Capítulo 8
Lo primero que notó al despertar fue el dolor. Un dolor agudo, intenso, que se extendía desde su codo derecho hasta la muñeca, donde las punzadas se volvían tan intensas que resultaban casi insoportables. Por un segundo se preguntó de dónde procedía esa molestia, con qué podría haberse lastimado. Pronto lo recordó.
De pronto volvió a sentir la inmensa mano del hombre cerrándose sobre su brazo, aplastándolo, retorciéndolo. Sus uñas mal cortadas enterrándose en su carne. Volvió a sentir su aliento sobre la piel, esa mirada cruel clavada en la suya. Volvió a ver la cicatriz que le atravesaba el rostro de arriba abajo, desde la frente al labio superior.
Sintió, de nuevo, el sabor de su sangre en la boca, manchando sus labios, su lengua…
La náusea le subió de inmediato a la garganta e, inconscientemente, se encogió sobre sí misma, tratando de proteger su estómago vacío. Al hacerlo, dobló la muñeca lastimada y el súbito dolor le hizo abrir los ojos de par en par.
Ichigo estaba frente a ella, sentado junto a su cama, en el suelo, y la observaba muy serio, con el ceño fruncido y en completo silencio. Ni siquiera al verla despierta se movió. No pestañeó. No dijo nada.
—¿Qué…? ¿Qué haces aquí? —No obtuvo respuesta. Él solo siguió observándola—. ¿Ichigo? —En serio, ¿qué demonios haces aquí? quiso increparle. Pero no se atrevió. No, después de lo que había pasado.
Su silencio la hizo sentir incómoda, así que se volvió, apartando la mirada.
Solo entonces se dio cuenta de alguien había colocado una venda alrededor de su muñeca.
¿Habría sido él? ¿Ichigo?
Tratando de parecer despreocupada, se incorporó en la cama lentamente, cuidando de no volver a mover la muñeca lastimada. Al hacerlo la sábana se le escurrió entre los dedos, pero descubrió, para su alivio, que seguía vestida con la misma ropa que llevaba cuando salió a encontrarse con Ganju.
¿Cuánto tiempo había pasado desde entonces? ¿Un día entero, quizá? ¿Algo más? ¿Algo menos?
—Rukia…
La voz de Ichigo era apenas un susurro lleno de cansancio. Muy a su pesar, se obligó a girar la cabeza hacia él.
La expresión de su rostro la dejó sin habla durante un momento. A pesar de todo el tiempo que llevaban ya viviendo juntos, solo había visto esa mirada suya una única vez, aquel día en que le confesó que su madre había sido asesinada.
Había relajado el ceño, pero ¿qué era lo que había en esa expresión? ¿Tristeza? ¿Rabia? ¿Dolor? Un poco de todo ello, quizá, pero más también. Mucho más.
Esperó unos segundos, creyendo que ese gesto desaparecería de repente, que se borraría tal y como lo había hecho aquella vez, sin dejar rastro, sin permitir que ella se acercase a él, sin permitir que Ichigo se abriese a alguien por una vez en su vida…
No lo hizo.
—Rukia… —repitió. No parecía saber muy bien cómo continuar.
¿La había llevado él hasta casa? ¿Había salido a buscarla al ver que ella no regresaba?
No sabía por qué, pero pensar en ello la hacía sentirse avergonzada. Se había imaginado a Renji preocupándose por ella. A Ishida, quizá. E incluso a Chad. Pero no a Ichigo. Y no porque su relación no fuera buena. No. Simplemente había aceptado cuánto le costaba a Ichigo encariñarse con alguien, preocuparse por alguien. Pero ahora…
¿De verdad había hecho todo eso por ella? ¿Podría ser?
Había sido él quien la había encontrado, de eso no cabía duda. Recordaba muy bien a Ichigo corriendo hacia ella, su rostro tenso y, sin embargo, aliviado al tiempo. Lo recordaba muy bien.
—Gracias —consiguió articular con voz rasposa. Notaba la garganta seca y dolorida.
Él seguía serio. Mortalmente serio.
—No me des las gracias. Solo dime la verdad.
—¿La verdad? —Trató de forzar una sonrisa, pero no lo consiguió—. ¿Qué verdad? —preguntó inocentemente.
Pero él no se dejaba engañar tan fácilmente.
—Sabes perfectamente a qué me refiero. Quiero saber qué te ha pasado. —Una pequeña pausa—. Quiero saber quién te ha hecho esto.
