Disclaimer: Harry Potter no me pertenece, es propiedad de J.K. Rowling. Lo demás (personajes, situaciones y la trama de la historia son resultados de mi loca imaginación.
Edición: 02/01/2017 En vista de la nueva obra de J.K Rowling: Harry Potter y el legado maldito he cambiando algunas cosas de la historia.
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VI Selección o elección
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Los alumnos de Hogwarts se amontonaban en las salidas de los vagones cargando con sus enormes baúles y jaulas, los más pequeños parecían nerviosos, mientras los de años intermedios los asustaban con sus terribles comentarios sobre la selección que siempre terminaban con las palabras "fue doloroso" o "todavía tengo marcas" y los de ultimo año —prefectos en su mayoría—intentaban mantener el orden, cosa imposible.
Al parecer de Artemisa todo luciría como un colegio normal, si no fuera por las lechuzas, los sombreros puntiagudos y los idiotas que intentaban golpear a la gente con blugers falsas.
El chico imprudencia estaba en la parte más alejada de la plataforma con sus amigos.
El moreno parecía totalmente recuperado del incidente—que incluía su rodilla y la entrepierna del muchacho—y hasta sonreía mientras le lanzaba la bluger falsa a un chico rubio, que cuando vio a Artemisa en la plataforma soltó una estruendosa carcajada, haciendo que las curiosas miradas se posaran en ellos y que James intentara golpearlo en la cabeza con la bluger.
— ¡Cuidado James, ahí viene la niña de primero! — gritaron los gemelos pelirrojos cuando pasó cerca de ellos para dejar su baúl y lechuza en el lugar que indicaban los prefectos.
El moreno brincó haciendo gestos exagerados de miedo y se colocó detrás de su amigo castaño, quien parecía realmente aburrido de todo, mientras los alumnos que estaban a su alrededor a más de dos metros de distancia reían.
¿Con que ya había superado la vergüenza? Ahora se iba a enterar…
—Los de primer año, por favor—alguien con una lámpara llamaba a los alumnos más pequeños hacia el otro lado de la plataforma.
— ¿Qué, no vas? —le preguntó el moreno en tono mordaz, sus amigos rieron el comentario.
Artemisa rodó los ojos, ya entendía, pensaban que era una clase de retrasada de catorce que años que iba a empezar apenas su primer año, si no estuvieran tan cerca de la verdad los golpearía a todos.
Resignada, caminó hacia la multitud de pequeñas cabecitas asustadizas. Tras ella las carcajadas estallaron con fuerza.
—Por favor, síganme pequeños.
¡No podía creerlo! Era su padre. Pero… ¿que llevaba puesto?
Parecía un vestido purpura, muy feo, de gamuza y con mangas holgadas, acompañado de un sombrero en punta del mismo color. Ese debía ser su uniforme, porque no lo creía tan loco como para vestir así por elección propia, siempre había tenido buen gusto al elegir sus trajes para llevar a la universidad de Seattle, al menos que su madre fuera quien elegía su ropa en América. Se le acercó esquivando a los pequeños que lo seguían como ratas asustadas.
—Hola profesor—murmuró al ponerse a su altura, Philip le sonrió
—¿Qué te pasó en la cabeza? —preguntó su padre.
—Me golpeé con el baúl —contestó con simpleza— ¿A dónde vamos?
—A los botes, los de primero por tradición llegan en ellos…
— ¡Arte! —una alegre voz la llamó desde el otro lado de la plataforma, era Carolina, que la invitaba con un gesto a irse con ella y Jane.
—Veo que ya hiciste amigas—comentó su padre— Ve con ellas.
Artemisa dudó, más allá del dúo se encontraba el grupo de chicos "imprudentes", como los había bautizado, que parecían totalmente divertidos molestando a un niño flacucho de cabello marrón.
— ¿No tengo que ir en botes como todos los de primero? —preguntó esperanzada.
—No, no eres de primero—su padre le sonrió con confianza— pero cuando llegues al castillo espérame en el vestíbulo, por favor.
Los niños de primero la pasaron en cuanto su padre apresuró el paso hacia lo que parecía ser un lago. Su hermana golpeó su brazo al pasar junto a ella, sin siquiera verla, con un grupo de niñas que hablaban en tono arrogante. Sin más remedio Artemisa trató de alcanzar a la pelirroja y a la rubia que aun la esperaban en la plataforma, donde ya no quedaba mucha gente, la primera parecía entusiasmada y la segunda algo aburrida.
— ¿Con quién hablabas?—la abordó Carolina cuando comenzaron a caminar por el bosque—Parecía apuesto ¿es profesor? ¿Su túnica es de diseñador? ¿Es soltero?
Artemisa soltó una carcajada, no sabía que le causaba más gracia, que a Caroline le pareciera guapo su padre o que le gustara su horrenda túnica.
La pelirroja la miró algo molesta, mientras la rubia las ignoraba olímpicamente.
—Lo siento…—dijo Arte cuando pudo dejar de reír—Es el profesor Philip Hale, mi padre.
La cara de Carolina enrojeció y Jane soltó una risita disfrazada por una tos falsa.
— ¿Falta mucho para llegar al castillo? —preguntó Artemisa para cambiar el tema.
—Bastante, a pie toda la noche.
Arte miró asombrada a la rubia ¿no hablaba enserio, verdad?
—Pero, no te preocupes novata. Para eso están los carruajes.
Jane se adelantó un pasó a ellas sonriendo y cuando Artemisa estaba a punto de preguntarle a la extrañamente callada pelirroja de que carruajes hablaba, llegaron a una parte del bosque donde se encontraba un sendero angosto con más de veinte carruajes que no tenían ni jinete, ni caballos.
— ¡Ya era hora!—exclamó una niña morena de ojos azules bajándose del carruaje más cercano y acercándose a ellas—Pensamos que se habían perdido.
—Roxanne, ¿tienen espacio allá arriba? —preguntó Jane mientras echaba una ojeada al carruaje, había una niña rubia de coletas de un lado y un niño regordete sentado del otro.
—Sí, pero no creó que quepamos más de cinco—la morena miraba apenada a Artemisa.
Carolina parecía todavía demasiado avergonzaba como para hablarle y la mirada de Jane dejaba en claro que le valía un pepino si había espacio para ella o no, así que ¿para qué pelear un lugar en ese carruaje donde no era bienvenida?
—No se preocupen buscaré lugar en otro—murmuró sonriéndole a Roxanne, una chica agradable que le dedicó una sonrisa de disculpa y subió al carruaje, seguida por Jane que prácticamente arrastró a Carolina, al parecer la pelirroja al fin se había acordado que Artemisa estaba con ellas y se ofrecía de último momento a acompañarla a buscar carruaje, cosa que la morena insistió no era necesario.
—Nos veremos en la escuela—dijo la pelirroja a manera de disculpa cuando el carruaje comenzó avanzar por si solo por el camino de tierra.
Artemisa se dio media vuelta en cuanto el carruaje se perdió por el bosque. Luego soltó un suspiro ¿Por qué no se había ido en los botes? Tal vez ya hubiese llegado. Ahora tenía que encontrar carruaje pronto, aunque ya no quedaban muchos y todos estaban ocupados.
— ¿Tu lo crees? Me parece muy poco probable—exclamó alguien desde el carruaje más cercano.
—Tú lo viste Greg, se llevó a los de primero…
—Sí, todo lo vimos, pero eso no significa que hayan corrido al viejo Hagrid—esa voz se le hacía conocida.
—James tiene razón, tal vez Hagrid estaba indispuesto o algo así.
Artemisa rodó los ojos, como lo imaginaba el chico imprudencia y sus amigos, lo mejor era alejarse de ese peligroso carruaje.
