Life Book
Disclaimer: Death Note es una obra creada por Tsugumi Ōba y Takeshi Obata, publicada por primera vez en diciembre del 2003. Este fanfic tiene apenas meses de vida por lo que es cronológicamente imposible que la serie me pertenezca. El lucro es meramente satisfacción personal y el gusto por escribir, nada más.
Categoría: Aventura - Romance - Humor
Cursiva – Pensamientos o palabras, frases a resaltar...
Narración normal – 1ª persona: Misa.
Parejas: Kukuku… ¿conclusión suya?
Advertencia: Leve spoiler.
Capítulo VII: Vuelco a la interpretación y al pasado.
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En base al dinero, las apuestas se convierten en una adicción. Y sin él, también. Para que la imaginación no vuele por donde no debe, es comúnmente erróneo relacionar las apuestas con un casino, pero no estamos en las Vegas y tampoco contamos fichas de múltiples colores y valores. Ninguno de los elementos nombrados anteriormente son necesarios para que el divertido juego de arriesgar se vuelva en muchos casos una costumbre arraigada, llegando hasta ser enfermiza e insoportable. Con el pasar del tiempo, dicen que no tiene cura, con el pasar del tiempo, hablan de la poca importancia que toma el asunto. Dejando zanjada mi posición y opinión, yo no dejaré que el tiempo pasé más sin hacer algo.
Equivocada no estoy aunque me siento como antagonista, ya que hasta un reloj parado tiene razón dos veces al día. Siempre me dijeron que yo no escucho a las personas que se encuentran a mí alrededor, y ahora entiendo lo que se siente cuando no te escuchan, odio reiterarme y por ello, luego de tantas advertencias, pondré medidas de restricción. Nunca creí tener que llegar a estos extremos pero así había sucedido y si no quedaba de otra, me haría escuchar, oh si, les gustase o no.
Apuesto que las apuestas son perjudiciales y no dejan de ser apuestas, por lo que es imposible que las apuestas se vuelvan un divertido juego. ¿Qué apuestan ustedes sobre las apuestas? ¿Lo mismo que yo aposté?... y como se ve, ni utilizando un juego de palabras el asunto pueden sonarme divertido. ¡Excusas! ¡Vanas y molestas! Era lo que perpetuamente mis oídos recogían cada vez que dejaba alguna queja sobre dicho tema. Pero ya no recibirían quejas, ya no, recibirían un castigo, el tema me tenía hasta la coronilla.
¿Qué acto fue la gota que colmo el vaso de mi paciencia? Habría que retroceder las manecillas del reloj y precisar en el momento en el que ellas habían demostrado ser incondicionalmente adictas al apostar por todo, desde su labores hasta su propia ropa, con tal de competir la una contra la otra en lo que fuera, karate, inteligencia, habilidad, etcétera. Pero todavía las consecuencias no eran tan malas, las que venían a continuación si lo eran y a grandes picos. En las apuestas hay un solo ganador, pues bien, eso significa que el perdedor debe pagar con lo prometido o arriesgado. Siendo ambas pésimas perdedoras, las peleas estaban a la orden del día, ya que había veces que una o la otra no cumplía con su parte prometida.
¡Y ya no estaba dispuesta a seguir con estas situaciones! No solo tenía planeado poner un alto a este jueguito si no que también les demostraría que mi autoridad valía, ya no les permitiría otra ocasión para que se burlasen. Aunque sabía que ellas nunca tuvieron la idea de fastidiarme ni parecer infantiles con ese comportamiento… Asimismo habían demostrado irresponsabilidad y poco respeto por mis advertencias, lo cual no les perdonaría.
Tan competitivas hasta el punto de que olvidaban que eran hermanas, y que tratasen por donde tratasen, siempre verían empates, pues contaban con destrezas y aptitudes muy similares. Antes traté de ignorar esas diferencias y esos cruces que tanto Lizzie como Dallas solían tener entre ellas, esperé que el tiempo curara esas cosas, pero la única verdad aquí era que las había empeorado. Las diferencias no habían disminuido ni desaparecido, de hecho habían crecido.
La pregunta clave para mi era ¿Cómo erradicar esas costumbres? Son muy clásicas y comunes las peleas entre hermanos, y más sin son del mis sexo. No obstante he sido comprensiva contando que fui hija única, traté de entender muchas de sus disputas, pero la frecuencias de estas las hacía ya intolerables. No quiero ser injusta, pero ¿Qué debería hacer cuando en tu casa vuelan objetos con intención dañina? Y en este caso debo hacer la salvedad, el Life Book no estaba entre esos objetos. Y ¿Cuándo los insultos, amenazas dejan de ser una bronca del momento para pasar a ser a veces rencores?
Aunque la situación lo amerite prefiero no utilizar el término castigo, lo que no significa que vaya a ser más blanda o sutil a la hora de ajustar las cuerdas. Mas bien, podríamos decir que lo que emplearé para solucionar la situación es una especie de cura. El ejercicio lo cura casi todo, literalmente. O al menos así lo repetía mi madre en mi adolescencia, frase que llegué a memorizar y de la cual dudo que algún día me olvide. Y que pienso, sin lugar a dudas, aplicárselas a mis dos niñas.
¿Un buen estado físico? Eso estaba por verse, otras de las tantas excusas a las que estoy haciendo oídos sordos en este instante. En ningún sentido descartaré la idea de hacerles pasar la misma vergüenza que ellas me otorgan cuando hacen uso de sus habilidades para pelear, tanto verbal como físicamente, en público. No es muy común para mí el uso del método de darles de tragar su propia medicina, pero analizando las circunstancias, lo emplearía por mero disfrute.
Toda esta mezcla de pensamientos e ideas son la explicación de la siguiente situación, un último comentario: planeé disfrutarlo, lo disfruto y si hace falta lo volveré a disfrutar.
—¡Les pisaré los talones! ¡No quiero trote! ¡Vamos, corran! —grité sin reparar en las molestias. Dejé de oprimir el botón del megáfono mientras con energías las perseguía sin darles tregua, yo también comenzaba a ser avecinada por el cansancio en las piernas pero el detenerme no estaba entre lo planeado. Ahora emprendían a comprender que su buen estado físico por el karate ahora no las salvaría de tan amansadora ola de ejercicio. No obstante yo estaba resguardada un poco mejor que ellas, yo no corro ni troto, de modo que me resta solo ir pedaleando en una bicicleta.
Ellas jadeaban y yo también, pero en mi mente la idea de haberles hecho percibir cuan dura podría ser las consecuencias me satisfacía. Lo disfruto… ¿ya lo había dicho? Tantas excusas dichas por ellas y escuchadas por mí, ahora debían tragárselas intentando no atragantarse. Y los estragos de esta maratón seguramente también me demolerían tomando en cuenta que mi estado físico no es perfecto ni excelente.
Otras de mis ventajas era haber desayunado liviano a diferencia de Dallas y Lizzie que jamás se esperaron tales planes de mi parte. Y más aun si les preparé un desayuno lo suficientemente vomitable a los dos kilómetros de marcha. Quizás me este pasando y de la sensación de ser algo sobrehumana, pero esta 'medicina' tan tajante sería lo que daría fin a las peleas en mi casa. Kukuku… Necesitaré baldes luego.
Este método vendría de antaño, era común que los viejos en la antigüedad castigasen a sus hijos con trabajos cargosos. Puesto de que algún lado mi madre tendría que haberlo sacado.
—¿Dónde están los fans cuando se los necesita? —con esfuerzo y en sus nuevos aires Lizzie reclamó. ¿Fans? ¿Dónde? Estaba con camuflaje, un tanto endeble, pero aun así no era reconocible. Por otra parte por estas zonas no había muchas personas y menos fans, había sido estratégica al elegir los territorios donde residiría mi hogar. ¿Acaso deseaban que hubiese un tumulto a mí alrededor para así poder quitarse de encima a su comprensiva tutora?
Conservé el equilibrio con ambas piernas en movimiento sin tener que acudir al manubrio, tomé la botella de agua del cesto y las rocié a ellas causándoles un sobresalto, reí y ellas seguramente me deben haber maldecido, pero por mucho insulto que pensasen, mis propósitos no variarían.
—Misa-Misa escucha todo... nada se le escapa —me referí en tercera persona como cuando niña y otra vez di uso al útil megáfono, ellas estaban que ardían, decisivamente esto era lo más humillante que podría causarles. No quiero ni saber que estaría pensado los vecinos más cercanos de mis gritos, daba igual ahora, últimamente me venía importando muy poco la impresión de los demás sobre mis actos—. ¡Más rápido! ¡No hemos venido a pisar hormigas!
Agilicé mis piernas y por ende ellas también, no faltaba tanto para que terminásemos con su correctivo… cura, eso, cura. Toda una mañana gastada en esta matutina sesión de ejercicio.
—¿Dónde hay una piedra?... ojala que se tropezase y se tragase el puto megáfono —masculló Dallas, tal vez con intenciones de dirigirse efectivamente a mi al decirlo. Presiono el botón ON del aparato en mis manos, gran error por parte de ella.
—¿Qué parte de que escucho todo no comprendieron? —grité, inclinándome hacía un costado para dirigirme a la mayor, ya registro un cierto desgaste en mi voz por venir vociferando tanto tiempo. Pero puedo asegurar, que no se salvarían a pesar de ello.
—¡No estamos en el ejercito! —Dal continúa, no me explico como, reclamándome. Si tenía suficiente oxigeno como para poder gritarme, eso quería decir que aún tenía energías para aumentar la marcha.
—¿Qué no? —sonreí macabramente pero no tenía aliento para una risa malvada en este instante—. ¡Izquierda, derecha! ¡Izquierda, derecha! ¡Izquierda, derecha! ¡Los brazos de atrás hacía adelante y el puño arriba de la cintura! ¡Rápido! —descontinué mi grito oyendo que mi voz iba en picada, algo me decía que me ganaría un reprimenda por esto, y de igual forma precisaba recobrar algo de oxigeno—. ¡Marchen! ¡Marchen! ¡Esto es el ejercito no una pasarela!
—¡¿Mira quién lo dice?! —corearon al unísono y sonreí felinamente, amaba salirme con la mía
—¡Si pueden hablar quieren decir que pueden correr más rápido! —aumentaría el volumen del altavoz solo para seguir fastidiándolas y porque mi voz era casi ya un fino hilo, that's a problem.
Ambas se quejaron sonoramente y aumentaron pobremente su marcha, estaban al borde de sus fuerzas. Sacando cuentas, luego de esto me encantaría ver si alguna de las dos se atrevía a desafiar mi persona y a mi autoridad. Y algo muy cierto, es que debía haber hecho esto mucho antes.
