VII- Costumbres
La luz del amanecer se colaba por entre las cortinas de la ventana y le arrancaba destellos dorados al cabello de Natalia, desparramado sobre su cara y la almohada a partes iguales. Sin poder resistirse, le apartó el mechón que le tapaba los ojos y sonrió cuando la joven princesa soltó un gruñido y arrugó la nariz, haciéndose un ovillo para esconderse de la luz, todo ello de una forma demasiado adorable como para no sonrojarse al verlo... al menos, si una se llamaba Tear Grants.
La General Celestial suspiró y se incorporó en la cama, tapándose recatadamente con las sábanas pese a que no había nadie más que ellas dos en el amplio y ordenado dormitorio. Buscó con la mirada su uniforme, que como de costumbre habría acabado en algún sitio inalcanzable sin salir de debajo de las sábanas, y dejó escapar un segundo suspiro al comprobar que sus suposiciones eran ciertas: la capa corta colgaba de los ganchos de la pared junto a uno de los abrigos de Natalia, las botas se habían ido de excursión bajo la cama con los guantes y la túnica estaba tirada sobre una silla junto a la ventana. En cuanto a la ropa interior, de una de las cómodas colgaba lo que podría ser su sostén, o sus medias, o su sostén enredado en sus medias.
A veces pensaba que Natalia lo hacía a propósito. La ropa de una persona no acababa en sitios tan insólitos por casualidad, por muy fogosa que fuera la noche.
Como de costumbre, se levantó de la cama llevándose la sábana consigo para cubrirse y se puso a recuperar su ropa. También como de costumbre, Natalia se despertó en ese momento y la observó ir y venir por el dormitorio con gesto somnoliento.
-Buenos días- bostezó, incorporándose sin que pareciera importarle que no había nada cubriendo su cuerpo desnudo.
-Y tan buenos.
-¿Intentando escabullirte otra vez sin que me entere?
-Dentro de media hora vendrá alguien a despertarte- se limitó a responder Tear. Natalia hizo un mohín.
-Lo sé. Pero podrías quedarte un poco más.
La joven castaña sonrió y detuvo su peregrinación en busca de su ropa para sentarse a su lado y acariciarle la mejilla. Natalia cerró los ojos y apoyó el rostro contra su palma.
A veces creía que aquello no era más que un sueño, uno del que temía despertar. Cada mañana que amanecía junto a Natalia, en su elegante y luminosa habitación pintada de sosegantes tonos azules, era un sueño demasiado bonito para ser verdad. Y sin embargo, era real. Llevaba ya un mes en Baticul, y no había dormido ni una sola noche en la habitación de invitados que le habían asignado en palacio. Y no se arrepentía: escasas eran las oportunidades que tenía de pasar tanto tiempo con la princesa, viviendo una en Daath y la otra en la Capital de la Luz.
Sacudió la cabeza y depositó un suave beso en los labios de Natalia antes de levantarse de nuevo para terminar de vestirse. Tenía que regresar a su habitación antes de que los sirvientes se levantasen y fueran a despertarla.
Tear Grants era una persona extremadamente disciplinada, y probablemente gracias a eso nadie había descubierto jamás el pequeño secreto que compartían las dos jóvenes. Nunca se permitía un desliz frente a ojos u oídos ajenos, nunca cedía ni a sus propios deseos si no estaba segura de que nadie podía verlas u oírlas, y cuando estaban en el palacio mantenía controlados los horarios de los sirvientes para asegurarse de que jamás la sorprenderían donde no debía estar. Durante dos años y medio, les había funcionado de maravilla: nadie habría sospechado siquiera de las dos amigas que de vez en cuando pasaban unos días de vacaciones en casa de la otra. Curiosamente, si dos hombres dormían juntos aunque fuese sólo una noche, ya estaban bajo sospecha, pero si eran dos mujeres, no pasaba nada, al menos mientras amaneciesen vestidas. Tear no entendía dónde estaba la diferencia, pero les venía de perlas.
