Estaba a punto de anochecer, cuando Dean despertó. Abrió los ojos, pero no se inmutó, sólo miró al techo por un momento y trató de moverse, pero algo se lo impidió, algo que estaba apoyado sobre él y que por un segundo, le costó situar. Volvió la cabeza hacia aquel bulto y fue entonces cuando los recuerdos regresaron de golpe a su mente.
Al ver el cuerpo desnudo de Sam sobre el suyo, sus brazos alrededor de su cintura y sus piernas casi entrelazadas con las suyas, retumbaron en su cabeza, las últimas palabras que había pronunciado su hermano antes de que entraran en la habitación y se dejaran llevar por el deseo de ambos. "¿Qué pasa si ya lo he encontrado, si no quiero buscar a nadie más?" Pero un segundo después, estalló en su cabeza lo que él le había dicho, no sabía si por el momento de pasión, por todo lo sucedido aquella noche y por algún otro motivo, en el que prefería no pensar en ese momento. "Te odio Sam, porque no puedo quererte más"
Sam suspiró profundamente y abrazó, inconscientemente, a su hermano todavía más. Parecía tan inocente y le recordaba tanto al pequeño Sammy que con tanta dedicación había cuidado cuando eran pequeños, al que tanto adoraba, que Dean no pudo evitar sonreír al mirarlo.
Dejó que su mano se perdiera entre el pelo de su hermano, jugando con algunos mechones que le hacían cosquillas en la cara, pero que no trató de apartar siquiera y por un instante, se detuvo a oler su aroma, aquella fragancia natural que tanto le excitaba cuando le besaba, cuando le susurraba al oído, y que ahora se había mezclado con el sudor que había inundado ambos cuerpos unas pocas horas antes.
La respiración de Sam, era tranquila, posiblemente como no lo había estado en mucho tiempo. Desde luego, no como la noche anterior y como ese mismo día por la mañana. Dean no recordaba en que momento exacto se habían quedado dormidos, ni cuantos abrazos, besos y caricias habían recorrido la habitación; pero si recordaba perfectamente el momento en el que entraron.
Todo había sido muy rápido o al menos eso le pareció a él, porque no era capaz de calcular el tiempo transcurrido desde que aparcara el coche, hasta que habían entrado en la habitación. Dean no estaba dispuesto a pensar en lo que sentía, en saber si las sensaciones que lo estaban enloqueciendo de repente (¿O ya estaban ahí anteriormente?) acababan de llegar o simplemente había preferido no escucharlas. No al menos hasta el día siguiente, cuando tuviera la mente más despejada que en ese momento.
Estaba tremendamente confundido, pero al mismo tiempo, desbordado por la pasión. Había besado a su hermano en el coche durante un largo rato, haciendo a un lado sus pensamientos, había devorado su boca con avidez, dejando que sus manos sintieran estremecerse el cuerpo de Sam, deslizándolas por sus hombros y agarrando sus caderas, hasta casi atraerlo hacia si mismo.
En otro momento, sin duda hubieran terminado acostándose en el coche, hubiera llevado a Sam a la parte trasera del Impala y hubieran pasado allí la noche, pero en ese momento no, Dean necesitaba moverse con libertad sobre su hermano, sentir todo el cuerpo de Sam contra el suyo, notar su respiración y como se iba acelerando tanto como la suya. Salió del coche y cerro la puerta de un golpe, dirigiéndose a donde estaba Sam.
Antes de que Sam saliera también del coche, Dean agarró su mano y le hizo levantarse de un salto, atrapándolo con el otro brazo y rodeando su cintura, hasta que apenas los separaban unos pocos centímetros.
En completo silencio, Dean fijó su mirada en los ojos verdes de su hermano y durante un breve segundo, como hipnotizado por Sam, quiso decirle todo lo que sentía, sus dudas, sus miedos, los sentimientos que apenas entendía, todo lo que Sam provocaba en él y que tan desesperadamente trataba de ocultar a toda costa.
Pero no lo hizo, no quiso hacerlo, no pudo hacerlo. Lentamente, como si le costara salir del embrujo que Sam le había causado con la mirada, Dean acercó sus labios a los de su hermano y le volvió a besar, dejando que cada segundo fuera importante, que cada respiración de Sam, que cada movimiento de su cuerpo, se grabara en su mente.
