Miss Fortune se encontraba a solas en una cabaña del puerto, en la que solían depositar los cadáveres sacados de la mar hasta que sus familias venían a reconocerlos. Le había reclamado un favor al forense encargado del lugar, y había hecho que sus hombres trasladasen el cuerpo de Adán hasta allí. Oculto en una caja, eso sí.

Ahora se encontraba sobre una oxidada camilla metálica, cubierto por una sábana.

Mundo ya sabía donde encontrarla, y ella había tenido el detalle de esperarle sola, como muestra de confianza.

Con algunos de sus hombres en las cercanías, en caso de que algo fuese mal, claro está.

Mientras esperaba, se pelaba una mandarina. Cuando llamaron a la puerta, aún estaba comiendo.

-¡Pase!-dijo metiéndose una rodaja en la boca.

Cuando vio a Mundo entrar, escoltado por los dos mismos tipos del restaurante, solo les señaló con la cabeza la mesa, y siguió a lo suyo, sentada en una esquina.

Mundo miró bajo la sábana, y alzó la cabeza, ligeramente sorprendido.

-¿Qué significa esto?

-¿Qué?-dijo actuando como si no supiese a que se refería.

El doctor destapó el cuerpo. La cabeza estaba separada de este, y el cuello, dañado más allá del reconocimiento como tal.

-Esto.

-Ah, eso.-siguió comiendo sin levantarse de su sitio.-Verá, fue un pelín complicado. Primero tuvimos que abatirle, pero no se quedaba quieto en el sitio porque sus malditas piernas seguían curándose. Así que probamos a derribarlo por la fuerza. Y aprovechando que tenía mi espada a mano...

-Ahorrese los escabrosos detalles, que aunque me interesen, tengo prisa. La cuestión es que me ha entregado lo que le pedí.-ladeó la cabeza observando el cuerpo.-Aunque lo esperaba en un mejor estado de conservación.

Fijó su vista en Fortune.

-¿Y el resto?

-¿Qué resto?-dijo volviendo a fingir que no sabía de que le hablaba.

-... ¿Está siendo usted honesta conmigo, Miss Fortune?

-Tanto como lo fue usted conmigo, Dr. Mundo.

Mundo clavó su mirada en ella. Fortune miraba a otro lado. No porque se sintiese intimidada, si no porque estaba más concentrada en comer.

Precisamente por eso no notó las venas moradas que comenzaban a crecer en el cuello del zaunita.

-Bien.-dijo volviendo a dejar la sábana tapando el cuerpo.-Su pago se hará íntegramente según lo acordado. ¿A que cuenta debo destinarlo?

-A la de carro lleno de oro.

-¿Es un banco de aquí?

-No.-sonrió, mirándole por fin.

Mundo sonrió falsamente. Se dio la vuelta para salir.

-Y yo que creía que bromeaban.


A Victor le sorprendió la estructura vertical de las calles y los edificios de la ciudad principal. Por eso se alegró de encontrar una pensión a las afueras, más cerca de las zonas llanas de la isla, y más lejos de la porquería y la violencia.

O al menos eso es lo que había oído del lugar. Tampoco es que hubiera tenido mucho tiempo de explorarlo.


*1 día antes*

Muelle del Sirena, justo después de tocar puerto.

-¿Estás segura de esto?

-Tú ya has encontrado un hueco y una vida aquí. Ahora creo que me toca a mi.-dijo Lilith abrazada a Malie.

Fortune había estado con Malie hará un tiempo.

Así que sabía como iría esto, y solo podía contar los días hasta que inevitablemente, se hartase de él.

-¿Te envío tu pago a la dirección de siempre?-le preguntó la pelirroja al escualo.

-Sí. Pero te aviso. Probablemente no este para recibirlo por los próximos... tres días.-dijo dándole una palmada en el trasero a su nueva novia.

Ella respondió riendo, e inmediatamente después, Victor, Rafen, Katarina y Miss Fortune tuvieron que observar incómodamente como ambos se enrollaban.


La dueña de la pensión era una señora mayor muy amable. Pero no comprendía porque insistía en llamarlo "regalo para sus ojos".

