Ser la presidenta tenía sus ventajas, y tener un coche a tu disposición a todas horas del día era una de ellas. Mientras Regina se subía al asiento trasero del vehículo en el garaje subterráneo, le facilitó a Graham la dirección escrita en un papel, ya que era él quién iba a conducir mucho más adelante para realizar el habitual control de seguridad. Era un proceso intrusivo pero necesario. Ya se lo había advertido a Emma.
Había sido petición de Regina que se vieran en casa de Emma. No quería ir al estudio de televisión, donde sabía que la habían visto incontables personas que trabajaban en la prensa. Los presidentes tampoco podían coger e ir a cualquier bar a reunirse con otros corresponsales políticos. Y la Casa Blanca era un ambiente donde no quería tener ninguna conversación sobre su matrimonio roto. Así que no había otra opción. Cuando Regina lo había sugerido, Emma se había mostrado más que dispuesta a recibirla en su apartamento. Para ser sincera, dudaba que alguien le negara cualquier petición que tuviera.
El coche se abría paso entre las calladas y oscuras calles. El camino en sí no era muy largo y pronto Regina se encontró delante del gran bloque de apartamentos. Levantó la vista desde las ventanas tintadas pero no se movió para salir del coche. Sabía que Graham y su equipo aún estarían dentro y tendría que esperar hasta que vinieran a avisarla. El portero estaba echando un vistazo con curiosidad ante la cantidad de coches que habían aparecido, hasta que uno de los hombres de Graham se le acercó y le ordenó que se metiera dentro. Cuanto menos gente la vieran entrar, mejor.
Emma, unas plantas más arriba, estaba de pie en su propio apartamento, mordiéndose la uña de su pulgar mientras esperaba que estos hombres desconocidos rastrearan su apartamento buscando algo que pudiera dañar a la presidenta. Las persianas estaban bajadas, las ventanas cerradas y una máquina que emitía un zumbido estaba, presuntamente, buscando dispositivos de grabación. Regina le había contado que eso iba a pasar, pero aún así era un poco alarmarte.
De todas formas, al cabo de un rato Graham y su equipo salió de allí. Él le indicó que se esperase dentro, dejando a un fornido hombre para que la vigilara mientras él iba a buscar a su invitada. Se sentó en el sofá, sintiéndose fuera de lugar en su propia casa ante la mirada escrutinizante del oficial de seguridad y mientras esperaba que no se quedara con ellas todo el tiempo. Regina había dicho que necesitaba una amiga, y dudaba que la presencia de aquel hombre hiciera que ella se sincerase. Se inquietó, deseando poder tener su teléfono para distraerse pero se lo habían confiscado muy educadamente. Por si acaso. Al menos no tenía que leer los disgustados mensajes de Ruby y MM después de que Emma les hubiera contado una excusa barata sobre por qué no podía unirse a ellas.
El sonido de pasos la alertó de la llegada de Regina. Bueno, la llegada de todo el equipo de seguridad. Los delicados tacones de Regina quedaban silenciados con el sonido de las botas del equipo. Emma rezó en silencio para que ninguno de sus vecinos abriera la puerta.
Y entonces de repente estuvo ahí. Justo en frente de ella. En el apartamento de Emma. La Presidenta de los Estados Unidos se veía más pequeña de lo que Emma recordaba, mirando alrededor con curiosidad mientras casi todo el equipo de seguridad se marchaba. Sólo se quedaron Graham y la niñera de Emma.
''Gracias, Graham. Puedes irte,'' le dijo Regina al barbudo hombre que había a su lado.
''¿Está segura?'' dijo Graham con el ceño fruncido. Dejar a la presidenta sin asistencia no entraba dentro del protocolo; y ciertamente no mientras la dejaba en compañía de una mujer que no había sido investigada por su equipo de seguridad.
''He dicho que nos dejes,'' dijo Regina con brusquedad.
Graham asintió y él y el otro corpulento hombre salieron de la habitación. Ninguna de las mujeres habló hasta que la puerta no estuvo bien cerrada.
''Ey,'' dijo Emma al final.
