿Y esto qué tiene que ver con mi proyecto? —dijo, mientras hojeaba las páginas del documento que, aunque escrito en francés, no hacía la menor referencia al petróleo o al gas natural.
—Argelia es un país miembro de la OPEP. Cada país miembro negocia en la actualidad sus contratos y establece individualmente los precios del crudo, con términos distintos según los diferentes países. Gran parte de esto es pura subjetividad y trueque. Como país anfitrión de la OPEP, proponemos que nuestros miembros adopten el concepto de trueque colectivo. Esto servirá a dos propósitos. Primero, aumentará de manera espectacular el precio por barril, manteniendo el coste fijo de explotación. Segundo, podemos reinvertir el dinero en adelantos tecnológicos, como han hecho los israelíes con los fondos occidentales.
—¿Quiere decir en armas?
—No —dijo Kamel sonriendo—,aunque es verdad que, al parecer, todos gastamos mucho en ese departamento. Me refería a adelantos industriales y más que eso. Podemos llevar agua al desierto. Como sabe, la irrigación es la raíz de toda civilización...
—Pero en este documento no veo nada que refleje lo que está diciéndome —dijo.
En ese momento llegó el té, traído en un carrito por un valet con guantes blancos. Sirvió el té de menta, ya familiar, dejándolo caer en un chorro humeante. Al tocar los vasos pequeños, el té emitía un silbido.
—Ésta es la manera tradicional de servir té de menta —explicó Kamel—. Trituran hojas de menta verde y las sumergen en agua hirviendo. Contiene todo el azúcar que es capaz de absorber. En algunos ambientes, se dice que es un tonificante; en otros, que es un afrodisíaco.
Rió mientras inclinaban los vasos y bebíamos el té perfumado.
—Tal vez ahora podamos continuar nuestra conversación—dijo, tan pronto como se cerró la puerta detrás del valet—. Usted tiene un contrato sin firmar con mi compañía donde pone que desea calcular las reservas de crudo; y aquí tiene un documento que pone que quiere analizar la importación de arena y otras materias primas. Desea proyectar cierta orientación, porque si no fuera así, no hablaría de los números Fibonacci. ¿Por qué tantas historias distintas?
—Sólo hay una —dijo Kamel, dejando su vaso de té y mirándola con atención—. El ministro Belaid y yo hemos estudiado con cuidado su resumen. Estuvimos de acuerdo en que usted sería la persona indicada para este proyecto... su historial demuestra que está dispuesta a quebrantar las reglas... —Y esbozó una amplia sonrisa—. Verá, querida Catherine, esta misma mañana le he negado el visado a su gerente, monsieur Petard.
Atrajo hacia sí la copia del ambiguo contrato, sacó una pluma y trazó su nombre a pie de página.
—Ahora tiene un contrato firmado que explica su misión aquí —dijo, pasándoselo por encima del escritorio. Miró fijamente la firma y sonrió. Kamel le devolvió la sonrisa.
—Excelente, jefe —dijo—. Y ahora, ¿tendrá alguien la amabilidad de explicarme lo que se supone que debo hacer?
—Queremos un modelo de computación —dijo suavemente—. Preparado en el mayor secreto.
—¿Y qué tiene que hacer el modelo? —preguntó, estrechando el contrato contra su pecho y deseando ver la cara de Petard cuando recibiera en París el contrato que ni una delegación completa de socios había conseguido hacer firmar.
—Nos gustaría poder predecir —dijo Kamel— qué hará económicamente el mundo cuando le cortemos el suministro de petróleo.
Las colinas de Argel son más empinadas que las de Roma o San Francisco. Hay lugares donde incluso es difícil permanecer de pie. Cuando llegaron al restaurante, una habitación pequeña en la segunda planta de un edificio que daba a una plaza abierta, estaba sin aliento. El restaurante se llamaba
El Bajour lo que, según explicó Kamel, significaba la silla del camello. En la pequeña entrada y el bar había sillas de camello dispersas, cada una de ellas bordada con hermosos patrones de hojas y flores bellamente coloreados.
El recinto principal tenía mesas con manteles blancos y almidonados y blancas cortinas de encaje que se levantaban suavemente a impulsos de la brisa que entraba por las ventanas abiertas. Afuera, las copas de las acacias salvajes golpeaban contra los postigos.
Eligieron una mesa colocada en una especie de alcoba redondeada, donde Kamel pidió pastilla aupigeon, un pastel crujiente empapado en canela y azúcar y relleno con una deliciosa combinación de carne de paloma, huevos revueltos picados, pasas, almendras tostadas y especias exóticas. Mientras comían el tradicional almuerzo mediterráneo de cinco platos, con los deliciosos vinos caseros fluyendo como agua, Kamel la entretuvo con historias del norte de África.
No había pensado en la increíble historia cultural de ese país que ahora llamaba su casa. Primero llegaron los tuaregs, cabilios y moros —esas tribus de los antiguos bereberes que se habían establecido en la costa—, seguidos por los cretenses y fenicios que habían establecido guarniciones allí. Después las colonias romanas, los españoles, que habían conquistado tierras moras después de recuperar las propias, y el imperio otomano, que dominó durante trescientos años a los piratas de la costa de Berbería. A partir de 1830, estas tierras habían estado dominadas por los franceses, hasta que la Revolución Argelina terminó con la dominación extranjera, diez años antes de su llegada.
En los intervalos, habían reinado más dinastías de Deys y Beys de las que podía enumerar, todas con nombres exóticos y prácticas más exóticas que sus nombres. Harenes y decapitaciones parecían constituir la regla. Ahora que primaba el gobierno musulmán, las cosas se habían calmado un poco. Pese a que había observado que Kamel bebía su parte de vino tinto con el tournedó y el arroz azafranado, y su vino blanco para bajar la ensalada... afirmaba ser un seguidor de al—Islam.
—Islam —dijo mientras les servían el café negro muy dulce y el postre—. Quiere decir paz, ¿no es así?
—En cierta forma —dijo Kamel, que estaba cortando en cuadrados el rahad lakhoum, una sustancia parecida a jalea cubierta de azúcar glas y aromatizada con ambrosía, jazmín y almendras—. Quiere decir lo mismo que shalom en hebreo: que la paz sea contigo. En árabe se dice salaam y va acompañado de una reverencia profunda, hasta tocar el suelo con la cabeza. Significa sometimiento total a la voluntad de Alá... sumisión completa. —Y le tendió un trozo de rahad lakhoum con una sonrisa—. En ocasiones, la sumisión a la voluntad de Alá significa la paz... pero otras veces, no.
