Le odiaba.

No podría llegar al metro y medio, y quizá la palabra le quedase demasiado grande, pero no encontraba otra que definiese el desprecio que sentía hacia aquel niño.

Tenía unos ojos iguales a los suyos —aunque los suyos eran más bonitos, con diferencia—, pero su cabello era más claro, de un amarillo muy feo. Tenía la piel más morena, quizá. Y una sonrisa de oreja a oreja, como si se estuviese burlando de él.

Lo odiaba. Y mucho.

—¿Tooru-kun, verdad?

Alzó la mirada para observar a esa mujer. Rubia hasta los hombros, ojos verdes —Iwa-chan tenía ojos verdes más bonitos—, piel morena —Iwa-chan también tenía un tono mucho más lindo— y sonrisa fea.

Su mamá era mucho, mil veces, más bonita que ella.

Oikawa —se cruzó de brazos—. Es Oikawa para usted.

Si Iwa-chan había decidido llamarle por su apellido —siendo su mejor amigo interestelar— esa mujer, que no le caía ni una estrella de bien, no le iba a llamar por su nombre por nada del mundo.

Y a ese niño que ni se le ocurriera.

—Qué gracioso —rió forzadamente, y trató de acariciarle el cabello, pero Tooru se apartó.

—No me toque.

—Tooru, compórtate —le regañó su padre.

—¡Yo quiero ir a ver a Iwa-chan y no puedo! ¡Y es por su culpa! —señaló a la mujer y al niño con acusación—. Todo. ¡Todo es su culpa! ¡Todo fue mal desde que apareció!

Su padre suspiró. El castaño no aceptó ninguna de sus explicaciones, porque simplemente para Tooru no tenían razón de ser.

Al Tooru de seis años tan solo le importaba lo que veía: sus padres estaban separados.

Las consecuencias de esa separación eran que ya no podían vivir en su casa. Que su habitación de estrellas y naves espaciales ya jamás sería suya de nuevo. Además, cada cierto tiempo debería irse de Miyagi a Tokyo a estar con su padre y esa mujer, según lo que le había dicho su madre. E irse de Miyagi se convertía en no ver a Iwa-chan.

Y la razón de esa separación eran esa mujer y ese niño.

Y los odiaba. A los dos.

—Tooru, escucha...

—¡No, papá! ¡Por ella mamá llora! ¡Y por ese niño! ¡Ellos nunca debieron aparecer!

Tooru no soportaba ver a su mamá llorar tras la puerta, pensando que estaba dormido. No soportaba los abrazos tristes y las sonrisas feas que ponía para no preocuparle. Tampoco soportaba el aislamiento de su hermana en su habitación, sin querer saber nada de nadie.

Su padre le miró con la mirada que siempre ponía cuando se portaba mal, pero a Tooru no le importaba.

—¡Los odio! ¡Y a ti también!

Con lágrimas en los ojos, se encerró en uno de los cuartos más cercanos, sin esperar respuesta de su padre ni de nadie.

Nunca le había dicho algo así a su padre, porque para él, su padre era su héroe. Era su jefe alienígena, la estrella más brillante. Él le enseñó todo lo que sabía de aliens y estrellas, era su aliado, su amigo, su cómplice en aventuras espaciales junto a Iwa-chan.

Quizá por eso le dolía tanto que hiciese llorar a su mamá. Que sustituyese a su mamá con esa mujer.

Que le sustituyese a él con ese niño.

No salió de la habitación por mucho que su padre le insistió. Ahogó el llanto contra la almohada, porque no le daría el gusto a esa mujer y a ese niño de escucharle llorar.

En algún momento se quedó dormido, y para cuando despertó, entrada la noche, tan solo lo hizo con una idea.

Iba a regresar a Miyagi.

Solo que no sabía cómo hacerlo.

Sin embargo, decidido a que eso no le impediría su regreso —Tooru era terco, como una mula—, empezó a idear la manera de viajar sin tener que pedirle a su padre que le llevase.

Mamá le había enseñado que no debía mentir. Que no debía engañar a nadie.

Pero su papá le había mentido. Le había dicho que siempre estaría con él, que nunca les dejaría, y ahora le había sustituido por ese niño.

Si él mentía, entonces Tooru también podía hacerlo.

Así, con cuidado de no alertar a las dos voces que parecían discutir en una habitación, tomó el móvil que había encima de la mesa del comedor, tomó su mochila con estrellas, que había dejado al entrar en el recibidor, y salió en silencio.

Su padre había puesto la cartera en su mochila. Y eso tenía dinero. Dinero que podía usar para comprar un viaje.

No sabía mucho, pero sabía quién le podía ayudar.

Buscó en el teléfono el número del padre de su mejor amigo y, cogiendo aire mientras caminaba sin rumbo en plena noche, escuchó el pitido de conexión mientras pedía que respondiese la llamada.

—Buenas no...

—¡Iwa-chan! —se alegró de oír la voz de su amigo en vez de la del padre de este.

—¿Oikawa? ¿Qué haces llamando a mi padre a estas horas? Estaba jugan...

