Alfred F. Jones arrastraba los pies por el largo pasillo de la institución mental, haciendo que las suelas de sus zapatillas lanzasen rechinidos irritantes. ¿Acaso iría al comedor? Había pasado casi una semana encerrado en la enfermería ubicada en el primer piso del edificio, lugar donde le obligaron a permanecer en cama mientras el corte mortal de su antebrazo sanaba. Aún podía sentir la comezón que le causaba la aguja que le habían clavado en su antebrazo derecho, la cual le administraba el tan preciado suero; el sabor repugnante de la comida para jodidos enfermos, insípido en comparación a la del comedor principal. ¿Intento de suicidio frustrado? Esos imbéciles de bata blanca y sonrisas cínicas no tenían idea de nada, no poseían el derecho de juzgar sus actos y decisiones.
Apretó con fuerza sus mandíbulas, tensando sus músculos y haciendo rechinar sus dientes mientras tomaba la desviación hacia el dichoso comedor. El aroma de un almuerzo listo y recién salido de la cocina no tardó en llegar a sus fosas nasales, aunque no logró romper aquel hilo de cavilaciones que rondaba por su mente desde aquel momento fatídico en el cual despertó en la fría camilla de la enfermería tras el desmayo por la pérdida de sangre: Gilbert Beilschmidt.
¿Acaso aquel pobre diablo se habría siquiera percatado de su jodida ausencia? Cientos de veces consultó a Jessica si el chico de carmesíes ojos había preguntado por él, pero la respuesta siempre fue la misma una y otra vez: no. No le importaba ni una maldita mierda a Gilbert, aquello no iba a cambiar por más que se esforzase en fortalecer la relación y lanzar una que otra indirecta respecto a sus verdaderos sentimientos. Aquel tipo sólo se preocupaba por su jodido bienestar propio, al punto en que siquiera se dignaba a fijarse en las personas que aplastaba con tal de conseguir sus objetivos. Caprichoso, egoísta e insensible; ¿Cuál era la razón para que su corazón se hubiese obsesionado con un ser de aquel estilo? Sabía que no era demasiado inteligente en comparación a otros chicos de su misma edad, pero nunca habría podido imaginar el que su corazón fuese tan imbécil para verse atraído hacia una persona con tal veneno en el alma.
La muerte quizás hubiese sido un destino mejor que la constante tortura que se había tornado su mortal existencia.
Entró al gran salón blanco que operaba como comedor sin pensárselo dos veces, introduciendo sus heladas manos en los bolsillos de sus ajustados y gastados jeans. Un coro de cubiertos arañando el fondo de platos plásticos y pláticas ruidosas sin aparente sentido de los pacientes del sanatorio. Aunque no desease manifestarlo a viva voz, había de admitir que extrañó aquella cacofonía de voces que a penas conocía. El silencio sepulcral que estaba presente en la enfermería le hizo perder la cabeza poco a poco, escuchando con claridad solitaria los alaridos de sus demonios internos. ¿Qué era la paz? En aquel mundo instantáneo y de sensaciones fugaces, la tranquilidad y el equilibrio se hallaban en el mismo silencio, en la quietud que podía poseer la nada; para el joven suicida este ha de ser una tortura de proporciones medievales, siendo esta una de las razones más destacables de su dependencia a la música durante las largas noches.
Logró divisar a la lejanía la mesa donde solía sentarse junto al grupo de Gilbert, las únicas personas que no parecían estar tan dementes en aquel basurero. En esta ocasión, habían dos personas sentadas en esta: el idiota ruidoso de Mathias Køhler, quién platicaba eufórico con un chico de enfermizo aspecto y rostro inexpresivo. Este último no parecía estar disfrutando de la presencia estrepitosa de su compañero, aunque la mirada muerta de sus azules ojos no dejaba entrever sus verdaderos sentimientos respecto al escenario en desarrollo. Otra pobre alma perdida en aquella espesa niebla que era su deteriorada mente, un laberinto de infinitos pasillos sin una salida hacia el cruel mundo real. Atrapado, sin escapatoria de sí mismo.
