¡Buenas a todos!

Hacía tiempo que no actualizaba este fic, pero como ya he repetido hasta la saciedad, internet me va mal aquí y sigo en un pueblo remoto. Pero bueno, aquí vengo cargada de cosillas que he ido escribiendo durante todo este tiempo.

Al fin he cerrado uno de los fics que tenía pendientes de cerrar. He adelantado muchísimo trabajo y antes de que termine el año, habré cerrado todo lo que tengo aquí publicado.
Todo lo nuevo que estoy publicando está en AO3, ¿de acuerdo? La saga cómica tendrá continuación, pero será en esa página.

No he leído ninguna actualización ni fics nuevos, y siento no poder hacerlo hasta que llegue a mi casa, que podré leer más cómodamente. Por lo tanto mis disculpas sobre todo a Shakary y a Hokuto Sexy, cuyas historias las están actualizando o han publicado nuevas. En cuanto llegue a casa, será lo primero que haga.

Otra cosita que quería añadir: si me agregáis a Facebook, por favor, enviadme un mensaje privado indicándome vuestro nick de aquí. Es que si no, no sé quiénes sois y no suelo agregar a gente desconocida, ¿va?. Tenía siete solicitudes nuevas, pero las borré porque no sé quiénes eran. Por favor, decídmelo y os agrego.

Para finalizar la retahíla, mis agradecimientos a todos los que seguís esta historia, otras historias o me añadís como autora favorita. Es todo un honor y os lo agradezco de veras :)

¡Un abrazo, espero que os guste el nuevo capítulo!


8. La biblioteca de las pestilencias

—Te jodes— murmuró Milo, restregándose los ojos y sonriendo—. Si me hubieras dejado dormir en tu templo anoche, iría contigo. Así que venga, arrea a mi templo, que yo voy a seguir durmiendo.

El caballero de Escorpio recogió la manta desparramada por el sofá del templo de Capricornio y se cubrió el cuerpo, dándole la espalda a Camus. Éste le había estado buscando desde que despertó para que le acompañara a buscar a Proserpina, sin embargo, cuando Jano le entregó la llave del templo de Escorpio, imaginó que Milo no estaría por la labor. Y no se equivocó.

El francés resopló una maldición en su idioma natal y retiró la manta a su amigo. Milo protestó por aquel gesto y terminó sentándose en el sofá, con los cabellos revueltos y cara de sueño.

—Camus, vete un poquito a la mierda ¿quieres?— gruñó molesto, tratando de alcanzar la manta—. Te recuerdo que estamos en el templo de Shura y está sobando, así que venga, déjanos descansar en paz. Lidia tu solo con la mocosa acosadora.

—Está bien— bufó el galo—, pero no me haré cargo de lo que suceda en tu templo o de cómo se halle.

Y dicho esto, arrojó la manta a la cara de Milo y se marchó dando un portazo.

Al salir de allí, inspiró profundamente y comenzó a descender por las escaleras que bajaban hasta el octavo templo. Jugueteó con el llavero entre sus manos, un pequeño escorpión encerrado en resina.
—Un día de éstos meteré a Milo en un cubo repleto de resina también, porque el hielo ya no le afecta…

Al llegar ante la puerta del templo de Escorpio, Camus introdujo la llave en la cerradura y empujó la puerta hacia dentro. Rápidamente, un hedor nauseabundo le alcanzó la pituitaria y cerró la puerta de golpe.
Aguantando las arcadas, el francés buscó un pañuelo en su bolsillo y se cubrió la nariz y la boca, volviendo a realizar una incursión en el templo.

—¿Proserpina?— llamó a la niña—. Soy Camus, he venido a recogerte porque te toca estar conmigo hoy…
Sin embargo, no escuchó nada. Al mirar alrededor, se dirigió hacia el cuarto de baño. Aparentemente estaba intacto. Después abrió la puerta de la habitación de invitados, sin la cama. Cerró la puerta y subió las escaleras.

A pesar de llevar el rostro tapado, el pestazo que le llegaba era cada vez más intenso y el caballero de Acuario tuvo que empezar a echar mano de su resistencia pulmonar para poder avanzar sin caer desmayado.
Al abrir la puerta del cuarto de Milo, el olor a rancio y cebolla fue insoportable. Avanzó a tientas por la habitación en penumbra y cuando llegó a la ventana, descorrió rápidamente la cortina y abrió las hojas de par en par.