—Iwa-chan, ayúdame —pidió mientras las lágrimas salían de sus ojos y le cortaban la voz, cosa que alertó a su amigo.

Oyó los muelles de la cama, y supuso que se había sentado en ella.

—¿Qué pasa?

—Me escapé, Iwa-chan —declaró, sentándose en un banco. Estaba oscuro, hacía frío, y estaba solo. Todo lo necesario para tener miedo—. ¡Tienes que ayudarme, Iwa-chan!

—¿Qu...? ¡¿Tú eres idiota?! Bueno, eso no lo dudo... ¡Cómo sea! ¿¡Qué demonios haces es...?!

—¡No puedo, Iwa-chan! ¡Quiero ir a Miyagi contigo y mamá! ¡No me gusta esa mujer, y no me gusta ese niño! ¡Les odio!

—¡Pero...!

—Hajime, ¿pasa algo?

La puerta fue tocada, según escuchó Oikawa, y por la voz parecía ser el padre de su amigo.

—¡Iwa-chan, no digas nada! ¡Si lo haces, me atraparán y me harán quedarme toda la semana aquí!

Detectó la duda de Iwaizumi al otro lado. Sabía que a su amigo no le gustaba nada eso de mentir a sus padres.

—¡Iwa-chan, por favor!

—¿Hajime? ¿Qué ocurre? —oyó pasos, y el corazón se le aceleró al pensar que el padre de Iwa-chan descubriría todo.

—Em... No, papá —dijo nervioso—. Yo solo hablaba con el tonto de Oikawa.

—No sé por qué ese empeño en llamarle por su apellido —rió el hombre.

—¡Porque somos mayores! —se quejó el menor de los Iwaizumi, y Oikawa podía verle cruzarse de brazos.

—Vale, vale. Pero no grites, pensé que pasaba algo grave.

—Lo siento, papá.

Oikawa supo que esa disculpa iba por dos cosas.

Con alivio, escuchó la puerta cerrarse y a Iwa-chan levantarse para echar el pestillo.

—Me pagarás esto, Tontikawa.

—¿Me ayudarás entonces? —sus ojos brillaron de alegría al escuchar el suspiro resignado que indicaba un «sí, pero me debes la vida, idiota».

—¿Qué quieres hacer?

—Tienes ordenador en casa, ¿no?

—No preguntes lo que sabes.

Escuchó que caminaba hasta la silla del ordenador portátil, reluciente, del que estuvo orgulloso de tener como regalo de su padre.

—¿Lo manejas muy bien?

—Obviamente, idiota. Me he tirado mucho tiempo descubriendo cómo va.

—Pues ayúdame a saber cómo se va de Tokyo a Miyagi. Y no me cuelgues. Es de noche y tengo miedo.

La aplastante sinceridad de Tooru hizo suspirar a Hajime.

—Si sabes que es peligroso, ¿por qué no...?

—No voy a volver, Iwa-chan.

Iwaizumi conocía a su amigo, y ese tono lo empleaba cuando no daba lugar a réplica. Por eso, suspiró de nuevo.

—Es una mala idea. Ni siquiera estoy contigo. Estamos como a... ¿Trescientos kilómetros?

Lo decía con cierta afirmación, y por el sonido del teclado supo que estaba buscando la manera de ir.

—Lo sé. No sabes cuánto quiero llegar a casa...

—A ver, dónde estás.

Tooru se puso de pie y se acercó al cartel más cercano para ver la calle y decírsela.

—Según esto, estás a media hora de la estación. Sigue por donde yo te diga y mucho cuidado con desviarte o pararte porque te mato. Y no se te ocurra terminar la llamada por nada del mundo.

Asintió y empezó a caminar.

—A ver, según esto tienes que ver una especie de supermercado que abre todo el día iluminado. Pues hacia ahí tienes que ir.

Como no lo veía de frente, dio media vuelta. Entonces vio el cartel con el letrero iluminado y sus tripas exigieron comida.

—Está bien, ve a comprar... —su tono decía «cómo o por qué te estoy ayudando en esto pedazo de idiota»—. Pero acuérdate de reservar dinero para el billete. Porque tienes dinero. ¿Verdad?

—Sí.

—¿Y de dónde lo has sacado?

—Bueno... técnicamente estaba en mi poder ya.

—Deja de usar frases de películas.

—Moo~. ¡Pero si mola!

—No cambies el tema.

—Iwa-chan, papá me mintió primero, ¿sabes? No pienso ser bueno con él cuando ha hecho llorar a mamá.

—Es tu papá.

—Ya no. Mi único papá ahora es tu papá.

Antes, Oikawa presumía de tener dos padres maravillosos. Aunque todo el mundo le dijese que solo podía tener uno, él tenía dos. Al igual que el padre de su amigo era su padre, Iwa-chan podía decir lo mismo.

Ahora, Tooru había decidido que su papá no merecía su título si les había sustituido a él y a su mamá.

—Oikawa...

Pagó al cajero el zumo y las galletas que había cogido, sintiendo en el estómago un poco de culpa. Luego se convenció de que no tenía que sentirse mal porque todo lo que no se gastase su padre en él, lo haría en ese niño y esa mujer y se negaba en rotundo.