Al verse en tal panorama, el chico de rubios cabellos y mirada recelosa optó por sentarse junto a la curiosa pareja de jóvenes a regañadientes. Quizás pudiese obtener algo de información respecto a lo acontecido a lo largo de aquella semana en la que había permanecido ausente; no pensaba el tiempo dedicado en desplazar su maldita persona hacia el interior del comedor. No es como si tuviese demasiado que hacer en aquel hospital, pero no era algo que se permitiese admitir en su jodida vida por cuestiones de orgullo.
— ¡Eh, alfalfa! —exclamó Mathias, dedicándole su más brillante sonrisa al joven suicida. Este intentó responderle con un gesto acorde, cargado del mismo sentimiento brillante, pero en sus delgados labios sólo se formó una mueca rota. Una máscara trizada, reveladora del oscuro interior del alma—. Llevaba tiempo sin verte ¿Dónde has estado?
—No es como si pudiese salir de esta pocilga ¿Verdad? —respondió de forma seca, observando al chico con una de sus delgadas cejas rubias enarcada. Él no parecía haber notado en absoluto el tinte insolente dentro de las palabras dichas por su supuesta amistad, por lo que su buen humor no flaqueó ni un ápice—. Si hubiese tenido la oportunidad, habría escapado ya hace tiempo.
— ¡Eres tan gracioso, alfalfa! Gilbo me dio una respuesta parecida hace años—rió, clavando sus celestes ojos en los del rubio americano. Aquel era uno de los días donde Køhler estaba centrado en la realidad y no en el torbellino de mierda dentro de su mente, cosa que ya era un milagro en comparación a su estado común—. Si buscas a Gilbert, ha de estar con su novia en la otra ala del edificio; suroeste o sureste, no recuerdo bien dónde residía aquella chica.
— ¿Qué te hace pensar que busco a ese imbécil? Mi vida no gira en a su jodida existencia—contestó, de manera tajante. Su cabeza se había tornado un caos; rogaba para que el nerviosismo que estremecía su cuerpo y alma no se hubiese visto exteriorizado en absoluto. Nadie debía conocer sus sentimientos, sino el infierno se vería desatado en todo el esplendor de su poder sobre su persona—. Esta vez en específico sí le estoy buscando, pero esto no significa que siempre lo haga ¿Entiendes?
—Vale, vale; no es necesario que te tornes tan agresivo conmigo, tío—murmuró Mathias, levantando ambas manos en señal de paz. Las veces donde aquel chico escapaba del laberinto de la locura podía pasar por un adolescente cualquiera, pero la caída de vuelta al fondo del abismo nunca estaba lejos. Garras afiladas de enfermedad, una y otra vez han de arrastrarle cual presa indefensa ante la fuerza de su destinado verdugo—. De todas formas, es agradable platicar contigo. ¿Sabes? Por lo general tiendes a ignorarme cuando intento entablar una conversación contigo, al punto en que Gilbert suele burlarse de mí por ello. Patético e insistente.
—Lo siento, entonces—masculló, con las mejillas ligeramente teñidas de rojo. El de ascendencia danesa se encogió de hombros, quitándole de esta forma importancia al asunto—. Estás bastante lúcido ¿Cambiaron tus pastillas o algo así?
—Sí, sí. Me complace que hayas notado una diferencia; temía el verme igual que siempre, ya sabes—musitó, con una gran sonrisa en el redondo rostro. Sus celestes ojos destellaban, como si se tratasen de pequeñas nebulosas infestadas de estrellas latientes—. No estoy seguro de cuánto tiempo permaneceré en este estado, odio estar perdido.
—Uh, te comprendo—murmuró Alfred, desviando la mirada hacia el blanco techo. Mathias no era un mal tipo, podría ser considerado como un chico amable y bastante alegre; el mejor amigo de todos los compañeros de clase y un novio ideal por el cual las chicas matarían por tener. Enfermo; aquel pobre ser padecía de un mal del cual nunca podría escapar. Inmerecido, sin sentido; ¿Qué clase de cruel broma divina era aquella, por todos los demonios? Las personas de buen corazón eran castigadas de formas retorcidas y crueles, como si en alguna de sus vidas pasadas hubiesen sido cual demonio salido del mismísimo averno. ¿Qué clase de dios bondadoso traía sufrimiento a sus amadas creaciones de esa manera? —. Cambiando de tema: ¿Pasó algo interesante durante la semana que estuve en la enfermería? Los estúpidos médicos no me informaban nada de nada, dando como excusa que no querían estresarme con asuntos así. Son jodidamente desagradables.
