Gaby M A Smith tenía que amenazar a Tai... así obliga a someterse un poco a Izzy :P Yla prepotencia, me temo que según el caso, puede resultar desagradable o no.

El-Digivice Gracias por tu comentario ;)


El siguiente episodio no está narrado por Tai, sino por Izzy.

En cuanto el punto en la frente de Tai se fue, le obligué a sentarse en el sofá y corrí a la ventana, pistola en mano. Miré en todo lo que me permitía la poca visibilidad que tenía (maldito día soleado), pero había varios apartamentos vacíos. Sería mucho pedir ir allí y que aún estuviera el francotirador. Y más sería pedir salir con vida, claro.

– ¿Estás bien? – le pregunté a Tai.

– Mejor que hace unos momentos – me respondió tragando saliva.

– Vamos a casa, allí descansarás mejor – le dije.

Le ayudé a levantarse, y fuimos al coche. Conduje yo, abrí las ventanillas para que le diera el aire. Le dejé en casa, y con la excusa de ir a dar una vuelta y dejarle descansar, me fui con los Digimon al cuartel.

– ¡Quiero… borre eso, exijo ver el informe acerca de la fabricación, importación y exportación de armas! – le solté al inspector, aguantándome las ganas de agarrarle del cuello de la chaqueta.

– ¿Qué ha pasado? – preguntó Lara, que no me había fijado en que tenía una mesa propia en el despacho del inspector.

– ¡Tu excuñado ha contratado a un francotirador! – grité.

– ¿No tienes a tus amigos, los monstruos digitales, para ayudarte? – me dijo Rivas, con mucho sarcasmo.

– No sé si intenta hacerse el gracioso, o es idiota, pero ¿cree realmente que con un cociente intelectual de 176 no se me hubiera ocurrido que los Digimon me ayudase de haber sido posible? ¡Si hacían cualquier cosa, le volaban la cabeza a Tai!

– ¡No podemos hacer nada! ¡Te niegas a cooperar con mis hombres porque no están a tu altura, ¿qué quieres? – me respondió.

Le solté el cuello, e intenté calmarme.

– ¿Dónde tiene el Gobierno montada la investigación acerca del mundo digital? – le pregunté.

– No recuerdo… – empezó.

– En el Instituto Tecnológico de Chiba – dijo Lara.

Vi cómo el Inspector le lanzó una mirada de enfado.

– ¿Cómo lo sabes, por curiosidad? – pregunté.

– Estudié allí, y durante mis últimos meses, escuché mencionar varias veces a los Digimon. Logré colarme en el reservado que tienen para la investigación.

– Perfecto. Son unos 37 kilómetros de viaje, una hora en coche – dije –. Iré allí, tú vienes también, me irá bien alguien que conozca el sitio. Usted, Inspector, me dejará su placa para tener acceso ilimitado.

– No estoy autorizado para…

– O lo hace… – empecé, bastante enfadado, y miré rápidamente al inspector de arriba abajo – o hablaré con su mujer de lo que hizo anoche al terminar su turno.

Parecía que Rivas quería soltarme un puñetazo, pero en lugar de eso, me entregó la placa. Aunque podía conseguirla por mi cuenta, prefería que supiera lo que iba a hacer.

Volvimos al coche, y me puse en marcha. Tardé un poco en salir de Shibuya, antes de poder encaminarme hacia el Instituto Tecnológico de Chiba.

– Resulta curioso que la investigación no fuera en el Instituto de Tokio – comentó Lara, cuando ya llevábamos diez minutos de viaje.

– Si lo piensas bien, no es tan curioso. El de Tokio es mayor, más conocido, más importante, y por tanto, un objetivo más claro de atacar que el de Chiba – le dije.

¡BUM! El coche de atrás nos dio un golpe. ¡BUM! ¡BUM! Otros dos. No había duda, intentaban que nos matásemos.