—No cambiaré de opinión, Iwa-chan.

—De acuerdo —aceptó.

Iwa-chan sabía que no quería hablar de eso, no por el momento al menos. Así que, como buen mejor amigo interestelar, no hablaría de eso.

Le siguió dando indicaciones mientras hablaba con él acerca del pequeño equipo de voleibol que habían montado entre ellos y un par de amigos, y que con dos más podrían intentar participar en alguna competencia.

Iwa-chan se quejaba de lo aburrido que era recibir mientras lo intercalaba con «giras a la derecha, pero te aseguras que sea la calle» o «no se te ocurra distraerte con nada ni nadie».

—¿Pero tú sabes cómo molan los servicios, Iwa-chan? —dio una vuelta al son de una canción que provenía de un local—. Aunque no me salen muy bien...

—Se te cae el balón en la cara, qué quieres —rió—. Y cuando le das, parece que despejas el balón después de un penalti.

—¡No te...!

De repente, dejó de sentir el teléfono en su oreja y miró hacia arriba. Se encontró con un chico con las mejillas rojas y riéndose como loco mientras otros cuatro estaban algo alejados, riéndose.

—¡Oikawa! ¡Responde! —llamaba Iwaizumi desde el otro lado de la línea.

—¡Eso es mío!

—¿Lo quieres? ¡Cógelo!

Saltó para tratar de alcanzarlo, pero el chico se reía y lo alzaba más para que no llegase. Tooru empezaba a desesperarse al no poder alcanzarlo tras cinco mil saltos y unas cuantas caídas dolorosas.

Sabía que Iwa-chan empezaría a preocuparse en serio y llamaría a sus padres. Les diría todo, incluso dónde estaba, y tendría que soportar el castigo y estar en Tokyo una semana.

—¡Iwa-chan, no llames a nadie! —le gritó para que supiese que estaba ahí, y que estaba bien—. ¡Por favor!

Esperaba que le hiciese caso.

Por el momento, lo principal era recuperar el teléfono. Y si no podía llegar hasta arriba, simplemente lo haría bajar.

Pateó con toda la fuerza que tenía la rodilla del chico, que le maldijo y se agachó involuntariamente. Entonces le arrebató el móvil y echó a correr como alma que lleva el diablo toda la calle en recto como le había dicho Iwa-chan, escondiéndose en unos basureros hasta que dejó de oír las voces del grupo que pensaba vengarse de él.

—Idiota —le sacó la lengua a la calle vacía y se puso de nuevo el móvil a la oreja.

—¡Maldición, Oikawa! ¡Vuelve ahora a tu casa! ¡Esto es una locura!

—¡No, Iwa-chan! No voy a volver ahí ni ahora ni nunca. ¡Nunca!

—¡Pues no te ayudaré y tendrás que hacerlo!

—¡Iwa-chan!

—¡Ni Iwa-chan ni pan de leche! ¡Podría haber sido peor! ¿Tú sabes lo grande que es Tokyo?

—¡No pienso quedarme aquí y me iré con o sin tu ayuda!

—¡No seas idiota! ¿No ves lo peligroso que es?

—¡No me pienso quedar aquí, y punto!

Enfadado, y sin pensar demasiado, colgó el teléfono. Enseguida, recibió la llamada de vuelta de Iwa-chan, y dudó si cogerle o no. Sin embargo, sin su amigo no podría volver a Miyagi.

Y no soportaría estar enfadado con Iwa-chan.

—¡Oikawa, como me vuelvas a colgar te juro que cuento todo!

—Lo siento... —contuvo un sollozo—. Lo siento mucho, Iwa-chan. No quería...

Eso pareció calmarle como el fuego al que se le echa un balde de agua.

—Idiota, no te disculpes. Sé que te duele mucho lo de tus papás...

Ante el tono triste de Iwa-chan, Tooru pensó que tenía suerte. Porque su papá se había ido a Tokyo, no al cielo como la mamá de Iwa-chan. A Tokyo podría ir cuántas veces quisiera, pero el cielo estaba demasiado lejos.

Iwa-chan no vería a su mamá nunca más. Y él se estaba quejando por tener a su papá en otra ciudad.

—Perdón, Iwa-chan —se disculpó de nuevo—. Yo sé que lo de tu mamá...

—No hablemos de eso. ¿Dónde estás?

Le oyó secarse las lágrimas, pero no dijo nada. Porque Iwa-chan era orgulloso, y jamás le dejaría saber que estaba llorando.

Se limitó a leer la calle y a escuchar las teclas del ordenador, secándose él también las lágrimas. Había visto muchas películas donde los padres quieren mucho a los hijos y están con ellos siempre.

La mamá de Iwa-chan no pudo hacerlo. Ella era un ángel. Pero su papá sí podía estar con ellos... solo que no quería.

—Iwa-chan —llamó, y este respondió con un sonido—. Papá no me quiere.

—Sí te quiere, Oikawa, yo...

—No, Iwa-chan. No me quiere —apretó los labios—. Si me quisiera, estaríamos en casa. Si me quisiera, no me habría reemplazado por ese niño.