El corazón se le detuvo por un brevísimo instante. Después comenzó a latir más rápido. Tanto, que podía notar los latidos golpeando en la garganta.
—¿Qué te hace pensar que alguien me ha hecho esto? —Quiso sonar segura de sí misma, pero, de repente, le resultaba muy difícil fingir.
Irguió la cabeza, muy orgullosa. No pensaba dejar que Ichigo interfiriese en sus asuntos. Por muy sola que se sintiese, por muchas ganas que tuviese de compartir sus miedos con alguien, por muy agradecida que estuviera con él por haberla ayudado… Su secreto era suyo, solamente suyo. Suyo y de Kaien. Suyo y de Ganju y Kukaku. Era su secreto, el secreto de su familia. E Ichigo no tenía por qué meter las narices en él.
Él seguía mirándola. La expresión de tristeza seguía ahí, y él parecía exhausto. Agotado, como si no supiera qué hacer, como si no supiera cómo solucionar el asunto y eso le estuviera pasando factura.
—Saliste de casa corriendo. Sin nada. —Se pasó la mano por el pelo, soltó un suspiro. Rukia no pudo evitar preguntarse cuánto tiempo haría que no dormía—. Ni siquiera llevaste el móvil. Pero cuando te encontré… Cuando te encontré llevabas una carpeta encima….
Y Rukia no escuchó nada más. Podía oír la voz de Ichigo, pero no distinguía sus palabras. No podía. Solo podía pensar en lo que acababa de decir.
Oh, Dios.
¿Cómo había podido olvidarse, aunque fuera por un segundo, de la carpeta?
—¿Dónde está? —Su voz fue apenas un susurro, pero bastó para cortar a Ichigo. Él calló, contemplándola en silencio, esperando a que ella siguiese hablando. Y lo hizo—. ¿Dónde está la carpeta? —Levantó la voz sin siquiera pensarlo.
—Rukia…
Ella apretó los dientes. Se estiró hacia él y lo agarró del cuello de la camiseta con la mano lastimada. No sintió dolor. El corazón latía tan fuerte que apenas podía sentir nada más. Solo miedo.
El trabajo de Kaien… ¿Dónde estaba el trabajo de Kaien?
—Dime dónde está… —le gruñó, enseñando los dientes. Él no parecía molesto, ni siquiera sorprendido. Solo seguía serio. Le dieron ganas de maldecirlo, de golpearlo hasta hacerle daño, hasta borrarle esa estúpida expresión de la cara. Solo quería hacerle reaccionar—. Dime qué has hecho con ella, Ichigo…
Pero él se zafó de ella. Lo hizo con facilidad, empujándola apenas. Tanteó con la mano derecha el espacio que había justo frente a él, bajo la cama de Rukia, y sacó la carpeta. Ella extendió la mano rápidamente para tratar de cogerla, pero él no se lo permitió.
—¿Qué es esto?
La muchacha no respondió a la pregunta.
—¿Has mirado lo que hay dentro? —replicó, en cambió.
Él negó. Parecía sincero al hacerlo y Rukia quiso creerle.
—¿Qué es lo que hay?
Ella inspiró hondo. Podía ver claramente el esfuerzo que estaba haciendo Ichigo para mantener la calma. Trataba de ser amable con ella, pero estaba a punto de perder la paciencia.
Pero ¿por qué? ¿Qué era lo que le molestaba tanto del asunto? No tenía nada que ver con él.
—Te he preguntado qué hay dentro.
Sí, ¿qué era lo que había dentro? Ni siquiera ella había tenido la oportunidad de comprobarlo. Y, sin embargo, era por esos documentos…
Recordó al hombre de la noche anterior. ¿Y si no había sido coincidencia? ¿Y si habían descubierto lo de Kaien?
Tendría que avisarlo. Ya. Sin perder más tiempo.
Al darse cuenta de ello, de que el peligro que corría Kaien podía ser más real de lo que nunca antes lo había sido, el miedo amenazó con desbordarla. Durante un instante sintió cómo la garganta se le cerraba, impidiéndole respirar.
Boqueó en busca de aire. Pero el aire no llegó. En solo unos instantes la visión se le nubló.
Jadeó, incapaz de tomar oxígeno.
Y, de pronto, sintió a Ichigo junto a ella. Su mano alrededor de la suya, de la izquierda, que no estaba herida, apretando con fuerza, transmitiéndole calma.
