Cuando Sherlock murió, las pesadillas de John se volvieron mucho más frecuentes. Ya no eran una cuestión casual, más frecuentes en las noches de inmenso calor –esas que recordaban a tiendas, sacos de dormir y sancudos.- No, ahora como al volver de Afganistán, se habían vuelto un asunto frecuente. El por qué no estaba bien claro. John siempre había sido un hombre proclive a soñar, más aún a soñar despierto. Y como sus sueños, sus pesadillas eran inquietantemente lívidas.

Esa noche, por ejemplo, John se despertó sudando, incorporado de golpe en la cama y buscando aliento. Vívido. Como haber vuelto a estar allí. Tragó fuerte, sacando las piernas al suelo, y mirando la habitación, preguntándose, tan solo un momento, en dónde estaba. Se levantó, su corazón palpitaba fuerte, el piso estaba frío.

Recordó entonces que seguía en la habitación del hotel. Desde hacía tres días había estado durmiendo allí, o al menos intentandolo.

No pudo soportar más tiempo en la calle Baker.

No pudo soportar despertar en las mañanas, preparar café y sentarse en la mesa. Estando solo. Solo porque se imaginaba a Sherlock entrando por la puerta de la cocina, tecleando en su teléfono, quejándose de su aburrimiento, solo sentándose y como pocas veces, tomar con él el desayuno. Solo, como sus primeros meses en Londres. Solo.

Era una sensación aterradora…

La Sra. Hudson había llamado todos los días. Estaba preocupada. También triste. La pobre mujer se había atado una banda negra en la muñeca. La Sra. Hudson no tenía hijos, probablemente Sherlock era lo más cercano. La forma en que siempre hablaba de Sherlock, con admiración, cariño, a veces paciencia junto a sus amigas, lo hacían estar seguro de eso.

Y aun así, John, empezaba a sentir cada vez más rechazo hacia sus llamadas. No solo porque le recordaban a su amigo, su mejor amigo, muerto, sino porque siempre estaban las preguntas, ¿cómo estás?, ¿qué has hecho?, ¿saliste hoy? ¿qué tal va todo?

John no sabía cómo responderlas.

Probablemente porque no hacía nada, de pronto no estaba de humor. Ya no escribía para su blog, no iba a trabajar –en la clínica le habían dado unos días,- solo se sentaba, veía programas estúpidos, se acostaba e intentaba recuperar el sueño perdido, a veces salía a dar caminatas como las que hacía cuando tenía su bastón y admiraba Londres en silencio.

Sherlock amaba las calles de Londres. John sabía, o más bien suponía que Sherlock y Microft habían crecido en el campo, lejos de la capital. Sus padres eran gente con dinero, de eso si estaba seguro. Tal vez por eso, al mudarse a la ciudad (John no sabía decir en qué momento ocurrió eso) había quedado tan maravillado por las luces, el subterráneo, los locales y los callejones escondidos. Conocía de memoria cualquier avenida, callejón y edificio. Como un mapa en su cabeza.

Maldición.

John entró al baño y se mojó la cara en el lavabo. Por un momento, solo un momento, tenía que dejar de pensar en Sherlock.

Soltando aliento, se miró en el espejo del baño. Lucía despelucado, su piel brillaba por el sudor y sus poros dilatados, bajo sus ojos, líneas negras. Estar así, de esta forma, de pronto pareció una regresión al pasado, un pasado cercano en el que detestaba pensar. Se sentía como si no hubiera habido ningún progreso. Como si al final, tras años viviendo junto a Sherlock Holmes, con su muerte todo hubiese sido borrado. Porque junto a su muerte, volvieron las pesadillas (y John apretó los labios, pensando en la imagen de su amigo cayendo, en su cabeza estrellada contra el asfalto), visitas al psicólogo, un apartamento pequeño y frío, y la soledad.

Estar Solo.

"Mierda," le murmuró John al espejo del baño.

Después de unos meses el doctor se mudó a un nuevo apartamento, uno pequeño, no tan costoso. No necesitaba, ni quería otro compañero de piso. Aldo dentro de su mente se lo impedía. Como rechazando el solo pensamiento.