''Hola,'' dijo Regina, de repente se preguntó si esto había sido un gran error. ¿Qué estaba haciendo? De verdad que acababa de llamar a una de las corresponsales políticas más conocidas del país y le había ordenado que se reunieran en su apartamento? ''Discúlpeme, señorita Swan,'' dijo sin pensar.
''¿Por qué?'' preguntó Emma.
''Por la intrusión, supongo,'' contestó Regina. ''Por aparecer en su casa con este equipo de seguridad tan grande. No quería ser ninguna inconveniencia para usted.''
Emma hizo un gesto con la mano para demostrar que no le importaba. ''Lo entiendo,'' dijo. ''Entra dentro del paquete, ¿no?''
''Eso parece,'' asintió Regina. ''Y no podíamos hablar por teléfono. El mío está encriptado y aún así me siento expuesta, y no sabía si el suyo lo estaba.''
''¿Es agotador?'' preguntó Emma. ''¿Vivir constantemente con miedo? ¿Siempre estando alerta de cómo se verá ante el público?''
Regina hizo una mueca. ''Agotador.''
Hubo una pausa y entonces; ''¿le apetece un poco de vino?''
''Por favor.''
Emma dejó a la Presidenta de los Estados Unidos de pie en su comedor y se dirigió a la cocina, donde buscó la botella de vino más cara que tenía. Se la había regalado August cuando el Show de Swan había sido oficialmente aceptado. Estaba segura de que Regina estaba acostumada a vinos más refinados pero era lo mejor que podía ofrecerle. Descorchando la botella rápidamente, algo que no había hecho nunca, sirvió en dos copas un poco del rojo líquido y volvió corriendo a su invitada.
Cuando Emma volvió, Regina se había sentado en el sofá. El apartamento estaba amueblado con buen gusto; en todas las fotografías enmarcadas de Emma aparecía un chico que sólo podía ser su hijo. El estómago de Regina dio un vuelco pero lo ignoró y aceptó la copa que había aparecido frente a ella. Emma se sentó al otro lado del sofá y colocó la botella de vino en la mesita de café.
''Bueno,'' dijo Emma. El primer trago de vino no ayudó a calmarle los nervios. ''¿Cómo está?''
Regina rió. ''He estado mejor.''
''Me lo imaginaba,'' dijo Emma. ''Asumo que no suele dedicarse a llamar a corresponsales políticos los viernes por la noche.''
''No suelo hacerlo,'' asintió Regina.
''¿Qué la hizo llamarme hoy?'' preguntó Emma.
''Directa al grano, ¿eh?'' dijo Regina. ''Me siento como si volviera a estar en su programa.''
''¿Es eso algo malo?''
''Sólo me recuerda a cómo nos conocimos; quién es usted. Quiero decir, ¿en qué estaba pensando? ¿Qué esperaba esta noche de usted?'' preguntó Regina, dejando su copa medio vacía en la mesita de café. ''Debería irme.''
Fue a levantarse pero la mano de Emma le agarró de la muñeca. Regina se quedó de piedra, mirando los dedos de Emma alrededor de su muñeca. La mirada de Emma también se quedó clavada en esa acción involuntaria. Apartó la mano de golpe.
''Lo siento,'' dijo. ''Pero por favor, no se vaya.''
Regina volvió a dejarse caer en el sofá y cogió su copa de nuevo, dándole un sorbo para no tener que hablar.
''¿Podemos no hablar sobre por qué he llamado?'' dijo por fin. ''Podemos hacer lo que sea que hacen los amigos cuando quedan. Quiero decir, sé que usted y yo no somos amigas pero no tengo a nadie en mi vida con la que pueda pasar tiempo sin que sea para hablar sobre política. Por ahora, ¿podemos fingir que no soy la presidenta y que nos estamos conociendo?''
''Por supuesto,'' dijo Emma. ''Pero para que lo sepa, los amigos hablan de sus problemas cuando quedan entre ellos. Y puede que no seamos amigas pero me resulta agradable su presencia, presidenta, y la conozco mejor de lo que cree. He seguido su carrera durante años.''
''Quizás es hora de que la conozca yo a usted,'' dijo Regina. ''Pero antes, ¿podemos dejar atrás las formalidades?''
''¿Qué formalidades?''
