EVEN IN DEATH
8. Lluvia
No sabía cuánto tiempo había pasado, pero la casa seguía igual de tenebrosa y los desagradables chirridos no habían cesado. Sin embargo, Remus había logrado calmarse. Había secado sus lágrimas y se había levantado del suelo para sentarse en una silla, cerca de la chimenea, desde donde observaba la puerta que había cerrado. Parecía hipnotizado, incapaz de retirar de allí la vista. Algo susurraba y golpeaba allí dentro, pero la puerta no se abrió y Remus continuó allí, en silencio, observando en la oscuridad.
En algún momento, por fin, la puerta que daba al exterior se abrió con un chasquido y Remus saltó en la silla, pálido y desorientado. Cuando comprendió de dónde venía el sonido y lo que significaba se puso en pie de un salto.
-¿Remus? ¿Por qué está esto tan oscuro? ¿Estás bien?
El licántropo se lanzó en los brazos de Sirius y enterró la cabeza en su cuello, aspirando su aroma con avidez.
-Ey, ¿qué pasa? –Sirius le acarició la cabeza con gesto protector, un poco sorprendido de su reacción-. ¿Estás bien?
-¿Por qué has tardado tanto?
Remus seguía abrazándolo con fuerza, apretando su cuerpo desnudo contra el de Sirius.
-No he tardado tanto –Sirius advirtió entonces que estaba temblando-. ¿Te encuentras bien? –preguntó preocupado.
Por toda respuesta recibió un beso en los labios.
-No te vayas.
Sirius iba a contestar, decirle que no iba a marcharse a ninguna parte, pero Remus no le dejó. Empezó a besarle con impaciencia: en la cara, en el cuello, en la boca.
-Eh, tranquilo, lobo.
Pero Remus no quería tranquilizarse. Estaba todavía nervioso por lo que había pasado, alejado de él, solo en aquella casa que, curiosamente, de pronto estaba llena de luz.
-Remus…
-Quédate conmigo.
Sirius lo rodeó con sus brazos y unos minutos después estaban sentados frente a la chimenea, apoyados el uno en el otro, escuchando el latir de sus corazones muertos.
-Oí algo.
La voz suave del licántropo sacó a Sirius de su ensoñación.
-¿Qué?
-Cuando te fuiste. Escuché ruidos y bajé a mirar.
-¿Viste algo? –la voz de Sirius sonó preocupada.
-Sólo sombras. En la biblioteca.
-No saliste fuera, ¿verdad?
-No. Pero había algo aquí, en la casa.
Sirius parecía pensativo.
-¿Estás seguro?
-Te estoy diciendo que oí algo. ¿Crees que me lo invento?
-No, claro que no.
-¿Por qué no me crees entonces? –Remus alzó la voz, enfadado-. Te digo que vi sombras ahí dentro.
Sirius se dio cuenta entonces de que la puerta de la Biblioteca estaba cerrada yse puso en pie.
-¿Adónde vas? –preguntó Remus preocupado.
-A ver qué hay ahí dentro.
Remus se apresuró a seguirlo y cuando Sirius abría la puerta estaba detrás de él, pegado a su espalda.
-Ten cuidado –murmuró.
Sirius entró primero, con el licántropo pisándole los talones. No se veía nada raro allí dentro: los libros estaban en su sitio, cubiertos de polvo. La ropa de Remus aún estaba en el suelo, cerca de la estantería contra la cual habían empezado a besarse. Sirius avanzó con paso seguro hacia el patio interior. Se asomaron y recorrieron cada rincón, pero no vieron nada fuera de lo normal: las mismas plantas secas, la misma fuente sin agua y el mismo silencio denso y espeso de la muerte.
-Aquí no hay nada.
Remus se sintió entonces como un niño. Ahora que Sirius estaba a su lado no podía comprender porqué se había asustado tanto estando solo. Quizá él tenía razón, quizá no había nada. A lo mejor estaba tan asustado que él mismo había imaginado que había algo monstruoso allí dentro.
