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Capitulo basado en la canción What You Wanted y Secrets de One Republic. No tienen ningún parentesco con la letra, solo que lo escribí mientras escuchaba la canción. De todos modos, la canción no me pertenece y Digimon tampoco, ¿cierto?.

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—VIII—

Del que besa y de la que compara.

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··•··

La risa se hizo dueña de su cara. Cubrió sus labios como último recurso para disimular la carcajada que había quedado a medio camino.

No, no era un hecho tan divertido. Para Sora no, para él sí, mucho.

―Deja de reírte.

―No lo estoy haciendo.

―Avísale a tu cara que es lo que no está haciendo, porque lo hace.

Nadie podía culpar al muchacho por reírse, en el momento no resultó ser algo tan gracioso, pero si lo pensaba, como lo estaba haciendo, sí resulta divertido.

Sora había ido a nadar, dejando a Taichi en la playa porque este estaba demasiado concentrado dándoselas de arquitecto como para acompañarle.

Aprovechó el momento a solas para pensar en lo ocurrido durante la mañana: todo lo del beso y lo que traía como consecuencia. Trataba de procesar toda la información, concentrada, no se daba cuenta que estaba nadando hacia el límite de la playa y que las olas se tornaban cada vez más agresivas.

Nada como amarrar muy mal la parte superior del bañador y tener la mala suerte de que una ola rompiera sobre su cuerpo. Una zambullida no planeada, un revolcón dentro del agua y adiós sujetador.

La vergüenza más grande que pudo haber pasado.

La playa no estaba ni muy llena ni muy vacía. De todos modos Sora había salido mirando hacia el otro lado, donde el océano se extendía sin un aparente final. Nada más que agua y algunos barcos —tan lejos de ella— que era imposible que pudiesen ver su pecho desnudo. Cubrió como pudo sus senos y se hundió dentro del mar, maldiciendo su mala suerte.

Se hubiese decantado una vez más por el traje negro de pieza completa. Pero no. Tuvo que encapricharse con el de dos piezas que Mimi le había obsequiado.

Debes de actualizarte. Estamos en el siglo veintiuno. Los trajes de baños de una pieza son cosas del pasado. ¿Piensa que esto es 1980? Ten, es un regalo. Ya me lo agradecerás.

Recordaba lo que le dijo su amiga y no sabía si estaba molesta con Mimi por el regalo y mal consejo o, si estaba molesta consigo misma, ya que fue ella la que al final tomó la decisión de cambiar comodidad por sensualidad.

¡¿En dónde estaba su bañador?!

A Taichi, quien estaba sentado en la orilla, con las piernas extendidas y con un fallido intento de castillo de arena dentro de ellas, le pareció extraño que se quedara tan quieta y lejos.

Estaba demasiado lejos de la orilla. Muy lejos. Justo en el límite permitido. Y, si no fuera por esa cabellera roja que resaltaba sobre el azul del mar, no podría verla, no por lo lejos que estaba, sino porque solo podía ver su cabeza.

Taichi se puso de pie de un solo golpe. Corrió y echó varias zancadas dentro del agua antes de dar el salto que le hundió y desapareció de la vista de todos definitivamente.

Buceó y calculó la distancia exacta a llegar. Dos metros. Solo dos metros le alejaban de Sora cuando su cara salió del agua.

―¡Hey tú! ―meneó la mano por encima de su cabeza― cuidado con los tiburones. Dicen que el color rojo les atrae y ya sabes lo violentos que son.

Era una mala broma. Sobre todo porque Sora no estaba de humor para lidiar con lo absurdo que Taichi a veces era.

―¡No te acerques! ―le gritó, deteniendo el nado del otro de inmediato.

La miró sin comprender. Sora, de la barbilla para abajo, estaba cubierta por el agua.

Cuando su amiga le contó lo sucedido, su mente se echó a correr a mil por hora. A veces el infortunio de uno era la suerte de otro. Quizá hubiese sido así, pero lo cierto es que, ya luego de un cuarto de hora allí sin hacer nada, comenzaba a impacientarse.

―No puedo estar todo el rato aquí. Lo sabes, ¿no? Son apenas las 2:00 de la tarde. La playa no estará vacía sino hasta dentro de tres o cuatro horas.