– ¡Tentomon, Agumon, encargaros vosotros! – les dije –. ¡No habrá un francotirador, o ya nos hubieran disparado!

Tentomon salió volando por la ventana, y se colocó al lado de la de Agumon, que se agarró a él. Ambos subieron por encima de nosotros, y empezaron a atacar al otro coche, que empezó a moverse en zig-zag. Aproveché ese momento para acelerar, sabía que Tentomon podría seguirnos a esa velocidad.

Cuando parecía que los habíamos despistado, los Digimon volvieron al coche. Poco después, llegábamos a nuestro destino.

Al llegar, decidimos hacer un pequeño parón para ir a comer. Buscamos un puesto de comida rápida, y nos tomamos unos fideos fríos. Lara quería diseñar un plan, pero me negué: prefería actuar de forma impulsiva, y que ocurriese lo que tuviese que pasar. No me fiaba de hacer un plan, siempre terminaban fallando.

Volvimos donde estaba el Instituto Tecnológico. Como es lógico, había estudiantes por todos lados, que se nos quedaban mirando, claramente por causa de Tentomon y Agumon. Lara me llevó inmediatamente donde tenían la zona "apartada".

– ¿No hay timbre? – preguntó Agumon.

– No hace falta – le dije. Pateé la puerta, y al momento, dos hombres armados salieron tras unos arbustos, apuntándome –. Gracias por aparecer – saqué la placa –. Inspector Walter Rivas, querría echar un vistazo a las instalaciones.

Uno de los hombres se acercó, miró la placa, y tecleó algo en un Smartphone (cada vez se usan para más cosas, al final incluso para comer los necesitaremos). Al poco rato, salió un hombre a recibirnos.

Tenía que tener cincuenta años, pese a los restos de crema antiedad que podía verse en alguna arruga. Tenía el pelo totalmente negro, se había pasado con el tinte capilar, además, no se lo había distribuido bien. O no le importaba el aspecto, o llevaba un tiempo sin cobrar, ya que el traje marrón que llevaba estaba desgastado, y las zapatillas tenían varias capas de betún.

– ¿Qué es lo que quieren? – nos preguntó.

– De momento, solo mirar – dijo Lara.

– Sólo personal autorizado…

– Por algo soy de la policía – dije.

Entramos los dos, pero…

– ¿Cómo… dos Digimon? – preguntó.

– En efecto.

Se armó un gran revuelo. Nos llevaron a una sala, y nos pidieron examinar a Tentomon y a Agumon. Les dije que se lo preguntaran a ellos, mientras Lara y yo nos escabullimos a los ordenadores centrales.

– ¿Por aquí?

– Sí, estoy segurísima. Pensé en que quizá podría dejarme caer por aquí y llevarme… algún recuerdo – me dijo.

Bajamos varios niveles, hasta los ordenadores centrales. Uno de los encargados salió a nuestro paso. Le explicamos (sin entrar en detalles) la búsqueda acerca de Smith, y nos dejó pasar.

– Los ordenadores tienen conexión directa con la Universidad de Palo Alto, es allí donde empezó el estudio original – dijo el encargado –, y luego nos aliamos con ellos, por un acuerdo gubernamental, claro.

Empecé a revisar los datos. Eso era un puro revoltijo de letras. De cuando en cuando, lograba localizar el nombre de algún Digimon, o algún atributo, pero nada más. Lamentaba no haber traído mi portátil, aún tenía instalados los programas de cuando éramos los Niños Elegidos.

– ¿Y se pasan el día intentando organizar esa información? – preguntó Lara.

– Sí, en parte. En las plantas superiores, intentamos entender el sistema natural, observamos cómo se comportan, etc.

– ¿No podría decirme donde están los datos descifrados? – pregunté.

– Lamento decir que sólo hay unos diez informes completos – dijo el hombre –. Pero tienen información bastante relevante. Puedo enviársela por un canal cifrado.