—Las más de las veces, no —dije, pero Kamel la miró con seriedad.
—Recuerde que de todos los grandes profetas de la historia, Moisés, Buda, Juan el Bautista, Zaratustra, Cristo, Mahoma fue el único que fue a la guerra. Organizó un ejército de cuarenta mil hombres y lo dirigió en el ataque a La Meca. ¡Y la recuperó!
—¿Y qué me dice de Juana de Arco? —preguntó sonriendo.
—Ella no fundó una religión —contestó—. Pero tenía el espíritu adecuado. No obstante, el yihad no es lo que creen ustedes los occidentales. ¿Ha leído alguna vez El Corán?
Ella meneó la cabeza y agregó:
—Haré que le envíen un buen ejemplar... en inglés. Creo que lo encontrará interesante, y distinto de lo que podría imaginar.
Kamel pagó la cuenta y salieron a la calle.
—Y ahora, daremos ese paseo por Argel que le prometí ——dijo—. Me gustaría empezar mostrándole la Poste Centrale.
Se encaminaron a la gran oficina central de Correos, en el puerto. Mientras iban de camino, explicó:
—Todas las líneas telefónicas pasan por la Poste C.entrale. Es otro de esos sistemas que hemos heredado de los franceses, en los que todo se dirige a un centro y nada puede hacer el camino inverso... como las calles. Las llamadas internacionales se hacen manualmente. Le gustará verlo... sobre todo porque va a tener que lidiar con este sistema telefónico arcaico para diseñar el modelo de computación por el que acabo de firmar. Muchos de los datos que necesitará llegarán por línea telefónica.
Ella no estaba segura de que el modelo que le había descrito fuera a necesitar telecomunicaciones, pero habían acordado no hablar de ello en público, de modo que se limité a decir:
—Sí, tuve problemas anoche para conseguir una conferencia.
Subieron la escalinata hacia la Poste Centrale. Como todos los otros edificios, era grande y oscuro, con suelos de mármol y techos altos. Del techo colgaban arañas elaboradas, como en una sucursal bancaria de la década de los veinte. Por todas partes había retratos enmarcados de Houari Boumédienne, el presidente de Argelia. Tenía un rostro largo, grandes ojos tristes y un gran bigote victoriano.
En todos los edificios que había visto había mucho espacio vacío, y la Poste no era una excepción. Aunque Argel era una gran ciudad, nunca parecía haber gente suficiente para llenar todo el espacio, ni siquiera en las calles. Al llegar de Londres, esto resultaba impresionante. Mientras atravesaban Correos, el ruido de los tacones de sus zapatos despertaba un eco en las paredes. La gente hablaba en susurros, como si estuviera en una Biblioteca Pública. En un rincón alejado, con mucho espacio en torno, había un diminuto conmutador del tamaño de una mesa de cocina. Parecía diseñado por Alexander Graham Bell. Detrás de él había una mujercita de rostro tenso, de unos cuarenta años, con una acumulación de cabellos teñidos en lo alto de la cabeza. Su boca era un tajo de color de sangre brillante, un color que no se fabricaba desde la segunda guerra mundial, y el floreado vestido de voile también tenía solera. En lo alto del conmutador había una caja de chocolates con muchos papeles vacíos.
—¡Pero si es el ministro! —exclamó la mujer, sacando una clavija del conmutador y poniéndose en pie para saludarlo. Le tendió las dos manos y Kamel las tomó—. Recibí sus chocolates —dijo ella, señalando la caja—. ¡Suizos! Todo lo suyo es siempre de primera clase.
Tenía una voz grave como la de una cantante de Montmartre. Había algo de estibador en su personalidad, y le gustó enseguida. Hablaba francés como los marineros marselleses que tan bien imitaba Valerie, la doncella de Joan.
—Thérése, me gustaría que conocieras a mademoiselle Catherine Velis —dijo Kamel—. Está haciendo un importante trabajo de computación para el ministerio, para la OPEP, en realidad. Me pareció que serías la persona adecuada para presentársela.
—¡Ah, la OPEP! —exclamó Thérése, abriendo mucho los ojos y agitando los dedos—. Muy grande. Muy importante. ¡Esta debe ser inteligente! —observó—. ¿Sabe?, esta OPEP dará un gran golpe muy pronto, créame.
—Thérése lo sabe todo —dijo Kamel riendo—. Escucha todas las llamadas transcontinentales. Sabe más que el ministro.
—Naturalmente —dijo ella—. ¿Quién se ocuparía de los asuntos si yo no estuviera aquí?
—Thérése es pied noir —le dijo Kamel.
—Quiere decir pie negro —dijo ella en inglés. Después, volviendo al francés, explicó—: Nací con los pies en África pero no soy uno de esos árabes. Mi gente viene del Líbano.
Ella parecía destinada a no terminar de comprender las distinciones genéticas que se hacían en Argelia, a pesar de que a ellos les interesaban mucho.
—Anoche, la señorita Velis tuvo problemas para hacer una llamada —le dijo Kamel.
—¿Qué hora era? —preguntó.
—Alrededor de las once de la noche —dijo—. Traté de llamar a Londres desde El Riadh.
—¡Pero si yo estaba aquí! —exclamó. Después, meneando la cabeza, le dijo—: Estos tipos que trabajan en el conmutador del hotel son muy holgazanes. Interrumpen las conexiones. A veces hay que esperar ocho horas para conseguir hablar. La próxima vez, me lo hace saber y yo lo arreglo todo. ¿Quiere llamar esta noche? Dígame cuándo y eso está hecho.
—Quiero enviar un mensaje a un ordenador de Londres —le dijo—, para que alguien sepa que he llegado. Es un grabador, se da el mensaje y queda grabado digitalmente.
—¡Muy moderno! —dijo Thérése—. Si lo desea, puedo hacerlo en inglés.
Quedaron de acuerdo y escribió el mensaje para Nim, diciéndole que había llegado sana y salva y pronto iría a las montañas. El entendería; sabría que iba a buscar al anticuario de Llewellyn.
—Excelente —dijo Thérése doblando la nota—. Lo enviaré enseguida. Ahora que nos hemos conocido, sus llamadas siempre tendrán prioridad. Venga a visitarme alguna vez.
Al salir de la Poste, Kamel dijo:
—Thérése es la persona más importante de Argelia. Puede hacer triunfar o frustrar una carrera política, sólo con desconectar a quien le desagrada. Creo que usted le gusta. ¡Quién sabe, tal vez la haga presidenta! —agregó riendo.