Aprovechó para asomarse y tomar una buena bocanada de aire fresco del exterior, extenuado por haber aguantado la respiración.
—Ni un charco de azufre huele tan mal…

Camus se quedó asomado a la ventana y escuchó el sonido de las sábanas removerse.
—Mmmm…Camus…— murmuró en sueños la niña, sin percatarse de la presencia real del francés. Éste, creyendo que estaba despierta, se acercó a la cama.
La niña se hallaba completamente desnuda, tal y como la dejó Milo. Afortunadamente, las sábanas ocultaban todo su cuerpo, excepto los brazos. Al estirar uno de ellos, Camus fue testigo de la hermosa mata de cabello rizado oscuro que se escondía bajo la axila de la niña, liberando así una nueva ráfaga de pestilencia.

El caballero de Acuario sintió que, para una vez que iba a llorar en la vida, sería gracias a la fetidez de aquella muchacha.
—¡Proserpina, despierta!— gritó furioso—. ¡Tenemos que irnos! ¡Ya!

La niña despertó completamente y al ver al verdadero Camus en la habitación, se regodeó con la vista.
—¡No me mires así! ¡Vístete!— gritó de nuevo el caballero de Acuario.

Como si de un soldado fuera, Proserpina se levantó diligentemente de la cama, dejando a la vista todos sus encantos. Mientras el francés huía de aquel cuarto en busca del baño para vomitar, la muchacha se dedicó a acicalarse y prepararse tal y como le habían ordenado.
—Camus es un hombre inteligente, por lo que mi aspecto físico le traerá sin cuidado— se dijo pensativa—; es por ello que debo demostrarle mi alto nivel cultural e impresionarle.

Una vez lista, fue en busca del caballero de Acuario, quien se hallaba refrescándose en el baño.
—¿Se encuentra bien, señor Camus?— preguntó la niña, tocando con los nudillos la puerta.
—No muy bien, la verdad— murmuró el francés al otro lado—. Si te parece bien, iremos a la biblioteca del templo del Patriarca, ya que debo consultar algunos libros para la próxima misión que tengo entre manos.
—¡Oh, estupendo!— exclamó entusiasmada la adolescente—. Será muy interesante y ardo en deseos de leer todos aquellos libros que seguramente hay allí.
—No me digas que hay libros en una biblioteca…— ironizó el francés, enjuagándose la boca—. Anda, vete saliendo del templo de Escorpio. Ahora iré yo.
Proserpina se quedó en el mismo lugar sin atreverse a moverse.
—Pero señor, está usted con el estómago revuelto. Si así lo desea, le prepararé una manzanilla. Poseo unos conocimientos de botánica muy avanzados y sé qué hierbas tomar para paliar diferentes dolencias.
Camus resopló cansado y le contestó que no, que hiciera lo que le había ordenado.

Por lo tanto, Proserpina salió del templo de Escorpio. Al hacerlo, se chocó de frente con el dueño de aquel lugar.
—¡Vade retro Proserpina! ¡Atrás!— exclamó Milo asustado al toparse con la causa de su malestar físico y mental—. ¿Qué has hecho con Camus? ¿No le habrás matado?

La muchacha realizó un gesto de desdén al griego, ya que había perdido el interés en él por dejarla sola.
—Está dentro, no te alteres— dijo colocándose la máscara—. Pero se viene conmigo a la biblioteca.

Milo se adentró en su templo en cuanto vio a la adolescente subir las escaleras en la dirección que le había ordenado su compañero.
Al entrar, un tufillo a sobaquina le hizo retroceder, pero el caballero de Escorpio se subió la camiseta para taparse la nariz y la boca, comenzando a abrir todas y cada una de las ventanas de su templo, a fin de que las corrientes de aire se llevaran lejos aquella fetidez.

—¡Camus! ¿Dónde estás?— preguntó preocupado.
El francés salió del baño pasándose la mano por la frente y resoplando.
—¿Qué ha pasado? ¿Has vomitado?— preguntó de nuevo Milo, inquieto al ver el estado de su amigo.
—Estoy mejor, gracias. Pero necesito saber si tienes algún potingue que huela a menta. No voy a poder soportar ese olor todo el día, la tengo que llevar a la biblioteca.
El griego pensó unos segundos y se adentró en el baño. Rebuscó entre los frascos y encontró una crema mentolada para la tos. Se la tendió a Camus.
—¿Te sirve esto? Se lo dejó Mu aquí una vez que tuve que encargarme de cuidar a Kiki. Tenía mucha tos y me dio esta crema para untársela. Pero huele muchísimo.
El francés abrió el bote y olisqueó.
—Es perfecto— y enterrando los dedos en la crema, se untó bien la nariz y dentro de las fosas nasales. Ahora sólo podía oler a mentol.
—Ya no apesta. Estupendo— dijo calmadamente el guerrero de Acuario—. Me voy ya antes de que más gente muera por su culpa. Por cierto, yo que tú me untaría también…y ventilaría tu cuarto y cambiaría toda la cama. O casi mejor, fumiga toda la habitación. Acabarás antes.

