Hola a todas! Siento publicar un dia antes y sin avisar, pero me han dado la noticia de que mañana por la mañana temprano nos vamos a la playa (¡Sorpresa!). A pesar de mis reticencias al sol y que tengo panico al océano (el atlántico se ha tragado muchas vidas, lamentablemente) me entusiasma la idea, pero en el mar no hay wifi. Así que publico hoy, y os voy advirtiendo de que este capitulo es menos intensito que el anterior, pero tiene plot twist, por supuesto.

Disfrutad!

Capítulo 8

–… ¿Draco? –susurró débilmente la mujer de cuidados intensivos–.

Astoria Greengrass había salido de su operación, y había tardado un día completo en despertar. Ella, que sentía como si hubiera corrido una maratón, trató de incorporarse, pero los múltiples cables y tubos que la tenían sujeta cual prisionera le impidieron levantarse. Abriendo pesadamente los ojos, miró a su alrededor en busca de alguien o algo que la ayudara a llamar a los doctores. Descubrió un pequeño mando, con un botón rojo, en su mano, firmemente agarrado. Sin dudarlo un segundo, lo pulsó largamente. Apareció entonces por la puerta el doctor Hallman, a quien ella había conocido por ser quien llevaba el seguimiento de su embarazo.

Embarazo… ¿Dónde estaba su bebé?

–Doctor…

–No intente hablar demasiado. Su cuerpo ha sufrido mucho, señorita Greengrass, pero hemos conseguido salvar su vida. Entró en estado de shock después de recibir la noticia del doctor Ryan, pero afortunadamente conseguimos actuar a tiempo. Tendrá usted ciertas molestias, pero todo saldrá bien.

–Malfoy… quiero ver al doctor Malfoy… –suplicó, con lágrimas en sus ojos–.

–Está por llegar, no se preocupe, señorita Greengrass. Él le explicará mejor todo lo demás.

–¿Qué es todo lo demás? ¿Le ha pasado algo a mi hijo? –se asustó.

El hombre no tuvo corazón para responder a tal pregunta, y esperó hasta que Malfoy cruzó el umbral de la puerta y el otro doctor dejo la habitación. Entonces, él se sentó junto a ella, en una silla al lado de su cama. Su ceño estaba completamente hundido, y parecía alterado y nervioso.

–¿Cómo te encuentras?

–Mal –contestó ella lacónicamente–. Me duele mucho.

–Es normal, te administraremos calmantes en cuanto termines de expulsar la anestesia. Tengo que hablar contigo, Astoria. De algo grave –añadió. Ella perdió de golpe el escaso color que quedaba en su débil rostro–. Durante la caída, golpeaste el suelo con el vientre, lo que causó un derrame en el cerebro de tu bebé –Astoria abrió los ojos, completamente espantada, y temiendo lo que oiría a continuación–. Debíamos actuar cuanto antes para poder hacerte una cesárea y poder operarle. Pero no dejabas de moverte, maldita sea, te dolía tanto que éramos incapaces de controlarte –se frustró, con lágrimas en los ojos–. Tardamos veinte minutos en conseguir que tu bebé saliera. Pero… pero cuando consiguió ver la luz, tu hijo no respiraba. No respiraba, joder, estuve una hora haciéndole reanimación pulmonar, estuve… hice todo lo que pude, y más, ¡lo juro, joder!

–¿Quieres decir…? –murmuró, con la voz en un hilo, temblorosa y ahogada–.

–Tu bebé nació muerto, Astoria –soltó, al fin, tragando con dificultad y viendo los ojos de Astoria anegarse en amargas lágrimas–. No pudimos hacer nada por salvarlo.

–Querrás decir nuestro bebé… –corrigió, sintiendo como las emociones eran demasiado para ella, que volaban de su cuerpo y la dejaban atrás–.

–Tu hijo no era mi hijo. El bebé era de piel oscura, como su padre, Blaise. Deberías hablar con él, cuando te recuperes -le sugirió, pero no quiso mencionar más el nombre de Blaise para que ella no se alterara y se complicara aún más su situación-. Vendrá un sanador de la planta de psiquiatría, para…

–No necesito un psicólogo –le interrumpió, con los ojos vacíos de expresión y las lágrimas rodando por sus mejillas–. Solo quiero ver a mi bebé.

–Ya… lo traerán en seguida, para que puedas despedirte de él –dijo el muchacho. Tal vez, para él, ésa había sido la vez en que más dura se había hecho la muerte de un paciente.