Fuera como fuese, su "jefa" le había dado ese día libre para explorar la ciudad y asentarse, echándole una mano con un adelanto monetario. Había sido muy generosa con él.

Claro que también le dijo que se lo iba descontar de la paga.

Aunque revisar la parte baja de la ciudad no le interesaba, porque daba la sensación de que en cualquier momento le atracarían, y la zona alta, aunque fuese más segura por el simple hecho de ser rica, estaba muy arriba para su costumbre a superficies bajas.

Pero la realidad era que había otra cosa que le llamaba la atención.

Desde su posición, podía ver una pequeña capilla nativa, en una ligera cuesta arriba que se iba estrechando. No debían ser más de 5 minutos andando desde la pensión. Y teniendo en cuenta lo que había leído sobre los nativos, su cultura y su religión, le llamaba la atención la posibilidad de aprender sobre ellos.

Sobretodo porque una diosa que te animaba a seguir tus deseos era lo que necesitaba.

Porque no tenía ni idea de cuales eran.

Se paró frente a la puerta del antiguo edificio, y tras observar con interés sus motivos arquitectónicos, con un ser que solo podría describir como un dios con una barba hecha de tentáculos de pulpo, cayó en la cuenta de que la cuesta y la capilla le tapaban una estructura aún mayor. Una especie de torre escalonada, con un tubo en la cima que giraba en forma de anzuelo por el interior de la torre.

Se acercó a ella, pero en vez de subirla, pasó por un lateral, y se asomó para ver que había al otro lado.

Surgiendo de la pared del precipicio, se hallaba la boca de jade de un monstruo marino. De colmillos afilados, y con un par de brillantes ojos de, lo que suponía, eran piedras preciosas.

Le pareció sumamente extraño que en una ciudad de ladrones, nadie los hubiera robado hace años.

Bueno, quizás lo hicieran, y solo fuesen réplicas.

Pero reconoció lo que era. Un llamador de serpientes. Utilizados para espantar, o atraer, monstruos marinos, si lo que se busca es la caza.

Se apartó al fin de aquel precipicio, que estaba comenzando a marearle, y se giró para volver hacia la capilla y poder verla por dentro.

Se sorprendió cuando se encontró a una niña parada frente a él. ¿Cómo pudo acercarse tanto sin que la escuchase?

Por el tono de su piel, los ojos verdes, y los motivos de los tatuajes de sus brazos, supuso que era una nativa. Su indumentaria también parecía indicarlo.

-Nunca aprendéis, ¿verdad?

-... ¿Perdón?

No le dijo nada más antes de que le soplase un polvo negro apuntando al rostro, el cual apenas le alcanzó por el pecho.

Ni siquiera tosió. Solo olisqueó, intentando identificar la sustancia.

-... ¿Me has lanzado esencia de loto negro?

-... ¿Cómo es que no estás dormido?

-Con eso podrías haber matado a alguien.-dio un paso hacía ella.-Si no calculas bien la dosis...

-¡No te acerques!

La niña cayó sentada al suelo, al echarse hacia atrás.

-Pe... pero tranquila, pequeña, que yo...

-¡MEIGAAA...!

Victor tuvo que taparse los oídos debido a la aguda voz de la niña, y su sensible sentido del oído.

-¿Qué pasa ahora?

De la pequeña puerta lateral en la parte trasera de la capilla, salió una sacerdotisa. Era muy parecida a la niña. Pero sinceramente, acabando de llegar allí, todos los nativos le resultaban muy parecidos, así que a lo mejor era cosa suya.

Pero también tenía el pelo negro, los ojos verdes, y la piel tostada. Aunque más marcas de tatuajes tribales.

La niña fue corriendo hasta ella, y le tiró de la falda.

-Estaba rondando por aquí. Miraba muy raro el llamador de serpientes.

-¿Qué quieres decir con que lo miraba raro?

-Que lo miraba raro.

-Yo... No sé. Es que vuestra capilla y la torre me llamaron la atención, y quise asomarme a mirar.-respondió nervioso.

-¿Cómo que te llamaron la atención? Cualquier paylangi los has visto miles de veces.-preguntó la sacerdotisa cruzándose de brazos.