Dicho esto, dejó solo ante la peste a Milo y corrió escaleras arriba hasta alcanzar a la muchacha. Ésta se hallaba sentada en las escaleras frente al templo del Patriarca.
—Ya estoy aquí— dijo Camus—. Acompáñame.
La muchacha siguió al caballero de Acuario por los fríos pasillos del enorme templo, hasta llegar a la biblioteca. El francés empujó la pesada puerta de madera e hizo entrar a la niña.

En la sala se hallaban varios caballeros, sentados en diversas mesas y concentrados en las lecturas o bien tomando notas.
—A partir de ahora, silencio absoluto. Nada de gritar, ni correr, ni…ehm…bueno, compórtate, ¿de acuerdo? Yo tengo que buscar unos libros. Estaré sentado en aquella mesa— dijo el francés señalando el lugar, junto a una enorme ventana—. Tú si quieres, puedes buscar un libro y ponerte a leer un rato. Pero una advertencia, ¿ves aquel estante de allí? Al fondo, el que es como una vitrina— la niña asintió—. Bien, pues de ahí no cojas nada, ¿entendido?

Proserpina asintió con un cabeceo y se separó del francés, quien se fue a rebuscar entre las baldas aquellos tomos que necesitaba.
Mientras se hallaba enfrascado, la muchacha comenzó a pasearse con aire interesante. Ningún libro de los que había le llamaba la atención y se dedicó a sacar y meter tomos sin parar. Hasta que escuchó un siseo proveniente de una de las mesas.
—¡Perdón!— gritó la niña, al ver el semblante de cabreo de un caballero que trataba de leer.

Camus se dirigió a la niña y la regañó por causar ruido y por gritar.
—¡Estáte quietecita!— le susurró—. ¡Coge un libro y ponte a leer de una vez!
—Es que los libros que hay aquí no me gus…ehm…ya me los he leído— mintió Proserpina—. "Guerra y paz", "El viejo y el mar", "Las uvas de la ira"…
Esto sorprendió gratamente al caballero de Acuario.
—Vaya, no sabía que te gustara ese tipo de lecturas. Me congratula— dijo sonriente—. Pues veamos, voy a buscarte algo que te lleve un tiempo leer…vamos a ver…—murmuró mientras sus largos dedos revoloteaban alrededor de los estantes—. ¡Éste! No sé si lo habrás leído, pero te gustará— dijo tendiéndole un libro bastante grueso.
Proserpina agarró el tomo y leyó el título.
—"David Copperfield", de Charles Dickens…sí, ya lo he leído. No me gustó mucho la verdad…¿qué puede tener de interesante la biografía de un ilusionista que estuvo con Claudia Schiffer?
Camus se quedó petrificado al escuchar aquello. Miró de reojo a la niña.
—¿Estás bromeando, no?— preguntó el caballero, aún sin podérselo creer.
Al percibir cierto temor en la voz del francés, Proserpina cayó en la cuenta de que quizás, ese tal David Copperfield no era aquel mago que salía por la tele.
—¡Sí! Claro que te estaba tomando el pelo. Sólo trataba de pillarte un poco— dijo riéndose con voz nerviosa.
El francés alzó las cejas y tomó sus palabras como verdaderas. Pensó que la niña tenía un fino sentido del humor y regresó a su mesa, cada vez más contento de que al fin diera con la parte buena de la muchacha.

Por su parte, Proserpina respiró aliviada y cuando perdió de vista a Camus, devolvió el libro al estante. Siguió rebuscando, pero seguía sin encontrar nada. Regresó junto al caballero de oro.
—Camus…¿qué estás leyendo?— preguntó interesada.

