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Si ha de ser sincero, realmente sincero consigo mismo y con razón, Namikoshi diría que ya se esperaba eso. O, más bien, que no se lo esperaba.
Como siempre, el orgullo y la tenacidad de Akechi pudo más que nada y Namikoshi lo sabía por su ausencia pues ya llevaba una semana viajando por los sectores más recónditos de Japón, buscando criminales bajo el nombre de Veinte Caras, y Akechi no dio signos de vida.
Nunca se apareció, ni siquiera para intercambiar información sobre los delitos por teléfono, ni en vídeo llamada más que con las fuerzas especiales. Para despedirse de el como un verdadero amigo hubiera hecho, o como un enemigo rinde respeto a su adversario. "Me hiciste dar vueltas como un tonto, llegue a enloquecer por tu culpa…Pero no vamos a negar que fue divertido". Al fin de cuentas, así fue. Fue divertido por un tiempo, también doloroso, solo que ese "cierre" que no cerraba por completo le hacía falta.
Namikoshi se preguntó cuánto tiempo más Akechi lo haría esperar, no por su atención, ni siquiera por su lastima, sino por el respeto que debería retribuirle. El respeto, el reconocimiento, era lo máximo que pensó desde niño, desde que tenía memoria, desde que lo conoció, era lo único que quería de él, porque pensaba que no podía aspirar más.
Ya que las fuerzas especiales mantenían al detective informado de sus movimientos, espero que Akechi pidiera hablar con él y así acabar de hablar, finalizar de una vez por todas con ese pesar que le sofocaba el corazón.
"Siempre has sido crudamente sincero, terriblemente directo…Pero no lo vas a hacer conmigo, ¿Por qué no puedes decirme en la cara la verdad? Supongo que merezco este castigo, te he dejado ignorando y esperando por mi mucho tiempo. No entiendo porque simplemente no me llamas o me escribes, un simple y horroroso rechazo y así acabamos con todo", pensó en sus adentros, mirando por la ventanilla del helicóptero que lo transportaba junto a otros cinco soldados. Hasta el propio Namikoshi sabía que sus pensamientos se habían vuelto más pesimistas de lo habitual y que rayaban con los soliloquios que daban las mujeres en los doramas de la tarde.
Pero dolía, maldita sea, dolía demasiado.
Akechi era cruel. En vez de cortar todo contacto con él o decirle que ya no quería verlo nunca más, él prefería dejarlo en espera, manteniendo la distancia y el trabajo a raya, sin tocar temas comprometedores. Y Namikoshi comenzaba a cansarse, él pudo haber sido la víctima número uno de su colegio pero no estaba dispuesto a convertirse en algún tipo de Penélope, esperando que su amante lo liberara de su promesa de amor.
Porque lo amaba. Y por eso dolía tanto, esperar porque le diera un llano "no" para así dejar de temer tanto, de añorar y anidar esperanzas inútiles.
Namikoshi ya lo sabía.
Akechi no aparecería sino para trabajar con él y tal vez usarlo en el futuro. Ya no eran amigos, tampoco enemigos, solo dos desconocidos trabajando sobre el misterio, haciendo caso omiso de cualquier sentimiento latente.
No culpaba a Akechi.
Se culpaba a sí mismo, por haber imaginado que seguía siendo el mismo niño que le hizo el primer cumplido de su vida y lo trato como un verdadero amigo, un igual, un ser especial para alguien. Akechi había cambiado y su confusión entre aceptar a Namikoshi como amigo o enemigo lo dejo tan afectado que - Como Namikoshi comenzaba a creer- se había inclinado por verlo de otra manera, desencadenando el impulso sexual, sustentado por el resentimiento y la rabia reprimida que le tenía, sin saber cómo expresársela. Si lo veía como un amigo, le guardaría desprecios por siempre. Si lo veía como el enemigo, se humillaría si admitía que su vida estaba de cabeza por él.
Porque Akechi no le quería. Era demasiado cerrado y estoico para eso, el confesar que le tenía cariño por su amistad o desprecio por ser rivales ya era cruzar el extremo. Usarlo como amante sería más justo, por eso hizo todas esas cosas inapropiadas.
O eso pensaba Namikoshi, descripto como "desperdicio" y "basura" por esa persona que tanto admiraba. El no veía más allá de su decadencia, su inutilidad e inferioridad, porque estar por debajo de Akechi y seguirlo era todo cuanto podía hacer.
El soldado que lo vigilaba le hizo un gesto hacia los ojos y solo entonces supo que una lágrima se deslizaba por su mejilla marcada.