Una vez el chico se hubo alejado prudencialmente de ella, la enfermera que traía al niño en su cunita pasó y se colocó junto a ella. Con cuidado, y tratando de no destapar el rostro del bebé de su pequeña mortaja, se lo colocó a Astoria en su pecho, piel con piel. Ella, sintiéndola fría y sin vida, rompió a llorar desconsoladamente, expulsando de su corazón todo el dolor que había estado frustrado en su pecho: había perdido a su marido, había perdido a su amante, y había perdido a su bebé, todo en el mismo día. Mientras ocurría esto, ella acariciaba sus manitas y su escaso pelo, sus piececitos y su espalda, sabiendo que jamás lo vería moverse, ni crecer, ni corretear… todo por culpa de la maldita Hermione Granger. Ella era quien tenía la culpa de todo, Malfoy no habría dudado de ella de no ser porque deseaba a otra mujer. Hermione Granger era la culpable de que su hijo hubiera muerto. Viendo sus pequeños parpados cerrados y en paz, ella suplicó a gritos que lo sacaran de la habitación, incapaz de seguir controlando su agitada respiración y sintiendo temblar todo su cuerpo, desesperada. La enfermera obedeció al instante, y al ver que no se calmaba, le administraron sedantes para calmarla, si bien jamás conseguirían que en su interior existiera tranquilidad. Al menos, hasta que hubiera solucionado todo aquello.

–o–

Hermione estaba sentada en el parque frente a la casa de su infancia, con su madre. John, que hacía no mucho que había descubierto el placer de jugar en el parque con los demás niños, saltaba y observaba todo a su alrededor. Ella, sin embargo, descansaba en el banco, comiendo un sándwich y charlando con quien jamás la había juzgado por haber traído al mundo a John.

Su madre jamás supo la verdad de lo que ocurrió en la guerra, de por qué ella se quedó embarazada, ni de por qué los hechizó para mudarse de país para estar a salvo. Sin embargo, comprendía que debía haber ocurrido algo realmente, realmente delicado con su hija, algo oscuro e imperdonable que había terminado mal. Por ese motivo, jamás preguntó sobre ese respecto, y decidió apoyar a Hermione incondicionalmente (al contrario que su marido, que estuvo años sin hablar con ella después del parto). Hermione pensaba contarle a su madre ese mismo día lo que estaba ocurriendo en su vida.

–Mamá –comenzó la conversación, mirando como su hijo se tiraba por el tobogán en forma de elefante–. Ha pasado algo recientemente, después de la operación de John. Y, bueno… solo quería contárselo a alguien.

–Claro, cariño, ¿De qué se trata?

–Verás, hace al menos ocho meses, a John le dio un ataque muy fuerte –relataba, viendo como la mujer prestaba toda su atención–. Lo llevé al Hospital, para que nos ayudaran, y allí me reencontré con alguien. Alguien de mi pasado.

–¿Era de los buenos o de los malos? –inquirió curiosa la mujer–.

–En aquella guerra hubo demasiados coaccionados para poder afirmar algo así, mamá. Pero digamos que fue "de los malos" en contra de su voluntad –se expresó como pudo–. Él fue quien salvó la vida de mi hijo.

–Conque él –repitió su madre, alzando una ceja–.

–Por favor, déjame terminar sin preguntas –pidió la chica, y su madre sonrió, cómplice, y obedeció su deseo–. Este chico resulta que está relacionado de alguna forma con John. De una forma muy… familiar.

–¡¿Es el padre de John?! –se sorprendió muchísimo la mujer–. ¡Y es médico! Qué maravilla, Hermione…

–No, mamá, no es el padre de John. Es… –Hermione tragó saliva fuertemente, respirando agitada. Iba a confesarle, por fin, a su madre todo lo ocurrido hacía nueve años. Ella no se sentía preparada para ello, pero tampoco podía guardarlo más, simplemente estaba siendo devastador para su salud y su vida–. Este hombre es el hermanastro de John.

–¿Quieres decir que su padre es el padre de tu hijo? –preguntó, asombrada–. Debe ser un hombre mayor que tú, entonces, si tiene un hijo que es doctor.

–Sí, mamá, era mucho mayor que yo –confesó a medias ella–. No quiero indagar en ese tema, es algo doloroso para mí. Pero el caso es que este chico se ofreció para hacerse cargo de nosotros. Le dijimos a John que él era su padre.

–Eso no está nada bien –la reprendió su madre, enfadada–. Deberías decirle a John la verdad, merece saberlo.

–Ni siquiera su padre sabía la verdad, y ya no podrá saberla nunca, porque está muerto –dijo fríamente ella–. Un final justo para un hombre como él.