''Lo de presidenta,'' dijo Regina. ''Puedes no llamarme así, por favor. No hay nadie aquí y esta noche me gustaría sentirme como una persona normal.''
''Vale,'' dijo Emma en voz baja. ''¿Entonces puedo llamarte-?''
''Regina,'' dijo la morena. ''Puedes llamarme Regina.''
Emma bebió un sorbo de su vino para calmar su garganta reseca. ''Em, vale. Entonces yo soy Emma, no señorita Swan.''
Regina asintió mostrando que estaba de acuerdo. ''Así que Emma,'' dijo. ''¿Tienes un hijo?''
''Sí, Henry. Tiene quince años y odia la política. No le interesaría ni lo más mínimo el hecho de que estás aquí. Pero esta noche está en casa de su amigo así que al menos no nos interrumpirán.''
''¿No le gusta la política?''
''Tiene quince años,'' repitió Emma. ''Odia todo. Y cree que yo hablo demasiado. Todo lo que le guste a 'Mamá' es lo más pasado de moda que hay cuando tienes quince años.''
''¿Y su padre?''
''Vive en Los Ángeles,'' dijo Emma. ''Henry lo visita una vez o dos al mes y se pasa todo el verano allí. En realidad Neal es bastante bueno, sólo que no es el hombre indicado para mí.''
''¿Cuánto tiempo lleváis separados?''
''Ahora soy yo la que se siente como si la estuvieran entrevistando,'' rió Emma.
Regina se sonrojó. ''Lo siento, no quería ser cotilla.''
''No, no pasa nada,'' dijo Emma. ''Aunque podrías descubrir eso gracias a Wikipedia. Mi página no está tan detallada como la tuya pero lo más básico está ahí. Neal y yo nos casamos muy jóvenes porque me quedé embarazada. Estuvimos juntos unos años pero al cabo del tiempo yo me di cuenta de que era lesbiana y nos separamos. Aunque siempre ha formado parte de la vida de Henry, incluso después de que se mudara a Los Ángeles cuando el chico tenía diez años. Ahora lo ve menos, pero se llevan bien y me alegro por ello.''
''¿Eres lesbiana?''
''Así que de verdad que no me has buscado en Internet, ¿no?'' rió Emma. El hecho de que la rubia prefería a las mujeres había sido algo que se sabía desde hacía años.
''Prefiero conocer a la persona primero antes de conocer sobre ella. ¿Por qué? ¿Tú me has buscado en Google?''
''Por supuesto,'' dijo Emma. ''¿Cómo sinó crees que me preparo las entrevistas? Incluso las que tienen preguntas ridículamente estrictas.''
''Volvemos a eso, ¿eh?''
Emma volvió en sí de golpe. ''No, lo siento. Podemos seguir hablando de mí. Sí, soy lesbiana, aunque sólo he tenido una relación de larga duración con una sola mujer. Lily y yo estuvimos juntas durante seis años pero lo dejamos hace un par de años. Mi carrera no me deja mucho tiempo para tener citas y con un adolescente que cuidar no estoy muy interesada en buscar algo serio.''
''¿Pero estás interesada en conocer a alguien así casualmente?'' preguntó Regina.
''¿Por qué? ¿Me juzgarías si ese fuera el caso?''
Regina se sonrojó, casi balbuceando su respuesta. ''No, por supuesto que no. Quiero decir, no, eso no es lo que quería decir.''
''No pasa nada,'' le aseguró Emma. ''Estaba burlándome de ti. Puede que yo no sea tan famosa como tú pero me reconocen aquí en mi ciudad. Si tuviera la costumbre de ligar cada semana con mujeres desconocidas, la gente acabaría hablando. Además, debo tener en cuenta a Henry. Puede que ahora sea mayor, pero no quiero que se despierte y se encuentre a desconocidos en casa.''
''Parece que seas una buena madre.''
Emma encogió los hombros. ''Supongo que es el instinto. Quiero protegerlo; ¿sabes?''
No, Regina no lo sabía. Deseaba saberlo pero parecía que la naturaleza tenía otros planes para ella. Nunca sabría lo que era el instinto maternal, nunca tendría un hijo al que amar y proteger con tanta pasión que la consumiera por dentro.
