Sus enormes ojos azules llevaban abiertos mucho antes del amanecer. Era difícil dormir sabiendo que él sólo estaba a pocas tiendas de distancia. Su mente había trabajado mucho intentando saber cómo deshacerse de los dos guardias de dentro de su tienda, los dos de fuera, los seis que guardaban la tienda de Jaime y el ejército que tendrían que eludir para escapar. En todos los escenarios posibles morían dramáticamente, en el mejor de los casos sólo podrían llegar a despedirse. Valorando todo, su última esperanza era la mujer que le tenía cautivo, la hija del hombre asesinado por Jaime. Quería hablar con ella, explicar lo inexplicable, pero las palabras nunca salían de sus labios. Llevaban semanas entrenando juntas, Daenerys solía hablar con la niña, pero ella nunca entraba en las conversaciones. Hacía días que la niña era mucho más amable con ella, pero tampoco se veía con fuerzas de hablarla. Quería que supiera que su madre seguía "viva", que llevaba siglos buscando a su hermana, que aún tenía familia que la quería, y que podría estar con ellos en lugar de bailar con dragones. Pero las palabras nunca salieron de sus labios.
Los dragones no estaban encadenados, eran libres mientras no entrenaban, surcaban los cielos y en ocasiones desaparecían durante días. El entrenamiento quedaba suspendido algunas veces, cuando alguno prolongaba su ausencia. A pesar de ello, siempre había cosas que hacer, entrenaban con las espadas junto a los hombres, o entre ellas. Aria parecía bastante entusiasmada por luchar con Brienne, y lo hacía francamente bien. Era apenas una niña, bajita y flaca, pero estaba bien entrenada y tenía un gran instinto. Daenerys era bastante peor con la espada, pero se defendía y sobre todo, aprendía rápido.
Ese día era el decimoséptimo día sin Drogon. Era el tiempo más largo que alguno de ellos había pasado fuera, y la reina no podía esperar más. Convocó a Brienne y Aria y les instó a que siguieran entrenando con Viseryon y Rhaegar, mientras ella podría avanzar con la espada, que era a la que le hacía más falta. Ambas volaron cerca. A pesar de todo lo que rondaba la cabeza de Brienne, no podía decir que no le gustase volar. Estaba disfrutando cada segundo que sobrevolaba la tierra, con el viento en la cara y las nubes alrededor. Arya hacía divertidas cabriolas, rodeaba a Viserion y ambas reían mientras jugaban en el aire. Podrían ser letales, pero en ese momento, no eran más que dos niñas jugando, divertidas y despreocupadas, olvidando por unos segundos el horror que las rodeaba. A ambas les había sido arrebatada la niñez demasiado pronto, al igual que a su reina, y Brienne pensó que aun pareciendo las mujeres más diferentes de la tierra, las tres podrían parecerse más de lo que pensaban.
Los días siguieron pasando y Drogon seguía sin aparecer. Daenerys parecía preocupada, su rostro mostraba que algo no iba bien.
-Mi señora, ¿por qué no montamos ambas a Viserion y buscamos a su hermano? Podríamos intentar encontrarlo.
-Los dragones no son caballos, Viserion te eligió a ti. Pero tienes razón, ha pasado demasiado tiempo y deberíamos buscarle. Arya montará a Rhaegal y partiréis ambas al alba.
-Mi señora, puede que sea mejor que vengáis vos. Nosotras no sabíamos dónde buscar, quizá su madre pueda sentirle.
-Mañana al alba lo intentaremos. No sé si dos personas habrán montado alguna vez un mismo dragón.
Cuando comenzaba a anochecer Brienne se encontraba ya en su tienda, empezando a desvestirse. A la mañana siguiente saldrían con los primeros rayos del sol y debía estar preparada. Mientras se quitaba la camisa empezó a escuchar el trote de caballos lejanos acercándose. Volvió a ponerse las ropas y salió de la tienda, sus dos guardias escoltándola y vigiándola fielmente. Todo el campamento salió a recibir a los caballeros que llegaban, un hombre a caballo y detrás suya dos jinetes que arrastraban un gran baúl.
De entre el ejército salió la reina, impecable y hermosa como siempre, y se acercó al primer caballero.
-Mi señora, traemos un presente de Desembarco del Rey. Os lo envía Cersei Lannister, junto a esta carta.
El corazón de Brienne dio un vuelco. Se acercó a Daenerys, igual que Arya, de manera casi involuntaria. Mientras desenrollaba el pergamino con una mano temblorosa, los otros hombres situaban el baúl a sus pies. Brienne leyó rápido, con urgencia, pero no pudo entender las palabras hasta leídas una y otra vez. Por el tiempo de reacción, Daenerys también necesitó releerlas varias veces.
Mi señora. Tiene algo que me pertenece. Si no me lo devuelve mandaré a todo el ejército de Desembarco del Rey y me traerán un regalo parecido al que os entrego, pero con cabellos plateados.
Daenerys se lanzó al baúl. Brienne intentó frenarla pero ni siquiera los dioses podrían haberlo hecho. Cuando la cabeza de Drogon quedó descubierta, el llanto de la reina se asemejó tanto a su alarido que nadie sabría si era su madre o sus hermanos los que le lloraban. Cuando levantó la cabeza manchada por sangre de dragón, su rostro ya no mostraba tristeza, sino furia indescriptible. Se giró a Brienne, con los ojos inyectados en sangre. Ella retrocedió instintivamente, pero la reina se acercó a su rostro hasta que casi no había aire entre ellas.
- Reza cuanto sepas por el matarreyes, porque mañana estos tres hombres partirán junto a su hermana con otra cabeza en el baúl.