—Tranquila. —Pero no podía, no podía estar tranquila—. Rukia. Rukia… —La llamaba, pero ella no podía responder—. Joder, Rukia… —Sintió el colchón hundirse bajo el peso de Ichigo. Luego, su cuerpo pegándose al suyo. Él la estrechó con brazos fuertes, pegándola a su pecho.
—Mierda, Rukia —murmuró en su oído. Seguía siendo tan bruto como siempre, pero Rukia agradeció el esfuerzo—. No me hagas esto.
Él la obligó a acompasar su respiración a la suya; Rukia podía sentir las potentes inspiraciones de Ichigo, transmitiéndole calma y seguridad. Con su ayuda no tardó más que unos pocos segundos en serenarse.
Sin embargo, el miedo no había desaparecido por completo. No se separó de Ichigo.
Sentía su mano en el cuello, acariciándole el pelo y, durante unos segundos se sorprendió a sí misma disfrutando del contacto. Jamás se le había ocurrido pensar que él pudiera ser tan atento, que su tacto pudiese ser tan cuidadoso…
Pero lo cierto es que resultaba efectivo. Volvía a sentirse calmada.
—Por favor… —susurró pasados unos minutos. Las lágrimas amenazaban con empezar a correr, pero ella no estaba dispuesta a permitirlo.—. Por favor… —Se odió a sí misma cuando la voz se le quebró, pero Ichigo entendió sin necesidad de más palabras.
Le tendió la carpeta, sin más preguntas, y ella la deslizó con dedos temblorosos debajo de su camiseta, donde la había colocado la noche anterior.
Podía parecer ridículo, pero necesitaba sentirla cerca. Necesitaba sentir que nadie se la podría arrebatar. Como si con ello pudiera mantener a Kaien a salvo.
Al hacerlo tuvo que separarse un poco de Ichigo y su mano resbaló desde su cuello a lo largo del brazo, hasta posarse sobre la muñeca herida. Él rozó el vendaje con las puntas de los dedos, asegurándose de no hacerle daño.
Ichigo mantuvo la mirada clavada en su brazo, pero Rukia lo contemplaba a él. Su expresión era indescifrable. Parecía el mismo chico serio y rudo de siempre y, sin embargo, ahí estaba, a su lado, demostrándole su preocupación. Brindándole su apoyo. Su cariño, incluso.
Quizá se hubiera equivocado incluso más de lo que pensaba al haberlo juzgado aquella primera vez. Quizá, en realidad, todos se equivocaran al juzgarlo. Puede que aquella mala ostia que Ichigo mostraba a diario no fuera más que fachada.
Puede que, en el fondo, él se sintiese tan solo, tan perdido, como ella.
—Lo siento —La voz de Ichigo interrumpió sus pensamientos. Él levantó la mirada hacia ella y Rukia se percató de que sus ojos brillaban. Qué extraño.
La joven negó con la cabeza. Quiso responder algo, quiso decirle que no tenía nada por lo que disculparse, que ella era la única que debía hacerlo. Quiso decir muchas cosas, pero no supo bien cómo hacerlo…
El chasquido de la puerta de entrada al abrirse los interrumpió, haciéndoles guardar silencio. Casi inmediatamente después la escucharon cerrarse. Luego, el tintineo de unas llaves y unos pasos en el pasillo, acercándose a toda velocidad.
Ichigo se separó de ella bruscamente, dejándose caer en el suelo de nuevo. Desvió la mirada, fijándola en algún punto de la pared por encima de la cabeza de Rukia, quien trató de reprimir una sonrisa maliciosa al darse cuenta de que se hallaba avergonzado. Las puntas de sus orejas volvían a estar coloradas y apretaba la mandíbula con fuerza, en un gesto que le hacía parecer más tosco.
Renji apareció en la puerta con expresión acalorada y, al ver que su amiga estaba levantada, su rostro se iluminó.
—¡Rukia! ¡Estás despierta! —Renji se abalanzó sobre la cama, estrechando a la muchacha entre sus brazos. Ella soltó una mezcla entre risa y quejido, e Ichigo le lanzó una mirada de advertencia a su compañero. Renji la soltó de inmediato.
—Lo siento. —Sonreía de oreja a oreja—. Soy demasiado bruto a veces. —Se rascó la nuca con expresión avergonzada, lo que hizo reír a Rukia. Él la contempló con cariño— ¿Estás bien?
—Perfectamente. —Rukia le sonrió, esperando el momento en que Renji hiciese la tan odiada pregunta: ¿Qué coño ha pasado?
