Esta historia no es mia, sino de Mary Lyons. Los personajes son de la genial Stephenie Meyer.
Capítulo VIII.
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Rosalie se apartó el pelo húmedo del rostro y miró su imagen en el espejo.
"¡Qué atractivas y elegantes son las mujeres de Leo!", pensó con tristeza, recordando las palabras de Jessica Newton. En realidad, se alegraba de que ninguno de sus colegas o de sus elegantes amigos de Londres pudiera verla ahora que tenía ese aspecto tan terrible.
Echó un vistazo, desesperada, a lo que era, apenas unas horas antes, un elegante vestido de algodón, azul zafiro, su color favorito, pero que ahora estaba arrugado y cubierto de huellas de dedos, y exhaló un suspiro profundo. La vanidad era pecado, por supuesto, y sabía que su aspecto era algo irrelevante en comparación con la importancia de cuidar a las niñas de Bella. Pero, ¿por qué nadie le advirtió que era imposible mantener una casa limpia cuando había niños? Quería mucho a las gemelas, pero durante los dos últimos días, después de haber regresado al apartamento de Bella y Edward, ¡parecía que la anticuada lavadora de su prima nunca iba a dejar de trabajar!
El calor abrasador, pegajoso, del verano neoyorquino resultó una sorpresa. No acostumbrada al aire caliente y húmedo, tan húmedo que era casi imposible respirar bien, se alegraba de que el sistema de aire acondicionado del apartamento, ¡cuando funcionaba de manera adecuada!, mantuviera más o menos fresco el ambiente. Pero cinco minutos después de haber salido del edificio y estar en la calle era como si se encontrara en un baño sauna.
Sin embargo, si se dejaba de lado el intolerable calor, no había ninguna duda de que Nueva York era un lugar asombroso. Incluso en el área residencial en que ella se encontraba, el ritmo de la vida parecía dos o tres veces más rápido que el de Londres… que ahora semejaba un cuerpo moribundo en comparación con el ritmo de la excitante ciudad. Por su puesto, Rosalie no disponía de mucho tiempo para explorar la urbe. Pero la mañana anterior, cuando ella y las gemelas acompañaron a Emmett al centro de la ciudad a una breve reunión de negocios en Wall Street, quedó muy impresionada por los espectaculares rascacielos que se elevaban como iconos de la edad moderna: demostración de la emoción y la violencia del cambio y, sobre todo, de la imponente fuerza del dinero. Nueva York parecía una ciudad que podía satisfacer todos los deseos: toda clase de comida de todos los continentes, restaurantes y bares abiertos las veinticuatro horas del día y todo lo que pudiera existir en el mundo disponible por el costo de una llamada telefónica.
Nada podía ofrecer un mayor contraste en Hamptons, donde kilómetros y kilómetros de litoral virgen y arenas blancas bordeaban el océano Atlántico. La paz y serenidad de los campos verdes y las dunas parecían encontrarse muy lejos ahora… como la noche que pasó en brazos de Emmett.
De nuevo, la llegada de las gemelas los despertó a la mañana siguiente, de manera que no tuvo más remedio que obligarse a levantarse, vestirse ella y luego a las niñas, antes de terminar de hacer las maletas.
Incluso después de despedirse de Mike y Jessica Newton, sólo tuvo la oportunidad de un breve e informal intercambio de palabras con Emmett cuando regresaban en el automóvil a Nueva York. Y cualquier esperanza que Rosalie pudiera haber abrigado de sostener esa "larga conversación" que Emmett le prometió, se perdió cuando abrieron la puerta principal del apartamento.
Una cosa era que su esposo se fuera con otra mujer… pero ¿cómo podía ella competir con los múltiples atractivos de un fax?