Caminaban junto al puerto, de regreso al ministerio, cuando comentó como por casualidad.
—Observé por su mensaje que piensa ir a las montañas. ¿Hay algún lugar preciso al que quiera ir?
—Sólo a visitar al amigo de un amigo —dijo, sin comprometerse—. Y para ver algo del país.
—Pregunto porque estas montañas son el hogar de los cabilios. Yo crecí en ellas y conozco bien la región. Si lo desea, puedo enviarle un coche o llevarla yo mismo.
Aunque el ofrecimiento de Kamel era tan desinteresado como el de enseñarle Argel, advertió detrás de él un matiz que no conseguía precisar.
—Creí que había crecido en Inglaterra —dijo.
—Fui a los quince años para asistir a la escuela pública. Pero antes corría descalzo por las colinas de los cabilios, como una cabra salvaje. De verdad, debería tener un guía. Es una región magnífica pero resulta fácil perderse. Los mapas de carreteras de Argelia no son todo lo que deberían ser.
Estaba haciéndole un discurso de vendedor y pensó que sería descortés declinar su oferta.
—Tal vez sería mejor ir con usted —dijo—. ¿Sabe?, anoche, cuando salí del aeropuerto, me siguió la Sécurité. Un tipo llamado Sharri£ ¿Cree que significa algo?
Kamel se había detenido de golpe. Estaban en el puerto y los barcos gigantescos se balanceaban con suavidad con la marea baja.
—¿Cómo sabe que era Sharrif? —preguntó abruptamente.
—Lo conocí. Él... hizo que me llevaran a su oficina en el aeropuerto cuando me dirigía a la Aduana. Me hizo unas preguntas, todo con mucha cortesía, y después me dejó ir. Pero hizo que me siguieran...
—¿Qué clase de preguntas? —la interrumpió Kamel. Tenía la cara gris. Trató de recordar todo lo que había pasado y se lo contó a Kamel. Le habló incluso del comentario del taxista.
Cuando terminó, Kamel quedó en silencio. Parecía estar pensándose algo. Por último, dijo:
—Le agradecería que no mencionara esto a nadie más. Me ocuparé del asunto, pero yo que usted no me preocuparía demasiado. Probablemente sea un caso de confusión de identidad.
Recorrieron el puerto de regreso al ministerio. Cuando llegaron a la entrada, Kamel dijo:
—Si Sharrif vuelve a ponerse en contacto con usted por alguna razón, dígale que me ha informado de esto. —Y puso una mano en mi hombro—. Y dígale también que yo voy a llevarla a Cabilia.
La Cabilia
Y así Kamel y ella subieron a las Montañas Mágicas. En el viaje a la Cabilia. Cuanto más penetraban en ese terreno solitario, más perdía ella contacto con lo que le parecía real.
Nadie sabe con exactitud dónde empieza o termina la Cabilia. Es una confusión laberíntica de altos picos y profundas gargantas. Colocados entre el Medjerdas al norte de Constantino, y las Hodnas, debajo de Bouria, esas vastas cadenas anteriores del Alto Atlas —la Gran y la Pequeña Cabilia— se extienden a lo largo de treinta mil kilómetros, desmoronándose por fin por la cornisa rocosa al mar, cerca de Bejaia.
Mientras Kamel conducía su negro Citroén ministerial por el camino retorcido y sucio entre columnas de antiguos eucaliptus, las colinas azules se levantaban sobre ellos majestuosas, coronadas de nieve y de misterio. Debajo de ellas se extendía la Tizi-Ouzou, la Garganta de la Aulaga, donde el salvaje brezo argelino bañaba el amplio valle con un brillante color fucsia, con las pesadas flores balanceándose como olas ante cada impulso de la brisa. El aroma era mágico y penetraba el aire con una fragancia mareante.
Junto al camino, las claras aguas azules del Ouled Sebaou se abrían paso entre los brezos. Este río, alimentado por el deshielo primaveral, recorría cuatrocientos ochenta kilómetros hasta Cabo Bengut, regando el Tizi-Ouzou a lo largo del cálido verano. Era difícil imaginar que estábamos sólo a cincuenta kilómetros del brumoso Mediterráneo y que a ciento cuarenta y cinco kilómetros al sur de donde se hallaban, se extendía el mayor desierto del mundo.
Durante las cuatro horas transcurridas desde que la recogido en su hotel, Kamel había permanecido en un silencio insólito. Se había tomado bastante tiempo para llevarla allí. Casi dos meses desde que se lo prometió. Y durante ese tiempo le había encargado todo tipo de misiones... algunas descabelladas.
Inspeccioné refinerías, desmotadoras y molinos. Vio mujeres con rostros cubiertos de velos y descalzas, sentadas sobre capas de sémola, separando cuscús; le ardieron los ojos en el aire caliente y lleno de fibras en suspensión de las plantas textiles; se quemó los pulmones inspeccionando plantas de extrusión, y estuvo a punto de caer de cabeza dentro de un tanque de acero fundido desde el precario andamio de una refinería. Le había enviado a todas partes de la zona oeste del estado: Orán, Tlemcén, Sidi-bel-Abbes, para que pudiera reunir los datos necesarios como base para su modelo. Pero nunca al este, donde estaban los Cabilios.
Durante siete semanas, alimentó los grandes ordenadores de Sonatrach, el conglomerado petrolero, con datos sobre todas las industrias imaginables. Incluso puso a trabajar a Thérése, la telefonista, recogiendo estadísticas gubernamentales sobre producción de crudo y consumo en otros países... para poder comparar balanzas comerciales y ver qué país sufriría más. Como dijo a Kamel, en un país en el que la mitad de las comunicaciones pasaban por un conmutador de la primera guerra mundial, y la otra mitad, a camello, no era fácil elaborar un sistema. Pero lo haría lo mejor que pudiera.
Por otra parte, parecía más lejos que nunca su objetivo: encontrar el juego de Montglane. No había tenido noticias de Malfoy ni de su adjunta: la pitonisa. Thérése había enviado todos los mensajes que se le ocurrieron a Nin, Ginny y Mordecai, pero sin resultado. En lo que a ella refería, había un vacío de información. Y Kamel la había alejado tanto del centro, que casi sentía que sabía lo que ella planeaba.
Y de pronto, esa mañana, apareció en su hotel, ofreciendo «ese viaje que le prometí».
—¿Usted se crió en esta región? —preguntó, bajando el vidrio ahumado para ver mejor.
—En la cadena posterior —contestó Kamel—. Allí, la mayor parte de las aldeas están sobre altos picos y tienen una vista hermosa. ¿Querría ir a algún sitio en especial o me limito a llevarla en el gran tour?