Observé a lo lejos las grandes compuertas de mi jardín, como había indicado antes, no nos quedaba tanto para concluir. Y siendo clara, yo también quería llegar al refrigerador por algo de agua fresca. ¿Cuántos kilómetros habíamos recorrido? Perdí el conteo en los doce kilómetros. No recapacitaría si había sido tan brutal todo esto, era el pago de sus consecuencias, una gran lección, que espero, aprendida.
Alcé mi brazo para saludar a lo lejos al guardia de la entrada, indicándole que habíamos vuelto y que nos dejase pasar. ¿No se suponía que siendo mi casa esto debería estar demás? Así pensé al principio cuando contraté a esta nueva empresa de seguridad, la diferencia con la anterior era desbastadora, hasta el punto de que no dejaban pasar a ni a la propia dueña sin una previa identificación. Prefería a un ciento por ciento esta exageración a la peligrosa despreocupación de mis escoltas anteriores. Aunque, a veces, era algo cargoso tener que enseñarle mi identidad al guardia cada vez que quería entrar. Y eso que hasta me había ofrecido lector de huellas digitales… era incuestionable que Ryuuzaki había tenido que ver en esto.
La anterior subida en el camino y que ahora era bajada fue un alivio irrechazable tanto para mí como para ellas. Guardé el megáfono en el cesto, por hoy (o hasta que mi voz se recuperase) dejaría de gritarles tan caraduramente. Hacía tiempo que no dedicaba algo de mi muy ajustado tiempo libre al ejercicio, y peculiarmente jamás se me ocurrió contratarme un entrenador como variadas celebridades hacían.
Una pequeña brisa, que tampoco iba a rechazar, caló mi cuerpo, a pesar de no tener mucha piel al descubierto. Sentía una leve molestias en mi cabeza, tal vez la exigencia a mi organismo había sido demasiada, aun así no había nada que una larga y relajante ducha no pudiese quitar. Frené sin mucho esfuerzo en cuanto llegamos a los portones, Lizzie había apoyado su cuerpo contra el paredón que rodeaba mi casa y que estaba a continuación de las compuertas, miraba hacía arriba buscando, tal vez, el color blanco entre el celeste —o menos poético, tratando de persuadir las nauseas—. Dallas estaba parada mirando hacia el suelo mientras su pecho bajaba y subía, no había notado lo pálidas que estaban ambas.
Mientras secaba unas gotas de sudor de mi frente luego de haberme sacado mi gorra, saludé al guardia y este mezquinamente me devolvió el gesto, entre tanto le entregué las identificaciones nuestras, con tardanza abrió las compuertas. No había notado lo fuerte que estaba el sol, o simplemente era extenuación. Retomé hambrientamente la marcha, pedaleando sin apuro, observé a las dos reprendidas caminar atrás mío. De ninguna forma…
—Trotando adelante mío o las saludaré con el megáfono —amenacé sin ninguna señal de informarles que su castigo hubiese llegado a su fin, por más que estuviésemos ya en casa, las haría trotar hasta la entrada. Contando con tan extenso jardín. ¿Por qué desaprovecharlo?—. ¡He dicho trotando! —aclaré en cuanto no vi que ellas no hacían otra cosa que caminar fatigadas adelante mío.
—Esto es inhumano —se queja, por quien sabe cuanta vez, Dallas.
—¿Tan inhumano como sus peleas? ¡Oh, es que aquí nadie ha salido herido ni física ni emocionalmente! —había empezado a notar lo divertido que era el sarcasmo cuando contaba con la razón, de todas formas, no era mi estilo. La voz que salía de mi boca era tan ronca, casi sin tonalidad—. ¿No es divertido?
Ellas no objetaron nada, claramente estaban sin ánimos para más sermones y esperaba que estos no se volviesen moneda corriente para mí. Lizzie hizo un gesto con su mano y su cuello indicándole a Dallas que cerrase la boca. Noto complaciente que mi autoridad ya no parecía un juego del que podían zafarse sin mayor problema. Busco en mis bolsillos la llave de la entrada mientras dejo la bicicleta en un costado, mis niñas con sus últimas reservas subieron las escaleras hacía la puerta, sentándose en el suelo para buscar más aire del que su pulmones podían obtener por cada inhalada.
Subí con tanta pasta que ambas me observaron con escepticismo, les sonreí buscando que dejasen esa actitud de victimas. En cuanto abrí la puerta ellas hicieron amargue de levantarse del, quizás, fresco suelo, pero mi mano, en señal de detención, las lió.
—Acceso denegado —chasqué mi lengua tres veces seguidas, y negando con mi dedo índice, las volví a confundir. Lizzie ladeó su cabeza, estaba tan exhausta que no escuché reclamo o pregunta alguna, en diferencia con Dallas que curtió su mirada hacía a mí, pero no surtiría mucho efecto—. Con esa palidez y con tanto desayuno revuelto, lo más lógico es que van a devolver tarde o temprano. Amo mis alfombras, muebles y todo lo que esta dentro de esta casa —señalé englobando con poca sutileza todo lo que estaba en mi hogar, y que no dejaría que ensuciasen. Ambas compartieron la mirada de cansancio y sorpresa, pensado que no podía estar hablando en serio.
Me alejé de la entrada y saqué, de uno de los tantos arbustos que provenían del jardín trasero, un par de baldes azules. Ellas observaron, sacadas totalmente de sus casillas, los recipientes en mis manos. Les sonreí asquerosamente mientras dejaba los baldes a sus pies, en sus caras se mostraban totalmente cuantos mareos y nauseas estaban experimentando, su descompostura les ayudaría a recapacitar, claro, luego de que se librasen de ella.
—¿Bromeas? —Dal, que por mucho cansancio que poseyese su cuerpo, seguía demandándome.
—No —dejando el chiste de lado, contesté ásperamente—. Entren cuando hayan terminado.
Ingresé a la casa dejándolas con las palabras en la boca. ¿Por qué considerar que en este momento esté siendo cruda y tal vez cruel? Lo buscado era límites, que imponía hoy y en lo que quedaba de mi tutoría sobre ellas. En cuanto hubiesen recuperado los ánimos ya me saltarían encima en busca de explicaciones, pero un castigo no se explica, se aplica. Las razones son obvias y difíciles de dejar pasar por alto.
Sin tener ya una deuda de aire, busqué la hora en el reloj del living. El mediodía sería en cuestión de minutos, por lo que solo puede significar una simple cosa: el almuerzo. Es cierto, cuando un pasatiempo deja de ser eso y pasa a ser una obligación y / o trabajo, pierde totalmente la gracia. Me gusta cocinar pero esa tarea en estos últimos tiempos se ha vuelto más cargosa, el número de comensales ha aumentado, por lo tanto el trabajo era mayor.
Me eché un breve vistazo en un espejo colgado en una de las tantas paredes de los variados pasillos, despeinada y sudada era mi vista en general, y no quería profundizar. Debería ir a ducharme antes de que alguna mosca comenzase a revolotear encima de mí, pero mi garganta tan desértica reclamaba unos cuantos litros de agua. Habíamos salido muy temprano, dejé todo en condiciones y así esperaba volver a encontrar todo. Me quité la gorra para acomodar un poco mi cabello, acto involuntario.
Las luces de la cocina estaban prendidas y lo que significaba que no encontraría todo en el exacto orden y pulcritud en que lo había dejado. ¿Era mucho pedir que solo por una vez las cosas se mantuviesen ordenadas? No era pedir, era soñar…. Nada sobrevive ante el arrasador tornado Ryuuzaki y compañía.
El panorama simplemente no estaba tan desordenado, exceptuando por los papales y papeles que contenía la mesa principal y el dulce aroma a cafetera híper recalentada. ¿Autor? Una obviedad ¿Razones? Otra gran obviedad ¿Tendría que considera aniquilar al autor? Sería misericordiosa.
—¿Cuántas tasas de café has consumido? —pregunté aterrada mirando la casi derretida cafetera. Él no me tomó en cuenta como lo hacía comúnmente cada vez que me quejaba, sus ojos estaban irritados, más de lo normal. ¿Habría salido algo mal? L analizaba con agilidad que me parecía ficción la cantidad de informes, listados y registros que tenía esparcidos por la mesa—. ¿Vas a responderme? —objeté mosqueada, él seguía sin darle reconocimiento a mi presencia. ¿Tal vez por que estoy algo ronca?
Ryuuzaki solo movió su brazo para alcanzar de nuevo la cafetera y volver a servirse en la tasa. Perfilé mi cabeza molesta por esa forma de ignorarme, entendía todo el cuento de la concentración y su hilado pensamiento, pero un simple saludo no me molestaría. Además yo les había donado gentilmente un espacio de mi casa ¿Qué hacía aquí, desequilibrando el hermoso orden de mi cocina?
—Ryuuzaki… ¿Cuántos gramos de café tienes encima? —reiteré nombrándolo, intentando de esa forma obtener su atención. Sin embargo él no mostró señal de estar enterado de que estaba en un mundo donde hay más seres con los que comunicarse que con simples papeles. El parecía un zombi y yo sentía que les hablaba a las paredes—. Todo el café que consumes… ¿Quién crees que lo paga? ¿Los kilos y kilos de azúcar? ¿Y la electricidad con la que tú preparas tus cafeínas adicciones?
Predeciblemente me eludió, gruñí. ¿Era apropósito o puramente es que estaba en un grado de concentración mucho mayor a la percepción física? Era desagradable ese poco interés. Intercepté con mi mirada la cafetera en la mesa y la idea surgió junto con la intención. Hurté el aparato hirviente, calcinándome las manos en el proceso. Ryuuzaki estiró su brazo al notar que en su tasa, el café había desaparecido de nuevo.
La cafetera no estaba donde él la había dejado. ¿Dónde más? En mis manos claro, detalle que él vino a notar muy tardíamente tras palpar la mesa con la palma de su mano derecha, sin querer despegar su mirada de sapo de los papeles. Cuando me devolvió la mirada por primera vez, lo único que hice fue sonreírle y luego esfumar ese gesto demostrándole lo hastiada que estaba ciertamente.
—¿Estabas allí? —inquirió mientras se estiraba para quitarme la cafetera pero me alejé negándole lo que quería.
—No... Aparecí con un puff —comenté asintiendo como si mi respuesta fuese lógica. Ryuuzaki comprendió a que me refería con esa fea ironía.
—Dame la cafetera —objetó luego de un par de minutos. Me aparté todavía más, esquivando sus manotazos.
—¡Nopes! ¡Es mía! —la apreté contra mi pecho, quemándome un poco. L por fin dejó la silla y se levantó en mi dirección para que le devolviese su vicio. Troté hacía la fregadera con la misión de vaciarla pero fui velozmente obstaculizada. Él me interceptó por detrás como si fuésemos jugadores de basquetbol, con la diferencia de que el objeto por el que peleábamos no rebotada y mucho menos se encestaba.