—¡Allí está esa maldita cosa otra vez! —refunfuñó en voz baja, mientras se veía ante el espejo, cuando oyó el estrépito y zumbido que llegaba desde la sala de estar, donde la máquina estaba arrojando más y más cartas urgentes e informes desde las empresas esparcidas por todo el mundo. Por desgracia, como podía escuchar el fax desde el dormitorio, eso significaba que el sistema de aire acondicionado, ¡estaba averiado una vez más!
Rosalie exhaló un suspiro y puso los codos sobre el tocador. Se inclinó hacia adelante y ocultó el rostro entre las manos un momento. No se trataba sólo del hecho de que iba a tener que hacer la enésima llamada telefónica para pedirle al técnico en reparaciones que volviera al apartamento, lo cual resultaba bastante deprimente, sino que su vida personal, como la del anticuado sistema de aire acondicionado, parecía "estropearse" sin cesar justo cuando tenía muchas esperanzas de "repararla" para siempre. ¿Acaso, después de la espléndida noche de pasión que tuvo con Emmett existía una verdadera posibilidad de que mejoraran la relación que había entre ellos? Sin embargo, desde su llegada a Nueva York, Rosalie sólo tuvo una breve conversación personal de unos cuantos minutos, con su esposo.
Cuando volvieron al apartamento, éste se encontraba lleno de técnicos que estaban, unos, reparando el sistema de aire acondicionado; otros, instalando un computador y un modem a una nueva línea telefónica, y otros más, conectando el terrible fax.
—¡Ya veo que has estado ocupado! —dijo ella a Emmett.
— Sí, y no —convino él alegre, satisfecho de la rápida y eficiente respuesta que obtuvo luego de hacer las llamadas telefónicas desde la casa de los Newton, el día anterior.
Las gemelas se emocionaron con el computador, por supuesto… ¿cómo era posible que incluso los niños pequeños pudieran entender en cuestión de segundos, la mecánica de esas complicadas máquinas? Luego, a media tarde, sólo unas cuantas horas después de regresar al apartamento un mensaje urgente le llegó a Emmett por medio del fax. La expresión de su rostro se volvió dura y ceñuda mientras echaba un vistazo al papel que tenía en las manos, antes de, molesto, estrujarlo, hacer una pelota con él y arrojarlo en un cesto de los papeles.
—¿Qué pasa? —preguntó ella cuando Emmett comenzó a ir y venir por la habitación.
— Un importante conglomerado multinacional está tratando de apoderarse de mi empresa —dijo él—. No sé si se enteraron del accidente de Edward… pero, por desgracia, ¡calcularon muy bien el momento!
—¿Qué vas a hacer? —preguntó ella, mirándolo preocupada—. ¿Qué puedes hacer?
Él rió, furioso.
— Voy a luchar contra ellos, por supuesto… hasta el final, si es necesario. ¡Haré que esos malditos deseen no haber nacido! —exclamó airado, antes de tomar el teléfono y llamar a su oficina en Londres.
Y desde ese momento en adelante no hubo oportunidad para ninguna clase de discusión personal. Emmett trabajaba durante el día y se enfrascaba en examinar papeles durante la noche, pues estaba totalmente dedicado a pelear contra los piratas que atacaban su imperio financiero.
Sin embargo, ¿cómo podía Rosalie quejarse? Fue a causa de esas cualidades de osadía, iniciativa y carácter emprendedor que se sintió atraída hacia él. Emmett luchaba por conseguir sus objetivos con decisión, lo cual la entusiasmó en un principio. Además, su oposición instintiva ante los desafíos le parecía admirable a Rosalie. Y como, a diferencia de muchas esposas de los magnates de la ciudad, ella sabía, por experiencia propia, cómo se realizaban los negocios en la ciudad de Londres, entendía, con toda claridad, los problemas que él enfrentaba en ese momento.
Por desgracia, eso significaba que ella no tenía más remedio que poner a un lado sus propios sentimientos. Y aunque Emmett insistió en visitar con regularidad a su hermano y su cuñada en el hospital, en realidad la mayoría de los problemas diarios recayeron en hombros de Rosalie. Mantener ocupadas a las gemelas era, en sí mismo, un trabajo de jornada completa. Pero como el pequeño apartamento estaba en peligro de llenarse de papeles de Emmett, ella sugirió que se mudaran a un lugar más grande y moderno. De inmediato él rechazó la propuesta.