-... ¿Pay-qué?-ladeó la cabeza.

Meiga se quedó mirándolo de arriba a abajo, golpeteándose el brazo con el dedo índice, manteniendo los brazos cruzados.

-¿Tú no eres de por aquí, verdad?

-No. ¿Porqué? ¿No está permitido estar aquí? Si es así, lo siento.-dijo cada vez más incómodo.

-Tranquilo. Aquí puede venir quien quiera.-le dijo la sacerdotisa, sonriendo ante su nerviosismo.

-¡Pero estaba mirando a las gemas!-repitió la niña.

-Espera. ¿Son auténticas?

Se acercó de nuevo al acantilado para volver a mirar.

-... ¿y como es que no las han robado?

La niña comenzó a señalarlo, como sí lo que acabase de decir confirmase sus sospechas. La sacerdotisa se agachó, y le acarició el pelo.

-Vuelve adentro. Yo me encargo de esto.

-¿Estás segura? Es muy grande. ¿Y si te hace algo?

-No te preocupes. Sé cuidarme sola.

Vio a la niña correr de vuelta a la capilla, la cual miró un momento atrás, antes de entrar.

-Pues ahora que me fijo, brillan mucho para ser imitaciones.

Cuando por fin se apartó del acantilado y se dio la vuelta, volvió a encontrarse con alguien de frente. Esta vez era la sacerdotisa. Que permanecía cruzada de brazos, pero sonriendo.

-Soy Meiga.-dijo ofreciéndole la mano.

-Ahm, Victor.-dijo dándole la mano sin apretar con mucha fuerza.

-No te enfades con la niña. Es que desconfía de los blancos.

-¿Porqué debería enfadarme?

-... Te ha llamado ladrón.

-No, no lo ha hecho. ¿Lo ha dicho? Porqué no lo he oído.

Meiga no tenía claro si bromeaba, o lo decía completamente en serio.

-¿Eso son los paylangi? ¿Los que no son nativos de la isla?

-Sí. ¿Y de donde eres tú?-le preguntó la sacerdotisa.

-Yo... no creo que te suene el sitio.

-Por Bilgewater pasan naves desde Jonia hasta Freljord.

-En realidad queda mucho más cerca que eso.

-¿Piltover?

-En realidad nací justo debajo...

-Oh.-pareció dar un paso atrás.

-Pero me crié en otra parte.

Cayó en la cuenta de que él no quería hablar de eso, así que no le preguntó más. No le parecía peligroso, a pesar de lo que su tamaño, y las cicatrices de su rostro y pecho le indicasen, junto a lo fuerte que parecía. Los músculos de su torso estaban bien trabajados. Y tenía una mandíbula cuadrada, y unas facciones delicadas para alguien con sus pintas.

¡Qué cuernos! Debía admitir que decidió fiarse de él porque le parecía guapo.

-¿Y qué haces aquí?

-Me contrató la capitana de un barco para hacer de médico de a bordo.

-¿Médico? ¿En serio?

-¿Qué? ¿No doy la pinta? Todo estas cicatrices me las cosí yo.-bromeó, intentando sentirse más cómodo con ella.

Funcionó. Ella también rió. Ambos dándose cuenta de que el otro se veía mejor cuando lo hacían.

-¿Eres la sacerdotisa de este templo?-señaló al edificio tras ella.

-Sí. Bueno, sacerdotisa en prácticas, técnicamente. Mi abuela cuida de él. ¿Te apetece hacerle una ofrenda a Nagakabouros?

-No he traído nada.

-No tienes porque hacerlo. Mientras sigas tus deseos, ella estará satisfecha.-dijo dándole un par de golpecitos en el pecho con la punta del dedo índice.

-Ya. Precisamente a eso he venido aquí.

-No comprendo.-alzó la ceja.

-No tengo ni idea de cuales son.

Meiga comenzó a reír, teniéndose que llevar las manos a la panza.

-Eres la segunda mujer que se ríe de mi porque le digo que no sé que hacer. ¿Qué tiene de gracioso?

Parecía un tipo reservado. Pero no le llevaba mucho el sentirse cómodo con alguien, tan pronto se relajaba. Cuando por fin paró de reír, Meiga le ofreció la mano.