Mientras se afanaba en buscar su sostén (el que estaba enredado con sus medias en lo alto de la cómoda resultó ser el de Natalia), una parte de sus pensamientos voló hacia el pasado. Todo había empezado más de dos años atrás. Era el primer aniversario de demasiadas cosas: la caída de Eldrant, la derrota de Vandesdelca, la ruptura con la Partitura, la desaparición de Luke, la muerte de Asch... En Daath se estaba celebrando una ceremonia de homenaje a los caídos. Todo el mundo estaba allí, en el gran salón de la catedral, cantando a la memoria de los vencedores y los vencidos por igual. Todos... menos ella.
Tear se había negado a asistir. Sabía que si lo hacía, terminaría derrumbándose. Sus pérdidas todavía estaban demasiado recientes, las heridas aún no habían sanado del todo, y sabía que una ceremonia así las abriría de nuevo sin remedio. Así que había huido a los campos de las afueras, hasta que sus pasos la llevaron a uno de los bosques cercanos. Allí, sus entrenados oídos captaron el inconfundible chasquido de un arco al ser disparado. Intrigada, lo siguió hasta dar con su origen, que no era otro que Natalia, vestida con el elegante traje azul marino que se suponía que iba a llevar a la ceremonia y acribillando mecánicamente un árbol a flechazos. En cuanto vio su gesto ausente, Tear supo que estaban allí por lo mismo. Se sentó a su lado sin decir nada, y cuando el carcaj se vació de saetas, Natalia se apoyó contra el árbol más cercano.
-No has ido a la catedral- comentó.
-Ni tú- replicó la castaña.
-No pienso aparecer por allí.
-Yo tampoco.
Cruzaron una mirada, y entonces, ambas hablaron prácticamente a la vez:
-¿Luke?- preguntó Natalia.
-¿Asch?- inquirió Tear. Ambas se quedaron en silencio, y sin poder evitarlo, una pequeña carcajada sin alegría escapó de sus gargantas. Natalia se deslizó hasta sentarse junto a Tear en el suelo y se apoyó contra su hombro. En aquel momento, las dos eran iguales. Ni heroínas, ni una princesa y una soldado, ni nada por el estilo. Sólo dos chicas que pasaban su día a día en soledad pese a estar rodeadas de gente, dos jóvenes enamoradas de alguien que no volverían a ver. Era una sensación extraña, pero a su vez, reconfortante. La sensación de que por una vez, no estaban solas.
Al principio, todo había empezado como una mera necesidad de aferrarse a algo, de saber que la otra las necesitaba para no caer en la depresión. Las dos se apoyaban en la otra, unas veces por cartas, otras veces pasando juntas unos días de vacaciones en la tranquilidad de Ciudad de Yulia o en las aguas termales de Keterburg. Con el tiempo, las heridas de ambas se fueron cerrando, y Tear olvidó el duelo que las había unido. Dejaron de compartir su dolor por el pasado, pero siguieron siendo amigas. Y un día que estaban en las saunas de la ciudad de las nieves, la joven castaña se sorprendió a sí misma pensado en lo atractiva que era Natalia con aquel traje de baño que dejaba tan poco a la imaginación.
Durante semanas lo negó, por supuesto, porque ella formaba parte de la Orden de Lorelei, de los Caballeros del Oráculo, y no podía permitirse desviaciones como esa. Pero cada vez que se encontraba con Natalia, algo dentro de su pecho saltaba, recordándole quién iba reemplazando poco a poco a Luke en su corazón. Poco después empezaron las indirectas, comentarios ambiguos de la joven princesa cuando estaban a solas, de esos que se pueden interpretar de tantas formas que al final uno no sabe cómo reaccionar. Durante un mes, Tear creyó que se estaba volviendo loca, y en cierto modo, así era. Y siguió negando lo que en el fondo sabía que sentía, hasta que una de las cartas que envió a Natalia no obtuvo respuesta durante dos semanas. Tear escribió y escribió, pero la princesa de Kimlasca no contestaba. Y justo cuando estaba a punto de tomar el primer Albiore que saliera hacia Baticul para ir a buscarla, porque en su cabeza se estaban formando mil paranoias de qué podría haberle pasado a Natalia, ésta apareció en la puerta de su habitación en Daath.