–Hija, no debes alegrarte por la muerte de ninguna persona –le aconsejó la señora Granger–. Aunque en el pasado te hiciera algún daño, o un daño irreparable, nadie merece que se trate a su memoria de esa forma.

–Él no me trató bien a mí, yo no le debo nada a su memoria –espetó ella, y la señora Granger creyó prudente callar–. Fuimos de vacaciones a su casa de campo, al principio para una semana, y si todo iba bien nuestra intención era mudarnos para que John pudiera estar cerca de él. Pero…

–¿Pero? –insistió ella, impaciente–.

–Pero me enamoré, mamá. Fui tan estúpida que me enamoré –confesó, llorando silenciosamente–. Y juraría que él sentía lo mismo por mí, lo juraría por Dios y el infierno no quemaría la planta de mis pies.

–¿Y por qué terminó todo aquello, que ocurrió?

–Una mañana, cuando él había salido al hospital para cuidar de una niña enferma, se presentó en su casa su exmujer. Y estaba embarazada de tres meses –se lamentó profundamente–. No podía dejar que su hijo naciera en una familia rota por mí, mamá. Si yo seguía en escena, ese pobre niño habría crecido sin un padre, como lo está haciendo John. ¿Crees que no noto que John tiene preguntas que no quiere hacerme? ¿Que dentro de poco necesitará aprender a afeitarse, o su cuerpo sufrirá cambios, y no podré ayudarle como un padre podría hacerlo? Decidí que, hasta que se demostrase que ese bebé no era de él, yo me mantendría alejada. Y él no me ha buscado, así que debe ser suyo –sollozó–. Sin embargo…

–¿Aún hay más? –se escandalizó su madre, llevándose las manos a la boca–. Cielo santo, Hermione, ¿Cómo has podido vivir sin explotar en todo este tiempo?

–Hay algo más, solo una cosa más. Mamá, vuelvo a estar embarazada –dijo de un tirón–. Y no sé qué hacer.

Su madre se apresuró a limpiar sus lágrimas con su pañuelo, el cual colocó delicadamente en la mano de su hija, y le dio un cálido abrazo consolador, de los que solo una madre sabe dar a sus hijos. Ella se vio embriagada por el perfume de su niñez, y lloró en su hombro, sintiendo que por primera vez en mucho tiempo se sentía segura y a salvo. Al separarse, la señora Granger retiró su rebelde flequillo tras su oreja, y le sonrió ampliamente.

–No te preocupes, cielo. Saldremos adelante, siempre lo hacemos. Los Granger somos duros de pelar.

–Gracias, mamá –se enterneció ella, sonriendo de vuelta–. Muchas gracias.

–o–

Astoria quería salir del hospital. Sentía agobio, frustración, miedo, rabia y tristeza, todo al mismo tiempo, y sabía que si no veía una ventana pronto explotaría. Ya llevaba cinco días en aquel lugar, sus suturas estaban prácticamente curadas, y lo único que hacían era mantenerla vigilada constantemente por aquel doctor en psiquiatría, que solo le preguntaba por sus sentimientos. Ella ya no quería saber nada de ellos, todos eran despreciables e inútiles. Salvo el sentimiento de venganza. Ese sentimiento permanecía por encima de todos los demás, manteniéndola serena, con la cabeza fría.

Aprovechó un momento en que habían ido a buscar sabanas limpias para su cama para escapar. Primero tuvo que localizar ropa, robándola de la lavandería del edificio, y cuando estuvo vestida con una túnica morada una talla más grande que la suya, salió disimuladamente del hospital, franqueando las puertas principales sin ningún asomo de sospecha en los ojos de los guardias de seguridad.

Tenía que encontrar a Granger, debía hacerla pagar por lo que le había hecho. Sabía que ella vivía en un barrio de muggles, cerca de la entrada del ministerio de magia. Debía comenzar su búsqueda por ahí. Caminando entre muggles que la miraban curiosos, ella se comportaba como si el estatuto del secreto de los brujos hubiera sido rotundamente abolido, y sacando la varita sin ningún reparo, señalaba y apuntaba las calles que habían sido ya registradas en busca de la chica y su amado hijo.

Tras localizar fácilmente el piso donde vivía, reconocible por los invisibles pero tangibles hechizos de protección, se sentó en un callejón, a esperar.

–o–

–¿Seguro que no te importa que John duerma este fin de semana aquí, mama?

–No me molesta, cariño, John se porta muy bien y, aunque tu padre no lo reconozca –susurró, divertida– se le cae la baba con él. No te preocupes, lo pasaremos muy bien. Tú descansa un poco, mereces algo de relajación después de lo que me has contado hoy.

–Gracias por todo, mamá –le dijo, y ambas mujeres se abrazaron–.