Pero la pregunta no llegó. Él solo se limitó a mirarla y, aunque podía leer la pregunta en sus ojos, él no llegó a formularla. A pesar de ello, Rukia negó con la cabeza, rogando por que él entendiera que no quería hablar de lo ocurrido. Y pareció hacerlo.
—¿Necesitas algo? —fue todo lo que dijo. Por el rabillo del ojo, Rukia podía ver a Ichigo fulminándolo con la mirada, lo que hizo que le agradeciese incluso más a Renji el que no pareciese dispuesto a querer interrogarla. Algo le decía que su amigo entendía intuitivamente que había una razón por la que ella preferiría callar.
Negó con la cabeza.
—Estoy bien… —Pero justo al terminar la frase empezó a dudar dudar. Sí, si que había algo que quería.
Se levantó de la cama tan rápido que a ninguno de los dos chicos les dio tiempo a detenerla. Renji soltó una maldición e Ichigo extendió los brazos para agarrarla por si caía, pero no hizo falta. Se encontraba bien, no necesitaba su ayuda.
—No deberías levantarte —protestó Ichigo—. Vuelve a la cama.
Rukia lo fulminó con la mirada. ¿Cómo podía ser tan borde después de lo que acababa de pasar…? Maldito loco bipolar.
—No me des órdenes. —Se cruzó de brazos y se inclinó hacia él. Seguía sentado en el suelo, así que podía observarlo desde arriba. Era un cambio agradable.
Sí, de cerca parecía incluso más cansado.
—Tengo que ir al baño. —Se inclinó todavía más. Tanto, que sus narices quedaron tan solo a unos cinco centímetros—. ¿O piensas impedírmelo?
Ichigo hizo una mueca, que ella interpretó como una victoria. Salió de la habitación sintiendo el borde superior de la carpeta clavarse en su abdomen con cada paso. Antes de llegar al baño y cerrar la puerta tras ella, alcanzó a escuchar la voz de Renji,
—¿Crees que estará bien?
No hubo respuesta. Ichigo no despegó los ojos de la puerta por la que ella acababa de salir. Rukia podía decir lo que quisiera, pero no podría engañarlo. Él no era ningún idiota. No se tragaría sus excusas.
Había ayudado a Ishida a vendarle el brazo y, aunque ninguno de los dos se había atrevido a comentarlo en voz alta, ambos habían visto muy bien las marcas en su piel. Las marcas que habían dejado unos dedos al cerrarse sobre ella, al clavarle las uñas…
Lo había visto con sus propios ojos, Rukia no conseguiría que ignorase eso.
—Se ha llevado la carpeta —dijo, al fin.
—¿Qué? —Renji parecía no saber a qué se refería, pero para Ichigo las cosas comenzaban a cobrar sentido.
Se levantó del suelo de un salto, y se acercó a la mesilla sobre la que había depositado el móvil de Rukia la noche anterior. Por supuesto, seguía apagado. Sin batería. Gruñó entre dientes.
Sin saber muy bien qué buscaba, abrió el cajón de la mesilla. Dentro solo había un pequeño bloc de notas y un monedero.
—¿Se puede saber qué haces? —Renji lo agarró del brazo, tratando de detenerlo, mientras Ichigo ojeaba el cuaderno. Estaba vacío.
—Está metida en algo. —Se libró del agarre de su amigo y volvió a dejar el bloc en su sitio, exactamente donde lo había encontrado—. Está metida en algo —repitió—, y no nos dirá de qué se trata. —Haciendo un grandísimo esfuerzo se obligó a desviar su atención de la cartera y a volverse hacia su compañero—. No sé tú, pero yo no pienso quedarme de brazos cruzados esperando a que vuelva a pasar algo así.
Renji le sostuvo la mirada durante un par de segundos. Luego se volvió hacia el monedero. Como si esa fuera la confirmación que esperaba, Ichigo se abalanzó sobre el pequeño objeto. Lo sostuvo un momento entre las manos antes de abrirlo.
¿Qué esperaba encontrar en él? ¿Acaso creía que algo que pudiera encontrar ahí le ayudaría a comprender el por qué de tanto misterio?
No, lo cierto es que no lo creía. Y sería una decepción comprobarlo.
—Si de verdad vas a hacerlo, deberías darte prisa… —el susurro de Renji lo sobresaltó, a pesar de que esperaba escuchar la voz de su amigo de un momento a otro. El nerviosismo era claramente perceptible en su tono, y eso solo logró poner más nervioso a Ichigo.
