Cuando quería, Matt sabía ser muy persistente y persuasivo. Por ello, tras insistirle más de veinte veces a Mohinder que debía salir, tomar el aire, tratar de olvidar lo que había ocurrido con Sylar y pasar página; el profesor, terminó por hacerle caso y tomarse un día libre.
Había pasado ya una semana desde el ataque de Sylar, pero todavía le era difícil creerse que hubiera sucedido de verdad, que el hombre por el que lo había apostado todo y por el que se había llegado a enfrentar a Matt, hubiera intentado agredirle de aquella forma. Por ello, intentando volver a llevar una vida normal, le tomó la palabra a su amigo y se fue a pasear.
Mientras caminaba por las calles de New York, Mohinder apenas se fijaba en la gente que pasaba a su lado, completamente perdido como estaba en sus propios pensamientos. Sin que el cerebro llevara el control de su cuerpo, sus piernas anduvieron sin rumbo fijo por más de una hora.
Cuando finalmente levantó la vista, que hasta ese momento había estado fija en el suelo, se encontró frente a un parque, lleno de gente, de niños jugando, de madres charlando mientras vigilaban a sus hijos y de perros con sus dueños que corrían por el césped.
Estaba cansado después de tanto andar, por lo que guiado por la luz de primera hora de la tarde, se sentó en la hierba y se dejó caer sobre ella, cerrando los ojos; desde niño, siempre le había gustado sentarse bajo el cálido sol, protegido por los árboles, mientras el suave aire alejaba el calor.
Mientras permanecía así, sus pensamientos comenzaron a viajar libres, sin que él los pudiera controlar, desde el tiempo que había llevaba fuera de su antigua casa en La India, de lo mucho que había cambiado su vida en el último año, de lo mucho que le había ayudado Matt a pasar los peores momentos y por último, a pesar de no haberlo pretendido, una última imagen apareció en su mente.
Era Gabriel, igual que la primera vez que lo había visto, cuando se había enamorado de él, aunque fuera en silencio, temeroso de abrir sus sentimientos a ese extraño.
No podía negar que lo echaba de menos, no al que le había atacado, no a Sylar, si no a su otro yo, al que le hablaba hasta que se quedaba dormido, al que le gustaba mirarle mientras trabajaba en sus investigaciones, al hombre del que se había enamorado profundamente.
- o -
Los minutos pasaron como si se tratara de segundos, pero no se dio cuenta. No quería volver a la realidad, no quería enfrentarse a ella. Una sombra se interpuso con el sol, Mohinder abrió los ojos y durante el primer momento no supo de quien se trataba, se incorporó ligeramente y entonces lo vio.
Cuando su mirada se cruzo con la del otro hombre se incorporó por completo y pegó la espalda contra el árbol. "¿Qué haces aquí?" Gabriel se agachó hasta que sus miradas se volvieron a encontrar. "¿Me has seguido?"
"No, pasaba por aquí y te he vito. No he podido resistirme a acercarme." Gabriel se acercó un poco a él, pero Mohinder volvió a retirarse, intentando alejarse de aquel hombre.
"¿Pasabas por aquí, justo por este parque a esta hora?" Mohinder respiró con fuerza una vez, intentando que su tono de voz sonara lo más sereno posible a pesar de lo asustado que estaba en ese momento. Miró de refilón a ambos lados, seguía habiendo mucha gente en el parque, por lo que en parte, se sintió seguro de que Sylar no intentaría atacarle con tantos testigos cerca. "No me lo trago, me has estado siguiendo." Dijo con la mayor rotundidad de la que fue capaz.
Dando un paso más adelante, hasta quedar arrodillado frente a Mohinder, Gabriel se detuvo por fin. "Vale, es cierto, te he seguido, pero sólo porque te he visto en medio de la calle. No pretendía hacerlo, pero te conozco y por tu expresión se que no te encuentras bien."
"¿Acaso debería?" Nunca hubiera creído poder sentir tanto odio en un mismo momento, pero en aquella ocasión la ira se estaba apoderando de él.
"No, claro que no. Pero tienes que creerme cuando te digo que estoy intentando cambiar, que trato de controlarme. No quiero que Sylar vuelva a aparecer en mi vida." Gabriel levantó una mano y la acercó a la mejilla de Mohinder, pero este, con un movimiento rápido apartó la cara.
"Eso ya no me vale, no después de lo que hiciste." Haciendo que Gabriel se apartara de delante de él, se levantó y sin siquiera mirarle comenzó a marcharse.