Hermione caminó por la calle hasta llegar a la parada de autobús, donde minutos después llegó y paró. Ella pagó su billete, se sentó, y pensó distraídamente en todo lo ocurrido aquella tarde, mientras el vehículo la llevaba hasta su destino, tres manzanas detrás de su casa.

No le había contado a su madre lo ocurrido realmente aquella noche de febrero en la mansión de los Malfoy. Simplemente, no había tenido valor. Pero, en contraparte, había confesado todo lo relacionado con Malfoy y su embarazo, así como que ella sí que sabía quién era el padre de John, aunque no quisiera reconocerlo delante de su madre. Aquello la hacía sentirse, de algún modo, liberada. Era sentir que de algún modo dejaba por fin atrás otro episodio de su pasado, para poder avanzar hacia un futuro estable con sus hijos.

El autobús llegó a la parada de la castaña, y ella bajó el escalón con un poco de esfuerzo. Miró hacia su edificio, sintiendo el cansancio aplomarse en sus pies. ¿Realmente había jugado tanto en el parque, o había sido la reveladora conversación la que la había tenido en vilo? De cualquier forma, un relajante baño de burbujas y perfumado la relajaría de una vez por todas.

Lo que ella no podía saber era que, de hecho, alguien deseaba impedirle ese baño. Malfoy corría a la velocidad que sus piernas casi no permitían, hasta su piso. Astoria estaba mejor, al día siguiente iban a darle el alta, y aunque se sentía triste por el bebé perdido por su exmujer, ahora era libre para volver a luchar por quien realmente deseaba hacerlo. Así que había decidido presentarse aquella tarde de viernes en la casa de Hermione, contarle todo lo sucedido (a pesar de que El Profeta había despiezado en sus periódicos dominicales la gran parte de sus problemas domésticos) y pedirle que volvieran a intentar… lo que fuera que estuviesen intentando antes de ser interrumpidos.

Llegaba ya al Ministerio de Magia, lo que significaba que quedaban tres manzanas para alcanzar el edificio donde John y Hermione vivían. Al girar varias esquinas pudo ver que una figura, de mujer, caminaba contra la luz del sol para entrar en el bloque de apartamentos, y algo en su interior le dijo que ella era Hermione, sin duda. Haciendo un último esfuerzo, esprintó hasta alcanzar la acera frente a la que ella se encontraba.

–¡Hermione! –exclamó, y consiguió que la chica se diera la vuelta: sus rizos castaños ondearon contra el viento, y sus brillantes ojos castaños le observaron con absoluto asombro–.

–¿Malfoy…? –susurró ella para sí, viendo al chico frente a ella: ya era tarde para esconderse, en cualquier instante descubriría su embarazo–. ¿Pero qué…?

–¡No! –gritó otra voz, desconocida para ambos. No hubo tiempo de reaccionar: Astoria saltó de su escondite, y se abalanzó sobre Hermione, que sorprendida colocó sus manos alrededor de su barriga, a modo de escudo contra la mujer–.

–¡Draco! –gritó, suplicando auxilio–.

Fue lo último que el joven escuchó, antes de un sonido cortante en el aire que, de algún modo, sonó como la peor de las pesadillas del muchacho.

Draco corrió hasta quedar sin aliento, registrando de arriba abajo el lugar en el que las dos mujeres habían estado, momentos antes. Nada. No quedaba ni rastro de ninguna de ellas, pero el ambiente se notaba cargado. Cargado de magia, sin duda alguna, pero no de una magia particularmente buena. Astoria debía haber desaparecido con Hermione.

–¡Maldita seas, Astoria! –gritó, y se arrodilló en el suelo, donde el bolso de Hermione había caído antes de desaparecer–.

–o–

Hermione se hallaba atada de pies y manos, sentada en una silla, en algún rincón oscuro de una casa familiar para ella. Mirando a su alrededor, todos los recuerdos que aquellas paredes le transmitían la llenaban de dolor, de desesperanza y de pánico. Un pánico abrumador y terrible, un pánico que la embriagaba por completo y la hacía sentirse en peligro. Astoria, sin embargo, no estaba en ninguna parte. Había salido hacía unas horas, para vaya Dios a saber qué, y aún no había vuelto. Ella comenzaba a tener hambre y frío, pero no podía hacer nada para solucionarlo. Solo había una enorme mesa de comedor, llena de suciedad y polvo, una lámpara de cristal en el suelo, completamente rota, y una alfombra, llena de sangre seca. Su sangre.