— ¡Ya sé! De un catarro que cada vez que estornuda la casa se mueve.
Ante el comentario de James los muchachos comenzaron a reír, mientras el carruaje se perdía por el bosque.
Si serán insensibles, alguien enfermo y ellos riendo, pensó Artemisa.
Artemisa pateó una rama enfada, llevaba más de cinco minutos buscando carruaje y no había espacio en ninguno. Si no se apuraba a subirse en un carruaje, tendría que pasar toda la noche caminando hasta la escuela y ¡ni siquiera sabía dónde estaba!
—Cuidado con esa puntería—un chico estaba frente a ella sobándose la pierna, al parecer la última piedra que había pateado lo golpeó con fuerza en la pantorrilla.
—Lo siento…—musitó Artemisa mientras trataba de mirar mejor al chico con la poca luz que ofrecían las farolas de los carruajes—No te vi.
El chico le sonrió, tenía una sonrisa realmente linda, sin hablar de sus profundos ojos verdes.
—No hay problema, para ser sinceros yo tampoco te había visto hasta que me convertí en tu diana humana—musitó divertido—Soy Jack Lucas.
Artemisa sonrió. Algo en ese chico le agradó de inmediato, tal vez era su amable voz o sus gestos elegantes y carentes de presunción.
—Creo que tenemos que irnos, Messi—comentó Jack, la morena parpadeó sorprendida, se había quedado embobada con el chico que tenía enfrente, ahora iba pensar que era una lenta— ¿Buscas carruaje? —Artemisa asintió un poco cohíba, Jack río suavemente—Ven, hay espacio en el mío.
El chico, que al acercarse a la luz de las lámparas que colgaban de los carruajes, Artemisa pudo ver era castaño, caminaba a su lado en silencio y ella se sentía muy tonta. Nunca había sido así de tímida con los hombres, tampoco es que tuviera mucho trato con el sexo opuesto (exceptuando a su padre, pensaba que los hombres eran unos idiotas), pero si había tenido un par de amigos del equipo de beisbol, con los que hablaba sin problema, ¿entonces porque no podía ver a Jack a los ojos?
— Este es—Jack señaló uno de los últimos carruajes que quedaban—Y perdón por lo de Messi como no me dijiste tu…
— ¿Ey donde andabas Jack?—un moreno que ha Artemisa le recordaba mucho a Roxanne se asomó desde el carruaje, luego de verla sonrió divertido —Ya veo… suban, hay que irnos ya, seremos los últimos.
—No exageres Stev—había otro chico aun lado de Stev, era de piel negra y cabello encrespado—Llegaremos antes que los de primero.
El moreno soltó un "quien sabe" fastidiado mientras Jack y Artemisa se acomodaban en el asiento frente a ellos.
—Y dime…—Jack clavó sus orbes verdes en Artemisa con interés cuando el carruaje empezó su marcha— ¿Cuál es tu nombre, Messi?
La morena esquivó sus ojos, la hacían sentir realmente incomoda. Miró a los otros dos pasajeros que estaban enfrascados en una acalorada charla sobre sus equipos favoritos de Quidditch, Stev aseguraba que los Cannos estaban en su mejor momento, cosas que el otro chico desmentía totalmente. Eso le hizo recordar algo a Arte.
—Artemisa Hale—murmuró tras un eterno segundo, luego casi en un susurro agregó— ¿Sabes quién es Messi?
—Un jugador de Futbol—murmuró Jack divertido, Artemisa lo miró incrédula ¿Cómo era posible que un mago inglés conociera un deporte tan muggle? Jack malinterpretó su mirada—Verás, el futbol es un deporte muggle que…
—Sé que es el soccer—le interrumpió abruptamente la morena —Pero ¿Cómo es que tú lo sabes?
El castaño soltó una ligera risa.
—Bueno soy hijo de muggles—contestó con naturalidad, Artemisa parpadeó asombrada ¿eso significaba que sus padres no eran magos? No sabía que eso era posible—Veo que tú también. Nunca te había visto en el colegio, ¿vienes de intercambio?
Artemisa dudó su respuesta.
De repente el par de amigos que iba con ellos enmudeció, parecían más interesados en lo que ella tuviera que decir que en su charla sobre Quidditch. Disimuladamente la miraban de reojo y Jack solo le sonreía con esa tranquilidad que parecía común en él.
La morena se sintió preocupada ¿Qué pensaría Jack de ella cuando se enterara que hasta hace poco ignoraba que era bruja? ¿Y que jamás había pisado una escuela de magia?
—Algo así—murmuró insegura, Stev se volteó hacia ella con mayor interés mientras su amigo le susurraba algo en el oído.
— ¿Eres de Beauxbatons?—preguntó Stev con un deje de admiración.
¿Beauxbatons? ¿Era otra escuela de magia? A la morena le sonaba de algo.
Un click sonó en su cabeza. Por supuesto, su madre había dicho algo sobre esa escuela mientras comían en un restaurante francés de Londres. Era donde había estudiado en su juventud, "la mejor escuela francesa de magia", y luego su padre se había reído agregando que como no si era la única. Pero Arte no sabía más de esa escuela, así que la idea de mentir sobre ello no le serviría de mucho.
—No, vengo de América.
Los magos la miraron asombrados, haciéndola sentir un poco incomoda ¡¿Qué todos los magos ingleses discriminaban a los Americanos?!
—Que interesante…—comentó Jack—Nunca había conocido una bruja americana.
Esa no era la respuesta que Artemisa esperaba, la sonrisa de Jack era realmente sincera y agradable, al contrario del total desinterés de los otros dos chicos, que después de oír que ella no pertenecía a Beauxbatons continuaron con su charla de Quidditch como si nada, pero eso a la morena no le molestaba en lo más mínimo, prefería pasarse la noche conversando con Jack, aunque él fuera el único que en realidad hablara mientras ella contestaba con cortos monosílabos.
Después de un tramo de viaje por el bosque, descubrió que aparte de haber crecido en el mundo muggle, Jack tenía raíces estadounidenses, su abuelo paterno era de Dakota del sur, y el castaño deseaba conocer Estados Unidos y visitarlo.
—Voltea Arte—una corriente eléctrica recorrió su cuerpo cuando Jack le dio un ligero apretón en el antebrazo—La primera vez que lo ves es impresionante.
Cuando pudo salir de su aturdimiento la morena hizo caso a la petición del chico e inmediatamente le dio la razón, jamás olvidaría ese momento.
Ante ellos estaba una colina donde se alzaba un hermoso castillo, una cosa realmente fantástica.
—Wow es mejor que el de cenicienta—no pudo evitar el expresar su pensamiento infantil y aunque esperaba alguna risa de parte de sus compañeros de transporte, ésta nunca llego, los chicos solo la miraban extrañados. Apostaría porque Stev y su amigo se preguntaban quién era la tal cenicienta y porque Jack era demasiado caballero como para reírse de ella en su cara.
Cuando el carruaje se paró ante unas enormes puertas de madera y Jack le tendió la mano para ayudarle a bajar de él, el chico imprudencia llegó hasta ellos, esta vez acompañado solamente por su amigo rubio.
—Allí estabas Portos—los dos se pararon de improvisto al ver a Artemisa aun lado de Jack—Vaya a quien tenemos aquí.
—James, por favor.
Artemisa miró al castaño con más detenimiento mientras éste le ayudaba a bajar del carruaje. Como no se había dado cuenta antes. ¡Ése era el día del despiste!
Jack era amigo del moreno, era el otro secuaz que lo había flaqueado en el tren, y ahora parecía estar peleado con él.