No lo dejaba acercarse, tampoco ir a por una toalla o una camiseta que cubriera su desnudez. Sora estaba tan avergonzada que solo quería que Taichi estuviera cubriéndole como un escudo anti-miradas, manteniendo la distancia, claro.

Tai volvió a hacer el ademan de girarse. Darle la espalda a alguien y hablar al mismo tiempo con esa misma persona no era divertido, sin mencionar educado.

―Ya te lo dije el otro día. No es como si fuera a ver nada que no haya visto antes.

Si hubiese tenido una piedra, Sora la hubiese arrojado directo a su cabeza.

―Bueno, pero podríamos intentar algo. Qué tal si te abrazo y te llevo hasta la orilla. Pecho contra pecho. Así nadie te verá y en lo único que pensarán los demás es en lo enamorado que estamos.

De nuevo, la idea de la roca contra su cráneo parecía tentadora. ¿En dónde había una cuando la necesitaba?

―Me arrugo como pasa. A este paso, pareceré de setenta en vez de veintisiete. Con lo que me da pavor llegar a los treinta. Imagina si me viera dentro de poco al espejo. Sería un disparo al corazón.

―Deja de exagerar.

―Quien exageras eres tú. Son las 2:00, te lo repito. No tenemos agua para beber y el sol está muy fuerte. Pregunto, ¿no quieres de verdad hacer lo del abrazo?

No había límites para su desfachatez. Si le dijesen a la Sora de trece años que su amigo se convertiría en un pervertido, seguro no lo creería.

Todavía no lo hacía.

Es que no concebía el hecho de que alguien como él, tan noble, a veces dijera cosas tan… fuera de lugar.

Salpicó su nuca con un poco del agua salada, lo que por consiguiente hizo que Taichi girara a verle.

―¡Ya! —chilló— ¡No voltees!

―No estoy viendo nada, Sora. Relájate.

Se relajaría, pero el hecho de que le besara esa mañana y que ella hubiese respondido al beso para después pactar en silencio que intentarían tener algo más que una amistad le ponía nerviosa.

Si le sumaban el que tenía que compartir una misma habitación y una misma cama, era mucho. Sobre todo porque era demasiado obvio que existía una atracción sexual entre ellos mucho más grande que los dos juntos.

―Pues, no te hagas la tonta. ¿O te abrazo o voy por la toalla? La una o la otra, porque no me quedaré debajo de este sol que me escose la piel.

Y sin más remedio tuvo que esperar en solitario hasta que Taichi volviera de la orilla con su boleto a la libertad, el cual terminó siendo un corpiño sucio —solo Dios sabe cómo llegó a parar a su bolso— y una chaqueta de algodón del muchacho.

Muy oportuno para la ocasión. Ironizó para sus adentros.

No se quejaba. Tener una chaqueta y un brasier sucio, era mejor que estar mostrando sus partes nobles a todo el mundo o, en todo caso, estar dentro del agua sin hacer nada mientras sufría una deshidratación segura.

Sin embargo...

―Ya deja de reírte.

―No me estoy riendo, Sora. Pero sí me lo llegaran a preguntar..., diría que estas han sido las mejores vacaciones de mi vida ―soltó todo sonriente, ya no en modo de burla―. Es en serio.

Había un trasfondo en sus palabras. No solo se refería al incidente con el bañador, también hablaba del beso y del hecho de que ahora estaban juntos.

Sora no pudo con el ardor de su rostro.

Era un hecho que leer a Taichi entre líneas resultaba más fácil que hacerlo con Yamato. Y no estaba acostumbrada a leer ese tipo de cosas, ni en Yamato ni en Taichi. Que le dijesen que besarla o pasar el rato con ella era lo mejor de todo, sin duda, le hacía sonrojar.

Recordar cuando fue la última vez que Yamato le hizo sentir tan especialmente tímida y bien, era tener que regresar muchos años en el pasado.

Volvía con las comparaciones.

Era la millonésima vez durante ese día que pensaba en ellos dos como desiguale, polos opuestos que debían ser comparados para poner un límite entre ambos.

Necesitaba límites.

¿Por qué?