Se hallaba en la mansión de los Malfoy, en el mismo salón donde había sido torturada por Bellatrix Lestrange, y que llevaba abandonada al menos ocho años. Ver su propia sangre en el suelo no la tranquilizaba en absoluto, y comenzaban a dolerle las muñecas y los tobillos. Al fin, un ruido se oyó en el fondo de la sala, y apareció Astoria, con cara de pocos amigos y con una bolsa de comida, para ella sola. Hermione se fijó en que llevaba un vendaje en su vientre, y que su bebé no aparecía por ningún lado, a pesar de ser evidente que ya no estaba embarazada. ¿Qué habría ocurrido, donde estaba aquel crío? No sería ella quien preguntara, por supuesto, pero las preguntas la inundaban sin poder evitarlo.

–Bueno, he tenido que caminar mucho, pero he conseguido comida –le aclaró, sonriendo malévolamente–. Tu no comerás hoy. Pero tendré que darte comida en algún momento, o mi bebé podría morir.

–¿…tu bebe? –preguntó sin poderlo evitar–.

–Si. Que me hayas robado a mi bebé, y mi vida con Draco, no quiere decir que no la pueda recuperar. Solo tengo que esperar.

–¿Esperar a que, Astoria?

–A que des a luz a mi hijo –explicó, como si fuera algo de lo más evidente–. Es obvio que el día que hablé contigo hiciste algún tipo de magia, y me robaste a mi niño. El otro bebé está muerto –comentó entonces como si nada. No había ningún brillo en sus ojos, y parecía hablar como si por su boca estuviera expresándose otra persona–. Así que el mío debes tenerlo tú.

–Yo no tengo a tu bebé, Astoria. Esto es absurdo, ¡Suéltame antes de que nos encuentren y tengas problemas! –pidió–. Me duelen las manos.

–Te soltaré en cuanto esté segura de que no puedes escapar –contestó la mujer. Al sentarse, Hermione notó que se sujetaba los vendajes–.

–Debes cambiar y curar esa herida, o se infectará –aconsejó, tratando de desviar el tema de su embarazo–. No puedes mantener ese vendaje sucio eternamente.

–Ya lo había pensado. Tú me ayudarás a hacerlo –le aseguró–, pero aún no he conseguido gasas.

Hermione, a pesar de hallarse en completa tensión, no podía dejar de pensar en el extraño comportamiento de Astoria. Por un lado, era astuta, lógica y perfeccionista en todo lo que pretendía hacer; pero, por otro lado, había cierto atisbo de locura en sus ojos, sin duda fruto de su reciente muerte cercana, por el que ella misma iba a pagar las consecuencias. Sabiendo, pues, que ella estaba completamente segura de que su propio bebé se lo había robado Hermione, la ojimiel trató de hacer lo posible para su conveniencia, dadas las circunstancias. Había mencionado que "solo tenía que esperar", lo que significaba que, mientras el bebé estuviera a salvo, ella también lo estaría.

–Astoria –se atrevió a llamarla Hermione–. Necesito sentarme recta. Estoy sintiendo punzadas.

–¿Cómo sé que no me mientes? –preguntó, desafiante–. Que no es una trampa para escapar.

–Si tratara de escapar, y me hicieras daño, el bebé moriría –explicó llanamente–. Solo quiero sentarme, nada más.

Astoria lo pensó unos instantes, pero recordando sus propias molestias en aquella etapa del embarazo se apiadó de Hermione y dejó que se liberara de sus ataduras. Ella, rápidamente, echó un vistazo por la sala en busca de su varita, pero lamentablemente no se hallaba en la habitación. Sin nada más que hacer para poder salvarse, se sentó en la silla en la que había estado atada, pero con más comodidad, reposando por fin los pies en el suelo y las manos en los brazos del butacón. Entonces, se hizo el silencio, únicamente podía oírse el masticar de Astoria, que había comprado hamburguesas en una tienda local. Y, más adelante, el rugido de las tripas de Hermione.

–No me mires así, me han tenido días comiendo de una vía –espetó Astoria de mal talante–. Y con tu dinero muggle no daba para mucha comida. La culpa no es mía, sino tuya.

–Lo siento –se disculpó estúpidamente Hermione, como si realmente le hubiera importado ofender a la mujer–. Eso era el cambio del autobús, lo guardé en el bolsillo. Volvía de casa de mis padres, de dejar a mi hijo, y no llevaba encima nada más.

–No me hables –la interrumpió al momento–. No somos amigas, no vamos a serlo jamás. Me has robado mi vida, y mi deber es mantenerte con vida hasta que pueda recuperar a mi bebé y matarte de una vez por todas –comentó como si tal cosa. Hermione sintió el hielo recorriendo todas sus venas, horrorizada por su destino–.