''¿Estás bien?''
Regina se dio la vuelta y se limpió los ojos. No se había dado cuenta de que había empezado a llorar. Sorbiendo los mocos ligeramente, tomó varias inspiraciones profundas y intentó mantener la calma.
''Estoy bien, lo siento,'' dijo, forzándose a sí misma a mirar de nuevo a Emma.
''La gente que está 'bien' no se pone a llorar de golpe,'' dijo Emma con gentileza. ''La gente que está 'bien' no llama a gente desconocida para quedar porque necesitan un amigo. Sé que dijiste que querías que nos conociéramos, pero creo que quizás es hora de que me cuentes por qué estás realmente aquí...Regina.'' Aún se le hacía raro decir ese nombre sin nombrar el cargo de la mujer. ''¿Qué va mal? ¿Qué es eso de lo que no puedes hablar con nadie?''
''Mi matrimonio se ha acabado,'' soltó Regina con brusquedad.
Los ojos de Emma se abrieron de par en par ante la abrupta confesión. Sabía que algo iba mal entre Regina y su marido pero no se había esperado que fuera algo que los llevara al divorcio. Los presidentes no se divorciaban.
''Siento oír eso,'' dijo Emma con lentitud.
''Me puso los cuernos,'' continuó Regina, sin reprimirse. ''Hace seis años. Tiene un hijo con otra mujer, Y parece ser, que ahora está enamorado de ella. Hemos estado juntos para mantener las apariencias pero él quiere dejarme y estar con su nueva família. El lunes por la mañana se hará un comunicado de prensa. El mundo entero está a punto de descubrir que la primera mujer Presidenta de los Estados Unidos va a ser una mujer divorciada.''
''Lo siento,'' dijo Emma de nuevo. ''No puedo ni imaginar por lo que estás pasando.''
''Nadie puede,'' dijo Regina. ''Y a nadie parece importarle. Todos los que lo saben sólo piensan en cómo va a afectar esto a mi carrera, a nuestros votos, a la próxima elección. Nadie se ha parado a preguntarme cómo me siento. Ni una vez durante estos seis años. He tenido que tratar con esto como si fuera otro problema político más, no como si fuera la traición más grande de mi vida.''
''¿Cómo te sientes?'' preguntó Emma.
Regina se acabó el vino antes de responder. ''Me ha roto el corazón,'' dijo en voz baja. ''Él ha sido mi mejor amigo, mi apoyo, mi todo. Y de repente mi mundo entero se rompía. Pero no podía sentir nada de eso. No podía estar triste o enfadarme con él. Teníamos que mantener la fachada y continuar nuestro camino hacia la Casa Blanca. Y ahora que ya estamos dentro, él me da la espalda y dice que ama a otra mujer y que quiere ser el padre de ese niño y yo sólo...es demasiado. No puedo aguantar más. No puedo fingir que me parece bien. Él me ha...me ha destrozado.''
Las lágrimas corrían por las mejillas de Regina y había encogido las piernas hacia el pecho, enterrando su cara en ellas. Emma contempló el triste panorama y, sin pensar, se movió más cerca para poner un brazo alrededor de los temblorosos hombros de Regina. La morena se tensó un poco, pero después se inclinó hacia el tentativo abrazo de Emma, incapaz de recordar la última vez que había sido abrazada por otro humano. Cualquier contacto físico entre ella y Robin había sido en público y para mantener las apariencias. Se había olvidado de lo bien que se sentía el calor humano de otro cuerpo.
Emma no dijo nada. Sólo dejó que sus dedos se cerraran sobre el brazo de Regina, acariciándola ligeramente a través de la chaqueta hecha a medida que llevaba puesta la mujer. La última vez que había consolado a un amigo durante una ruptura, Ruby había estado llorando en el sofá en chándal y un top blanco. Regina, en cambio, llevaba un traje que costaba millones de dólares. Estaba claro que una presidenta divorciada manejaba la caída de su matrimonio de una forma muy diferente a la mayoría de la población americana.