— Este es el único hogar que las niñas han conocido —dijo él, irritado, cuando Rosalie planteó el asunto—. Sé que no es muy conveniente, pero, con sus padres en el hospital, me parece que mudarnos podría resultar contraproducente —añadió, lacónico, olvidándose del tema y volviendo a concentrar su atención en los papeles que tenía delante de él.
Al mirar a Emmett con la cabeza inclinada, concentrado en su trabajo, Rosalie experimentó emociones diametralmente opuestas. A pesar de sentir un profundo amor y compasión por su esposo, quien, con decisión, luchaba contra una de las corporaciones más importantes del mundo, también tenía un fuerte deseo de ¡darle en la cabeza con su propio fax! ¿Cómo podía él haberle hecho el amor con pasión antes… y de pronto ser capaz de hacer caso omiso de ella y sus problemas matrimoniales? ¿Cómo podía ser tan insensible? ¿Acaso no se daba cuenta de su profunda tristeza y frustración al ver lo inestable de su relación?
"¡Tienes que estar bromeando!", se dijo cuando volvió al presente, al escuchar el ruido que producía el fax, que otra vez sonaba con estrépito en la otra habitación. El maldito siempre fue un adicto al trabajo. Y, por lo que veía, ¡no había cambiado ni un ápice!
El hecho de que estuviera preocupada por su propia profesión parecía ser un asunto de poca importancia en lo que a Emmett se refería. Rosalie había estado en contacto con Alex Dunton, por supuesto. Aunque él le aseguró que no existía ningún problema y que ella no debía inquietarse por sus clientes, quienes sin duda entenderían dificultades, Rosalie no podía evitar sentirse un poco agitada. Como le dijo a Alice cuando la llamó el día anterior, incluso cuando se regresaba a la oficina después de unas cortas vacaciones en el ajetreado mundo de la ciudad de Londres, nadie podía estar seguro nunca de que su escritorio se encontrara allí todavía.
Alice se mostró muy comprensiva, lo cual ayudó a Rosalie a tranquilizarse y no estar tan preocupada por su trabajo. Gracias a su profesión como maestra, Alice también pudo sugerirle a Rosalie varias ideas para entretener y divertir a las gemelas.
Por fortuna, la primera visita de las pequeñas al hospital para ver a sus padres no resultó ni con mucho tan traumática como Rosalie temía. Bella y Edward estaban recuperándose y, aparte de algunos momentos tristes, las gemelas se tranquilizaron y pronto vieron los viajes al hospital como parte de su rutina diaria.
Cuando Rosalie extendió el brazo para buscar su cepillo e intentar hacer algo con su pelo rubio, lanzó una exclamación de consternación al darse cuenta de la hora que era. Sólo disponía de cinco minutos para quitarse el vestido arrugado y maquillarse antes; de entrevistar a otra aspirante al trabajo de niñera, pues necesitaba que alguien le ayudara a cuidar a las gemelas. Por fortuna, Carlie y Rennesme pasaban parte de la tarde con una de sus amigas, quien vivía en un apartamento dos pisos abajo. Así podía contar con algunos minutos de paz y tranquilidad para entrevistar a la mujer.
Rosalie se puso un vestido sin mangas y estaba abrochándose el último botón, cuando escuchó el sonido del timbre de la puerta. "Al menos esta persona es puntual", se dijo, echando rápidamente un vistazo a su aspecto en el espejo antes de ir de prisa a la sala para ver quién había llegado.
