Capítulo 8

Escarlantina:

Décimo día a bordo del navío real de las Islas del Sur.

El silencio es sepulcral. Las aguas son quietas y la cubierta completamente muda. El violín no toca, los hombres no alzan las velas… ni siquiera Hans se ha pasado para reclamar su tiempo en el camarote.

Me mantengo dentro de la cabina leyendo el repertorio de libros de los que el príncipe dispone, pero ya no es suficiente, ya no sacia mi aburrimiento ni mucho menos ayuda como distracción. Entre más profundizo entre las letras, más curiosidad siento por saber lo que puede estar ocurriendo ahí fuera. ¿Qué tan grave puede ser un "Código Rojo" como para prohibirme siquiera salir a dar un paseo?...y más importante ¿Por qué no hemos llegado a puerto aún?.

Escucho que alguien toca la puerta del camarote y de un salto me incorporo para abrir.

Necesito respuestas, necesito explicaciones. Pero aquí, recluida, no podré encontrar ninguna. Por primera vez deseo que quién esté llamando al otro lado sea el príncipe Westergüard. Al abrir, no veo a nadie, solo consigo llevarme una desilusión tras ver que me han llevado el almuerzo en una fina bandeja de porcelana y la bebida en copa de cristal. ¿Por qué ni siquiera los soldados se toman la molestia de entregarme personalmente la comida? . Ha sido así desde hace unos días, no se sí quieran evitarme, o procuran no tener contacto alguno conmigo para evitar más contagios.

Descubro mi desayuno. Esta vez no se trata de alguno de los platillos pomposos y gourmet de los que el chef del navío me tiene acostumbrada; Alguien consideró que sería apetecible que esta mañana sólo almorzara un emparedado… de queso de cabra y jamón.

Solamente hay alguien abordo que podría ser capaz de prepararle algo así a una reina. Y más vale que no pierda más el tiempo si es que quiero respuestas. No toco la comida, me envalentono en ese mismo momento y decido romper el protocolo del susodicho "código rojo", salgo del camarote rumbo a la cocina.

—Reina Elsa—Exclama Hans al verme cruzar el umbral de la puerta de la cocina. —¿Qué hace fuera de la habitación?...

—Ahórrese las órdenes para sus soldados "capitán"—Le respondo terminante —Quiero hablar con usted.

El príncipe me lanza a las manos un paño de tela —Debe cubrirse la boca en todo momento, ¿Qué no fui muy claro cuando dije que hay un brote de escarlatina? —Me ordena en, lo que considero, un regaño.

En primera instancia me niego a obedecerle, pero basta con un segundo vistazo para darme cuenta que Hans tiene el peor de los aspectos. Sus ojos reflejan fatiga de desvelo, por sus ropas fuera de su sitio y un tanto sucias, o su cabello desalineado, me doy cuenta que no se ha tomado ni un minuto para cuidar de sí mismo.

—¿Usted… no está enfermo o sí?—Pregunto un tanto ablandada y preocupada por su aspecto.

—No—Me responde con una voz tenue. Quizá una que anuncia que no tiene fuerzas para discutir conmigo—…Pero podría estarlo—se aclara.

No respondo a ello. Me siento culpable por la brusquedad por la que he llegado a esta cocina sin siquiera tener la cortesía de tocar la puerta. Veo que hay sobre la estufa un caldero que burbujea, y por el aroma adivino que es caldo de pollo o algún estofado similar. También puedo darme cuenta que quién lo prepara es el propio príncipe.

—¿Qué ha pasado con el cocinero?—Pregunto tras notar la extraña escena.

—Enfermó—me informa y luego añade—igual que la mitad de la tripulación.

Mi mirada se pierde en algún hito de la cocina. Tengo la vaga sensación de que la atmósfera se ha tornado más pesada y gris de lo usual. Mi reina interior me obliga a conservar la temple.

—¿Cómo está el soldado que hace días llevé a descansar?— Logro modular con suavidad.