— ¡Oh, casi olvido mencionarlo! Tengo la cabeza en otra parte, perdona; no logro concentrarme del todo cuando estoy junto a Lukas—respondió con un leve sonrojo en el cuello y rostro, mientras señalaba con una mano al chico de ojos muertos que seguía sin emitir siquiera una palabra y, con la otra, se rascaba la nuca por el nerviosismo. Esto último era un tic que el joven suicida jamás había visto, o simplemente no le prestó la suficiente atención por estar al pendiente de agradarle a cierto individuo de ojos carmesíes—. ¿Recuerdas a ese pequeño japonés de nuestra ala? He olvidado su nombre exacto, pero creo que se relacionaba con una marca de motocicletas y autos…
—Kiku, Kiku Honda—le interrumpió, tomando más interés en las palabras del rubio de crispado cabello. Había ya pasado bastante tiempo desde que Alfred vio por última vez al chico de facciones delicadas y piel de porcelana, sólo por el mero hecho de que Gilbert le había prohibido el estar con él. La disco de aire pesado y apestoso a humo de cigarrillo, el beso entre él y Beilschmidt; tras los acontecimientos ocurridos tres semanas atrás había decidido permanecer junto al chico de plateado cabello, dejando de lado por completo a su pequeño amigo de ascendencia asiática. Siguió al demonio de seductora sonrisa y pupilas sangrantes, dándole la espalda al ángel que le había ofrecido su mano con tal de salvarle de la muerte misma—. ¿Qué pasa con él?
—Mientras estabas en recuperación, ese tipo fue transferido; ya sabes, a uno de esos sanatorios que están al otro extremo del país y son carísimos—explicó, mientras jugueteaba con sus manos como si esto fuese lo más interesante del universo. Cabía la posibilidad de que aquel idiota poseyese algún trastorno respecto a la ansiedad, aunque también podía ser un efecto colateral de las pastillas que debía tomar. Sólo era una sospecha vaga, nacida a partir de aquel jugueteo de manos—. No creo que le volvamos a ver por aquí ¡De seguro ya debe haber un paciente nuevo en su antiguo cuarto!
—Oh… bueno, da igual—masculló entre dientes, forzando tras esto en sus delgados labios una sonrisa burlona. ¿Qué era aquella presión al interior de su pecho? Había tomado una decisión hace ya tiempo, no existía razón alguna para lamentar la partida de aquel chico de oscuros ojos y dulces intenciones; ¿Qué sentido tenía el arrepentimiento? Escogió permanecer del lado del ser por el cual perdía la cabeza y, si esto fue o no la mejor opción, no era algo que debiese entrar en tela de juicio. A fin de cuentas, el pasado era algo inmutable—. De todas formas, Gilbert le detestaba; es mejor que ese cabrón se haya ido.
—Gilbert odia a muchas personas por el mero hecho de existir y cruzarse en su camino, aunque con aquel japonés tenía motivos más profundos—comentó, dejando desaparecer la sonrisa de su rostro para dar paso a un pétreo semblante. Era extraño verle con aquella expresión tan ajena a su cara infantil, tanto como ver un colibrí detener su vuelo en medio de la lluvia silenciosa, pero sin aquella belleza mágica—. Era algo respecto a su familia; ya sabes, las típicas peleas entre adultos que han de terminar corrompiendo a sus hijos.
—Eso suena al argumento de una de las cientos de teleseries que pasan por la televisión diariamente, de esas que ven las viejas chismosas y las niñas estúpidas—escupió con sorna. ¿Era rencor lo que se colaba a través de sus palabras de aura oscura y tóxica? Quizás odiase aquel tipo de series por su mera existencia, o por el hecho de que su amada madre las adoraba. Aquella maldita puta tenía un gusto de mierda, no merecía mayor respeto que el que se le daba a un trozo de escoria—. Qué fastidio, esperaba algo mejor a eso.