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—¡Estás como para comerte! —Dijo Emmett, algunas horas después, al entrar en el apartamento cuando ella daba de cenar a las niñas—. ¿Cómo te fue hoy…? ¿Encontraste alguna niñera que te ayude con las gemelas? —añadió, desconcertándola al darle un beso en la mejilla, antes de inclinarse sobre la mesa y servirse una tajada de pastel de chocolate.
— Sí… mantén los dedos cruzados… me parece que al fin he encontrado a alguien —dijo ella, suspirando.
A pesar de haberse mantenido en contacto con muchas agencias, sólo tenían cinco solicitantes hasta ese momento, cuatro de las cuales no podían desempeñar el puesto. Una mujer sólo hablaba francés, otra sólo español. La tercera dijo que no podía "llevar a cabo su trabajo si la madre estaba en casa", mientras que la cuarta, con actitud arrogante, tan sólo echó un vistazo al apartamento y le hizo saber a Rosalie que el empleo "no reúne mis requisitos". Y cuando, después de que la mujer se fue, Rose contempló el caos que había en la sala, tuvo que llegar a la conclusión de que el apartamento tampoco satisfacía sus propios requisitos.
— Sinceramente no puedo creer que haya tenido tanta suerte… —dijo Rosalie a Emmett ahora, mientras le servía una bebida fría—. Me comentó que el sueldo era aceptable e incluso señaló que le encantaba el apartamento… ¿qué te parece?
Emmett se mostró incrédulo.
—¿Cómo se llama ese dechado de virtudes?
— Victoria. Al parecer la bautizaron con el nombre de Vicky, pero me dijo que "Victoria" era más apropiado para ella —respondió Rosalie, sonriendo.
—¡Así es Nueva York! —Exclamó Emmett, también sonriente, sirviéndose otra rebanada de pastel de chocolate—. Debo decirte que esto está delicioso… ¿tú lo hiciste?
— Sí, sí, yo lo hice —contestó ella. Se sentía ridículamente complacida de que a él le gustara el pastel que horneó. Nunca pensó que estuviera hecha para la vida doméstica, pero le sorprendió descubrir lo satisfactoria que era.
— Entonces, ¿cuándo comienza a trabajar… esa… Victoria? —preguntó Emmett.
— Me prometió venir mañana a primera hora. La mujer parece perfecta para el trabajo. Además, cuenta con muy buenas referencias —le aseguró Rosalie.
—¿Qué les parece a ustedes, niñas? —preguntó él a las gemelas.
—¡Nos pareció realmente estúpida! —exclamó una de las gemelas, y las dos se echaron a reír.
— Eso es una grosería, Carlie —le dijo Rosalie a la niña con expresión severa. Como había decidido darle a Carlie una cinta rosa para que se la pusiera en el pelo y otra de color azul a Rennesme, ahora sabía, al fin, con cuál de las gemelas estaba hablando.
La niña volvió a reír.
— Yo no soy Carlie… ¡soy Rennesme!
— Pero tú te pusiste la cinta rosa y…
— Oh, pensamos que eso era una tontería —interpuso la otra gemela, antes de que las dos niñas y, lamentablemente, también Emmett, se echaran a reír.
Rosalie respiró hondo, alzó los ojos hacia el techo mientras contaba lentamente hasta diez y llegó a la conclusión de que el trabajo de una madre estaba subvaluado.
— Oigan ustedes dos, ya basta de bromas —les dijo Emmett a las gemelas con seriedad fingida—. Es hora de que se vayan a dormir. Así que vámonos, pues les leeré un cuento.
Mientras veía a las gemelas salir corriendo de la habitación, Rosalie se sorprendió cuando Emmett le pasó el brazo en torno al talle.
— Pareces cansada —dijo él, levantando la mano para quitarle un mechón de pelo que tenía sobre la frente.
— Sí… ha sido un largo día —admitió ella, sonrojándose. Su corazón comenzó a latir de prisa cuando Emmett la apretó contra su musculoso cuerpo. Percibió el aroma de su colonia y se avergonzó de la manera en que le temblaban las rodillas, mientras la llevaba a sentarse en el amplio y cómodo sofá.