Hans me mira, duda un momento, pero responde con la suficiente claridad—Falleció—me eebela. Y regresa atender el estofado que prepara.

Tras la noticia soy incapaz de emitir palabra. Pierdo el aliento y siento erizar los bellos de la nuca . Mis problemas, frente a una baja, se ven insignificantes ahora mismo.

Con los labios más fríos que de costumbre logro vocalizar en un susurro—Príncipe…

—¿Qué necesita Majestad? —Me interrumpe. —¿Qué es tan importante como para salir de la cabina y exponerse al brote?.

—yo..yo—Me cuesta ahora mismo demandar cualquier respuesta, pero debo hacerlo. Con o sin brotes, regresar a Arendelle sigue siendo mi prioridad—me pregunto por qué no hemos llegado a un puerto aún.

—Creo que es evidente—Contesta el pelirrojo.

—Eso lo comprendo—asiento. Enderezo la espalda y mi voz se torna más determinada—Pero ¿Cuántos días más estaré encerrada en ese camarote?—Manifiesto — Y...¿Cuánto tiempo faltaría para llegar algún puerto?.

—no lo sé—responde franco y seco.

—¿No lo sabe? —exclamo disgustada.

El chico se lleva los dedos al puente de su nariz y masajea —No puedo saberlo cuando el barco navega con la mitad de sus marinos agonizando en cama, y la otra mitad exhaustos, haciendo turnos dobles.

Suspiro, enfadada y derrotada. No me satisface la respuesta, pero por lo menos ahora tengo una.

—¿Eso era todo, majestad?—me espeta, deseoso de que me marche de una vez.

Me muerdo los labios. Veo la punta de mis zapatos antes de determinarme a expresar lo que había tenido que hacer desde hace días...

—No tiene por qué mantenerme encerrada—Aseguro con convicción—Yo le sería más útil ayudando en algo aquí fuera, que resguardada dentro de esa cabina.

—¿Ayudando?—Cuestiona, como si acabara de contar un mal chiste. — ¿Alzando velas?, ¿Trazando la trayectoria en el mapa o al pendiente del catalejo? ¿Quizá timoneando el barco? —Pregunta con sarcasmo.

Tomo aire indignada levantando firmemente la barbilla—Puedo ser útil de alguna manera.

—¿Sabes cocinar?—Interroga enarcando una de sus cejas.

Trago aire y me vuelvo a morder el labio—No—confieso avergonzada.

—Eso suponía—murmura taciturno —Las damas de alcurnia, como usted suelen ser más útiles en estas situaciones cuando… —se aclara la garganta— no ayudan demasiado.

Me indigno y de pronto olvido la sutileza—No existe otra dama como yo—objeto y mi voz se eleva— y puede que no tenga idea de lo que es cocinar, pero estoy más que dispuesta a quemarme las manos en el intento. Si de esto depende llegar más rápido a un puerto dónde desembarcar y regresar a mi reino.

Ante mi arranque, el pelirrojo me mira y se cruza de brazos. Tras un momento de reflexión chistea. —Bien—Dice. Veo que se dirige rumbo al tacoma para extraer un cuchillo que se lleva al puño.

Trago aire y mi cuerpo endurece ante la alerta. Doy, con pavor, un paso hacia atrás. Pero firme a mi orgullo, intento no demostrar miedo. Si éste sociópata planea apuñalarme se las verá contra un gélido contrataque…

—Supongo que podrías ayudarme pelando algunas patatas —Manifiesta extendiéndome el cuchillo a las manos.

Ante su inocua intención me quedo estupefacta, me siento tonta y hasta algo culpable al notar que en mis palmas ya habían logrado materializar pequeñas púas heladas.

—…creo que sabrás pelar papas—me dice el príncipe, esperando a que tome el cuchillo de sus manos.

—Si, por supuesto—Miento con torpeza mientras tomo aquella hoja metálica. Jamás he pelado una patata… de hecho, nunca en mi vida me he cruzado por las cocinas de Arendelle, ahora que lo pienso, mi experiencia culinaria es tan escaza que rivalizaría directamente con la de Sven.