No lo sabía, pero si no quería terminar hiriendo a Taichi, sería mejor desligar a Yamato completamente de él. Cosa difícil, porque aunque diferentes, estos dos eran como uña y mugre. Tampoco deseaba estropear su amistad. Y de todos modos, ¿ya no había terminado con aquello? Yamato no era parte de su vida ahora, no como novio. No tenía por qué molestarse, ni con ella ni con Taichi. ¿Cierto?

―¿Qué tal si nos quedamos esta noche en casa?

―¿En casa? ―repitió ella. Le pareció una forma muy extraña de llamar a aquella cabaña.

Y no podía dejar de pensar que aquél termino resultaba ser muy íntimo. Era como ir muy rápido. Aceleraban las cosas, ¿o eran ideas suyas?

―La cabaña. Sabes lo que intento decir ―se apoyó en sus manos y miró el rostro bronceado de Sora― Pedimos servicio a la habitación, algo fuerte que tomar y luego a la cama.

Está bien. Eso sonaba bastante comprometedor. Más que todo ese: "y luego a la cama".

―Yo quiero bailar ―se apresuró en decir.

Taichi se encogió de hombros y echó una vez más sobre la toalla de rayas coloridas.

―Si eso es lo que quieres… ―finalizó.

De hecho, le costaba demasiado a Sora poder estar tan cerca de Taichi. Si bien, en el barco tuvo un sueño muy sexual con su mejor amigo y, si para entonces ya era muy embarazoso el tener que mirarle a los ojos, sobre todo hacerlo sin tener que caer bajo los efectos de la imaginación, ahora que estaban saliendo le resultaba mucho más difícil, si a ello le sumabas la bendita cama matrimonial, era un desastre garrafal.

Vaya, y eso que no incluía en el paquete todas las características de Taichi. Porque sí, el muy desgraciado tenía en claro que era sensual, carismático y seductor, y no se cohibía para hacérselo saber.

He allí su nerviosismo con respecto a ese "y luego a la cama" de Tai. Mientras menos tiempo pasasen en ese sitio, mejor.

Taichi se puso sus lentes oscuros, se tumbó de espaldas sobre el paño y cerró los ojos, dispuesto a descansar un rato. Luego de mirarlo, Sora lo imitó.

··•··

Un balón perdido encalló dentro de las piernas de la muchacha. Iba a enorme velocidad y como resultado levantó una gran cantidad de la arena blanca. Taichi se puso alerta, mientras que Sora echaba un grito por la impresión.

―¡Pero qué coñ…! ―el muchacho echó la vista al que posiblemente fue el causante de sus sustos.

Se puso de pie, tomando el cuerpo del delito en sus manos. El otro sujeto pidió disculpas y el balón.

La pelota era de futbol. No podía ser otro.

Taichi alternó su vista entre Sora, el esférico y el muchacho.

You want to play? ―inquirió el dueño del balón intuyendo las ganas de jugar que tenía el otro.

Velozmente Taichi fijó la vista en Sora.

Era un niño. Sí. Nunca fue de los que ocultaban sus emociones, por eso Sora se preguntaba, ¿cómo le hizo para no decirle lo que sentía hacia ella durante tanto tiempo?

Yamato.

Fue su respuesta, lo que la llevó a la siguiente pregunta, ¿era Yamato menos noble que Taichi? Se suponía que eran amigos, los mejores, y cuando se es tan amigo de alguien, se es capaz de notar ciertas actitudes no muy normales en el otro. Yamato tuvo que saber que Taichi sentía cosas por ella, pero eso no le detuvo.

¿Habría cerrado los ojos como ella lo hizo?

―¿Sora?

―¿Sí? ―inquirió saliendo de sus cavilaciones.

Tai se limitó a solo verle.

¿Acaso le pedía su permiso?

Puso los ojos en blanco y asintió. Taichi salió corriendo como niño pequeño de seis años.

Una virtud y desventaja. Ningún hombre de veintisiete años puede comportarse como de seis. La habilidad y, había que admitirlo, genialidad en Taichi, es que siempre sabía cómo y cuándo ser —o no— infantil.

Este no había terminado de dar dos pasos cuando se devolvió con prisa. Había olvidado algo.