Su mano aferró con fuerza el móvil. No quería llorar más. No por su papá. Porque le estaría dando la victoria y Oikawa odiaba perder.

—Empieza a caminar todo recto hasta que veas una farmacia. Y sí te quiere, Oikawa —suspiró—. Tu papá te quiere. Solo que los papás se equivocan.

—No. Si me quisiera, estaría buscándome —saltó una caja de cartón mientras veía el resplandor verde de la farmacia—. ¿Tú has visto que me está buscando? Ni se ha dado cuenta.

—Oikawa...

—Está muy ocupado con esa mujer y ese niño —pateó una lata con rabia—. Y me niego a aceptar a ese niño como hermano. Nunca.

Si pudiera, se cambiaría de apellido. No le gustaba nada llevar el mismo nombre que su padre.

—Tú por lo menos tienes a tu papá, Oikawa.

—Pero es como si no lo tuviera. Tu mamá es un ángel, Iwa-chan, y siempre te quiso. Mi papá no.

Su amigo no dijo nada, porque no sabía qué era peor, y no se podía poner en la situación del castaño.

—Ya estoy en la farmacia.

—Ahora gira a tu izquierda. Tienes que ver una estación de metro.

—La veo.

Empezó a caminar de nuevo, con paso triste y cabizbajo.

—Oye, Oikawa... —suspiró—. Yo sé que eres tonto, pero... quiero que sepas que yo siempre te querré, ¿vale?

La declaración le sorprendió tanto que una "o" se dibujó en su cara.

—Iwa-chan...

—Nunca nos separaremos. No importa lo que pase, ¿de acuerdo?

Eso quizá le sacó la sonrisa más alegre del día a Tooru.

—¡Claro! Siempre estaremos juntos, Iwa-chan.

—Esto... En cuanto llegues a la estación gira la primera calle a la izquierda —cambió de tema—. Y cuidado con los coches. En cuanto lo hagas, deberías ver la estación de tren.

—¡Vale!

Empezó a caminar más alegremente, consciente que las palabras de su amigo eran verdaderas. Recordaba también cómo Iwa-chan le consoló antes de que tuviera que irse a Tokyo, y cómo le ayudaba a comprender el hecho de que su hermana no fuera con él.

Aunque Aiko era la que más enfadada estaba con su padre, en realidad. Y Tooru no la culpaba, porque aparte de todo lo sucedido y de que habían tenido que irse de su casa a una más pequeña, su hermana se sentía muy traicionada por su padre.

De hecho, los tres se enteraron de todo lo que sucedía en el cumpleaños de Aiko, cuando esa mujer se presentó en su casa con el niño en brazos. Fue el peor cumpleaños para su hermana.

Otra cosa que añadir a las razones de por qué odiaba a esa mujer y a ese niño.

Su sonrisa se iluminó cuando vio la estación de Tokyo, repleta de gente. Podría volver a casa.

—¡Iwa-chan, ya veo la estación!

—Perfecto. Ahora tienes que comprar el billete. No sé si te dejarán porque eres demasiado pequeño, pero...

—Por eso no te preocupes —sonrió Tooru, acercándose a la cola donde compraban los billetes de tren con destino a la ciudad que quería.

Se puso detrás de una señora mayor y empezó a hablar con esta con toda la alegría del mundo. Amablemente, la mujer conversaba con él y Tooru le convenció de que le comprase por él la entrada dado que no llegaba al mostrador.

La anciana le tomó el dinero y se la compró amablemente, mientras Hajime alucinaba al ver que no preguntaba en ningún momento por los padres de Tooru.

Aunque de hecho sí parecía darse cuenta en determinados momentos, Oikawa se las arreglaba para cambiarle el tema. Una vez con el billete en mano, se despidió de la mujer y cogió el teléfono del bolsillo de su pantalón.

—¡Listo! —canturreó Tooru con alegría.

—Eres increíble —suspiró, y Oikawa no sabía si le estaba felicitando o criticando.

—Lo sé, ahora solo tienes que...

—¡Hajime!

El grito le espantó tanto que Tooru apartó el móvil de su oído y escuchó a su amigo que recogía el teléfono del suelo. Segundos después, se escucharon fuertes golpes en la puerta.

—¿Qué pasa, papá?

Tooru guardó silencio, y escuchó cómo el teléfono hacía un sonido raro, seguramente Hajime lo estaba ocultando.

—¡Abre, Hajime!

Pasos, un sonido metálico y un click, que indicaba la puerta abriéndose, era todo lo que Oikawa escuchó durante unos segundos, acomodándose en el asiento del tren y abrazando con un brazo su mochila.

—Hajime, ¿dónde está Tooru?

A Oikawa casi se le cae el teléfono.

—Yo... —Iwa-chan empezó, pero no dijo nada más.

—Hajime, es importante. Tú estabas hablando con él. Dime dónde está.

Tooru quiso suplicar que no lo hiciera, pero no Iwa-chan le escucharía o seguramente eso solo lo delataría.

—No lo sé...

—Hajime, no me mientas. A ver, dame el móvil.