—Te desconozco Jack—James se acercó peligrosamente al castaño, el rubio avanzó con él, como si fuese su sombra—Nunca antes le habías dado la espalda a tus camaradas y menos por culpa…
Jack no respondió la provocación del moreno, ni siquiera cuando el rubio lo miró sacudiendo la cabeza. Artemisa no entendía muy bien que estaba pasando pero de algo estaba segura, ella era la causante de ese pleito entre amigos y de una manera un poco retorcida se alegraba por ello, no imaginaba a Jack juntándose con esos dos.
—Ustedes ahí, ¡muévanse! no olviden que tenemos que estar en el comedor antes de que lleguen los de primero—un muchacho alto, de cuerpo atlético, cabello marrón y unos enormes ojos azules se abrió paso entre los demás estudiantes que poco a poco se habían juntando alrededor de ellos—No escucharon, Potter, Carrington, Lucas y…¿tú quién eres?
—Es nueva Will, de primero, creo.
James la miraba con malicia, había hablado lo suficientemente alto como para que todos los curiosos pudieran oírlos.
—Prefecto Edwards para ti Potter—el chico lo miraba fríamente. Artemisa sonrió, el moreno ya no parecía tan divertido— ¿No deberías haber venido en los botes?
El prefecto la miró inquisitoriamente. Ahora era ella quien ya no estaba divertida.
—En realidad—todos la miraron incrédulos, como si ni siquiera creyesen que debería ir a Hogwarts en primer lugar, así que algo fastidiada encaró al tal James con firmeza—Yo soy…
— ¿Que es todo ese alboroto? —una mujer mayor, de mirada dura, se hizo notar desde las escaleras del Hall —Edwards, por favor, haga pasar a los estudiantes inmediatamente.
El muchacho asintió con nerviosismo mientras instaba a las chicas que tenía más cerca a caminar de prisa, todos sin excepción subieron la enorme escalera evitando el barandal donde estaba la mujer.
Cuando se acercaba ahí, Artemisa pudo ver que la mujer vestía una túnica azul abotonada hasta el cuello y tenía un elegante molote de pelo gris en la cabeza.
— ¿Quién es? —le preguntó a Stev que caminaba más cercano a su lado.
El chico pareció titubear mientras miraba a la mujer de reojo.
—La profesora McGonagall, da transformaciones y es la jefa de Gryffindor, da un poco de miedo ¿no cre…? —la voz de Stev se extinguió cuando alcanzaron el barandal donde estaba la profesora, la mujer los miraba severamente.
—Señorita Hale—mejor dicho la miraba severamente—Usted debe esperar aquí.
Artemisa se paró de golpe, era verdad, ella debía esperar a que su padre llegara con los de primero.
Los demás alumnos la pasaron deprisa y entre ellos pudo divisar un par de caras conocidas—como la pelirroja que la había saludado con la mano—, pero ni pista del paradero de Jack, desde la estrepitosa entrada al Hall, lo había perdido de vista.
En el vestíbulo solo quedaban ella y la profesora McGonagall, que veía fijamente la puerta de entrada sin prestarle la mínima atención a la morena, así que un poco aburrida trató de echar un vistazo a las enormes puertas por donde habían pasado sus compañeros y que seguramente daban al comedor, había fuertes murmullos al otro lado.
—Debería acomodar esa corbata Señorita Hale—la mujer se acomodó su propio sombrero mientras hablaba, así que, algo nerviosa, Artemisa se anudó la corbata correctamente. Ya entendía porque los demás parecían temer a la profesora, nada se le escapaba—Espero verla en mi mesa.
Quiso decir algo, pero aunque no hubiera estado momentáneamente trabada, el barullo de asombro que se traían los niños de primero mientras entraban al castillo no lo habría permitido.
—Los de primer año profesora McGonagall—su padre le sonreía con amabilidad a la maestra estirada.
—Gracias profesor Hale—la voz de la maestra sonó más amable de lo que Artemisa hubiese esperado.
El profesor Hale sonrió de nuevo mientras caminaba escaleras arriba hacia donde estaba la morena.
— ¿Todo bien Mizza? —le peguntó Philip y la morena agradeció que fuera en un volumen bajo de voz, porque algunos distraídos alumnos de primero los miraban con interés.
No quería que se le quedara ese diminutivo como apodo, menos si había alumnos Españoles o hispanoamericanos; en su clase de español de séptimo grado se burlaban de ella porque sonaba como mesa, lo que se entendía como plana, otra crítica a su lento desarrollo…
—Ven entraremos por otro lado al gran comedor.
Caminó a un lado de su padre, quien para su sorpresa bajó las escaleras en vez de dirigirse a las enormes puertas.
—El banquete de comienzo de año se celebrará dentro de poco, pero antes de que ocupen sus lugares en el Gran Comedor deberán ser seleccionados para sus casas. La Selección es una ceremonia muy importante porque, mientras estén aquí, sus casas serán como su familia en Hogwarts. Tendrán clases con el resto de la casa que les toque…— cuando pasaron a un lado del grupo de niños de primeros, alcanzó a escuchar parte del discurso de la profesora de trasfiguración.
— ¿No debería quedarme a oír todo eso? —preguntó a su padre preocupada, el hombre seguía caminando hacia el Hall de entrada con más prisa.
—No es necesario, lo entenderás todo cuando empiecen las clases—su padre dobló en una armadura que había al final de las escaleras del Hall, y abrió una puerta de color negro, a Artemisa le pareció un tétrico calabozo—Te pediré que no entres por aquí después de hoy, es un lugar de acceso especial sólo para maestros.
Subieron una escalinata de caracol casi en total penumbra, el corazón de Artemisa se aceleró cuando algo blanco y trasparente pasó frente a ellos.
—Vaya aun anda por aquí el Fraile, lo saludaré en cuanto tenga oportunidad, una pena que no me reco…cuerde—exclamó su padre mientras abría una puerta al final de las escaleras, la luz se filtró por ella con tenuidad—Esperaras aquí un momento, la selección comenzará con los de primero y cuando finalice, la profesora McGonagall te llamará—asintió débilmente, su padre caminó hacia la luz, pero algo lo hizo regresar de repente— ¿Qué opinas de mi atuendo?
Esa era justamente la pregunta que Artemisa no quería contestar y gracias a la profesora McGonagall no tuvo que hacerlo, ya que en ese momento la mujer irrumpió en la habitación con el montón de chiquillos detrás de ella. Un alivio en verdad, lo único que se le ocurría decirle a su padre era que nada más le faltaba la barba blanca para ser un auténtico Merlín.
— ¡Suerte! Hufflepuff, recuérdalo.
Por primera vez desde que se enteraron que iban a ir a Hogwarts su padre externó su deseo de que alguna de sus hijas quedara en su antigua casa y Artemisa se alegró de que fuese a ella a quien le dijera.
Miró a su padre caminar deprisa por atrás de la mesa más cercana, la de profesores suponía Artemisa ya que en ella había puros adultos, realmente extraños, algunos usaban túnicas como la de su padre —pero a su pesar no parecía ser alguna clase de uniforme—. En esa mesa pudo ver a una mujer delgada, de sobrerito blanco en la cabeza, que le recordó a una enfermera y más allá de ella, en una silla un poco más alta que la de los demás, estaba nada más y nada menos que el mismísimo Merlín con la barba blanca y todo.
—Pis pis—un pequeño ruidito sacó a Artemisa de su admiración—Aquí.
Volteó hacia su derecha y se topó con la bonachona cara de Roxanne que le sonreía desde la mesa más cercana a la puerta donde ella estaba escondida, esa debía ser la casa de Hufflepuff, el color amarillo sobresalía en los manteles y ropas de los alumnos.
—S-u-e-r-t-e—articuló la morena hacia ella.
