Capítulo 8

De vuelta en la suite, Akizuki descubrió que le costaba conciliar el sueño. La piscina, aunque preciosa, no estaba pensada para nadar, cosa que había sido un chasco. Le encantaba nadar. Rara vez tenía tiempo para hacerlo, pero cuando encontraba un hueco, el ritmo de las brazadas y de la respiración la llevaba a un estado meditativo en el que cualquier problema (desde el último berrinche de Doug hasta un fallo en el diagnóstico de un bebé) podía solucionarse. Después de unos cuantos largos, volvía a la cama con la mente despejada. Pero en ese momento estaba inquieta, y no solo por los acontecimientos de esa última semana, sino por su encuentro cara a cara con Touya, quien había resultado ser, además de un capullo con aires de superioridad (aunque no le extrañaba, la verdad) un imbécil con poca memoria ¡como podía haberla olvidado!.

Ojalá pudiera contárselo a Doug. Cogió el teléfono, pulsó la letra D en la lista de contactos y fue recompensada con su imagen preferida: Doug dormido en su sofá Heal, con una mano sobre el pecho y la otra por encima de la cabeza en una pose de completo abandono. La tentación de llamarlo era abrumadora. Pero consiguió resistirse. ¿Qué sacaría si lo llamaba?

Rogarle que reconsiderara el asunto solo empeoraría las cosas. De cualquier modo, no creía que cambiara de opinión.

Doug, Doug, Doug. Recordó cómo se conocieron tres años antes en una húmeda noche de marzo. Por aquel entonces tenía treinta y un años. Había acabado por fin sus estudios de medicina y había encontrado un trabajo como médico de familia en el centro de Islington. En cierta forma, le encantaba; la diversidad de pacientes de la zona era extraordinaria, ya que iban desde banqueros con hernias por estrés hasta adolescentes de Bangladesh que no hablaban ni una palabra de inglés pero que ya tenían dos niños y un tercero en camino. Pero también le resultaba demoledor. Había leído sobre la pobreza y la falta de recursos en las ciudades, pero no tenía ni idea de lo que se sentía al visitar a una familia de seis miembros que vivían en un apartamento de dos habitaciones en la planta dieciséis, con las paredes llenas de humedad y un camello que vendía crack por vecino. Ni tampoco sabía lo frustrada que iba a sentirse cuando los padres le dijeran que se preocupara de sus propios asuntos después de aconsejarles que dejaran de fumar para ahorrar y cuidarse la salud.

Aun así, con independencia del estrés de su trabajo, tenía la vida perfecta que siempre había soñado durante su infancia en una ciudad costera. Una vez liquidó el préstamo con el que pagó sus estudios, se metió de lleno en el mercado inmobiliario. Su piso de un dormitorio en Clissold Park era su ojito derecho, aunque no le quedaban ni dinero ni energías para convertirlo en la casa de ensueño que se había prometido. El poco dinero que le quedaba le gustaba gastárselo en vacaciones exóticas, buena ropa y salidas casi todas las noches.

No solo su carrera profesional estaba trazada, su vida sentimental también era perfecta. Llevaba saliendo con Danny desde el último año en Edimburgo y se mudaron juntos a Londres, donde él comenzó a trabajar como residente de cirugía en un hospital clínico universitario. Danny era todo lo que una chica podría desear: tenía éxito, era de fiar y también amable. No era feo, aunque sí un poco aburrido en la cama. Jugaba al rugby los fines de semana y le arreglaba las cañerías.

Su padre lo adoraba. Llevaban ocho años juntos y todo el mundo comenzaba a preguntarse cuándo se casarían... ya era bastante raro que no vivieran juntos. De hecho, Danny no paraba de insistir desde que se mudaron a Londres, pero ella siempre le decía que no había prisa, que vivir separados hacía que el tiempo que pasaban juntos fuera más especial y que, de todas maneras, él trabajaba en el sur de Londres mientras que ella lo hacía en el norte. Cuando llegara el momento, buscarían algo en el centro.

Nunca dijo, ni siquiera lo admitió en su fuero interno, que siempre que pensaba en ese día era como si estuvieran clavando un clavo en su ataúd.