— Me alegro de que al fin hayas encontrado alguien que te ayude con las niñas —dijo Emmett, sentándose junto a ella—. Sobre todo porque no tengo más remedio que regresar a Londres esta noche.
—¿Cómo…? —Exclamó ella, sin aliento—. No puedes… ¡no puedes dejarme sola con las niñas!
Rosalie sintió pánico ante la idea de ser la única responsable de las niñas.
— Tranquilízate, Rose —le dijo él con firmeza—. Sólo voy a estar fuera cuarenta y ocho horas…
Ella rió con risa aguda, incrédula.
—¿A qué te refieres con eso de "sólo"? ¡Me parece toda una vida en este momento! —exclamó, agitando las manos, distraída.
— Oh, vamos… ¡no es tan grave! —Dijo él, mirándola con impaciencia—. Acabas de contratar a alguien para que te ayude con las niñas.
Rosalie soltó un bufido.
— La mujer se quejó de que no tuviéramos horno de microondas. Además tiene un certificado médico en el que se señala que no puede inclinarse. En realidad, ¡parece que me pasé la mayor parte de la mañana preparando comida que ella pidió!
—¡No lo puedo creer, Rosalie! —Exclamó él, encogiéndose de hombros—. No sé nada de la vida doméstica… y no pienso empezar a aprender ahora.
— Yo tampoco sé nada al respecto… y no tendría de qué preocuparme si no me viera obligada a ello —replicó Rosalie con amargura.
— En realidad no veo el problema…
—¡Cómo vas a verlo!
—…además, cocinar y cuidar niños es trabajo de mujeres —dijo él sin rodeos—. Bueno, tengo que ir a leer a las niñas el cuento que les prometí; luego tendré que hacer la maleta —añadió.
Era evidente que daba por terminada la discusión. Le dio a Rosalie palmaditas en la mano antes de levantarse del sofá y caminar hacia el dormitorio de las gemelas.
Con los ojos brillantes de ira, Rosalie lo miró.
¡Estos hombres! ¡Aceptar el viejo patrón de que "el lugar de trabajo de las mujeres e la casa", era rendirse. Ella tenía una profesión… y el hecho de que hubiera descubierto que en realidad le gustaba cuidar a las niñas y preparar la comida, ¡nada tenía que ver con eso!
Emmett no tenía ningún derecho a esperar que ella se convirtiera de pronto en una ama de casa eficiente. Furiosa, se puso de pie para ir a quitar los platos sucios que estaban sobre la pequeña mesa del comedor. No fue sino hasta que terminó de lavar los trastes y de haber quedado satisfecha con la limpieza de la cocina, que al fin comenzó a calmarse.
Su primera responsabilidad era con las niñas, reconoció, suspirando. No podía ocupar el lugar de la madre de las pequeñas, por supuesto, pero por el bien de Bella tenía que tratar de hacer todo lo posible por las gemelas. El hecho de que ella estuviera acostumbrada a vivir en un apartamento de lujo en Londres y conservara un trabajo emocionante aunque agotador, tenía poca o ninguna importancia en ese momento. Mientras Emmett estuviera luchando para salvar su empresa, una pelea bastante parecida a la de David contra Goliat, no podía esperarse que él se hiciera cargo de la obligación de que las cosas marcharan bien en el apartamento. No sería justo esperar que lo hiciera.
Después de haber reflexionado un buen rato y avergonzarse de su tonto orgullo, Rosalie se dirigió al pequeño dormitorio de las gemelas, donde Emmett acababa de contarles un cuento. Al cubrir a las niñas con las mantas, no pudo evitar que las lágrimas brotaran de sus ojos cuando una de las pequeñas le echó los brazos al cuello.
— Lamentamos haberte tomado el pelo… te prometo que me pondré mi cinta azul mañana —le dijo Rennesme en voz baja al oído.