Por tener de esa forma aferrada la cafetera, él prácticamente me abrazo por mis espaldas tratando una vez más de quitarme el aparato tan caro. Llegó hasta el punto de alzarme del suelo, dio un par de vueltas, las suficientes para que oyese el crujir del recipiente. ¡No deseaba romperla!
—¡Bájame! —pido mientras aun me resisto a que él siga consumiendo de esa forma café.
—¡La cafetera a cambio! —solicitó erizando el vello de mi cuello. ¿Por qué había pegado tanto su cara a la mía?
—¡Sueña! —canturrié empezando a disfrutar extrañamente de la situación. Él me depositó en el suelo pero sin soltarme, tras su fuerza y lo caliente que estaba la cafetera, terminé desistiendo—. Toma… es tuya, adicto.
Ryuuzaki aceptó triunfante la cafetera, sobé un poco mi busto y el comienzo de mi estomago, esa cosa realmente estaba ardiente. Volteé hacía la heladera con la idea de retomar mi intención original. En un vistazo rápido advertí un par miradas en la entrada. ¿Ya habían terminado? ¿Tan pronto? ¿Desde cuando estaban ahí? No tendría el porque preguntarles, sus caras, además de empalidecidas y fatigadas, expresaban asombro… ¿Por qué carajo todos malinterpretan?
No les mencioné nada y ellas tampoco lo hicieron, desvié mis ojos y los coloqué en donde se suponía que tendría que estar Ryuuzaki. Solo alcancé a ver en el momento que salía de la cocina y pasaba por al lado de mis dos primas. Mientras abría una botella de agua pensaba en la rapidez con la que había recogido todo y se había marchado. La frescura me quitaba solo el calor y el cansancio físico, pero no podía evitar cavilar que siempre que tenía una conversación o una cruza con él, había algo que me dejaba picada. Observé la cafetera en la mesa. ¿Verdaderamente había tenido la intención de quitármela para seguir consumiendo café? Y si era así ¿Por qué razón la había dejado en la mesa?.... ¿Qué fue lo de recién?
Él había desaparecido en cuanto ambos notamos que éramos observados… ¿algo de malo habría en ello? Estúpido Ryuuzaki, conseguía acorralarme con la duda.
—¿Quieren algo de comer? —señalé el refrigerador con picardía y ambas se expresaron asqueada ante la idea de alimento. Carcajeé todavía disfrutando de haberles hecho pasar todo eso esta mañana. Las dos hermanas se sentaron en las banquetas del desayunador. Levanté la disputada cafetera de la mesa y la devolví a su lugar correspondiente—. ¿Me aborrecen? —articulé mirándolas de frente.
—No… no intentes lograr que eso pasé —advierte Lizzie mientras despega su cara del desayunador. Me sorprende que ella sea quien me lo diga y no Dallas.
—Jamás lo intente —acoté con simpleza—. Creo que hay una gran diferencia entre reprender… y maltratar.
—¿Pretendes sacar algo de todo esto? —Dallas cuestiona con leve reserva en su mirada—. Hablas de diferencias… ¿Por qué ahora y no antes?
—Quise entender que debía tenerles paciencia, han sido más de tres años y la cuota esta llena —expliqué, aun así lo había dicho de forma improvisada, porque tampoco sabía como les había tenido tanta tolerancia—. Chicas, debe haber límites… No soportaré este comportamiento.
—Suenas desagradablemente como uno de mis profesores —Dallas acota.
—Para ti cualquier persona, que te sermoneé, suena como un profesor —emite Lizzie demostrando ironía sobre la respuesta de su hermana.
—Cualquier persona que me corrija absolutamente todo el tiempo suena insufrible —consintió dirigiéndose a su hermana menor.
—Cualquiera que te escuche la esta pasando insufrible —alegó Liz sonriendo con suspicacia.
—No hables como si yo no pudiese decir lo mismo de ti —Dallas dijo sin romper el contacto visual con su hermana.
—La verdad es que no puedes —sostuvo autosuficiente.
—¿Así?
—Sip —acortó seca Lizzie mientras por poco ambas se aniquilan con los ojos.
—Quince kilómetros ¿No? Mañana serán dieciocho —aseguré olvidándome de que yo soy una persona y que también tengo un límite, pero de igual forma, me las arreglaría para que cumpliesen con sus castigos si se los ganaban.
—Fine —aceptaron sin más.
—Es lo que quería oír —musité complacida. Me aproximé a ellas para abrazarlas a ambas, ninguna se apartó ni me negó mi dulzura, de modo que en poco tiempo yo fui quien se alejó al notar lo maloliente que estaban—. ¡Ogrh! ¡Ducha! ¡Ahora! —ordené de inmediato mientras me apartaba tapando mi nariz.
Ambas sonrieron disfrutando un poco del haberme molestado. Era demasiado pedir que no se apartasen cuando les hacía un mimo. Noté que estaban recuperando el color en sus mejillas, al parecer la descompostura ya había pasado.
—No somos los únicos zorrinos aquí —apuntó Dallas en defensa de su hermana y ella—. Estando a dos pasitos… ¿nos sirves a mí y a Liz agua, comprensiva tutora? —sonriendo con altanería y con ánimos de fastidiar Dallas me pidió algo de liquido. ¿Comprensiva tutora? ¿Pero que demonios…?
—Seguro, Dollie —me mofé también con apodos. Ella detestaba cualquier apodo o recorte o deformación de su nombre, por poco aceptaba Dal. Les pasé el agua mineral embotellada, ambas levantaron el brazo cuando me acerqué, volví a taparme la nariz fingiendo ahogarme—. Es en serio, necesitan jabón y agua rápido... ¡Ah, un fuerte y eficaz desodorante!
Ellas rieron, y lo más sorprendente es que no me habían peleado por haberles hecho correr como caballo de carreras. Lo mejor sería no darles pie para el tema, mis amenazas de volverles a hacer lo mismo seguían si moverse, pero si ambas demostraban ser más civilizadas la una con la otra, eventualmente desistiría de esto.
—¿Así no te decía la ama de llaves? ¿Dollie? —Lizzie recuerda y ríe con la picardía escapándose entre los dientes.
—No, ella me decía Dalley —Dallas responde aburrida y un tanto molesta. En el arte de pelearse ambas estaban punteras, por lo que estaba alerta.
—¿Dollie? —siendo masculina la voz, resaltó bastante. Volteé hacía la puerta y de nuevo me encuentro con el trío macho de esta casa. Mello era quien había hablado y obviamente se refería a Dallas con algo de burla. Ella no le dirigió palabra ni mirada si quiera, otra vez una piedra se había vuelto. Miré la cafetera a una corta distancia de mí. La tomé, se la enseñé a Ryuuzaki y luego la vacié en la fregadera todavía mostrándosela.
—Que crueldad —acotó negando con su cabeza mientras se acercaba a mi.
—En tus ojeras, podría caber el bolso de mi abuela —satiricé dejando la cafetera vacía en un costado—. Además del café existen otros recursos para recuperar energías, como dormir... ¿Descansar? ¿Qué entiendes por ello?
—¿Un verbo?
Tiene que haber una explicación, para que yo entienda, porque este tipo me toma siempre el pelo…
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—Parezco muerta —deduje al ver la foto en la publicidad.
—Si los maquillistas se pasaron aquella vez, la crema base era demasiada blanca —aclaró mi representante mientras pasaba las paginas de la gordísima revista.
—¿Y por que este regalo?
—Ya te dije que los productores y editoriales querían hacerte esta recopilación. ¿Tiene que haber una razón?
—Es demasiado extraño. ¿Les agradeciste?
—¿Como crees? Claro que si —resta importancia, pero yo considero que no puede faltar el agradecimiento y más si es un regalo sin pretensiones.
—Hay tantas fotos y publicidades… ¡Mira esto! ¿Qué edad crees que tenía?
—¿Unos veintidós o veintitrés? —adivinó, por aquella época ella no era aún mi asesora.
—Dieciocho —informé sonriendo suavemente. Cuando aún, yo podía decir que la vida podía ser pintada de rosa. Todavía recuerdo cuando mi madre me acompañó a realizar mi primera sesión de fotos, los inicios de mi carrera y el final de mi familia.
—Eras muy joven…
—¿Qué quieres decir? ¿Qué estoy vieja? —enmarqué mis ojos con mis cejas demostrando falsa molestia.
—No lo sé, esta foto tiene que estar teniendo diez años.
—Por eso, tu pagarás la cuenta —acoté bebiendo de mi vida dietética.
—Como si comieses mucho —alegó despreocupada. Abrió mi bolso sin mi permiso y de él sacó mi agenda. Por un instante creí que me diría algo sobre el mazacote blanco que tenía dentro de él. Momento, momento… ¿Cómo es que eso no sucedió? Ella podría haberlo visto y aún así no haber dicho nada, pero conociéndola… no se callaba nada, debería dejar de cuestionar mi suerte—. Bueno… ¿Me dirás el exclusivo por que?
—¿De… qué? —pregunté algo colgada.
—¿Reunirnos en un centro comercial? ¿Es en serio?... Creo solo tuve un par de visitas a tu nueva casa. Hace tanto que no pongo un pie allí —reclamó dando la impresión de estar ofendida, por un lado tal vez tiene razón, es una descortesía de mi parte. Pero por otro… ¡No tenía la culpa! Era una medida de seguridad para mi familia y para el señor azúcar y sus discípulos.
—¿Hay alguna necesidad de que nos reunamos en mi casa? Últimamente he tenido muchos problemas.
—¿Cómo el que ha llegado hasta mis oídos? —se quitó sus lentes de sol y me miró pendiente de mi respuesta. ¿Problema? ¿Cuál de tantos? ¿Y del que ella se hubiese enterado?— Yami Taihen —agregó notando que no captaba.
—Ohu… eso —acepté como niña regañada—… ¿Qué es lo que sabes?
—No se escucha todos los días que Misa Amane puso una orden de restricción contra una fotógrafa por amenazas y fotografías ilegales —habló irónica mientras entretenía sus dedos en mi agendas, rellenándola con más y más trabajo—. Y lo más cómico es que cuando la prensa me preguntó sobre el asunto, yo no tuve ni la más mínima idea de que responderles.
—Lo siento —teóricamente, si la situación se repitiese, cosa que no deseo ni espero, volvería a manejarme de la misma forma, no le informaría nada. Mientras Ryuuzaki permaneciese bajo el mismo techo que mi familia, no me quedaría de otra que tratar de disminuir a toda costa los riesgos—. Quise tomarlo y resolverlo como un asunto personal.
