For the Rose and the Lion 8

8: Meet the Twins, the Great Game and…

A los 6 años los padres de Gregory Lestrade se divorciaron y casi al mismo tiempo su diagnóstico de déficit de atención se confirmó y se volvió insoportable. En la escuela era incontrolable y si no fuera por la situación familiar, lo habrían expulsado. Tomó medicamentos pero no parecían tener gran efecto y no había segundo en el día en que parara, nunca se detenía. En terapia les sugirieron que debían darle estabilidad, que tuviera que ir y venir entre casa de su padre y su madre no estaba ayudando, así que tomaron una decisión de lo más extraña. Greg permanecía y cada dos semanas, su padre y su madre se alternaban para cuidarlo, pero eran ellos los que cambiaban de casa. Su madre rentó un departamento en Soho, exageradamente caro pero cerca de su trabajo y su padre vivía en casa de sus abuelos, en los suburbios.

Y Greg los veía ir y venir. Odiaba las dos semanas con su madre, porque ella nunca estaba, le había encargado a una vecina, cuyo hijo iba a la misma escuela, que lo trajera por la tarde y entonces Greg, se salía a jugar con los niños de la cuadra hasta que veía a su madre caminando desde la estación de metro cercana; regresaba corriendo a su casa, prendía las luces y la televisión y sacaba sus cuadernos y comenzaba a batallar con su tarea. A veces daba media noche y no podía terminarla y su madre no dejaba de gritar y desesperarse.

Las dos semanas con su padre eran mejores, lo llevaba y lo recogía de la escuela y después lo llevaba por unas tres horas a su trabajo, donde podía ir y venir a su antojo por los pisos de la oficina si prometía no romper nada. Por la tarde regresaban caminando a la casa, cenaban y batallaban con la tarea. Lo bueno es que el padre de Greg no gritaba cuando su hijo dejaba los cuadernos aventados y ya estaba conectando la consola de videojuegos. Los fines de semana iba a terapia y cuando recomendaron una actividad deportiva para canalizar su energía, resultó que el fútbol fue la mejor opción. Había un torneo en la oficina de su papá y cuando los veía "jugar" le daba un poco de risa, ninguno parecía saber lo que estaba haciendo. Su padre lo encontró jugando contra un montón de cuarentones y ni así lo podía detener, hasta que claro, a uno se le ocurrió aventarlo. En vez de quedarse en el pasto llorando, se levantó y recuperó el balón y les anotó un gol. Después permitió que su padre se peleara con el tonto que lo había aventado y él se limpió la raspada de su rodilla con un poco de saliva.

Y así fue como terminó aprendiendo a jugar, con todas las reglas, siendo parte de un equipo y yendo a mil torneos entre los 6 y los 12 años. Su padre lo llevaba por las tardes y cuando llegaba a su casa, hacía la tarea en media hora para poder dormir. Su cuerpo le exigía descanso para que al siguiente día pudiera rendir al máximo. Dejó de tomar pastillas, porque lo hacían sentir lento y aun así, no causaba destrozos en la escuela, para él era casi como estar curado. Cuando estaba con su madre, él solo iba a los entrenamientos, él lavaba su uniforme y él calentaba la comida que dejaba su madre y para cuando ella llegaba, la tarea estaba hecha y él se había ido a dormir por lo menos media hora antes. Su madre sonreía pero ella jamás se involucró en su relación con el fútbol. Y sin embargo, ahora, es la primera en dar entrevistas sobre su hijo e ir a programas matutinos cuando se lo solicitan.

Todo estaba bien cuando de repente, dos años después del divorcio, su madre se volvió a casar y a los seis meses de eso, resultó que tuvo gemelos, un niño y una niña muy lindos. Ella quería que Greg fuera a vivir a la casa que tenía con su nueva familia pero él se negó. Entonces el acuerdo cambió y su padre se mudó de regreso a la casa con él y los fines de semana, cada dos semanas, iba por dos días a casa de su madre, a convivir con sus medios hermanos. No era una mala relación, pero prefería estar con su padre.