Ninguna de ellas habló durante los próximos quince minutos. Cuando las lágrimas de Regina pararon, su garganta se quedó ronca, con el maquillaje desvanecido a causa de los ríos que habían dejado las lágrimas y los ojos enrojecidos. Al final, se levantó, apartándose de Emma, en la cual se había dejado caer, y se limpió la cara.
''Lo siento,'' dijo Regina, levantando la mirada y dándose cuenta de que sus lágrimas habían dejado una gran mancha mojada en el hombro de la ligera blusa de Emma.
''No hay por qué disculparte,'' dijo Emma. ''Creo que esto se veía a venir.''
Regina soltó una seca carcajada. ''Después de seis años, dudo que este sea el único ataque que tenga una vez la noticia se haga pública.''
''Tienes todo el derecho a sentirte así,'' dijo Emma, recogiendo las copa de vino. ''No te sientes culpable por tener emociones. Eres política, no un robot.''
''Algunos piensan que esas dos cosas son lo mismo,'' contestó Regina. ''Y las mujeres ya son vistas por muchos votantes como personas demasiado emocionales. Ya puedo ir despidiéndome de una segunda elección cuando las noticias lleguen a la prensa.''
''Tienes muy poca fe en los votantes americanos,'' dijo Emma con cara de póquer.
''¿Crees que me equivoco?''
''No,'' admitió Emma. ''No estás equivocada. ¿Pero de verdad que te hubiera gustado seguir viviendo con un hombre que te ha dañado tanto, sólo por cumplir una segunda elección?''
''Ser residenta es mi sueño,'' contestó Regina.
''Y lo has conseguido,'' dijo Emma. ''Pero no deberías de sacrificar tu felicidad por este trabajo.''
''¿Hubieras seguido viviendo con un hombre que te ha engañado si no te hubiera contado que quiere marcharse?''
''Sí,'' dijo Regina en voz baja. ''No quiero nada más en mi vida que el servir a la gente como presidenta. Bueno, no ahora.''
''¿Qué significa eso?'' preguntó Emma.
Regina no contestó, pero su mirada la delató. Sus ojos se habían posado sobre una foto de Emma y Henry, con una mirada de dolor en su cara. Emma lo entendió.
''Lo siento,'' dijo silenciosamente.
''No es culpa de nadie,'' dijo Regina. ''Mi cuerpo no es capaz de engendrar un niño. Robin encontró a alguien que sí que podía, aunque él asegura que esa no es la razón por la que se juntaron. Pero sé que su deseo por ser el padre de Roland es la razón por la que ahora me abandona. Marian le he dado algo que yo nunca pude darle. No quiero quitarle la oportunidad de ser padre.''
''Pero tú también querías ser madre,'' dijo Emma cuidadosamente.
''Sí,'' susurró Regina. ''Quería serlo.''
''¿No pensáisteis en adoptar?''
Regina negó con la cabeza. ''Aparentemente, nunca había tiempo.''
''¿Y eso quién lo decía?'' dijo Emma frunciendo el ceño.
''Mi equipo,'' dijo Regina encogiendo los hombros. ''Si me hubiera quedado embarazada de forma natural, entonces hubiera sido diferente, pero consideraron que la idea de adoptar un niño iba a crear una interrupción en mi carrera política.''
Emma soltó aire con burla. ''Bueno, por supuesto que los niños son una interrupción. Le dan la vuelta a todos y cada uno de los aspectos de tu vida, pero esa es una de las cosas maravillosas que tienen. Y si quieres ser madre, nadie puede decirte lo contrario.''
''Mi cuerpo puede,'' dijo Regina. ''No puedo tener hijos. Los doctores han determinado que tengo un útero 'hostil'.
''Yo soy adoptada,'' reveló Emma. ''Los padres que me criaron tampoco podían tener hijos. Puede que no compartiera la misma sangre, pero me quisieron como si lo fuera.''
''Amaría a cualquier niño, sin importarme de donde viniera él o ella,'' dijo Regina. ''Pero ya he perdido mi oportunidad. Es demasiado tarde. He escogido mi carrera por encima de la familia y ahora ni siquiera tengo un marido.''
''Nunca es tarde,'' dijo Emma. ''No si realmente quieres algo.''