En los últimos... ¿tres, cuatro, quizá cinco años...?, se había desenamorado de Danny.

Sin embargo, en esa noche de marzo las cosas empezaron a caer por su propio peso. Danny y ella acababan de regresar de unas vacaciones en California. Había estado deseando que dichas vacaciones los ayudaran a revivir su relación. Pero habían sido un desastre desde el principio. Habían pasado unos cuantos días estupendos en Los Ángeles, donde se quedaron con un viejo amigo, pero Danny había acusado tanto los efectos de la diferencia horaria que insistió en irse de sitios tan interesantes como el Skybar o el Viper Lounge a las diez de la noche, cosa que la puso de muy mal humor. Fue todavía peor en Las Vegas, donde insistió en pasar solo una noche porque quería estar más tiempo en San Francisco, ciudad donde había vivido un año sabático antes de entrar en la universidad.

Cuando cruzaron el desierto sin rebasar los setenta kilómetros por hora que marcaba el límite de velocidad, su malhumor empeoró. Y después fue ella quien lo cabreó porque nada más sentarse tras el volante pisó hasta los cien kilómetros por hora y consiguió que un policía los multara enseguida tras haberlos detectado con el radar. Luego discutieron porque él quería pasar de largo por Death Valley mientras que ella quería pasar una noche allí. Sin embargo, lo peor fue a unos cien kilómetros de Yosemite, y todo empezó con una absurda discusión sobre la cena.

Fuera como fuese, el viernes por la noche Gaby y ella fueron a ver a un grupo nuevo llamado Ambrosial que tocaba en el salón de actos de iglesia de Southgate. Estaban allí porque Pinny, su compañera de piso de su primera época en Londres, era la cantante. Pinny y ella se habían conocido por internet y fueron uña y carne desde el primer día al descubrir que a las dos les encantaba irse de fiesta.

Pinny era muy distinta a Gaby. Gaby era una rubia tetona acomplejada por su peso y con una debilidad por Estée Lauder y los vestidos con corpiños. Pinny era delgada sin proponérselo (bueno, se lo proponía, ya que lo poco que comía ayudaba mucho, aunque no entendía qué sentido tenía la comida cuando era mejor fumar Marlboro), llevaba camisetas desteñidas sin sujetador y vaqueros que resaltaban un abdomen metido hacia dentro con un piercing en el ombligo. Aunque no parecía muy femenina, su comportamiento en ese sentido rayaba en lo embarazoso, porque tenía la costumbre de acariciar el pelo a los tíos para que le dieran cigarrillos o de abrir la puerta al técnico de la televisión por cable vestida con una camisola tan minúscula que al hombre se le olvidaba cobrarle el servicio, distraído por su apariencia.

Pinny se enfrentaba a la vida de un modo absolutamente despreocupado. Se pasaba por el forro las estupendas notas de la universidad, y cogía trabajos de lo más dispares, desde camarera hasta ayudante de antropólogo. En cuanto se aburría, cambiaba. Ayudaba mucho que su padre fuera director de un banco y que tuviera a su disposición un generoso fideicomiso para cubrirse las espaldas, de modo que el trabajo era más un pasatiempo que una necesidad imperiosa. Del mismo modo se enfrentaba al amor. Mientras que Gaby se esforzaba por encontrar al hombre perfecto, Pinny disfrutaba de una procesión de hombres, ya fueran mucho mayores o mucho más jóvenes. Entre sus conquistas estuvieron el capitán del HMS Beaver (que le regaló unas cuantas bragas con el nombre del barco bordado), un taxista etíope y un universitario yanqui de ascendencia china llamado David Mu, que tenía un despertador con forma de vaca que decía: «¡Mu, mu, arriba!».

