Disclaimer: Axis Powers Hetalia no me pertenece, tampoco Artestella ni mucho menos el Cardverse.

Advertencias: La boca de Lovino.

Parejas involucradas: En este capítulo: Francia/Inglaterra (sólo menciones).

Palabras: 2,490.

Resumen: Antonio hizo una reverencia, esa mujer era una Reina aunque no llevase las ropas ni la corona, su sola presencia bastaba, no necesitaba ni saber su nombre para que su sola postura, su sola imagen le hiciera querer arrodillarse.

Sucesos históricos relacionados: Basado en Cardverse, repito. Nada histórico.

Nota de autor: ¿Octavo capítulo ya? Me costó bastante hacerlo entre las cosas de la universidad y tal, pero aquí lo tienen~ Espero que les guste y me dejen algún comentario por ahí, muchos cariños a quienes aún leen esta historia.


Los Dos Ases


Cuando Elizabeta penetró en el salón del trono, lo hizo enfadada. La sangre cubría completamente su espada y lanzaba destellos carmesí bajo la luz del sol que se colaba por entre las ventanas. Afuera, las espadas chocaban, los cuerpos caían, los escudos se despedazaban. La joven se detuvo frente al trono. El Rey miraba por la ventana. ¿Veía cómo la guerra civil azolaba la capital? ¿Veía el cielo de ese tan lejano color celeste? ¿Veía los bosques de verdes castaños tan espesos y antiguos como la tierra que pisaban? El hombre sólo bajó la mirada al encontrarse con esa presencia ajena.

- Elizabeta Héderváry, ¿no es así? Te has hecho famosa entre los soldados, Dama de Hierro.

Ella frunció el ceño, pero dejó que prosiguiera. Después de todo, serían sus últimos minutos con vida. Debía permitirle… Hablar. Los ojos verdes del Rey se posaron en los verdes de Elizabeta. Al parecer se acababan los años de la dinastía Kirkland en tierra de Tréboles.

- Y pensar que mi batalla será contra una chica rebelde de 16 años… Sé una buena contendiente, Elizabeta.

El Rey se giró hacia la castaña, desenfundando su espada y blandiéndola frente a ella. Los ojos verdes de Elizabeta mostraron tristeza cuando alzó su espada y se adelantó hacia el Rey. A sus espaldas, alguien más observaba el último gran duelo de la guerra.


- Me sorprende que el Rey no haya enviado a alguien a detenernos. – susurró Mathias a Lukas, que cabalgaba en silencio junto a él. No obtuvo una respuesta de su parte, sólo una mirada que le gritaba que se quedase en silencio.

Pero Mathias no era de los que gustaban del silencio, es más, lo detestaba tanto que cada minuto debía ser llenado con sus palabras, aunque no tuviesen lógica ni respuesta.

- Podríamos tomar un barco en el Puerto de Hojas y despedirnos para siempre de esta maldita isla. – esta vez no sólo se ganó una mirada de repudio, también logró que Lukas se adelantara y cabalgase junto a Emil, en el mismo silencio incómodo.

Mathias se mantuvo solo hasta que Tino se adelantó sonriendo.

- ¿No estás ansioso, Mathias? Hace mucho que no estamos en el Puerto de Hojas…

Él se encogió de hombros. Tino parecía demasiado entusiasmado por visitar un lugar en donde probablemente les recibirían con lanzas apuntándoles.

- El Puerto está bien, aunque sería mejor tener un barco listo de antemano. Ya sabes, para escapar de la isla. – El soldado respondió con una sonrisa un tanto sarcástica, que Tino no leyó.

Y en la retaguardia, Gilbert respiraba nervioso por su situación. Esperaba que Ivan asumiera que había muerto calcinado entre los dragones, así su cabeza aún no tendría precio y podría escapar tranquilamente del Reino de Tréboles.