Tear, por supuesto, negó para sí misma el inmenso alivio que sintió al verla sana y salva. Negó la forma en que su corazón se aceleraba mientras Natalia entraba en su cuarto y cerraba la puerta tras de sí, quejándose sobre lo ocupada que había estado por culpa de algo relacionado con la aduana de Kaitzur y disculpándose por no haber podido escribir. Negó el calor que invadió su rostro cuando se dio cuenta de que la joven rubia estaba a apenas centímetros de ella, mirándola con una sonrisa curiosa.
Pero no pudo seguir negando nada de eso cuando Natalia se puso de puntillas y atrapó sus labios con los suyos.
Se sonrojó levemente al recordarlo. Había sido tan torpe en aquel entonces... Incluso después del primer beso, se había empeñado en que aquello estaba mal, que no debería albergar tales sentimientos hacia Natalia, hacia otra mujer. No le había costado tanto aceptar a Natalia en su vida como aceptarse a sí misma. Pero con el tiempo, la culpa se había ido desvaneciendo, y ahora, mirando atrás, sólo se arrepentía de no haber dado ella misma el primer paso.
-Me acabo de acordar, Tear, ¿cuándo tienes que probarte el vestido?- preguntó Natalia de repente, sacándola de sus ensoñaciones. Tear sacudió la cabeza y terminó de vestirse.
-¿Qué vestido?
-El de dama de honor, por supuesto.
-Ah, ése. Esta tarde, si no recuerdo mal. ¿Vendrás?
-¡Claro que sí! ¡Vas a estar preciosa!
-No tanto como tú. Luke va a ser la envidia de todos los hombres solteros de Auldrant.
Natalia esbozó una sonrisa pícara, pero en sus ojos había aparecido una sombra.
-¿Y tú qué?- dijo, levantándose y paseando una uña impecable por el pecho de la joven castaña-. ¿No le tendrás envidia, también?
Tear sonrió y atrapó su mano, que iba camino de desabrocharle la capa que acababa de colocarse.
-En absoluto- susurró, antes de apropiarse de sus labios durante unos momentos-. Tengo que irme, te veo en el desayuno.
La sombra en los ojos de la princesa había desaparecido. Tear, sin más dilación, abrió la puerta del dormitorio y tras comprobar que no había nadie en el pasillo, se deslizó en silencio de vuelta a su habitación, donde terminó de colocarse bien la ropa y se recogió el largo cabello castaño en una trenza alta. Exactamente cinco minutos después, una sirvienta llamó a su puerta para avisarle de que el desayuno estaba listo. Puntual como un reloj, como de costumbre.
La suya con Natalia era una relación curiosa. La disciplina de Tear no sólo se manifestaba en su autocontrol y su obsesión por la seguridad de su secreto, también afectaba a su forma de ver el asunto de la boda. Para la pragmática General Celestial, la palabra "celos" carecía de significado. Desde su punto de vista, el matrimonio de Natalia y Luke no era más que una convención, un pacto que simplificaba las cosas a la hora de considerar la sucesión al trono de Kimlasca. Significaba que ahora vivirían en la misma casa, tendrían más libertad legalmente para decidir por el otro y nadie intentaría ganarse la mano de ninguno de ellos. Y eso era todo, porque no había que ser un lince para darse cuenta de que Luke no estaba enamorado de Natalia, y ésta... Bueno, teniendo en cuenta quién se despertaba a su lado desnuda cada mañana desde que estaba allí, la joven rubia definitivamente tampoco estaba enamorada de Luke. Así que Tear se tomaba todo el asunto de la boda con tanta ilusión como lady Suzzane, pues significaba que la princesa estaba un paso más cerca de lo que siempre había ansiado: el trono de Kimlasca-Lanvaldear. Sus deberes como heredera al trono, sus responsabilidades para con su pueblo, la hacían feliz. Y eso era lo importante.