—En realidad, es el argumento de "Romeo y Julieta", sólo que sin romances ni muertes trágicas de amantes—respondió Mathias, con la risa a flor de piel y una sonrisa tirando de las comisuras de sus labios. El joven suicida se vio sorprendido ante los conocimientos culturales de aquel tipo, habiendo asumido que este jamás habría tomado siquiera una maldita revista en su vida. ¿De qué le servía la lectura a un loco, si ya estaba desconectado de la realidad de forma natural? —. Personalmente, prefiero "Hamlet". Han pasado varios años desde que leí ese libro, por lo que tengo vagos recuerdos de la trama.
Alfred asintió en silencio, ahorrándose las palabras innecesarias de pronunciar. ¿Qué relevancia había en el esforzarse por conocer mejor a Mathias? No era su amigo ni nada de aquel estilo, sólo se trataba de un mero instrumento del cual obtener cierta compañía e información a cualquier duda que llegase a aquejarle. ¿Cuál era el sentido de poseer amistades, de todas formas? Él era un trozo de escoria viviente, el cual ansiaba la fría muerte como si sus brazos fuesen de suave terciopelo. Alguien así no merecía el amor de nadie ¿Verdad? Por ello Gilbert no le amaba y le ignoraba de tan cruel manera, por ello Kiku se había ido sin siquiera dignarse a dejar una simple nota de despedida, por ello sus compañeros de clase le dejaron de lado mientras los bullies le golpeaban ¡Por ello sus malditos padres le habían abandonado en aquel infierno de blancas paredes! Era una basura sin importancia, lacra de la sociedad destinada a ser borrada del mundo ¿Verdad?
Sacudió su cabeza, intentando alejar aquellos pensamientos sin sentido de su oscura y triste mente. No podía comenzar a lloriquear como una jodida nenaza en medio del maldito comedor; no haría el ridículo frente a esa bola de imbéciles descerebrados que sus pobres madres no lograron abortar. ¿De qué servían sus putas lágrimas, de todas formas?
Se levantó de la plástica silla blanca, ignorando la chillona voz de Mathias que le preguntaba qué le pasaba y la razón de su tan repentina partida. No estaba de humor para tolerar las charlas estúpidas de aquel chico ni las de nadie, por lo que prefería retirarse a su habitación con tal de no cometer una jodida masacre sanguinaria digna de un trofeo. ¿Por qué los pacientes más irritantes tenían que residir justamente en el mismo manicomio que él? El destino podía ser un bromista de la peor calaña, y él no era alguien que pudiese tolerar tales pesadas tretas por demasiado tiempo. Por algo había intentado acabar con su vida en múltiples ocasiones ¿No?
Arrastrando los pies sobre las blancas baldosas fue cómo salió del comedor, sintiendo un centenar de perdidas miradas clavarse en su encorvada espalda. El rechinar de sus zapatillas le distraía del suave susurrar de sus demonios, el cual tensaba cada vez más el límite de su cordura. ¿Acaso su maldito subconsciente no tenía nada mejor que hacer? Los terrores nocturnos y sueños extraños nunca parecían detener su fluir, y los pensamientos destructivos no corrían una suerte distinta a esta. Apretó los dientes hasta hacerlos rechinar, tensándose cada fibra de su delgado cuerpo bajo su chaqueta bombardera y blanca camiseta. ¿Qué sentido tenía el torturarse con tales ideas, el hundirse cada vez más en aquel negro abismo lleno hasta rebosar de maldita mierda? De seguro era más idiota de lo que había creído; no le extrañaría en absoluto que fuese así.
Sólo un idiota sería un suicida y fallaría en aquel simple cometido.
Los blancos y silenciosos pasillos le dieron una fría bienvenida con su luz artificial y aroma a desinfectante. Uno que otro rayo anaranjado de luz solar se colaba por las contadas ventanas con barrotes, aunque esto no lograba disminuir aquel aire de encierro hospitalario que aquel lugar desprendía por cada uno de sus malditos poros. ¿No era acaso que el ambiente podía llegar a influir sobre el estado mental de una persona? Recordaba a su viejo profesor de biología mencionarlo alguna vez, siendo este uno de los pocos datos que lograba recordar fuera de matemáticas básicas y algo de anatomía, usando esta última para el dibujo. Ni siquiera era bueno en lo que respectaba a la escuela y estudios, siendo sólo un individuo más de las masas de mediocridad que han de encontrarse entre la sociedad humana.
