CAPITULO 7: De como soy y no soy

¡Hola!... ¡Hola!... Lo único que se me ocurre es decirle ¡hola!, como es posible que la mirara embobado con mi mejor cara de maniaco obsesivo y solo le dijera hola. Donde quedó el autocontrol y el rostro casi inexpresivo de todos los días. Sebastian sentía una ganas incontenibles de dar con su cabeza contra la repisa más cercana, a ver si así se componía lo que sea que tuviera dañado ahí y pudiera empezar a portarse como una persona interesante, o al menos normal pero es que esa chica… esa chica… algo en ella lo descolocaba, algo en ella lo atraía de una manera que no recordaba haber sentido nunca.

Una semana viéndola a través de los vidrios de la fachada, a veces tomando algo en el bar de enfrente o mientras pasaba por la puerta de la librería, ella estaba ahí y él lo sabía, la veía y más que eso; la sentía, sentía su mirada sobre él cuando estaba de espaldas a ella. Esperó atentamente a que se decidiera a acercarse, que entrara a la librería pero ella solo lo miraba desde lejos. Casi era una obsesión ya, incluso cuando estaba en casa la sentía, al inicio solo se elevaron las alarmas de su mente, era como si lo siguieran todo el tiempo, pero al momento identificó la sensación y concluyó que simplemente se ponía así al pensar en ella.

En varias ocasiones estuvo a punto de salir y cruzar la calle para hablar con ella pero no era lo bastante decidido como para ir y de la nada sentarse a conversar, el sentía que ella lo miraba pero no tenía una prueba de que fuera así y al final todo podía ser producto de su imaginación, de lo mucho que lo atraía aquella joven. Lo peor pasó, cuando ella se decidió a entrar nuevamente a la librería se había comportado como un idiota, mirándola con lo que fue de seguro la mirada más lastimera del universo y con la frase más corta, ridícula y trillada a su parecer: hola.

Se olvidó de cómo se hablaba, solo lo miraba, tal vez sufrió un derrame y no se percató. Prefería la opción del derrame, de ser eso no tendría que pensar en que se volvió tonta solo porque un tipo le dijo hola, bueno, no era un tipo cualquiera, era Severus Snape, bastante vivo y con una apariencia arrebatadora.

"Bien, perfecto, la he asustado, ¡hasta se puso pálida! No me podría ir mejor…" Decepción.

"Di algo… di algo, vamos di algo, antes de que piense que los años te volvieron boba" Desesperación.

"Recoge la poca dignidad que te queda y date la vuelta ya Sebastian, antes de que llame a la policía y te denuncie por acosador, ahora está poniéndose muy roja y eso no puede ser bueno" Temor.

"No tengo idea de que decirle, esto debe ser una pesadilla" Vergüenza.

"Si no vas a irte al menos dile algo más" Valentía.

"Háblale ya" Valentía.

-Yo…

-Hola…

Al mismo tiempo. Suspiro. Euforia. Sonrisas

-Sí, hola… eh disculpa interrumpirte solo… bueno quería… eh… si tu… - "joder y ahora vengo a recordar que mis habilidades sociales son nulas" – que si necesitas algo… es decir… si buscas algo, en particular, podría ayudarte a encontrarlo – "si, comportarse como el tipo loco del vecindario ayudará, jodido, jodido, jodido" – mi nombre es Sebastian, Sebastian Snell.

Y bien, ahí estaba frente a la posible reencarnación de quince años de Severus Snape, era él, era su cuerpo, era su rostro, había cambios pero en esencia era él, su aroma, su postura, su aplomo, su voz… pero ¡en el nombre de Morgana y toda su descendencia! Desde cuando Snape se ponía nervioso, se sonrojaba o peor aún, ¡se enredaba con sus propias palabras! Por un instante se sintió enormemente tentada a zarandearlo, quizá así…

-Señor yo me encargo – un joven empleado apareció de la nada, sintiéndose al filo de un aumento de sueldo por salvar al jefe de una cliente latosa, casi imaginaba su foto en el panel del empleado del mes y una placa dorada de encargado en su bolsillo– ¿en qué puedo ayudarte? Con su mejor sonrisa y sin ver que el infierno se abría a su espalda.

-Desaparezca, - el chico se quedó estático con la sonrisa congelada – dije de-sa-pa-rez-ca – ese sí era Snape, Hermione casi da un saltito de la emoción – ¿es usted sordo? ¿O solo gusta de hacer imitaciones? – era él y ese, el siseo característico de su voz cuando estaba de malas, casi se sintió de vuelta a Hogwarts.

-Lo… lo siento se-señor – ¡ese muchacho era un Neville en potencia! Desapareció tal vez aún más rápido que como apareció. Tuvo deseos de lanzarse sobre Snape, abrazarlo y llorar todo lo que no lloró cuando lo dieron por muerto, era una idea de lo más absurda pero tanta era su emoción de verlo ahí, de pie frente a ella, tan bien, tan vivo… tan Snape.

Volvió a fijar su atención en ella y su expresión fue la de alguien a quien han dado un baldazo de agua fría, aunque solo duro un instante, luego compuso su rostro más inexpresivo.

-Le ofrezco mis disculpas, será mejor que la deje continuar a solas – realizó una pequeña reverencia con la cabeza y se volteó. "lo dicho, jodido, la asusté al punto que casi se ha puesto a llorar y todo por culpa de ese pequeño obcecado y su impertinencia, espero que ya esté recogiendo sus cosas porque si no lo despido, lo mato."

Sintió una ligera presión sobre su codo – Jean, Jean Watson.

Si algo caracterizaba a Hermione eso era su inteligencia y pese a toda la desconcentración que en ese momento sentía, se dio perfecta cuenta que algo iba mal con Snape, era él sin serlo del todo. Usar su verdadero nombre no era una buena opción, después de todo él tampoco estaba usando el suyo.

Se volteó hacia ella y sonrió de medio lado quizá con un poco de desconfianza o de inseguridad.

-¿Como los pantalones? – abrió los ojos un poco más de la cuenta al darse cuenta de lo que dijo – lo siento no es mi mejor chiste.

-No, está bien y sí, como los pantalones y también las chaquetas. Sonrió de aquella manera tan suya, cálida, sincera y brillante.

Acababa de entender que tal vez el hombre que estaba frente a ella no era el Snape que ella vio morir en la casa de los gritos aquella noche de hace más de cuatro años; este al que veía era el hombre bajo la máscara, el que se ocultó por años bajo la túnica negra, la permanente mueca de fastidio y las sonrisas sarcásticas. Detrás de la máscara de mortífago, detrás de la máscara de espía, detrás del odio, el dolor y la soledad.

Sentía el placer profundo de poder decir que era la primera bruja en más de veinte años en hablar con el verdadero Severus Snape.