Mantengo mi mirada atenta a las manos de Hans, que toma otro cuchillo en una mano y con la otra sostiene una patata. Con la hoja del cuchillo pegada a su pulgar, veo que extrae en cada tajo la cáscara del tubérculo en tiras. Intento imitarlo pero quedo muy por debajo de su destreza.

Nos quedamos un momento en silencio, cada uno atendiendo su correspondiente tubérculo.

—¿Qué… es esa fiebre?—Pregunto después de lograr dominar un tanto el cuchillo —Escuché a algunos delegados hablar de ella, pero apenas dijeron nada. ¿Por qué es tan peligrosa?

—¿En Arendelle no la tienen?— Cuestiona extrañado y curioso.

—No.

—Bueno —Hans suspira —…comenzó hace unos meses, durante el invierno anterior—Relata. Se toma un respiro para comenzar a pelar una segunda patata —Se reportó un anormal número de marinos con fiebre y erupciones rojizas en la piel en uno de los puertos de las Islas. "Fiebre Escarlatina" Los remedios eran costos y el contagio descontrolado. Lo único que aliviaba la agonía eran unos muy potentes y peligrosos sedantes. En los puertos de las islas comenzaron a reportarse una gran cantidad de bajas.

—No tenía idea—musito perturbada.

—Primero fueron los marinos—Continúa—Unas semanas después los comerciantes; a mitad de las navidades era casi todo el pueblo llano. Como suele suceder con cualquier epidemia, los reinos vecinos nos cerraron las fronteras comerciales y terminaron golpeando la sustentabilidad de todo el reino. — Chistea negando el rostro—Había quien decía que todo esto era mi culpa.

—¿Cómo puede ser su culpa?.

—Bueno, los más religiosos tienen una "mente inquieta", y comenzaron a decir que debía tratarse de un castigo divino por lo que había ocurrido en Arendelle.

Poso mi vista en el príncipe. Desde luego que no siento remordimiento en cerrar fronteras comerciales con las Islas del Sur y el daño en Arendelle fue algo que había dejado su lamentable huella, en Anna, el reino y en mi; Pero desde luego que culparlo de las tragedias de su reino era innecesario y muy injusto.

—Lamento escuchar eso. —Me limito a opinar

—No lo lamente—Pide acompañado de una risa suave.

—"he?"—Me desconcierto.

—Tras la crisis, Albania estaba dispuesta a abrirnos sus fronteras para comerciar. Pero no lo haría gratuitamente. A cambio pedía el compromiso de alguno de los trece príncipes para desposarse con la princesa de aquellas tierras. —En su cara veo dibujarse una abierta mueca de satisfacción —Ni mi padre ni yo dudamos un segundo en cerrar ese trato.

Tras una incómoda sensación de horror con esa revelación me atrevo a preguntar con incredulidad—¿No te importa casarte con una desconocida?...¿Sin amor?.

Me echa un vistazo y luego torna sus pupilas hacia una tercera patata —El amor es para niños, Majestad—Expresa resuelto y convencido—y yo soy un príncipe.

Tras pensarlo un poco comienzo a considerar que quizá este compromiso es más que adecuado para él y para la propia Albana. Con ella no tendría que disponer de engaños y tretas para llevar a cabo un matrimonio. Un príncipe que pasa de largo el amor y sólo quiere una corona; Una princesa que no le importan las condiciones, sólo quiere casarse. "Un roto para un descocido" diría Anna. No es un arreglo matrimonial de ensueño, pero es uno que termina beneficiando a dos familias y todo un reino. No se puede objetar contra eso.

—Espero que sean felices juntos—Concluyo.

—¿Realmente lo esperas?—Cuestiona incrédulo y desconcertado.

Hasta para mi ha sonado bizarro escuchar de mis propios labios "la felicidad de Hans". Me encojo de hombros como respuesta. — También espero que tus hombres mejoren y que llegues sin contratiempo a tu boda—Manifiesto, esta vez con mucha sinceridad.