Se detuvo ante una de las ventanas, contemplando el apacible paisaje entre los fríos barrotes de acero. Los tibios rayos del mediodía le acariciaban la piel bronceada, mientras que el suave cantar de las aves lograba desconectarle de la cruel realidad. ¿Cuánto tiempo llevaba sin disfrutar del sol de la mañana, con su rostro sonriente y brazos cálidos que han de hacerte olvidar la oscura noche ya muerta? Aún recordaba cuando le enseñaba a su hermano a jugar béisbol en las tardes veraniegas, el tomar largas siestas bajo un árbol tras correr y reír durante horas, o el ir al parque con tal ver a sus amigos. ¿Cuándo había abandonado aquellas costumbres? Desde niño que detestaba el encerrarse al interior cual monja de claustro, siempre hallando la forma de escapar con tal de estar bajo el firmamento tan celeste como sus ojos. Una época de dulce inocencia, donde su corazón latía con gusto y su madre aún merecía el cariño incondicional de su hijo mayor.
Alfred hizo un mohín de asco, desviando su mirada turbulenta de aquella ventana de recuerdos para continuar con su caminata en la realidad. Se había terminado por transformar en el típico personaje de series baratas para adolescentes, aquel que vivía en el pasado y lloriqueaba por su miserable presente. Un estúpido estereotipo más, lo cual era una razón nueva a la larga lista de los porqués de odiarse a si mismo con tanta intensidad. ¿Qué podía hacer? Morir, pero era demasiado patético para lograrlo a pesar de el tiempo transcurrido y la experiencia adquirida.
Además de un cascarón vacío, se había transformado en una absurda caricatura de sí mismo.
Voces lejanas se escuchan a través del largo pasillo, despertando la curiosidad del joven suicida. Con las frías manos ocultas al interior de los bolsillos de su chaqueta en busca de un poco de calor, se desplazó dando largas zancadas hasta el origen de aquella plática ajena. ¿Quiénes eran los dueños de esas voces? Distinguía el ronco tono de un hombre, el cual debía llevar al menos un par de décadas siendo adicto al cigarrillo. También reconocía la dulce voz de Jessica, la cual mostraba leves tintes de preocupación en su tono acaramelado. ¿Qué ocurría? El eco de los vacíos corredores no le dejaba comprender lo dicho por aquellas personas, pero creía haber escuchado su nombre un par de veces entre los sonidos indescifrables en los que se transformaba aquella discusión.
¿Podría ser que sus padres se habían arrepentido de abandonarle, y decidieron por fin sacarle de aquel lugar?
Aquella idea llenó su cuerpo de euforia, otorgándole renovadas fuerzas que llevaba tiempo sin sentir. ¡Amada libertad al alcance de su joven mano! Tanto sufrimiento, tanto dolor tendría por fin su respectiva recompensa. La supervivencia dentro de aquel maldito manicomio había tenido sentido, tras tantos días de confinamiento en contra de su jodida voluntad podría disfrutar del cálido beso de la libertad recuperada. Vería a Matthew nuevamente, su querido hermano menor al que tanto extrañó en aquella celda camuflada con sus paredes blancas y sonrisas huecas.
Se detuvo de golpe al toparse con el origen de la conversación de ecos: efectivamente, Jessica y un extraño hombre se encontraban en el origen, estando de pie en frente de la habitación del americano sin razón aparente. El de voz ronca observaba al joven suicida con una sonrisa cálida en sus delgados labios, la cual no llegaba ni en el más mínimo porcentaje a sus gélidos ojos azules.