"Mohinder, yo te quiero y estoy haciendo todo lo que puedo por contenerme y evitar que Sylar aparezca, te digo la verdad." Todavía de espaldas a él, Mohinder se detuvo, apretó los puños con fuerza, notando como se le resentía la muñeca herida. "No puedo asegurarte que no vuelva a aparecer, pero no puedo conseguirlo sólo, no puedo hacerlo sin ti."
"¡No puedes decirme eso después de lo del otro día!" Sus ojos se volvieron a encontrar, pero los de Mohinder estaban rasgados por las lágrimas. "No te atrevas a decir que me quieres después de intentar…"
Gabriel se acercó a él, pero no llegó a tocarle, sabía que el profesor no aceptaría su contacto. Quería abrazarle, demostrarle que decía la verdad, pero no sabía como recuperar su confianza.
Mohinder continuó mirándolo en silencio, quería que dijera algo, escuchar que le pedía perdón, que le dijera que no podía vivir sin él, que era todo lo que tenía en el mundo, porque por mucho que intentaba negarlo, seguía queriendo conseguir que aquel hombre consiguiera librarse de Sylar y poder estar con él.
Aunque el tiempo parecía haberse detenido, Gabriel volvió a andar hasta él y antes de que Mohinder pudiera decir o hacer nada para evitarlo, Gabriel atrapó su mano con fuerza y un segundo después ambos habían desaparecido.
- o -
Cuando Mohinder fue totalmente consciente de donde estaba, se separó con rapidez de Gabriel y miró a su alrededor. Lo reconoció en seguida, se había llevado a su apartamento.
"¿Se puede saber que haces?" Sin esperar respuesta, fue hacia la puerta, no podía permanecer allí, a solas con Gabriel, no sabía lo que podría hacer esta vez, o peor aún, no estaba seguro de poder seguir manteniendo ese odio mezclado con indiferencia por mucho más tiempo.
"Necesitaba hablar contigo en privado."
"Estábamos bien el parque, ¿o es que acaso no quieres tener testigos por lo que te propones hacer otra vez?" En su interior, Mohinder estaba gritando porque eso no fuera así, que no intentara terminar por fin lo que había empezado.
Entonces Gabriel volvió a ir hacia él y le sujeto con fuerza por los hombros. "Sabes demasiado bien que no podría hacerte daño." Al mirar en el interior de los ojos del profesor, Gabriel vio el miedo que sus palabras y su repentina agresividad habían provocado en él y sin más le soltó.
"Antes te hubiera creído, pero ya no puedo."
"Dime que no sabías que no era yo el que fue al apartamento el otro día, que te sonaba igual, que lo que veías en mis ojos era lo mismo que ves ahora, dime que no eres capaz de distinguir a Sylar de mi y te devolveré al parque sin decir nada más."
Un momento antes de contestar, Mohinder lo miró en silencio. Sabía que tenía razón, por mucho que había tratado de negárselo, durante todo el tiempo había sabido que no había sido Gabriel el que había comenzado a hablarle siquiera, la última vez, que en todo momento había sido Sylar el que había tomado el control de la situación.
"¿Y que pasará la próxima vez que vuelva a aparecer?, ¿querrá matarme o con…" La mano de Gabriel sobre sus labios no le dejó terminar de hablar, pero esta vez no intentó retirarse.
Con mucho cuidado, Gabriel continuó acercándose a él, hasta que pudo rodear su cintura con su mano libre, igual que pocos días antes había hecho sin miedo a lo que pudiera sentir el profesor.
Mohinder continuó mirándole, dejando que sus dedos recorrieran su espalda, notando como su corazón latía a gran velocidad de nuevo, como el día en el que supo que estaba con vida.
Gabriel retiró su mano y la bajó hasta la mano del profesor, tocando con delicadeza la venda que rodeaba la muñeca que le había dislocado. Se acercó a su oído y le susurro con dulzura. "Lo siento, nunca me había sentido tan mal como cuando conseguí volver a tomar el control. Recordé lo que te había hecho."
Mientras escuchaba aquellas palabras que sonaban tan sinceras, Mohinder no se había dado cuenta, pero había comenzado a temblar. "Incluso podía oírte suplicar y por mucho que lo intenté, no pude quitarte de mi cabeza."
Mohinder se removió entre los brazos de Gabriel, necesitaba que le soltara para poder respirar con normalidad, pero no pudo. "Déjame por favor."