—Bueno, en realidad hay un anticuario que me gustaría visitar... colega de un amigo de Londres. Prometí ver su tienda, si no lo desvía demasiado...
Le pareció mejor hablar con displicencia, porque no sabía mucho sobre el contacto de Llewellyn. No conseguía encontrar la aldea en ningún mapa, aunque, como decía Kamel, las cantes géographiques argelinas eran algo precarias.
—¿Antigüedades? —preguntó Kamel—. No hay muchas. Hace tiempo ya que las cosas de valor están encerradas en los museos. ¿Cómo se llama la tienda?
—No lo sé. La aldea se llama Ain Ka-abah —le dijo—. Llewellyn dijo que era la única tienda de antigüedades del pueblo.
—Qué cosa tan extraña —dijo Kamel, siempre mirando el camino—. Ain Ka-abah es la aldea en que nací. Es un lugar diminuto, lejos de las rutas conocidas, pero allí no hay ninguna tienda de antigüedades... de eso estoy seguro.
Sacando la agenda de su mochila, buscó las rápidas notas que había tomado de Llewellyn.
—Aquí está. No hay nombre de calle, pero está en la zona norte del pueblo. Parece que su especialidad son las alfombras antiguas. El nombre del dueño es El-Marad...
Tal vez fuera su imaginación, pero le pareció que Kamel se ponía un tanto verde. Tenía la mandíbula tensa y cuando habló, su voz era forzada.
—El-Marad -dijo-. Lo conozco. Es uno de los mayores comerciantes de la región, famoso por sus alfombras. ¿Le interesa comprar una alfombra?
—En realidad, no —dijo, cautelosa. Kamel no se lo decía todo, aunque su expresión mostraba bien a las claras que algo andaba mal—. Mi amigo de Londres sólo me pidió que pasara a verlo. Si es un problema, siempre puedo venir yo en otro momento.
Kamel permaneció mudo unos minutos. Parecía estar pensando. Llegaron al final del valle y empezó a ascender las montañas. Había prados ondulados de hierba primaveral, moteados con árboles frutales en flor. Junto al camino, se veían niños que vendían manojos de espárragos, gordos y negros champiñones y narcisos fragantes. Kamel salió de la carretera y estuvo charlando varios minutos en una lengua extraña... algún dialecto bereber que sonaba como el gorjeo de los pájaros. Después volvió a meter la cabeza en el coche y le ofreció un ramo de flores de olor muy delicado.
—Si va a conocer a El-Marad—dijo, recuperando su habitual sonrisa—,espero que sepa regatear. Es despiadado como un beduino y diez veces más rico. Yo no lo he visto... de hecho, no he estado en casa desde que murió mi padre. Mi aldea tiene muchos recuerdos para mí...
—No es necesario ir —repitió.
—Por supuesto que iremos—dijo Kamel con firmeza, aunque el tono de su voz no era precisamente entusiasta—. Sin mí, no podría encontrar el lugar. Además, El-Marad se sorprenderá al verme. Desde la muerte de mi padre, ha sido el jefe de la aldea... —Kamel volvió a guardar silencio con un aspecto más bien siniestro. Se preguntó qué sucedía.
—¿Y cómo es ese vendedor de alfombras? —preguntó para romper el hielo.
—En Argelia, el nombre de un hombre puede indicarle a uno muchas cosas —dijo Kamel mientras giraba con destreza por los caminos cada vez más tortuosos—. Por ejemplo Ibn significa hijo de. Algunos son nombres de sitios, como Yamini, es decir Hombre del Yemen, o Jabal-Tarik, montaña de
Tarik, o Gibraltar. Las palabras El, Al y Bel se refieren a Alá o Baal, es decir, dios, como Aníbal, Asceta de Dios, o Aladino, Sirviente de Alá, etcétera...
—¿Entonces qué significa El-Marad, Merodeador de Dios? —preguntó riendo.
—Está más cerca de lo que cree —dijo Kamel, lanzando una risa incómoda—. El nombre no es árabe ni bereber, sino acadio, la lengua de la antigua Mesopotamia. Es una forma abreviada de Babel, que se suponía que se elevaría hasta el sol, hasta las puertas del cielo. Eso es lo que significa Babel: la Puerta de Dios. Y Nimrod quiere decir el rebelde... el que desobedece a los dioses.
—¡Todo un nombre para un vendedor de alfombras! —rió, aunque por supuesto había observado las semejanzas con el nombre de otro a quien conocía.
—Sí —aceptó—, si eso fuera todo lo que es.
Kamel no quería explicar a qué se refería, pero no era casual que entre cientos de aldeas hubiera crecido precisamente en la que era el hogar de este comerciante.
Hacia las dos de la tarde, cuando llegaron al pequeño balneario de Beni Yenni, su estómago rugía de hambre. La pequeña posada en lo alto de una montaña era más bien destartalada, pero los oscuros cipreses italianos que se retorcían contra las paredes ocres y los tejados rojos, le daban mucho encanto.
Almorzaron en la pequeña terraza embaldosada, rodeada por una barandilla blanca que sobresalía de la cumbre, de la montaña. Abajo, las águilas rozaban el suelo del valle y de sus alas se desprendían destellos dorados cuando atravesaban la ligera bruma azul que se levantaba del Oouled Aissi. A su alrededor veían el peligroso terreno: caminos serpenteantes como delgadas cintas deshilachadas a punto de resbalar por las laderas; aldeas enteras que parecían rojizos cantos rodados que se despeñaran, mantenidas en precario equilibrio en lo más alto de cada elevación. Aunque ya estábamos en junio, el aire era lo bastante frío como para necesitar el jersey, al menos treinta grados más frío que el de la costa que habían abandonado esa mañana. Al otro lado del valle, vio la nieve que coronaba el macizo Djurdjura, y las nubes bajas sospechosamente cargadas... justo en la dirección hacia la que íban.
Éran las únicas personas de la terraza y el camarero parecía algo malhumorado mientras traía de la cálida cocina sus tragos y la comida. Se preguntó si habría algún huésped en la posada, que recibía un subsidio estatal para alojar a miembros del ministerio. El tráfico turístico en Argelia no era suficiente como para mantener ni siquiera los balnearios más accesibles de la costa.
Permanecían sentados en medio del aire vigorizante, bebiendo el amargo y rojo byrrh con limón y hielo picado. Comieron en silencio. Un caldo caliente de verduras, panes crujientes y pollo hervido con mahonesa y aspic. Kamel parecía aún perdido en sus reflexiones.