-Lo siento –murmuró.
-No pasa nada –Sirius le acarició la mejilla y le sonrió de forma tranquilizadora-. Es normal que al principio esto te impresione un poco. No es un lugar agradable.
-Antes era peor. Cuando te fuiste. Todo estaba a oscuras y la casa no dejaba de crujir. Se oían ruidos por todas partes. Y risas. De noche este lugar impresiona un poco.
Sirius hizo una mueca y le hizo una señal a Remus para que se acercara a él.
-Escucha, Remus, hay algo que debes saber de este lugar.
-¿Que no hay luz eléctrica? –bromeó.
Hubo un amago de sonrisa en el rostro del animago, que sin embargo se puso serio de nuevo casi enseguida.
-Verás, aquí las leyes de la física no son exactamente como las conocemos. Vale, yo no sé mucho de física, pero sé que aquí la lógica de nuestro mundo no sirve para nada.
-No sé si te entiendo.
-Ya. También a mí me costó entenderlo. Lo que quiero decir es que aquí nosotros somos la fuente principal de energía. Todo lo que nos rodea no es sino un reflejo de lo que deseamos, de lo que recordamos. Esta casa no existe como tal, sólo existe en nuestra mente, pero aquí nuestra mente es tan poderosa que la mantiene en pie haciéndola parecer tan real que hasta podemos tocar las paredes y los muebles. Todo está en nuestra mente, y del mismo modo nuestra mente influye en la manera que tenemos de ver las cosas. No es algo consciente, pero si estamos asustados ese miedo se reflejará a nuestro alrededor y si estamos contentos…
-Por eso estaba todo a oscuras –comprendió el licántropo-. Por eso vino la luz cuando tú llegaste.
-No es fácil mantener la esperanza en este lugar, por eso cuando tú llegaste estaba todo tan descuidado. Los libros llenos de polvo, el jardín sin agua…
-Es increíble.
-Hay que ser muy fuerte para mantener una casa tan grande en pie, Lupin.
-Bueno –dijo el licántropo con una sonrisa-, en ese caso tendremos que esforzarnos.
-Sí –sonrió Sirius-. Estoy seguro de que entre los dos lo lograremos.
.
Remus no preguntó a Sirius cómo consiguió el agua. Después de todo lo que le había contado aún tenía la impresión de que faltaban cosas por aclarar, pero no quiso insistir en ello. Sirius salía de vez en cuando y siempre, invariablemente, pedía a Remus que no abandonara la casa bajo ningún concepto.
Uno de esos días regresó mientras Remus aún dormía. Lo despertó con una caricia que poco a poco se fue convirtiendo en beso mientras Remus abría los ojos.
-Hola, dormilón.
-Buenos días –saludó el licántropo con una sonrisa, mientras se desperezaba entre las sábanas.
-Ven, tengo algo que enseñarte.
Remus se vistió y siguió a Sirius hasta el pequeño jardín. Cuando entró lo primero que llamó su atención fue el sonido del agua al resbalar por la fuente de piedra.
-¡Agua! –exclamó asombrado.
-Ahora podrás cuidar tus plantas.
Remus avanzó hacia la fuente y sumergió en ella las manos.
-Está fría –murmuró.
Sirius lo observó jugar con el agua, deslizando las manos bajo la superficie, pendiente de las ondas que se formaban.
-Echo de menos tener sed.
Fue un comentario casual y Sirius no comprendió por qué aquellas simples palabras lo pusieron de pronto tan triste. Lo cierto es que allí podían jugar a ser ellos mismos, pero en realidad no estaban vivos. Si aún conservaban su forma humana, si seguían con los mismos cuerpos con los que habían crecido y vivido era sólo para reconocerse, para poder recordar los viejos tiempos. Pero la cruel verdad era que estaban muertos. Y ese pensamiento llegado así, de improviso, hizo que de pronto tuviera ganas de rendirse y llorar. Se contuvo sin embargo y en silencio se acercó a Remus. Cuando estuvo junto a él lo abrazó y recostó la cabeza en el hueco sobre su hombro.