Ahora, cuando el viaje a Brasil se presentó, él los invitó, pero su madre prefirió quedarse porque la habían incluido en un panel que evaluaría los juegos todas las mañanas desde la perspectiva de las señoras "maduras" y ella era la estrella, claro, siendo la madre del capitán de la selección. Su padre, tuvo que declinar por un problema de presión alta mal controlada, no podía hacer un viaje en avión tan largo hasta que terminaran de hacerle unos estudios de corazón. Así que los que acabaron aceptando la invitación fueron sus medios hermanos, los gemelos de dieciocho años, Gavin y Gail.

Así que cuando por fin llegó a Río de Janeiro, un día después del resto de su equipo por haber tenido que quedarse a evaluación en el hospital, sus hermanos lo recibieron con emoción, habían estado disfrutando de Brasil en los días que no había partido y se les veía bastante quemados por el sol. Su entrenador sólo les dio un día de descanso y por lo tanto, se tuvo que conformar con unas horas en Río antes de irse a recluir al hotel para comenzar la preparación al día siguiente. Y de hecho todo lo hizo ante la atenta mirada de su entrenador, quien no quería que a quien tuvieron que hacerle una tomografía por estar inconsciente en el campo y al que se salvó de una fractura de nariz, se pusieran a beber de manera irresponsable. Por lo tanto, y aunque quiso marcarle a Mycroft, era algo que no iba a hacer frente a su entrenador, era definitivo, no lo habría frente a él. Así que llamó a su padre para contarle todo lo sucedido y fue todo, después de eso se prohibieron las llamadas, les quito los celulares y los metió a todos a sus cuartos para que descansaran.

Pero Wayne y él tenían un plan. Antes de perder sus celulares, Wayne le había mandado un mensaje a Mycroft de que llamara a las 11 de la noche, tiempo de Brasil, esperando que pudiera hacer las cuentas de la diferencia de horario porque a ellos dos se les complicaba y no tenían ni idea de qué hora era en Londres. A las 10:30 horas salieron de la habitación, no eran unos niños chiquitos, pero aun así los estaban vigilando, por lo que se quedaron nerviosos esperando que se abrieran las puertas del elevador para poder bajar a la recepción. Se quedaron parados detrás de una maceta, por fortuna el lugar estaba en constante movimiento, a pesar de la hora de la noche. Estaban junto al mostrador principal, donde una señorita revisaba su computadora, cuando justo al momento en que el reloj daba las 11, el teléfono sonaba. Puntualidad inglesa, perfecto.

-¿Habitación 4422? –dijo ella en perfecto inglés- Lo siento señor, tengo prohibido pasar las llamadas para ese piso.

Al instante los dos saltaron frente a la chica y Wayne comenzó a hablar tan rápido que ella se quedo un poco sorprendida, lo suficiente para que Greg le quitara el teléfono de las manos sin que ella protestara.

-¿Mycroft? –dijo casi con anhelo sabiendo que sería una conversación de lo más corta porque no tenían tiempo. Sabía que su entrenador tendría los ojos sobre ellos y más porque había sido imposible que los separaran, aunque hubieran querido que no compartieran habitación, llevaban años siendo compañeros y sólo entre ellos toleraban sus manías.

-Sí Greg, soy yo –respondió la voz educada del otro lado de la línea. Greg no recordaba la llamada del hospital, creyó que había sido un sueño pero Wayne le juró que no, que había sido real y que le marcaría por la noche al hotel.- ¿Cómo estás?

-Bien, con algo de dolor de cabeza pero nada del otro mundo –respondió, no pudiendo creer que de verdad estuvieran platicando, después de tanto tiempo- Escucha Myc, el entrenador nos va a tener recluidos hasta el día del partido, no tenemos celulares así que no vayas a marcar y de hecho ahorita venimos a interceptar la llamada a la recepción.

-Entiendo, es importante que te concentres –respondió él como si fuera lo más natural del mundo. Greg se sintió tan bien de que fuera tan fácil para él comprenderlo.