Antes de salir de Beni Yenni, abrió el maletero y sacó un montón de mantas de lana. Estaba tan preocupado como ella por el aspecto del tiempo. Casi de inmediato, el camino se hizo precario. ¿Cómo podía imaginar que eso no era nada comparado con lo que les esperaba?
De Beni Yenni a Tikjda había una hora de camino, pero pareció una eternidad. La pasaron en silencio casi absoluto. Al comienzo, el camino descendía hasta el valle, cruzaba el pequeño río y volvía a ascender lo que parecía una colina baja y ondulante. Pero cuanto más avanzaban, más empinada se volvía. Cuando llegaron arriba, el Citroén resoplaba. Miró abajo. Ante ella había un abismo de seiscientos metros de profundidad, un laberinto de aserradas y abiertas gargantas practicadas en la roca. Y su camino, o lo que quedaba de él, era una masa de hielo en derrumbe... gravilla incrustada a punto de caer en la arista de la loma. Y para aumentar la emoción, esa estrecha vereda practicada en la roca, retorcida como un nudo marinero, también descendía por la ladera rocosa en una inclinación del quince por ciento... hasta llegar a Tikjda.
Mientras Kamel conducía el grande y felino Citroën por encima del borde y lo colocaba en el camino inseguro, cerró los ojos y recitó unas plegarias. Cuando volvió a abrirlos, habían girado en la curva. Y ahora el camino parecía desconectado de todo, suspendido en el espacio, entre las nubes. A ambos lados, las gargantas descendían trescientos metros o más. Las montañas nevadas parecían surgir como estalagmitas del suelo del valle. Un viento salvaje, atorbellinado, se elevaba por las paredes de los negros barrancos, absorbiendo nieve y oscureciendo el camino. Ella habría sugerido volver... pero no había lugar para hacer la maniobra.
Le temblaban las piernas cuando apoyó con fuerza los pies contra el suelo, preparada para el golpe cuando perdieran el camino y salieran despedidos al espacio. Kamel disminuyó la velocidad a cincuenta kilómetros, después a treinta... hasta que avanzaban a quince. Absurdamente, a medida que descendían la pendiente, la nieve se hacía más pesada. En ocasiones, al girar en una curva pronunciada, encontraban un carro o un camión roto abandonados en el camino.
—¡Pero si estamos en junio, por el amor de Dios! —dijo a Kamel mientras les abrían paso con cautela alrededor de un desfiladero especialmente alto.
—Ni siquiera nieva todavía —dijo con tranquilidad—. Sólo sopla un poco...
—¿Qué quiere decir con todavía? —preguntó.
—Espero que le gusten sus alfombras —dijo Kamel con una sonrisa tensa —porque esto puede costarle más que dinero. Aun si no nieva, si el camino no se derrumba... si llegamos a Tikjda antes de que oscurezca... todavía tenemos que atravesar el puente.
—¿Antes de que oscurezca? —exclamó, desplegando su hermético e inútil mapa de la Cabilia—. Según esto, Tikjda está a sólo cuarenta y ocho kilómetros de aquí... y el puente está justo después.
—Sí —aceptó Kamel—, pero los mapas sólo muestran las distancias en línea recta. Las cosas que en dos dimensiones parecen cercanas, en la realidad pueden estar muy alejadas.
Llegaron a Tikjda a las siete en punto. El sol, que afortunadamente pudieron ver, hacía equilibrios en la última cornisa, preparado para hundirse detrás del Rif. Habían necesitado tres horas para recorrer cuarenta y ocho kilómetros. En el mapa, Kamel había señalado Ain Ka-abah cerca de Tikjda.
Parecía como si pudieran ir corriendo de un lado al otro... pero el dato resultó ser singularmente engañoso.
Salieron de Tikjda, donde se detuvieron sólo para cargar gasolina y llenar sus pulmones de aire fresco de montaña. El tiempo había mejorado... el cielo estaba sereno, el aire era sedoso, y lejos, más allá de los pinos en forma de prisma, se extendía un fresco valle azul. En el centro de este valle, tal vez a diez u once kilómetros de distancia, había una enorme montaña cuadrada que se alzaba púrpura y dorada bajo los últimos rayos del sol, y cuya cumbre era chata como la de una meseta. Estaba totalmente sola en medio del ancho valle.
—Ain Ka-abah —dijo Kamel, señalando por la ventanilla.
—¿Allá arriba? —preguntó—. Pero no veo ninguna carretera...
—No la hay... es sólo una vereda para ascender a pie —contestó—. Varios kilómetros por terreno pantanoso en la oscuridad, y después arriba por la senda. Pero antes de llegar, tenemos que cruzar el puente.
El puente estaba apenas a ocho kilómetros de Tikjda... pero mil doscientos metros más abajo.. En el crepúsculo —ese momento especialmente difícil para lograr una visión clara—, resultaba complicado atravesar las sombras purpúreas proyectadas por los altos desfiladeros. Pero a su derecha, el valle seguía brillante, lleno de una luz que convertía a la montaña de Ain Kaabah en un lingote de oro. Ante sus ojos había un paisaje que la dejó sin aliento. El camino descendía, descendía, casi hasta el suelo del valle... pero ciento cincuenta metros más arriba, suspendido sobre el torrente impetuoso de un río, estaba el puente. A medida que bajaron hacia el suelo del cañón, Kamel iba disminuyendo la marcha. Al llegar al puente se detuvo.
Kamel colocó la pulida limusina negra en la basta superficie. Sentía que el puente temblaba debajo de ellos.
—Le resultará difícil de imaginar —susurró Kamel, como si la vibración de su voz pudiera ser la gota que rebasara el vaso—, pero en pleno verano ese río es apenas un hilo seco que atraviesa las marismas... apenas gravilla suelta durante toda la estación cálida.
—¿Y cuánto dura la estación cálida... quince minutos? —preguntó con la boca seca de miedo mientras el coche avanzaba crujiendo. Un leño o algo así golpeó los pilares del fondo y el puente tembló como si estuvieran sufriendo un terremoto. Se aferró al asiento hasta que se detuvo.
Cuando las ruedas delanteras del Citroén pisaron terreno sólido, empezó a respirar otra vez. Mantuvo los dedos cruzados hasta que sintió que también las traseras tocaban tierra. Kamel detuvo el coche y la miró con una amplia sonrisa de alivio.
—¡Es increíble lo que las mujeres pueden pedir a un hombre sólo para hacer unas compras! —dijo.