-Te quiero. Lo sabes, ¿no?
Remus dejó de jugar con el agua.
-Lo sé.
-Te quiero –repitió.
Remus no contestó, pero dejó que Sirius lo abrazara.
Yo también te quiero.
.
Fuera de la casa, en los límites del valle lleno de espinos y hierba seca, un diablillo pequeño y nervioso luchaba por desenredarse de una zarza.
-¿Y bien?
El diablillo se quedó quieto, alerta, pero se tranquilizó al ver el rostro del que le había hablado.
-Ah, eres tú.
-¿Cómo ha ido?
-Tienen una casa bonita. Muy descuidada, pero bonita. Al menos comparada con lo que suele verse por aquí, ya sabes a qué me refiero…
-Descríbemelo.
-Es delgado y joven. No mucho. Pero tampoco es muy mayor, si sabes a qué me…
-Sí –gruñó el desconocido-, sé a qué te refieres. ¿Sus ojos?
-Marrones. Amarillos. Dorados. Bueno, azules no eran.
-¿El pelo?
-No muy largo. Y tiene cicatrices en la cara.
Aquello pareció agradar al intruso.
-¿Cicatrices?
-Sí. Muchas. Como si acabara de librar una batalla o dos.
-Es él. Lo sabía. Se lo ha traído. ¿Pero cómo…?
-Me oyó. Y se asustó mucho, la verdad. Debió pensar que había animales o seres raros en la casa –rió el diablillo-. Aproveché para divertirme un rato con él. Oye, ¿podrías ayudarme? No sé si te habrás dado cuenta, pero estoy atrapado en este arbusto y…
-Así que ha traído a su amiguito a este lugar… Eso podría darnos cierta ventaja -El diablillo seguía retorciéndose entre las zarzas-. Te encargarás de vigilarlos.
-¡Qué! ¿Yo? Queridísimo señor, seguro que hay otras criaturas más aptas que estarían encantadas con tal misión. Yo mismo estaría más que dispuesto a hacer tan vil trabajo por vos, pero ahora tengo otros asuntos que atender y preferiría…
-Los vigilarás –repitió-. Y me mantendrás informado.
-¡Pero cómo…! Quiero decir, no puedo entrar ahí simplemente y espiarlos. ¡Si me descubren me matarán!
-Da igual cómo lo consigas o lo que tengas que hacer. A partir de ahora esta será tu misión.
-Sí, señor –se rindió la criatura-. Como queráis. Pero antes… ¿podríais ayudarme a salir de aquí?
.
Sirius llegó increíblemente cansado. Apenas podía levantar los pies del suelo. Tenía ojeras violáceas bajo los ojos y algunas heridas surcando el rostro. Nada más entrar soltó un suave suspiro y se sentó en la primera silla que encontró. Se quedó allí quieto, respirando con dificultad como si cada inhalación le costara un terrible esfuerzo. Sus manos aún eran un par de garras de uñas afiladas y su cuerpo parecía no haberse transformado del todo en su apariencia humana. Con esfuerzo consiguió volver a ser él y contempló las manos humanas con alivio.
No podía dejar que Remus lo viera en ese estado, había conseguido mantener sus actos en secreto para no preocuparlo más. Él no sabía por qué salía cada pocos días, no sabía lo que hacía cuando se ausentaba… y era mejor que siguiera siendo así, no soportaría que le reprochara nada.
Con un gesto de dolor consiguió ponerse en pie y avanzó renqueando hasta el interior de la casa.
-¿Remus?
No obtuvo respuesta. Preocupado empezó a recorrer las habitaciones, pero se tranquilizó al ver que la puerta del pequeño patio estaba abierta. Desde el interior llegaban voces. Se acercó con curiosidad y observó el espectáculo entre las sombras.