La princesa, sin embargo, no lo veía así. Tear era consciente de ello: no importaba cuántas veces lo hablasen, Natalia seguía sintiéndose culpable por casarse con otra persona. Seguramente porque durante toda su vida había estado prometida a alguien a quien de verdad quería, y de alguna manera asociaba el matrimonio al amor. Tal vez temía que Tear pensara que quería más a Luke que a ella, o que se distanciaran después de la boda. Ambos temores eran completamente infundados, como no se cansaba de explicarle, pero la princesa no terminaba de comprender su punto de vista. De hecho, si no hubiera sido por lady Suzzane, seguramente ni siquiera se habría atrevido a pedirle a Tear que fuese su dama de honor. La General Celestial, una vez más, consideró el asunto de forma pragmática: a ojos del resto del mundo, ella era la mejor amiga de Natalia, así que lo justo sería que fuese ella su dama de honor. La joven rubia había mostrado sus reticencias, pero finalmente se lo había pedido, y a Tear realmente le hacía ilusión estar a su lado ese día.
Además, lady Suzzane era un cielo de persona, y la pobre mujer estaba claro que necesitaba ayuda para organizarlo todo a tiempo. Y Tear, siendo la completa perfeccionista que era, estaba dispuesta a que la boda de su amante fuese memorable. Además, también era la boda de Luke, y ambos se merecían una fiesta por todo lo alto.
Luke. Ése era otro punto. El chico era demasiado ingenuo si creía que sus amigas seguían atascadas en el pasado. No se daba cuenta de que Natalia, aunque siguiese echándole de menos a menudo, había dejado de llorar a Asch hacía ya mucho tiempo; ni de que el beso que Tear le había robado cuando volvió era simplemente para comprobar si quedaba algún rastro del amor que llegó a sentir por él en su día. No quedaba nada de eso, por supuesto, pero su pequeño experimento le sirvió para comprobar otra cosa: que Natalia, al contrario que ella, sí era celosa. Extraordinariamente celosa. Tear le había explicado lo que quería hacer antes de poner su idea en práctica, le había expuesto sus motivos, y aparentemente la joven rubia lo entendía; por aquel entonces, la ya General Celestial seguía siendo asaltada por las dudas sobre sí misma de vez en cuando. A Natalia, aparentemente, le parecía bien que se aclarase... pero después de aquello, había estado varios días bastante irritante e irritable, soltando de vez en cuando algún que otro comentario mordaz sobre el tema, haciéndose de rogar más de lo normal antes de ir a la cama y otros pequeños detallitos que por separado no tenían mayor importancia pero en conjunto resultaban evidentes.
En cualquier caso, aquello quedaba muy lejos para ambas. Tear no tenía ya ninguna duda sobre sí misma. La única incertidumbre ahora era cómo decirle la verdad a Luke. Porque se enteraría tarde o temprano, eso era inevitable, y ambas preferían que fuese en una confesión antes de que las sorprendiese en una situación comprometida. Tear podía memorizar los horarios de cada sirviente, tener controlada cada vía de escape en caso de que una huida rápida fuese necesaria, controlarse en público y en privado todo lo que hiciera falta, pero ni siquiera ella era infalible. No con Luke en la ecuación, al menos; el pelirrojo parecía tener una habilidad innata para pillarla por banda.