Se deslizó sobre la arena y, antes que Sora pudiese evitarlo, la tomó con ambas manos por la cabeza y le dio un beso apretado en la boca.

―Es un beso de te-veo-mas-tarde ―dijo él.

Y con la misma rapidez con que regresó, se marchó.

Las mejillas de Sora ardieron.

¡Qué vergüenza!

Con Yamato se acostumbró a ser más reservada. A ninguno de los dos les gustaban las muestras de amor en público, menos cuando se tenían a las revistas y tabloides de chismes sobre sus cuellos.

Era un bien conocido que entre esos dos, lo único que les unía, era la forma tan poco convencional en el que fueron criados. Takenouchi fue hija única, y con una madre muy ortodoxa que rara vez le demostraba afecto mediante caricias y mimos, no tuvo otra opción que crecer y adoptar la misma actitud que su progenitora. El padre era un ser cariñoso por naturaleza, pero nunca estuvo el tiempo necesario para enseñarle a la hija que las caricias no quemaban, y que demostrar sus sentimientos no le harían menos fuerte, tampoco estúpida.

Pero Tai era otra cosa, al ser criado en un ambiente cariñoso y lleno de amor, un amor que se dejaba ver mediante caricias, juegos, bromas y palabras, se le hacía más fácil expresarse. No le importaba ser afectuoso en público, ni que los demás le mirasen como si se tratase del hombre más cursi del mundo.

Si quería besar, besaba. Si quería abrazar, abrazaba. Si quería gritar cuánto amaba a alguien, lo gritaba. Siempre sin sentirse ridículo, sin pensar que al hacerlo terminaría con el orgullo pisado.

Una cualidad que le asemejaba mucho a la fiel de Piyomon, quien tardó mucho, pero al final logró tumbar aquella barrera que Sora se había obligado a poner. Tai, en su momento, también derribó aquella fachada como amigo, llegando a ganar su aprecio, pero ahora debía volver a intentarlo como algo más si es que quiere seguir a su lado. Cosa que Yamato no intentó, quizá sí, pero no lo suficiente.

Sora pensó en ambos, otra vez. Los comparó mientras dentro de su campo de visión Taichi jugaba como niño a la pelota y ponía en práctica su inglés oxidado.

Lanzaba palabrotas, reía, deslizaba repetidamente la mano dentro de las hebras del cabello castaño y largo, agitaba al tiempo su cabeza y el mechón que tapaba su frente se movía como falda de porrista. Sonreía, gritaba, saltaba, corría y caminaba con o tras el balón. Siempre repitiendo la acción con la mano y su pelo. Acción a veces provocada por la arena, otras por el calor o quizá lo hacía por mera costumbre, no importaba el hecho, tampoco el porqué de ello porque cada vez que se despeinaba inconscientemente, Sora suspiraba.

En un instante en el que ella le miraba y él se secaba la frente con el dorso de su mano, hicieron contacto visual. Sora le sonrió, no estaba tan lejos como para que este no viera el gesto, y Taichi le imitó, aunque él luego llevó dos dedos hasta la boca y apretó el puño, como si recogiese un beso en sus labios para luego lanzarlo con fuerza. Guiñó un ojo y regresó a jugar.

El gesto hizo sonreír aún más a Sora.

En definitiva, Taichi no era Yamato.

Porque Yamato era más frío. Daba por hecho de que ella sabía lo que sentía y no se las arreglaba para demostrarle cuanto le importaba.

Situaciones como esas inclinaban la balanza a favor del despeinado y alocado muchacho.

Se recostó sobre una holgazana y se puso las gafas de sol.

Taichi llegó al poco rato, sudado y satisfecho porque su equipo había ganado, además de que estaba contento por haber hecho nuevos amigos. Sora se encontraba dormida y al verle tan bonita con sus facciones relajadas, optó por dejarla dormir.

La cubrió con una de las toallas y se sentó al lado. Tomó el bolso y revisó dentro de él, en busca de su celular. A penas lo tuvo en su mano sintió al aparato vibrar. Pao, la novia —no novia—, le había escrito y enviado un mensaje de texto.

··•··

Para cuando Sora despertó la playa estaba vacía por completo y el sol se había ido.