Remus se movía entre las plantas canturreando viejas canciones de escuela. De alguna manera había conseguido dominar el agua y ahora ésta caía del techo, de forma que daba la sensación de que estaba lloviendo en el invernadero. Remus estaba empapado, pero no parecía importarle. Al contrario, a pesar de la "lluvia" todo estaba lleno de luz y las plantas estaban más verdes que nunca. Sirius se dio cuenta sorprendido de que algunas de ellas incluso habían florecido. ¿Cómo era posible que Remus fuera tan feliz teniendo tan poco? No podía salir de la casa y ni siquiera se veían todos los días. Y aún así no recordaba haberlo visto tan alegre en mucho tiempo. Prácticamente lo había obligado a seguirle a aquel mundo de oscuridad y miedo y a pesar de todo parecía contento de estar allí.
Debió de hacer ruido porque el licántropo se giró de golpe y al descubrirlo lo saludó con una sonrisa.
-¡Sirius! Ven, mira lo que he conseguido.
Le enseñaba orgulloso el agua que caía de arriba. Su cabello estaba empapado, pegado a su cráneo.
-¿No es hermoso? No sé muy bien cómo lo logré. Intenté concentrarme, como dijiste, llevo varios días intentándolo, y de pronto el agua empezó a caer. ¡Vamos, ven!
Sirius intentó disimular su cojera y el dolor que le provocaba cada paso y entró a su lado. Al instante estaba empapado, sorprendido de la sensación del agua al rozar su piel. Hacía una eternidad que no sentía la lluvia y hasta ahora no se había dado cuenta de lo mucho que la había extrañado. Había tenido que venir Remus para ofrecerle aquel bello regalo.
Alzó el rostro y dejó que el agua resbalara por su cara, llevándose el dolor y el miedo, limpiándole por fuera y por dentro de todas las preocupaciones. Sólo reaccionó cuando sintió un par de brazos rodeando su cintura.
-¿Te gusta?
Remus se había recostado contra su espalda y sus manos se entrelazaban a la altura de su pecho. Sirius las acarició.
-Me encanta.
-La orquídea ha florecido –Sirius se giró para quedar frente a él-. Y la hortensia. Y los tomates están a punto de…
La boca de Sirius contra la suya le hizo callar, pero no frenó la risita alegre que escapó de los labios de Lupin.
-Hmm. Eso estuvo delicioso –sonrió.
Sirius apartó un mechón de pelo mojado que le caía sobre los ojos dorados.
-Te sienta bien el agua –comentó.
-¿Ah, sí? –replicó entre risas-. ¿Y eso?
-Me gusta verte mojado.
-¿Eso es una provocación? –le pinchó-. Porque ahora estoy ocupado con las plantas y no…
-No era una provocación –negó con picardía-. Sólo te he dicho que no estás mal con la ropa empapada. Nada mal –añadió desviando su vista hacia los pantalones-. Aunque estoy seguro de que estarías mejor mojado y sin ropa.
Remus alzó las cejas a modo de pregunta.
-Pues para mí eso es una provocación.
-¿Ah, sí?
Remus se fijó en los labios de Sirius antes de volver a mirarlo a los ojos.
-¿Sabes? Tú tampoco estás nada mal tan mojado.
-¿Es una provocación?
-Una indirecta –le corrigió.
-¿Y las plantas?
-Puedo seguir con ellas luego.
-¿Seguro que no les importará que las dejes desatendidas durante unos minutos?
-Podrían perdonarme durante días.
La lluvia era refrescante y contrastaba con el calor que Sirius sentía en ese momento en todo el cuerpo. Dejó que Remus le besara despacio, esta vez le dejaría a él imponer el ritmo.
Y Remus le besó despacio, sin prisas. A golpe de lluvia.
Continuará…