Tooru hizo lo único que podía hacer en esos momentos para salvarse a él y a su amigo: cortar la llamada.


Cuando Hajime le entregó el teléfono a su padre, abrió los ojos como platos al ver el juego que estuvo jugando antes de que Oikawa llamase, aún en pausa.

La llamada no estaba en curso.

Un mal presentimiento le recorrió entero. Su padre le miró fijamente antes de dejar el móvil encima de su escritorio.

—Hajime, es muy importante que me digas lo que sepas de Tooru.

—No sé...

—Hajime. Mentir está mal, y lo sabes.

Entonces una mujer castaña apareció en la puerta de la habitación del niño, con los ojos llorosos y el cabello desarreglado.

—¡Hajime-kun! ¡Tú debes saber algo, eres el mejor amigo de Tooru!

Haruka estaba hecha un manojo de nervios, y miraba con lágrimas a Hajime.

—Tranquila, nos lo dirá enseguida —calmó el hombre, poniéndole una mano en la espalda a la devastada mujer—. ¿Verdad, Hajime?

—Tooru se ha escapado —agachó la cabeza.

—Eso lo sabemos, Hajime. ¿A dónde ha ido?

—A casa —respondió, mirando el teléfono de reojo con miedo.

Esperaba que nada le haya pasado en el transcurso en el que no había hablado con él.

—¿¡Viene aquí solo?! —se espantó Haruka—. Nunca debí dejarle irse con su padre. Él no quería. ¡No quería y le obligué!

Puso las manos en su rostro, sollozando. Hajime vio a su padre consolarla, y se sintió fatal por haber ayudado a su amigo en esa locura.

—No le va a pasar nada, Haruka, es un chico listo.

—Si le pasa algo, nunca... Nunca me lo perdonaré.

Hajime tampoco.

Por eso cogió el teléfono de su padre y salió corriendo de la habitación, para espanto de los dos adultos. Escuchó los gritos de su padre, pero no obedeció a sus órdenes. Corrió todo lo fuerte que podía hacia la estación de tren y se coló en el interior.

Una vez en el andén, vio la hora en el que el tren en el que debía estar Oikawa llegaría. Todavía quedaba hora y cuarto de trayecto.

Sacó el teléfono y se dispuso a marcarle, pero tenía un problema.

Estaba bloqueado, y no sabía la contraseña.

Pateó el suelo con rabia, y se puso a marcar diferentes números, sin éxito. Cuando vio que solo le quedaban dos intentos antes de que se bloquease totalmente, empezó a pensar.

¿Qué número de cuatro podría haber puesto su padre?

Miró el fondo de pantalla de bloqueo. Eran él y su madre, sonriendo a la cámara, en su quinto cumpleaños...

¿Cumpleaños?

Probó con el cumpleaños de su padre, pero no funcionó, y quedaba solo un intento. Entonces dudó. ¿Sería el suyo, o el de su madre? También podría ser cuando murió su mamá...

Decidió arriesgarse, y poner su fecha de cumpleaños. Total, la foto se correspondía con su cumpleaños. Pero... ¿primero el mes y luego el día o al revés?

Le iba a dar algo si seguía así.

Tecleó 0610 y lo dejó a la suerte del destino, rezando para que estuviese bien y maldiciendo cuando tecleó números al azar, desperdiciando oportunidades.

Casi saltaba de alegría cuando vio que se desbloqueó, dando la bienvenida a la pantalla principal.

Entonces llamó a su amigo, y esperó a que contestase. Los tres segundos más largos de su corta vida, sin duda.

—¿Oikawa? —dijo en cuanto descolgó la otra parte.

—¡Iwa-chan!

Hajime jamás se había alegrado tanto de oír la chillona voz de su amigo.

—Oikawa, pensé que te había dicho que no me colgases, idiota.

Se sentó con alivio en el banco detrás de él.

—Lo siento, Iwa-chan. Pero si no lo hacía, tu papá nos descubriría.

—Lo hizo igual, tuve que decirle que venías para acá. Tu mamá está muy preocupada, Oikawa.

Casi podía ver la cara triste de su amigo al oírlo. No quería hacer sentir mal a su mamá, y eso Hajime lo sabía.

—Ya le diré que lo siento, porque ella no hizo nada —respondió tras un momento—. Fue papá quien hizo todo esto.

—Oye, Oikawa, ¿y qué harás si te vuelven a enviar a Tokyo?

—Me escaparé de nuevo.

Lo dijo con una rotundez que a Hajime no le cupo duda de que lo haría.

—¿Me ayudarías de nuevo, Iwa-chan?

Iwaizumi no le veía, pero sabía que estaba haciendo esa mirada de gatito abandonado de nuevo. No sabía cómo, pero siempre lograba convencerle con eso.

—Claro que sí, idiota.

—Gracias, Iwa-chan.

Hajime sonrió mientras miraba el reloj. Todavía faltaba mucho, y su padre seguramente ya estaba buscándole.

—Escucha, voy a estar en la estación. Cuando bajes del tren, búscame, ¿vale? Ni se te ocurra irte sin mí.