Regina se encogió de hombros. ''Bueno, ahora ya poco importa. Soy la Presidenta. No es como si pudiera adoptar a un niño como madre soltera y ser la política más conocida del mundo.''
''No serás la Presidenta para siempre,'' remarcó Emma. ''¿Quién sabe lo que te depara el futuro?''
''Solteronería,'' contestó Regina sin ánimo. ''Ya puedo ir mañana a comprarme un gato.''
Emma rió. ''Los gatos son guays.''
Regina miró de reojo a la mujer que había a su lado y no pudo evitar sonreír también. Se dio cuenta de que se sentía más ligera. Por primera vez en seis años era capaz de hablar sobre cómo se sentía. Tenía a alguien con quién hablar sobre su infertilidad sin que la vieran como un fracaso en su papel de mujer o como una disfrazada bendición mientras escalaba su ascenso hacia la Casa Blanca.
''Gracias por esta noche, Emma,'' dijo en voz baja. ''No me había dado cuenta de lo mucho que necesitaba esto.''
''Todo el mundo necesita amigos,'' dijo Emma.
''¿Somos amigas?'' preguntó Regina. ''No siento como si hubiéramos pasado bastante tiempo juntas como para poder utilizar ese término.''
''Creo que se lo suficiente sobre tu vida como para considerarte mi amiga en cualquier otra situación,'' remarcó Emma. ''Quiero decir, ¿cuántas personas saben lo de tu matrimonio y sobre el hecho de que os vais a separar?''
''Sólo tú, my consultora y unos cuantos miembros del equipo,'' admitió Regina. ''Pero el lunes, lo sabrá el mundo entero.''
''Y la prensa tendrá tema para rato, y después se olvidarán de ello,'' dijo Emma.
''Eso es lo que cree Mal.''
''¿Malinda Fire?''
Regina asintió. ''¿La conoces?''
''Por supuesto,'' dijo Emma. Todo el mundo en D.C. conocía a la nueva consultora de la Casa Blanca. ''¿Fue ella la que te aconsejó que hicieras ese comunicado de prensa?''
''Sí. ¿Por qué? ¿Crees que es buena idea?'' No es que Emma fuera una consultora política, pero sí que era cierto que sabía sobre la prensa, así que su opinión sobre la decisión de la Casa Blanca era algo que le importaba a Regina.
''Sí,'' contestó Emma. ''Política y personalmente. Si no estás feliz, entonces tienes que seguir con tu vida, pero esta noticia proviene directamente de la Casa Blanca, así que podrás controlar aquello que la gente como yo podrá saber.''
''¿Y la gente como tú cómo va a informar sobre esto?''
Emma rió. ''Qué sutil. ¿Es esta tu forma de preguntarme si lo mencionaré en mi programa?''
''Bueno, dudo que puedas evitar mencionarlo, ¿pero tienes alguna idea de lo que dirás?''
Emma negó con la cabeza. ''No, y es gracioso porque esta vez he estado escuchándote, no preparándome un monólogo conmigo misma. Estoy aquí como amiga, no para llevarme una jugosa exclusiva. Creo que debería hacer lo que haría cualquier otro corresponsal político y hacerme una idea basada en el comunicado de prensa que anuncie tu equipo. La gente hablaría si el lunes aparezco con un informe completo basado en una historia que aún ha de hacerse pública.''
''Gracias,'' dijo Regina. ''Y siento si venir aquí te ha dejado en una posición profesional comprometida. No era mi intención. Yo sólo-''
''Necesitabas una amiga,'' la interrumpió Emma. ''Lo entiendo. Cuando quieras.''
''¿De verdad?''
''De verdad,'' asintió Emma. ''Sé lo mucho que duele un divorcio, incluso cuando fue decisión mía que Neal y yo nos separaramos. Si necesitas hablar con alguien que no sea de la Casa Blanca, llámame. Por cierto mi teléfono está encriptado. No tanto como el tuyo pero tengo que tener cuidado sobre lo que digo por si me graban.''
''Está bien saberlo,'' dijo Regina. Y gracias por ser tan profesional. Supongo que no tengo que recordarte que todo lo que hemos hablado aquí es confidencial, incluso cuando la noticia salga a la luz. Quizás debería haber mencionado que mi infertilidad no será parte del comunicado.''
