Heme aquí de nuevo, por quienes creyeron que morí
No hay pretextos, excepto que vagué
las vacaciones como buen estudiante.
Miró el blade girar. Siempre constante, con fuerza acumulada y, entre sus líneas, en cada una de sus partes armadas, se divisaba una gran fortaleza como si fuese cantera decidida a resguardar sus secretos.
Se movía entre sus enemigos. Cada giro era perfecto, calculado, en una mínima probabilidad de error logrando demostrar su experiencia en aquellas gotas de sudor, ahora, inexistentes de un ayer trabajoso.
Aquel blade, vigilante en cada momento, sigiloso cual león, mueve sus patas en el suelo con astucia asimilando su alrededor. Un trompo que gira, un observador.
Un trompo que preferiría, sin duda, proyectar toda su fuerza y esplendor contra otros mucho antes de que un leve toque roce sus debilidades y retumbe entre las paredes de metal dejando grietas, mostrándole un mundo real...
Capitulo 8: El libro.
Negro.
Sus párpados cerrados, sólo reflejaban el movimiento de sombra desconocidas.
Podía escuchar, en su letargo, el ruido de pasos desperados por llegar a su destino, el giro de las ruedas, seguramente de los camastros, llevando a los lesionados, además, del rasguido de plumas que anotaban un registro de normalidad o anormalidad en aquellos aparatos ruidosos acompasados en el palpitar de su corazón. Al igual que el devenir de la puerta cuando venían a veces para platicar con él o simplemente para ver de nuevo su estado.
Pero lo que realmente escuchaba más que ninguna otra cosa, era su respiración. A veces gruñía, le dolía todo, no podía moverse, y la verdad, no tenía los ánimos para ello, ni siquiera para largarse de aquel cuarto desolado, una cárcel. E irónicamente eso sentía que era, odiaba estar en un mismo lugar mucho tiempo, le recordaba a la abadía, no poder ver ni un mísero árbol, sólo rocas negras agrietadas que contenían como máximo de emoción una araña intentando resguardarse de la ventisca que se avecinaba.
Y ahí estaba, caído otra vez, por una distracción, una maldita distracción que, por segunda vez, le repercutió por completo. ¿No había sido suficiente golpe el perder con uno de los Begas?, No, y eso le hervía la sangre en lapsos de pequeños tiempos para luego volver a suspirar con dolor. Su orgullo, su arrogancia, destrozados.
-Es mejor que despiertes- dijo una voz potente y gruesa, sonando más a una orden que un consejo disimulado.
¿Quién era? No lo había escuchado entrar.
-¿Qué pasa, Kai? ¿Perdiste la confianza?
Fue un golpe bajo. ¿Quién se creía? Él no había perdido la confianza, no, nada de eso. Sin querer, frunció las cejas, con lo que demostró su atención a lo dicho por el sujeto.
-No intentes justificarte- prosiguió el acompañante.
El tipo hablaba como si le conociese y peor aún como si supiera en qué estaba pensando. Eso no le gustaba, ya estaba harto de que las personas intentasen entenderlo, y con cierto rencor, tener que reconocer que algunos habían acertado. Le desesperaba.
Cerró su puño entre las sábanas que rodeaban su cuerpo adolorido por el golpe.
-Qué te importa- dijo Kai con dificultad pero sin dejar de denotar su fastidio en cada palabra pronunciada. Intentó abrir los ojos mas no pudo.
-¡Oh!, claro que me importa- la voz del sujeto se escuchaba cada vez más cerca de Kai-. Quiero ayudarte. Sé que has perdido algo muy importante.
Por un momento, Kai se sintió enmudecer. Su cuerpo desprendía un aura fría, exasperada, como si aquellas palabras fueran reveladoras ante una verdad inminente, una verdad que no quería escuchar.
Las arrugas de las sábanas empezaban a aparecer y desaparecer estrepitosamente. Se sentía la respiración agitarse. Él no perdía nada ni ante nadie. Era el mejor, de la elite. Sólo había sido un tropiezo.
-¿Te molestó lo que dije?- el hombre sacó un bufido de complacencia. Oyó sus pasos. Caminaba en el cuarto, tocando de vez en cuando los aparatos. Aquel ruido pausado de tintineos.
-¿Qué es lo que quieres?- atajó Kai, ya se estaba impacientando.
-Ayudarte...
-No la necesito.
.
Kai abrió los ojos con un poco de sueño observando primeramente el buró junto a su cama. Hacía tiempo que no soñaba con aquel día. Se sentía ridículo, después de un año el cual había llegado a Londres, adolorido y cansado.