La muchacha levantó los brazos y se desperezó, tardó en reconocer que seguía en playa Pantong, y que se había hecho ya de noche.

Taichi estaba a unos cuantos metros, sentado, mirando hacia la oscuridad.

Sora se puso de pie y caminó hasta él, cubriéndose con la toalla. El viento y el frío habían aumentado con la ida del sol. Era inevitable no abrazarse a sí misma.

El sonido de las olas rompiendo en la orilla se sentía más agudo cuando no se hallaba a nadie cerca.

La sensación era de calma.

Tomó asiento al lado de su compañero, lo que provocó que Taichi le girara a ver. Los cabellos anaranjados no dejaban de revolverse y la piel quemada, y roja, le hacían ver graciosa y tierna por partes iguales.

Taichi le pasó la mano por encima del hombro y la atrajo hacia él, con la risa más grande que jamás había dado la besó en la frente, gesto que enrojeció, a ser posible, aún más los cachetes de Sora.

―Me quedé dormida ―dijo ella―. ¿Por qué no me despertaste?

Su respuesta fue simple: le gustaba verla dormir.

La tranquilidad y sensación de paz que trasmitía era de envidiar. Nunca la sintió tan en calma estando despierta. Eso no significaba que odiara sus otras caras, todas tenían su propio encanto.

Con la mirada perdida en el océano y los sentidos dormidos por la fría noche, y el rugir de las olas, se quedaron en silencio. No era un silencio cualquiera, era un silencio que decía mucho. Un silencio soportable que les revelaba mucho más secretos que aquellos dichos con palabras.

Sora se puso de pie y caminó hacia la orilla de un momento a otro.

Taichi la miró.

Solo la miró mientras ella se giraba sobre sus talones con una sonrisa marcada en su rostro. No detuvo su andar, de espalda al mar siguió caminando, con el dedo anular moviéndose, instigando a Tai a seguirle.

Por un momento Sora había pensado en Yamato. En su relación cautelosa, rígida y cómoda. Al otro segundo pensaba en Taichi y en que con él la cautela no era precisa. Nada con Taichi resultaba ser rutinario. Él era como un fuego que nunca se apagaba y a su lado ella sentía que podía arder tanto como él.

Eso fue lo que hizo que se pusiera de pie: por él, que siempre lograba sacarla de su zona de confort, por él, que le hacía cometer locura tras otra.

―¿No vienes? ―dijo, con la mirada encendida.

Un gesto provocador que obligó al muchacho a seguirle como poseso. Con sus piernas se impulsó y caminó embelesado, y muy curioso, por la repentina osadía de la chica.

Su pelo rojizo seguía despeinándose, y el pareo transparente se movía hacia la dirección que el viento le indicaba.

Algo en sus gestos, en la sonrisa, en cómo le llamaba con el dedo y en el misticismo del viento que izaba todo lo que podía moverse, emocionó a Taichi. Pero fue cuando ella deslizó el cierre de la chaqueta, que se la quitó y lanzó al suelo con seducción, lo que le hizo que este saliera corriendo tras ella.

Sin pensarlo, Sora hizo lo mismo y corrió a resguardarse dentro de las olas. Taichi era más veloz y en pocos pasos ya había alcanzado a la muchacha. Ella, con los pies dentro del agua, lanzó algunas patadas levantando varias, muchas, gotas que, por momento, detuvieron al otro.

El agua helaba, lo que hizo que por instinto Taichi se cubriera con sus brazos.

Sin embargo, eso no le detuvo por un tiempo mayor a varios segundos.

De un momento a otro Taichi se llevó por el medio a Sora, quien terminó despegando sus pies de la tierra y fue a parar sobre el hombro del muchacho. Echaba gritos y carcajadas al mismo tiempo que giraba por los aires, con la sensación de estar volando y las manos de Taichi sobre sus muslos.

―Oh, bájame ―decía emocionada―. Me harás caer.

No hizo caso.

Los pies del muchacho se enredaron con el agua y la arena. Las olas le empujaron y ambos cayeron de bruces en la orilla de la playa.

En un momento jugaban a estar enamorados y al otro estaba uno sobre el otro, con el agua meciéndose debajo de sus cuerpos, con las estrellas de testigo y el azul del cielo ennegrecido. El mar susurraba cosas, pero, aunque las gritase, no les hubiesen escuchado.