''¿Por qué debería serlo?''
Regina sonrió. ''Eso mismo pienso yo.''
''Y te prometo que no lo mencionaré en ningún comentario que haga.''
''Confío en tí,'' dijo Regina, sorprendiéndose a sí misma cuando se dio cuenta de lo cierto que era eso.
Emma sonrió tiernamente. ''¿Te apetece otra copa de vino?'' preguntó, señalando las copas vacías que había encima de la mesa.
''Será mejor que me vaya,'' dijo Regina. ''Ya te he causado suficientes inconvenientes por hoy.''
''No han sido inconvenientes,'' dijo Emma.
''Bueno, eso no es verdad pero lo aprecio. Gracias.''
Se levantó, se alisó su traje y se limpió la cara una vez más. Sus ojos aún estaban un poco rojos y su maquillaje estaba un poco dispersado. Pero no le importaba. Las dos mujeres caminaron en silencio por el apartamento, parándose delante de la entrada.
''Bueno, gracias de nuevo,'' dijo Regina, casi con timidez.
''De nada, Regina,'' dijo Emma. ''Y como he dicho, cuando quieras.''
Regina asintió. Creía en la sinceridad de Emma, pero no estaba segura de si la volvería a llamar. Aunque se había sentido estupendamente el hablar con alguien fuera de su círculo habitual, quiería ser precavida y no convertirlo en algo recurrente. Después de todo, Emma era corresponsal política. Cualquier tipo de amistad por ambas partes podría considerarse poco profesional.
''Buena suerte con todo,'' dijo Emma.
''Gracias,'' dijo Regina. ''Supongo que ya me las arreglaré.''
Emma dio un golpecito al hombro de Regina sin pensar. Tan pronto como lo hizo, sintió que el contacto era extraño, no bienveindo, inaceptable.
''Lo superarás,'' dijo Emma, con la mano guardada incómodamente en el bolsillo de sus tejanos. ''Y te aseguro que informaré de ello justamente.''
''Informa como siempre lo haces,'' dijo Regina. ''Eres una presentadora fantástica.''
''Gracias.''
Hubo un silencio incómodo. Ninguna de las dos mujeres quería que la noche acabara pero ya no había nada más que hablar.
''Bueno, supongo que debería irme,'' acabó diciendo Regina. ''Que tengas un buen fin de semana.''
''Igualmente,'' dijo Emma, inclinándose por el costado de Regina para abrir la puerta. Se apartó, notando mientras lo hacía que la morena olía a vainilla. ''Em, adiós.''
''Adiós, Emma,'' dijo Regina, saliendo al pasillo, donde fue inmediatamente flanqueada por Graham y otro guardia de seguridad. Graham le devolvió el teléfono a Emma sin decir nada y ella asintió con la cabeza dándole las gracias.
La puerta se cerró y así acabó una de las noches más raras de la vida de Emma. Aunque sus pensamientos no paraban quietos cuando esa noche se tumbó en la cama, pensando en cada momento que había compartido con Regina, tratando de encontrarle sentido.
Unos golpes insistentes despertaron a Regina del profundo sueño que estaba teniendo esa mañana de domingo. Gruñó y se dio la vuelta, salió de la cama y caminó hacia la puerta, abrochándose la bata mientras lo hacía.
''¿Has visto esto?'' preguntó Robin, acercándole el iPad a la cara cuando ella abrió la puerta.
''¿Ver el qué?'' dijo Regina frunciendo el ceño, centrándose en la brillante pantalla. Pero no necesitaba preguntar a qué se refería su futuro exmarido. Su pecho se encogió de forma incómoda al leer el titular. Al acabar de escanear el resto del texto, su corazón iba a mil.
Le devolvió el iPad a Robin y cerró la puerta, volvió a su cama y se metió debajo de las sábanas. ¿Cómo había podido ser tan estupida? ¿Cómo había dejado que sus emociones la traicionaran? ¿Cómo había podido creer que podía confiar en Emma Swan?
Las palabras se habían quedado grabadas en su retina; atormentándola, recordándole su error.
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