Siento su mirada curiosa sobre mi —Gracias—responde, cómo si le costara creer que realmente lo hubiese dicho. Enseguida suspira y su rostro se llena de un triste anhelo—Yo también lo espero. No sé cómo ha logrado colarse el brote. Fui cuidadoso a la hora de seleccionar a mi tripulación, todos mis soldados habían sido examinados por un doctor, estaban totalmente sanos…

—Quizá —Propongo —Habrá sido el contacto con otro barco, ¿algún puerto en el que atracaran?.

—No—Asegura —Las velas Westerguard no son bienvenidas en reinos vecinos, y no hemos tenido contacto con ningún otro barco.

Entonces deduzco con preocupación y hecho un grito ahogado—¡Mi barco…!—y con horror propongo —¿Mis soldados?.

—Tú lo has dicho; No hay brotes en Arendelle—Vuelve a negar. Y me arraigo a aquella idea. Lo último que me haría falta ahora mismo, es que Arendelle comenzase a ser azotada por una epidemia de este calibre.

—¿Quién está cuidando a los enfermos?—Cuestiono. —Podría identificar al paciente que filtró la fiebre.

—Cómo capitán—Vocaliza el príncipe de forma entrecortada —Estos hombres son mi responsabilidad… Sería incapaz de exponer a algún soldado sano.

Dejo de pelar patatas (aunque no es que lo haga muy bien), pero es que me ha costado creer que sea el propio príncipe, aquél que está a cargo de un navío y que está por casarse, el que se exponga a ser contagiado.

—Tú los cuidas—Enuncio estupefacta.

Puede sea cretino, ambicioso y asesino. Pero le concedo esto. Los cuida a costa de su propia salud.

—¿Para quién creé que estamos preparando esta comida?—Pregunta cómo si hubiese sido evidente desde un comienzo. Hecho un vistazo al estofado y las patatas.

—Pero… no puedes exponerte así— regaño —Estás a punto de casarte, tu reino depende de ti.

—¿Qué clase de líder sería si relego esta tarea a otro hombre? —Me cuestiona —¿Usted no haría lo mismo?.

Medito la situación. Y creo que sin otra alternativa, no podría llamarme buena reina si no decidiera lo mismo

—No debes hacerlo solo— expreso — voy ayudarte.

—¡Por supuesto que no!—Niega terminante —¿Se imagina qué pasaría si llega a contagiarse?

—Alguna vez usted cuidó de la gente de Arendelle en mi lugar—Rememoro —…ahora es cuando necesita que yo le pueda regresar el favor—Sentencio.

Hans formula un gesto suspicaz.

—No me veas así— le ordeno —¿Acaso no eras tú quién pedía tregua?

—Gracias…de nuevo.—Añade

Una tregua con el príncipe, es muy extraño, un terreno virgen para ambos. Siento que el príncipe me examina una vez más con esa mirada verde.

—no me mires así —Le vuelvo a ordenar —Es molesto.

—Es por sus patatas—Aclara —Están terribles

—¿Tan terribles como eras patillas desalineadas?—Replico mordaz.

Y entonces algo insólito ocurre. Ambos nos dirigimos una risa cómplice. Tan incómoda como liberadora. Por en esta ocasión sabemos que solo nos resta cooperar en equipo. Hecho un resoplido mientras ladeo la cabeza y esbozo una mueca de medio lado, me aventuro a verlo de reojo sobre mis pestañas.

El chico se lleva las manos a los costados de su mandíbula —¿Qué tienen de malo mis patillas?.


Anteriormente el capítulo constaba de dos partes he decidido cortarlo a la mitad para centrarme en la conversación entre Elsa y Hans. Espero que les guste, intenté que esta fuera muy orgánica, natural y llegaran al punto de tregua con ella.

Estamos a medio camino y las cosas ya toman forma. Responderé dudas más adelante :D. Las adoro, sus reviews son un fuerte motor.