Taichi se apoyaba sobre sus manos, cada una rodeaba el cuerpo de la otra debajo de él, y le miraba, como siempre le miró desde las sombras. Sus ojos arraigados mantenían el mismo halo de éxtasis que la misma noche profetizaba, y estaban tan cerca que quemaba.

Él la veía, no solo veía su rostro, sus ojos, sino que la veía, realmente lo hacía, la veía como nadie nunca lo hizo.

Sus latidos se dispararon, su respiración se entre cortó, lo único que quería era que rompiera el espacio entre los dos y la besara. Quería sentir otra vez los labios de Tai entibiar los suyos.

Él le llenaba de una sensación extraña, una que surcaba en su interior y agitaba las entrañas. Era un miedo excitante. Un hueco lleno de emociones. Le desnudaba con sus ojos marrones y la hacía sentir protegida y deseada al mismo tiempo.

Podía acostumbrase a él. Ya lo había hecho.

El muchacho levantó la comisura de su labio como si quisiese sonreír, un gesto que nació y murió allí mismo. Respiró profundo y se tragó todo el aire de sus pulmones antes de decidirse a besarla, porque moría por hacerlo una y mil veces, todas las veces mientras pudiera.

Y lo hizo.

No fue como aquél beso de "te-veo-más-tarde ", tampoco uno cursi, como los que se ven en las películas. Fue un beso que les consumió por entero, que robó sus alientos con voracidad y que se extendió más que cualquier otro dado antes.

A lo lejos se escuchaban los aullidos de perros. Las llantas sobre el pavimento. El murmullo del agua golpeando las rocas costeras, el silbido de un barco en alta mar. Latidos que se confundían con la melodía de un tambor. Besos dados bajo las estrellas, mojados con el agua salada del mar Andamán. Se escuchaba un pecho incapaz de respirar y el choque de dos bocas que deseaban saborear a la otra.

Sora ya no pensaba en Yamato. Solo en los besos que Taichi le daba.

··•··

Jugaba con el cabello desordenado y mojado de Taichi, los mismos parecían ser del mismo largo que cuando su adolescencia. Dos semanas sin cortarse el cabello y ya lo tenía todo desordenado, como la melena de un león, comenzaba a creer que su viejo look se debía más por la resignación que por elección propia. De todos modos, le gustaba verla así: toda desordenada y rebelde.

Ajeno, y completamente diferente a lo que Sora pensaba, Taichi le miraba con devoción y acariciaba sus cachetes rojos por el sol. Soltó una leve sonrisa, se le había escapado, no quería parecer tan emocionado, se suponía que ser ansioso no iba con su actitud roba corazones. Pero ¡Qué más daba! Estaba enamorado, no podía ocultarlo. Así como tampoco podía ocultar su deseo por volver a besarla, era un vicio, mientras más recibía más quería.

Y lo hizo, una vez más.

Sora rio cuando Taichi dejó su boca y regó beso tras beso a lo largo de su cuello, al inicio de su oreja, por su frente, mejillas, nariz… y de nuevo sobre su boca. Uno tras otros, cortos, más largos, y otros más entregados que el último.

Parecía mentira pero era su verdad.

Fantaseó un millón de veces con la novia de su mejor amigo. Creyó que su deseo nunca podría cumplirse. Se resignó a creer en que la vida le tenía alguien más reservada. Juró no amarla nunca más, no traicionar a nadie más.

Todos esos sueños rotos, promesas al viento, sentimientos tortuosos, se hacían añicos con cada beso que ella le devolvía.

¿La culpa?

Se había ido con los miedos. Ya no existía, por el momento.


¡Hey! I'm back! I'm back!

Bueno, nada de embrollos ni de peleas, me quedó muy simplón, I know, I Know, but, no quería nada de eso en estas escenas. Es que bueno, en lo aburrido también existe algo de magia. Creo yo.

Por cierto, capitulo un poco más largos que los últimos, pero así salió, no quiero repetir que esta historia cobró vida y hace lo que le da la gana.

Danke por sus comentarios.

Por cierto, lamento el espanglishman (español, inglés y con el "danke" alemán).

Ciao~