Y no sólo eso, sus pensamientos seguían entorno a lo sucedido en Alemania, desde el tipo con la gabardina hasta la carta y el chico llamado Lune.
La salida impetuosa del susodicho le había llamado la atención y la forma en que había llegado la carta se le hacía demasiado sospechosa. Alguien sabía donde estaba, eso era seguro.
Se revolvió entre las cobijas antes de levantarse, tenía el cabello desalineado. A pesar de seguir cavilando fue directo al closet que posaba a la izquierda del escritorio, donde se recargaban varios libros y libretas acomodadas cerca de una lámpara. Corrió la puerta, revolviendo con pereza algunas cosas y al coger lo que necesitaba fue directo al baño para tomar una ducha, como todas las mañanas.
Cuando llegó, se miró un rato en el espejo. Notó que había crecido un poco. Anteriormente no veía su pecho en aquel cuadro, el cual le recordaba las tantas veces que no alcanzaba los lugares altos, consiguiendo una sarta de burlas por parte de Lances al renegarle su acción al bajar objetos que le pedían buscar. A pesar de todo, no había conseguido que ese inútil, como a veces prefería llamarle, se intimidará con su mirada.
Abrió el grifo, escurriendo poco a poco las gotas que caían con potencia en los mosaicos de un tono azul claro juntándose cerca de la coladera como un remolino que los dirigía a un destino inhóspito. Al ver el agua caer, a Kai le entraron ganas de ir a la costa a escuchar las olas romper con fuerza entre las pocas rocas que se situaban en el puerto lleno de barcos comerciales. Necesitaba relajarse.
El baño desapareció con sutileza entre las volutas de vapor caliente.
En cuanto hubo terminado, ondeando su bufanda blanca, bajó a desayunar. En la sala se encontró a Lances usando su celular con esa concentración digna para un examen. Menos mal, no tendría que soportarlo, en algunas ocasiones podía ser de lo más exasperante, incluso más que Tyson, y lo peor de todo el caso era que lo hacía consciente. Mal derroche de neuronas.
Caminó sigilosamente al comedor, sin embargo, en el momento en que puso un pie en el corredor, Lances lo abordó.
-¡Ya despertaste!- exclamó el pelirrojo con voz altiva-. Creí que te habías ahorcado con las sábanas.
-Todavía no me rebajo- respondió Kai indiferentemente llegando por fin al comedor. Era mejor terminar la conversación antes de que Lances aguijoneara la paciencia que tenía y tuviera ganas de asestarle un golpe.
Cerca del comedor estaba la barra divisora de la cocina. Sobre ella, descansaba el desayuno listo. Se veía delicioso y en una jarra, jugo de naranja. Kai se sirvió en un plato arrimándolo en la mesa.
-Mira- dijo Lances, al llegar al recinto. Le aventó, como siempre, la revista-. Es la convocatoria.
-¿Y?- murmuró después de tomar un poco del jugo. Lances se sentó a la otra orilla de la mesa.
-¿Cómo que "Y"?- cuestionó el mayor de los dos-. Léelo y verás.
Kai agarró el trozo de papel grisáceo y empezó a leer la famosa convocatoria. Vaya, un torneo donde los mejores serán divididos en equipos de tres y los acomodará la federación a sus anchas. En resumen: Caos total.
Si así estaba la situación, él no participaría. No le agradaba para nada la idea de estar en un equipo del cual ni conocía. Aunque pensándolo bien era el campeonato mundial, eso entraba en conflicto con sus expectativas.
Frunció el ceño, ¿Por qué cambiaban el formato?, ¿no tenían ya con lo del año pasado?
Parecía que no.
Intentó, sin muchos logros, ignorar a Lances, mientras terminaba sus alimentos. Su compañero, estaba revisando la humedad del helecho que descansaba enfrente del ventanal, en su mesita cerca de la pecera, para luego irse al lado a limpiar la alacena. El comedor miraba al jardín trasero, las pequeñas cortinas de seda movidas ligeramente por el viento te invitaban a salir a tumbarte a césped recién cortado.
A pesar de lo sangrón que podía ser, él se encargaba de la limpieza del comedor. Desgraciadamente, Kai también tenía que colaborar. La sala era la más dificil, barrer debajo de los sillones, ver que las cortinas estuviesen limpias, desempolvar la mesa de centro, sus adornos, limpiar los ventanales...