Artemisa le sonrió, en verdad era una persona agradable, la idea de ir a Hufflepuff le estaba pareciendo la más sensata, si tan solo pudiera elegir, pero eso no parecía posible, la profesora McGonagall había dicho selección no elección, así que solo le restaba esperar. Ahora que se acordaba no tenía que esperar tanto, la profesora McGonagall ya estaba ahí con los de primero, pero desde su posición no los podía ver muy bien.
Oh, podrás pensar que no soy bonito,
pero no juzgues por lo que ves.
Me comeré a mí mismo si puedes encontrar
un sombrero más inteligente que yo…
Alguien había cantado una canción realmente extraña, ¿sombrero seleccionador? ¿Qué significaba eso? Artemisa estiró un poco más la cabeza desde su posición para poder ver mejor, pero la cabeza del profesor que tenía enfrente no la dejaba enfocar nada más que una mata de cabello gris.
—El sombrero está muy formal este año—comentó alguien en la mesa de Hufflepuff.
Artemisa pudo divisar el sombrero de la profesora McGonagall adelantándose un poco hacia los pequeños y no encontró nada peculiar en él.
—Cuando yo los llame, deberán ponerse el sombrero y sentarse en el taburete para que los seleccionen —dijo la profesora— ¡Andrew, Richard!
El salón se quedó en silencio y Artemisa pudo ver al profesor Merlín muy interesado en lo que estuviese ocurriendo.
— ¡RAVENCLAW! —gritó la misma voz que había cantado la peculiar canción de las casas, una mesa de las tres que no podía ver Artemisa estalló en aplausos.
Otro alumno Malcolm Dedalus fue a Ravenclaw, mientras Regina Edgwick se convirtió en la primera Gryffindor.
— ¡Finch-Fletchley, Susan!—la voz de la profesora se escuchó por encima del ruido de los aplausos, que inmediatamente cesaron.
— ¡HUFFLEPUFF!
La mesa cercana a ella fue la que estalló esta vez en vitoreó y aplausos, Artemisa pudo ver a una niña regordeta sentarse a lado de Roxanne, que la recibió cálidamente, todos parecían sonreírle y de entre la mesa salió una rechoncha figura transparente que felicitó a Susan por ser la primera Hufflepuff, era el fantasma que su padre había llamado fraile.
—Forrester, Charles.
Artemisa notó que el dichoso sombrero tardaba más con unos mientras que con otros decía la casa inmediatamente.
— ¡RAVENCLAW!—los aplausos se escucharon de nuevo lejanos, Artemisa avanzó dos pasos hacia el comedor, si ya iban en la F entonces pronto llegaría el turno de su hermana de ser seleccionada.
—Gwillince, Roger.
Artemisa que ahora estaba casi en la esquina de la mesa de profesores, pudo ver como un pequeño niño de cabello oscuro y ojos marrones caminaba altivamente hasta lo que parecía ser una tarima. La profesora McGonagall, que estaba a espaldas de ella, colocó algo en la cabeza del pequeño mientras éste se sentaba en el taburete.
— ¡SLYTHERIN!—gritó la misma voz rápidamente.
El pequeño bajó del taburete y se acercó a la última mesa del rincón donde todos aplaudían, al parecer de Artemisa sin mucho entusiasmo. Un fantasma de aspecto horrible recibió al pequeño y le indicó que se sentara, las personas a su alrededor sonreían con arrogancia. Artemisa negó con la cabeza, en definitiva la casa de Slytherin estaba descartada, no importaba lo que había dicho antes de que fueran puros prejuicios de la gente, estaba frente a la casa de las serpientes y era verdad, realmente se veían como un grupo malvado y desagradable.
—Haddis, Marietta—una chica de cabello rizado y gafas gruesas avanzó entre el grupo de niños, que todavía era numeroso. Artemisa miró el extraño ritual con interés: la niña se había sentado en el taburete mientras la profesora le ponía, lo que ahora podía enfocar, un viejo sombrero todo remendado.
— ¡GRYFFINDOR!—gritó el sombrero tras unos segundos, la segunda mesa a la derecha, aun lado de Hufflepuff, estalló en aplausos mientras Marietta tomaba asiento junto a la chica de coletas que Arte había visto en el carruaje de Roxanne, quiso ver mejor a todos los de la mesa pero la voz de la profesora McGonagall llamó más su atención.
—Hale, Leyla.
La cabellera rubia de su hermana se separó del grupo de niños, para ese momento a Artemisa no le importaba si la miraban los demás o no, así que salió de su escondite hasta algún lugar donde poder ver bien a su hermana sentada en el taburete y con el sombrero remendado en la cabeza, casi se rozaba con la mesa de Hufflepuff y un par de maestros le habían lanzado miradas furtivas desde la mesa de profesores, pero sus padres ni siquiera la habían notado. Su padre tenía una copa en una mano y Artemisa podría asegurar que la mano de su madre en la otra, Elizabeth solo miraba distraídamente su plato, como si toda la selección fuese un aburrimiento total.
— ¡SLYTHERIN!
Artemisa parpadeó desconcertada mientras enfocaba de nuevo el taburete, efectivamente su hermana era la niña rubia que se levantaba de él, la misma que caminaba con altivez hacia la última mesa y se sentaba junto al chico de cabello negro, entre los aplausos de los alumnos del escudo de la serpiente, no había oído mal.
La morena volteó a la mesa de profesores, el tal Merlín sostenía una animada charla con un profesor de cabello rubio y ojos saltones, al otro lado Philip parecía realmente desconcertado, como ella jamás lo había visto, mientras su madre le decía algo al oído.
La selección continuó con normalidad, Jordan, Kinrsley, Krall, Lofton, Lonrrigton, Macquencie, luego le tocó al chico de cabello rubio platino, que Artemisa había visto una vez vagamente, pero no podía recordar donde, fue otro Slytherin y con él el sombrero dudó un poco más que en el caso de su hermana.
—Potter, Albus—el cuchicheo del comedor cesó cuando el pequeño de cabello oscuro y gafas se acercaba al taburete.
Artemisa lo reconoció inmediatamente, era el hermano menor del chico imprudencia, el niño que tenía pánico de quedar en Slytherin. Ahora lo entendía perfectamente ella también temía por esa posibilidad. Cuando Albus se detuvo inseguro frente al taburete alguien de la mesa de Gryffindor gritó "un Potter no falla" y la morena supo inmediatamente que fue el chico imprudencia.
Albus se sentó y cuando la profesora McGonagall le colocó el gran sombrero éste le cubrió parte de la cara. Por un eterno minuto nadie se atrevió a romper el silencio instalado y Artemisa se percató de que el profesor de aspecto de Merlín miraba la selección más interesado que antes.
—Otro Potter difícil de seleccionar—por primera vez en toda la selección el sombrero dijo algo más que los nombres de las casas—No hay duda ¡Slytherin!
Hubo un silencio total. Nadie se atrevió a decir nada. Los alumnos y maestros parecían petrificados. El pequeño Albus se quitó el sombrero y echó un vistazo por la sala, Artemisa descubrió que sus ojos evitaron la mesa de Gryffindor y recayeron en la mesa de la casa seleccionada para él. Trago grueso y dio un par de pasos hacia allá. ¡Debe ser un error! gritó alguien desde la mesa de Gryffindor, era uno de los gemelos. ¡El sombrero se equivocó! replicó esta vez James. Después de eso se escucharon todo tipo de protestas.
—¡Orden! —gritó la profesora McGonagall— ¡Orden!
Sólo Artemisa parecía oírla, quizá era porque era la más cercana a ella.
—¡Orden! —está vez habló con la varita en la garganta, fue como oírla desde un alta voz.
Los gritos y protestas cesaron.
—Tomen asientos jóvenes —dijo la maestra con la varita todavía en la garganta— Señor Potter tome asiento.