—¿No entiendes la relación asesora-artista? ¿Verdad? —preguntó señalándonos como si fuera una obviedad—. No hay nada que me tengas que esconder, nada. Se supone que soy la persona mediadora entre la prensa y tu personita. ¿Esta bien? —parpadeó frenéticamente en la última pregunta, demostrándome que si no asentía me mataba.
—Esta bien… De todas formas, aquí no estamos tan mal.
—Con cinco gorilas alrededor nuestro, pasamos totalmente desapercibidas —comentó simplemente, llamarlos 'gorilas' enfrente de ellos no creo que sea lo más correcto, espacialmente cuando uno que otro de mi guardaespaldas le dio una mirada significativa—. Y… ¿Qué le sucedió a tu voz? ¿A que viene esa disfonía?
—Discusiones, es complicado tratar con adolescentes —argumenté fingiendo algo de desaliento.
—Si, como sea —contestó saltándose las razones—. Pero ¿Piensas que de esa forma podrás participar en un musical? No lo creo… más te vale que te cuides, o si no me llevarás a tomar medidas.
—Esta bien, mamá.
—Hablo en serio —endureció sus facciones—. No quiero perder a mi mejor cliente.
—De hecho, soy tu único cliente —aclaré sin importarme mucho lo que ella pudiese decirme.
—¡Por supuesto que lo eres! ¿Quién podría querer más si represento a la mayor artista de todo Japón? —¡Y otra vez con su inútil alardeo! No puede con su genio.
—Deja de exagerar —pedí, me molestaba que presumiese tanto y más cuando no tiene con que.
—¿Desde cuando eres tan modesta?... Realmente, eres una de las pocas niponas que alcanzado la consagración en Hollywood.
—Mhm… —asentí aburrida sin siquiera abrí la boca, le quité mi agenda electrónica y la devolví a mi bolso, guardé también el álbum o revista que me había regalado. Presté atención a la hora en mi teléfono, era momento de irme. Tomé mi delgado abrigo y mi bolso. Mi asesora se sorprendió pero no se quedó atrás y me imitó parándose.
—¿Tienes apuros?
—La verdad es que si —le sonreí artificialmente.
—Agradece que eres la jefa —criticó poniéndose su abrigo y sus gafas de sol. Por más que así fuese, no me siento como la jefa en esta situación.
Mis escoltas le abrieron paso, en poco me di la vuelta y me encaminé por los pasillos del centro comercial rodeada de mis guardaespaldas. Me sentía demasiado microscópica observando la mole que era cada uno. Oía cada tanto algunos gritos y chismeríos, era imposible que no notasen que una celebridad deambulaba por el centro comercial. No me había topado aun con ningún fan, pero eso sería temporal. Siempre que salía terminaba firmando autógrafos.
Daba ojeadas a las vidrieras, tenía ánimos como para una cesión de compras pero venía sola, disfrutaba más si venía con mis niñas, además no sabía si alguno de mis escoltas estaría dispuesto a cargar con mis bolsas. En la mayoría de las tiendas por las que pasaba mirando, salían de ellas chicas y empleados asombrados de verme. A veces desearía pasear y poder relajarme como una persona normal y no crear un alboroto cuando piso cualquier lugar público.
La sección del cine, colmada de gente. Vi en particular uno de los posters entre tantos que había. ¿Aún había una película mía en cartelera? ¡Sorpresa, sorpresa! ¡La gran prueba de que soy una maldita despistada! Recientemente estoy tan metida en mis problemas privados que he dejado descuidado mí alrededor. En fin, no importaba.
Había un par de chicas hablando delante de dicho cartel, por las apariencias, figuraban estar hablando sobre la película por sus expresiones. Si me delataba aún más, podría ser muy peligroso viendo la cantidad de personas. Venir por el sector del cine no fue una idea brillante. Apuré mi marcha y por ende también mis escoltas lo hicieron. Llegamos hasta la zona de las carteleras y pude oír escasamente la conversación de las dos chicas mencionadas:
—Me gusta el corte de cabello.
—Si le da un aire mucho más rudo. ¡No tienes idea! ¡Me encantaría ser como ella!
—¡¿Quien no?! —sonreí en cuanto oí eso, eran fans.
—Gracias —susurré cerca de ellas en el momento que pasamos enfrente del cartel. En instantes se voltearon y con una expresión de piedra me miraron, les sonreí cálidamente, minutos luego empezaron a gritar emocionadas. ¿Ya lo había mencionado, no? ¡Soy muy brillante!, entre aclaraciones: sarcasmo. Lo hice solo por agradecerles las palabras, pero como siempre, no pensé que ellas gritarían como locas y que todo el mundo, absolutamente todo el mundo, voltearía a verlas. Los dos guardaespaldas que me seguían por detrás, me tomaron de los hombros apurando la caminata.
Tumulto, gracias a Kami, no se formó. Hubo varías personas que en el cine que me vieron pero no reaccionaron tan violentamente, pues tenía a cinco paredes rodeándome. Suspiré un poco aliviada, tendría que moderar un poco mis ocurrencias. ¿Realmente había personas que creían que me veía bien ruda? ¿Qué creían que podía ser ruda? Siempre me consideré una persona demasiada delicada como para utilizar los puños, claro para interpretar a un personaje no cuenta. Sigo pensado que ese estilo tosco conmigo no iba, las personas siempre se quedaban con el personaje y no con lo que yo realmente era.
Crucé mis brazos y volví a observar vidrieras, en breve entramos en la zona de los patios de comida. Comida rápida, comida rápida… ¡Y más y más grasa comestible! Me asqueé al ver como las personas comían tanta chatarra, determinando que yo era el otro extremo, que no comía nada que engordase o cállese mal. Y otra vez ocurrió lo mismo, varias personas me señalaban y me gritaban. Devolvía las sonrisas cada vez que podía. Era algo cansador, aunque no lo pareciese.
Me detuve en un local, aprecié sus artículos. Una repostería en medio de comercios de fast-food, lo poco común no me había traído mucha suerte. Aún así tenía ganas de comprar algo de comida echa, que no fuese dañina ni preparada en cinco minutos. Comprar algo dulce para comer en las tardes parecía ser lo justo, claro mucho consumo de mi parte no habría. Sabía que era imposible que saliese del centro comercial sin comprar algo.
Y con más razón, si ya estaba harta de tener a cierta persona persiguiéndome de arriba abajo por algún bocadillo dulce. Les hice una seña a mis escoltas de que esperaran afuera del local. Como era de esperarse, todos me observaron como si fuese algo de otro planeta, nadie conocía el arte de disimular. Sonreí y asentí a condición de saludo. Una chica en el mostrador se me acercó nerviosa, extendí de nuevo mis labios para tranquilizarla, si me pagasen por cada sonrisa… ¡No era un criminal ni un presidente como para que tuviesen ese nerviosismo conmigo!
Hice mi pedido, señalé lo que quería del mostrador. En breve pude salir del comercio, después de haber regalado autógrafos a diestra y siniestra. Miré encantadora y compradoramente a uno de mis escoltas, él dedujo fácilmente lo que le pedía. Extendió sus brazos para recibir los paquetes que había comprado en la pastelería, el buen gajo de ser dama, nunca se carga nada si se tiene a un burro… digo hombre al lado.
En la salida del centro comercial, mis guardaespaldas volvieron a rodearme sin dejarme casi campo de visión. Siempre había algún desaforado y valiente que se lanzaba para tratar de tocarme o hablarme pero, por lo general, nunca pasaba a mayores. En el aparcamiento la tarde pegaba fuerte, tendría que haber estacionado mi auto en los aparcamientos subterráneos, ahora podría hacer pasar a mi auto por una sartén. Me derretiría viva dentro de él.
Llegamos a mi auto y mis escoltas esperaron a que yo subiese para si ellos dirigirse a su transporte que me seguía de cerca. Acomodé a mi livianísimo bolso en el asiento del copiloto y todas las bolsas de la repostería atrás. Arranqué y tranquilamente me introduje en la fila de salida hacía la carretera. Encendí el estéreo y me relajé un poco con la música, por el espejo retrovisor vi el auto de mis guardaespaldas, no me perdían de vista ni un segundo.
En cuanto llegué a la carretera, ofusqué mi mirada por un momento en el atardecer. Empalagosamente romántico. Debía ser el paisaje o tal vez la música, pero por alguna razón ver tantas parejas en el centro comercial, me deprimió subconscientemente, y es que recientemente lo notaba. Aceleré en cuanto reparé que no tenía mucha compañía en la autopista, lo cual era inusual.
E induje que no era el paisaje, que no era la música y que tampoco era el desaforado amor que había visto en el centro comercial. Era mi mente y las sucias telarañas en mi corazón. ¡No estoy sola! Día a día me lo repito. Que chistoso era el intento de engañarse a mi misma… ¿Por qué este tema saltaba en este preciso momento? Si antes ni me había fijado de esos detalles. Mi cerebro estaba aburrido y siendo amigo de mi subconsciente, juntos, ahora querían molestarme.
Mejor sola que mal acompañada, decía el dicho. ¿Pero que es una mala compañía? ¿Y una buena? Es como tratar de diferenciar la verdad de la mentira, no conocerás la diferencia hasta que lo pruebes por ti mismo. Pero ánimos no tenía de ser conejillo de indias.
Tonto atardecer, tonta música y tontos enamorados. Me recordaban una y otra vez mis males tragos en el amor. Aflojé mi agarré sobre el volante, no había reparado en lo tensa que me había puesto. ¿Verdaderamente el tema me desolaba tanto? Siempre igual, siempre igual… Maldita conciencia, cállate.
Por el rabillo del ojo observé la abertura de mi bolso, el cual yo había dejado cerrado. Y clásicamente el abominable libro se asomaba. ¿Y qué? ¿Ahora que quería? Daba la sensación de que me leyese la mente, muchas gracias… pero por mucha soledad que tuviese, la compañía de un libro no resolvería nada. Si había alguna intención aquí por parte de esta cosa, más le valía que no significase más problemas para su dueña.
—Nadie más que tú debe saber de soledad… ¿Cuánto llevas? ¿Milenios? Imaginó que… no has tenido muchos dueños —musité, dándole conversación a un libro, soy un caso serio—. ¿Cómo me aconsejarías? —es grave, creo que he enloquecido.
Por el hecho obvio del que libro no podía responderme oralmente, dejé de hablar sola y dediqué esas cuestiones solamente a mi mente. No era sano para mí preguntarme porque siendo una persona tan…hum… ¿Codiciada? —en este momento, no se me ocurre mejor término— podría estar amorosamente tan sola. No mentía, yo misma, en cierta manera, me lo había buscado. Sin embargo, la sensación de protección y compañía que solo el brazo de un hombre podía otorgarte, era tan distante para mí. Y me preguntó, si de verdad, alguna vez lo experimenté.