Fue una sorpresa, ese día al abrir la puerta, encontrar al Detective Inspector Lestrade esperando. En su rostro una sonrisa, en sus manos una caja mediana. John parpadeó.

"Pasa," le dijo, poniéndose a un lado y permitiéndole entrar.

"Gracias," respondió el Inspector, dejando la caja en la mesa del recibidor.

Ambos se sentaron en la sala y tuvieron una especie de charla tonta por un rato ¿Qué has hecho? Ah, no mucho ¿Cómo está todo en el Scotland Yard? Bien, bien. Es un bonito apartamento. Gracias. ¿Y tú esposa?, –risas- Creo que firmando los papeles del divorcio, –sorpresa,- ¿en serio? Lo lamento.

Lestrade sonrió, acomodándose en el sillón, "No, no, yo no" confesó, de pronto la sonrisa se acentuó en sus labios, "Soy otra vez un soltero inalcanzable," dijo.

Risas.

Pero de pronto el Inspector miró al piso, indeciso, sin sonreír. Lo siguiente fue una mirada inquieta, una de sus cejas levantadas.

"¿Y tú cómo estás, John?" preguntó. Y su tono demandaba respuestas sinceras.

"Bien, bien," respondió el Doctor, casi sonriendo, "mejor que antes…"

De pronto el Inspector le dio una mirada a la caja que había dejado en el recibidor. Se lamió los labios. "Encontré estas cosas en Scotland Yard…," confesó, "no sabíamos qué hacer con ellas, nadie…quería botarlas" confesó. El Inspector se incorporó, tomando la caja entre sus manos y dándoselas a John, "Yo imaginé que…, tu querrías tenerlas."

El doctor entreabrió sus labios, solo algo sorprendido. Tomó la caja murmurando "gracias, si…, gracias, Greg."

El Inspector le dio una sonrisa y una palmada en el hombro. "No hay de qué."

Se fue sin mucho más que decir. Al parecer seguía en horas de trabajo. Al salir, dijo algo sobre siempre es bueno ver viejos amigos, y cerró la puerta tras de sí. Cuando John se sentó frente a la caja y la abrió, la verdad no halló nada que no esperase. Típicas cosas de Sherlock, algunas extrañas, otras no tanto, casi todo sobre el trabajo. Guantes, lupas, muestras, una bufanda vieja. Pero fue la cinta más que nada lo que le llamó la atención. Era la misma que Sherlock le había dejado para su cumpleaños durante su primer año en el 221b. Él no había estado presente, algo sobre un trabajo en el este de Europa.

Cuando John la vio abrió una botella de Scotch. Su intención no era la verdad emborracharse, solo estar lo suficientemente mareado para que cualquier cosa que viera no fuera demasiado dura.

Hola, John. Lamento no estar contigo en esta fecha que…la gente piensa tan importante, la verdad no veo porque…

Fue extraño ver, después de tantos meses, a un Sherlock tan parecido a con el que John había vivido. No en una foto, en un recuerdo. Uno móvil, errático, hasta insoportable como Sherlock siempre había sido.

Voy a estar trabajando. Muy ocupado, ya sabes.

Ocupado, si, Sherlock siempre estaba ocupado. John hizo una especie de sonrisa, tomando un sorbo del vaso de Scotch.

De cualquier forma, voy a estar contigo muy pronto.

John no pudo evitar sacar sus ojos del vaso para mirar a la pantalla del televisor. Allí, como mirándolo, los ojos de Sherlock. "Eso quisiera…" murmuró apático, sonando casi amargado.

Así que…Felices fiestas, John.

Y un guiño de su ojo derecho.

Un guiño.

John tomó otro sorbo recordando la primera vez que había visto a Sherlock Holmes, en St. Barts mientras con la nariz metida en un microscopio. Al despedirse, y decirle su nombre, también había guiñado el ojo. John se pasó una mano por la frente y pausó la grabación.

La puso en la caja, que guardó en la parte de debajo de su armario.

Se sentía, de pronto, solo un poco abatido. El recuerdo de la mano sin pulso de Sherlock de pronto lo atontaba. De alguna forma seguía pareciendo increíble, irreal.

Y doloroso también, pensó mirando el vaso en sus manos y tomando otro sorbo.