El terreno, del valle parecía demasiado blando para bajar con el coche, así que lo dejaron en la última terraza de piedra bajo el puente. Veredas de cabras zigzagueaban por las marismas, abriendo una senda en las altas y duras hierbas. En el lodo se veían el estiércol y las profundas huellas de patas hendidas.
—Suerte que llevaba los zapatos apropiados —dijo, mirando con tristeza sus sandalias doradas, inadecuadas para cualquier cosa.
—El ejercicio le vendrá bien —dijo Kamel—. Las mujeres cabilias marchan todos los días... con veintiocho kilos a la espalda. —Y le sonrió.
—Debo confiar en usted porque me gusta su sonrisa —le dijo—. No hay otra explicación de por qué estoy haciendo esto.
—¿Qué diferencia hay entre un beduino y un cabilio? —preguntó mientras avanzaba lentamente por los pastos mojados.
—¿Es un chiste étnico? —preguntó riendo.
—No, lo digo en serio. El beduino se distingue porque nunca muestra los dientes cuando ríe. Es descortés mostrar las muelas... en realidad, da mala suerte. Observe a El-Marad y ya verá.
—¿No es cabilio? —preguntó. Íban progresando por el oscuro y chato valle del río. La montaña de Ain Ka—abah estaba suspendida sobre ellos, iluminada todavía por el sol. Allí donde se habían pisado las hierbas húmedas, vieron flores silvestres de colores púrpura, amarillo y rojo, cerrándose para la noche.
—Nadie lo sabe —dijo Kamel, guiándola—. Hace años llegó a la Cabilia, nunca supe de dónde, y se instaló en Ain Ka-abah. Es un hombre de orígenes misteriosos.
—Tengo la impresión de que no le resulta simpático —dijo.
Kamel siguió caminando en silencio.
—Es difícil tenerle simpatía a un hombre a quien se considera responsable de la muerte del padre de uno —dijo por fin.
—¡La muerte! —exclamó, adelantándose aprisa para colocarse a su lado. Perdió una sandalia, que desapareció entre los pastos. Kamel se detuvo mientras la buscaba—. ¿Qué quiere decir? —murmuró por entre las altas hierbas.
—Mi padre y El-Marad se asociaron en una aventura comercial —dijo mientras ella recuperaba su sandalia—. Mi padre fue a Inglaterra a ultimar una negociación. Fue atracado y asesinado por matones en las calles de Londres.
—De modo que este El—Marad no tuvo una responsabilidad directa —dijo, poniéndose a su lado mientras seguían andando.
—No —dijo Kamel—. De hecho, pagó mis estudios con los beneficios del negocio de mi padre, para que pudiera permanecer en Londres. Pero se guardó el negocio. Nunca le envié una nota de agradecimiento. Por eso dije que le sorprendería verme.
—¿Y por qué lo hace responsable de la muerte de su padre? —lo preguntó. Era evidente que Kamel no deseaba hablar del asunto. Cada palabra parecía requerir un esfuerzo.
—No lo sé —dijo tranquilamente, como si lamentara haber sacado el tema—. Tal vez piense que debió haber ido él.
Durante el resto del camino del valle permanecieron en silencio. El sendero que ascendía a Ain Ka—abah era una larga espiral que circundaba la montaña. Había media hora del pie de la montaña hasta su cumbre... y los últimos cuarenta metros eran amplios escalones practicados en la piedra y muy pulidos por el paso de muchos pies.
—¿Cómo come la gente que vive aquí? —preguntó cuando llegaban jadeantes a lo alto. Las cuatro quintas partes de Argelia eran desierto, no había madera y la única tierra cultivable estaba a trescientos kilómetros de distancia, junto al mar.
—Hacen alfombras —contestó Kamel— y joyas de plata, que truecan. En la montaña hay piedras preciosas y semipreciosas... cornalina y ópalo y algunas turquesas. Todo lo demás se importa de la costa.
La aldea de Ain Ka-abah tenía una larga calle central, con casas de estuco a ambos lados. Se detuvieron en el camino sucio, frente a una gran casa con techo de paja. Las cigüeñas habían hecho un nido en la chimenea, y había varias posadas en el tejado.
—Esta es la casa de los tejedores —dijo Kamel.
Mientras bajaban por la calle, observó que el sol había desaparecido por completo. Era un hermoso crepúsculo color lavanda... pero el aire iba enfriándose.
En la calle había algunos carros llenos de heno, varios asnos y pequeños rebaños de cabras. Supuso que era más fácil subir la colina con carros tirados por asnos que con una limusina Citroën.
En el extremo del pueblo, Kamel hizo una pausa frente a una casa grande. Se quedó mirándola largo tiempo. La casa era de estuco, como las otras, pero tal vez el doble de grande y con un balcón que cruzaba la fachada. Había una mujer golpeando alfombras. Era oscura y llevaba ropa muy colorida. Junto a ella había una niña pequeña con rizos dorados, con un vestido blanco y una bata. La parte superior de su cabello estaba trenzada en mechones muy finos que caían como rizos sueltos. Cuando los vio, corrió escaleras abajo y se les acercó.
Kamel habló a la madre, que permaneció un momento mirándolo en silencio. Después la vio a Hermione y le dedicó una sonrisa, mostrando varios dientes de oro. Entró en la casa.
—Ésta es la casa de El-Marad —dijo Kamel
Mientras entraban en la casa, Kamel cogió a la pequeña de la mano y la miró con afecto.
—Nunca la había visto —admitió—, pero me mantengo informado de lo que sucede en mi aldea. Lamento no haberle traído un presente
Revolvió en su bolsa para ver si encontraba algo que resolviera el problema. Una pieza del ajedrez magnético de Ginny quedó suelta en su mano. Era sólo una pieza de plástico: la Reina Blanca. Parecía una muñeca en miniatura. Se la dio a la niña. Muy excitada, se apresuró a ir a mostrar el juguete a su madre. Kamel le sonrió, agradecido.
La mujer salió y los hizo entrar en la casa en penumbras. Llevaba en la mano la pieza de ajedrez, charlaba en bereber con Kamel y no le quitaba los brillantes ojos de encima. Tal vez le estuviera haciendo preguntas sobre ella. De vez en cuando, le tocaba con dedos ligeros como plumas.
Kamel le dijo unas palabras y la mujer se fue
—Le he pedido que traiga a su El-Marad —le dijo—. Podemos entrar en la tienda y esperar allí. Una de las criadas nos traerá café.