Pocos días antes había dicho lo mismo y por un momento, volvió a recordar ese instante. Por mucho que lo intentó no puedo evitar que una lágrima solitaria brotara de sus ojos, mientras apartaba la mirada de Gabriel. "Por favor, si de verdad eres tu, déjame."
Gabriel se separó de él y lo vio dar un paso atrás. "No estoy preparado para esto, no puedo volver contigo sin pensar que volverás a cambiar y que la próxima vez no tendré tanta suerte." Dio un nuevo paso hacia atrás. "No lo digo solo por mi, también puse en peligro a mi familia, podías haber matado a Molly o a Matt, casi lo hiciste con Nathan. No puedo dejar que pase otra vez."
Finalmente llegó hasta la puerta y agarró el pomo con fuerza, mientras apoyaba la espalda sobre ella. "Lo siento, pero es mejor que lo dejemos así y que no volvamos a vernos más."
Mientras lo escuchaba hablar, Gabriel fue hasta él. "Si es lo que quieres, lo entiendo, no te molestaré más, pero al menos permíteme hacer algo antes de despedirnos para siempre."
Mohinder asintió sin decir nada, dejando que Gabriel se acercara a él muy lentamente, cerró los ojos cuando sus labios se juntaron y suspiró cuando volvió a rodearle con ambas manos la cintura.
Hubiera dado lo que fuera porque ese momento pudiera durar eternamente, pero su cerebro le repetía una y otra vez que las cosas no podían volver a ser lo que eran, que si había cambiado una vez, no había nada que le asegurara que no lo iba a volver a hacer.
Gabriel se separó de él, acariciándole la mejilla, mientras una tierna sonrisa se dibujaba en sus labios. "Bueno, supongo que todo acaba aquí."
"Es lo mejor." Mohinder le devolvió la sonrisa, aunque ambas miradas estaban inundadas por el dolor y la tristeza. "Matt ya me lo dijo, desde el principio dijo que lo nuestro no podía salir bien, pero no quise hacerle caso. Supongo que…"
Los labios de Gabriel sobre los suyos hicieron que dejara de hablar. Su cuerpo se estremeció al volver a poder oler la dulce respiración de Gabriel, que le empujó contra la puerta, mientras sus manos aprisionaron sus caderas.
Sus bocas se separaron, pero la de Gabriel, continuó saboreando su piel, lamiendo su cuello, mientras Mohinder respiraba cada vez que mayor rapidez. "Tengo… que… marcharme." Gabriel lo abrazó con fuerza, parecía no haber escuchado sus palabras. "Gabriel…"
Sus miradas se volvieron a juntar una vez más. "Sabes que te quiero, nunca he sentido nada parecido por nadie más y no creo que vuelva a hacerlo. Pero no pondré tu vida en peligro." Gabriel se mordió el labio. "Adios Mohinder."
Antes que Mohinder llegará a contestar, Gabriel desapareció sin más. Una vez más el profesor estaba sólo, como si todo lo sucedido, no hubiera sido más que un sueño demasiado real.
Pero él sabía que no había sido así, que todo aquello había sido de verdad, que le había vuelto a besar, que le había vuelto a hacer sentir aquella dulce y placentera sensación de que nada malo le podía ocurrir.
Lo había intentado evitar, había tratado de convencerse a si mismo de que lo que sentía por aquel hombre no estaba bien, que tenía que olvidarlo, por muy doloroso que fuera, que era lo mejor para todos.
Pero ahora dudada de cómo de cierto era eso. Estaba convencido de que no haría nada que pudiera poder en peligro otra vez a su familia; pero al mismo tiempo eso significaba olvidar los mejores días de su vida y olvidar a quien le había dado todo lo que siempre había deseado. ¿Realmente era eso bueno para él?
Sacudió la cabeza, como si de ese modo pudiera quitarse esos pensamientos de su cabeza, pero al volver a degustar el sabor de Gabriel en sus propios labios, se dejó caer en el suelo, ocultando el rostro entre las piernas, necesitaba desahogarse un momento.
Un par de minutos más tarde, abrió la puerta y salió del apartamento sin mirar atrás, si lo hacía, tal vez no llegaría a marcharse nunca. Cuando la puerta finalmente se cerró, la puerta del dormitorio se abrió y apareció Gabriel, que sonrió.
"Se que volverás a mi, no puedes ocultarme lo que sientes."