– Se agradece. En otras circunstancias, me pasaría el día intentando descifrarlo yo mismo, pero con un caos entre manos, no me será posible.

Me descargué los datos y volví con Agumon y Tentomon. Diez minutos después, volvíamos.

– ¿No vas a leer lo que te ha enviado? – me preguntó Lara.

– Más tarde, en casa. Se nos va a hacer tarde – le respondí.

Agumon y Tentomon nos contaron durante el viaje las pruebas que les habían realizado: escáneres cerebrales, medida de fuerza, habilidades… parecía que las investigación sobre el Digimundo era muy, muy lenta. Quizá debería plantearme ayudarles.

Dejé a Lara bajo su portal y volví a casa. Tai estaba dormido en el sofá.

– ¡Eh, despierta! – le grité.

– Mmmmm… ¿Qué pa-pasa? – me dijo él con un bostezo.

– He estado investigando. Tengo información presuntamente relevante – dije.

– Pues han traído tu nuevo capricho…

Al escuchar eso, corrí a mi habitación. En efecto, ahí estaba: pantalla de 48 pulgadas, táctil, 3D, lectora de DVD, Blu-Ray, y si me descuidaba, me podía leer hasta el pensamiento.

No tardé nada en moverla al comedor, y apartar los muebles. Normalmente, no podría moverlos sólo, pero llevaba un mes esperando la pantalla, y me sentía con fuerzas de desplazar el planeta si hiciera falta.

– ¿Y qué, ya estás libre del shock? – le pregunté mientras colocaba los fijadores en la pared.

– Sí, la siesta me ha reparado – me respondió –, pero en cuanto me encuentre a Smith, le mato.

– No tengas prisa, antes quiero saber qué tiene entre manos.

Me ayudó a terminar de montar la pantalla, y la puse en marcha. En menos de cinco minutos ya la tenía configurada.

– Bueno, vamos a darle un primer uso profesional – dije. Conecté mi teléfono, y empezamos a mirar los datos.

Observamos los detalles de Frigimon, de la Isla File… unos datos acerca de las conductas, y finalmente… no me lo podía creer. Los detalles del Anillo Maligno y la Rueda Negra.

– Será mejor que llames a Ken – dijo Tai, pero le pasé el teléfono para que lo hiciera él.

Anillo Maligno, Rueda Negra, Frigimon… saqué el mapa conceptual, y empecé a unir los detalles.

– Parece que usó eso para controlar a Frigimon – comentó Agumon.

– Vale, veo el caso mucho más claro – dije –. Smith se coló en el ITC, y obtuvo estos informes. Logró colarse también en el mundo digital, y para hacer una prueba, intentó con éxito traer a Frigimon, y controlarle, en vista de cómo está. Se quiere servir del poder de la oscuridad, algo realmente difícil de controlar, podemos contar con que Frigimon puede revelarse contra él. ¿Por qué? Es una conjetura, pero creo que quiere vengarse sin motivo del mundo, por su problema de Párkinson. Aún no he logrado encontrar nada relevante con respecto a la jardinería, pero si había alguien esperándonos, es claro que debe saber algo, habrá que interrogarle.

– Podemos esperar al juicio – dijo Tai.

– No, en cualquier momento Smith puede cansarse, es una contrarreloj aleatoria, no podemos esperar. La D, la V, y la O, me intentan decir algo, pero lamento admitir que aún no lo he sacado en claro. Y está claro que está buscando que le atrape, se aburre mucho o me toma por un prepotente y quiere dejarme en ridículo.

– En tal caso, no anda desencaminado – comentó Tai con una risilla.

– La culpa es tuya por insistir en que nos pusieran reconocimiento en los periódicos – le dije –. Tentomon, Agumon, necesito que hagáis algo por mi.

Les pedí que fueran a buscar los informes a los locales donde tenía gente vigilando, ya que me sorprendía llevar varios días sin recibir siquiera un "sin novedades".

Diez minutos después de que se fueran, llamaron a la puerta.