—¿Estás en la estación? —se sorprendió.

—Sí. Voy a esperarte aquí, así que como te vayas, mañana te juro que te doy el balonazo de tu vida.

—¡No me iría sin Iwa-chan! —rió, pero su alegría se fue apagando gradualmente—. Oye, Iwa-chan... —su tono había bajado mucho—. Un señor me mira raro.

Eso alertó a Hajime, que casi saltó del banco.

—Aléjate de él, Oikawa.

—Pero el tren está lleno, no hay más asientos...

—¿Dónde está ese señor?

—En frente mía... Pero no grites tanto, que te va a oír.

Iwaizumi sentía su corazón como una mariposa nerviosa. Si le pasaba algo a Oikawa, no se lo perdonaría nunca.

—Escucha, no me cuelgues por nada del mundo. Por nada.

—Es que ese es otro problema... La batería, Iwa-chan...

—Oikawa, no apagues el teléfono —apretó los dientes. ¿Por qué tenía que durar la batería tan poco?—. Ese hombre te puede hacer daño. Cualquiera ahí te puede hacer daño.

—¿Tú crees que quiera hacerme daño?

—Oikawa, no lo creo, lo sé. No cortes la llamada y en cuanto bajes del tren, aléjate de ese señor lo más rápido que puedas y búscame.

—Vale —bostezó.

—Oikawa, ni se te ocurra dormirte —dijo al ver las intenciones de su amigo—. Mejor dime, ¿cómo es ese señor?

—Lleva un sombrero negro, como los malos de las pelis —rió—. Tiene el pelo largo y como gris... Es alto, como pa... como tu papá —se corrigió—. Y tiene ojos verdes como tú. Va todo de negro... y fuma. Y da miedo...

—Señor, no se puede fumar aquí —regañó el que seguramente sería el inspector.

Hajime intentó quedarse con todo lo que le decía. Si intentaba llevarse a su amigo, él lo vería y le quitaría todas las ganas.

—Iwa-chan... Tengo mucho sueño... ¿no puedo dormir un ratito...?

—Oikawa, no. Mejor cuéntame, ¿cómo es el tren?

—Por fuera es blanco... Y dentro es amarillo claro... Iwa-chan, en serio, tengo mucho, mucho sueño...

—Oikawa, no te duermas, por favor.

—Es que... La señora... de al lado me pega el sueño...

—¡Oikawa! ¡Oye, no te duermas! ¡Háblame de los aliens!

Era inútil. Su amigo ya no contestaba, y por su respiración estaba claro que estaba dormido.

De repente, la llamada se cortó, y Hajime entró en desesperación. Gritó el nombre de Oikawa hasta que su garganta se secó, y empezó a llorar. Intentó llamarle de nuevo, muchas veces, pero Oikawa no volvió a contestar.

A la llamada treinta, dejó de intentarlo y puso sus manos en la cara, soltando el teléfono en sus piernas.

Si algo le pasaba a Oikawa, sería su culpa, por ayudarle. Nunca debió ayudarle. No debió dejarse convencer...

La pantalla se iluminó, y por un momento se emocionó, pero solo era un mensaje del trabajo de su padre. Miró la hora. Quedaban todavía cuarenta y cinco minutos.

Sólo podía esperar.

En algún momento de todo ese tiempo, empezó a tener frío, y las lágrimas empezaron a secarse. Ya no le salían más, y los ojos le ardían con fuerza.

Aunque el tiempo pasaba muy lento para su gusto, los cuarenta y cinco minutos acabaron por pasar, y las luces del tren empezaban a iluminar las vías.

Un tren blanco, con interior amarillo claro que vio por la ventana, como dijo Oikawa, se plantó en frente suya. Hajime cogió el teléfono y se levantó, quitándose los restos de lágrimas del rostro y mirando las puertas del tren. Eran muchas, pero había aprendido algo de sus pocos viajes en tren con Oikawa: siempre le gustaba el vagón que estaba más cerca de donde estaba el conductor. Decía que así veía lo mismo que el conductor, y se sentía importante.

Agradeció las tonterías de su amigo en ese momento, y las escucharía siempre con tal de que estuviera bien. Sólo eso.

—¡Oikawa! ¡Oikawa! —empezó a gritar—. ¡Oikawa!

No respondía. Oikawa sabía que debía esperarle en el andén. La gente empezaba a dispersarse y Oikawa no respondía. No podía haberse quedado aún dormido, el ruido debía haberle despertado. Alguien debía haberle despertado. Estaba seguro.

A menos que alguien le estuviese llevando dormido.

Alguien como el hombre del sombrero negro que dijo Oikawa.

Empezó a buscar algún pasajero con esas características. No fue difícil, porque sí era alto como Oikawa decía.

Y porque una mata de cabello castaño se adivinaba en su hombro.

—¡Eh! ¡Deténgase! —corrió hacia él, pero la gente se ponía en medio y le impedía el paso.

Así que decidió pedir ayuda.