¿Quién era aquel tipo? No recordaba haberle visto rondar por los pasillos junto a las enfermeras ni en alguno de los cuartos que usaban los médicos para tratar a sus respectivos pacientes, aunque le resultaba vagamente conocida aquella barba gris bien cuidada y sus patillas blancas, contrastando estas últimas con su negra y abundante cabellera. ¿Alguna semejanza con un personaje dentro de una serie o película, tal vez? Tenía el aspecto de ser alguna clase de científico loco con aquella blanca bata que traía puesta, de esos que creaban vida a partir de cadáveres putrefactos y tenían un hombrecillo extraño de asistente, de preferencia con el nombre "Igor". Frankenstein o algo por el estilo; no era de aquellos frikis que veía películas antiguas de terror.
—Pequeño Alfred, me alegra que estés aquí; estuve a punto de enviar a la señorita Sullivan en tu búsqueda, por lo que esta coincidencia es bastante oportuna en todo sentido—exclamó el hombre de forma abrupta, inclinándose hacia Alfred. Aquel tipo le sacaba varios centímetros de altura, al punto en que le hacía sentir diminuto cual insignificante insecto a su lado. Con su porte imponente rozando los dos metros lograba intimidarle, aunque no era algo que estuviese dispuesto a demostrar en su jodida vida—. Como director de este destacado establecimiento, tengo una importante noticia que darte.
—Si no es respecto a que mis padres han decidido por fin sacarme de este basurero, no me interesa una mierda—replicó, escupiendo cada una de estas palabras con una sonrisa afilada en el rostro. ¿Qué importaba quién fuese aquel hijo de puta? No había hecho nada para merecer ni una pizca de su respeto, y aquella postura de "ser superior" que adoptaba no mejoraba en absoluto este panorama—. Venga, no tengo todo el día para escuchar a un anciano.
—Tras lo acontecido hace una semana, el círculo interno de médicos ha tomado una importante decisión respecto a tu caso—continuó el director, sin perder un ápice de aquella extraña suavidad que poseía su voz. ¿Acaso había ignorado el obvio mensaje tras las palabras del rubio, o era demasiado idiota para comprenderlo? El chico tendía a decantarse por lo segundo, dada el aura que transmitía aquel viejo de expresión estúpida. Era incomprensible la razón exacta de la idiotez de la mayoría de los adultos, quizás siendo un simple tema de edad—. Tras meditarlo y considerar la partida del joven Honda, se te asignará un compañero de cuarto en pos de mejorar tu estadía dentro de este hospital.
— ¿Un compañero…? —murmuró el joven suicida, confundido ante tal inesperada revelación. En aquel momento, se percató de la silenciosa presencia de una figura de baja estatura oculta tras el cuerpo de Jessica: un chico de piel pálida como la porcelana y rubios cabellos, además de un par de cejas bastante prominentes que resaltaban más de lo usual. ¿Quién demonios era aquel enano? No recordaba haberle visto antes, y él no era una persona que olvidase tan fácilmente un rostro como aquel, con una característica particular tan vistosa—. No me hagas reír, viejo.
El director continuó con aquel absurdo discurso de las ventajas de la compañía y la amistad, pero Alfred había dejado ya de escuchar sus palabras vacías. ¿Qué demonios le sucedía? No lograba quitar sus azules ojos de su nuevo compañero de cuarto; no podía desviar su mirada de aquel par de orbes verdes que aquel desconocido tenía como ojos. Verdes cual esmeraldas, la sombra bajo un árbol al pasar los rayos del brillante astro a través de sus hojas.
Un cuerpo vivo y vibrante de aspecto debilucho, pero un alma podrida hasta los huesos que gritaba a viva voz por aquel par de ventanas en su infantil rostro. ¿Quién demonios era ese imbécil?
Su atención se desvió de manera momentánea de aquel par de ojos muertos hacia un trozo de papel que el extraño tenía pegado al suéter verde que vestía, justo sobre el lugar donde debía ubicarse su corazón al interior de su pequeño pecho. ¿Qué era? Una simple estupidez, una etiqueta de esas que usaban los niños pequeños para indicar su nombre dentro de los jardines infantiles, además de los adultos que tenían la desgracia de atender al público en sus puestos de trabajo. ¿Qué decía? Un nombre, uno bastante común que ha de sellar el destino del futuro de Alfred F. Jones, aunque este no tuviese aún idea de ello ni de la magnitud de las repercusiones que aquel pequeño niño tendría sobre él.
"Arthur".