-Pues venga. Déjame que te ayude a encontrarlos.

Victor dudó un momento. Pero solo un momento. Dejó caer su mano sobre la de la nativa, y esta cerró la suya como pudo. Como pudo, porque la del "médico" era bastante más grande que la suya propia. Difícil de agarrar.

Pero aún así no tuvo problemas para tirar de él hacia la puerta por la que había salido.

-... Si la niña piensa que te tengo retenida contra tu voluntad, ¿qué le decimos?

Meiga comenzó a reír como antes.

-Pues le seguimos el juego, y yo me pongo a pedir ayuda.

-¿Y si alguien escucha?

-Nadie va a hacerlo. Y aunque lo hiciese, no es como si esos gritos fuesen raros de oír.-dijo más con resignación, que con tristeza.


Aquel navio piltoveriano no llevaba la ruta habitual. Llegaba desde el sur, y no del norte, o del oeste. Era la ruta típica de las exploraciones a Kumungu, y demás áreas devastadas por las guerras rúnicas hace milenios.

Claro que su tripulación distaba mucho de estar compuesta de estudiantes y académicos. Cierto, muchos de los mencionados disfrutaban llevar mejoras tecmatúrgicas.

Pero no cosas como brazos espada retráctiles, y puños taser. Más el material con el que estaban fabricados parecía más barato, de un tono cobrizo. Lo que demostraba que muchos de aquellos hombres eran de Zaun.

Claro que había hombres y mujeres de Zaun que viajaban con expediciones de Piltover.

Pero ninguno tan carcomido por el gris que necesitase un respirador.

Y además. Dichas expediciones rehuían Bilgewater como la peste.

Esta iba directamente hacía allí.

Esta fue la última pista que le confirmó a Ezreal que los tipos que habían llegado a la tumba después de él, eran "comerciantes" del mercado negro.

Su habitual suerte fue lo que intervino, y le ayudó a evitar que aquella cripta tuviera un nuevo inquilino, y colarse en su barco sin sospechas. Pero no tenía claro su siguiente paso.

Si solo iban a hacer la parada en Bilgewater para recargar sus bodegas, y pretendían vender las piezas de la cripta a un rico empresario zaunita, podía esperar a que estuviesen llegando a Piltover para sabotear el barco, y huir sin ser visto nadando, para llegar antes, y avisar a Caitlyn. Si estaban allí para subastr o almacenar sus "mercancías"...

Iba a tener que ponerse duro con ellos.

Claro que aquello no era lo suyo. Sabía luchar, por supuesto. Y el guantelete era una gran ventaja. Pero lo suyo era más un pegar y correr. ¿Contra tantos tipos con mejoras hextech?

Iba a tener problemas solo.


Un carro, con Miss Fortune dirigiendo las riendas, llegaba a la entrada de su villa. Aquel destartalado trasto...

Espera. No era destartalado.

¿Qué hacía aquel hermoso carro blanco, pulcro como el marfil, y de motivos dorados, en Bilgewater?

¿Quién había traído un carromato de Piltover aquí?

A pesar de la enorme casa en la que ahora vivía, Miss Fortune no tenía ni servicio, ni compañía. Solo las de una noche. Lo prefería así. Total, tampoco es que fuese una mujer de hogar.

Claro que ahora necesitaba ayuda para cargar todo ese oro adentro. Y por mucho que se preocupase por sus marineros, no se fiaba un ápice de ellos en lo que a las cuentas se las trae. Y los que si parecían confiables, no contaban con todo el músculo que ella necesitaba.

Excepto Victor.

Si estaba sudoroso al acabar, podría ofrecerle un baño... juntos.

Aunque le excitaba la idea, le había prometido aquel día libre. Así que decidió guardar el carro y el caballo en sus vacías cocheras, esperando que nadie fuese tan tonto como para pensar en robarle. Porque estaba claro que todo el mundo, de aquí a los muelles, había visto ese carro.

Pensando en matar el tiempo con su vocación de toda la vida hasta que terminara de decidir que hacer con su jugosa recompensa, decidió ir hasta la ciudad de las ratas, a echar un vistazo al viejo tablero.