Poco a poco el camino se hacía más amplio desde la espesura del bosque hacia la bondad de la costa, el lugar prometido… El Comodín sólo ansiaba llegar, si bien sus temores crecían tanto como el camino al hacerse más cercano a la costa. Emil cabalgó hasta él, retrocediendo desde su puesto como guía, para avisarle que pronto podrían ver las luces del puerto. No pasó demasiado tiempo antes de que Gilbert se encontrara con las pequeñas estrellas que brillaban a la distancia y sintiera la brisa del Mar. De pronto sintió que había olvidado aquella sensación, el estar cerca del mar… Y se preguntó qué sería de Peter, el pequeño que estaba a punto de ser nombrado como Comodín… El pobre tendría que asumir las responsabilidades de los Reinos que debía cuidar. Enfrentarse a Ivan, sobreponerse a las ideas de Alfred… Y era tan joven aún…


- Mi Reina.

- ¿Lovino? – la mujer despertó de su ensueño, parpadeando con rapidez al dirigirse al As. Le había tomado por sorpresa su presencia en la habitación en la que descansaba, sus largos cabellos de color café cayendo como una cascada ondulada sobre su espalda y resbalando hacia adelante. Su camisa de dormir arrugándose allí donde entraba en contacto con la cama, la monarca sentada sin provocar demasiado peso sobre el colchón, hundiéndolo apenas.

El As cerró la puerta a sus espaldas, se notaba ansioso, sus verdes ojos se perdían entre la mujer y la alfombra café y verde bajo sus pies. Tragó saliva. No encontraba las palabras perfectas para decirlo.

- Lamento interrumpirla a estas horas… - comenzó el joven de cabellos cobrizos, adelantándose un poco. Elizabeta frunció levemente el ceño, algo extraño acontecía y ella no estaba al tanto del asunto. Le urgía saberlo. – Necesito que se abrigue; saldremos del castillo en unos minutos.

Ahora entendía por qué ni siquiera había escuchado sus pasos en el pasillo, por qué tampoco oyó la puerta al abrirse y por qué hablaba en ese tono tan bajo, como si intentase hacer el menor ruido posible. Algo tramaba el As, algo en lo que ella tenía una importancia mayor que la de cualquier otro ser humano.

- … ¿Es una orden de Ivan? – la Reina bajó la mirada, intentaba lucir inocente cuando sus manos se entrelazaron sobre su vientre, esperando la respuesta. Él no tardó en contestar.

- No. Es más bien una invitación de mi parte. – el joven abrió el armario de la Reina y sacó una abrigada capa verde oscuro, forrada en su interior con la lana de las más blancas ovejas del Reino. Se acercó a la mujer y extendió la capa. Elizabeta se puso de pie sin tardanza y dejó que Lovino le ayudase, pasando sus brazos por las mangas de la capa y luego permitiendo que el joven le pusiera la capucha. La Reina misma buscó unas botas adecuadas, de cuero café y sin tacones, era obvio que no debía hacer ruido alguno y los tacones sólo entorpecerían lo que debiese hacer para salir del castillo.

Apenas estuvieron listos, Lovino se aseguró de que la Reina permaneciera con el rostro cubierto y abrió la puerta de la habitación. Afuera, Feliks les aguardaba desde el otro lado del pasillo.

- Todo está listo. – susurró Feliks, Lovino ofreciéndole su brazo a la Reina tras cubrirse el rostro con la capucha que llevaba puesta. El As asintió y dejó escapar una suave sonrisa al pasar junto al rubio, que se despidió girando en el pasillo que llevaba a las escaleras principales, llevando un pequeño carrito con una bandeja sobre la cual portaba una pequeña tetera y unas tazas de té aparentemente usadas, migas de galletas sobre el plato de pan. Elizabeta pudo jurar haber visto en una de las manos del rubio un frasco cristalino que contenía alguna especie de líquido dorado.

Siguió el ritmo tranquilo del As al caminar hasta las escaleras traseras. Eduard les aguardaba abajo y no tardaron en alcanzarle. El joven castaño se apartó de la muralla en la que estaba apoyado, giró uno de los candelabros de la pared y un pasadizo secreto se abrió frente a ellos. Les indicó que entraran y Lovino condujo a la Reina dentro. El mismo Eduard se encargó de cerrar mientras ellos avanzaban por el oscuro pasillo.