Se lo habían pasado muy bien juntas, aunque Pinny tenía la molesta costumbre de pasearse en bragas y sujetador cuando Danny estaba en el piso, por no mencionar la tendencia de criticar su trabajo con comentarios como «¿De verdad tienes que recetar tantos antibióticos?» o «¿Por qué no recomiendas a tus pacientes que utilicen la terapia de los cristales minerales?». Pero tenía un corazón de oro y una confianza en sí misma que ella admiraba. Pinny creía que ya se las apañaría, que saldría adelante... y siempre lo hacía. Ella jamás habría podido comportarse con tanta despreocupación, por muy hedonista que fuera. Cada vez que iban a una fiesta en un rincón perdido, como Ongar por ejemplo, ella era la que siempre se preocupaba por buscar un taxi para volver a casa mientras que Pinny se echaba a reír y decía que ya saldría algo; y solía salir (normalmente era un tío en cuya rodilla se había sentado y que se había ofrecido a llevarlas a casa en su BMW). Pinny jamás se habría quedado con Danny por inercia y por miedo. Hacía mucho tiempo que habría pasado a la siguiente aventura.

Gaby no era fan de Pinny, la consideraba ligera de cascos y frívola, pero como esa noche no tenía nada mejor que hacer, había consentido en ir a ver el grupo. Así que allí estaban, bebiendo cerveza en vasos de plástico y esperando a que apareciera Ambrosial en el escenario. Amy no estaba muy convencida. Vale que Pinny tenía buena voz y que daba el pego para el rollo rock and roll con el pelo rubio de bote y su delgadez, pero ¿era buena de verdad? Seguro que solo era otro de sus pasatiempos, algo que le duraría una semana antes de decidir que estaba mejor preparada para tirarse en paracaídas.

Pero ya que estaban allí, aprovechó para contarle a Gaby lo de sus vacaciones.

—Fue espantoso, Gaby. No sé qué hacer. Creo que debería buscarme un trabajo con una ONG en África, porque esto no puede seguir así.

—¡Ay, cariño! —exclamó Gaby, pero antes de que pudiera darle ningún consejo, el grupo apareció en escena, cuarenta y cinco minutos tarde—. Ya era hora —masculló su amiga—. ¿Por qué son solo los conciertos los que empiezan tarde? Vamos, que si vas al teatro, no te tienen horas esperando mientras los actores se fuman otro porro entre bastidores.

Sus protestas quedaron interrumpidas por cuatro acordes del bajo. Y después Pinny comenzó a cantar.

Akizuki se quedó alucinada. Pinny era una sirena que exudaba sexo por todos los poros de su cuerpo mientras se movía por el escenario y cantaba al micrófono. El público se volvía loco y comenzaba a saltar y a levantar los brazos para que pudiera tocarles las manos. Las canciones eran estupendas: pegadizas, agudas y punkys, pero con un toque pop. Sin embargo, su principal preocupación no era la música. Estaba pendiente del guitarrista, un tío alto, de cuello fuerte, pelo corto castaño y dientes perfectos. Le resultaba muy atractivo. Y no era la única, a juzgar por el coro de adolescentes que se arremolinaban junto a su rincón y que gritaban cada vez que movía su musculoso cuerpo.

—Son fantásticos —gritó al oído de Gaby.

—No están mal —reconoció a regañadientes.

Estuvieron tocando cuarenta minutos e hicieron dos bises. Después, una sudorosa y exuberante Pinny se abrió paso hasta la barra, seguida por dos miembros del grupo. Akizuki siguió con la mirada al guitarrista y a su club de fans, que lo rodeaba entre risillas tontas.

—Eres increíble —oyó que le decían—. Eres guapísimo. Te queremos.

—¡Madre mía! —exclamó con verdadero entusiasmo a Pinny—. Tienes que sentirte como una diosa.

—Ha sido divertido —reconoció Pinny—. Dios, que alguien me consiga una cerveza. Estoy seca.

—Ya es toda una diva —masculló Gaby entre dientes antes de proseguir en voz alta—: Tienes que estar encantada de la muerte por haber encontrado algo que te divierta. Por fin.

—Sí —confirmó Pinny, que o no entendió el sarcasmo o lo pasó por alto—, sí que lo estoy. Aunque de momento solo es un pasatiempo. Todos los chicos tienen trabajos fijos, menos Hank, que es nuestro representante. Ninguno puede vivir de esto a jornada completa. Mmm, dejad que os presente.

—Oh, no te molestes —dijo Akizuki al tiempo que se ruborizaba.