Reduje la velocidad al llegar a una curva, una de las finales. En este trayecto del camino, mis guardaespaldas ya solían dejarme. Estaba en mi territorio, una larga fila de arboles de ambos bandos me tapaba el cielo, daba un aspecto un tanto tétrico. En instantes pude ver en el horizonte, los portones de mi casa. Frené automáticamente cuando llegué a las contrapuertas, el guardia de turno salió de su cabina y se acercó hasta mi auto para recibir mi identificación, en cuanto me abrió pisé el acelerador.
Quité las llaves, ya dentro de mi cochera y me quedé unos instantes dentro del auto meditando. Sacudí mi cabeza, quería despejarme. Tomé primero mi bolso y luego como pude cargué todos los paquetes que había comprado, tal vez, me pasé un poquito al comprar. Haciendo uso del malabarismo, crucé la puerta y entré a la cocina. Ni un alma en la zona, que extraño.
Almacené las compras en la heladera y salí de la cocina. Tenía la intención de subir hasta mi cuarto para dejar mi abrigo y mi bolso. No me encontré con nadie en los pasillos de camino hacía la escalera. Al pasar junto al living-comedor, noté que el cuerpo de alguien ocupando uno de los sillones. Al aproximarme definí a Dallas durmiendo despreocupadamente, tenía su laptor encendida sobre la pequeña mesa y unos cuantos papeles alrededor de ella, se había quedado dormida boca abajo sobre su cuaderno.
No era correcto que la dejase aquí, no porque me molestase, si no porque había hombres en esta casa, aun seguía sin fiarme mucho. ¿Pero como la cargo? No era ningún peso pluma. Y no quería quitarle el sueño por moverla, sabiendo de buena tinta, que si lo hacía, me comería viva. Curioseé lo que tenía escrito en el documento abierto en su laptor, algo sobre diseño decía.
Oí pasos bajando la escalera, automáticamente volteé.
—Huh.. —pronuncié imperceptiblemente antes de notar quien era—. ¡Mello!
Él aludido me observó sin hacer mueca, como si no hubiese alguien en mi lugar.
—¿Si…? —respondió mezquinamente enarcando una ceja.
—¿Puedes hacerme un favor? —solicité juntando mis manos y señalándole con un leve incline de mi cabeza a la bella durmiente del sillón. Él blanqueó los ojos y se aproximó, agradecí. No había contradicción, una cosa era que yo le autorizase a acercársele para ayudarme y otra era lo que lo hiciesen por cuenta propia aprovechándose. Por supuesto que lo seguiría.
Mello alzó a Dallas al estilo de las nupcias evitando hábilmente que se despertara, en cuanto él la apartó, agarré los papeles y el cuaderno, luego guardé el documento que ella estaba escribiendo y cerré la laptor. Él ya se había adelantado al subir las escaleras, o pesaba mucho o tenía miedo de que se despertara.
Mientras metía mis narices en el cuaderno de Dallas para ver que tanto dibujaba allí, mis oídos absorbieron la siguiente conversación en el piso superior:
—Ohu... ¡Tranquila!... ¡Espera! —escuché primero el doloroso choque de un puño contra una mejilla y finalmente la queja. Auch, creo que tengo la culpa.
—¿Qué esperé? ¿¡Qué espere qué!? ¿Ha que me sigas manoseando? —masculló irritadamente Dal. Debería intervenir, pero estoy un tanto lejos y la voz no me alcanza para gritar.
—¡No te estaba manoseando! ¡Ni siquiera puse mis manos sobre…!
—¿Sobre qué? ¿¡Eh!? —otra cachetada más, creo que ya no tendría si quiera sentido que interviniese, aunque aún me quedaba salvar la vida del chico.
—Tú tutora me lo pidió —técnicamente no se lo pedí, se lo señale, pero es lo mismo. ¿Un gruñido? Oh oh…
—¿Qué me manoseases?
—¡No! ¡Que te cargase, idiota!
—¿Disculpa? ¿Idiota? —podría imaginármela con un tic en el ojo y los puños tensos—. ¿Quién te otorgó el permiso de insultarme?
—¿Y tu el de abofetearme? —reclamó, subí observando la grandes marcas en la cara de Mello producidas por el puño y la palma de Dallas, una en cada mejilla. Fruncí el seño mientras me abría paso entre ellos. Dallas no acotó nada más al verme llegar con sus cosas, aun así, predecía que no pediría disculpas por haberlo golpeado. Le entregué sus cosas y le indiqué que se marchara a su habitación.
Me volteé hacía Mello quien sobaba su mejilla izquierda, me mordí el labio inferior molesta.
—Baja a la cocina, en el frízer hay bolsas con hielo, ponte una en la mejilla... o en ambas —apunté observando las marcas en su rostro. Él no respondió ni tampoco me miró, se volteó directamente en dirección a la escalera La pregunta era el porque ese repentino cambio de inexpresividad a cierto desagrado en sus facciones. Por su puesto que a nadie le gusta que lo golpeen, no obstante parecía haber alguna razón más.
En cuanto lo perdí de vista escaleras abajo, retomé la marcha en silencio hacía mi habitación. Saqué del bolsillo de mi abrigo, el celular, había unas cuantas llamadas pérdidas, el historial de llamadas contenían más de cien registros. ¿Hacía cuanto que no lo limpiaba? Eran todos números agendados.
Excepto uno. Que se reconocía como desconocido, la memoria de mi teléfono no estaba al tanto pero, de hecho, yo si. Alguna razón, más que vagancia, debía haber por la cual yo seguía conservando ese número. Y del mismo modo, debería haber otro motivo por la cual no lo había agendado.
¿Nombrarlo Ryuuzaki al número? Considerando la boba idea de que no fuese un número temporal utilizado solo para llamarme. ¿Además con que fin? ¿Para qué lo querría? Hubo una que otra vez que el detective, bajo mi supervisión, había tenido mi teléfono entre sus manos. Era curioso saber porque no habría borrado ese registro. ¿Acaso no le importaba que yo lo tuviese? ¿O es que volvíamos a la cuestión anterior; que era solo un número transitorio y descartable?
¿Y por qué le daba tanta importancia? La fecha en el registro era de un día antes de que él decidiese venir a plantarse a mi casa. Y no lo borré. Guardé el celular como estaba, sin cambiar nada. No tenía porque pensar en ello ahora. Excusas…
Entré a mi habitación y me deshice rápidamente de mis zapatos, dejando que mis pies respirasen un poco. El bolso aterrizó pesadamente sobre la cama junto al abrigo que traía puesto. Busqué por debajo de mi cama mis siempre olvidadas pantuflas. Después de haberlas calzados, saqué de mi bolso el álbum que me habían obsequiado. Y así no más me fui de mi habitación tan rápido como llegué.
Di una ojeada en la revista mientras caminaba por los pasillos rumbo a la escalera, mi valoración anterior era verdadera, en este álbum había más de sesenta sesiones fotográficas. Por supuesto que había sido una recopilación ardua y muy completa. Estaba tan agradecida, tanto estilos, tantos momentos. Con el tiempo uno se olvida de muchas cosas, aquí las recordaba con variados sentimientos.
Punto y aparte con lo positivo. Había dos detalles que me caían bastantes gordito. Primero que nada. ¡Se veía el transcurso del tiempo sobre mi cuerpo! ¡No estoy vieja! Creo que comienzo a tener un problema con eso. Y segundo. ¡Parezco figurita repetida! No en todas las fotos, pero siempre sonrió de las mismas formas: como una niña dulce o como una dama misteriosa. Tengo que empezar a preocuparme por innovar cuando se trata de fotos.
Pasé junto a las habitaciones de ellos y todas estaban cerradas, este era el momento en el que me preguntaba donde estaba el personaje más extravagante que conozco. Las opciones no variaban en el trascurso de los días, o en el sótano en esa investigación —de la cual hubiera preferido no haberme enterado y de que también quedaba una discusión pendiente respecto a eso— o en la cocina atacando mi refrigerador.
Ese era el único sentido en el que Ryuuzaki era predecible. Y ¿desde cuando me pasaba pensado en dos temas seguidos que tuvieran relación con él? Que molesto siempre era tenerlo presente en mis pensamientos. Repito. ¡Molesto! Porque creía que esta impensable convivencia no me iba a afectar.
Bajé las escaleras desvaneciendo un poco mis ideas, frecuentemente tenía que sacudir mi mente para no tener que seguir pensando en cosas que me fastidiaban. Pero por el contrario, mi conciencia me gritaba que no eran simples pensamiento, eran problemas o hechos que yo no quería reconocer. Sordomuda y ciega me sigo manteniendo ante mi conciencia.
Refunfuñé notando que mi heladera estaba siendo atacada. Consideraría la idea de ponerle unas cadenas y candados. ¿Es broma? ¡Me descuido y el ojeroso glotón anti volumen me vacía la heladera!
—Toc, toc —le golpeé en la espalda tendiendo él su cabeza metida prácticamente en la heladera—. ¿Quién es? —contesté yo misma variando la tonalidad de mi voz, un poco más recuperada, a una más grave—. ¡La puerta del refrigerador que se va a cerrar! ¡Rowr! —gruñí como un monstruo intentado ser la 'voz' de la puerta de la heladera.
Lo golpeé levemente con la puerta, hasta que Ryuuzaki desistió en ignorarme y en seguir vaciando mi heladera.
—Toc, toc… ¿Quién es? Déjame tranquilo —me dio dos picotazos con los dedos en mi frente, y luego volvió a la heladera, robando dos panecillos de las compras que había echo hace muy poco.
—¿Tienes idea de cuando son esos bocadillos?
—No estaban cuando viene hace un rato, así que debes haberlos comprado ahora.
—¡Exacto! Deben durar por lo menos una semana.
—¿Una semana? Ups...
—¡Ryuuzaki! —lo aporreé en el brazo mientras ingería el ultimo panecillo. Además de que no soporto esas respuestas desinteresadas y sumamente cortas, ahora le adiciono que me toma el pelo en el ochenta por ciento de nuestras discusiones.
—¿No te habían dicho que si te enojas a menudo terminaras envejeciendo más rápido? —¡Oh insoportable! Podía estar algo preocupada con lo de las canas y todo el asunto. ¡Pero esa no me la creía!
—¡Ohuuu! ¡Sabes que te llevo conmigo a la tumba! —amenacé señalando. L miró hacia arriba y luego regresó a estar pendiente de mí.