Sus propias manos temblaban.
¿Qué diablos estaba haciendo? Si Rukia lo pillaba era hombre muerto.
Pero no había otra forma, no había otra forma.
El que ella no estuviera dispuesta a hablar con él, a contarle qué mierda era lo que ocurría, no significaba que Ichigo fuera a aceptarlo. Eso nunca. Si ella estaba en peligro, él tenía que saberlo. Hacía mucho tiempo se había prometido a sí mismo que no dejaría que nadie cercano a él volviese a resultar herido. Nunca.
Haría lo que tenía que hacer. Haría lo que fuera necesario para protegerlos. Para protegerla.
Recordó una vez más la sensación que había sentido al sostenerla entre sus brazos. Se había dejado llevar por un impulso al hacerlo, de eso no cabía duda. Había querido consolarla, ayudarla y, al final, se había sorprendido a sí mismo al darse cuenta de lo agradable que resultaba estar cerca de ella.
Por primera vez la había sentido frágil. Por primera vez había visto el miedo, la angustia, pintados en su rostro. Él quería protegerla de todo aquello. No quería que tuviera que pasar nunca más por aquello, fuera lo que fuera.
No podía quedarse sentado, esperando a que volviese a ocurrir. Era su amiga, por Dios. Estaba loca si de verdad pensaba que la iba a abandonar a su suerte.
Así que, sin darse tiempo para cambiar de opinión, agarró la cartera y corrió la cremallera.
Y, no, no sabía lo que esperaba encontrar en ella. Pero lo que no esperaba, desde luego, era encontrar aquello.
Sacó el anillo con dedos torpes, sudorosos. Era tan delicado que estuvo a punto de escurrírsele y caer al suelo.
—Joder… —Ichigo jadeó. La joya brillaba sobre su palma extendida, reflejando la luz de la mañana en los tres pequeños brillantes que la coronaban—. ¿Son de verdad? —le preguntó a Renji.
Sin perder un segundo, Renji tomó el anillo de manos de Ichigo y lo examinó con ojo experto, acercándoselo mucho al rostro para poder distinguir los detalles de las piedras. Durante largos segundos permaneció en silencio, mirándolo con expresión crítica, como si no se atreviese a creer lo que veía.
—Diría que sí… —susurró al fin—. Diamantes y oro rosa. —Parecía completamente asombrado—. Los diamantes tienen entre dos y dos quilates y medio… —E impresionado. Hablaba para sí mismo, en susurros.
—¿Y eso es mucho? —Ichigo no pretendía parecer impaciente, pero Rukia podía salir del baño en cualquier momento, y lo último que necesitaban era que los encontrase allí.
Su amigo pareció volver a la realidad. Resopló.
—¿Mucho? ¿Tienes idea de cuánto puede costar esto? —Meneó el anillo frente a la cara de Ichigo, que solo arqueó una ceja, esperando a que él mismo contestase su pregunta—. Unos veinte millones de yenes, puede que más. —La expresión de nerviosismo de Ichigo fue sustituida por otra de completo estupor. Tragó saliva con esfuerzo, creyendo que Renji le tomaba el pelo. Pero no era así—. Eso es mucho más dinero del que cualquiera de nosotros veremos en nuestra vida. —Soltó una risotada amarga.
—¿Estás seguro?
Renji le hizo una mueca burlona.
—No, seguro no. Pero creo que sé de esto más que tú, así que harías bien en confiar un poco en mí. —Su voz se llenó súbitamente de amargura. No le gustaba que le recordasen su pasado. No le gustaba en absoluto. Pero era quién era, y eso no podía ignorarlo.
Ichigo maldijo por lo bajo.
—¿De dónde crees que ha podido sacarlo?
La mirada que le devolvió Renji era una mezcla perfecta entre diversión y preocupación.
—¿No está claro? —Le dio una vuelta a la joya entre los dedos. Ichigo lo miraba sin comprender—. Es un anillo de compromiso.
Si Renji hubiera tenido que definir la expresión de su amigo en ese momento, diría que se hallaba, cuando menos, confundido. Y no era para menos. Tampoco él podía creer que Rukia…
¿Podía ser verdad?
—¿Entonces…? ¿Crees que ella está…? —Se detuvo antes de decir comprometida.
Lo cierto es que la sola idea parecía ridícula. Pero ¿qué otra explicación podría haber? ¿Una joya de familia? No, el anillo estaba impoluto; parecía nuevo, como si nunca lo hubieran llevado, y Renji tenía buen ojo para juzgar esas cosas.