—¡Ayuda, por favor! ¡Ese hombre es malo! ¡Es malo! —su garganta le ardía, pero no escatimó en fuerzas para gritar—. ¡Por favor! —la gente empezó a detenerse para mirarle, y le agarró de la manga a un hombre—. ¡Ese niño es mi hermano! ¡No conocemos a ese señor! ¡Ayúdeme, por favor!

Todos miraron al hombre del sombrero, que empezó a correr. Sin embargo, cinco pasajeros echaron a correr tras él para detenerle, y otros tantos llamaban ya a la policía.

Afortunadamente, el guardia de seguridad que estaba en la salida del andén vio lo que sucedía y acorraló al hombre sin dejarle salir.

Con todo el movimiento, Oikawa acabó por despertarse. Hajime vio como sus ojos se empezaban a abrir con confusión.

—¡Tooru! —le llamó, y los ojos marrones le miraron con alegría.

—¡Iwa-chan...! ¿Qué hago...? ¿¡Quién...?! —miró espantado al hombre que lo cogía en brazos—. ¡Suélteme!

Eso sólo fue más motivo para que la gente se le abalanzara encima. Las sirenas de la policía empezaron a sonar y Tooru fue a abrazar a Hajime ni bien pisó el suelo.

—¡Iwa-chaaaaaaaaan! —le abrazó y lloró en su ropa—. ¡Tenía mucho miedo, Iwa-chan! ¡Ese señor...! ¡Yo...! ¡Y...!

Hajime solo le dio unas palmadas en la espalda y le abrazó con más fuerza de la necesaria. Había sido demasiado para él todo lo sucedido, pero para Oikawa todavía más.

—¡Pensaba que nunca te volvería a ver, idiota! —reclamó—. ¡Nunca más hagas una locura así! ¿¡Me oyes?! ¡Nunca!

Hajime sentía su pequeño cuerpo temblando mientras abrazaba a su mejor amigo, como si tuviera miedo de no verle más. De que de repente no estuviera ahí.

—¡Hajime!

—¡Tooru!

Ambos miraron a sus respectivos padres, que llegaban sin aire al andén, detrás de la policía que preguntaba acerca de lo que había sucedido.

Hajime sintió que Tooru se escondía en su hombro, y no era para menos.

Oikawa estaba tan asustado como él de lo siguiente que ocurriría.


—Iwaizumi Hajime, estás castigado.

Tooru vio como su amigo agachaba la cabeza, mirando a sus pies ante la mirada seria de su padre.

—Tío Takashi, Iwa-chan no... —empezó, pero la mirada de su madre no le dejó continuar.

—Oikawa Tooru, tú también estás castigado.

Tooru tomó la mano morena de su amigo, que descansaba sobre el sofá, y agachó también la cabeza.

—Me parece fatal que los castigueis sin saber por qué han hecho todo esto.

Todos miraron a Aiko, que cruzaba los brazos en el marco de la puerta del salón.

—Aiko, no te metas —ordenó su madre, pero la muchacha negó.

—No, mamá. ¿Por qué Tooru se escapó? Él nunca había hecho eso antes.

Hajime le miró cuando apretó el agarre en su mano, pero Tooru no le devolvió la mirada, clavándola en sus zapatos de nuevo.

—Él no quería estar ahí —defendió Hajime—. Por eso me llamó. Ya había salido cuando empezamos a hablar.

—¿Por qué no me lo dijiste, Hajime? —su padre se cruzó de brazos.

—Por favor, habríais avisado a ese hombre y Tooru habría tenido que volver —rodó los ojos Aiko—. Y eso era lo que no quería.

—Aiko —advirtió Haruka—. Sigue siendo tu padre.

—Y mira lo bien que se le da. El primer día y no puede vigilar a un niño de seis años —soltó un bufido—. ¿Y qué hubiera pasado si Hajime-kun no hubiera estado enterado, eh? ¿Y si ese hombre se hubiese llevado a Tooru? ¿Qué clase de padre descuida así a su hijo?

Haruka no podía replicar a su hija, por mucho que quisiera, y a Tooru le dolía mucho ver a su hermana y su mamá así.

—Tranquilo —le susurró Hajime—. Estoy aquí, ¿vale?

Tooru asintió, y le dedicó una pequeña sonrisa que hizo sonreír al otro niño también.

—De cualquier manera —suspiró Haruka—. Vosotros dos no lo habéis hecho bien. Tooru, tu papá está muy preocupado por ti.

—No lo parece —murmuró, pero solo su amigo alcanzó a escucharle.

—Hajime, tú tampoco lo has hecho bien —regañó su padre—. ¿Sabes lo preocupado que estaba por ti? ¿Y si te llega a pasar algo? No lo soportaría, ¿quieres ver a tu papá triste?

—¡No! —negó con la cabeza—. Pero Oikawa lo iba a hacer de igual manera, y si no lo ayudaba se iba a meter en un buen lío...

—Yo le obligué, tío —añadió Tooru—. Yo le dije que si él no me ayudaba lo haría igual, aunque quería decirlo, yo no le dejé.

—¡Pero yo tampoco quise decirlo, o no le habría hecho caso!