—Bien, pero estaremos en el mismo cajón. Pido estar arriba —contestó encogiéndose de hombros. Me horripilé ante su respuesta, yo solo estaba amenazándolo ociosamente, casi en broma. Lo repito, odio sus contestaciones— Si me señalas con un dedo, yo te señalo con tres —hizo mención del gesto con mi mano que yo aún no quitaba. Me alejé como siempre indignada.
Me giré dándole la espalda, pero cuando quise tomar el álbum que traía bajo mi brazo derecho, reparé en el minúsculo detalle de que este había desaparecido, y no creo que sea pariente lejano del Life Book.
—¿Qué...? ¡Devuélveme el álbum! —demandé buscando lo que él me quitó. ¿De que manera lo habría hecho?
—Nopes, es mío —dijo extendiendo su brazo, en cierta forma burlándose de que yo era mucho más baja que él.
—Tengo derecho de autor sobre mis respuestas —mascullé manoteando sin mucho resultado MI álbum. Suficiente era que me robase de por si mis cosas, no permitiría que me quitase mis contestaciones—. ¿Me pides que te deje tranquilo y luego eres tu que el fastidia? Que injusto…
—Nadie dijo que las cosas fueran justas.
—Solo dame el álbum —dejé de saltar y manotear como una estúpida y le extendí la mano esperando que me lo cediese.
—¿La palabra mágica? —¡Molesto, cien veces molesto! ¿Por qué nunca me tomaba en serio? ¿La cara de payaso me acompaña? Su expresión de "todo me resbala" empeoraba las cosas.
—Mister Ojos de Panda. ¿Me lo regresa por favor?
—No.
—¿Que? —gruñí. ¿¡Cómo me estaba haciendo perder el tiempo!?
—La diversión acosta del tiempo del otro relaja ¿Verdad? —ladeó su cabeza y me observó penetrantemente. ¿Acosta del otro?—. Toma, aquí tienes.
—No pensé que fueses tan rencoroso —hablé volviendo a tomar la revista. Cuando le reclamé lo del café jamás lo hice con intenciones de fastidiarlo. ¿Entonces, con que otra intención…? No voy a responder esa pregunta—. Bebías demasiado café. Nada es bueno en exceso —sutil el tono de mi voz se tornó
—¿Te preocupo?
—¿Desearías que fuese así? —descolocado por un momento lo vi, pero siempre eran escasos segundos. Por primera vez, en lo que iba de esta conversación, él fue el que se sorprendió.
—Mis expectativas de ningún modo son tan vanas —si su inexpresividad era normal… ¿Por qué se sentía tan punzante ahora?
¿Qué podría acotar hacía esa respuesta? Mi mejor acción fue quedarme callada. Di media vuelta sobre mis talones y me retiré de la escena. Supuse que teniendo el camino libre, Ryuuzaki asaltaría mi refrigerador sin piedad. Salí por la puerta de la cocina que daba hacia las escaleras del patio trasero. Todo lo vuelvo a comprobar: no había una sola conversación entre mí y él, que no me dejase perturbada, fuese por lo que fuese.
Bajé con tanta lentitud las escaleras, que me sorprendió encontrarme aún en el quinto escalón. ¡No estoy deprimida! ¡Y tampoco hay sentimientos de negación! ¿Era normal no poder comprender mis contrariedades?
Miré hacia un costado y encontré la mirada de Lizzie. Por puro instinto supongo, me evaluó, buscando de seguro el fundamento de mi expresión. A pesar de estar sentada sobre las raíces de uno de los tantos arboles, pudo percibir el color de mis ánimos, que habían cambiado tan rápido. Ella me saludó gestualmente mientras enredaba entre sus dedos un par de flores, le guiñé un ojo y le sonreí, tratando infructuosamente de que no se intranquilizase por mí.
Al fin y al cabo siempre soy yo la única que se arma novelas con cosas insignificantes. El punto es que, en este momento, no había nada insignificante. ¿Cómo calificar a lo que no conozco? Si ni siquiera conocía incluso lo que me aturdía.
Tomé asiento en uno de los sillones del jardín, tratando de que el frescor de la casi noche no solo refrescase mi cuerpo si no que también a mis ideas. El Life Book, mi fiel compañero, en el suelo, por debajo del sillón donde yo me encuentro, se hallaba. Lo levanté del frio suelo y lo deposité en mi regazo, sobre el puse mi álbum. No estaba siendo considerada si no que necesitaba algo en donde apoyar mejor mi revista, para poder apreciarla mejor, la mesa estaba un tanto lejos.
Antes de concentrarme en el regalo de la tarde, analicé a mi dulce prima. ¿Por qué aún estaba con el uniforme de la preparatoria? El atardecer estaba siendo sucedido por la noche, su horario escolar había finalizado hace rato. Y era extraño que en este instante no me estuviese molestando por verla sentada sobre el suelo con su atuendo limpio. Entretenida se veía recortando flores y armando con ellas coronas, una ya la traía puesta el gato, que de hecho, no paraba de saltar entre mi prima y la copa del árbol.
Sonreí, dicen que mirar o ser acompañado por un ser querido reduce el dolor tanto mental como físico. Había paz, es cierto, las inquietudes se desvanecen… pero solo de manera temporal.
Vi una sombra que creada por la luz en conjunto con un cuerpo, en el umbral de la puerta de la planta baja hacia el patio. Miré por el rabillo del ojo fingiendo estar concentrada en la revista sobre mi regazo, cuando pude echar un vistazo mejor, identifiqué a Near. ¿Qué hacía fuera del sótano? Viendo que su líder estaba fuera de su puesto, tal vez pensó en buscar algo de aire fresco.
¡Pero que digo! Near era el niño más extraño que hubiese visto. Con el tiempo y tras ver su comportamiento, consideré que era aun más frio y misterioso que Ryuuzaki. Me atrevía hasta decir que parecía en ocasiones un chico autista. No aparentaba tener mucha noción de lo que pasaba a su alrededor, siempre absorto en su mente. Si no conociese al niño ni al capitán azúcar, me aventuraría a decir que ambos eran padre e hijo, aunque el cabello les jugase en contra.
Me pasó por alto, como mínimo debo parecerle un duende de jardín. Llevé mis ojos en la misma dirección en la que él miraba: Lizzie. Wow, wow… No le di tiempo a mi conciencia de terminar, todavía estaba sorprendida de que este chico decidiese poner un pie fuera de un sitio techado. Por su palidez —en todos los sentidos físicos— aparentaba padecer el albinismo.
Él llegó donde sus ojos siempre habían apuntado desde que lo pesqué en la entrada. Lizzie movió sus labios, saludándolo seguro. Near me daba la espalda por lo que no pude asegurar su respuesta. Se sentó junto a mi prima enmarañando entre sus dedos sus cabellos blancos, ella le dio conversación. Escuchar conversaciones ajenas es de mala educación, ¿pero mirarlas? No podía oírlos, solo susurros apenas llegaban.
—Extraño —pronunció anónimamente una de las dos voces masculinas restantes en la casa. Apenas le di una mirada, L estaba entre uno de los últimos escalones observando lo que minutos antes yo había estado contemplando. Él muy cerdo se estaba chupando el dedo pulgar. Con la pancita llena de glucosa decidió bajar para seguir fastidiándome—. Pero no imposible.
No respondí ni di signo de que lo hubiese advertido cerca de mí, seguí observando las circunstancias. Los ejemplos sirven para guiar, esta en nosotros decidir… ¿Por qué mi subconsciente o conciencia debía sonar endemoniadamente como mi madre? No es que detestase la voz que mi mama había tenido, al contrario, pero ella siempre solía recalcarme las cosas en modos tan poéticos y en los tiempos donde yo era una adolescente, jamás presté atención a sus palabras. Ahora volvían en mi mente, seguramente refiriéndose a mi ceguera en ciertos asuntos.
Ignoré al individuo que se sentó, de manera curiosa, en uno de los sillones junto a mí. Iba por el tercer intento de tratar de concentrarme en el álbum, pero me interrumpían una y otra vez.
—¿En dónde fue que compraste esos bocadillos? —preguntó sin mirarme, de hecho, ambos seguíamos espiando a Lizzie y a Near.
—En el centro comercial —contesté mecánicamente. Liz jugaba con sus ocurrencias, había depositado una corona de flores en la cabeza de Near, este no parecía darle importancia a ese divertido detalle, se dejaba hacer.
—No vuelvas a comprarlos ahí —pidió o más bien ordenó. Deposité, ahora si, mi ojos sobre él. ¿Aún no le bastaba? Podía entender ahora que los había comprado principalmente por él, y me los desagradecía—. No puedes.
—¿No puedo? —levanté una ceja, mientras leía una leve reseña en una de las paginas.
—No puedes acostumbrarme a comer lo que tú cocinas… y luego traerme dulces de segunda —criticó mordiéndose el dedo, vislumbrándome, sin pestañear, con esos enormes ojos de sapo—. Prefiero en un ciento diez por ciento tus postres.
Awww… Buen intento.
—Disuadirme así es trampa —si él me copiaba mis respuestas, yo también lo haría. La frialdad y poco interés no era propio de mi personalidad, no quería hablar con él—. No cocinaré más de lo normal, las adulaciones estorban.
El precipicio es imaginario, pero no su profundidad ni su áspera superficie.
El silencio baila entre los segundos que cuentan los relojes, que se extienden cada vez más y más. ¿Cuántas veces ya he descripto al silencio? No importaba, por qué este nunca dejaba de entrometerse ni de presentarse en variadas formas, como muchas cosas, jamás terminaría de definirlo.
Vi la piel de mi muñeca, totalmente punteada o mejor conocida como la piel de gallina. Si había venido por algo de frescor, ya lo había obtenido en un par de sentidos. El temblor de mi cuerpo es una acción involuntaria ante un escalofrío o varios de ellos. Froté mis brazos para quitarme un poco el repentino frío, otra cosa molesta e inoportuna al inventario.
Crucé mis piernas y mis brazos, encogiéndome lo más que pude, así el frío no podría colarse. Sin embargo, los escalofríos brincaban con poca sutileza sobre mi columna vertebral. Miré el cielo, la noche ya había caído, eso podría ser un motivo por el cual ahora había más brisas. Los comienzos de la primavera siempre eran indefinidos, aún el frío no se iba del todo pero para que llegase el calor faltaba mucho. Estaba recuperándome de una disfonía, no tenía porque adicionar un resfrío que no vendría al caso…
Él último escalofrío que sentí fue el más fuerte de todos. Pero la particularidad es que no fue ocasionado por las corrientes de la noche ni por lo frío de del sillón o lo delgado de mi ropa. Había… una mano en mi hombro, y todo un brazo alrededor de mi espalda. La sensación me atrapó más que el pensamiento.