- ¿Fue un insecto?- Cuestiono el soldado, desconcertado porque Namikoshi fuera el único en el helicóptero que quisiera mirar el cielo con las ventanillas abiertas, cuando los otros preferían evitar el panorama a gran altura.
- No- Namikoshi no le dio importancia, dejando que su lágrima se secara con la brisa, usando la sonrisa más rota y sincera que pudo esbozar- No es nada.
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Era la última parada y Namikoshi aprovecho para salir, cansado del viaje sentado y la mala compañía, que lo vigilaban como el cuervo al moribundo, estirando las piernas y brazos tan pronto arribaron a un puerto desierto, seguramente de la seguridad nacional.
Con treinta minutos de descanso, Namikoshi pensó en inspeccionar tiendas cercanas y tal vez conseguir un mapa, comida y algún recuerdo. No quería que todo se transformara en trabajo. Prefería disfrutar de esos pequeños ratos.
- Que libertad la mía…- Ironizo, mirando de costado a sus vigilantes- ¿Por qué no me ponen el rastreador y me dejan un rato?
La manera jovial en la que dijo eso no encajaba en absoluto con su petición porque el odiaba ese brazalete metálico, que le parecía más accesorio de perro que otra cosa. Con Akechi no había sido necesario, solo ahora podía decir que fue muy amable.
Con el rastreador puesto, Namikoshi se dispuso a caminar hasta acabar la gran pista de aterraje y salir a buscar aventuras cuando la aventura lo encontró a él, con un rugido de motor acercándose a gran velocidad.
Los guardias inmediatamente se aproximaron, por frente y por detrás, para defenderlo de cualquier mala intención de ese auto negro, que cruzo los límites del aeropuerto abierto y traía una velocidad de trece caballos de fuerza.
Tensos y expectantes, los guardias y Namikoshi esperaron.
El auto se detuvo, no sin antes hacer una pirueta espectacular, como para presumir que quien manejaba era un corredor experimentado. La puerta del piloto se abrió de repente y de este, salió un hombre vestido completamente de negro, raramente formal y con una mirada de pocos amigos que intimidaba al más valiente.
- ¡¿Quién eres?! ¿Enemigo o amigo?
- Ninguno de los dos, por suerte- Respondió el piloto a los policías, sonriendo cínicamente- Soy el detective Akechi Kogoro, elegido por el gobierno para casos especiales- Se presentó, enseñando su placa e identificación para que no hubieran equivocaciones- Vine a llevarme a nuestro colaborador para un caso urgente.
- Primero, debe pedir un permiso.
- ¿No oyeron "urgente"?- Sin pensarlo mucho, estiro un brazo e intento tocar a Namikoshi, pero este se apartó.
- ¿Eres realmente Akechi Kogoro?
- El mismo. ¿O ves a otro?
- Te ves…Diferente.
- Formalidades- Una sonrisa sarcástica muy suya y Namikoshi supo que era él- Quítenle esa correa de perro, ¿Así tratan a mi compañero?- Gruño con enojo, dándose cuenta del brazalete en la pierna del menor tan pronto vio que su ropa no estaba en su lugar- ¡Rápido!
En un santiamén, estaba libre y Akechi le extendía la mano, con una sonrisa de confianza que raras veces vio posar en ese rostro de ogro.
Los policías se volvieron formas de calavera o simples marionetas de madera; ya daba igual.
Akechi evito responder por qué se lo llevaba y con qué autorización estando en un país limítrofe al suyo, y los mando a callar cuando se le hicieron insoportables. Desapareciendo como cenizas en el cielo, ya no existía nadie en la pista, solo Akechi y el un día de otoño.
- Entra, no te abriré como a las señoritas- Mando, tomando su puesto como conductor, revisado el retrovisor.
- Olvidaste enseñarles tu inexistente licencia de conducir.
- ¿Y?
- ¿No se supone que un menor no debe tener auto?- Namikoshi abrió la compuerta y vio el interior del convertible, era cómodo y confortable, no tenía la esencia de Akechi en absoluto- ¿Es alquilado?
- Este sello con brillo tiene su poder- El moreno le enseño su placa de detective, cuyo alcance de autorización gubernamental era impresionante- Entra o te dejo.
- Sí que eres cordial- Con cuidado, ingreso al vehículo y se sentó en el asiento al lado de copiloto- Te obedecen por la placa, no por tu nombre. No eres tan conocido.