-Cuando regrese a Londres nos veremos ¿te parece? –preguntó Greg.

-Claro, llámame en cuanto llegues –respondió Mycroft.

-En cuanto toque el avión tierra te estaré marcando –dijo Greg rápidamente. La puerta del elevador frente a ellos se abrió y con horror vieron que su entrenador salía de él, al encontrarlos, su rostro comenzó a transformarse.

-¡Lestrade! ¡Rooney! ¡Qué se supone que están haciendo aquí abajo! –gritó.

-Me tengo que ir amor –dijo y colgó al instante. No eran niños chiquitos pero a veces se comportaban como tal, saltándose las reglas y haciendo su voluntad. Wayne se quedó a su lado como siempre, desde el día que se conocieron supieron que estuvieran donde estuvieran, la amistad duraría toda la vida. Hasta ahora habían tenido suerte, seguían en el mismo equipo y Greg no se imagina a otro compañero, los demás podía ir y venir pero él no se imaginaba jugar al lado de nadie que no fuera Wayne.


13 de julio 2014

Mycroft pasó los días hasta la final en estado de ensoñación. Lo bueno es que ya no tenía clases y sólo iba por los exámenes de aquellos que no habían aprobado el curso. Cuando vio las hojas con las respuestas de sus siete alumnos reprobados, suspiró, y tuvo que confirmar que ni con el último examen podían pasar. Vaya, ni cómo ayudarlos. El sábado compró cosas para ver el juego, una tonelada de comida chatarra, mucha latas de refresco y cerveza en botella. El domingo despertó y fue a comprar un café y unos sándwiches, porque en su refrigerador no había espacio ni para jamón. Las calles de Londres estaban recubiertas de banderas blancas y rojas y cada persona con la que se cruzaba tenía algo alusivo a la selección, o el jersey o un sombrero alto con los colores de la bandera o ya se habían pintado la cara. El vestía el jersey de Greg, lo había usado para dormir y no pensaba quitárselo por nada del mundo, lo había comprado a principios de año cuando se hizo oficial que estaría en la lista de convocados para la Copa del Mundo y era su tesoro.

Cuando regresó Sherlock ya estaba de pie y vestido. John no se tardó en llegar junto con Mike, lo hizo arrugar la nariz a su hermano que no toleraba muy bien le hecho de que John tuviera otros amigos. No se daba cuenta de la diferencia entre Mike y él, aunque esta fuera obvia para todos los demás. Su madre llegó después armada con varios vasos de jugo de naranja, los cuales le fueron arrebatados a cambio de unos rápidos "gracias" antes de ser consumidos con celeridad. Ella sonrió, le gustaba el cambio en sus hijos y aunque el de Sherlock fuera el más evidente, Mycroft también era otra persona. Su hijo mayor era frío, no lo podía negar, no vivía dentro de un caparazón como Sherlock, pero era muy cerrado, callado y por lo mismo, costaba mucho poder acercarse a él. Ahora sonreía ante la menor provocación y hablaba de las cosas que pasaban por su cabeza, aunque fueran trivialidades. Aunque el hecho de que faltaran dos días para que Greg regresara a Londres podía influir mucho en su estado de ánimo.

Cuando las chicas llegaron traían cornetas y un tambor. Mycroft las miró extrañando, ¿de verdad esperaban tocar esas cosas en su departamento? Ellas sonrieron y fueron a saludar animadamente a los demás presentes quienes no tardaron mucho en hacer sonar las cornetas y Sherlock se apropió del tambor. Sentía que tal vez le iba a dar dolor de cabeza pero conforme se acercaba el momento de que comenzara el encuentro, vio que una buena manera de sacar al estrés era hacer ruido. En la televisión pasaron un previo al partido, con un análisis de los jugadores brasileños, que aunque le preocupaban a Mycroft, sabía que Greg y los demás estaban en el mejor estado anímico. Era cuestión de demostrarlo, que eran mejor que los locales y que pararse en el gran estadio de Brasil, el Maracaná, no era ningún factor que les fueran a dar una ventaja al equipo contrario.