El pequeño caminó hacia la mesa de Slytherin y se sentó a un lado de Leyla. Todos ahí lo miraban. Mientras los Gryffindor —más bien sus parientes— miraban al lado contrario claramente evitando verlo.
—Les recuerdo niños —la maestra McGonagall dio unos pasos hacia las mesas y echó una mirada sobre todos— Que el sombrero seleccionador es muy sabio. Nunca se ha equivocado. Ahora continuemos.
Hubo murmullos por lo bajo. Artemisa miró hacia la mesa de Slytherin, en ella Albus tenía la cabeza gacha. Lo compadeció.
—Shimoff Ariadna—una chica bajita de cabello castaño se acercó a la tarima, el número de niños esperando su turno había disminuido notablemente. Artemisa se fijó que Rose, la pelirroja pecosita de la última fila, se veía realmente nerviosa.
El sombrero mandó a la chica de cabello castaño a Ravenclaw, a una niña rubia a Hufflepuff junto con un pequeño de cabello encrespado, un par de gorilotas enormes fueron a Slytherin al igual que Amy Vashan quien se sentó junta a Leyla, Gryffindor recibió a Tupín Seth y Urrance Kate.
—Weasley Rose
La pequeña pelirroja se sentó en el taburete y cerró los ojos con fuerza, se miraba realmente alterada —tal vez por la selección de su primo— desde la mesa de Gryffindor los gemelos pelirrojos silbaron en apoyo, mientras las caras de los demás primos de Rose estaban atentas a la profesora McGonagall y el sombrero seleccionador.
— ¿Qué crees, Ravenclaw o Gryffindor?—escuchó preguntar Artemisa en la mesa de profesores a la maestra regordeta al profesor chaparrito y de orejas grande (que parecía duende).
El hombrecito negó con la cabeza, a la morena le pareció ver decepción en su viejo rostro.
—Tal vez Ravenclaw, si es tan inteligente como su madre, cosa que no dudo, pero sabes que aun así ella no quedó en mi casa, Sprout.
—Si bueno, ya tienes muchos Weasleys de todas formas, aunque no tantos como la pobre McGonagall, ni tan tremendos—la profesora Sprout miró divertida la mesa de Gryffindor, donde los gemelos prácticamente brincaban en sus bancos con impaciencia, el sombrero seguía mudo sobre la cabeza de Rose.
— ¡GRYFFINDOR!
El gritó del sombrero se perdió entre los aplausos y vitoreo de la mesa de los leones, Rose brincó con gusto del taburete y prácticamente corrió a sentarse junto a los gemelos. Sus primos y los demás de Gryffindor la recibieron con calidez, parecían haber olvidado la selección de Albus —parecían haber olvidado que el chico existía—. El despeinado moreno le regaló una encantadora sonrisa a su prima…Artemisa parpadeó ¡¿Qué rayos había pensado?!
— ¡SLYTHERIN!—una chica rubia se unió al grupo de las serpientes, con sus selección solo quedó otro niño de primero, Vladimir Zabinni, un muchacho moreno, alto y de ojos oscuros, directo a Slytherin.
—Bien, la selección de los de primero ha terminado—la profesora McGonagall enrolló el largo pergamino de donde había estado leyendo los nombres, los alumnos de las cuatro mesas se acomodaron mejor en sus bancas y algunos hasta tomaron los cubiertos, seguramente esperando que les trajeran la cena, nadie apareció por las enormes puertas—Pero aún hay una persona que debe ser seleccionada.
Artemisa sintió un retortijón en el estómago, los alumnos cuchichiaban entre ellos sorprendidos, al parecer nunca había sucedido que alguien que no fuera de primero fuera seleccionado, una niña de Hufflepuff sugirió que quizá fueran a cambiar a alguien de casa y eso causó más alboroto en el gran salón, hasta los maestros parecían sorprendidos, los más cercanos a ella la notaron de repente, mientras trataba de pasar desapercibida.
—Hale, Artemisa—la profesora McGonagall cambió de posición para poder verla aparecer desde el rincón.
Todos en el gran comedor voltearon su cara a donde ella estaba, hasta unos chicos de Slytherin se habían levantado de la mesa para ver mejor, Artemisa trató de relajarse y caminó lentamente rodeando la mesa de profesores, la profesora Sprout le sonrió con dulzura, en el rincón opuesto sus padres la miraban fijamente, su mamá sonreía mientras su padre se mantenía extrañamente serio.
—Siéntate, por favor—la profesora le indicó el taburete, la morena alzó la vista hacia ella, topándose con su cara seria y rígida, luego se sentó lentamente, sin prestar mucha atención a las cuatro mesas que se alzaban frente a ella.
Alguien cercano a su derecha murmuro "y por eso retardan el banquete", era una voz tan irritante, que Artemisa cerró los ojos para no tener que ver a su dueño.
—Mmm interesante…—la extraña voz que había cantado estaba hablándole al oído, pero no había nadie cerca, así que debía ser el sombrero que tenía en la cabeza—Veo un enorme sentimiento de la justicia. Si aquí esta, también hay más. Una gran mente, muy astuta…
—No tanto como para ir a Slytherin.
Artemisa no pudo evitar el pensar en su reciente repudio hacia la casa de las serpientes.
—No, no tanto—la vocecita le dio la razón—Aun así, es una mente brillante deseosa de demostrar de lo que es capaz, estarías bien en Ravenclaw—la morena sintió un extraño sentimiento recorrerla, la casa de los inteligentes no le parecía tan mala como Slytherin pero aun así no se veía en ella—Pero para demostrarlo se necesita valor, si en verdad lo necesitaras, y lo tienes…no hay duda ¡GRYFFINDOR!
Una ola de alivio la recorrió cuando el sombrero gritó el nombre, la casa de los leones era a decir verdad una buena opción, que sus inconvenientes, en ese momento, le parecieron insignificantes.
—Bienvenida—susurró una amable voz mientras le quitaban el sombrero, la profesora McGonagall le sonreía discretamente.
Artemisa se levantó desconcertada del taburete, la profesora lo había sabido desde antes ¿no que la selección era imparcial? Y más extraño, ¿porque la profesora la querría en su casa?
Aún con mil dudas en la cabeza Artemisa caminó desde la tarima hasta la mesa de Gryffindor, que aplaudía con entusiasmo. Los leones de Grinffindor parecían realmente alagados de ser la única casa que tenía una persona especialmente seleccionada, quizá querían pasar el trago amargo de no tener a Albus entre ellos. Todos, a excepción del chico moreno de cabello alborotado, la recibieron con ánimo, hasta Jane que aunque no sonreía, le abrió lugar entre ella y Caroline.
En la mesa de profesores su madre le sonreía mientras su padre tenía una sonrisa forzada hacia ella. Eso no era muy alentador, pero por lo menos no estaba tan desconcertado como con la selección de su hermana.
—Te dije que estarías en Gryffindor—Caroline le regaló un enorme abrazo de oso, algunas manos la saludaban con calidez, el prefecto Edwards comentó que era realmente extraño su selección pero que se alegraba de que estuviera en Gryffindor. Era tal el alboroto que los aplausos solo se extinguieron cuando el profesor de barba larga se paró de su silla y extendió los brazos como si fuese a abrazarlos a todos.
— ¡Bienvenidos! —Dijo el profesor Merlín— ¡Bienvenidos a un nuevo año en Hogwarts! Antes de comenzar nuestro banquete, quiero decirles unas pocas palabras. Y éstas son: ¡Papanatas! ¡Llorones! ¡Monadas! ¡Puntapiés!... ¡Muchas gracias!
El mago se sentó de nuevo entre los aplausos de los profesores y vitoreo de alumnos, Artemisa tenía unas enormes ganas de reír, pero prefirió aplaudir como los demás.