Por lo menos, a Tear le quedaba siempre la baza de los dos años que estuvo desaparecido para evitar las posibles preguntas incómodas hasta el día en que ella misma supiese que podía responderle sin miedo al rechazo. Hasta entonces, pensaba seguir con su costumbre de acostarse cerca de la medianoche y levantarse al amanecer para poder robarle cuantas horas fuese posible a Natalia.
Ese mismo día, sin embargo, sus pacíficos planes iban a verse totalmente truncados.
Era ya por la tarde y Tear estaba en una de las salas de estar de palacio, una habitación pequeña con un mueble-bar de madera vacío desde hacía años y un tresillo cubierto de terciopelo granate que habían designado para las pruebas de los trajes de boda. El sastre real, un hombre ya entrado en años con pelusa gris alrededor de una brillante calva, dedos llenos de cicatrices en forma de puntitos y pequeños ojos azules escondidos tras unas gafas igual de pequeñas, comprobaba que el vestido estuviese bien ajustado a su silueta. El traje era sencillo, de color marrón claro con bordados dorados, lleno de vuelo en la falda pero bastante ceñido en el cuerpo. El escote en cuello de barco le dejaba los hombros al aire, y en los brazos iba a llevar un par de guantes hasta el codo a juego con el resto del conjunto. Con su pelo aún no sabían qué hacer, lo más probable era que acabase dejándoselo suelto. Y seguramente iba a tener que llevar un corsé debajo de todo aquello, cosa que no le hacía demasiada gracia. Los tacones a juego con el vestido ya le importaban menos.
Natalia, sentada en el sofá del tresillo, la observaba en silencio con una sonrisa mientras el sastre parloteaba sobre la necesidad de disimular la atlética complexión de Tear porque según él "tanto músculo no resultaba muy femenino". Tampoco era para tanto, en realidad, o al menos ella no se veía tan fuerte. Años de entrenamiento en los Caballeros del Oráculo no pasaban en balde, obviamente, pero aun así...
Unos golpes en la puerta interrumpieron al sastre de repente, que maldijo y fue a abrir la puerta, pero Natalia se le adelantó. Al otro lado aguardaba uno de los sirvientes más jóvenes de la casa, un chico moreno y bajito que a juzgar por la forma en que se agarraba el bajo de la casaca del uniforme, estaba hecho un manojo de nervios.
-Su Alteza, perdón por... por la interrupción. Es que hay... Ha venido alguien que quiere hablar con la coronel de locrio Tear Grants, Alteza. Y tiene prisa.
Natalia frunció el ceño y dirigió una mirada a la aludida, que ya se estaba quitando el vestido con ayuda del sastre.
-¿Y quién es, si puede saberse?- preguntó, moviéndose de forma que le tapase el interior de la habitación al joven sirviente, un gesto que no pasó inadvertido para Tear.
-La coronel de locrio Notta Irene, Alteza, de los Caballeros del Oráculo. Ya... ya he avisado a Su Majestad también, y la he hecho pasar a la sala de audiencias. A nuestra visitante, no a Su Majestad. Bueno, a Su Majestad también, pero...
-Gracias, puedes retirarte- interrumpió Natalia. Tear, que ya había terminado de vestirse, cruzó una mirada preocupada con ella. ¿Por qué habían mandado a una General Celestial a hablar con la joven castaña, sobre todo teniendo en cuenta que ésta estaba de permiso?
Tras despedirse del sastre, ambas se dirigieron de inmediato a la amplia sala de audiencias, donde había más gente de lo que esperaban. En la tarima al final del salón, flanqueado por dos tronos vacíos y gigantescas estatuas de bronce, con el emblema de Kimlasca-Lanvaldear a sus espaldas, estaba el rey Ingobert sentado en el trono real con gesto serio, y a los pies de la escalinata que conducía a él dos hombres pelirrojos y una figura totalmente vestida de negro aguardaban. Al acercarse, Tear pudo ver que los dos pelirrojos eran el duque Fabre y Luke; a la figura de negro la reconocería a kilómetros de distancia como su homóloga de la segunda división de los Caballeros del Oráculo.