El moreno chasqueo la lengua, con una mirada de supremacía que rivalizaba con la de un político. Recordando las hazañas automovilistas de Akechi con ese auto, predijo que podía ser parte de un accidente y quiso asegurarse el cinturón. La mano fría de Akechi lo detuvo, lo tomo del mentón, sus miradas se encontraron y sus labios se unieron con dulzura.
Su beso, casto y gentil, por poco lo asusta de lo diferente que era de los brutos y apasionantes del Akechi que conocía. Pronto, entendió que era una gesto de perdón.
Al separarse, Akechi apoyo la frente sobre la de Namikoshi, hablando contra sus labios.
- Es todo lo que puedo hacer por ti.
- Akechi, dime.
- No, rayos, no. ¡Fue una tortura, un gran trabajo! Solo debes saber que lo pensé y ya lo decidí, esta es mi decisión, te guste o no- Comprendió que Namikoshi le pedía más con esa mirada de cariño y se enojó:- No te diré como fue, ni cuales fueron mis motivos. No te creas tanto por hacerme pasar por esas cosas.
- Hablas como si hubieras pasado por una revolución…- Se carcajeo, por primera vez libre de reírse a gusto.
- Oye, estoy aquí. Si vas a seguir con tus risas y tus estupideces…
- Eres Akechi Togoro.
- Sí, ¿Qué con eso?
- Contigo, tengo y me sobra- Sin reprimirse, se entregó a las risas, el corazón lo tenía tan acelerado que las lágrimas se le escapaban solas- Akechi, no dejas de sorprenderme.
- Y tú, sigues siendo un loco- Dijo el otro, sin entender la gracia, para él no era burlona ni molesta, le gustaba ese sonido. Podía volver a ver la sonrisa de ese niño rubio, maltratado y buen amigo, cuando se reía de ese modo. Pero, lejos de aceptar esos sentimentalismos y menos usarlos, decidió cambiar el tema- Nos vamos.
- ¿A dónde?- Con éxito, logro hacerse entender entre risas.
- Toma el mapa- Sin delicadezas, le arrojo un pedazo de lámina a la cara y Akechi se puso unos guantes negros, apropiados para un verdadero corredor- Donde sea, que dure más de una hora.
- ¿Qué?- Por alguna razón, esa frase se le hacía vagamente familiar. Por como Akechi lo dijo, sonaba peligroso- ¿Y nuestro trabajo "urgente"?
- Aprende a entender entre líneas.
- Cuando se enteren del gobierno…Muy bien. Quiero ir a un comedor famoso de la isla, oí que tienen un gran menú.
- Decidido- El detective tomo sus llaves y el motor rugió de acción.
- Atienden de noche- Akechi lo miro para estrangularlo y dio una risita nerviosa- Vamos, tendremos tiempo de sobra para ver la capital.
- Si quisiera conocer mi propio país, me haría guía turista.
- Con la actitud que tienes con la gente…- Había captado el sarcasmo, no estaba de más molestarle un poco- Entonces, ¿Qué haremos todo el día?
Como respuesta, Akechi lo miro con fuego en los ojos. Sin tener conciencia de sus impulsos, Namikoshi se sujetó de su cuello cuando la distancia fue nula y Akechi mordió el lóbulo de su oreja, le lamio el hombro y susurro palabras entrecortadas, como si estuviera debatiéndose consigo si seguir o no.
- Esto- Podía sentirlo en su piel, estaba sonrojado. Namikoshi sonrió sutilmente, pensando que era una rendición de lo más tierna- Y mucho más. Sin nadie molestando, esta vez- mascullo, casi con coraje ante el recuerdo.
- Akechi- Apenas pudo decir su nombre, no quería hablar y estropearlo. Sabía que a su amigo le costaba un mundo decirle todo eso, especialmente a él, que paso de amigo a ser su enemigo y de villano a un aliado, para que ahora cambiara completamente el panorama. Estaba feliz, lo desbordaba un sentimiento tan alegre y enérgico que apenas podía respirar a la vez que Akechi se rehusaba a verlo a la cara para demostrar su debilidad por el- Eso…suena bien.
Sin empujones ni agresiones, Akechi se apartó de él y tomo el mando del auto, pisando fuerte el acelerador, sin evitar pensar que esa pista solitaria y desierta, de un modo extraño, constituía un horizonte que estaba a punto de cruzar, acompañado de Namikoshi.
"Estoy seguro que me arrepentiré después", previno en su cabeza. Él se conocía, conocía a Namikoshi y no creía en la felicidad de una relación emocional a largo plazo pero por el momento…
"Por el momento, está bien…Por ahora, estaremos bien"
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