— ¿Quién es el que acaba de hablar?—le preguntó suavemente a Edwards, el chico la miró como si fuese un alienígena—Bueno creo que es un poco…
— ¿Raro o loco? Pues algo de ambos, —el muchacho se acomodó las mangas de su túnica que momentos antes colgaban sobre la mesa—pero que no te engañe, es Albus Dumbledore el director del colegio y un verdadero genio de la magia, dicen que venció a la muerte.
Edwards se llevó el tenedor a la boca con lo que parecía ser ensalada de coles, Artemisa miró sorprendida la mesa de Gryffindor, los platos antes vacíos estaban repletos de comida, todo lo que pudieras desear, pollos asados, filetes, ensaladas, patatas, pasteles de crema… de repente notó lo hambrienta que estaba, ¿en qué momento habían llegado los meseros?
—Prueba la ternera—alguien al otro lado de la mesa le señalaba el enorme plato frente a ella—Es deliciosa.
Artemisa sonrió mientras tomaba un poco de carne, Jack estaba casi frente a ella regalándole una amable sonrisa, con tanto alboroto ni lo había visto. Comió en silencio mientras las personas de su alrededor hablaban entre bocado y bocado.
"No, aritmancia es un dolor de cabeza, prefiero soportar adivinación…" "Trataré de entrar al equipo ya lo veras…" "Si, fue fabuloso, las pirámides son increíbles…"
Las pláticas en su mayoría eran sobre las vacaciones y las clases, cosas que para ella se mezclaron terriblemente ese verano, así que no tenía ganas de hablar de eso. Terminó su tazón de pudín y algo aburrida echó una ojeada a la mesa de profesores. Pero, evitando encontrarse con la decepcionada cara de su padre, dirigió la vista desde el profesor de ojos saltones a la izquierda. El profesor Dumbledore bebía de una copa de oro. Lo observó con atención, era realmente extraño, lo más parecido a un papa Noel que ella había visto en su vida. Su barba blanca enmarcada una cara arrugada, de nariz aguileña, y tras unos enormes anteojos de media luna apenas se veían unos ojos azules, que en ese preciso momento la miraban entre divertidos y amables, su dueño alzó su copa de oro ligeramente hacia enfrente, como deseándole salud, y luego bebió con gusto. Era el director más excéntrico que había conocido y había conocido bastantes.
—Un placer, en verdad—una figura blanca y trasparente estaba a la mitad de la mesa, encima de las patatas asadas—Nuevos Gryffindors.
Artemisa miró con horror como el fantasma palmeaba a un niño en la espalda, los gemelos rieron con fuerza ante la cara de susto del pequeño. El fantasma los ignoró mientras avanzaba hasta donde ella estaba.
—Vaya tú eres la cara nueva—el fantasma que de cerca Artemisa pudo ver llevaba un pomposo traje como de actor de obras de teatro de la época romántica se colocó encima del plato de Edwards—Soy Sir Nicholas de Mimsy-Porpington, bienvenida a la mejor casa de Hogwarts.
Artemisa le sonrió, esperando no quisiera darle una calurosa bienvenida como la de chico, para su alivio Sir Nicholas se elevó sobre ellos cuando el fantasma del Fraile gordo lo llamó.
—Ese era ¿Nick casi decapitado?—preguntó una pequeña de primero, que Artemisa recordaba se llamaba Kate, y varios de los alumnos mayores la miraron con desaprobación.
—Sir Nicholas prefiere que lo llamen por su nombre—espetó con dureza una chica morena del grupo de los más grandes.
—Sí, que jamás los oiga llamarlo casi-decapitado, a menos que quieran ver porque le dicen así—el chico imprudencia había colgado su cuello a un lado mientras su amigo rubio hablaba, haciendo que varios alumnos de primero soltaran unas ligeras risitas.
Artemisa sacudió la cabeza mientras dejaba su plato vacío en la mesa.
Los postres ya habían desaparecido y la mayoría de los alumnos estaban por terminar sus porciones, cuando el profesor Dumbledore se puso de pie y llamó al orden.
—Ejem...sólo unas pocas palabras más, ahora que todos hemos comido y bebido. Tengo unos anuncios que hacerles para el comienzo de este nuevo año.
»Los de primer año deben tener en cuenta que los bosques del área del castillo están prohibidos para todos los alumnos. Y unos pocos de nuestros viejos alumnos también deberán recordarlo.
Los ojos azules de Dumbledore miraban fijamente en dirección a la mesa de Gryffindor, hacia el grupo de Weasleys y compañía.
»El señor Filch, el celador, me ha pedido que les recuerde que no deben hacer magia en los recreos ni en los pasillos, así como que queda estrictamente prohibido meterse en la fuente de lodo del pasillo que da a los salones.
Los gemelos pelirrojos rieron con malicia.
»Las pruebas de Quidditch tendrán lugar en la segunda semana del curso. Los que estén interesados en jugar para los equipos de sus casas, deben ponerse en contacto con la profesora Elizabeth Hale, nuestra nueva instructora de Quidditch.
Las caras de los alumnos estaban puestas sobre la figura de la rubia, que se había puesto de pie y sonreía con amabilidad, mientras el profesor Dumbledore instaba a los alumnos a que aplaudieran dando el ejemplo, algunos murmuraban que la profesora era muy hermosa y la chica morena que había reprendido a Kate comentó que Elizabeth bien podría ser la hija de una Veela.
»Bueno también tenemos otro cambio entre nuestros docentes, el profesor de cuidado de criaturas mágicas, Rubues Hagrid, ha decidido pedir un año sabático, así que este año el profesor Philip Hale impartirá su clase…
Artemisa sonrió mientras su padre se paraba con elegancia de su asiento, esta vez las chicas aplaudieron con más ganas que los chicos y al igual que pasó con su madre los cuchicheos recorrieron el comedor, muchas niñas aseguraban que era realmente apuesto, otras más listas caían en la cuenta de que estaba casado y algunos hasta la miraron a ella con interés al oír el apellido del profesor.
—No creo que sus clases sean mejores que las de Hagrid—una molesta voz llamó su atención, el grupito del chico imprudencia miraba con desagrado a su padre, mientras el moreno hablaba—Ha de ser más aburrido que el viejo Binns.
» Y por último, quiero decirles que espero este año sea provechoso en todo los sentidos…
Algunos profesores y alumnos se tambalearon en sus asientos con impaciencia.
» ¡Y ahora, antes de que vayamos a acostarnos, cantemos la canción del colegio!
Ante la enorme sonrisa de Dumbledore, unos cuantos alumnos sonrieron con diversión, mientras las sonrisas de los profesores y los alumnos de años mayores eran más bien forzados. Artemisa miró asombrada como el profesor agitó su varita, como si tratara de atrapar una mosca y una larga tira dorada apareció, se elevó sobre las mesas, se sacudió como una serpiente y se transformó en palabras.
—Canten como mejor les acomode—exclamó el director e inmediatamente un bullicio de melodías se extendió por el salón.
Hogwarts, Hogwarts, Hogwarts,
enséñanos algo, por favor…
La canción era realmente divertida, nada que ver con el aburrido himno de la high school. Cuando Artemisa terminó de cantar, la mayoría ya había acabado aunque algunos alumnos graciosos seguían sosteniendo largas notas. Al final sólo el grupo de Weasleys pertenecientes a Gryffindor cantaban una marcha fúnebre, el profesor Dumbledore los dirigió hasta que la última nota rebotó en el aire.
—Muy buen final—exclamó Dumbledore mirando hacia la mesa de Gryffindor—Podría jurar que conozco esa melodía, creo…unos antiguos alumnos míos la cantaban, ya hace tiempo. Y ahora, es tiempo de ir a la cama. ¡Salgan deprisa!