Luego, mientras permanecía sentada en una de las pequeñas literas escuchando a las gemelas decir sus oraciones, lo último que quedaba de su lastimado orgullo desapareció cuando Emmett le pasó la mano sobre el hombro y le dio un cariñoso apretón.
Pero cuando lo siguió al dormitorio principal y se apoyó en la puerta mientras él hacía su maleta, Rosalie se dio cuenta de que ya lo había perdido. Incluso cuando tomaba de un armario las camisas recién planchadas, respecto a lo cual era tan exigente, la mente de Emmett se encontraba ya de regreso en Inglaterra. Sus siguientes palabras lo confirmaron.
— Los viernes por la noche los vuelos siempre se llenan —dijo él, encogiéndose de hombros—. Pero espero este fin de semana tomar desprevenida a la oposición. Conozco a esos tipos… trabajan de lunes a viernes, ¡todos ellos! —Añadió, riendo con desprecio—. Así que he hecho preparativos para un recorrido por las casas de algunos influyentes contactos. Hay algunos que tienen deudas de muchos años conmigo o me deben favores, lo cual voy a aprovechar este fin de semana.
—¿Y tus negocios en Australia? —preguntó ella—. Si no forman parte de tu compañía matriz en Londres, quizá podrías utilizarlos para distraerlos.
Emmett se volvió hacia ella y esbozó una amplia sonrisa de aprobación.
—¡Qué mujer tan lista! Esperemos que la oposición no resulte tan inteligente como tú —dijo. Sus palabras y la cordialidad de su sonrisa la hicieron sonrojarse de pronto—. En realidad, estoy guardando en reserva los negocios de Australia para lo que, espero, será un golpe final, con el que los dejaré fuera de combate —añadió Emmett antes de cerrar su maleta y levantarla de la cama.
— Emmett… ojalá que… —comenzó Rosalie, esperando incluso que en el último momento alguna palabra, alguna señal de que la ardiente, abrasadora pasión que había estallado entre ellos en Hamptons significaba tanto para él como para ella.
Pero perdió la oportunidad cuando Emmett le pasó un brazo sobre los hombros, le dio un besó en la mejilla y le dijo:
— Cuídate, Rose, y no te preocupes por las gemelas. Estoy seguro de que no tendrás ningún problema.
Después, a grandes pasos fue hasta la sala y salió del apartamento, luego de cerrar la puerta con fuerza.
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—¿Ningún problema…? Rosalie casi refunfuñó en voz alta al recordar las palabras tranquilizadoras de Emmett cuando se fue a Londres, dos días antes. En realidad, no tenía ganas de refunfuñar… el sentimiento de frustración y de inquietud que experimentaba en ese momento era suficiente para que quisiera protestar enérgicamente.
Pero resultaba evidente que ceder, ya fuera gritando o poniéndose a llorar, no iba a llevarla a ninguna parte. Dependía de ella sacar a las gemelas de allí y llevarlas a la seguridad de su apartamento… de manera que cualquier arranque de ira sólo iba a demorar las cosas.
Rosalie colocó las manos sobre las rodillas, tratando de que no le temblaran y se sentó erguida en la silla, al otro lado de la mesa y frente a los dos hombres de expresión dura y vestidos de uniforme azul. Luego de echar un vistazo, desesperada, a las paredes desnudas de la sala de interrogatorios de la comisaría de policía, tomó aliento, temblorosa.
— Pero ya les dije la verdad —afirmó.
— Entonces cuéntenoslo de nuevo, señora —le pidió uno de los policías.
— Pues… había llevado a las niñas a dar un paseo por el parque —dijo ella—. Hacía mucho calor. El sistema de aire acondicionado se descompuso, de nuevo y las gemelas casi se volvían locas de estar encerradas en el apartamento. Así que decidí llevarlas a respirar aire fresco.
Con expresión suplicante, pero en silencio, miró a la mujer policía, vestida con uniforme, que estaba sentada en un rincón de la pieza.