Por alguna razón yo tenía ahora mi cabeza entre su hombro y su cuello. Y él había apoyado su cabeza sobre la mía. ¿Cómo se supone que habíamos pasado a esta situación? Ahora sentía que mi cara me traicionaba poniéndose roja. No me tensé ante su contacto, como normalmente haría, me relajé sin aviso previo.
¿Por qué… no lo apartaba? ¿Por qué no lo abofeteaba y lo llamaba aprovechado? ¿¡Por qué!? ¿Por qué me quedaba callada… y... disfrutaba de su acercamiento? ¡¿Maldita sea?! ¿¡Qué es esto!?
—E-esto… es trampa —musité balbuciendo, dudo que sea por el frío pero tampoco deseo que sea por otra cosa.
—Cállate —¿Qué me callara? ¿Qué pretendía?—. Lo correcto… es que te cediese mi abrigo, pero no traigo ninguno conmigo.
Él no es un caballero, él no es un caballero, él no es un caballero… pero por lo menos lo intentaba.
Cerré los ojos y luego los abrí recordando que esto no estaba del todo bien… ¿O es solo que soy una paroica? ¿Éramos amigos? ¿No? ¿Los amigos podían contentarse así? Pretextos, pretextos…
Observé a lo lejos a mi prima y al chico albino. Un punto de distracción era lo que buscaba, pero no había posibilidad de que me olvidase de algo cuando lo estaba viviendo. No era la gran cosa… había tenido amigos con los que había compartido abrazos. ¿Entonces, por que había lugar para la diferencia? ¿Por que no se sentía como un amistoso abrazo?
—Ryuuzaki.
—¿Hmm?
—¿Acaso… Near sufre de albinismo? —la pregunta descolocaba cualquier pequeño romanticismo que se hubiese creado, pero eso era lo que buscaba.
—No totalmente. El único detalle que lo salva es que los albinos tienen los ojos azules —respondió instintivamente, casi con aburrimiento. Desde luego que él no esperaba que dijese eso.
¿Qué hago? ¿Qué hago? De alguna forma necesitaba aplacar el nerviosismo… tiempo fuera ¿Me he puesto nerviosa? Don't worry, be happy. Cállate lado pacifista. Divisé el suelo y luego mi regazo. ¿Debería contar al Life Book como autor de todo esto? ¿Pero como podría él influir? Tenía que dejar de culparlo por todo lo indefinido que me sucedía. Quité al libro y al álbum de mi falda. Y nada, el mismo sentimiento seguía sin moverse. El libro quedaba inocente.
Había paz, la intranquilidad se ahuyentaba…
Tragué saliva, al entenderlo. La sensación de la protección. Cuando no necesitas oírlo ni verlo si no sentirlo. Calidez, la había y me afectaba, dejaba huella, que lograba que reflexionase así. No podía mirarlo y ni tampoco hablarle, no… no quería hablarle. Olvidando las preguntas sin respuestas, ahora podía confirmar algo sin confundirme antes; no quería romper el momento. Lo intenté y no pude. Había razones o al menos creía que así era. Sin importar mis intentos por desvanecer a lo inédito, había algo irrompible, algo fuera del alcance ni manejo nuestro. Ese algo… que me ataba ahora, que me evitaba querer decirle que me dejase en paz.
Lo que solo la compañía correcta podría otorgarte. Lo que solo el brazo de un hombre podría darte…
¡NO!
—Ah… eh, ya anocheció. Será conveniente que me ponga a preparar la cena —parándome bruscamente deshice todo contacto. No volteé ni tampoco esperé su contestación, simplemente subí las escaleras con la rapidez que me había faltado cuando las baje. Las excusas, en general son originales, en general.
Cobardía… valor únicamente humano.
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—Eso es arte —calificó Mello. Entrecerré los ojos de manera que visualizase mejor el boceto. Yo no daría tan a la ligera semejante calificación.
—Eso es estúpido —siseó Dallas en su primer comentario en lo que iba de la larga noche. Si existía algún tema en el que no hubiese que discutirle a Dallas, era el arte y el diseño. Contrariando su personalidad, la niña solía debatir con habilidad temas relacionados al mundo de las artes visuales—. Haber considerado que un diseño es artístico es una perdida de tiempo en cuanto apreciación. Los diseñadores que pretenden ser artistas fracasan.
—¿Quieres decir que los diseñadores gráficos no pueden producir arte? —intuyó Ryuuzaki con el rostro pobremente iluminado por la vela en suelo.
—No, si pueden. Pero diseñar es algo más que simplemente dibujar y proyectar. Se crea un diseño a partir de una idea fija y especifica, todas las acciones en un diseño deben estar fundamentadas. En diferencia con un artista, quien crea una obra con los sentimientos de su interior, demostrando su opinión sobre algún aspecto del mundo, no siempre debe tener sentido ciertos elementos en una obra.
—¿Resumiendo...? —Lizzie quien aportaba algo de su atención a la extraña conversación, pregunta mientras leía un libro sobre su regazo.
—Díganle hola al diccionario y conozcan el significado de arte. No hay manera de diferenciar términos si no se conocen sus significados —Dal acotó finalizando la discusión que se había originado por un simple comentario.
Volvimos a callarnos. La galería de temas para hablar estaba tan vacía y pobre. La iluminación estaba lejos de ser contemporánea, más bien parecía que hubiésemos retrocedido a la era medieval. La bandeja en el suelo, momentos antes repleta de bocadillos, ahora vacía. Una vez que la energía se fue, terminamos todos en el suelo de madera del gimnasio, reunidos como si se tratase de alguna especie de fogata.
El amplio lugar solo poseía una larga y estrecha ventana. El único motivo que nos había llevado a todos nosotros a parar ahí con unas pocas velas como iluminación había sido una tormenta. Simple, entre idas y vueltas del clima, la tempestad descargó su energía, podía asegurar que el cielo desde mi ángulo jamás se había visto tan profundo y tan oscuro.
La electricidad nula nos obligó a todos a buscarnos de una u otra forma, es decir, que por casualidad intuí que tanto Lizzie como Dallas estaban en el gimnasio, los otros cuatros plomazos aparecieron solos. Era una suerte que ambas estuviesen juntas cuando la energía decidió darse de baja. Entre la búsqueda atolondrada de velas y la decepcionante noticia de que no poseía baterías mis linternas, me había tardado bastante. Era claro que nunca tenía preparado lo necesario para estos casos.
El suelo brillaba intensamente por la gran claridad que se filtraba por las ventanas producto de rayos y relámpagos. Las tormentas son feas, mataré a quien me discuta.
—Las tormentas... son fascinantes —Esta bien Ryuuzaki, acabas de dictar tu sentencia. ¡Por favor! ¿Había alguien en este mundo que me pudiese explicar que mierda le veían de atractivo a las tormentas? Estaba empleando tanto esfuerzo por ignorar esa intranquilidad, la oscuridad me había quitado mi estrategia de ponerme tapones en mis oídos, no tenía el valor de caminar a la deriva por un laberinto oscuro con la idea de alcanzar mi habitación. El detective se había alejado del grupo acercándose a la ventana. Si había alguna posibilidad de que sus ojos resplandeciesen era ahora a través de la luz de la tormenta. Comenzaba a cansarme en el asunto de ser tan detallista, ¿por que me molestaba en notar esos cambios en sus facciones? Ni modo, la respuesta no la quiero.
Esquivé sus ojos en cuentos estos me descubrieron observándolo, desvié mi mirada hacia el cuaderno que Dallas tenía sobre sus piernas. Sonreí, fuese o no arte, no dejaba de ser maravilloso. Cuando conocí su carácter me impresionó que tuviese predisposición hacia el dibujo, siendo ella tan fría y poco comunicativa, era un tanto extraño que le gustase el diseño. Quien soy yo para juzgar, según el destino, nadie. A pesar de tener solo una vela prendida ella podía dibujar con facilidad. Nunca indagué mucho, pero me habría encantado saber de donde había sacado tal talento.
Lizzie pegaba ojeadas, cada tanto, fuera de su lectura para ver lo que su hermana hacia, no era la única a la que le traía curiosidad. Y eso que aún no introducía en la cuenta al chico rubio. Él no observaba el dibujo si no a su autora, de no ser por su mirada impasible y misteriosa, podría sospechar de sus pensamientos. Sin embargo, ellos eran la diferencia personificada, por lo que era bastante difícil saber en que cavilaban bajo ese manto de indiferencia.
El sonido causado por la onda de choque de un rayo, es decir, el trueno, me espantó más, me encogí entre mis piernas. Y el susto fue aún mayor cuando roté mi cabeza topándome con la repentina cercanía de Ryuuzaki. Contraje las pupilas de mis ojos ( o al menos así imaginaba mi expresión), ladeé mi cabeza ignorando su mirada en mi. Parecía un pasatiempo para él contemplarme constantemente. Se había arrimado a mi lado, silenciosamente se había sentado a su original forma. Me alejé buscando más distancia, pero él no pareció compartí la misma intención, de modo que se había vuelto a aproximarse. Me mosqueé y repetí mi acción y él la suya. La siguiente vez que se me acerqué lo abofeteó, pesado.
Near se mantenía distante, con un puzzle sobre su regazo, peculiarmente en blanco. Pesqué a Liz observándolo un par de segundos, estaba segura que la luz de la vela no tenía nada que ver, pero había cierta calidez especial en sus pupilas.
—Misa —el insoportable detective me aludió. Lo miré sobre mi hombro esperando alguna especie de continuación—. ¿Desde cuando conoces a Lizzie y Dallas?
—¿Desde que tengo memoria? —la pregunta me pareció por demás obvia, seguramente se traía algo entre manos.
—Hago referencia a tu tutela... ¿Por que te hiciste cargo de ellas? —con las preguntas extrañas y desubicadas estaba hipotéticamente curada de espanto, todavía de esa forma, L siempre encontraba alguna pregunta que me liase.
Dal y Liz levantaron su ceño, cada una con su expresión particular. A ellas también les había extrañado tal cuestión.
—Son mi única familia. No creo necesitar otra razón —hablé decididamente. Lizzie me sonrió suavemente.
—Ellas se encontraban al otro lado del mundo —agregó Mello. No comprendía, si ellos sabían lo que preguntaban... ¿Entonces, para que se molestaban?
—Eso no influye en nada. De haberme enterado, me hubiese convertido en su tutora mucho antes —aclaré un tanto molesta, tenía aún la culpabilidad de no haber respondido antes por ellas cuando se quedaron solas. Ambas estaban ausentes en la conversación, me preguntaba cuanto se tardarían en intervenir.
—¿Haberse enterado de qué? —Mello prosiguió sacándome información. ¿Qué más podía decirles que no supieran ya?
—¿De que eran huérfanas? ¿De que terminaron en un orfanato? ¿De que mi familia se iba reduciendo sin aviso? ¿De que...?