No tenía muchas ganas de que le presentara al guitarrista porque sabía que era demasiado tímida y que solo diría alguna que otra tontería. Pero Pinny insistió, de modo que le estrechó la mano a Gregor, el bajo, a Baz, el batería, y por último a Doug, el guitarrista y compositor.

—Habéis estado geniales —consiguió decir sin prestarle atención a la quinceañera larguirucha que estaba atusándose el pelo detrás de ella.

—¿De verdad? —Doug parecía encantado. Tenía un ligero acento escocés que resultaba muy sexy—. Me he liado un poco con «Mi madre es una extraterrestre». ¿Te has dado cuenta?

—Pues no —respondió con sinceridad mientras se preguntaba qué sentiría si lo besara.

Doug le preguntó que de qué conocía a Pinny y a qué se dedicaba.

—Soy médica —contestó, un tanto avergonzada—. ¿Y tú? Me refiero a cuando no tocas la guitarra.

—Bueno, tengo un trabajo de oficina normal y corriente —respondió con una sonrisa—. Soy abogado. Aburridísimo de necesidad. Pero ser médica... Eso quiere decir que eres muy inteligente.

—¡Qué va! —murmuró ella, harta de escuchar siempre lo mismo—. Solo hace falta un estómago fuerte para aguantar la sangre y los hábitos escatológicos de las personas.

—¿Y siempre has querido ser médica?

—Siempre he querido ayudar a la gente, sí.

Aunque esa no era toda la verdad. En realidad nunca había tenido claro lo que quería hacer con su vida, pero las ciencias se le habían dado muy bien. Su padre estuvo a punto de desmayarse de la felicidad cuando el consejero sugirió medicina, de modo que allí estaba.

—Eso es genial —dijo Doug—. Yo llevo escribiendo canciones desde que era pequeño. Siempre quise tener un grupo, pero mi padre no me dejaba. Dijo que primero tenía que ir a la universidad y sacarme una carrera como Dios manda. Y yo creí que podría hacer las dos cosas a la vez, pero acabé endeudado hasta las cejas, así que decidí hacerme abogado. Para pagar las facturas. Dedicarme a la música en mi tiempo libre. Pero ahora Ambrosial está comenzando a despegar y yo empiezo a preguntarme si no debería dedicarme a la música a tiempo completo. Seguir mi sueño.

—Todos deberíamos seguir nuestros sueños —comentó ella, aunque no estaba pensando en lo que le decía Doug, sino en la acuciante necesidad de apartarle el mechón de cabello que le cubría el ojo izquierdo.

—Tienes toda la razón del mundo —dijo Doug cuando se acercó un hombre canoso de mediana edad, que supuso que era el párroco—. Akizuki, te presento a Hank, nuestro representante. Hank, esta es Akizuki, la amiga de Pinny. —Se dieron la mano—. ¿Había alguien entre el público esta noche? —preguntó Doug, cosa que se le hizo muy rara porque era imposible que pasara por alto el centenar de fans enloquecidas.

Hank hizo una mueca al tiempo que señalaba con la cabeza a un hombre bajito vestido con una camiseta amarilla y que estaba hablando con una de las chicas más monas.

—Matt Rees, de Convex. Pero lo único que sé es que es un capullo. Solo aparece en busca de nenas monas. Y solo le interesan los clones de James Blunt con los que puede sacar pasta gansa rápido. —Se volvió hacia ella—. Cualquier cosa que se salga de lo normal, de la media, no le interesa. Ninguna discográfica está interesada en algo original. No es justo.

—No lo es, no —convino Doug.

En aquel entonces no habría podido predecir cuántas veces escucharía la misma cantinela a lo largo de los años venideros.

—La gente con talento de verdad pasa desapercibida —dijo Hank.

—No es justo —repitió ella y los dos se volvieron hacia ella, dándole la razón con la cabeza.

—Ella sí que lo entiende —comentó Hank con una sonrisa.

Doug también sonrió.

—¿Puedo invitarte a una copa? —le preguntó, y le dio un vuelco el estómago, mezcla de alegría y de culpabilidad, cuando vio que Gaby la miraba con los ojos entrecerrados. Rezó para que Pinny tuviera el buen juicio de no preguntarle qué estaba haciendo Danny esa noche.