—Creo que es lo más probable —concedió.
—Pero… —No supo seguir.
—¿Hay algo más en la cartera?
Ichigo hizo caso omiso.
—¿Crees que será de él de quien huía anoche? ¿De su prometido?
Renji seguía dándole vueltas al anillo. Los diamantes eran completamente transparentes y de una gran pureza. El hombre que le había regalado eso a Rukia no era un hombre cualquiera, eso estaba claro.
—Joder, Renji. Háblame. —Soltó un gruñido exasperado mientras golpeaba a su amigo en el brazo. Pero él seguía mirando el anillo—. ¿Crees que vino a esta casa para huir de él?
Unos instantes más de silencio.
—Creo que eso es mucho suponer, Kurosaki. —Alzó una última vez los diamantes frente a sus ojos. No había duda. Era una joya de exquisita factura, mucho más elegante y costosa que cualquiera que él hubiera visto nunca antes—. ¿Hay algo más en el monedero? —repitió, mientras le extendía el anillo a Ichigo para que lo guardase.
Él lo tomó y, después de devolverlo a la cartera, sacó otro objeto. Era un pedazo de papel, bastante arrugado y desgastado, pero cubierto por un forro transparente.
—Y este debe de ser el prometido —susurró Ichigo con voz ronca. Sus labios se torcieron en una mueca despectiva.
Le tendió la fotografía a su amigo y, al hacerlo, Renji se fijo en que apretaba con tanta fuerza el papel que las puntas de los dedos se le habían vuelto blancas. No quiso preguntar el motivo, pero conocía lo suficientemente bien a su amigo como para saber que se hallaba molesto. Tenía el ceño fruncido, mucho más que de costumbre.
No… No era así. En eso Renji se equivocaba.
Mientras seguía observándolo, se dio cuenta de que no, de que aquella era realmente su expresión habitual. La expresión que había visto en su cara todos y cada uno de los días desde hacía cinco años, desde que lo había conocido. Sí, esa era su expresión habitual. O al menos lo había sido hasta la llegada de Rukia.
Si se paraba a pensarlo, desde que ella había llegado allí, el carácter de Ichigo había mejorado considerablemente. Los primeros días habían sido un infierno, sí, pero después… Después se había relajado. Esa expresión tan suya se había suavizado.
Si lo seguía pensando, se daba cuenta de que la mayoría de las veces en las que lo había visto reír, en las que lo había visto mínimamente feliz, Rukia estaba delante.
Rukia era la razón de que él hubiese aprendido a relajarse, que hubiese empezado a abrirse a los demás.
Al darse cuenta de ello sintió una punzada en el estómago. Se le formó un nudo en la garganta. ¿Qué significaba…?
Sacudió la cabeza, molesto por sus propios pensamientos.
Volvió su atención a la fotografía, todavía en manos de Ichigo.
En ella se veía a un hombre de rostro altivo y piel pálida, que contrastaba fuertemente con el color de su cabello, negro como el plumaje de un cuervo. Su mirada era fría, incluso en el papel.
El rostro de Renji se ensombreció de inmediato. Durante unos instantes permaneció callado, de tal forma que Ichigo no pudo adivinar lo que pensaba, pero, una vez que habló, su susurro le heló la sangre.
Renji tomó la fotografía entre los dedos, con inmenso cuidado, mientras una mueca de profundo desprecio se formaba en su rostro.
—Capitán Kuchiki… —murmuró entonces, casi para sí mismo.
Continuará…
Dios, lamento muchísimo el retraso. ¿Os acordáis que en el capítulo anterior dije que había unas cuantas teclas que no me funcionaban? Bueno, no funcionaban bien. Ahora literalmente no funcionan, ni bien ni mal. Toda la fila superior de letras está inservible. Para escribir este capítulo he tenido que ir copiando y pegando todas esas letras, de ahí el retraso. Ha sido un verdadero infierno. Más de una vez me dieron ganas de tirar el ordenador por la ventana…
Como siempre, muchísimas gracias por vuestros reviews: Tsukiiiii y lBdE, muchas gracias por vuestro apoyo constante, e Issalovee y Loen, muchas gracias también por tomaros la molestia de dejar comentario. Siempre es un placer dar la bienvenida a nuevos lectores al fic.
Espero poder actualizar más rápido esta vez. Me había propuesto subir un capi por semana, pero todo depende de si consigo otro ordenador pronto.
Mis disculpas.