Artemisa miró sorprendida como el comedor se fue vaciando rápidamente; los de Ravenclaw fueron los primeros en salir, seguidos por varios grupos de Slytherin, donde los mayores empujaban a los pequeños para pasar primero, su hermana iba entre un grupo de niñas y niños.
—Mejor esperamos a que se vacíe—comentó Caroline—De todas formas los de primero tienen que llegar antes a la torre.
La morena miró a Edwards dirigir el montón de niños de primero hacia las puertas entre los grupos de Hufflepuff que salían en ese momento, la mayoría de los alumnos de los años superiores esperaban todavía sentados en sus respectivas mesas.
Artemisa volteó a echar un vistazo hacia la mesa de profesores, estaba casi desierta, solo quedaban la profesora Sprout, McGonagall, el profesor de ojos saltones y la que parecía enfermera, sus padres habían desaparecido al igual que el profesor Dumbledore.
— ¡Oye tú!—volteó la vista al frente, los hermanos gemelos de Caroline la miraban insistentemente— ¿Es cierto que tu madre es una Veela?
¿Veela? Su delicada madre, ¿un ser salvaje y temperamental? En definitiva no, su madre no podría ser una Veela.
Los pelirrojos estaban expectantes, con la misma cara que habían mostrado Stev y su amigo cuando dijo que era extranjera, hasta lamentaba romper su extraña ilusión.
—Que yo sepa no—respondió con sequedad.
Los pelirrojos se miraron uno al otro, daba la impresión que estaban hablando entre ellos, considerando las palabras de la morena. Pero no cruzaban palabra.
Artemisa se sintió incomoda lo que dijo no era más que la verdad, no lo sabía. ¿Cuánto sobre sus padres realmente sabia? Hasta hace poco pensaba que eran una normal familia americana y descubrió que eran todo menos eso.
—Greg por favor, sabes que ella no es una Veela—Caroline había aparecido a su lado, sonreía con superioridad y tenía una mirada condescendiente, como si les hablase a un par de bebes, sus enormes hermanos rodaron los ojos— ¿No recuerdan las semifinales de Quidditch? ¡Esas si eran Veelas salvajes!
El tal Greg intercambio una mirada con su gemelo, que solo se encogió de hombros, al parecer habían caído en cuenta de que su hermana tenía razón.
—Por supuesto Caro—el moreno se acercó a ellos con una gran sonrisa ladina en el rostro—La profesora no puede ser una Veela, la descendencia de las Veelas siempre conserva parte de su belleza y no es el caso.
Artemisa escuchó unas risitas y la reprimenda de Caroline a los lejos, pero de lo único que realmente fue consciente eran de las orbes azules que la miraban fijamente, como dos inmensos pozos de agua turbulenta, acompañados de la endemoniada sonrisa y el cabello rebelde.
—Vamos Artemisa te encantará la torre—la pelirroja habló conciliadoramente mientras jalaba a la morena del brazo, mas Artemisa no se movió, sabía lo que le estaba pasando, una ola de coraje recorría su cuerpo, apostaría que sus ojos tenían el tono carmesí que había fascinado a la tía Marie y si no fuera porque era imposible, estaría segura que el joven frente a ella era capaz de verlo.
James había levantado las cejas con asombro y la sonrisa socarrona se había esfumado de su rostro.
—Esa podría ser la respuesta ¿no James? —se acercó al chico sonriendo sin gracia, el moreno no se movió—Sólo una chica de sangre salvaje podría golpear al gran James Potter…
— ¿Qué pasa aquí? —el profesor de ojos saltones se acercó a la mesa de Gryffindor, los curiosos que habían estado mirando al grupo con interés se alejaron evitándolo, no querían meterse en problemas el primer día—Jóvenes deberían marcharse a sus dormitorios, ¿o hay algún problema?
Artemisa dejó de matar a James con la mirada y dirigió su atención al profesor, que paseaba sus especulativos ojos por el numeroso grupo, al cual un poco antes se habían unido, sin que la morena lo notara, Stev y Jack.
—Ninguno profesor Banfield, sólo charlábamos.
James sonrió con picardía ante la incredulidad del profesor, quien echó otra rápida ojeada el grupo, deteniéndose significativamente en la morena, y luego con un gesto los instó a marcharse.
Artemisa caminó junto a Caroline en silencio, cuando cruzaron las puertas aun sentía los enormes ojos saltones del profesor Banfield sobre ellas y no se atrevió a mirar atrás hasta que llegó a las escaleras.
—Sí que impone, el Vampi-field, ¿eh? —los hermanos de Carolina las flanquearon al subir el primer tramo de escaleras, uno de ellos había pasado su brazo por los hombros de Artemisa como si fuesen buenos amigos en confianza mientras el otro hacia lo mismo con la pelirroja.
— ¿Vampi-field? —preguntó la morena sorprendida, al quitar sin delicadeza el brazo del pelirrojo de sus hombros.
Alguien cerca de ellos exclamó "que atrevimiento llamar así a un profesor", pero Artemisa no encontró el dueño de la indignada voz.
— Es un cazador— contestó como toda respuesta el pelirrojo, sin inmutarse del rechazo de la morena.
Siguieron su camino en silencio. Cuando las escaleras más cercanas empezaron a moverse, todos se detuvieron. Artemisa echó una ojeada asombrada al lugar donde estaban, era una enorme habitación donde muchos juegos de escalera cambiaban de lugar a su gusto. Intentó ver el techo del castillo pero las escaleras parecían infinitas ¡era sorprendente! La morena iba preguntar cómo era eso posible cuando una voz a su izquierda la hizo pegar un brinco, el retrato de un viejo mago estaba hablando.
—Tan tarde y vagando por el castillo. Que inapropiado. Deben apurar su camino, el viejo Filch anda rondando los corredores…
—Rengar el pianista tiene razón—Jack los alcanzó cuando subían otro tramo de escaleras, Artemisa no pudo evitar sonreírle, gesto que el castaño correspondió—Es mejor que nos apuremos.
—Ey ¿dónde dejaste a los otros? —uno de los gemelos miró recelosamente a Jack, Artemisa echó un rápido vistazo tras ellos esperando ver a los otros chicos, pero no había nadie cerca.
—Tú sabes que ellos tienen sus propios medios para llegar a la torre—contestó Jack medio fastidiado—Solo espero que Filch no los atrape.
—Ese James que no invita—el gemelo más cercano a Caroline resopló molesto, la morena se percató de que la pelirroja se veía rara, no había dicho ni pio en todo el camino.
—Él se lo pierde, sin nosotros no hay diversión—comentó el otro pelirrojo. Su hermano le sonrió mientras levantaba los pulgares.
Subieron corriendo otro tramo de escaleras porque éstas estaban por cambiar y cuando estuvieron frente al cuadro de una robusta mujer que vestía un ostentoso vestido rosa el grupo se detuvo de improvisto.
— ¿Santo y seña? —la mujer se dirigió a ellos con elegancia, Artemisa la miró extrañada.
— ¡Oh dama hermosa! verás que no lo sabemos.
La mujer se había sonrojado visiblemente ante las palabras del pelirrojo, pero como recordando algo de repente cruzó los brazos sobre el enorme pecho.
—Entonces no hay trato, sin contraseña no los puedo dejar pasar…
—Magmalias—musitó Jack, el retrato que era más pequeño que los pelirrojos se abrió con un estridente ruido, dejando un agujero por donde pasaron los gemelos doblándose un poco y Carolina que parecía traer prisa. Jack instó a Artemisa a que pasara primero. La morena no tuvo que agacharse como los pelirrojos para pasar y aun así le pareció algo estrecho el pasillito. Sintió la respiración de Jack tras de ella muy cerca, lo que la puso nerviosa.