Dentro sólo se oían sus pasos sordos, las respiraciones de ambos. Lovino parecía algo nervioso aún y Elizabeta se sentía asustada. No sabía qué ocurría, sólo podía confiar en el As y en sus sirvientes. Debía ser algo… Sí, debía ser algo que hacían por ella, seguramente para protegerla de Ivan, quizá la sacarían del país… Tras algunos minutos caminando, el pasillo se volvió una pendiente y la pendiente volvió a ser un pasillo apenas iluminado, hasta que alcanzaron una puerta. Lovino se encargó de abrirla. La Reina suspiró, sin pedir explicaciones, sin quejarse, y el joven le indicó que saliera. Ella avanzó y se encontró de golpe frente a un bosque que reconocía, a las afueras de la capital, y con la figura de Toris, ansioso esperándoles allí con un par de caballos que Elizabeta nunca había visto en los establos del castillo. Estaban actuando del mejor modo en el que podían para no dejar huella…

- Ahora mismo los chicos deben estar sacando todas sus pertenencias de su cuarto, su Alteza. – sonrió Lovino, cogiendo las riendas de uno de los caballos. – Vamos, mi Reina, debemos cabalgar hasta nuestro destino.

Elizabeta parpadeó con rapidez. La estaban sacando del castillo. La estaban haciendo desaparecer hacia quién sabe dónde…


El Comodín rojo entró de noche al Puerto de Hojas, buscando refugio en la oscuridad de las calles más estrechas, evitando las grandes avenidas que cruzaban el pueblo, perdiéndose por atajos ocultos hasta alcanzar la calle que bordeaba el mar. El pequeño grupo se apeó de los caballos cuando llegaron a una casa pequeña, acomodada y tranquila, pintada de blanco y verde oscuro, los colores contrastando en una suave armonía. Gilbert sonrió cuando las llaves giraron entre los dedos de Berwald. Era su casa, y la estaba ofreciendo para dar refugio al Comodín en tanto que lograban arreglar un viaje para él hacia el continente.

Cuando las luces de la casa se encendieron, Gilbert pudo ver el cansancio de sus compañeros, mezclado con una cierta alegría. ¿Qué era lo que sentían? ¿Esperanza? Pero cuando Tino entró a la casa, Gilbert lo vio girarse lentamente hacia la puerta, como si notase algo extraño. Se inclinó y levantó del suelo una carta. Era una carta de baraja y sólo figuraba un As de Tréboles. No había nada escrito en ella… Lukas se acercó a toda prisa y se la arrebató a Tino. La acercó a una vela y dejó que el fuego quemase todo rastro de la carta.

- ¿Qué haces? – preguntó Tino, frunciendo el ceño al ver a Lukas actuar de ese modo. El otro rubio ni siquiera chistó, sólo respondió con una expresión neutral.

- Recibo el mensaje. El plan ya se ha puesto en marcha. – musitó.

Gilbert comprendió sin más aclaraciones a qué se refería. El As de Tréboles cumplía su labor de buen modo en la capital.


- Antonio, ven acá, bastardo. – el joven de cabellos cobrizos agarró por la oreja al castaño que coqueteaba con sonrisas preciosas con las señoritas que se hallaban en el pequeño bar.

- ¿Eh? ¡Lovino! – gritoneó el As de Diamantes, extendiendo los brazos como si esperase un abrazo; algo que Lovino no le concedió, es más, incluso lo empujó y le hizo señas de que se quedara callado. - ¿Qué sucede?

El As de Tréboles le llevó hasta un pequeño pasillo, su voz era suave y baja.

- No digas nada, por favor… Sólo sígueme.