El francés alzó la vista del libro y miró a la niña.
—Estoy leyendo sobre unas leyendas de dioses de la mitología ástur, proveniente de España. La semana que viene, acompañaré a Shura a su país, ya que debemos ir a liberar a un dios que fue encerrado en una montaña. Y no tengo ni idea sobre ellos, por eso estoy buscando información.
—Interesante…algo he oído yo sobre los ástures. Un amigo del vecino de mi primo segundo es español y me ha hablado de ellos.
El caballero de oro quedó pasmado ante aquella inesperada revelación.
—¿En serio? ¿Podrías contarme más?— dijo cerrando el libro que estaba leyendo, dispuesto a escuchar lo que ella le diría.

Proserpina se quedó unos segundos titubeando.
—Espera…es que…necesito ir al baño. En cuanto regrese, te cuento, ¿vale?— pidió la niña, incorporándose de la mesa y escabulléndose.
Encogiéndose de hombros, Camus prosiguió con la lectura.

Escondida tras uno de los estantes, Proserpina atisbaba al francés. Cerciorándose de que estaba muy concentrado, comenzó a rebuscar entre los estantes libros de mitología. Recogió uno entre sus manos y salió de la biblioteca yéndose al cuarto de baño.
Allí encerrada, leyó por encima lo que aquel libro hablaba sobre mitologías del mundo y recaló en la que hablaba de la mitología española. Muy por encima, leyó lo que necesitaba.

Regresó entonces a la biblioteca y se sentó junto a Camus, comenzando a hablarle sobre lo que había leído previamente.
El semblante del francés, en principio animado, fue tornándose serio a medida que la niña avanzaba en los relatos.
Al finalizar, Camus carraspeó y cerró los ojos.
—¿De dónde has sacado esa información?— preguntó curioso.
—Ya te dije que me lo contó un primo hermano de mi amigo que es español, concretamente de Guadalajara— respondió ella, recordando una ciudad española que mencionaba aquel libro.

El francés carraspeó de nuevo con el ceño fruncido.
—Querida, ¿no era un amigo del vecino de tu primo segundo?
—Pues eso he dicho— repitió la niña.
De un golpe seco, Camus cerró el libro que estaba leyendo.
—Niña estúpida. ¿Me tomas por tonto? Me hablas de mitología azteca y maya y te quedas tan ancha.
La tez de la niña empalideció súbitamente.
—Pero si son españoles…— musitó dejándose resbalar por la silla.

El caballero de oro frunció aún más el ceño y la atmósfera alrededor se enfrió rápidamente.
—No son españoles. Esas mitologías pertenecen a América, no a España. España está en Europa, idiota. Si leíste algo sobre Guadalajara, se referiría al de México, no a la provincia castellano-manchega. Los ástures eran pueblos de origen celta que se instalaron en la península Ibérica por el norte. ¡No tienen nada que ver con los americanos! ¡Yo busco a Tileno y a los druidas! Ahora entiendo lo de David Copperfield…
Cabreado como estaba, se incorporó de la silla y abandonó la mesa airado, dejando a la niña en la biblioteca, dejando a su paso una estela de escarcha.

Proserpina se había pasado de lista con Camus. Su oportunidad de deslumbrar al caballero de oro había caído en saco roto. Triste por la regañina y por haber hecho el ridículo, huyó de la sala con lágrimas en los ojos.

Al salir fuera del templo, vio a Aioros y a Shura, acompañados de Saga y Belial. Pero la muchacha pasó corriendo a su lado sin pararse.
—¡Proserpina!— gritó el caballero de Sagitario— ¿Dónde vas?
—¡Dejadme en paz! ¡Sois crueles conmigo!— chilló la muchacha, corriendo escaleras abajo.

Los cuatro hombres se miraron preocupados.
—Hay que detenerla, no puede escapar del Santuario— dijo Aioros—. Si lo que ha averiguado Belial es cierto, entonces no debemos dejar que huya.
—Déjala— susurró el caballero de Géminis—, voy a mandar a dos que estarán encantados de buscarla. Que ellos hagan el trabajo sucio…o apestoso.
Shura miró con desconfianza al gemelo.
—¿Quién puede estar encantado de querer tocarla?— preguntó el español.
Saga dejó escapar una risa siniestra, mientras se alejaba de allí.
—Ichi de Hydra…y Zeros de Rana.

Sus compañeros se echaron a temblar.
—Será todo lo cabronazo que quieras, pero a veces es útil que tenga amigos en el Inframundo…— musitó el caballero de Capricornio.
—Sí— afirmó el de Sagitario—. En fin, mientras Saga ordena a esos dos que la busquen, Belial llévanos hasta su madre. Tenemos mucho de qué hablar con ella.

Sin parar un segundo, los tres hombres se dirigieron escaleras abajo.