—La culpa no es de ellos —señaló Aiko—. Es tuya, mamá. Y de ese hombre que dice ser nuestro padre —rodó de nuevo los ojos—. Era obvio que algo así pasaría, ¿o qué? ¿Esperabais que Tooru aceptase alegremente vivir con un niño y una mujer que no conoce? ¿Creéis que es tonto, o qué? Tiene seis años, pero se entera de las cosas, por mucho que tratéis de ocultárselas.

Tooru se abrazó a Hajime en busca de consuelo, y los pequeños brazos morenos le rodearon de forma protectora.

—Tooru piensa que su papá no le quiere —dijo en vez de su amigo, porque sabía que le dolía—. Y también que toda la culpa la tiene la mujer fea y el niño feo.

Aiko rió ligeramente ante los adjetivos.

—Hajime, no se habla así de la gente.

—¡Pero así les dice Oikawa!

Haruka se dejó caer, agotada, en el sofá que estaba detrás suya, observando a su hijo.

—Tooru, cariño, papá sí te quiere... —suspiró—. Pero si no quieres ir a Tokyo, lo entiendo, de verdad. No te enviaré nunca más de nuevo, ¿vale?

Tooru sacó la cabeza de entre los brazos de su amigo solo para asentir a su madre.

—¿Se puede quedar Iwa-chan a dormir? —pidió—. Por favor...

Los dos adultos se miraron entre sí y asintieron. Tooru no quería seguir ahí, así que cogió a su amigo de la mano y le llevó a su habitación. No era ni de lejos igual a la que tenía en la otra casa que tuvieron que dejar, pero estaba algo ambientada con su afición a los aliens.

La cama seguía siendo lo suficientemente grande para los dos, así que Oikawa le sacó uno de los pijamas a su amigo y se puso uno él.

Tooru no tenía ganas ni de jugar ni de hacer nada, y Hajime lo entendía. Se dedicó a abrazarle mientras su amigo lloraba lo más bajito que podía para no alertar a nadie más.

—Iwa-chan... —murmuró, cuando las lágrimas al fin pararon y se sentía con fuerzas para separarse de su amigo.

—Dime.

—Tenías razón.

Hajime le miró con sus verdes ojos confusos.

—¿En qué?

—Los aliens no existen.

Iwaizumi pestañeó un par de veces antes de levantar con sus dos manos la cabeza agachada de Oikawa, obligándole a mirarle.

—¿Por qué dices eso? Es decir, yo sé que te lo he dicho pero...

—Fue mi papá quien dijo que existían. Y ya no le creo.

—Pero...

—Me mintió, Iwa-chan. Dijo que me quería, y es mentira. Dijo que los aliens existen, y también es mentira.

—Pero tú no sabes si es mentira.

—Lo es.

—¡No! Oye, me has dicho mil razones por las que los aliens existen. ¿Empiezo? Porque nos tiramos toda la noche.

—Pero...

—Eso es verdad para ti —interrumpió—. Puede que tu papá... Bueno, no lo haya hecho bien. Pero eso no quiere decir que todo lo que ha dicho sea mentira.

Oikawa no parecía convencido de sus palabras.

—Tonto —le secó una lágrima—. Mira, tu papá te enseñó a contar, ¿no?

—Sí...

—¿Y es mentira eso?

—Mmm... No.

—Pues eso. Eso también se aplica a los aliens.

Una sonrisa iluminó el rostro de Tooru.

—¿¡Entonces crees que los aliens existen?!

—¿Qué? ¡No! Lo que quise decir...

—¡Iwa-chan lo ha admitido~! —canturreó.

—¡Qué no! —infló las mejillas. Entonces, se le ocurrió una idea—. Oye, se me ha ocurrido algo. ¿Y si te hacemos otra nave? La que tenías tuviste que dejarla, ¿cierto?

—¿En serio? ¡Sería genial! —Tooru casi saltó de la alegría.

—Mis ideas son geniales.

Los dos rieron un buen rato y se imaginaron la nueva nave de Tooru. Pensaron también en el siguiente día que jugarían voleibol con sus amigos, y en lo bien que lo harían en cuanto Oikawa aprendiese a sacar sin darse en la cara o mandarla a volar y cuando Iwaizumi pudiera darle con más fuerza a los remates.

La energía se les fue agotando entre tanta charla y algunas cosquillas que se hacían el uno al otro cuando se molestaban.

Hajime ya cerraba los ojos, cuando Oikawa habló.

—Oye, Iwa-chan.

—¿Qué...? —bostezó.

—Siempre seremos amigos, ¿verdad?

Hajime entreabrió uno de sus verdes ojos para mirarle.

—Claro, tonto. ¿Quién sino te cuidaría?

—¿Lo prometes por Godzilla?

Tooru le extendió un meñique.

—Si tú lo prometes por los aliens.

—Trato.

Cantaron la canción del meñique con la voz adormilada, y seguidamente sus manos cayeron encima de la manta, aún con los dedos enlazados.

Inconscientemente, acabaron nuevamente abrazados.


Hey-o!

¿Cómo estamos?

Bueno, seguramente este sea de los últimos caps de este fic. Si es que no es el penúltimo.

¡Gracias por leer hasta aquí!

Review? ✨