Atrapó su mano de nuevo y tiró de él, sin decir nada, hasta la puerta de la habitación. El lugar estaba casi a oscuras y le costó encontrar la cerradura. Mientras permanecía de espaldas, sintió las manos de Sam alrededor de su cintura, su pelo acariciando su mejilla y su respiración sobre su cuello. Dean no se giró y dejó de girar la llave, concentrándose en los labios que ahora recorrían su cuello y lamían cada centímetro de su piel y un pequeño suspiro inconsciente y apenas inaudible, salió de su garganta.
La mano de Sam se alargó hasta la suya, que todavía sostenía la llave dentro de la cerradura, pero que permanecía completamente inmóvil. Su hermano, suavemente, le ayudó a terminar de abrir la puerta, al mismo tiempo que Dean escuchó que le comenzaba a susurrar algo al oído. No llegó a saber lo que era, tampoco quería (aunque en realidad lo estaba deseando). Se dio la vuelta y le tapó la boca con dos dedos, impidiéndole continuar.
Dean no quería saberlo, o al menos es lo que se repetía incesantemente una y otra vez para convencerse de ello, nada de lo que dijera Sam en ese momento iba a hacer que sus dudas desaparecieran, estaba completamente seguro que sería más bien al contrario.
Sam pareció aceptarlo, no intentó continuar hablando cuando la mano de Dean se desvió hacia su mejilla y dirigiéndose a su cuello lo llevo hasta él y lo volvió a besar con pasión, como si se tratara de la última vez que lo fuera hacer.
La puerta de la habitación, en la que se había apoyado, se deslizó de un golpe que Sam le había dado con la mano, cogiéndolo desprevenido y si no hubiera sido por que este lo sujetaba con fuerza, seguramente hubiera caído al suelo.
Dean notó como su hermano lo empujaba hasta el interior y antes de darse cuenta, la puerta estaba cerrada, la habitación casi a oscuras por completo, a excepción de la iluminación exterior que entraba por la ventana y ellos dos, de pie delante de la cama, mirándose el uno al otro, como si el tiempo se hubiera detenido de repente, como si no supieran si moverse o no, por miedo a romper la magia del momento, sólo ahí de pie, uno frente al otro.
"Amor y punto." Cuando aquellas palabras regresaron a su mente una vez más, Dean dio un paso atrás, al sentir la punzada en el estómago. Se dio la vuelta para no ver el rostro de Sam entre las sombras y trató, con todas sus fuerzas de quitar esos pensamientos de su cabeza.
Sin embargo, negar la evidencia no servía de nada, intentar creerse que todo seguía igual, cuando él ya había cambiado, lo estaba matando y ya no aguantaba más. Decirse a si mismo, una y otra vez, que sólo se lo pasaban bien cuando se acostaban, que no era más que sexo y buenos ratos juntos, ya no era suficiente para que su cerebro y sus sentimientos se lo creyeran sin decir nada al respecto.
El abrazo de Sam, lo cogió por sorpresa y estuvo a punto de hacerle tambalearse y perder el equilibrio, pero consiguió permanecer de pie. No sabía si había comenzado a temblar o sólo era su imaginación, pero se sentía frágil y débil, tan sólo arropado por los brazos de su hermano.
El no era así, se dijo, él era el que protegía a su pequeño Sammy, el que le daba fuerzas y lo apartaba de los peligros, él quien lo abrazaba cuando temía a la oscuridad, el que esperaba a que se durmiera antes de acostarse.
Quería girarse y empujar a Sam contra la cama, quitarle toda la ropa y hacerle disfrutar como nunca lo hubiera hecho. Pero en lugar de ello, sólo se dio la vuelta y contempló el rostro de su hermano.
"Dean," De nuevo Dean, quiso evitar que hablara, porque estaba seguro de saber lo que Sam iba a decir y por mucho que en su interior ya lo supiera, no quería escucharlo de boca de su hermano, porque entonces sería como si se convirtiera en algo absolutamente real. Sin embargo, antes de que pudiera volver a sellar sus labios, Sam cogió sus manos entre las suyas propias y le obligó a escuchar. "No lo hagas tan difícil.
Yo no te exijo nada. Sólo he dicho que quiero estar contigo, dormir a tu lado, escuchar tu respiración junto a mi, dejar que te metas conmigo y me hagas rabiar, cazar a tu lado y reírme contigo cuando recordamos las cacerías pasadas.
No hablo de amor eterno, de exclusividad o que dejes de ser tu mismo, porque eso es lo que quiero precisamente de ti. Se tu mismo, pero déjame estar a tu lado."