Antonio frunció el ceño y dejó que el chico le guiara a través de la muchedumbre del bar. Salieron del recinto y caminaron por calles oscuras y sinuosas, apenas iluminadas por las luces débiles de las estrellas. La Ciudad de Tréboles pronto dio paso a un barrio tranquilo, las residencias de los soldados, y entre esas callejuelas algo más iluminadas se perdieron. Bueno, Antonio sí se perdió, hasta que arribaron a un callejón sin salida. Lovino trotó hasta una casa en específico, sus tejados oscuros, la madera noble pintada de un blanco que sólo daba paz a la vista… Abrió la puerta y le hizo señas de que entrara. En el interior una llama tranquila en la hoguera ayudaba a la joven frente a ella a conseguir el calor necesario. Al primer instante Antonio no la reconoció, de espaldas como estaba, sentada en el suelo, la capucha suelta y a la vista sus cabellos cafés que se ocultaban bajo la capa. Las manos extendidas hacia el fuego, dedos pálidos, brazos amoratados.

- Mi Reina. – suspiró Lovino tras cerrar la puerta, inclinándose levemente.

Entonces la vio, giró su rostro y sus ojos verdes brillaron intensamente, la camisola de dormir no le quitaba nada de su dignidad. Los rizos bajaban y caían sobre sus pechos, se hacían pequeños en su vientre y acababan en sus caderas. Sonrió al ponerse de pie, con dulzura; Antonio hizo una reverencia, esa mujer era una Reina aunque no llevase las ropas ni la corona, su sola presencia bastaba, no necesitaba ni saber su nombre para que su sola postura, su sola imagen le hiciera querer arrodillarse.

- Antonio, el As de Diamantes. – se presentó, su mirada baja.

Los pasos delicados se acercaron a él, su mano suave se posó en su hombro.

- No creas que me he olvidado del mejor amigo de Francis. – sonrió la Reina; Antonio la miró sonriendo del mismo modo que ella había hecho. – Has hecho un buen trabajo, Lovino. Es toda una sorpresa. – los ojos verdes de la monarca se dirigieron a su sirviente, este sólo asintió.

- Lovino me comunicó que requería de mi consejo, pero veo que no lo requiere. Que necesita otro tipo de ayuda. – comentó. Lovino asintió, reafirmando sus palabras y luego observó a la Reina.

- Pretendemos llevar a la Reina al Reino de Diamantes. – suspiró el As de Tréboles.

Elizabeta cerró los ojos. Era todo un desafío tener que pedir asilo y dejar al Reino vecino en tan peligrosa situación.

- Antonio, yo sé que esto podría significar la guerra para su Reino y no quiero provocar ninguna clase de proble-…

Ante las palabras de la Monarca, Antonio frunció el ceño y habló.

- Al contrario, sería un honor tenerla en el Reino… Claro, sólo hay una condición para ello.

Elizabeta y Lovino se miraron el uno al otro, confundidos por las palabras del As de Diamantes.


La noche oscura en el Reino de Espadas provocaba en Arthur una sensación de vacío. Nuevamente solo, nuevamente perdido en esa cama que cada vez parecía más grande… La ausencia del Rey, la espera desesperada por un Rey que se colaba en la Fortaleza a cada oportunidad, le llevaron a meditar respecto a su situación. ¿Cómo se sentía al respecto? ¿Por qué últimamente la antigua molesta presencia de Francis ahora se marcaba como la mejor alternativa para reemplazar sus momentos de soledad? ¿Qué tal si él era la solución perfecta? Pero, ¿y si sólo era algo momentáneo, de conveniencia y luego caían en el tedio, en las infidelidades…? ¿Cómo saber si Francis le amaba como decía y no estaba sólo jugando con una Reina solitaria? Cada visita era una difícil partida de ajedrez en la que inevitablemente Francis le derrotaba, ya fuese con un regalo, con un halago, con una sonrisa o con… un beso.

Esperaba sus cartas, escribía misivas desesperadas para él… ¿En qué momento un hombre tan molesto comenzó a tomar el papel del Rey que ahora le dejaba solo en una Fortaleza tan grande, en un castillo tan fuerte e impenetrable…?

Con esos pensamientos en su mente, la Reina dejó que el sueño le abrazase y que le llevara allí donde sus deseos se hacían realidad, donde podía olvidarse de quién era, de sus compromisos, de sus responsabilidades y llevar una vida tranquila.

Pero antes de dormirse por completo, ya había tomado su decisión y el nombre del poco afortunado escapó de sus labios.