Apodada por todos como la Muerte Silenciosa, Notta Irene debía de tener, pese a su baja estatura y su constitución delgada, por lo menos seis años más que Tear. Contrastando vivamente con su nívea piel y dándole un aspecto siniestro estaban su cabello corto y negro como la obsidiana, sus enormes e inexpresivos ojos del mismo color y tan cortantes como el mencionado vidrio, y su uniforme oscuro y holgado con bordados azul marino, compuesto por una vaporosa túnica de mangas acampanadas, una camisa de cuello alto y manga larga bajo ésta y una capa larga con el emblema de la Orden en dorado a la espalda y unos bordados parecidos a los que había llevado Asch por delante en azul oscuro. Aparentemente no iba armada, pero Tear la conocía bien y sabía que bajo sus anchas ropas escondía siempre un arsenal de dagas y sicas tan pequeñas como mortíferas.
-Coronel, la estábamos esperando- saludó el rey Ingobert al verlas entrar. Tear hizo una reverencia-. Su compañera, aquí presente, trae un mensaje de gran relevancia, pero ha preferido no desvelarlo hasta que estuviésemos todos.
-Tear- saludó Notta con una inclinación de cabeza que la castaña correspondió.
-Notta. ¿Qué te trae a Baticul?
-Órdenes y pésimas noticias- respondió la Muerte Silenciosa. Su voz suave, baja y tranquila tenía un curioso efecto relajante, pero ni eso consiguió mitigar la conmoción que causaron sus siguientes palabras-. La Llave de Lorelei ha sido robada.
Luke se puso pálido y Natalia volvió a cruzar una mirada preocupada con Tear. El duque Fabre apretó la mandíbula, pero fue Ingobert quien tomó la palabra:
-Tengo entendido que la Llave de Lorelei estaba siendo custodiada en Ciudad de Yulia, y que este hecho no había sido divulgado públicamente- dijo con voz grave-. ¿Cómo ha podido suceder algo así?
-No lo sabemos. Ciudad de Yulia es inexpugnable de por sí, y desde que está bajo la protección de la Orden, debería serlo más todavía- respondió Notta-. Por eso estoy aquí. General Celestial Grants, se te ordena volver de inmediato a Daath y presentarte ante el General Dórico Blacksen para recibir instrucciones más detalladas sobre el asunto. Vizconde Luke fon Fabre- la morena se giró hacia él, sobresaltándole-, vuestra presencia ha sido solicitada también.
-¿En calidad de qué exactamente se requiere a mi hijo?- interrumpió el duque, poniendo una mano sobre el hombro de Luke.
-No se me ha comunicado qué papel se espera que cumpla, pero no es el de acusado, si eso es lo que teméis. Daath también solicita que se envíe a un embajador con poder de decisión que represente a Kimlasca-Lanvaldear en el gabinete de crisis que se ha convocado.
Tear miró a Natalia, pero esta ya tenía la vista fija en su padre, que tras unos momentos de meditación asintió para sí mismo y dirigió la mirada hacia Notta.
-Mi hija Natalia será nuestra embajadora- anunció.
-Majestad, con vuestro permiso- intervino el duque Fabre, dubitativo-, con la boda de nuestros hijos tan cerca, no sé si es buena idea enviarlos a ambos.
-Por lo que tengo entendido, las decisiones que les concernían están ya tomadas. La coronel de locrio Grants ha sido de gran ayuda durante su estancia en palacio.
-Gracias, Majestad. Siento no poder seguir ayudando, de todos modos.
-No es ningún problema; mi hermana puede encargarse del resto- sonrió Ingobert-. Está decidido, pues. ¿Deben partir de inmediato, coronel, o podemos ofrecerle nuestra hospitalidad esta noche?
-Me honrará aceptar vuestra oferta, Majestad. El viaje es largo; partiremos mañana a primera hora.