La tienda de alfombras era grande y ocupaba la mayor parte de la planta principal. Había alfombras apiladas por todas partes, plegadas y enrolladas formando largos tubos contra las paredes. Había alfombras cubriendo el suelo y otras pendiendo de los muros y colgadas de la barandilla interior de la segunda planta. Se sentaron en el suelo, sobre cojines, con las piernas cruzadas. Entraron dos mujeres jóvenes, una de las cuales llevaba una bandeja con un samovar y tazas, y la otra un soporte para colocarla.
Dispusieron todo y le sirvieron café. Al mirarla lanzaban risillas y después apartaban rápidamente la mirada. Al cabo de unos momentos, se fueron.
—El-Marad tiene tres esposas —le dijo Kamel—. La fe islámica permite hasta cuatro, pero no es probable que tome otra a estas alturas.
—¿Pero usted no tiene ninguna? —preguntó.
—La ley del estado sólo permite a un ministro tener una esposa —contestó Kamel—. De modo que hay que ser más cauteloso. —le sonrió, pero parecía apagado. Era evidente que se hallaba en tensión.
—Al parecer, estas mujeres me encuentran divertida. Cuando me miran, ríen —dijo para aligerar el ambiente.
—Tal vez nunca antes hayan visto a una mujer occidental —dijo Kamel—. Lo seguro es que jamás han visto una mujer con pantalones. Probablemente desearían hacerle muchas preguntas, pero son demasiado tímidas.
En ese momento se abrieron las cortinas que había detrás del balcón y entró en el cuarto un hombre alto e imponente. Medía más de un metro ochenta y tenía una nariz larga y afilada, curvada como el pico de un halcón, cejas hirsutas sobre unos ojos negros y penetrantes, y una mata de cabello negro estriado de canas. Llevaba un largo caftán rojo y blanco de lana fina y ligera y caminaba con paso vigoroso. No representaba más de cincuenta años. Kamel se levantó para saludarlo y se besaron en ambas mejillas, llevándose los dedos a las frentes y el pecho. Kamel le dijo algunas palabras en árabe y el hombre se volvió hacia Hermione. Su voz era más aguda de lo que esperaba, y suave... casi un susurro.
—Soy El-Marad —le dijo—. Un amigó de Kamel Kader es bienvenido en mi casa.
Le hizo un gesto para que tomara asiento y él se sentó frente a ella, con las piernas cruzadas a la turca. No advertía entre ambos hombres, que hacía por lo menos diez años que no hablaban, ninguna señal de la tensión mencionada por Kamel. El-Marad había arreglado su ropa en torno a sí y la miraba con interés.
—Le presento a mademoiselle Catherine Velis—dijo Kamel con gran cortesía—. Ha venido de Londres para trabajar para la OPEP.
—La OPEP —repitió El-Marad, asintiendo—. Por fortuna, aquí en las montañas no tenemos petróleo, porque si no también nosotros tendríamos que cambiar nuestra forma de vida. Espero que disfrute de su estancia en nuestra tierra y que, a través de su trabajo, y si es voluntad de Alá, prosperemos todos.
Levantó la mano y entró la madre, llevando a la pequeña. Dio a su marido la pieza de ajedrez y él se la tendió.
—Entiendo que ha dado un regalo a mi hija —dijo—. Soy su deudor. Por favor, elija la alfombra que quiera.
Volvió a levantar la mano y madre e hija desaparecieron tan silenciosamente como habían entrado.
—No, por favor —dijo—. Es sólo un juguete de plástico.
Pero él miraba la pieza que tenía en la mano y no parecía oírle. De pronto la miró con ojos de águila bajo las cejas fruncidas.
—¡La Reina Blanca! —susurró, lanzando una rápida mirada a Kamel y volviéndose hacia ella otra vez—. ¿Quién la ha enviado? —preguntó—. ¿Y por qué lo ha traído a él?
Esto le cogió por sorpresa y miró a Kamel. Y entonces comprendió. El sabía por qué estaba ella allí... tal vez la pieza de ajedrez fuera una especie de señal de que venía de parte de Llewellyn. Pero si era así, se trataba de una contraseña que Llewellyn no había mencionado.
—Lo siento muchísimo—dijo, tratando de suavizar las cosas—. Un amigo mío, un anticuario de Londres, me pidió que viniera a verlo. Kamel tuvo la amabilidad de traerme.
El-Marad permaneció silencioso un momento, pero la miraba severamente bajo sus pobladas cejas. Seguía jugando con la pieza de ajedrez como si fuera la cuenta de un rosario. Por último, se volvió hacia Kamel y le dijo unas palabras en bereber. Kamel asintió y se puso de pie. Mirándola, dijo:
—Creo que iré a tomar el aire. Parece que hay algo que El-Marad quiere decirle en privado. —Y le sonrió para demostrar que la rudeza de ese hombre extraño no le molestaba. Volviéndose hacia El- Marad, agregó—: Pero Catherine es dakhil-ak, ya sabe...
—¡Imposible! —exclamó El-Marad, levantándose él también—. ¡Es una mujer!
—¿Qué es eso? —preguntó, pero Kamel había salido y se quedó a solas con el vendedor de alfombras.
—Dice que está usted bajo su protección —dijo El— Marad, volviéndose hacia ella cuando estuvo seguro de que Kamel se había ido—. Es una formalidad beduina. En el desierto, un hombre perseguido puede aferrarse de los vestidos de otro hombre. La responsabilidad de la protección es insoslayable, aunque no pertenezcan a la misma tribu. Rara vez se ofrece, a menos que se la solicite... ¡y jamás a una mujer!
—Tal vez pensó que dejarme sola con usted exigía medidas extremas —sugirió.
El-Marad la miró estupefacto.
—Es usted muy valerosa al hacer bromas en un momento como éste —dijo lentamente, caminando alrededor de ella, estudiándola—. ¿No le dijo que lo eduqué como a mi propio hijo? —El-Marad se detuvo y le dedicó otra de sus fastidiosas miradas—. Somos nahnu malihin, estamos en términos de sal. Si en el desierto comparte usted su sal con alguien, esa sal vale más que el oro...
—De modo que es usted beduino —dijo—. Conoce todas las costumbres del desierto y jamás ríe...me pregunto si Llewellyn Markham lo sabe. Tendré que enviarle una nota para hacerle saber que los beduinos no son tan corteses como los bereberes.
Ante la mención del nombre de Llewellyn, El-Marad palideció.
—De modo que él la envía —dijo—. ¿Por qué no ha venido sola?
Suspiró y miró la pieza de ajedrez que tenía en la mano.
—¿Por qué no me dice dónde están? —preguntó - Ya sabe qué he venido a buscar.