— Sí, sí —dijo con impaciencia uno de los hombres que estaban delante de ella—. ¿Qué pasó después?
Rosalie exhaló un profundo suspiro.
— Sinceramente… no estaba más fresco en el parque. Me sentía tan cansada que me dejé caer en una banca y…
—¡Oh… por Dios, continúe!
— Pero eso es todo —protestó Rosalie—. Estaba sentada en la banca mientras las niñas corrían, jugando. No fue si no hasta cinco minutos después que una de las gemelas… y sinceramente no sé cuál de ellas, pues se cambiaban las cintas que les di para que se las pusieran en el pelo…
Al ver que uno de los policías alzaba los ojos hacia el techo, exasperado, de prisa continuó su relato.
— Bueno, una de las niñas llevaba esa bolsa de plástico que contenía algo que parecía azúcar en polvo. Y cuando le pregunté qué hacía con eso, Carlie… o quizá fue Rennesme… me respondió que dos hombres habían arrojado la bolsa, pues estaban peleando entre sí detrás de unos árboles, al otro lado del parque.
— Pero, ¿acaso no sabía lo que era…?
— No… ¡por supuesto que no! —exclamó Rosalie, irritada—. ¿Cómo iba a saber que la bolsa contenía cocaína? ¡Nunca había visto esa cosa espantosa en toda mi vida! Además, me parece que consumir drogas es repugnante. ¡Quienquiera que venda drogas es una persona mala y debe ser metida en prisión de inmediato! —añadió.
— Sí… eso es lo que nosotros también pensamos —le dijo el policía de mayor edad con tono amenazador.
Rosalie tragó en seco, nerviosa.
— Bueno, de todas maneras… lo último que deseaba era verme en vuelta en una pelea… sobre todo porque las niñas estaban conmigo. Así que les dije que nos marcharíamos del parque e iríamos a tomar un helado. Nos alejábamos y yo buscaba algún recipiente de basura donde poner la bolsa con azúcar en polvo, cuando de pronto oímos sonar las sirenas y vimos a muchos policías entrar corriendo al parque. Y… bueno, ustedes saben lo demás —terminó, con poca convicción.
El policía gruñó y miró las notas que tenía delante de él.
— Parece que usted también se resistió al arresto —dijo.
—¿Qué esperaba? —replicó ella rápido—. Esos policías mal educados insistían en apartarme de las niñas, quienes lloraban y prácticamente se pusieron histéricas en medio de todo ese alboroto… A propósito, ¿en dónde están las niñas? —Preguntó, con enojo—. ¡Esas pequeñas deben estar muertas de miedo! ¡Y si no me dejan ir… en este momento… me pondré en contacto con la embajada británica y… con quienquiera que pueda! —añadió, furiosa.
— Oiga… cálmese, señora —le aconsejó el otro policía—. Para que lo sepa, esas "pobrecitas niñas" se están divirtiendo como nunca jugando al pillapilla en nuestra oficina. Y no sólo se terminaron ya prácticamente un cuarto de galón de helado, sino que también, antes que yo viniera, ¡estaban pidiendo pizzas! ¿Correcto? —preguntó, volviéndose para hacer un guiñó a la mujer policía que se encontraba al otro lado del cuarto.
—¡Correcto! —convino ella, sonriendo.
— No me gusta que las niñas coman esa clase de comida chatarra —protestó Rosalie.
El policía rió.
— Créame, señora —dijo, mientras él y su compañero se ponían de pie— ¡ese es el menor de sus problemas!
Cuando los hombres salieron, Rosalie miró, taciturna, a la joven mujer policía. ¿Qué demonios iba a hacer? ¡Gracias a Dios Emmett se encontraba en Inglaterra! Si tenía suerte, podría regresar al apartamento antes que él supiera lo que sucedió. Y nada habría sucedido si Victoria hubiera comenzado a trabajar desde el día anterior, como prometió. Por desgracia, la maldita mujer nunca apareció. Y cuando Rosalie se puso en contacto por teléfono con la persona que había escrito una de las cálidas referencias, la otra mujer no se mostró sorprendida en absoluto. Suspirando, se limitó a decir:
— Si no se les da a esas jóvenes una magnífica referencia, es muy probable que la demanden por difamación.