El primer día la odió, no quería ni pensar en tocar una escoba. El segundo quiso incendiarla, nuevamente tenía que agarrar un trapo. Al mes, tuvo la tentativa de escapar, como siempre, esas cosas no las hacía él. Al final, se acostumbró, era una vida diferente. Nada de sirvientes, todo por la mano de los hogareños. Había aprendido, tal vez, inconscientemente, lo que sentía un chico normal.
Se lavó las manos, después de la rutina diaria de pulcredad. Seguía con al tentativa de caminar un rato en la costa.
Tomó su cartera de la mesita redonda que contenía el teléfono, cerca de la puerta. Observó por un momento la sala antes de salir. Si no fuera por eso, se habría dado cuenta que al pie de la entrada al hogar descansaba un paquete. Se tropezó con el, dejándole a medio camino de caer por las pequeñas escaleras que daba a la calle.
Fastidiado, volteó a ver la caja. Traía una carta.
Por instinto, viró su mirada a los alrededores, no era común dejar un paquete sin haber tocado el timbre ni pedir la firma. No había nadie, solamente un gato que pasó entre los arbustos donde las flores desprendía su aroma.
Tomó el paquete con desconfianza y la carta. Decía "Para: Hiwatari"
Definitivamente alguien sabía donde estaba. Ni siquiera Robert sabía, quien vivía en la parte más alta y adinerada de Londres. Kai había procurado no toparse con él ni con nadie, y sumándole que ahora no iba a la escuela privada, era inverosímil. Siempre tomaba clases en una escuela no muy conocida fuera de la ciudad por lo mismo.
Más, claro, por que a Jessica prefería las cosas simples, a pesar de que trabajaba mucho y vivían en una colonia acomodada.
"Lo siento, Kai. Vives en mi casa, sigues mis reglas", cómo no recordar ese día, se había molestado tanto por aquella aclaración que le dieron ganas de marcharse y nunca volver. Ironías de la vida.
Kai subió a su cuarto, puso el paquete en la mesa y quedó en sus manos, la carta. No parecía peligrosa, por lo que sacó su contenido. Nuevamente una hoja negra escrita con tinta blanca.
"¿No tienes curiosidad?" Rezaba.
¿Qué demonios quería decirle? Era un desafío, evidentemente. Lo estaban retando a abrir el paquete. Pero, ¿Para qué?
-Oye, Kai. ¿No te habías ido? -gritó desde las escaleras, Lances.
No contestó, parecía su niñero.
-Bueno, Habló mi mamá, dice que tardará mas de la cuenta en llegar - silencio total-. Así que pediré una pizza.
Volteó hacia la puerta. Ya estaba acostumbrado a que a veces ella se fuese temprano a trabajar y volviese de noche. Pero como ninguno de los dos era capaz de tomar una sartén, optaban por lo fácil.
Volvió a concentrarse en el paquete.
Al final, lo rasgó después de darle vueltas a la caja y comprobar que no era peligroso. Odiaba no saber que sucedía, la información ante todo.
Un libro viejo de pasta gruesa café se asomó entre el papel condenado al basurero.
Lo ojeó, denotaba un color opaco y algunos contornos mordisqueados. Tenía grabado en su contextura un leguaje que no conocía, parecido a los jeroglíficos egipcios o de alguna cultura vieja.
Kai movía con paciencia las hojas, mostrándose poco a poco imágenes desgastadas de un tono que pudo haber sido negro. Se concentró en darles forma; un águila, un conejo, luego otros, como monos, elefantes, felinos de gran tamaño o eso parecía. Encontró hasta animales raros que no existían o posiblemente extintos.
Conforme veía, Kai empezaba a creer que el libro era una especie de bitácora, como un registro de animales. Luego, encontró varios códices y cuando llegó al final, una foto muy vieja cayó al suelo.
Era una excavación, varias piedras enormes figuraban entre tantos arqueólogos. También se podía ver un poco de maleza. Uno de las personas congregadas en la foto, cargaba un libro, el libro y a la izquierda estaba escrito el año "1912".
Kai, se sentó en la cama. Curiosidad, tenía que admitirlo, estaba un poco intrigado.
Cerró los ojos para intentar visualizar algunas razones válidas que pudieran relacionarse con el libro.
La carta era un pista que llegaba a Alemania, pero ¿Y si no fuera ese el lugar?
Un libro, una foto. Tenían que haber llegado de algún lugar. El problema era saber.
"Esto es un juego" vislumbró entres sus pensamientos. Cizaña. Posiblemente y podía ser factible el hecho de que una persona tenía ganas de que él participase en un juego. Kai recargó los brazos en sus piernas. No le gustaba esto, no quería ser una marioneta de nadie.
Dejó las cosas en el cuarto saliendo estrepitosamente de la casa.