O eso esperaba, porque estaría 73 mil personas en el estadio y esperaba que los ingleses gritaran muy fuerte.


La mancha blanca y roja se veía pequeña en comparación con la marea amarilla que se había apoderado del graderío del estadio. El Maracaná, remodelado y perfeccionado era impresionante y nada más tocar el campo sintió la presión. Trató de relajarse, trató de concentrase, imaginó la voz de Mycroft y se repitió que su vida cambiaría después de esto, quera una transición. Llegar a la cima, tenía que lograrlo, no era imposible. Estaban parados frente al equipo más famoso del mundo pero eso no los hacía mejores que ellos, sólo tenían que demostrarlo. Los nombres no sonaban tan espectaculares como antes, de hecho conocía a bastantes de los brasileños y no era como tener que enfrentarse a Pele, eso si que lo hubiera asustado. Pero aunque todos hablaran de Neymar, para él no jugaba bien y lo probaba que sólo había logrado dos goles en todos los partidos y Thiago, el capitán, jugaba con los franceses, no esperaba gran cosa de él.

O tal vez fue que de verdad salieron inspirados.

Cada que tenían posesión del balón era conseguir un tiro a gol. Y tenía razón, del defensa que jugaba con los franceses no obtenía nada, hizo de él lo que quiso. El otro, el del Chelsea, tenía más su estilo y se paraba mejor frente a él pero ni así consiguieron detenerlos. Era como tener seis años de nuevo, toda la energía del mundo y muchas ganas de demostrarle a los cuarentones que un niño podía ser mejor que ellos. Aquellos que conocieron a Greg de niño sabía que era así como se veía cuando no tomaba sus medicamentos, de arriba a abajo, casi como si tuviera el don de la ubiquidad y estuviera en todos lados. Y Wayne lo aprovechaba porque cada que los brasileños creían que Greg se comería el balón para él, para buscar el gol, se la servía a su amigo. Esa no era la estrategia normal, en general ambos buscaban anotar, pero esta vez no le importaba eso, lo que quería era ganar y si se podía golearlos en el proceso, estaría más que feliz.

Al medio tiempo tenían ventaja de tres goles a cero y parecía que Inglaterra estaba sola en el campo y que a Brasil se le había olvidado salir a jugar.


Mycroft estaba seguro de que lo que Anthea y Molly intentaban bailar no tenía nada de samba, esas mujeres simplemente no sabían mover las caderas. Mike aplaudía, su madre contenía una carcajada y la dupla inseparable de John y Sherlock estaban ignorando todo y discutiendo la posible estrategia que seguirían los ingleses en el segundo tiempo. Claro, esto lo hacían en plan cebolla. Algunos los llamarían posición cucharitas pero con su hermano las cosas funcionaban diferente, porque estaba literalmente pegado a la espalda de John con sus largas piernas enredadas en su cintura y descansando su cabeza en el hombro de él. Eran como capas de cebolla tan pegadas una con otra que era difícil separarlas. Socialmente aquello sería inadecuado, se suponía que eran amigos y tenían un mes de conocerse, ¿pero a quién demonios le importaba eso? Si por Mycroft fuera podían quedarse así toda la vida.

Durante los minutos que faltaban para que se reanudara el partido Mycroft recordó la extraña sensación que lo recorrió cuando Greg lo llamo "amor". No era por otra cosa, seguro que sólo fue una manera de llamarlo, pero había sido la cosa más hermosa que había escuchado después de la voz de su hermano. Al día siguiente Anthea lo había interrogado, casi le pone una lámpara frente a la cara para que confesara lo que había dicho Greg en esa llamada y cuando se lo dijo, comenzó a gritar como loca. Después de eso se enfrascó con él en una conversación sobre lo que debería hacer cuando finalmente lo conociera y no podía creer las veces que sugirió que antes que otra cosa pasara, debía "comerle la boca". No entendía la expresión y Anthea pasó buenos diez minutos riendo sobre los besos aburridos que Mycroft había tenido en su vida.