—Misa, suficiente detalles —Dallas interrumpió sin mosquearse todo mi dramatismo. Vale, a veces me dejaba llevar por el momento.
—Si no hay sana curiosidad de por medio... ¿Qué los incita a preguntar tales cosas? —Lizzie elevó su mirada de su lectura hacia nuestros invitados. La pregunta fue certera, las razones debían seguramente traerles algún tipo de beneficio para ellos. Si no fuese así, ni se molestarían en averiguar.
—Es humano ser curioso —pude recoger cierta sensación, Ryuuzaki eludió en alguna manera la pregunta, no la respondió completamente.
—Es humano ser entrometido —acotó Dallas demostrando que no tenía mucha predisposición para hablar de esos temas. Estando Lizzie a su lado, ella la codeó levemente con una mirada significativa.
—¿Que es lo que buscan saber? —sin rodeos preguntó la más pequeña.
—Quienes son.
Agudamente la mirada de Near se había alzado acompañando su respuesta. Las únicas palabras que dijo y penetraron bastante. Nadie, al menos ninguna de nosotras tres, respondió inmediatamente. La conversación era increíble. ¿Qué gracia podía tener que nosotras hablásemos de nuestro pasado mientras ellos nos escuchaban? ¿Qué fin? ¿Pasar lo que quedaba de la noche?
—Lo mismo podemos preguntar —Dallas destapó un marcador con su boca mientras seguía garabateando.
La zona se dividió en dos por la potente luz que se filtraba por el pequeño ventanal, la luminiscencia se desplegó por la energía de un relámpago.
—Aparentan conocer ya a Misa, incluso más que nosotras —contempló Lizzie dejando su libro de lado y cruzando sus piernas a modo de indiecito. La miré con exclamación en mis ojos, de alguna u otra forma se había dado cuenta que Ryuuzaki y yo ocultábamos más de un secreto—. Entonces, solamente nosotras dos somos el punto.
—Es inútil volver sobre lo que ha sido y no es ya —musitó Dal mirando a todos.
—Frédéric Chopin —aclaró Mello compartiendo su mirada, con el nombre suponía que se refería la frase dicha por mi prima.
—Narrar lo sucedido, es una medida para superar el pasado —recitó L. Observé la expresión de Dallas, su cejas enarcadas, leí sus pensamientos, según los aspectos, no había nada que superar.
¿Quién puede realmente olvidar el pasado? ¿Qué más hay que saber?
Lizzie sonrió de lado observando como el gato se entretenía jugando con la leve llama de la vela, antes de que su curiosidad lo quemase, lo apartó depositándolo en su regazo.
—Antes de contar... ¿Que es lo que saben? —Lizzie corroboró haciendo una pausa.
—Solamente lo que Misa nos ha dicho —ambas me miraron acusadoramente, ahora me sentía un soplona gracias al ojeroso.
—No creo que necesiten saber más de eso —opinó Dallas.
—¿Por que no? —desafió peligrosamente Mello, siempre había cruces.
—Venimos de Dallas, Texas —apuntó Lizzie un tanto aburrida por tanta vuelta del asunto, al parecer le daba igual ya que le preguntasen.
—Gracias, siempre tu ayuda —le masculló Dallas.
—Para servirte.
—¿El lejano oeste, the far west? —Dallas lo miró al chico blondo escéptica. ¿Dónde había agua fría? Ella comenzaba a molestarse por sus preguntas o respuestas.
—No precisamente —contestó rotundamente.
La lluvia se intensificó, el sonido de los arboles compitiendo contra el viento se volvía cada vez más duradero y más seco. Watari observaba por el ventanal, era el único que estaba parado. No tenía reloj a mano pero ya debería ser muy tarde. ¿Pero quien querría dormir? Habíamos terminado ahí juntos de por casualidad, ellos seguramente se vieron obligados a salir del sótano por la falta de electricidad.
—¿Qué sucedió con sus padres? —la pregunta cruda y directa de Ryuuzaki las sorprendió a ambas pero de distinta forma.
—Fallecieron —alegó Dallas sin más. Jamás investigue mucho con lo sucedido con mi oji y oba-san ya que no quería hurgar en la herida, pero ahora me hallaba un poco más interesada en saber.
—Lamentamos oír eso —admitió Ryuuzaki en nombre de ellos.
—Descuiden, el tiempo no curó nada pero nuestra voluntad si —meditó Liz aceptando el tardío pésame.
—¿Que fue lo que pasó? —Entre Mello y Ryuuzaki se iban turnando para preguntar o para contestar, Near solo escuchaba y raras veces miraba. En este caso fue el turno de Mello.
—¿Las apariencias o la verdad?
—La verdad —pidió L.
—La verdad es que no deberíamos estar aquí —comenzó Dal.
—¿Que.. ? —escupí en cuanto comencé a imaginar por que lo decía.
—Nuestros padres murieron en un accidente automovilísticos del que fuimos también participes —Lizzie explicó. Partí mi rostro en cierta angustia, me disgustaba frialdad con la que contaban todo, esas no eran ellas.
—Por accidente se debe entender 'atentado' —sorprendida me volteé a verlas. Esa parte de la historia definitivamente yo no la conocía.
—¿Trataron de matarlos? —preguntó Mello alzando una ceja.
—Bah, fueron cavilaciones nuestras tiempo después —habló quien no dejaba el lápiz y el borrador de lado.
—Pero es lo más seguro, después de analizar todo, el accidente fue muy incoherente. Además nuestro padre nunca trajo a casa dinero limpio —desencajé mi mandíbula al oírla a Lizzie. Acaso... ¿mi tío había estado relacionado con alguna mafia o qué? Y ellas... ¿como es que estaban tan seguras? Habían sido niñas cuando sus padres se marcharon, ¿desde pequeñas que ya tenían esa idea de la realidad? Comienzo a enterarme de varias cosas.
—¿Como sobrevivieron? —Ryuuzaki se había apartado por fin de mi lado y se había acercado a Watari para observar también el tormentoso exterior.
—Esa parte se ha vuelto borrosa.
—No tanto —defirió con su hermana mayor—. Recuerdo... sonidos sordos, metálicos. Tu gritaste.. o ¿yo lo hice? No importa. Me tomaste en brazos y de alguna u otra forma conseguimos salir del auto en pleno suceso.
—Luego llamas y sirenas por doquier —agregó Dallas hablándole a su hermana.
—Sip, llamas —finalizó Lizzie. A lo último parecía que solo estuviesen ellas dos en la habitación, esa tranquilidad para contarlo me perturbaba, sin embargo sus miradas nostálgicas y sombrías a la vez me confirmaban que recordar los hechos aun les efectuaba.
Dallas dejó aburrida su cuaderno, se cruzó de piernas y brazos, recostó su cabeza contra la pared, parecía que el techo era más interesante que la presencia y conversación de nuestros invitados. El gatito se había escapado de los brazos de su dueña y se había acercado hasta donde estaba Near. Lo observó curioso el animal, el chico apenas si lo miró, cosa que cambió cuando al felino se le ocurrió la idea de acomodarse en medio del rompecabezas. Lizzie rió por lo bajo y a mi también me pareció divertido.
Near corrió un par de veces al gato pero este siempre volvía a molestarlo. En resumen, terminó parándose y acercándose hasta donde estaba Lizzie con el gato a cuestas. Él se sentó junto a mi prima y le entregó el dichoso animal. La inocencia de un bichito si que robaba más de una sonrisa.
—¿Tienen idea del tipo de negocios que mantenía su padre? —consultó el joven rubio mientras del bolsillo de su pantalón sacaba una barra de chocolate.
—No mucho. Siempre lo mantuvieron en secreto. Aún así nos dábamos cuenta de ciertas cosas —respondió Lizzie acariciando la cabeza del gatito.
—¿Ciertas cosas? —intervino raramente Near. Liz asintió levemente.
—Si, la apariencia a veces de los socios de nuestro padre. Los temas de sus reuniones, las grandes sumas de dinero que manejaban, etcétera.
—Je... ¿Solían espiar las reuniones de negocios de su padre? —dedujo Mello sonriendo levemente de lado.
—Nunca fuimos santas... —aclaró Liz.
—¿Y de su madre? ¿Qué me dicen de ella? —la mirada de Dallas me anticipó que Mello estaba siendo muy entrometido.
—Mama era un ángel —calificó Liz con seguramente una imagen de su madre en la mente. Debió haber sido un efecto de la luz pero juraría haber visto a Dallas sonreír por un momento, si un efecto óptico.
—¿Ángel? ¿Qué clase de madre puede ser calificada de esa forma cuando dejó que sus hijas fuesen influenciadas y afectadas por los negocios de su padre? Disculpen, pero-
—¿La opinión es libre? ¿Verdad? —Dallas lo cortó no solo en la respuesta si no también con la mirada—. Por ello no significa que puedas juzgar y hablar de cosas que realmente no conoces —ella recogió sus cosas y se enderezó aún observándolo duramente—. Hazme el favor de guardarte esos comentarios en mi presencia —tragué duro, que fría y agresiva había sido. En este momento, no sabía si debería reprenderla por eso, ya que también creía lo mismo.
—Espero.. ¿A donde vas? —pregunté en cuanto casi la pierdo en la negrura de la habitación. Ella no volteó para contestarme.
—Aquí termino. Me iré a descansar —respondió autoritaria pero con un tono más suave, supongo porque fui yo la de la pregunta. Ella sacó de su bolsillo su celular y lo prendió para iluminarse, estúpidamente jamás se me habría ocurrido.
El silencio luego de su ida quedó petrificado. No hubo muchas palabras luego de eso. Contemplé a Mello, él había seguido todo el tiempo con su vista a Dallas, sus ojos estaban llenos de significado, aún estaba observando la salida por donde ella se había ido.
Era la segunda vez que lo veía con esa expresión y que su causa curiosamente había tenido relación con Dallas.
Bienvenido sea el dolor, si es causa de arrepentimiento...
Notas de autora: Sin mucho que acotar además de que es un capítulo sumamente reflexivo. Es pesado, lo sé, pero las cavilaciones y sentimientos de la prota deben escucharse.
En cuanto a mi tardanza, lo único que tengo que aclarar es que el tiempo me es injusto, pero por nada deben interpretar mi tardanza como signo de que he abandonado el fanfic, eso jamás pasará. Gracias por la paciencia.
El tercer párrafo de mis notas siempre es sobre el Review, ¿saben para que sirve? ¿saben como acceder a él? Rotundamente si deben pensar, no hay excusa para que no me den a conocer sus opiniones sobre esta historia. No he recibido ninguna critica constructiva, no sé si tomarlo como buena o mala señal, en fin, estoy abierta a ellas...