El ruido de los autos se escuchaban como un eco sonoro bajo. Los rascacielos tapaban el cielo y el humo entregaba una niebla densa. Los habitantes acostumbrados al clima, se les hacía indiferente. Kai tuvo que deslizarse entre las personas, contra corriente. Jamás le gustó seguir un mismo camino. Prefería mil veces las estocadas y la soledad, que el devenir sin golpes y empujes de gente que siguía el ritmo de la ciudad.
Por eso, la palabra marioneta vorboteaba enfrente suyo, le hacía ebullir el saber que alguien quería usarlo o por lo menos hacerlo entrar a su terreno. Uno donde, con mucho coraje para dejar su orgullo, le intrigaba de sobremanera.
Tomó un camión en la primera parada que vio después de regresar a la realidad. Cintas de paisajes se introducían a la vista del joven mientras la clavaba en la ventana. No sentía nada, hacía tanto que había exprimido cada recondito lugar, cada roca, cada riachuelo, que habían perdido el interés que anteriormente le profesaban.
Kai bajó para dirigirse al peñazco y encontrarse con el mar. El único lugar en el mundo que no había perdido las ganas de saber que pasaría. El mar era un tumulto de secretos conferidos en cada molecula liquida de su ser. Siempre en movimiento y de vez en cuando golpeando las rocas reafirmando su existencia. Sentía la brisa mojada. Simple tranquilidad. Contandole en su idioma, anecdotas ignoradas de diferentes lugares y épocas. El mar siempre narraba un historia diferente.
Detrás de el se erguían las bodegas donde la carga traida se almacenaba. Los barcos se mecían en el agua un golpe destrozo la paz reinante del lugar. Kai prestó atención, ese tipo de ruido no era común.
Otro golpe. Kai se enderezó para tomar mejor el panorama, cada minuto que pasaba se escuchaba un sonido continuo. Se puso en guardia en cuanto vio un blade negro aparecer cerca de las bodegas.
El blade permaneció girando en su lugar. Kai con sigilo se dirigó a el. Tal vez en algún momentos saliese su dueño. No sucedió, llevaban varios minutos en lo mismo y Kai sólo esperaba un ataque, el trompo seguía girando.
Entonces, se sintió una ráfaga arreciar con fuerza, Kai tuvo que cerrar los ojos por un rato para luego sentir un golpe contra su espalda.
Cayó al suelo, en cuanto abrió los ojos, el blade seguía en el mismo lugar. Kai no entendió lo que sucedía. Pero no tuvo tiempo de hacer conjeturas, el trompo se arrancó para con él y con todo la agilidad con la que pudo, le esquivó.
Casi conseguía su objetivo. Consiguió levantarse pero su enemigo desapareció de su vista. Su girar lo ubicó un poco, tal vez no podría verlo mas si ponía antención encontraría la forma de liquidarlo. Sacó su blade y propulsor. El viento volvió a levantar vuelo contra él y, como un resplador, se dirigió a Kai con potencia, como si de un disparo se tratase. Por instinto golpeó con la mano a su agresor luminoscente, logrando que se tambaleará un poco en el suelo.
Aquel blade era blanco. Sorprendido quiso ver en donde estaba el primer blade con el que había empezado. No lo escuchaba, era como si se sincronizara con el blanco que ahora recidía a pocos metros de él, débil, intentado no detenerse.
La bufanda se movía en ondas, simulando a mar en toda su blanqueza. Ese era su carta de triunfo. En cuanto la bufanda se tironeo, supo que iba a hacer atacado desde detrás. En cuestión de minutos, el blade negro lo ancanzó, rozandole un brazo. Kai había conseguido moverse unos cuantos centimetros.
Los dos beyblades se juntaron luego del ataque. Empezaron a danzar entre ellos, pudo ver en sus piruetas unas imagenes como códices, después, desaparecieron en una cortina de polvo.
Empuñó las manos. "Así que quieren jugar con fuego" Kai empezó a entender. El libro tenía algo que ver con los blades y con lo que estaba sucediendo desde que fueron a Alemania. No sabía perfectamente lo que sucedía pero siendo como el sabe que es y era, lo encontraría costasele o lo que le costase. No iba a ser fácil, no iba a ser una marioneta, pero jugaría y sería a su manera. Querían fuego, entonces fuego es lo que obtendrían.
puntuka91, no, no lo dejaré a medias. Sólo que la escuela y la vagancia, pues te alejan de escribir.
Pero está aquí, espero esté emocionante puesto que puse cosas pasadas y lo que vendrás.
Hasta la próxima.