Cuando los jugadores regresaron al campo, de inmediato las cámaras se fueron sobre Greg y Wayne, quienes estaban hablando, Sherlock de inmediato se acercó lo más posible a la pantalla y después de unos momentos, cuando la imagen cambió, se levantó con una sonrisa en los labios.

-¿Qué? –preguntó Mycroft.

-Nada –respondió Sherlock aunque todos estaban conscientes de que había podido saber lo que se habían dicho los dos jugadores.

-Dime –le exigió Mycroft pero su hermano ya había ido a tomar refugio detrás de John quien parecía retar a Mycroft a que intentara algo. En parte le maravillo la tremenda lealtad que parecía tener para con su hermano, era sorprendente que en tan poco tiempo hubieran desarrollado un lazo tan profundo.

-No –respondió su hermano y entonces el silbato se escuchó y nadie pudo pensar en otra cosa que no fuera el juego.


-¿Que le dijiste qué? –preguntó Greg aunque había escuchado perfecto. Estaban parados en el campo, esperando el inicio del segundo tiempo.

-Lo que oíste, que me invitaran a la boda –dijo entre risas aunque alguien que conociera lo suficiente a Wayne sabía que estaba hablando en serio.- Oye, me merezco ser el padrino. Juro que te mato si eliges a tu medio hermano, de verdad, te mato.

-¿Cómo puedes pensar en eso? –dijo Greg aunque también se reía. Si algo le causaba una sensación incontrolable de nerviosismo, no era el hecho de que faltaran 45 minutos más para ser campeones del mundo, sino que al regresar a Londres iría a ver a Mycroft.

-Llevas años suspirando por ese tipo, seguro se conocen y a las dos semanas ya se casaron –dijo Wayne y Greg no pudo evitar imaginarlo, lo cual no quería hacer, porque mil cosas podían suceder, a lo mejor al pasar media hora juntos resultaba que no se toleraban.

-Baboso –dijo Greg y ambos rieron.

Unos segundos después el árbitro reanudó el partido y ambos intercambiaron sus miradas, habían dejado atrás la platica relajada y durante lo que durara el segundo tiempo, estaban en modo batalla.

Con forme fueron pasando los minutos y el marcador no cambiaba, el ataque de Brasil se hizo más agresivo. Una sucesión de fueras de lugar y faltas hicieron que Wayne casi comenzara una pelea, Greg se tuvo que parar frente a él y aguantarse los empujones para que no sucediera otra cosa. Tanto su amigo como el brasileño salieron con tarjetas amarillas pero fue todo. Sabía lo que Wayne hacía, cuando parecía que se enojaba y perdía la cabeza, era un acto y eso hacía que el rival pensara que estaba perdiendo la concentración. La siguiente jugada fue un rompimiento el cual rápidamente transformaron en un ataque y los dejó a ambos frente al arquero, cuando pensaron que Wayne tiraría, le pasó el balón a Greg y el portero no alcanzó a regresar a tiempo.

El estadio se quedó en silencio y cuando los ingleses comenzaron a gritar, hicieron un escándalo tremendo para ser una minoría.

-¡A huevo cabrones! –gritó Wayne cuando se separó del abrazo que compartía con Greg.

-¿Qué? –preguntó Greg casi a punto de echarse a reír.

-Ni idea, es algo que grita Javier en los entrenamientos y suena muy bien–respondió antes de separarse de su amigo para prepararse para el retorno de los brasileños. Pero no hubo retorno, estaban abajo por cuatro goles y los minutos parecieron correr, tuvieron varias jugadas de peligro y fue todo.

