Dentro de los dominios de Hauteville existía un modesto monasterio cisterciense, fundado por uno de los antepasados de Ferdinand. El mismo día en que Ricardo iba al encuentro del señor del castillo y su refugiada hebrea, el abad de ese monasterio recibía una extraña visita. Un hombre de mirada hosca y voz cansada pedía alojamiento por algunos días que, según decía, necesitaba para reflexionar y escribir acerca de cuestiones relacionadas con la Orden del Temple, a la cual formalmente seguía perteneciendo aunque circunstancias extraordinarias lo habían separado para siempre de ella, y tal vez de cualquier perspectiva mundana. Estas palabras de Bois-Guilbert conmovieron al abad, quien no tardó en pensar que esas "circunstancias extraordinarias" eran las causantes de que la razón del caballero pareciera ahora tambalear. Esta hermandad que cultivaba tanto la hospitalidad como la escritura no tuvo inconvenientes en admitirlo como huésped.
La impresión excéntrica que daba el recién llegado se fue acentuando con el correr de los días. Muchas veces no escribía en el convento sino que lo hacía en una taberna cercana. Esta taberna, además del habitual piso bajo con sus espacios destinados a parroquianos y expendedores, cocina y bodega, tenía la particularidad de poseer un piso alto también con un par de mesas, en realidad un altillo acondicionado especialmente para algunos clientes que pagaban por esta clase de aislamiento. Este era el lugar en que Bois-Guilbert se sentaba a escribir. Curioso espectáculo hubiera sido para sus antiguos compañeros de armas y juergas verlo convertido en esta suerte de anacoreta escritor. Bebía poco, o al menos no lo suficiente como para alterarse (siempre había considerado vulgar la embriaguez: sus vicios de toda la vida podían relacionarse con la soberbia y la brutalidad pero no con la vulgaridad), pero escribía mucho, a veces hasta que el sueño lo vencía y entonces pernoctaba allí.
Un día, como siempre abstraído en su trabajo, sintió pasos en la escalera y pensando que se trataba del tabernero o uno de sus dependientes se dispuso a pedirle que obturase temporalmente el acceso al altillo, porque ese día la taberna estaba especialmente concurrida y el bullicio le molestaba bastante.
Pero al alzar la cabeza se encontró con que de la abertura en sombras emergía una figura femenina, vestida con esos atuendos orientales que él tan bien recordaba. Llevaba el rostro cubierto con un velo. Cuando lo alzó, la mirada ansiosa del templario pudo reencontrarse con la de Rebeca, que transmitía una conmoción tan grande como la que él experimentó.