Como era claro que no había nada que ella pudiera hacer al respecto, Rosalie se vio obligada a ceder y dedicarse a atender a las gemelas, tratando de que las niñas estuvieran tranquilas. Se avergonzó al descubrir que el trabajo era agotador, sobre todo sin la ayuda de Emmett. No sólo iba a ponerse furioso al saber que ella estuvo en la comisaría de policía, también temía contarle todo lo sucedido a su prima.
Cuando ella y las gemelas visitaron el hospital, esa mañana, Rosalie se preocupó al ver que Bella estaba muy deprimida. No era que su prima hubiera tenido una recaída, o algo parecido, sino que contagió su estado de ánimo a las gemelas, quienes se mostraron bastante malhumoradas y difíciles. Era extraño, pero las niñas soportaban mejor la convalecencia de sus padres cuando se encontraban lejos del hospital. ¿Acaso el ver a sus progenitores en una situación tan dolorosa, tenía un efecto negativo en las pequeñas?
Era evidente que Rosalie estaba preocupada por el estado de salud de Bella, pero en cuanto al presente inmediato, allí y en ese momento, lo que más la inquietaba era saber qué iba a pasar en seguida. ¿Es que iban a mantenerla allí toda la noche? Mordiéndose el labio y tratando de revelar el miedo y la agitación que sentía, alzó la vista tan pronto como la puerta se abrió.
— Está bien, señora… puede irse.
—¿De veras? —Preguntó ella, poniéndose de pie de un salto—. ¿No van a acusarme… o algo parecido?
— No. Sólo váyase pronto de aquí… ¡y llévese a esos dos pequeños diablos! —le dijo el policía, con risa sorprendentemente amistosa—. Vamos a aceptar que es usted inocente. Pero la próxima vez que vea una bolsa de "azúcar en polvo" tirada, ¡le aconsejo que no la toque! —añadió con sarcasmo.
Rosalie sintió tanto alivio que sólo pudo asentir con la cabeza, en silencio, al salir de la sala junto con el hombre: Luego, con alegría indecible, divisó al otro lado de la oficina principal de la comisaría, una conocida figura alta y de amplios hombros.
—¡Emmett…! —Exclamó, corriendo y echándose en sus brazos—. ¡Oh, Emmett! ¡No tienes idea de lo que nos sucedió! —dijo, antes de ponerse a llorar.
—¡Ah, sí, lo sé! ¿Cómo pudiste ser tan tonta? —preguntó. A pesar de sus ásperas palabras, abrazó el tembloroso cuerpo de la chica—. No puedo dejarte sola ni cinco minutos, ¿verdad? —Añadió, sacando un pañuelo blanco, y secó con cuidado, las lágrimas de Rosalie—. Me parece que es hora que nos vayamos a casa.
— Sí… sí… ¡por favor! Nunca pensé que me alegraría de volver a ver ese apartamento, pero ya me muero por regresar allí.
— No me refería al apartamento —dijo, mientras las gemelas, saltando, felices, se acercaban a ellos—. Cuando dije "casa" me refería a que vamos a regresar… ¡a Londres!
Espero que el capitulo les haya gustado... les aviso que solo quedan dos mas y el fic tendra su final... corto, pero potente XDDDD
Cariños y gracias por su apoyo.
Martes 28 próxima actualización ;)
Las y los invito a mi grupo en face "Pasion por los fanfic"... el link esta en perfil. Donde subo y subiré novedades y avances de este fic.
Cualquier duda o comentario solo escríbanme y tratare de responderlos a la brevedad... estaré pendiente.
Cariñosssssssssssss.
Gala.