Cuando el árbitro terminó el partido los brasileños se dejaron caer en el pasto sin poderlo creer. Greg saltó en la cancha alzando los brazos y los ingleses en el estadio estaban haciendo su propia batucada. Wayne agarró a su amigo y ambos siguieron saltando. Los demás jugadores los fueron alcanzando hasta que todos los convocados estaban en la cancha dando saltos en círculo sin poderse detener. De inmediato las entrevistas antes de que fueran al vestidor para luego regresar a la ceremonia de entrega de la copa. La reportera de la BBC casi se tira frente a Greg para lograr que le dijera unas palabras. Lo usual, como se sentía y como había sido el partido para él.

-¿Tu familia? –dijo ella.

-Mis hermanos están aquí, eran los que gritaban más fuerte –dijo entre risas.- Mi madre en algún estudio de televisión y mi padre en casa, tiene problemas de corazón ¿sabes?

Antes de que la reportera pudiera preguntar algo más, Wayne se cruzó frente a cámara y gritó "¡me invitan a la boda!" Desapareció después de eso y la reportera estaba un poco confundida.

-¿Tienes novia? –fue lo único que alcanzó a preguntar.

-Está loquito, falta mucho para que haya una boda –respondió sin realmente darse cuenta de que se había puesto todo rojo. Dio por terminada la entrevista y alcanzó a Wayne en camino a los vestidores.

Cuando recibieron la Copa del Mundo no pudieron contener las lágrimas, él como capitán la tomó en sus manos y la alzó. Lo había logrado, era suya, su nombre estaría en los libros de historia del fútbol, estaba lo más alto que se podía estar. La vida era perfecta.


Dieron una conferencia de prensa en el hotel antes de salir con dirección al aeropuerto internacional de Río de Janeiro. Tenían prisa de llegar a casa, querían celebrar con su gente. British Airways había mando un avión con la foto de la selección y el lema Campeones Mundiales y era hermoso, no podían esperar para abordarlo y volar de regreso a Londres. Las noticias decían que ya había gente el aeropuerto de Heatrow y que esperaban el arribo de mucha más.

Subieron al camión que los llevaría al aeropuerto, como siempre los primero asientos estaban destinados para el entrenador y su equipo, pero justo detrás de ellos se debían sentar Greg y Wayne, que como buenos infantes incontrolables, debían estar cerca de la figura de autoridad. Aunque por esta vez a nadie le importaba que se portaran como unos locos. Detrás de Greg se sentó Joe Hart, el portero, y comenzó una platica animada con él. Eran las tres de la tarde, y si todo iba bien, llegarían a medio día a Londres y al parecer habría un desfile y no sabían qué más. Sería toda una fiesta.

Para llegar al aeropuerto, que esta en una isla, se debe pasar por una carretera sobre la Bahía de Guanabara. Joe y Wayne estaban hablando cuando de repente Greg sintió la necesidad de levantarse, pero no podía porque estaba del lado de la ventana y tendría que haber saltado a Wayne para lograrlo. Entonces vio un gran tráiler que se usa para transportar automóviles nuevos, circular con gran velocidad por el carril contrario, lo vio chocar varios coches frente de él y derribar la barra de contención que dividía los sentidos en la carretera. Lo vio invadir su carril, lo vio chocar su camión de frente. Lo último que vio fue el rostro de su mejor amigo con una expresión de terror indescriptible.

Lo último que pensó fue en su familia, en sus hermanos que habían tomado un taxi para llegar al aeropuerto y que salieron media hora antes que ellos y claro, pensó en que nunca llegaría a conocerlo y en lo perfectamente injusta que era la vida.

FIN DE LA INTRODUCCIÓN


Gracias por seguir leyendo y no se espante, aquí termina la parte introductoria que tenía que ver con el Mundial pero seguiré en unos cuantos días con el resto de la historia.

Soy una maldita, lo sé. Pero si no me conocían antes de leer esto, pues ... lo soy, lo siento mucho.

Esta vez no tengo tiempo para subir agradecimientos, o no de otra manera no lo publico pero sepan que agradezco todos sus comentarios de una manera que no tienen idea.

Gracias por leer estos ocho días y reitero, no se asusten, la historia seguirá en unos días.

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