Dean sintió su cuerpo paralizado por completo y no conseguía pronunciar ni una palabra coherente. Aunque no lo quisiera reconocer, lo cierto era que, él quería exactamente lo mismo. Por eso siempre volvía a dormir a la habitación después de acostarse con alguna chica; quería despertarse al día siguiente y ver el rostro de Sam. Porque al fin y al cabo, quería lo mismo que Sam.
Por eso, siempre acababa cediendo a todo lo que su hermano le pidiera, por eso había ido la fiesta esa noche y por eso había bailado con él. Porque aunque le costara reconocerlo, había disfrutado al ver la sonrisa de Sam en la pista de baile y se había sentido absolutamente orgulloso al verse admirado junto a Sam por tanta gente.
Se sorprendió al descubrir el increíble alivio que sentía, ahora que se había sincerado, al menos consigo mismo, las cosas parecían mucho más fáciles. Sam tenía razón, no había porque complicarlas.
Fue entonces cuando se dio cuenta que no tenía de que arrepentirse al día siguiente, que no había de que avergonzarse cuando se despertara, como si se tratara de una terrible resaca, porque al fin y al cabo no había motivos para ello, esa noche, había reído con Sam y había sido feliz junto a él y ahora que todo estaba claro, que su cerebro volvía a ser el mismo del cazador metódico, sabía lo que deseaba con todas sus fuerzas.
Atrapó el rostro de Sam con ambas manos y mientras veía como este sonreía aliviado a la vez que divertido, le besó de nuevo, pero no con fuerza como la primera vez, sino con dulzura, mordiendo sus labios y empujándolo al mismo tiempo hacia la cama, mientras con las manos le iba desabrochando la camisa.
Una vez en el borde de la cama, empujó a su hermano sobre esta y por un momento, sólo lo miró, pensando en lo mucho que Sam le había cambiado en los dos años que estaban juntos y se preguntó hasta donde llegaría mientras siguieran así, uno junto al otro.
Posiblemente le daba miedo pensar en la debilidad y los peligros que entrañaba abrirse a otra persona, pero también sabia que mientras Sam estuviera a su lado, junto a él, ese no sería un problema para él, porque Sam lo conocía tan bien que no necesitaba escuchar de sus labios lo que le ocurría, mirarle a los ojos era suficiente para saberlo.
Sam lo miraba desde abajo, sonriente, apoyado en sus brazos. Se arrodillo en la cama y se acercó a Dean, le quitó la americana y la dejó caer al suelo. "Estas demasiado tenso todavía. Déjame ayudarte."
Dean se quedó quieto, mientras Sam fue desabrochando los botones de su camisa, muy lentamente, como si con cada uno, Dean se acercara un poco más a él, como si lo liberara de unas cadenas invisibles que lo aprisionaban. Sam deslizó sus manos hasta tocar la piel de su espalda y Dean pareció estremecerse.
Sam lo acercó hacia si, haciéndolo subir a la cama, se reclinó de nuevo y Dean vio como lo miraba sin más, tal vez esperando, tal vez, simplemente mirándolo. Dean también se detuvo a mirar a Sam y al hacerlo, sintió un calor interno que crecía por momentos. Se quitó la camisa, que ya le empezaba a molestar y se recostó sobre su hermano, casi sentándose sobre él.
También le quitó la camisa por completo, mientras le iba besando el pecho y subía hasta el cuello, mientras con las manos iba desabrochando el cinturón. Notó las manos de Sam alrededor de su cuello y acariciando su pelo y unas ganas irrefrenables de besarle lo llevaron hasta sus labios.
A partir de ese momento, Dean sintió algo en su interior que había reprimido desde que le había dicho aquello a Sam, un sentimiento de libertad que le hizo acariciar cada parte de su cuerpo, besar toda su piel y sentir cada gemido, cada suspiro que producían sus manos y su boca sobre los rincones mejor guardados de Sam, que sólo él conocía a la perfección y cada estremecimiento de placer.
La noche le pareció eterna a Dean, perdidos como estuvieron entre besos y caricias, miradas furtivas a Sam mientras lo penetraba para asegurarse de que estaba disfrutando tanto como él y el verlo sonreír y gemir de placer, el sudor de los dos mezclándose en ambos cuerpos.
Finalmente, exhaustos los dos, se habían quedado dormidos a alguna hora del día siguiente, uno en brazos del otro, Sam abrazado a Dean y este rodeando con sus brazos el cuerpo de su hermano y ahora que lo miraba, desnudos los dos en la cama y sintiendo su suave respiración sobre su propio pecho, sabía que por mucho que hubiera crecido y a pesar de ser más alto que él, seguía siendo su pequeño Sammy.