—Muy bien —dijo. Se sentó, sirviéndose un poco de café en una tacita y sorbiéndolo—. Hemos localizado las piezas e intentado comprarlas... sin resultado. La mujer que las tiene ni siquiera quiere vernos. Vive en la Casbah de Argel, pero es muy rica. Aunque no es dueña de todo el juego, tenemos razones para creer que posee muchas piezas. Podemos reunir los fondos para comprarlas... si usted consigue verla...
—¿Y por qué no quiere verlo a usted? —dijo, repitiendo la pregunta que había hecho a Llewellyn.
Vive en un harén —dijo él—. Está enclaustrada... la palabra harén significa santuario prohibido. Allí no puede entrar ningán hombre, salvo el amo.
—¿Y por qué no negociar con su marido? —preguntó.
—Ya no vive —dijo El-Marad, dejando la taza de café con un gesto de impaciencia—. El está muerto y ella es rica. Los hijos de él la protegen, pero no son hijos de ella. No saben que tiene las piezas. Nadie lo sabe...
—¿Entonces cómo lo sabe usted? —preguntó, levantando la voz—. Mire, me ofrecí para hacer este sencillo favor a un amigo, pero usted no me ayuda. Ni siquiera me ha dicho el nombre o la dirección de esta mujer.
Hizo una pausa y la miró con cuidado.
—Se llama Mokhfi Mokhtar—dijo—. En la Casbah no hay nombres de calles, pero no es grande... la encontrará. Y cuando lo haga, ella venderá si usted le da el mensaje secreto que voy a decirle. Ese mensaje abrirá todas las puertas.
—Vale —dijo con impaciencia.
—Dígale que usted ha nacido en el Día Santo Islámico... el Día de la Curación. Dígale que ha nacido, según el calendario occidental... el cuatro de abril...
Ahora le tocaba mirar a ella. Se le heló la sangre y su corazón latía muy fuerte. Ni siquiera Llewellyn sabía la fecha de su cumpleaños.
—¿Y porqué tendría que decirle eso? —preguntó con toda la calma de que fue capaz.
—Es el día del cumpleaños de Carlomagno —le dijo con suavidad—, el día en que el juego de ajedrez salió de la tierra... un día importante relacionado con las piezas que buscamos. Se dice que aquel destinado a volver a reunir las piezas después de todos estos años, habrá nacido ese día. Mokhfi Mokhtar conocerá la leyenda... y aceptará verla.
—¿Usted la ha visto alguna vez? —preguntó.
—Sí, una vez hace muchos años... —dijo, y su expresión cambió al recordar el pasado.
Se preguntó cómo era en verdad este hombre... alguien a quien la gente del pueblo evidentemente temía, pero que tenía negocios con un pusilánime como Llewellyn... un hombre a quien Kamel creía sospechoso de robar el negocio de su padre e incluso de haberlo enviado a la muerte, pero que había pagado por su educación para que pudiera llegar a ser uno de los ministros más influyentes del país. Vivía aquí como un ermitaño, a miles de kilómetros de cualquier parte, con un enjambre de esposas... pero tenía contactos comerciales en Londres.
—... Entonces era muy hermosa —estaba diciendo—. Ahora debe ser muy vieja. La vi, pero sólo un momento. Naturalmente, yo no sabía entonces que tenía las piezas... que algún día sería... pero tenía ojos parecidos a los suyos. Eso sí lo recuerdo —dijo, y volvió a ponerse alerta—. ¿Es todo lo que desea saber?
—¿Y cómo consigo el dinero, si puedo comprar las piezas? —preguntó, volviendo a los negocios.
—Ya arreglaremos eso —dijo con brusquedad—. Puede contactar conmigo a través de este apartado postal... —Y le tendió una tira de papel con un número. En ese momento, una de las esposas metió la cabeza por entre los cortinados y detrás de ella vieron a Kamel.
—¿Han terminado el negocio? —preguntó, entrando en la habitación.
—Del todo —dijo El-Marad, poniéndose en pie y ayudándola a hacer lo mismo—. Su amiga es una negociante dura. Puede reclamar el al-basbarab para otra alfombra.
Sacó de un montón dos alfombras enrolladas de pelo de camello sin peinar. Los colores eran hermosos.
—¿Qué es lo que he reclamado? —preguntó sonriendo.
—El regalo que corresponde a alguien que trae buenas noticias —dijo Kamel, echándose las alfombras a la espalda—. ¿Qué buenas noticias ha traído? ¿O eso también es un secreto?
—. ¿Qué buenas noticias ha traído? ¿O eso también es un secreto?
—Me trae un mensaje de un amigo —dijo suavemente El-Marad—. Si quiere, puedo enviar un chico con un asno para bajar con ustedes —agregó.
Kamel respondió que se lo agradecería, y enviaron a buscarlo. Cuando el chico llegó, El-Marad los acompañó hasta la calle.
—¡Al-safarzafar!—dijo El—Marad, despidiéndolos.
—Un viejo proverbio árabe —dijo Kamel—. Quiere decir: Viajar es la victoria. Le desea lo mejor.
—No es tan cascarrabias como pensé al principio —dijo a Kamel—. De todos modos, no me inspira confianza.
Kamel rió. Parecía mucho más tranquilo.
Juega usted muy bien el juego —dijo.
Tuvo un sobresalto, pero continuó andando en la noche oscura. Estaba contenta de que no pudiera verle la cara.
—¿Qué quiere decir? —preguntó.
—Quiero decir que consiguió dos alfombras gratis del más astuto comerciante de Argelia. Si esto se supiera, su reputación quedaría arruinada.
Caminaron un rato en silencio, escuchando los chirridos de las ruedas de la carreta que los precedía en la oscuridad.
—Creo que deberíamos ir a pasar la noche en las dependencias del ministerio en Bouira —dijo Kamel—. Está a unos dieciséis kilómetros de aquí, camino abajo. Tendrán habitaciones agradables para nosotros y podríamos regresar a Argel mañana... a menos que prefiera regresar esta noche.
—Ni hablar—le dijo.
Además, en el alojamiento del ministerio tendrían probablemente baños calientes y otros lujos de los que hacía meses que no disfrutaba. Aunque El Riadh era un hotel encantador,su encanto se había gastado después de dos meses de agua fría con viruta de hierro. Después de regresar al coche con sus alfombras, dar propina al chico e iniciar el camino hacia Bouira, saqué su diccionario de árabe para buscar unas palabras que le habían desconcertado.
Tal como sospechaba, Mokhfi Mokhtar no era un nombre. Significa el Elegido Oculto. La elegida secreta.