Artemisa echó una ojeada al lugar, era una habitación cuadrada, donde había sillones y mesas acomodadas sin orden y concierto, a la derecha estaba la chimenea y frente a esta en la pared opuesta un relleno que seguramente daba a las habitaciones.
— ¡Bienvenida a la casa de Gryffindor! —exclamaron en coro los gemelos echándose sobre un sofá cerca de la enorme chimenea.
—Parece que todo Gryffindor duerme—comentó Jack, ciertamente la sala estaba vacía, Artemisa pudo notar que ni la pelirroja se veía por algún lado de ella—Creo que tenemos que unirnos a ellos.
Jack caminó hacia el relleno del fondo, Artemisa lo siguió sin dudar. En el sofá los gemelos discutían juntando sus cabezas.
— ¿Ellos no irán a dormir? —preguntó mirando hacia la sala, cuando llegaron al relleno y subían un tramo de escalones, de donde un par de escaleras se alzaban en distintas direcciones.
Jack echó una rápida ojeada a los pelirrojos —Seguramente esperaran a los demás. Tendrán una reunión de inicio de año, sólo espero que no los descubra Edwards, con las ganas que le trae a James seguro los reporta. Pero si se ponen listos la harán en el dormitorio, lo que implica que el que no dormirá seré yo.
El castaño parecía resignado ante la idea.
—Las escaleras a los dormitorios de chicas son esas.
Artemisa miró a Jack, el chico le señalaba las escaleras de la izquierda.
—La habitación de cuarto año es la del cuarto piso, supongo que será tu dormitorio.
Desde la sala, los gemelos cantaban una extraña canción sobre "calderos de amor", que erizaba el vello de la nuca de la morena.
—Claro…—Artemisa sintió que la voz que se le escapaba por la garganta no era suya, ya que tenía un tono agudo que ella no recordaba, seguro era por los nervios— ¡Que descanses!
Corrió escaleras arriba, sin detenerse a esperar la respuesta de Jack.
Subió varios tramos de escalones deprisa y cuando sintió que se resbalaba por un escalón aminoró el paso esperando llegar al siguiente piso, donde tocó la puerta más cercana. Una chica de cabello rubio le abrió malhumorada. Se había equivocado de piso, ese era el sexto año, su dormitorio estaba dos pisos abajo. Artemisa se disculpó con la chica y bajó con desganó las que en ese momento le parecieron demasiadas escaleras, ¡ni imaginarse lo que sería ir en último año!
Cuando estaba por llegar al cuarto piso, alcanzó a escuchar un par de voces conocidas, que parecían salir del dormitorio.
—…entonces por eso Jack no ha andado con los chicos como siempre—Artemisa se detuvo en el último escalón rogando porque no la descubrieran, dos figuras se escabullían por la puerta— ¿Tú crees que…?
—No lo sé—esa era Carolina, pero sonaba vaga, sin su característico tono alegre—Sabes que Jack es muy raro. Aunque lo vi, le sonreía demasiado.
—Sólo es cortesía Caro—Jane parecía estar bufando—Sabes que él es tan bueno, a veces me pregunto porque es el mejor amigo de James. Además… ¿viste la ropa que ella usaba en el tren? Es realmente rara…
Las voces se perdieron, las amigas debían haber bajado las escaleras. Artemisa salió de su escondite desconcertada, ¿era su imaginación o habían estado hablando de ella y Jack? ¿Tan obvia era?
Decidió no pensar en eso, tal vez estaba equivocada y las chicas estaban hablando de otra cosa. Aunque lo de la ropa le había molestado un poco.
Decidió preocuparse de eso después, estaba muy cansada.
Entró a la habitación intentando no hacer ruido, pero se golpeó con algo y no pudo evitar un alarido de dolor.
— ¡Dejen dormir! — exclamó desde la primera cama a la derecha, que tenía los doseles corridos, una voz molesta.
La morena sonrió mientras miraba mejor la habitación con la poca luz lunar que se colaba por la ventana, era no menos de lo que esperaba en un castillo encantado. Había cinco camas altas, con doseles rojos con dorado y un baúl a los pies de cada una, sin embargo en esa oscuridad no podía vislumbrar sus iníciales en alguno de los baúles.
—Es ese—volteó hacia la segunda cama a la derecha, la figura de una chica le señalaba el baúl siguiente. Artemisa intentó mirar a la chica cuando pasó a su lado, un par de ojos brillantes como canicas le devolvieron la mirada—Esa cama siempre ha estado vacía, supongo que es la tuya.
Artemisa se acercó a la cama, un gorgoreo cerca de la cabecera llamó su atención, Zero estaba en su jaula sobre la mesa más cercana. La lechuza picoteaba los barrotes inquieta.
—Creo que la molestan los Nargles, deberías sacarla.
— ¿Los que…?—preguntó Artemisa desconcertada mientras sacaba a Zero de su jaula. El ave abrió las alas con entusiasmo, ansiando libertad.
—Los Nargles, mi mamá dice que viven en los muérdagos, pero al no ser temporada de ellos se esconden entre los doseles de la cama y las plumas de las almohadas, por eso les gusta atacar lechuzas se alimentan de su ahhh…buenas noches—la chica se acostó en su cama de repente y al parecer se durmió inmediatamente, porque Artemisa pudo escuchar unos cuantos ronquidos desde su lugar.
— ¿Enserio tienes Nar...eso? Suena como a pulgas.
Zero se agitó inquieta en respuesta, parecía querer atravesar el vidrio de la ventana más cercana. Artemisa dudó un momento, no sabía si rompía alguna regla, aunque si admitían lechuzas ¿debían contar con que ellas necesitaban volar, no? Abrió la ventana y el frío se coló por ella, Zero salió gustosa.
— ¡Si quieres entrar solo picotea el vidrio! —le gritó la morena mientras cerraba nuevamente la ventana, aunque no estaba segura de poder cumplir eso, se sentía demasiado cansada. Sabía que en cuanto pegara los ojos ni el sonido del expreso la despertaría.
El lugar era pequeño, muy pequeño, realmente claustrofóbico, la oscuridad reinaba en él y un frio se extendía sobre ella calándole los huesos. No podía ponerse en pie y sentía que se le acababa el aire. Moriría en cualquier momento. Podía sentir la muerte avanzar hacia ella en cada estremecimiento de su cuerpo. De repente una sacudida la arrojó hacia arriba y se encontró suspendida en el aire, sentía sus extremidades colgando y mantenía los ojos fuertemente cerrados. Entonces lo entendió, el lugar no era nada, solo era una parte de ella misma, una parte que estaba siendo el mismísimo infierno y no parecía haber salida alguna de él. Se negó a creer eso, siempre había una salida y si no la había quería comprobarlo con sus propios ojos. Luchó contra la fuerza que la consumía y abrió los ojos lentamente.
Se enderezó en la cama sobresaltada, la habitación estaba tenuemente iluminada por la luz de la luna y las chicas en las camas vecinas parecían dormir tranquilas, ajenas a cualquier disturbio, así que Artemisa estuvo segura de que no había peligro cerca.
Aferrándose a sus sabanas se acurrucó con inquietud, sabía que sólo había sido un sueño, pero había sido tan real, que hasta podría jurar que si no hubiese tenido la garganta seca habría gritado del dolor experimentado. La razón le decía que se calmara y volviera a dormir, mas no podía evitar que el acelerado latir de su corazón contra su pecho y la fría sensación que se había extendido por su columna vertebral la mantuvieran despierta.
Sin embargo, después de lo que pudieron ser horas se quedó profundamente dormida, con tanta tranquilidad como antes; a la mañana siguiente no recordaría nada del terrible sueño.
